En muchas de las fotos de Doisneau
(y no sólo en
«Baiser blottot Paris»)
o de Brassai; en algún viejo disco
de Yves Montand, de Jacques Brel, de Edith Piaf,
«Les ennuis, les changrins s´effacent,
heureux, heureux à en mourir.
Quand il me prend dans ses bras...»;
en algunas palabras del capítulo
primero de Rayuela, de Cortázar
(che, ese pibe sí que amó París),
donde Horacio camina el Pont des Arts
en busca de la Maga o de su sombra;
siempre en los lienzos de Toulouse-Lautrec,
el que dormía con las prostitutas
del Moulin Rouge, y consiguió ser libre;
en el Montmatre de Utrillo, en invierno;
en el barrio Latino, en sus artistas;
en los grandiosos bailes de Gene Kelly
y Leslie Caron, juntos en París;
en las películas de Jacques Tati,
todo alegría y todo pura luz;
allí encuentro tus labios de Marguax,
que son como el París de
Casablanca,
quiero decir, de ensueño
y lejanos,
siempre lejanos.
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(De
El incendio del vino)
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Nota mental: El crítico ruso Mijail Bajtin concibió dos variantes de un mismo concepto que cambiaron por completo el punto de vista de la literatura y del arte en general, el dialogismo y la polifonía, intertextualidad al fin y al cabo, pero con nombres más hermosos. Si Bajtin hablaba de los textos como de una red de textos, cuya culminación es
Rayuela, qué mejor que hacer hablar a distintos ámbitos artísticos entre sí, como bien supieron hacer algunos poetas a partir de los novísimos. Así intenté recoger esa importante lección.