en sevilla. Dibujo de la Cárcel Real, en la que estuvo preso Miguel de Cervantes.Otras actividades. La inminencia del cuarto centenario de la publicación de 'El Quijote' sirve de acicate al historiador sevillano para repasar los actos conmemorativos celebrados con motivo de esta efeméride en los tres siglos anterioresA mediados de enero de 1605 llegaban a las librerías de Madrid los primeros ejemplares de la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. El éxito fue tal que, agotada esta edición, a los tres meses ya estaba preparada la segunda, y aparecían ediciones piratas en Lisboa. Su autor, un poeta de escaso mérito, manco de la mano izquierda, cautivo en Argel y preso en la cárcel de Sevilla, desgraciado en su vida familiar, incapaz de encontrar en hueco en el mundillo literario de la época, se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra. Aún le faltaban once años para dejar este mundo, pero el reconocimiento social y literario no le alcanzó en vida. Sí lo tuvo, y extraordinario, esa novela cuyo cuarto centenario conmemoramos.
En el primer centenario (1705) fue imposible celebrar nada, porque España vivía la primera guerra civil de su historia, dividida entre partidarios de la Casa de Austria y la de Borbón, en la conocida como Guerra de Sucesión. En el segundo, aunque no faltaron sesiones y escritos de homenaje, baste decir que la publicación más sonada fueron los comentarios del Anti-Quijote (1805), cuando ya se oían murmullos de descontento político y se presentía la Guerra de la Independencia. El año 1905 tampoco fue propicio para conmemoraciones centenarias. Fue particularmente trágico en Rusia, donde los obreros amotinados contra el zar Nicolás II murieron a miles, preludio de la próxima revolución. En el mes de junio, en París, a la salida de la Ópera, una bomba anarquista atentaba contra el rey de España Alfonso XIII y el presidente de la República francesa. La crisis política en Madrid era tan aguda que hubo tres cambios de gobierno en un año. En Andalucía, el hambre y la miseria provocaban continuos motines populares entre los obreros en paro, que asaltaron panaderías en Lebrija y Osuna. El propio conde de Romanones, ministro de Agricultura, de visita en Sevilla, hubo de reconocer que era testigo de una "miseria horrible". Y el bondadoso cardenal Spínola, en un gesto insólito de caridad, recorrió las calles de Sevilla pidiendo limosna para los obreros.
En esta circunstancia histórica tan adversa, el país del Quijote se dispuso a celebrar el tercer centenario de la primera novela moderna, gloria de la literatura española. Los escritores ya preparaban la conmemoración con anterioridad, dando como fruto de sus reflexiones, artículos periodísticos y algún libro memorable, como la Vida de Don Quijote y Sancho, de Unamuno, que enaltecía a los personajes literarios en detrimento del autor. Oficialmente, España fue el primer país en reproducir en sellos de correos un molino de viento, como homenaje a la figura entrañable del caballero andante. En Madrid hubo un ciclo de conferencias en el Ateneo y en el mes de mayo una suscripción popular para erigir un monumento a Cervantes.
Las academias se sumaron al centenario con escaso entusiasmo, con simples discursos en sesiones ordinarias. En la Española se leyó un texto de Juan Valera, y en la de la Historia otro del académico canario Francisco Fernández de Bethencourt.
En el Colegio de Médicos de Madrid disertó sobre el tema el gran científico Santiago Ramón y Cajal. Modesto homenaje el de la capital de España hace un siglo, que contrasta con los múltiples actos extraordinarios que prepara en este cuarto centenario.
En Sevilla, pese a la pésima situación económica y social, las autoridades se volcaron en el tercer centenario, programando unos actos públicos de gran resonancia en toda la ciudad. El alcalde, don Fernando Barón y Martínez de Agulló, encargó un informe previo a una comisión de tres concejales, que fue aprobado por el Ayuntamiento en la sesión ordinaria del 5 de mayo. La motivación era explícita: "para que las futuras generaciones recuerden por siempre nuestro entusiasmo". Se aprobaron las ocho propuestas del dictamen, entre las que debemos destacar, además de las propiamente cervantinas, otras iniciativas de carácter benéfico-social, como construir un albergue nocturno para pobres, entregar mil pesetas a la Asociación Sevillana de Caridad para sus fines caritativos y donar el terreno necesario para la construcción de una Escuela modelo propuesta por la Junta de Primera Enseñanza. Como colofón de tanta generosidad pública, la corporación municipal en pleno acordó pedir al Gobierno de la nación la concesión de la Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII a doña Carmen Benítez y Cortina, que había donado a la ciudad las escuelas primarias que llevaban su nombre, perpetuando, además su caritativa donación al rotular con su nombre la plaza donde "mandó levantar a sus expensas el hermoso edificio que para siempre ha destinado a la enseñanza", y que aún sobrevive, frente a la iglesia de San Roque.
En relación con el homenaje propiamente dicho, se acordó "levantar por suscripción popular un monumento a Cervantes en la plaza de la Constitución, mirando a la calle de las Sierpes, contribuyendo el Ayuntamiento con diez mil pesetas" y asistir corporativamente al homenaje que la Real Academia Sevillana de Buenas Letras quería tributar al autor de El Quijote instalando una lápida conmemorativa en la fachada de la misma calle donde antiguamente estaba situada la cárcel de la ciudad, "domicilio" del novelista en 1597. Como se sabe, Cervantes fue recaudador de impuestos para la Gran Armada, recorriendo Andalucía desde 1587, con centro en Sevilla, ciudad a la que menciona en múltiples ocasiones y a la que define con aquel famoso verso del soneto al túmulo de Felipe II: "Roma triunfante en ánimo y nobleza".
Academia y Ayuntamiento unieron sus esfuerzos y se organizó una procesión de todas las llamadas "fuerzas vivas" de la ciudad: claustros docentes, Asociación de actores, Sociedad Económica, Ateneo, colegios profesionales, academias, Cuerpo consular, maestrantes y títulos nobiliarios, militares, eclesiásticos, Audiencia, Cruz Roja, directores de periódicos, Delegado Regio, Ayuntamiento en pleno, diputados y senadores por Sevilla. Amenizado por la Banda municipal y presidido por el pendón de la ciudad, el cortejo se detuvo en el número 95 de la calle de las Sierpes, en cuya fachada se había instalado la lápida de la academia, para seguir después al Teatro San Fernando, donde se iba a celebrar el homenaje municipal, que consistió en un discurso de Javier Lasso de la Vega, la lectura de un trozo de El Quijote leído por José Gestoso, y lectura de poemas de los poetas sevillanos del momento (Mercedes Velilla, Eloy García Valero, Luis Montoto y Francisco Rodríguez Marín, hoy todos en el callejero) amenizado con piezas musicales, como la Marcha de las antorchas de Meyerbeer.
Por su parte, la Academia de Buenas Letras, que había demostrado en tantas ocasiones su cervantismo, celebró por la tarde una velada literaria pública y solemne, en la que se leyeron párrafos de la inmortal novela, se recitaron poesías y se distribuyó entre los asistentes una edición limitada de Rinconete y Cortadillo, la más sevillana de las novelas de Cervantes, para la que se habían encargado dibujos originales al pintor sevillano José García Ramos, según consta en las actas. La sesión se celebró en el salón de la Academia de Medicina, donde leyeron sus poemas Manuel Chaves y García Valero. El ilustre Rodríguez Marín disertó sobre ser la cárcel sevillana el lugar donde se engendró El Quijote, y Luis Montoto finalizó exponiendo la predilección de Cervantes por Sevilla, motivo más que sobrado para cualquier homenaje.
Los transeúntes que fijen su mirada en la lápida académica y en el busto de Cervantes podrán revivir este tercer homenaje ante la inminencia del cuarto, que se anuncia con ediciones y celebraciones con menos pompa retórica, pero con mayor repercusión cultural y social, exaltando más a la novela que al novelista.
Si Don Quijote y Sancho son personajes de ficción conocidos mundialmente, su creador es el soberano indiscutible de la literatura española, por encima de adversarios de la talla de Lope de Vega. Quizás Sevilla debería avergonzarse de haberlo tenido encarcelado entre sus muros, aunque este encierro sirviera para fecundar la fertilísima imaginación de un recaudador de impuestos llamado Miguel de Cervantes.
Noticia extraída de www.diariodesevilla.com y escrita por Francisco Aguilar