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Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das
Locura. Aquello que roza el tabú, entre el desconcierto y la fascinación. Tememos aquello que somos incapaces de comprender, lo que escapa de nuestras manos hacia quién sabe dónde. A comienzos del siglo XXI todavía estamos muy lejos de comprender este estado mental, apenas si hemos logrado vislumbrar una silueta desdibujada por el mito y el miedo. Sin embargo, aunque lentos e inseguros, algunos pasos hemos dado en esta materia, que nos ayuda a comprender un poco más el funcionamiento de la mente humana. Hasta que no se produce el nacimiento de la psicología, se han formulado las interpretaciones más diversas a lo largo de la Historia para explicar este estado mental. Se les ha considerado desde endemoniados hasta iluminados de Dios, a los que se siguió y se veneró. Hoy en día estas interpretaciones han sido parcialmente superadas, pero queda el testimonio de una época en la que una serie de hombres luchaban por alcanzar la verdad.
No pretendo realizar una historia de la locura, sino simplemente dar unas breves pinceladas que ayuden a comprender a qué situación y modo de pensar se había llegado en la Edad Media con respecto a la demencia. Se han encontrado en Europa cráneos del neolítico, de 10000 años de antigüedad, con trepanaciones realizadas. Tal vez se realizaron estos agujeros para expulsar a espíritus malignos que se habían adueñado del paciente, y que conseguían ser expulsados a través de la operación. Sea cual fuere la verdad, difícilmente llegaremos a saber nunca cuál era el objetivo de estas trepanaciones; aunque sin duda sí se demuestra el interés que ha tenido el ser humano desde que existe por el cerebro. Sorprendentemente, en algunos de estos cráneos las heridas aparecen cicatrizadas, lo que demuestra que había pacientes que lograban sobrevivir a la operación.
En Mesopotamia y en otras civilizaciones antiguas se consideraba la locura como un castigo divino por los pecados realizados, luego los afectados eran duramente tratados. No es hasta la antigua Grecia que no aparece el primer intento por parte del hombre de estudiar las enfermedades mentales, separando este ámbito de la religión. La primera gran aportación es la de Hipócrates (460-370 a.C.), que se ha considerado como el padre de la medicina. Según Hipócrates en el interior de todo ser humano circulaban cuatro humores: flema, bilis amarilla, bilis negra y sangre. Cada uno de estos cuatro humores iba ligado con un tipo de temperamento: flemático, colérico, melancólico y sanguíneo, respectivamente. Las enfermedades se producirían por un desajuste de estos cuatro humores: el exceso de flema producía demencia, y el exceso de bilis amarilla ira maníaca. Es un gran paso porque supone vincular las enfermedades mentales –o enfermedades del alma– con el cuerpo. Además, describe y clasifica enfermedades como la paranoia, la epilepsia, la manía, las fobias, la histeria, el delirio tóxico, etc.
Después de Hipócrates se van sucediendo las aportaciones de figuras como Herófilo (325 a.C.), Asclepíades (124 a.C.), Celso (25 a. C. – 50 d. C.), Areteo (50-130 d.C.), Dioscórides (s. I d.C.), hasta llegar a Galeno (130-200), que hace una síntesis de todos los conocimientos anteriores y realiza una nueva clasificación de los trastornos de la psique.
Durante la Edad Media, en Europa, la Iglesia excluyó la psiquiatría de la medicina, y esta disciplina pasó a ser conocida con el nombre de demonología. Se les pasó a considerar como seres endemoniados, castigados por sus pecados. La actitud hacia los enfermos podía variar entre la tolerancia y el rechazo, aunque era más común ésta última. La medicina árabe en cambio experimentó un florecimiento espectacular a lo largo de toda esta etapa. En el año 792 se fundó en Bagdad el primer hospital psiquiátrico de la historia. Se trataba a los enfermos mentales con el máximo cuidado y respeto, somentiéndolos a tratamientos con música, ejercicio, fiestas, relajación, etc. En este sentido son importantes las aportaciones de figuras como Avicena (980-1037), Rhazés (865-925) y Maimonides (1135-1204).
Pero en Europa la demonilogía iba tomando caminos diferentes más crueles. No existían hospitales especializados para estos enfermos, por lo que eran encerrados en leproserías y cárceles donde solían morir de hambre. Pero la situación más demencial en estos casos, sin lugar a dudas, era la encarnada por la stultifera navis, la nave de los locos, a la que me referiré más detenidamente en futuros artículos. En otras ocasiones se les exhibía públicamente a cambio de unas monedas, ya que siempre fueron motivo de curiosidad. Pero en cualquier caso, fueron sometidos a humillaciones y vejaciones, eran la escala más baja y desprotegida de la sociedad, pobres entre los pobres y desgraciados entre la desgracia. Seguramente, la muerte era lo mejor que les podía ocurrir.
Así se mantiene la situación más o menos hasta que Paracelso (1493-1541) escribe su obra titulada Sobre enfermedades que privan de la razón, donde defiende que las enfermedades mentales no tienen un origen divino, sino que se producen por causas naturales y fisiológicas. Este libro es tremendamente innovador, y supone una nueva visión de la locura, que rompe con toda la superstición que se había creado a lo largo de la Edad Media. Realiza además una nueva clasificación de los tipos de enfermedades mentales. Sin embargo, las investigaciones de Paracelso no consiguen resultados inmediatos en una mentalidad todavía fuertemente medieval, y en el año 1486 los frailes dominicos alemanes Johan Sprenger y Heinrich Kraemer publican con el apoyo del papa el Malleus Maleficarum –El martillo de las brujas–, obra que da comienzo a una descomunal cacería de brujas, que tiene como consecuencia la muerte de miles de personas. En este libro se atribuyen las enfermedades mentales al demonio, y ofrece como solución la tortura, la muerte y la cremación como purificación del alma. Cientos de enfermos mentales fueron cruelmente asesinados. En líneas más generales, además del típico exorcismo, en la época se habían extendido toda una serie tratamientos, como por ejemplo, el de impregnar de celedonia un paño de lino que se colocaba en la axila izquierda del lunático. Ninguno de estos tratamientos ofrecían resultados eficaces. Otro remedio se basaba en la creencia de que el enfermo había llegado a ese estado a través de excrecencias cerebrales, que causaban protuberancias o tumores, y llegaban a producir la demencia. Estas protuberancias se habrían desarrollado en forma de piedra, que se formaba dentro de la cabeza y se incrustaba en el cerebro, provocando perturbaciones mentales. Así fue como nació el mito de la piedra de la locura. Charlatanes de toda Europa se pudieron sus trajes de cirujanos, y salieron a la calle dispuestos a extirpar dicha piedra a cambio de unas monedas. Ante el asombrado auditorio, reunido para presenciar la operación, practicaban una incisión a navaja, más o menos profunda, en la cabeza del paciente, y sin que nadie se diera cuenta, sacaban una piedra que habían tenido escondida previamente en la mano, mediante un juego de ilusionista. Ahí estaba la piedra de la locura. Después esta piedra era depositada en la colección del cirujano, y se exhibía públicamente, para asombro y admiración general. Dependiendo de la importancia de la herida, se podía infectar, provocando la muerte del paciente, o podía sobrevivir, con su locura intacta, porque este remedio era igualmente ineficaz que los anteriores. Pero el charlatán ya había huido lejos, con sus honorarios en el bolsillo. Esta práctica es denunciada por el médico persa Rhazés hacia el año 900 poniendo al descubierto el sucio fraude de los curanderos.
El concepto de locura en la Edad Media no se corresponde exactamente con el que podemos tener hoy en día. Hoy no es difícil escuchar frases como estoy loco o estás loco, pero este tipo de frases hubiera resultado una grave ofensa entonces. Lo que se entendía por locura se manifiesta claramente en la obra Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam. En la época el término locura podía ser sinónimo de estupidez, de necedad o de estulticia. Esta obra no deja de ser lúcida en cuanto que supone una crítica social en todos los niveles humanos posibles, pero quizá peque de un tono sarcástico exagerado y de una negatividad desoladora. Hasta los más sabios se tiñen de la estupidez humana. Realmente se puede aceptar y comprender esta tesis, pero parece que Erasmo llega a unas conclusiones desorbitadas, aunque su crítica supone una aportación de enorme importancia, porque es un paso más en la concepción moderna de la espiritualidad y en la crítica a ciertas liturgias superficiales que algunos sectores de la Iglesia se han propuesto imponer a sus fieles.
Uno de los erasmistas más importantes que han existido, Cervantes, sin llegar al extremo de crítica de Erasmo, es consciente del papel que desempeña la locura en el ámbito humano. El licenciado Vidriera, en este sentido, sería uno de los textos más erasmistas de Cervantes. Demuestra la estupidez de la sociedad que sigue al loco y al necio, y hace oídos sordos ante el sentido común. Tal vez pueda parecer que me estoy alejando demasiado del cuadro del Bosco, pero nada más lejos, porque esta novela ejemplar de Cervantes apunta hacia el mismo sentido. Antes de profundizar de lleno en el cuadro del Bosco, quiero detenerme en otros dos pintores, posteriores, cuyas obras llaman también poderosamente la atención.
El primero de ellos es Pieter Bruegel, llamado El Viejo (1525-1563). La influencia del Bosco en este pintor es muy notable, en cuanto a estilo y en cuanto al tratamiento del tema. Son varias las obras que tiene tituladas Extracción de la piedra de la locura, muy semejantes entre sí. El tratamiento de Bruegel es más ridiculizante que el del Bosco, consiguiendo una caricatura hilarantemente divertida que se produce en una especie de “consulta médica” de uno de estos cirujanos. Abundan los locos en distintas posiciones, gesticulando con ridículas caras; algunos están siendo operados mientras otros esperan su turno. El lienzo de Bruegel no está falto de simbología, aunque parece que no llega a los mismos niveles que el Bosco, es sin duda una obra divertida y magnífica, que rebosa locura por todos lados, como un delicioso texto de Lewis Carroll.
Extracción de la piedra de la locura, Pieter Bruegel el Viejo
Extracción de la piedra de la locura, Pieter Bruegel el Viejo
El segundo de estos autores se llama Jan Sanders van Hemessen (1500-1557), y es uno de los precursores del cuadro flamenco de costumbres del siglo XVII. Su estilo y tratamiento de tema es completamente diferente al de Bruegel, ya que sigue una línea tremendamente realisma, y dota a su obra de un dramatismo espectacular. Es una obra más cercana al público, en cuanto que utiliza una autenticidad cruel y desgarradora. Las expresiones de cirujano y paciente respectivamente consiguen hacernos a la idea de lo que suponía la tragedia. El cirujano aparece con expresión confiada y malévola, el paciente sin embargo aparece como un desgraciado que no sabe lo que le están haciendo, con un rostro lleno de desconcierto y de dolor.
La extracción de la piedra o El cirujano The Surgeon Hemesen, Jan Sanders van c. 1555 Óleo sobre tabla, 100 x 141 cm Museo del Prado, Madrid. España.
Existen otras numerosas obras en las que no voy a entrar, porque aunque sean formalmente interesantes, aportan poco o nada a lo ya mencionado. Es lo que ocurre por ejemplo con el cuadro de Jan Steen (1625-1679), que nos muestra al paciente en una clínica llena de extraños objetos, una vieja enfermera con pintas de bruja, y un auditorio que observa la operación a través de la ventana. La obra está también teñida de humorismo, como si todos se estuvieran riendo del pobre paciente, que sufre los dolores de la intervención.
La extracción de la piedra The cutting of the Stone, Steen, Jan c. 1670 Óleo sobre tabla, 45,6 x 36,5 cm Museum Boijmans Van Beuningen. Rotterdam. Países Bajos.
En este contexto habría que situar el lienzo de Hieronymus van Aeken, el Bosco (1450-1516). No voy a extenderme en detalles sobre el Bosco y su obra y lo que supone para el arte en general, ya que es algo que desarrollaré en futuros artículos monográficos. En esta ocasión quiero dedicarme por completo a comentar su obra La extracción de la piedra de la locura. El loco es un tema recurrente en el Bosco: son varias las extracciones de piedra de la locura que tiene –El cortador de piedra– y también toca el tema de la stultifera navis.
El cortador de piedra, El Bosco, Hieronymous Bosch
Como ocurre siempre ante cualquier cuadro del Bosco, la interpretación supone una arriesgada aventura en la que hay que utilizar conocimientos e intuición a partes iguales. Los símbolos se acumulan de forma enigmática, aunque en el caso de este cuadro es posible ir desentrañándolos uno a uno –algo que resulta casi imposible de hacer en obras tan sobrecargadas como El jardín de las delicias o El carro de heno–. Pero en este caso, al estar compuesto el cuadro únicamente por cuatro personajes, en una ambientación relativamente sencilla, resulta mucho más fácil de poder explicar.
Mucho se ha especulado sobre la autenticidad del cuadro. Se suele especular con que la ejecución de los personajes, torpe e inexpresiva, corre a cargo de un pintor menor, mientras que el Bosco se limita a realizar el paisaje del segundo término. Este dato no pasa de ser meramente circunstancial, y ni siquiera es algo que vaya a plantear, puesto que no resta profundidad a la simbología de la obra. La forma de la escena es circular, al igual que ocurre en su otra obra de la misma temática El cortador de piedra. Esta forma circular empieza introduciendo un primer símbolo en el cuadro. Se suele interpretar como que la escena se está viendo reflejada en un espejo, como si nosotros formáramos parte del cuadro, y lo que estamos viendo cuando lo miramos es a nosotros mismos. Esta interpretación es tremendamente significativa de lo que esta obra supone para mí. El círculo se rodea con una inscripción de hermosas letras cuidadosamente ornamentadas que dice así: “Meester, snyt die Keye ras, myne name is Lubbert Das” (“Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das”).
La Piedra de la locura (1475-80) El Bosco, Hieronymous Bosch Óleo sobre tabla Museo del Prado, Madrid. España.
La escena se plantea de la siguiente forma: un curandero está realizando la extracción de una piedra de la locura, el paciente permanece sentado, mientras son acompañados por un clérigo y una monja. La situación se produce al aire libre –como de costumbre, el Bosco enamorado de los grandes espacios abiertos–. El tratamiento de los personajes es mordaz y ridiculizante, la situación es a partes iguales grotesca e hilarante. Los símbolos principales del lienzo, uno por cada personaje, son el embudo sobre la cabeza del cirujano, la flor en la cabeza del paciente, un recipiente de agua bendita en las manos del clérigo y un libro cerrado sobre la cabeza de la monja.
La interpretación del embudo es evidente: el cirujano es el personaje más loco de todos, está incluso peor que su paciente. Se ha puesto por lo tanto en manos de un loco. En lugar de sacar una piedra de la cabeza del enfermo está sacando una flor –hay otra flor sobre la mesa de operaciones en la que se apoya la monja–. Así es el Bosco, capaz de dar una vuelta de tuerca a un viejo tema y desconcertarnos introduciendo elementos nuevos y enigmáticos. No se observa con facilidad qué tipo de flor sea, abriéndose a un amplio abanico de especulaciones. Se ha apuntado el hecho de que se trate de un tulipán, cuya simbología podría estar relacionada con la riqueza –la riqueza que el médico extrae del paciente y que además está sobre la mesa de operaciones–, aunque Pérez-Rioja apuntaba que el tulipán es más bien un símbolo del amor desgraciado. Mi interpretación es que esa flor consiste en una rosa. La rosa, desde muy antiguo, es símbolo de la sabiduría, desde El asno de oro de Apuleyo, donde la rosa es la que salva de la ignorancia al protagonista y lo convierte en un hombre al final de ese libro sobrecogedor, hasta La rosa de Paracelso de Jorge Luis Borges, en donde aparece como símbolo del conocimiento perdido. Por supuesto no estoy diciendo que el paciente sea un sabio al que le estén extirpando sus conocimientos.
Nunca podría serlo, porque como la inscripción indica, el nombre del paciente es Lubbert Das. ¿Quién es Lubbert Das? Personajes como la Celestina o don Juan han sido asimilados por la cultura y son conocidos por todos. No evocan a una obra o a un personaje en concreto, sino a una actitud o forma de actuar ante la vida. Lo mismo ocurre con Lubbert Das, aunque es un rol que no ha alcanzado la popularidad de los antes mencionados. Este personaje constituye un tópico que en las literaturas neerlandesas sirve para designar la máxima estupidez humana, un bufón tonto y necio, un loco. Luego, nada más lejos de que el paciente sea un sabio. Es un estúpido, un estultolítico, el único capaz de someterse a una operación tan absurda. Si el médico le está extirpando una rosa, es porque le está quitando el poco sentido común que le podría quedar a Lubbert Das. Es la operación de la estupidez.
La escena está siendo, además, bautizada por un clérigo, cuando la Iglesia debería estar rotundamente en contra de prácticas que debían ser consideradas como paganas. He aquí donde el Bosco ejerce su crítica hacia los sectores eclesiásticos. La monja, que contempla la escena visiblemente aburrida, tiene un libro cerrado sobre la cabeza. De todos los símbolos del lienzo es el más enigmático, pero se podría interpretar como la ignorancia y la falta de interés por parte de la Iglesia, que permite y autoriza este tipo de prácticas –el libro está cerrado, si estuviera abierto la interpretación sería opuesta–. El Bosco se está situando claramente en la misma línea crítica que Erasmo de Roterdam. No creo que sea a la Iglesia en general lo que critique, sino que al igual que Erasmo, critica ciertos sectores tolerantes y permisivos con las prácticas paganas para difundir la estupidez y la ignorancia por el mundo. Hay que añadir que en el fondo del cuadro se observan una horca, una rueda y una hoguera. Estos elementos son todavía más desconcertantes, y dejan la obra abierta a múltiples y complejas interpretaciones. Tal vez se puedan entender como un toque de aviso, no se sabe bien si para los charlatanes que practican estos métodos o para los que lo permiten. O incluso puedan ser el destino final de aquellos que se nieguen a someterse a la operación quirúrgica.
Independientemente de la admiración que alguien pueda sentir hacia el Bosco y su obra en general, esta obra ha perdurado a través de los tiempos, y hoy en día sigue estando vigente. Hay que entender que lo que vemos en el lienzo se trata de metáforas o símbolos, y que pueden ser perfectamente sustituidos por el referente real, aplicándose así a las más diferentes circunstancias o épocas. Y aquí está precisamente la importancia de su forma circular, recordando a un espejo. Cualquiera que se mire se verá reflejado. Para mí este cuadro supone una condensación del mundo, cargada de una crítica manifiesta y de un sarcasmo sugerente. Únicamente tenemos que ponernos en el papel de Lubbert Das, sustituir al cirujano por la televisión, la prensa o los medios de comunicación, y sustituir a las autoridades eclesiásticas por políticos, futbolistas o famosos en general, o incluso dejar la figura de la propia Iglesia.
La operación continúa hoy en día. A diario se extirpan millones de rosas, poco a poco, nos van robando lo más preciado del ser humano, y a cambio introducen piedras, introducen locura y estupidez. El Bosco supo dar con la interpretación exacta de lo que ocurre en el mundo. En realidad todos somos Lubbert Das, que al fin y al cabo es lo que venía a decirnos Erasmo. Tú que lees esto, y yo que lo escribo. Todos. Aparentemente no hay forma humanamente posible de acabar con esta situación. Pero mientras existan obras como ésta, nos quedará la esperanza de la denuncia.
- Nota del autor: No es mi intención profundizar en la historia de la locura, sino sólo perfilar levemente el contexto que ayuda a comprender el cuadro del Bosco. Si a alguien le interesa seguir profundizando en la historia de la locura, le recomiendo el libro de Michael Foulcault:
Michael Foulcault, Historia de la locura en la época clásica (2 tomos), México, Fondo de Cultura Económica, 1979
El profesor René Etiemble calculó que un buen lector puede llegar a completar en toda su vida entre mil y dos mil libros. Este dato, que puede ser baladí para muchos, a algunos consigue ponernos los vellos de punta. Sobre todo cuando se contrasta con otros datos mucho más espeluznantes. Según Robert Escarpit (La revolución del libro) en 1952 se publicaban unos 250 mil títulos al año. Gabriel Zaid ya indicó que el crecimiento de títulos anual era cinco veces mayor que el crecimiento de la población. Zaid toma esta circunstancia con humor: [...] La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de quince dólares y un grueso medio de 2 centímetros, harían falta quince millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles [...] Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos. Su incultura, cuatro mil veces más que su cultura [...]
Del millón de títulos anual, unos 65 mil se publican en España –que no en español, porque el número se elevaría más–. Teniendo en cuenta esto y los cálculos de Etiemble serían necesarios 3250 años de lectura frenética para leer lo que se publica en un solo año, sólo en España. Es evidente que la oferta supera con creces a la demanda, llegando al extremo de la saturación en el mercado editorial –la situación es más ridícula si se tiene en cuenta el bajo índice de buenos lectores que existe–. Entonces se cruza en tu camino el típico pseudo–intelectual que dice tener una biblioteca de miles de libros, cuando está claramente demostrado que jamás será capaz de leer de esa biblioteca más que una pequeña parte.
A esto además hay que sumar otras circunstancias todavía más desalentadoras. Está demostrado que el contenido de un libro no se empieza a asimilar hasta la segunda lectura, y ni siquiera a partir de esta segunda lectura se puede decir que lo hayamos captado. Se necesita hacer varias lecturas más para poder decir que hemos leído realmente un libro.
Por supuesto, entre esos 65 mil títulos anuales hay mucha paja y pocas agujas. Es relativamente fácil que lleguen a manos del lector libros insustanciales o de baja calidad. Esto además se puede interpretar como una pérdida de tiempo, en obras que nos van a aportar muy poco o nada. Por lo que el número de libros que un lector medio lee satisfactoriamente se reduce todavía más si cabe.
Ante esta maraña bibliográfica, el lector se siente desconcertado y apabullado. La pregunta que se formula en ese caso es siempre la misma: ¿qué puedo leer ahora? Hay que tener en cuenta que cada elección significa desechar otras miles de elecciones, cada libro que leemos es al mismo tiempo miles de libros que no leemos, cada título es uno menos que tachar del cálculo que realizó Etiemble y un libro más que nos acerca al último de los libros que leeremos.
Pero no hay que desesperarse ni volverse derrotista. Es cierto que no existen remedios definitivos contra este problema, pero sin embargo, sí hay algunas soluciones parciales que pueden llegar a ser bastante satisfactorias. Es así como surge el concepto del canon. En el canon literario se incluye el conjunto de las obras maestras que se han escrito en la historia de la Humanidad.
Hace unos años hubo una época en la que se atacó duramente al canon –debido a sus connotaciones elitistas–, acusándolo de preceptivo y promoviendo a cambio como modelo de literatura un tipo de obras marginales, periféricas y representativas pero de baja calidad estética. Por suerte, aquella tendencia fue superada y hoy en día vuelve a verse el canon con buenos ojos, excepto por cierta parte de la crítica, que todavía trata de imponer la mala literatura como modelo. Deberían darse cuenta de que el arte en sí es elitista, por el simple hecho de que no está al alcance de cualquiera hacer arte.
El canon no es desde luego una noción actual, sino que se remonta a autores como Quintiliano o Dante. Sin embargo, recientemente ha sido puesto de moda por Harold Bloom. El canon que elabora Bloom tiene evidentes aciertos y carencias, pero llevaría demasiado tiempo analizarlo con profundidad. Básicamente peca de lo mismo que había pecado el canon de Etiemble, de un espíritu nacionalista que lleva a que la mayor parte de las obras que se incluyan en el canon pertenezcan al país de aquel que lo realiza. Es evidentemente un problema metodológico, ya que al establecer el canon se choca con la gran barrera de la literatura universal: el idioma.
El canon ofrece la solución más razonable para guiar al lector por las obras maestras de la literatura, sin necesidad de perderse en esa vorágine editorial que ya alcanza tintes irrisorios. Así el lector tiene la seguridad de ir al grano y no perder el tiempo con lecturas inútiles.
En esta misma línea sería interesante analizar una obra como Biblioteca personal de Jorge Luis Borges. Frente al canon aparece la noción de biblioteca personal. Ese es el concepto que maneja Borges en sus obras. No se trata exactamente de lo mismo, porque Borges incluye en su Prólogos con un prólogo de prólogos –que es un antecedente de su Biblioteca personal– a autores como Estalisnao del Campo o Faustino Sarmiento, que serían inconcebibles dentro de un canon universal –e incluso puede serlo para muchos José Hernández, que por supuesto también se incluye–. Borges a veces tenía un gusto un tanto especial para elegir un tipo de obras marginales, e incluso de baja calidad literaria, un tipo de autores menores y caídos en el olvido, como es el caso de su libro Evaristo Carriego; mientras que deja de lado a otros muchos grandes autores, sobre todo en el caso de la literatura española, con ejemplos evidentes como Góngora, Antonio Machado o Federico García Lorca, autores por los que Borges no sintió el más mínimo aprendio. Desde luego, nada más lejos de la intención de Borges que hacer un canon literario.
La biblioteca persona consiste en ese conjunto de libros que el lector va leyendo a lo largo de su vida y que le marcan de forma especial, determinando su forma de ser. Son libros que nos acompañan a lo largo de toda nuestra existencia y que acaban formando parte de nosotros mismos. No se juzga tanto la calidad literaria de estos libros como su interrelación con el lector, aunque por lo general, suelen ser grandes obras aquellas que dejan su impronta –por algo son obras maestras, mientras que los malos libros siempre se acaban olvidando–. Siguiendo estos criterios es como Borges realiza su obra Biblioteca personal, aunque es cierto que la mayor parte de los libros que reseña son dignos de entrar en el canon. Pero antes de comprender por qué criterios se ha podido dejar llevar Borges y hasta qué punto el libro puede servir como una especie de guía de lectura, sería necesario adentrarse brevemente en el autor.
En 1899 nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges. El acontecimiento fundamental de su vida según el mismo reconocería fue el descubrimiento de la biblioteca paterna. Aquellos viejos libros sirvieron de leña que avivaría el destino literario que este gran escritor tendría deparado. No era extraño que Norah Borges cruzara el salón y se encontrara al pequeño Jorge Luis, de nueve o diez años, tendido en el suelo, devorando libros.
En aquellos años, Borges, con la inocencia de un niño que no se cuestiona la estética ni la importancia de lo que lee, fue entrando en contacto con los autores que lo acompañarían el resto de su vida, aquellos por los que sentiría un mayor afecto. Así fue como conoció a Kipling, a Wells, a Stevenson, a Chesterton, a Poe, a Oscar Wilde, a Las mil y una noches, a Papini y a otros tantos autores. Su padre no se molestaba en indicarle cuáles eran las obras maestras, Borges las fue encontrando por sí mismo, con paciencia y cierta diversión. Eran años de frenética lectura, sobre todo en inglés. Es curioso que incluso El Quijote llegara a sus manos en un primer momento en inglés; aunque después aceptara el camino de la lengua castellana con felicidad. Por sus venas además corría La Biblia, que su abuela conocía de memoria completamente.
En 1955 la lenta ceguera obliga a Borges a apartarse definitivamente de la letra escrita, aunque seguirá cultivando con gran dominio la conversación, siguiendo las enseñanzas de su amigo y maestro Macedonio Fernández, y como también había hecho Sócrates. Homero y Milton también fueron ciegos. Ya en esas fechas Borges habría formado una conciencia literaria madura, y a pesar de que no pudo volver a leer, se refugio en la soledad secreta del recuerdo, siguiendo los pasos de Funes el memorioso, uno de sus personajes.
Borges ya había concebido la biblioteca como un símbolo, como una metáfora del mundo y de la vida en su cuento La biblioteca de Babel. Cuando escribió Biblioteca personal, ya era aquel vate ciego, de expresión condescendiente y trato afable, que causaba la admiración y la impresión de lectores de todo el mundo. Había conseguido hacer del prólogo todo un género literario, debido a su don para descender a la esencia de los textos, y su claridad para expresar un pensamiento limpio y delicado, con una exactitud casi matemática. Hacía más de diez años que había escrito su Prólogo con un prólogo de prólogos, a lo largo de los cuales había practicado compulsivamente la reseña de obras y de autores. Las diferencias entre ambas obras son notables a la vista, porque las pretensiones de la Biblioteca personal son más universales, mientras que Prólogo con un prólogo de prólogos tiene un mayor número de autores hispanoamericanos y argentinos, algunos de dudosa calidad literaria.
Su estilo en Biblioteca personal es maduro. Ya pasaron los años de juventud, de ultraísmo, de expresionismo alemán, en los que Borges acusaría de una herencia quevedesca. A pesar de los años, siempre se siguió considerando quevedesco, sin darse cuenta tal vez que su obra y su estilo, se iban depurándose, volviéndose poco a poco cervantina. Su prosa, a pesar de estar cincelada eligiendo cuidadosamente cada palabra, no utiliza términos diferentes a los que usa el lenguaje hablado. Como cualquier discípulo, había rechazado las posibilidades que ofrecía la estética anterior, el modernismo, y había iniciado junto a otros autores la aventura de naturalizar el lenguaje literario, en una época en que Rubén Darío seguía estando muy presente. Esta necesaria evolución ya se muestra en Leopoldo Lugones, otro de sus grandes maestros, aunque Borges no siempre lo aceptó así, al final no tuvo más remedio que darle el lugar privilegiado que Lugones merecía.
El libro ofrece el punto de vista antes de un lector que de un escritor, porque Borges, como repetía numerosas veces, antes se jactaba de los libros leídos que de los libros escritos; alguien que pensaba que el arte simplemente existía, sin la necesidad de buscarle un porqué, como recordaría en palabras de Angelus Silesius. No es por lo tanto, un interés crítico, sino estético, lo que mueve la elaboración del libro.
Biblioteca personal ofrece al lector una amplia variedad de posibilidades literarias. Borges incluye no sólo a los autores ingleses de su juventud, a los que seguiría admirando durante toda su vida, sino a clásicos desde Virgilio, del que destaca su elegancia, hasta cotemporáneos como Cortázar o Mujica Láinez, a pesar de que el estilo demasiado barroco y sobrecargado de este último fuera tan diferente a las inquietudes estéticas de Borges; incluye desde textos antiguos, como los Evangelios apócrifos, la Saga de Egil Skallagrimsson o el Poema de Gilgamesh, primera obra épica escrita en el mundo, hasta autores del realismo más clásico como Flaubert o Dostoievski. Tampoco se olvida de autores que tuvieron una gran repercusión a principios de siglo como André Gide o Jean Cocteau. Y a pesar de que consideraba las greguerías de Ramón Gómez de la Serna como burbujas literarias, de efímera existencia, y muy alejadas de su estilo, leyó prácticamente la totalidad de las obras de este autor. Poe y Chesterton fueron sus maestros en los cuentos policiacos y de terror. De Kipling aprendió a narrar los acontecimientos como si no los comprendiera del todo, como si hubiera algo misterioso que no fuera capaz de constatar. También había leído a Kafka y a Juan José Arreola.
Biblioteca personal no encierra sólo obras literarias, sino también filosóficas, históricas o incluso matemáticas, tan amplio fue el interés de Borges por todos los ámbitos de la cultura humana. Aprendió alemán sólo para leer a Shopenhauer. El conjunto de obras que ofrece amablemente en el volumen podrían hacer que un lector normal se convirtiera casi en un erudito. Él sin lugar a dudas lo era.
Tal vez se echen en falta autores como Cervantes o Whitman. Sin duda Borges los tenía muy presentes, aunque desgraciadamente murió antes de poder finalizar la escritura del libro, cuando había completado los prólogos de sesenta y cuatro títulos. Cabe pensar la certeza de que Borges, en una colección de cien libros, sin lugar a dudas habría añadido a estos autores. De hecho, a Cervantes sí lo había incluido en su obra Prólogos con un prólogo de prólogos.
Cabría decir lo mismo que el propio Borges dijo de Quevedo. Si para Borges Quevedo era mucho más que un autor, era una literatura, esto también se podría decir de Borges, a pesar de que su humildad siempre le impidió reconocerlo. Quizá, el hecho de ser ciego hizo que nunca pudiera contemplarse en el espejo y nunca pudiera verse a sí mismo, como el hombre sabio que era, como la literatura en la que se había convertido.
Por tanto, ante esa maraña bibliográfica que nos abruma y desconcierta, siempre puede resultar útil dejarse guiar por la luz de faro de hombres de letras deslumbrantes, como puede ser Borges. En este caso, la lectura de Biblioteca personal siempre puede servir de guía exhaustiva de obras que son necesarias leer, conocer, dominar y amar. De la mano de un autor que es capaz, como pocos, de transmitir su pasión por la literatura.
- Harold Bloom, El canon occidental : la escuela y los libros de todas las épocas, Barcelona, Anagrama, 1997. Jorge Luis Borges, Biblioteca personal, Madrid, Alianza, 1988. Jorge Luis Borges, Prólogos con un prólogo de prólogos, Madrid, Alianza, 1998. Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona, Seix Barral, 1992. Robert Escarpit, La revolución del libro, Madrid, Alianza, 1968. María Esther Vázquez, Borges, sus días y su tiempo, Buenos Aires, Ediciones B Argentina, 1999.
Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido.
Venir te va a venir. Hagas lo que hagas. No importa si te acabas de levantar, si estás charlando con un amigo, si son la cuatro de la madrugada, si estás escuchando la Solemne Obertura 1812 de Tchaikosky o si estás entregado a los labios de la mujer que amas. Nada importa. Porque venir te va a venir. Y entonces lo dejarás todo. Todo por eso que no sabes qué es, y que acaso nunca sea. Dejarás a un lado el desayuno, pedirás a tu amigo que se calle, te levantarás en plena noche, o te apartarás de los labios amados –ella debe de estar acostumbrada sin duda a tus excentricidades y es por eso que te ama–. Lo que viene tal vez pueda ser algo grande. Quizá sea una nueva falsa alarma, algo sin importancia. Pero también puede ocurrir que no, y no puedes correr ese riesgo. El ritmo de la Solemne Obertura 1812 va despertando poco a poco, se va haciendo cada vez más vivo y veloz.
Llevas tres meses pensando en ese poema, dándole vueltas a la forma. Poco a poco ese fantasma de versos omnipresentes se ha ido colando por todos los rincones de tu vida hasta ocuparlo todo. Ahora no puedes dejar de pensar en él. Te quedaste atascado en el octavo verso, y no habías encontrado forma posible de seguirlo.
A lo largo de estos tres meses tal vez hayan pasado cientos de versos por tu cabeza. Muchos de ellos tuvieron osadías de tinta y papel, otros se quedaron en vagas ideas. Pero ninguno era el exacto, ninguno de ellos era la llave: no eran lo que querías decir. Después de tres meses ese poema se había convertido en una obsesión, en un reto, en una metáfora de ti mismo, buscándote, intentando saber quién eres. Ya era más que una cuestión de honor acabar el poema, era una necesidad.
Eres de los que piensa que a la inspiración hay que conquistarla, que las Musas no son unas prostitutas, y no se venden a cualquiera. A veces incluso llegaste a jugar a los dados con el lenguaje, quizá pensando que el azar te daría lo que tú no habías sido capaz de encontrar. Pero nada funcionaba. No aparecía el noveno verso, el poema no podía seguir; y a pesar de todo, jamás te rendiste.
En autobuses, en el metro, mientras comías, antes de dormir y después de despertar, caminando por la calle, viendo la televisión, conversando con otras personas. Ese poema siempre estaba presente, como una amenaza, como un deseo, como una forma abstracta a la que había que darle nombre. ¿Es esa la locura del poeta? El poema poco a poco se va apoderando de tu vida, como una amante celosa, te va asfixiando. Y tú no puedes hacer nada. A pesar de todo, lo amas, lo deseas. Lo reconoces como tu hijo, tal vez imperfecto, inacabado. Te está llamando, ¿no lo oyes?
Pero esa mañana de domingo pasa algo. Mientras la Solemne Obertura 1812 crece, se vuelve violenta e inmensa, un destello te atraviesa las sienes. Crees haber visto algo, pero todavía no eres capaz de comprenderlo, o tal vez no estás preparado para hacerlo. Luchas con el lenguaje, en una batalla campal, temiendo que pudiera ser otro de esos cientos espejismos que te engañaron en estos tres meses. En el fondo sabes que no te queda otra alternativa, más te vale arriesgar.
Y entonces, de un doloroso parto, nace. Al principio no lo comprendes del todo, como tampoco comprendía Kipling a veces lo que escribía, pero ya es demasiado tarde. Tus labios ya lo pronunciaron. Ya salió de ti, ya no es tuyo. Y ya se está perdiendo en el aire. No puedes creerlo. Eso que acabas de decir era lo que durante tres meses había ocupado horas y horas en tu pensamiento. Es el noveno verso.
Suena a joven, a misterioso, a profundo. Sabes, o tienes la certeza, de que nadie antes lo dijo, que es la primera vez que esas palabras se unieron para decir lo que dicen, lo que querías que dijeran. No sabes de dónde viene, de dónde salió, ni si alguien te lo dijo; pero sabes que has conquistado a las Musas, a fuerza de lágrimas, de sangre y de tiempo.
Albricias. Todo se abre y se cierra. El principio y el fin en fa sostenido. Pero qué grande es todo, qué maravilla. Un cáliz rebosante que te espera. No soy digno de ti. Como las estrellas del cielo, el mismo misterio y la misma luz. Aleluya: la epifanía. Como hacer el amor en guíglico.
Al fin has encontrado tu Grial. De fondo, la Solemne Obertura 1812 alcanza su momento sublime. El nacimiento del noveno verso se acompaña de trompetas épicas, de bombas, de aviones y tambores guerreros. Como había dicho Pedro Salinas, y todo se pobló / de carne y de banderas. Y lo recibes como al hijo pródigo, con amor, y más que con amor, con idolatría. Y saltas de alegría, y cantas, y lloras, y casi te desmayas. Por fin lo tienes. Es lo mejor que te ha pasado en toda tu vida. Las bombas caen y tu verso suena, el noveno verso, el perfecto —otro hubiera sido una mentira o una máscara—, el que dice lo que sentías. Jamás habías sido tan feliz. La Solemne Obertura 1812 suena para ti, para tu verso, para darle la bienvenida al mundo. Y el noveno verso suena, y suena, y suena; y tú sientes la dicha de ser Creador. Aún no lo comprendes, pero ya está escrito.
Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido.
En la foto Borges, Vargas Llosa y Alicia Jurado en 1985
En 1963, en París, Mario Vargas Llosa, en aquel entonces toda una promesa de las letras peruanas, tuvo la ocasión de entrevistar a uno de sus ídolos: el escritor argentino Jorge Luis Borges. Desde luego, qué duda cabe, son dos grandes. Uno de ellos fue, otro es. A sus espaldas el desarrollo melódico de una línea textual que revolucionó y conformó las bases del siglo XX. Dos personajes, dos personas, dos caminos diferentes, en algunos momentos casi opuestos.
Nunca he malquerido a Mario Vargas Llosa, pero es cierto que tampoco lo he tenido muy en cuenta. Conozco sus logros y sus triunfos, pero debo admitir que en esa pugna eterna entre Gabriel García Márquez y Vargas Llosa siempre me he inclinado a favor del colombiano. No me importa lo que haya detrás de su rivalidad. La teoría del lío de faldas de algunos no es tan evidente como su distanciamiento ideológico. Mi admiración por García Márquez: total. Sí es cierto que Vargas Llosa ha sido mucho más coherente con su pensamiento, y más responsable; mientras que García Márquez ha hecho y hace, en la actualidad, algunas tonterías que todos conocemos –las mismas que había hecho el pobre Cortázar, tan maleable–. Pero no voy a entrar en comparaciones, porque me llevaría demasiado tiempo.
Por otro lado Jorge Luis Borges. Ese inmenso gigante de ojos perdidos, de arrugas profundas como heridas. Borges, de quien dicen que lo sabía todo. El maestro Borges le llamaban muchos. Este hombrecito de expresión afable siempre estuvo dispuesto a mantener un diálogo. Tal es así, que los diálogos de Borges se han hecho tremendamente populares, desde hace unos años a esta parte. Cada año la bibliografía de sus diálogos se multiplica, y aparecen nuevas y sorprendentes entrevistas.
Borges consiguió hacer del diálogo todo un género literario. Detrás de sus palabras, sospecho, se ocultaba una sincera intención por sorprender y admirar. Algo que sin duda consiguió. Fuente inagotable de citas y versos, cada una de sus palabras es un tesoro inagotable, que parece desafiar la trivialidad del lenguaje. Aunque pueda ser verdad aquello que dijo él mismo una vez, eso de que tiene unas pocas ideas que va repitiendo constantemente, el diálogo es la mejor forma de sentir la más absoluta admiración por Borges, porque el diálogo es lucidez, es transparencia, es rapidez en el pensamiento, con las máscaras del texto escrito a un lado, y la necesidad de responder al momento, y demostrar qué ha hecho de Borges lo que es. Y además, da gusto escucharlo una y otra vez. Con la suave modulación de su voz, su cadencioso timbre, a veces misterioso como la inmensidad de la Pampa.
Sea la palabra de los dos maestros:
-Discúlpeme usted, Jorge Luis Borges, pero lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es una pregunta convencional: ¿cuál es la razón de su visita a Francia?
-Fui invitado a dos congresos por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en Berlín. Fui invitado también por la Deutsche Regierum, por el gobierno alemán, y luego mi gira continuó y estuve en Holanda, en la ciudad de Amsterdam, que tenía muchas ganas de conocer. Luego mi secretaria María Esther Vázquez y yo seguimos por Inglaterra, Escocia, Suecia, Dinamarca y ahora estoy en París. El sábado iremos a Madrid, donde permaneceremos una semana. Luego, volveremos a la patria. Todo esto habrá durado poco más de dos meses.
-Tengo entendido que asistió al Coloquio que se ha celebrado recientemente en Berlín entre escritores alemanes y latinoamericanos. ¿Quiere darme su impresión de este encuentro?
-Bueno, este encuentro fue agradable en el sentido de que pude conversar con muchos colegas míos. Pero en cuanto a los resultados de esos congresos, creo que son puramente negativos. Y, además, parece que nuestra época nos obliga a ello, yo tuve que expresar mi sorpresa -no exenta de melancolía-, de que en una reunión de escritores se hablara tan poco de literatura y tanto de política, un tema que es más bien, bueno, digamos tedioso. Pero, desde luego, agradezco haber sido invitado a ese congreso, ya que para un hombre sin mayores posibilidades económicas como yo, esto me ha permitido conocer países que no conocía, llevar en mi memoria muchas imágenes inolvidables de ciudades de distintos países. Pero, en general, creo que los congresos literarios vienen a ser como una forma de turismo, ¿no?, lo cual, desde luego, no es del todo desagradable.
-En los últimos años, su obra ha alcanzado una audiencia excepcional aquí, en Francia. La "Historia universal de la infamia" y la "Historia de la eternidad" se han publicado en libros de bolsillo, y se han vendido millares de ejemplares en pocas semanas. Además de "L'Herne", otras dos revistas literarias preparan números especiales dedicados a su obra. Y ya vio usted que en el Instituto de Altos Estudios de América Latina tuvieron que colocar parlantes hasta en la calle, para las personas que no pudieron entrar el auditorio a escuchar su conferencia. ¿Qué impresión le ha causado todo esto?
-Una impresión de sorpresa. Una gran sorpresa. Imagínese, yo soy un hombre de 65 años, y he publicado muchos libros, pero al principio esos libros fueron escritos para mí, y para un pequeño grupo de amigos. Recuerdo mi sorpresa y mi alegría cuando supe, hace muchos años, que de mi libro "Historia de la eternidad" se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares. Yo hubiera querido agradecer personalmente a cada uno de los compradores, o presentarle mis excusas. También es verdad que 37 compradores son imaginables, es decir son 37 personas que tienen rasgos personales, y biografía, domicilio, estado civil, etc. En cambio, sí uno llega a vender mil o dos mil ejemplares, ya eso es tan abstracto que es como si uno no hubiera vendido ninguno. Ahora, el hecho es que en Francia han sido extraordinariamente generosos, generosos hasta la injusticia conmigo. Una publicación como "L'Herne", por ejemplo, es algo que me ha colmado de gratitud y al mismo tiempo me ha abrumado un poco. Me he sentido indigno de una atención tan inteligente, tan perspicaz, tan minuciosa y, le repito, tan generosa conmigo. Veo que en Francia hay mucha gente que conoce mi "obra" (uso esta palabra entre comillas) mucho mejor que yo. A veces, y en estos días, me han hecho preguntas sobre tal o cual personaje: ¿por qué John Vincent Moon vaciló antes de contestar? Y luego, al cabo de un rato, he recapacitado y me he dado cuenta que John Vincent Moon es protagonista de un cuento mío y he tenido que inventar una respuesta cualquiera para no confesar que me he olvidado totalmente del cuento y que no sé exactamente las razones de tal o cual circunstancia. Todo eso me alegra y, al mismo tiempo, me produce como un ligero y agradable vértigo.
-¿Qué ha significado en su formación la cultura francesa?; ¿algún escritor francés ha ejercido una influencia decisiva en usted?
-Bueno, desde luego. Yo hice todo mi bachillerato en Ginebra, durante la primera guerra mundial. Es decir que durante muchos años, el francés fue, no diré el idioma en el que yo soñaba o en el que sacaba cuentas, porque nunca llegué a tanto, pero sí un idioma cotidiano para mí. Y, desde luego la cultura francesa ha influido en mí, como ha influido en la cultura de todos los americanos del Sur, quizá más que en la cultura de los españoles. Pero hay algunos autores que yo quisiera destacar especialmente y esos autores son Montaigne, Flaubert -quizá Flaubert más que ningún otro-, y luego un autor personalmente desagradable a través de lo que uno puede juzgar por sus libros, pero la verdad es que trataba de ser desagradable y lo consiguió: Leon Bloy. Sobre todo me interesa en Leon Bloy esa idea suya, esa idea que ya los cabalistas y el místico sueco Swedenborg tuvieron pero que sin duda él sacó de sí mismo, la idea del universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad. Y en cuanto a la poesía, creo que usted me encontrará bastante "pompier", bastante "vieux jouer", rococó, porque mis preferencias en lo que se refiere a poesía francesa siguen siendo la Chanson de Roland, la obra de Hugo, la obra de Verlaine, y -pero ya en un plano menor- la obra de poetas como Paul-Jean Toulet, el de las "Contrerimes". Pero hay sin duda muchos autores que no nombro que han influido en mí. Es posible que en algún poema mío haya algún eco de la voz de ciertos poemas épicos de Apollinaire, eso no me sorprendería. Pero si tuviera que elegir un autor (aunque no hay absolutamente ninguna razón para elegir un autor y descartar los otros), ese autor francés sería siempre Flaubert.
-Se suele distinguir dos Flaubert: el realista de "Madame Bovary" y "La educación sentimental", y el de las grandes construcciones históricas, "Salambó" y "La tentación de San Antonio". ¿Cuál de los dos prefiere?
-Bueno, creo que tendría que referirme a un tercer Flaubert, que es un poco los dos que usted ha citado. Creo que uno de los libros que yo he leído y releído más en mi vida es el inconcluso "Bouvard y Pecuchet". Pero estoy muy orgulloso, porque en mi biblioteca, en Buenos Aires, tengo una 'editio princeps' de Salambó y otra de la Tentación. He conseguido eso en Buenos Aires y aquí me dicen que se trata de libros inhallables, ¿no? Y en Buenos Aires no sé qué feliz azar me ha puesto esos libros entre las manos. Y me conmueve pensar que yo estoy viendo exactamente lo que Flaubert vio alguna vez, esa primera edición que siempre emociona tanto a un autor.
-Usted ha escrito poemas, cuentos y ensayo. ¿Tiene predilección por alguno de esos géneros?
-Ahora, al término de al carrera literaria, tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso. Pero como hace unos diez años que he perdido la vista, y a mí me gusta mucho vigilar, revisar lo que escribo, ahora me he vuelto a las formas regulares del verso. Ya que un soneto, por ejemplo, puede componerse en la calle, en el subterráneo, paseando por los corredores de la Biblioteca Nacional, y la rima tiene una virtud mnemónica que usted conoce. Es decir, uno puede trabajar y pulir un soneto mentalmente y luego, cuando el soneto está más o menos maduro, entonces lo dicto, dejo pasar unos diez o doce días y luego lo retomo, lo modifico lo corrijo hasta que llega un momento en que ese soneto ya puede publicarse sin mayor deshonra para el autor.
-Para terminar, le voy a hacer otra pregunta convencional: si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros, ¿cuáles elegiría?
-Es una pregunta difícil, porque cinco es poco o es demasiado. Además, no sé si se trata de cinco libros o de cinco volúmenes.
-Digamos, cinco volúmenes.
-¿Cinco volúmenes? Bueno, yo creo que llevaría la "Historia de la Declinación y Caída del lmperio Romano" de Gibbons. No creo que llevaría ninguna novela, sino más bien un libro de historia. Bueno, vamos a suponer que eso sea en una edición de dos volúmenes. Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo, para poder leerlo y releerlo, digamos la "Introducción a la Filosofía de las Matemáticas" de Russell, o algún libro de Henri Poincaré. Me gustaría llevar eso también. Ya tenemos tres volúmenes. Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar, de una enciclopedia. Ahí ya podría haber muchas lecturas. Sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia Británica, es decir cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Tenemos cuatro. Y luego, para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia. Y en cuanto a la poesía, que está ausente de este catálogo, eso me obligaría a encargarme yo, y entonces no leería versos. Además, mí memoria está tan poblada de versos que creo que no necesito libros. Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas. Yo, que recuerdo mal las circunstancias de mi propia vida, puedo decirle indefinidamente y tediosamente versos en latín, en español, en inglés, en inglés antiguo, en francés, en italiano, en portugués. No sé si he contestado bien a su pregunta.