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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007. Los dueños del vacío, de Luis García Montero![]() Los dueños del vacío, de Luis García Montero No hay nada que escape de forma más escurridiza a concepciones monolíticas como el arte, y concretamente, en este caso, la poesía. Se podría decir que para gustos los poetas. Suele ocurrir a los neófitos en poesía que sea el poeta, por uno de esos misteriosos azares, el que acuda al encuentro del lector, al que deslumbra o decepciona dependiendo de complejas variables; pero a partir de cierto conocimiento es el lector el que busca al poeta, según sus apetencias anímicas o necesidades de desahogo existencial. Esta concepción catártica de la lectura de poesía es más que un simple capricho aristotélico: se basa en una experiencia real. Como dijo Ángel González en su «Poética»: «…el hombre que las mira / ─adormecido el viento, / la luz alta─ / o ve su propio rostro / o ─transparencia pura, hondo / fracaso─ no ve nada». Hacer afirmaciones categóricas, rotundas y generales sobre la poesía puede resultar de una facilidad engañosa. Basta con seleccionar aquellos poemas que den el reflejo de nuestro propio rostro, dejando a un lado con una mezcla de cuidado y malicia aquellos que no encajan en el molde teórico. Y precisamente este es el “fallo” en el que parece caer Luis García Montero y sobre el que basa su conjunto de ensayos reunidos bajo el título de Los dueños del vacío. La conciencia poética, entre la identidad y los vínculos. Lo que pretende García Montero es la descripción de esa zona intermedia que se sitúa entre la expresión de una identidad individualizada y los vínculos con una comunidad entendiendo al poeta como portador de una verdad colectiva. Para Montero esta tierra de nadie se sustenta sobre la quimera de la identidad, pero cuando el conocimiento desbarata la inocencia de lo íntimo ─paraísos perdidos, herencias arcaicas, paisajes infantiles─ se encuentra de bruces con el vacío, del que se proclama dueño y señor. Es entonces cuando se produce lo que el poeta granadino llama «el óxido de la melancolía», una crisis vital a la que el poeta no puede encontrar una solución viable. Ni siquiera recurriendo a los vínculos sociales puede encontrar una solución a esta melancolía oxidada, porque las verdades colectivas acaban despersonalizando la voz propia, disolviéndola en el vacío. Este es el camino inevitable de muchos de los grandes poetas contemporáneos: la crisis del sujeto moderno. García Montero hace un lúcido recorrido por aquellos poetas que mejor ejemplifican esta crisis dedicando a cada uno de ellos uno o dos ensayos: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda o Luis Cernuda. Así por ejemplo, dibuja un paralelismo entre la trayectoria de Alberti y la de Neruda, un doble camino que va desde Sobre los ángeles y Residencia en la tierra hasta El poeta en la calle y la Tercera residencia o el Canto general respectivamente, como proceso de huida de la propia individualidad, que se muestra descarnadamente vacía y como refugio del Otro. Pero en ambos casos se plantea la necesidad de una tercera vía, porque los caminos señalados confluyen en un mismo final: la disolución del yo, ya sea debido al vacío interior o en una red de consignas sociales. Pero en la nómina que plantea Montero hay un poeta que llama especialmente la atención por tratarse del único no contemporáneo: San Juan de la Cruz. La inclusión de San Juan de la Cruz puede considerarse necesaria en un tema como el del vacío, pero es incorrecta porque su vacío es absolutamente opuesto al de la poesía contemporánea. No hay que olvidar que la aniquilación del individuo en el todo aparece en San Juan de la Cruz desde una perspectiva dichosa y gozadora. Si se equipara erotismo y lenguaje, porque a través del segundo se expresa el primero, hay que considerar un lenguaje escindido, capaz de expresar la trágica contradicción del erotismo, de la imposibilidad de ser uno, lo que contradice la idea clásica de la suspensión del lenguaje del poeta místico. Sin embargo, Montero cae en una evidente contradicción porque aunque propone una visión desacralizadota a través de la doble lectura, religiosa y amorosa, se decanta evidentemente por encuadrar al poeta en su contexto histórico y por tanto en la interpretación mística para explicar su alegría erótica, tan alejada de la melancolía de la poesía contemporánea. Aunque esto no quiere decir que defienda la lectura mística del quehacer poético. Aunque García Montero tenga parte de razón, como ya he dicho se basa en una selección de poetas nada azarosa. Si se hubieran elegido otros poetas quizá no hubieran salido las cuentas; es por eso que no es posible generalizar y referirse a esta crisis vital como algo característico de la poesía contemporánea. La selección es más bien el reflejo de lo que Montero llama un «optimismo melancólico» que no es sino una forma de pesimismo esperanzado, porque ser conscientes de la existencia de este vacío permite «amueblarnos con nuestra libertad de decisión, dándole en cada caso a la identidad lo que es de la identidad y a los vínculos lo que es de los vínculos». Pero el principal defecto del libro es la tendencia general al retoricismo exacerbado, propio por otra parte del poeta académico que teoriza sobre el quehacer artístico, lo que entorpece enormemente la expresión y su interpretación. Ya sea por su oscuridad o por la redundancia que le lleva a desarrollar la idea más simple en un laberinto de páginas su lectura es difícil y requiere un esfuerzo intelectual apoyado en un conocimiento profundo de los poetas que se citan. A pesar de ello, puede resultar tremendamente interesante porque ofrece una visión muy personal de la experiencia poética, que no es otro punto de vista sino el de un poeta que lee poesía y que reflexiona sobre su escritura. Confesiones de un impenitente mortadeliano![]() Como muchos de los lectores de mi generación mis primeras lecturas sistemáticas comenzaron con uno de los mejores suplementos infantiles que ha conocido el periodismo español: Gente Menuda del diario ABC. Las revistas clásicas en el género, como Pulgarcito, DDT, Tiovivo o TBO nos pillaban demasiado lejos. En la mayor parte de los casos se llegaría a ellas ya de adultos, después de una búsqueda y un interés por profundizar en el tema. Pero Gente Menuda supo estar a la altura de las circunstancias y ofreció historias de una gran calidad. Por sus páginas se pasearon durante años algunos de los personajes más emblemáticos del tebeo en España: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Superlópez, Anacleto agente secreto, Spiderman, Rompetechos, el botones Sacarino, Tintín o el Capitán Trueno. Después conocí otras publicaciones como Olé, Súper Olé, Mortadelo, Mortadelo Extra, Súper Mortadelo, Zipi y Zape Extra o el nuevo TBO. Se produjo un auténtico boom en el cómic español, equiparable en cierta medida al que se había producido entre los años 1939 y 1975. La guinda del pastel la pondría la publicación de los tomos de Súper Humor, que se dedicarían a recoger y agrupar todas las aventuras de la pareja de detectives, y que recientemente se ha empeñado felizmente en la recuperación de los clásicos. Durante muchos años, toda mi niñez y una buena parte de mi adolescencia, mi sueño era convertirme en dibujante de tebeos. Con el fin de conseguirlo pasaba incansables horas copiando los personajes de Ibáñez, que llegaron a obsesionarme y absorberme por completo durante alguna época. Después montaba mis propias historietas, con un estilo en el dibujo y en el guión que recordaba al que para mí fue siempre el gran maestro de los tebeos. Francisco Ibáñez creó escuela, porque su trabajo supuso un punto de inflexión sin el cual no podría entenderse la situación actual del humor gráfico en España: hasta entonces ─y es algo que puede comprobarse perfectamente en su primer Mortadelo─ el humor había sido más inocente, basado en chistes y situaciones cómicas sencillas. Es un tipo de tebeo que no ha sabido envejecer del mismo modo que Mortadelo, y aunque es precisamente ahí donde reside su encanto no ha ido más allá de un reducido grupo de lectores especializados. Mortadelo, en cambio, triunfa: gusta por igual a jóvenes y a no tan jóvenes. No hay palabras para explicar lo que suponen para mí Mortadelo y Filemón, engrandecidos por los años, como esas historias que se conocen en la más temprana niñez y que se recuerdan vagamente. Porque al verlos me veo a mí mismo, en aquellas interminables tardes de domingo ordenando tebeos, o veo aquel cuaderno de tapas gastadas que llevaba a todas partes y en el que copiaba los dibujos que llamaban mi atención. Qué más da si el cómic como un género literario o un género híbrido; nada importa si los tebeos allanan el camino hasta lo que se reconoce públicamente como buena literatura o si el dibujo entorpece el texto. Como dijo Borges, la lectura es o debe ser ante todo una actividad lúdica para el intelecto y para los sentidos y las historietas de Mortadelo y Filemón cumplen perfectamente con este cometido, garantizando a todo tipo de públicos y a futuras generaciones horas y hora de diversión. Domingo, 18 de Noviembre de 2007 10:08. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 1 comentario. «Aplastamiento de las gotas», de Julio CortázarHoy está haciendo un día de esos de perros. Tanto que ni siquiera ha amanecido y una gran tromba de agua cae justo al salir de casa al trabajo y del trabajo a casa, uno de esos días de viento rabioso que te vuelve el paraguas, te lo vapulea y aquí ya no hay más y se acabó. Gran invento, el del paraguas, que con ocho varillas, una de ellas rota, y un trozo de tela nos convierte en señores de la climatología. Gracias a Dios hay días como estos, y gracias a Dios no son muchos. A continuación dejo un microrrelato de Julio Cortázar muy apropiado para el día. Se trata de «Aplastamiento de las gotas» de Historias de cronopios y famas, un texto descriptivo que define muy bien el tono general de la obra. Además incluyo un vídeo con la voz del propio Cortázar leyendo el cuento. Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós. Julio Cortázar, Historias de cronopios y famas De vuelta de la gratuidad de los libros de texto![]() Antes de que acabe el primer trimestre ya se dispone de información más que suficiente para hacer un balance del sistema de lo que se ha vendido como una de las grandes panaceas de la educación democrática: la gratuidad de los libros de texto. De todos modos, no era necesario dejar pasar ni un día para evaluar de forma negativa un planteamiento que se ha improvisado más que planificado. Incluso la difusión fue deficiente, porque hasta pasadas unas semanas del principio del curso nadie sabía nada. Parece ser que lo que más preocupa a los padres de todo este asunto es que las editoriales han empezado a publicar cuadernillos que no quedarían recogidos por la ayuda del libro-cheque ─aquellos en los que el alumno tiene que escribir necesariamente y que por tanto no podrían pasar a otros alumnos─. Es lo que ha ocurrido toda la vida con inglés y ahora pasa con música y con las asignaturas de refuerzo de lengua y de matemáticas. De poco servirá esta medida de puertas para afuera si el bolsillo de los padres se sigue resintiendo igual que antes. Seguramente el problema no está tanto en que los padres deban comprar los libros de texto cuanto en el precio abusivo de estos. Al principio de curso se envió una carta a los padres informándoles de que los libros debían durar cuatro años y que deberían desembolsar el importe del libro cuando sus hijos le causaran algún desperfecto. Ya es más que dudoso pensar que todos los padres se dan por enterados, pero el auténtico problema se presenta a la hora de definir desperfecto. Está claro que arrancar hojas, quemarlos o mojarlos a sabiendas supone un evidente desperfecto; sin embargo, ¿lo es escribir en ellos cuando saben que está terminantemente prohibido? ¿Dónde está el límite? Pongo un ejemplo. Hace varios días se le llamó la atención a un alumno por haber dibujado varios signos fálicos en el libro de una compañera. Aparte de las medidas punitivas impuestas al alumno, la solución que se propuso para enmendar el desperfecto era cambiar su libro por el libro agredido mientras los padres no asumieran el coste del libro. Esto no es más que un parche mal puesto, porque cuando el alumno reincida en su comportamiento disruptivo ya no se pondrán cambiar más libros. Peor aún, con el inicio del nuevo año y del segundo trimestre una parte de los alumnos que no tienen intención de continuar con sus estudios abandonarán sin más, en muchos casos sin volver a aparecer por el centro. ¿Se tendrán entonces que lanzar los profesores a la caza y captura de aquellos alumnos que no se han tomado la molestia de devolver los libros? ¿Acaso existe alguna actuación real por parte del profesorado para recuperar esos libros? En definitiva, ¿deben convertirse los profesores en guardianes del mantenimiento de los libros de texto? ¿Acaso no tienen ya suficientes responsabilidades como para cargarlos más con una cuestión superflua en la que poco pueden hacer salvo intentar ponerse en contacto con los padres? No es una cuestión de eludir responsabilidades: la Administración carga al profesorado con tareas que no le competen al tiempo que no ofrece un sistema de gestión apropiado. Como siempre funciona el «usted se las verá como pueda», porque lo importante es el lavado de imagen de cara a la opinión pública, por mucho que dar libros de texto gratis no vaya a mejorar los resultados del sistema educativo ─¿qué importa eso si nos ahorramos unos euros?─. Jueves, 22 de Noviembre de 2007 17:52. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 3 comentarios. Gajes del oficio ISábado, 24 de Noviembre de 2007 10:48. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto No hay comentarios. Comentar. «La trompeta», de Ángel González(Louis Armstrong) ¡Qué hermoso era el sonido de la trompeta Cuando el músico contuvo el aliento Y el aire de todo el Universo Entró por aquel tubo ya libre de obstáculos!
Qué bello resultaba el estremecimiento producido por el roce de los huracanes contra el metal, de cálidos vientos del Sur, y luego del helado austral, que dio la vuelta al mundo.
El viento solano llegó lleno de luz salpicando de sol y de verano. El siroco dejó un poco de arena, y el mistral era casi silencio, igual que los alisios.
Pero escuchad, escuchad todavía el ramalazo, la poderosa ráfaga y deja sobre la piel la húmeda caricia del salitre.
Un grito agudo interrumpió la melodía.
El artista, extrañado, agitó su instrumento, y cayó al suelo, yerta, rota, una brillante y negra golondrina. Ángel González, Tratado de urbanismo
Hasta hace un momento he estado dudando en escoger entre este poema de Ángel González o su otro poema «Revelación». Aunque «Revelación» es más profundo y sincero, finalmente me he decidido por «La trompeta» como réplica a un poema sobre Charlie Parker que puse hace bastante tiempo escrito por Miguel D´ors y titulado «Bird» ─poema que es necesariamente superior a «La trompeta»─. También parece tener «Revelación» un vínculo más directo con la «Oda a Francisco Salinas» de Fray Luis de León, que en «La trompeta» se convierte en una auténtica cosmogonía del aire. Todos los vientos, provenientes de los cuatro puntos de la Tierra se concentran en la trompeta de Louis para ser expulsados en un movimiento circular que los retorna al lugar de origen. Ese movimiento concéntrico supone una mezcla de opuestos que desborda al oyente en el más puro sentido místico de la palabra: luz y oscuridad, ruido y silencio, norte y sur, frío y calor ─como aquella trompeta sola, de fuego, de Francisco Brines quemándonos la vida, «o acaso era de hielo»─. La referencia más evidente en una primera lectura del poema es ese maravilloso texto padre de todos los cronopios titulado «Louis, enormísimo cronopio» ─algo parecido intenté hacer con Charlie Parker─. Tanto el relato cortaziano como el poema de Ángel González muestran una visión todopoderosa y mágica de Louis Armstrong. Cortazar plantea la posibilidad de que el soplo divino hubiera sido obra de Louis, «el hombre hubiese salido mucho mejor», un mundo de cronopios. También en Cortázar aparecen referencias a la mística, como por ejemplo en la imposibilidad de describir la realidad a través del lenguaje, cuando se describe a Louis «flotando en una continua despedida de algo que no se sabe lo que es». La melodía de Louis es interrumpido por un grito agudo, lo que recuerda al llanto de la trompeta de Celaya, que en García Lorca no es sino el llanto de la guitarra aguijoneada por cinco puñales. El contierto se detiene para que Louis agite su trompeta y ¡zas! Ángel González nos golpea con un misterioso y hermoso final sobre el que no diré nada para que cada cual lo interprete a su manera. Domingo, 25 de Noviembre de 2007 13:54. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Gajes del oficio IIMartes, 27 de Noviembre de 2007 17:07. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto No hay comentarios. Comentar. Malos y malditos, de Fernando Savater![]() Malos y malditos, de Fernando Savater Los personajes malvados son tan importantes en cualquier trama como los héroes, porque sin ellos no habría conflicto, todo sería plano y aburrido, nunca ocurriría nada. No es fácil ser malo, porque encima que animan el cotarro salen con su imagen perjudicada: aparecen como mentirosos, rufianes, deformes, absurdos. No sé si será porque yo también soy malo, pero en el fondo me identifico con Fernando Savater cuando dice que son los malos los que despiertan mayor estima. No sé si esto será verdad, pero desde luego son los más interesantes, por ese toque atractivo que siempre ha tenido lo prohibido, lo oscuro, lo oculto; los héroes resultan demasiado bonachones para llamar mi atención. Piénsese por ejemplo en un profesor Moriarty frente a un Sherlock Holmes o en un Long John Silver ante un Jim Hawkins. No es que no haya personajes buenos interesantes, pero la atracción que provocan muchos malos es irresistible.
En un breve prólogo Savater propone una distinción conceptual basada en grados de maldad. Primero habla de los malos, que son los que se han creado a sí mismos, los que han elegido entre el bien y el mal éste último como forma de vida. Después se refiere a los malditos, los que practican el mal porque no tienen elección, porque se han visto impulsados por las circunstancias, porque se ven odiados, apartados o discriminados. Por último menciona a los adversarios, generalmente animales, que no pueden ser ni buenos ni malos porque desconocen el significado de estos conceptos. Uno siente una especie de secreta admiración por los primeros, tan brillantes y condenadamente malvados, al tiempo que los segundos nos producen una sincera conmiseración. A la cabeza de los malos están el profesor Moriarty o Lady Macbeth; entre los malditos aparecen Frankestein, el fantasma de Canterville o Sansón Carrasco; serían enemigos los velocirraptores de Parque Jurásico.
Partiendo de este planteamiento inicial Fernando Savater hace un repaso por una selección de obras clásicas no todas ellas consideradas como juveniles, al más puro estilo de Si una mañana de verano un niño o La infancia recuperada del propio Savater. A simple vista la diferencia entre Malos y malditos y el libro de Roberto Cotroneo es operativa: Savater dedica pequeños textos a cada libro lo que le permite manejar un corpus más amplio mientras que Cotroneo profundiza más en cada libro basándose en cuatro autores. Pero en realidad hay una diferencia más profunda, de perspectiva, que se puede comprobar fácilmente observando la única obra que tienen en común: La isla del tesoro. Mientras que Savater ofrece una invitación a la lectura destacando uno de los elementos más atractivos, en este caso Long John Silver, Cotroneo estudia el papel que desempeña el libro y su utilidad dentro de la adolescencia, desde el punto de vista de Jim Hawkins, y lo que la aventura supone como ruptura de la inocencia infantil. El libro de Savater es más ligero, más suave en sus planteamientos; el de Cotroneo se muestra infinitamente más profundo y estimulante. Esto no quiere decir que uno sea mejor que otro, en realidad tienen distintas funciones, aunque su finalidad última sea coincidente: alentar y estimular la lectura de los libros que se proponen.
No es que el estilo de Malos y malditos sea sencillo, es que Savater ha buscado deliberadamente un estilo que esté en sintonía con el lenguaje de nuestros adolescentes. No es un libro expositivo, sino que se establece un diálogo con el lector, un diálogo lleno de confesiones y complicidades. Tal vez sea precisamente este estilo entre confesional y coloquial lo que hace parecer que el libro excluye a un público adulto. Aunque es verdad que la obra está dirigida preferentemente a jóvenes no es cierto que sea exclusivo de esta edad. Al lector adulto puede proporcionarle en una lectura ligera herramientas no baladíes para fomentar y estimular la lectura entre los adolescentes. O, ¿quién sabe?, tal vez pueda retrotraerle a la época juvenil, porque hay libros ─con muchos de los que aparecen en Malos y malditos pasa─ a los que es preferible acercarse con la mirada de un joven. |
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