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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006. Feliz segundo cumpleaños a mí mismo![]() La piedra de Sísifo cumple (mañana) dos años desde que empezó a funcionar. En algunas temporadas me ha sido posible publicar hasta tres o cuatro entradas por semana, y en otras, en cambio, unas dos o tres al mes. Independientemente del ritmo de publicación la bitácora ha seguido funcionando siempre, y estoy convencido de que así seguirá siendo, aunque quizá pueda parecer lo contrario. Ante todo pido disculpas a los lectores por haber descuidado La piedra de Sísifo en el mes de septiembre, pero se han producido diversos acontecimientos que me han dejado menos tiempo libre del que hubiera deseado. Por una parte debo acostumbrarme a mi nueva vida laboral y marcarme un ritmo de trabajo que me permita una adecuada distribución del tiempo; por otra, tengo que solucionar una cuestión referente a mi conexión a internet, porque de momento sólo puedo conectarme algunos días a la semana. Además, Blogia está últimamente mejorando el servicio, y en ciertos momentos del día no es posible publicar. No es que quiera excusarme, pero todas estas circunstancias han impedido que pueda dedicarme a la bitácora todo lo que me gustaría. Sin embargo, estoy seguro de que todos estos inconvenientes se solucionarán próximamente, y podré retomar un ritmo de trabajo deseable. Gracias a todos. Domingo, 08 de Octubre de 2006 14:37. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 17 comentarios. Orhan Pamuk, Nobel de Literatura 2006![]() Orhan Pamuk A diferencia de lo que ocurría el año pasado, en esta ocasión sí conozco al autor galardonado, aunque no precisamente por producción literaria, sino por sus inclinaciones políticas e ideológicas, puestas de manifiesto no hace mucho en una revista suiza. Y es que Pamuk tuvo el coraje de denunciar las masacres realizadas por Turquía a armenios y kurdos en la Primera Guerra Mundial, lo que le valió al escritor el desprecio por las clases dirigentes y los sectores nacionalistas de su país, aunque esto no impidió que se convirtiera en el autor más vendido. La posición de Turquía es delicada y debe tratar el caso de Pamuk con cautela, a pesar de que el autor levante acérrimos odios, si éste país desea ingresar en la Unión Europea. Todo parece indicar que se trata de un autor interesante, con mucho que decir, con el cual la Academia podrá enmendar errores como el de Elfriede Jelinek. Para saberlo habrá que seguirlo de cerca, y tener la cabeza un tanto fría para que el activismo político no interfiera en el arte. Recordemos que es el Nobel de Literatura, no el de la Paz. Discurso sobre la inutilidad de las artes, por Paul Auster![]() Paul Auster Como todos ya sabremos, la semana pasada fue galardonado Paul Auster con el premio Principe de Asturias. En la entrega de los premios el escritor norteamericano pronunció un discurso que, cuanto menos, es conveniente leer. Tal vez roce en algunos momentos el tópico de la escritura por necesidad y del escritor vocacional, repetido ya hasta la saciedad; sin embargo, resulta tremendamente acertado en la alabanza de la inutilidad de las artes, como algo propio del ser humano. Porque a fin de cuentas, el hombre es el único animal que sería capaz de hacer algo que no sirviera para nada. Aquí les dejo el discurso que recojo de El País: No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa. Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más? En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil. La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos. Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas. De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento. Nunca he querido trabajar en otra cosa. Paul Auster. |
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2004 - 2008 La piedra de Sísifo - IBSN 0-000-0000-13 La piedra de Sísifo es obra de Alejandro Gamero Parra. Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Términos y condiciones generales. Hospedaje Web por Blogia.
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