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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006. La guerra del masculino genéricoAl tiempo que el Instituto de la Mujer exige la eliminación del masculino genérico apoyado en trabajos como los de Eulàlia Lledó Cunill, Esther Forgas Berdet y Mª Ángeles Calero Fernández ―De mujeres y diccionarios. La evolución de lo femenino en la 22ª edición del DRAE―, la sin par Amparo Rubiales publica en El País un desafortunado artículo titulado "La RAE y el lenguaje" que demuestra la imprudencia de opinar sobre aquello que se desconoce y de mezclar política y lingüística. A pesar de declararse «absoluta ignorante en esta materia» y de pedir perdón por sus reflexiones, Amparo no tiene pudor en discurrir sobre la injusticia del masculino genérico relacionándolo con la ancestral dominación del hombre sobre la mujer, y atacando de paso a la RAE, a la que considera poco más que una institución caduca que pretende obligar a los hablantes a utilizar una lengua determinada, perpetuando así estereotipos detestables. Ignacio Bosque contesta a Amparo Rubiales de forma clara y concisa en un artículo titulado "La RAE, las palabras y las personas" recordando que la labor de la Real Academia es descriptiva, y en ningún caso presciptiva; es decir, que los académicos no son entes todopoderosos que deciden las leyes por las que se rige una lengua ni tampoco inventan las definiciones que llenan el diccionario, sino que más bien se limitan a recoger los usos de un conjunto de individuos, en este caso la sociedad hispanohablante, sistematizando estos usos para su correcto estudio dentro de un paradigma científico. Una lengua se limita a reflejar los usos y costumbres de una sociedad, por lo que el problema de la discriminación hacia la mujer se debe tratar socialmente y no lingüísticamente. Cuando el cambio se haya producido en la sociedad, se haya extendido y consolidado, se trasladará de forma natural a la lengua, sin necesidad de forzar el sistema ―como ocurrirá con la palabra matrimonio―. La Real Academia, en su pretensión de ser seria, no puede incluir usos o definiciones que no se han consolidado, y que por tanto pueden deberse a veleidades de la moda. Y siendo el problema social, son las propias personas las que cargan las palabras de significado, ya sea positivo o negativo, porque las palabras en sí mismas no significan nada. Tal vez para una mente feminista el uso del masculino genérico sea una grave ofensa que excluya a una parte importante de la sociedad, pero la inmensa mayoría de la población lo utiliza sin pensar que esté cometiendo machismo lingüístico. Simplemente por este motivo no es posible considerarlo machismo. Sin embargo, el Instituto de la Mujer, en su cruzada por eliminar la discriminación de sexos, hila demasiado fino y tiende a crear injusticias donde no existen. Más bien parece que esta institución debe justificar su existencia de alguna forma, porque como dice Pablo Molina «la creación de organismos sigue en las socialdemocracias el proceso inverso dictado por la lógica. Primero se crean y después se buscan las funciones que deberán realizar». Aún más, las soluciones propuestas como alternativas al masculino genérico no pasan de ser ridículos parches que difícilmente podrían consolidarse en la lengua, ya sea el constante desdoble de género ―los españoles y las españolas―, el uso de la barra ―los/as españoles/as― o de la arroba, el empleo de términos englobadores no genéricos ―el estado español― o la inclusión en la lengua de nuevos términos de dudosa validez como por ejemplo estudianta, albañila, miembra o lídera. Estas propuestas están condenadas al fracaso, no sólo por economía lingüística, sino porque suponen una importante manipulación en el desarrollo natural de la lengua. En definitiva, no se puede forzar el cambio de una lengua desde una institución, ni la Real Academia ni el Instituto de la Mujer, para situarla dentro del marco de lo políticamente correcto. En última instancia son los usuarios quienes deciden si el cambio se debe llevar o no a cabo. Porque la lengua sólo son palabras, y estas palabras no son arquetipos que contienen la realidad como pensaba Platón. Para cambiar la realidad hay que cambiarla de raíz, y no limitarse a barnizar las palabras que la reflejan. Pero entonces mucha gente se quedaría sin trabajo. «Lo que se perdió "La Cordoniz"», de Arturo Pérez-ReverteQuiero traer a colación de mi entrada anterior una famosa columna de Arturo Pérez-Reverte publicada en la revista El Semanal en donde el escritor y periodista hace una acertada parodia del uso del masculino genérico. Tal vez Pérez-Reverte se quede corto. Algunos aún recordamos La Codorniz, revista del humor más audaz para el lector más inteligente, desde cuyas páginas genios como Tono, Mihura, Serafín, Mingote –nuestro querido Antonio Mingote– y otros muchos hicieron la vida más soportable en tiempos de dictadura, delación, estupidez y cobardía. Yo hojeaba de pequeño aquella revista, que mi padre leía cada domingo. Y la echo de menos. O quizá a quien añoro es a la gente que escribía en ella, y a la gente capaz de leerla. Lunes, 11 de Diciembre de 2006 19:30. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 6 comentarios. Ser minoritario para ser libreRecientemente Antonio Gamoneda, en una de las numerosas entrevistas que ha ofrecido con motivo de la concesión del premio Cervantes, ha mencionado una frase a la que no paro de dar vueltas: «la poesía ha de ser minoritaria para ser libre». Porque de esta forma permanecerá fuera del circuito comercial. No es menos cierto que se ha convertido en tópico considerar la novela como la gran subordinada a las leyes del mercado. Me pregunto si de alguna forma esta misma lapidaria sentencia se puede aplicar a las bitácoras. Mucho me temo ―sospecho― que en algunas ocasiones el contenido queda bajo el yugo del deseo de agradar a los lectores, o al miedo a sentirse rechazado, sobre todo en el caso de personas que no estaban acostumbradas a ser leídas y de pronto se encuentran con un importante volumen de lectores. Miércoles, 13 de Diciembre de 2006 17:56. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 7 comentarios. La invención del poeta
A lo largo de mi vida me he topado frecuentemente con gente que opina que los poetas son unos personajillos bastante inútiles. Componer versos es algo que parece muy inocente e inofensivo en un mundo que padece el terrorismo, la injusticia, la pobreza, las bombas atómicas o el SIDA. Y tal vez tengan razón, porque seguramente no veremos por los cielos a un poeta enfundado en un vistoso traje de colores y una capa, armado con papel y pluma, recorriendo el mundo y repartiendo justicia con la certeza de sus versos. Es hermoso, aún a riesgo de creer en una mentira, pensar que la poesía es un arma cargada de futuro, que algún día levantará los cimientos del mundo, sosteniendo sobre su coraza el duro peso del desconsuelo. Las escasas personas que han tenido fe en la poesía han profesado una confianza egoísta, viendo en la poesía una forma de engrandecimiento del alma, y en definitiva, de crecimiento personal. Tanto unos como otros tienen en realidad un pensamiento afín. Aquel que espera de la poesía el regalo individual no es demasiado diferente del que desconfía o desdeña a los poetas. Creedme, porque en una ocasión contemplé el milagro de ver a un verdadero poeta obrando. Su nombre poco importa. Lo verdaderamente importante en esta historia es lo que hizo con la sola y llana palabra. Creedme, porque lo he visto. Poco a poco fue tomando conciencia del poder que encerraba la cadencia de sus versos. Con ellos causó amor y odio, que son los vértices entre los que oscila todo ser humano, el armazón que otorga y que arranca la vida. Pero lo más fabuloso aún estaba por ocurrir. Ante todo es importante que no hagáis caso a los libros de historia o de geografía. Los historiadores y los geógrafos tienen una mentalidad científica incapaz de aceptar la magia que encierra la poesía. Ellos intentarán convenceros de que el mundo es de tal y cual forma porque existe una lógica basada en las leyes de la física. Pero la poesía destruye esas leyes y acuña las suyas propias. La poesía es libertad y creación, no únicamente en el papel o en el alma del lector, sino también en el mundo real. Y he aquí, el poeta de nuestra historia, que cargado de convencimiento y de fe se trasladó a vivir a un desierto. Sé que es difícil que me creáis, pero sabed que no me dirijo a todos, sino sólo a aquellos que tienen la capacidad de escucharme. Como decía, el poeta se trasladó a un inhóspito desierto, que debía ser semejante a aquel en el que dicen que Jesús pasó cuarenta días con sus cuarenta noches. Nada ni nadie osaba existir en él de no ser por la tierra yerma y las piedras, negras como el carbón. Era un lugar inhabitable incluso para las alimañas más despreciables. El sol azotaba con su fusta como sobre el lomo del infierno, quemando el aire y el aliento de la arena. Sí, allí fue el poeta a vivir. Y entonces se obró el milagro. Con el brillo de su poesía hizo que de entre los granos de arena se alzaran briznas de hierba verde y fresca, madreselvas, jazmínes, rosales, dientes de león y ortigas. En un instante el suelo quedó cubierto por una frondosa y húmeda capa de vegetación que amenazaba con devorar todo rastro yermo. El tiempo se suavizó y una bocanada de mar sediento arrebató un pedazo de tierra al desierto alumbrando así la playa, que quedó coronada de espuma y de estrellas de mar. Al momento todo quedó barnizado en una tibia fragancia de caracolas y polen. El poeta, impresionado y satisfecho con su obra, construyó una casa en la frontera con el mar, que fue llenando con tesoros recogidos en sus viajes por todo el mundo. Tal vez no me creáis, pero yo lo vi todo con mis propios ojos. El único recuerdo que quedó del desierto fueron las piedras negras como el carbón agonizando en los labios del mar. Y aunque he dicho que los nombres poco importan, lo cierto es que el poeta bautizó a su hogar, en honor a esas piedras, con el nombre de Isla Negra. |
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