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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006. Estrellas y estrellados
Estrellas Estrellados Mientras la flor y nata de la elite social y política se daba palmaditas en la espalda en un acontecimiento organizado por la desastrosa y lamentable Junta de Andalucía, el vulgo era apaleado en las puertas del evento por hacer gala de su libertad de expresión y manifestar su disconformidad por el nombramiento como Hija Predilecta de Andalucía de Cayetana Fitz-James Stuart, más conocida como Duquesa de Alba, la mayor poseedora del mundo en títulos aristocráticos y nobiliarios y veinte veces Grande de España. No sin motivo los jornaleros están descontentos, ya que la Duquesa de Alba recibe anualmente de los fondos agrícolas comunitarios 1.885.000 euros para el mantenimiento de las 34.000 hectáreas de tierra que posee. En Andalucía un 2% de terratenientes son propietarios de un 50% de la tierra, y por ello reciben subvenciones europeas que ascienden a 14,5 millones de euros, repartidos entre siete propietarios. Uno de ellos es la Duquesa de Alba. Mientras tanto los pequeños campesinos y jornaleros tienen que recurrir al subsidio agrario, es decir, a la caridad, para no caer en la miseria. Tal vez sea un poco brusco, pero este asunto me recuerda al magnífico cierre del poema «Bird» de MiguelD´ors: «esplendor de la rosa / y el estiercol». No deja de parecer incongruente que la Junta de Andalucía, muy en su línea, premie a la Duquesa de Alba, una de las mayores terratenientes de España y representante última de la ya rancia economía caciquil. Y es que nuestros gobernantes, en lugar de reconocer proyectos emprendedores que destierren de una vez y para siempre el tópico de la Andalucía de los señoritos, han preferido galardonar el ilustre abolengo, como si en pleno siglo XVII estuviéramos. Pero para la Junta los méritos de la Duquesa son evidentes: «Siempre dispuesta a prestar su aportación a causas benéficas, la duquesa de Alba también se ha distinguido por su apoyo a las artes. En este sentido, ha desarrollado una gran labor para conservar y mejorar los bienes de interés cultural que forman parte de su patrimonio familiar, muchos de ellos en Andalucía, además de abrir los archivos de la Casa de Alba a los investigadores». Yo, en cambio, me quedo con las expresivas palabras del Sindicato de Obreros del Campo: «Señor Chaves, usted nombrará Hija Predilecta a la Duquesa de Alba pero sepa que lo hace sin nuestro consentimiento y en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de los trabajadores y trabajadoras de Andalucía». Por cierto, a todo esto, ¿a quién se ha nombrado Hijo Predilecto de Andalucía?, ¿a la duquesa de Alba o al dinero de la Duquesa de Alba? Yo es que con estas cosas siempre me hago un lío...
Para más información: http://www.soc-andalucia.com/duquesa.htm Diatriba contra las cartas de amor¡Malditas sean todas las cartas de amor del mundo! Desde la del joven mocoso con puño tembloroso, de atormentado suplicio, y con la «dulce mía, te quiero», hasta la del escritor laureado que ganó el último premio con su pluma serena y con su «traje trémulo de hidromiel de los domingos». Sí, porque detrás de toda carta de amor, en sus esquinas, hay un Horacio perdido en la sombra que no acaba de encontrar a su Maga, aunque el Pont des Arts sea el Barrio Gótico, o el Paseo de Colón, o las Ramblas, o Triana, o la calle Sierpes; una amada que suplica ser esposa, que escapó de su casa a medianoche, y busca a su Amado en las majadas. Porque toda carta de amor es el grito desgarrado de un cuerpo aguillotinado, una súplica a instancias superiores, el cordero inútilmente sacrificado en el ara de la justicia poética, ante ese dios descuidado que no se percató de que tú y yo éramos uno y nos hizo en dos mitades. Y aquí me tienes, náufrago de mi desesperación, mandando botellas con aire, antaño llenas de Marguax, condenado a la isla desierta de tu ausencia, sin ropa y sin palabras que me cubran, porque mis labios quedaron anclados al último beso, y ahora están desnudos en ese no saber qué decir que nadie espera del poeta y que siempre lo acosa como un remordimiento en traje de noche. Sí, noches, cuántas noches pandémicas al teléfono desgranadas gajo a gajo elucubrando el sexo de los ángeles, colando camellos encendidos por ojos de agujas y entrando al Reino de los Cielos con las bocas llenas de manzana pecaminosa. Que si sed, agua, que si diamante, minero, que si llave, puerta. ¡Temblaban los hilos con sacudidas de olas! Y una descarga invisible levantaba la tierra que pisamos –porque pisamos la misma tierra–. Satisfecha Urania, yo te contaba todo aquello de John Donne, que si somos compás, que si hay un travesaño subterráneo que une tu centro con el mío, que si un mosquito me picó la otra noche, atravesó todo el país y te picó a ti también uniendo nuestras sangres. Ya sabes. Tú asentías; sin embargo, sospecho que conocías mi táctica, oculta tras un bies de suspiro agridulce. He intentado ser un pequeño dios haciendo florecer rosas en mis versos para ti, pero la sola palabra es sola palabra, y la carne un relámpago aleixandrino entre dos oscuridades que nos atraviesa y nos hiende de por vida. Porque la única forma de matar las noches hambrientas es el pan a manos llenas, el cuerpo que se encuentra a sí mismo, y ebrio se alza, celebrándolo. Tú lo sabes. Yo lo sé. Es inútil el engaño que nos cubre de perezas, que apenas nos salva de vivir arrancados de lo mismo. Sólo te pido que aceptes el truco de momento. Ya somos algo: somos un seremos. Si el espacio nos separa, el tiempo nos une. Aunque tú quieras más: quieres la certeza de una hora, para ser feliz desde una hora antes, para agitarte y preparar tu corazón a la dicha. Perdona si aún no te la di, perdona mis descuidos y torpezas. Ahora ya lo sabes: malditas sean todas las cartas de amor del mundo, porque en ellas hay algo pérfido, un agujero secreto donde el viejo griego recuerda que no hay Poros sin Penía, amo sin odi; donde vive y muere Lope, desmayado y furioso, cobarde y valiente. Si todo lo tengo porque te tengo, todo me falta porque me faltas. Ojalá pudiera sacrificar el escaso oro de mis versos por tenerte a mi lado. ¿Crees que soy un mal poeta? Si estuvieras a mi lado no tendría que escribir esta dichosa carta: la viviríamos. Pero no temas: el día llegará en que las cartas las escriba con mis labios.
Muchas gracias por todo... Amistad y 27![]() Grupo de poetas del 27 La admiración que siento hacia el grupo poético del 27 –utilizando la denominación más acertada– no tiene límites. La influencia de estos autores se extiende de forma constante a lo largo del que ha sido quizá el siglo de las influencias y de las contra-influencias. Díez de Revenga ya señalaba en su Panorama crítico de la generación del 27 el magisterio de estos poetas, que según Ángel González representan «un hecho insólito sin precedentes, tal vez, desde el Siglo de Oro»; para otros autores, como José-Carlos Mainer, son una parte importante de la «edad de plata». Pero la admiración que siento es más que una simple cuestión de permanencias, es más que autores u obras concretas, más que determinados versos o que el ambiente general de una época. No hace mucho leía el libro Rafael Alberti editado por Manuel Durán en la magnífica colección "El Escritor y la Crítica" y encontraba un breve artículo de Dámaso Alonso dedicado a La arboleda perdida. En él creo entrever una de las claves de mi admiración:
«Lo más hermoso de aquel grupo generacional, lo verdaderamente unitivo (mucho más que esa «pureza», casi sólo una bandera, un mero símbolo) fue la amistad, una amistad amplia, humana, generosa, sin sombras y sin rencores. Hacia 1927 era un querer estar siempre juntos, intercambiándonos proyectos, ideas, sentimientos, alegrarnos cada vez que uno de los amigos ausentes pasaba por Madrid. Algo muy distinto del miserable amasijo de inconfesables envidias y vilezas que suele ser la vida literaria, donde el escritor está expuesto al salivazo de cualquier malvado. Allí, en aquellos años, pudo haber piques o competencias entre algunos de los mejores poetas. Los seguidores hubieran querido alguna vez enfrentar a Federico y a Alberti. El cariño y la mutua admiración borró siempre todo roce, todo chisme.» Dámaso Alonso, «Rafael entre su arboleda», Ínsula, núm. 198, mayo de 1963.
Este breve fragmento no puede menos que recordarme su conocido artículo «Una generación poética», en donde Dámaso Alonso dice lo siguiente:
«Cuando cierro los ojos, los recuerdo a todos en bloque, formando conjunto, como un sistema que el amor presidía, que religaban las afirmaciones estéticas comunes. También con antipatías, en general coparticipadas, aunque éstas fueran, sobre poco más o menos las mismas que había tenido la generación anterior: se odiaba todo lo que en arte representara rutina, incomprensión o cerrilidad.» Dámaso Alonso, «Una generación poética», Finisterre, núm. 3, segunda época, Madrid, marzo, págs. 187 y 198.
No sin razón José Luis Cano propuso en La poesía de la generación del 27 el término de «generación de la amistad» para definir al grupo de poetas, a pesar de que tal denominación no triunfara. Si bien hay que admitir que la visión de Dámaso Alonso exalta quizá excesivamente la cohesión entre los miembros del grupo, porque como es normal en un grupo de amigos tuvieron sus más y sus menos; incluso en el caso más polémico, el de Luis Cernuda –por no citar a Buñuel o a Dalí–, que tuvo unas relaciones un tanto paradójicas con sus compañeros poetas. El poeta sevillano acabó diciendo: «si creía odiar a mis amigos, a mis nulos amigos, es porque les amaba demasiado.» Uno mira al panorama literario actual y siente que es mucho lo que se ha perdido. Y ni siquiera estoy hablando de calidad estética. Extraña espumaTus labios dieron luz a las palomas, que creyeron ser besos y volaron, y batieron el polvo de sus alas, por encima del oro y del pan, siguiendo los caminos de otros besos, que se perdieron en algún lugar.
números de teléfono secretos, trozos de piel mojada con el cielo, y tardes amasadas con otoños, allí, entre guitarras y silencios, donde juegan los besos que no acaban de brillar. Y buscaba nuestro beso, cortado en un patrón de viento y fuego, con brillo de manzanas estrelladas.
porque besarnos es buscar el beso, y buscar no queriendo encontrar nunca, porque si se le encuentra se le mata.
Nuevo diseñoHe aquí el nuevo diseño de La piedra de Sísifo, creo que más agradable a la vista y más personal. Me gustaría señalar dos cosas: he añadido dos nuevos temas, no porque vaya a hablar de cosas nuevas, sino porque bajo la nomenclatura de "otros" se agrupaban escritos de muy diversa naturaleza; y he sustituido los anteriores nombres de los temas por expresiones latinas (si existe alguna duda basta con poner el cursor encima). No es el diseño definitivo porque aún no he encontrado lo que buscaba, pero de momento es lo mejor que el tiempo, los conocimientos y los medios de que dispongo me permite hacer. Espero que les guste más que el anterior. |
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