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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005. Parábola de los seis sabios ciegos y el Elefante![]() Muhammed Jalal al-Din Rumi A pesar de haber cantado a la pasión amorosa con ánimo encendido a lo largo de cientos de versos, me confieso fervoroso lector de El arte de amar de Erich Fromm. Para Fromm el amor es infinitamente más complejo que un mero sentimiento desbordado. Pero no es eso de lo que quiero hablar. Una de las muchas sorpresas que me deparó este libro fue precisamente la parábola de los seis sabios ciegos y el elefante que utiliza Fromm en el capítulo IV cuando habla de los objetos amorosos, y más concretamente cuando compara la lógica aristotélica con la lógica paradójica de las culturas orientales. Fromm reelabora la historia y no ofrece explícitamente las fuentes. Sin embargo, no es difícil averiguar el origen de la parábola: el sufí persa Muhammed Jalal al-Din Rumi. De hecho, Fromm es el autor del prefacio de un libro sobre Rumi escrito por A. Reza Arasteh y titulado El renacimiento en el seno de la creatividad y el amor en la editorial Paidós. La parábola es la siguiente: Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: «Ya veo, es como una pared». El segundo, palpando el colmillo, gritó: «Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza». El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: «¡Dios me libre! El elefante es como una serpiente». El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: «Está claro, el elefante, es como un árbol». El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: «Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico». El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: «El elefante es muy parecido a una soga». Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados. "Parábola de los Seis Sabios Ciegos y el Elefante". Esta pequeña parábola es una de las explicaciones más hermosas que he leído sobre el relativismo. Efectivamente, como señala Fromm, esta idea jamás podría haber tenido cabida en el pensamiento occidental, regido por la lógica aristotélica. Sin embargo, la lógica paradójica maravillosamente plasmada en esta historia demuestra que, aunque una persona diga blanco y otra negro, ambas pueden equivocarse y tener razón al mismo tiempo. El relativismo queda eliminado por completo, porque se considera la existencia de una única Verdad. Sin embargo, nadie puede estar en posesión de esa Verdad: cada uno aportará su propia visión sobre el mundo. Aunque superficialmente pueda parecer que las visiones se contradicen, en realidad forman parte de algo mucho más complejo. La Verdad siempre será infinitamente más compleja que cualquiera de los acercamientos del ser humano. ¿Se puede aplicar la parábola de Rumi a las grandes cuestiones universales? ¿Es posible que tanto un creyente como un ateo acierten y se equivoquen en sus planteamientos, y que ambos ofrezcan diferentes puntos de vista de la misma Verdad? Es difícil pensar en esta opción, porque ninguno de los sabios postuló la no existencia del elefante, pero desde luego resulta una estimulante invitación a no ceñirse a un único punto de vista. Tal vez si lográramos unir la visión de todos los hombres que fueron, son y serán a lo largo de la Humanidad nos encontraríamos de cara a esa Verdad. Desde luego, no puedo dejar de sorprenderme cuando encuentro a personas plenamente convencidas de que están en posesión de esa Verdad. En Occidente nos queda mucho que aprender de Oriente. Domingo, 04 de Diciembre de 2005 17:43. # Esta piedra. Tema: Post tenebras spero lucem Hay 17 comentarios. Conferencias de Poética y Poesía de la Fundación Juan MarchNormalmente no recomiendo un texto sin antes haberlo leído o escuchado. Las razones me parecen evidentes: me gusta siempre hacer algún breve comentario y justificar el porqué de mi recomendación. Esta vez, sin embargo, me veo obligado a hacer una penosa excepción. La falta de tiempo me impide escuchar el ciclo completo de conferencias de Poética y Poesía que ofrece la Fundación Juan March. Hacía tiempo que conocía su existencia, y quería esperar a tener tiempo para poder escucharlas todas, pero viendo que esto no será posible he preferido recomendarla ya. Desde luego no hace falta que las escuche para estar convencido de la calidad de éstas, avaladas por el conocimiento, el genio y la experiencia de unos magníficos conferenciantes. No soy de los que piensan que un poeta pueda desvelar ningún misterio ni que contenga el secreto de su obra, pero siempre me he interesado profundamente por las poéticas y por lo que los poetas tenían que decir acerca de su propia poesía. Esto es lo que encontraremos en este ciclo de conferencias, en autores como Antonio Colinas, Antonio Carvajal, Guillermo Carnero, Álvaro Valverde, Carlos Marzal, Luis Alberto de Cuenca, Eloy Sánchez Rosillo, Julio Martínez Mesanza y próximamente Luis García Montero. Además, cada conferencia trae sus "extras": una lectura de poemas a cargo de sus autores. De todos modos, daré mis impresiones sobre la única conferencia que he escuchado, que por supuesto es, La alegre brisa de la literatura de Luis Alberto de Cuenca. Cada conferencia se divida en dos partes: en la primera parte Antonio Gallego estudia un aspecto concreto -la música- a lo largo de toda la obra del poeta, y en la segunda parte el poeta esboza una poética o intento de poética. En el caso de Luis Alberto de Cuenca, el estudio de los aspectos musicales por parte de Antonio Gallego parece traído por los pelos, puesto que las referencias que Luis Alberto hace a la música a lo largo de su obra no son determinantes sino puntuales; sin embargo, algún elemento tenía que buscar Gallego para establecer una conexión entre todos los conferenciantes. A pesar de ello recomiendo escucharlo, porque cualquier punto de vista sobre la obra de Luis Alberto puede resultar enriquecedora. Sobre la poética que traza Luis Alberto de Cuenca en la segunda parte de la conferencia, uno podría sentirse algo defraudado en un primer momento. De un intelectual de la talla de Luis Alberto de Cuenca, con amplios conocimientos humanísticos, filológicos, clásicos, de teoría de la literatura, parece esperarse una poética bien sistematizada y perfectamente elaborada. Sin embargo, se declara incapaz de hacer una poética y utiliza el tiempo de la conferencia para contar cómo nació en él el germen de la poesía, una historia, por otra parte, más deliciosa e interesante que una poética en el sentido más estricto. La conferencia de Luis Alberto hace reflexionar sobre dos tipos de poetas que existen: los que hacen poéticas -a la manera de Ángel González, recogidas recientemente en un tomo bajo el título La poesía y sus circunstancias- y los que no hacen poéticas -como podría ser el propio Luis Alberto-. A los primeros les apasiona hablar sobre su poesía; los segundos, en cambio, corren el riesgo de frivolizar con el concepto de poesía, como es el caso de las poéticas de la famosa antología de los Novísimos de Castellet. Luis Alberto consigue no caer en esta vaciedad y consigue transmitir, sin teorizar sobre su poesía, su amor hacia la literatura. Por último decir que echo en falta en estas conferencias a una serie de poetas que me parecen fundamentales. Sobre todo a Ángel González -que como ya he dicho tan aficionado es a confeccionar poéticas y a teorizar sobre su poesía-, a Pere Gimferrer y a Miguel D´ors. Otras ausencias notables son Luis Antonio de Villena, Francisco Bejarano, Fernando Ortiz, Jon Juaristi o Benítez Reyes, por señalar a algunos. De todos modos, el trabajo de la Fundación Juan March es impecable. Aquí dejo el enlace. Desgraciadamente creo que no es posible grabar las conferencias en el disco duro, o al menos no he encontrado la manera de hacerlo. Si alguien sabe cómo hacerlo le agradecería que me mandara un mensaje explicándomelo. Gracias. Biblioteca quijotesca: "Cómo condensar los clásicos", por HemingwayThe Toronto Star Weekly, 20 de agosto de 1921 Casi han acabado el trabajo de condensar a los clásicos. Se trata de un pequeño grupo de entusiastas condensadores, supuestamente subvencionados por Andrew Carnagie, que han trabajado durante los últimos cinco años para reducir la literatura mundial a bocados comestibles para consumición del agotado hombre de negocios. Los miserables ha sido reducido a diez páginas. Parece que Don Quijote ocupa una columna y media. Las obras teatrales de Shakespeare no pasan de ochocientas palabras cada una. La Iliada y La Odisea cabrán en el texto de un componedor y medio cada una. Es algo magnífico poner a los clásicos al alcance del hombre de negocios cansado o retirado, aunque estigmatice el intento de colegios y universidades de poner al hombre de negocios al alcance de los clásicos. Pero aún hay un modo más rápido de presentar el asunto a quienes han de correr mientras leen: reducir toda la literatura a titulares de prensa, seguidos de una pequeña nota que resuma el argumento. Por ejemplo, El Quijote: CABALLERO DEMENTE EN UNA LUCHA ESPECTRAL Madrid, España (Agencia de Noticias Clásicas) (Especial). Se atribuye a histerismo de guerra la extraña conducta de don Quijote, un caballero local que ayer por la mañana fue arrestado mientras «combatía» con un molino. Quijote no supo dar una explicación de sus actos. [...] Ernest Hemingway, "Cómo condensar a los clásicos", artículo publicado en The Toronto Star Weekly, el 20 de agosto de 1921.
Utiliza Hemingway con humor la mise en abyme en una doble dirección: por una parte inserta un artículo dentro de su artículo, y por otra parodia el formato periodístico al igual que el Quijote parodiaba las novelas de caballerías. A pesar del tono jocoso que adopta, el problema que está tratando desde un punto de vista crítico podría ocupar las más altas cotas de la estética. Según la distinción que Ferdinand de Saussure establece en su Cours de linguistique générale, cualquier manifestación lingüística es al mismo tiempo significado y significante. Detrás de esta doble discinción, que Dámaso Alonso llamaría sucesión temporal de sonidos y contenido espiritual, se esconde el problema de la arbitrariedad del signo lingüístico. Parece no existir una relación intrínseca entre el plano fónico y el plano semántico. Esto se comprueba por el hecho de que un mismo significado puede ser traducido a diferentes significantes, es decir, a diferentes lenguas, y el significado en sí aparentemente no cambia. La posición de la estilística de Dámaso Alonso a este respecto es clara: siempre existe una vinculación motivada entre significante y significado. El ejemplo que Dámaso Alonso plantea es el famoso verso gongorino de «infame turba de nocturnas aves». Otro posible ejemplo sería el capítulo 68 de Rayuela. Es Robert Louis Stevenson, entre otros, quien señala la naturaleza dual del lenguaje poético, ya que las herramientas de la literatura son las palabras, y éstas se utilizan tanto en la literatura como en el lenguaje cotidiano. Cada día estas palabras se utilizan de forma trivial, con finalidades prácticas. Las palabras están destinadas al común comercio de la vida, pero lo que hace el poeta es introducirles un componente mágico. El formalismo ruso se había planteado el hecho de que el lenguaje cotidiano está sometido a la rutina y al automatismo del hábito, y por eso los objetos se perciben de forma superficial y genérica. El lenguaje poético actúa en otro sentido, porque proporciona una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento. En esta misma dirección se sitúan figuras como Viktor Shklovskij, Tomashevkij, Boris Eichenbaum o Tynjanov. Sin olvidar por supuesto el concepto de literariedad acuñado por Jakobson, que había distinguido la función poética como una de las funciones del lenguaje. Este componente mágico y sagrado de las palabras en la literatura, en el mismo sentido que puede tener en la Cábala como señala Borges en su conferencia "Pensamiento y poesía" del ciclo de Arte poética -para la Cábala el sonido o la forma de la palabra y la realidad a la que hacen referencia son una misma cosa-, no podría ser posible si se defendiera la división absoluta entre significado y significante, problema que no se plantea con la música. Por tanto, significado y significante se necesitan y exigen mutuamente. Sin embargo, defender esta idea hasta sus últimas consecuencias puede ser tremendamente peligroso, ya que supondría rechazar la validez de las traducciones. Lo que no cabe duda es que el resumen de una novela o el mero argumento de un poema no son ni la novela ni el poema. Hoy en día, por diversos motivos que no me detendré a analizar, se ha olvidado este punto esencial, y los lectores se han convertido en simples devoradores de contenidos, completamente ajenos a la forma. De ahí en parte viene el triunfo actual de un cierto tipo de literatura que apuesta fuertemente por los contenidos, olvidándose de las formas. Esto, que es lo que parodia Hemingway en su artículo, no hace sino llevarnos a un punto de vista parcial e incompleto del hecho artístico. "El cuento de navidad de Auggie Wren", de Paul Auster![]() Puede parecer extraño, pero a veces puede ocurrir que un breve cuento de pocas páginas tenga la suficiente calidad como para basar en él una película de 111 minutos. Es precisamente lo que ocurrió con "El cuento de navidad de Auggie Wren" de Paul Auster. El director Wayne Wang quedó tan fascinado por el cuento que decidió proponerle a Auster que escribiera un guión para adaptarlo al cine. Auster aceptó, y como resultado nació Smoke, que aprovecha los dos brillantes detalles del cuento original, utilizando el segundo como broche final. Aparte de los motivos del cuento de Auster, poco más habría que reseñar de este film. Sin embargo, debo recomendar encarecidamente que se acerquen a él, porque una vez que la deliciosa música de Rachel Portman te atrapa, es difícil leer el cuento sin imaginar su melodía de fondo. Tal vez la primera parte del cuento parezca gratuita, pero a mí se me antoja imprescindible para poder comprender correctamente el cuento, y sobre todo el encuentro final entre ambos personajes. Por supuesto no voy a desvelar más detalles sobre su trama. Sé que leer en pantalla puede resultar cansado, pero el cuento no es excesivamente largo, y aseguro que el pequeño esfuerzo merece absolutamente la pena, porque es un texto deslumbrante y lleno de belleza —a los de lágrima fácil les recomiendo preparar algún pañuelo por si acaso—. No nos engañemos: las fechas son lo de menos; en realidad estaba buscando una excusa para poder ponerlo. Sin más, les dejo con el cuento: "El cuento de navidad de Auggie Wren" Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó. Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una. Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: —Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio. Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie. Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare. —Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla. A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él. —¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad. Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia. —Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era. "Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? "Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. "La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin. "—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. "Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. "—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. "Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. "Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. "—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad. "No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. "No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. "Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos. "—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien. "Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. "Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. "No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia. —¿Volviste alguna vez? —le pregunté. —Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella. —Probablemente había muerto. —Sí, probablemente. —Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo. —Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo. —Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella. —Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra. —La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario. —Todo por el arte, ¿eh, Paul? —Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. —Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no? —Sí —dije—. Supongo que sí. Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad. —Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme. —Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres? —Supongo que estoy en deuda contigo. —No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. —Excepto el almuerzo. —Eso es. Excepto el almuerzo. Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.
Paul Auster, Smoke & Blue in the face, Editorial Anagrama. Vacaciones navideñasSé que últimamente apenas publico, pero en cuanto pase la época que estoy viviendo estoy seguro de que retomaré el proyecto con más ganas que nunca. Ahora, sin embargo, me voy a tomar unos días de vacaciones: he recibido una invitación de los Campos Elíseos que no puedo rechazar. Más que nunca dejo la piedra a un lado, preparándome para vivir el fin de año más diferente que nunca haya vivido. Espero que tengan una feliz entrada al año 2006. Nos vemos a partir del 9 de enero. A partir de entonces todo será un poquito más distinto. Jueves, 29 de Diciembre de 2005 18:47. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 10 comentarios. |
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