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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008. Memorias de África, de Isak Dinesen![]() Memorias de África, de Isak Dinesen No suele ser habitual que una adaptación supere al original, pero es casi imposible dejar de evocar la película de Luchino Visconti cuando se piensa en el libro Muerte en Venecia; de la misma manera, no es posible dejar de tener presente la película del recientemente fallecido Sydney Pollack cuando el lector lee la primera línea del libro de Isak Dinesen: «Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong». Pero no me interesa tanto analizar el proceso de adaptación, en este caso bastante más libre que en el de Muerte en Venecia, como centrarme exclusivamente en el libro de Dinesen.
El libro es un relato autobiográfico que narra una importante época de la vida de Dinesen, cuyo verdadero nombre era Karen Christence Blixen-Finecke. La incipiente escritora se casó con un primo lejano, el barón Bror Blixen-Finecke, y juntos compraron una granja dedicada a la plantación de café en Kenia. La relación matrimonial no tuvo demasiada suerte y finalmente se produjo el divorcio, tras el cual Dinesen quedó al cuidado de la granja hasta que finalmente se vio obligada a venderla por diversos motivos. Memorias de África hace una descripción bastante detallada de la experiencia de Dinesen al frente de la granja, con una relación bastante prolija de las costumbres de los nativos y de su confrontación con las de los europeos. Ambas culturas se comparan y enfrentan constantemente, y a lo largo de toda la obra no se percibe la supremacía de una sobre la otra ─si bien es cierto que los nativos sienten auténtica reverencia por algunos europeos, como ocurre con la protagonista─, sino más bien el intento reiterado de una europea por comprender y hacerse con las costumbres del lugar donde habita. Finalmente la asimilación es total, y el lector percibe cuando el personaje abandona África que su corazón queda en el salvaje continente, que ya nada volverá a ser igual en su vida. La protagonista hace una valoración de su estancia en África con estas palabras: «Ahora, recordando mi vida en África, pienso que en su conjunto puede describirse como la existencia de una persona que vino de un mundo agitado ruidoso a otro tranquilo».
El membrete de «novela» es difícilmente aplicable a un libro que está demasiado apegado a la fragmentaria literatura de diario. Además, Dinesen es excesivamente descriptiva ─si es que se puede ser eso─, por lo que la acción es muy lenta, a veces inexistente. Supone, por tanto, un verdadero festín para los sentidos, cuyos colores, olores o sonidos casi se pueden percibir a cada línea, pero al mismo tiempo entorpece la lectura novelística. El libro se presenta dividido en cinco grandes partes ─que no capítulos─ que a su vez se dividen en distintos subapartados. Cada una de estas partes se vertebra a través de un eje temático, una nota predominante, aunque en el desarrollo la narradora utiliza un tipo de discurso semejante al discurrir del pensamiento, con sus divagaciones y sus ramificaciones. No es infrecuente que la autora se demore en la narración, que se ande por las ramas, que salte de un tema a otro distinto, al que dedicará unas pocas páginas, para volver de nuevo al tema inicial. Una anécdota lleva a otra, sin aparente orden, y de esa forma se van encadenando y conformando el entramado que da como resultado un relato complejo y difícil de delimitar.
La primera parte se dedica por entero a un pequeño nativo de nombre Kamante que acaba trabajando como cocinero de Dinesen. Este joven se describe como un peculiar individuo, completamente fuera de lo normal, que sin embargo, como cualquier kikuyu, «mezcla su sangre con la fatalidad, acogiéndola con simpatía, como a una hermana». Es lo que Dinesen describe como «profesión de fe de Prometeo» con hermosísimas palabras: «El dolor es mi elemento y el odio el tuyo. Podéis hacerme pedazos. No me importa». Curiosamente, Kamante apenas vuelve a aparecer una vez pasada la primera parte, como también es extraño que del auténtico brazo derecho de la baronesa, el masai mahometano Farah, apenas se ofrezcan datos, salvo una rápida referencia a las mujeres que le rodean.
Las siguientes partes se centran en un trágico accidente que levanta a la comunidad kikuyu y que ilustra las diferencias culturales con respecto a Europa en el modo de afrontar la ley y el castigo, y hace un repaso por las distintas visitas que Karen va recibiendo en la granja a lo largo del tiempo, algunas de ellas anecdóticas y circunstanciales, y otras auténticos amigos como Denys Finch-Hatton. También describe los «ngomas», grandes danzas nativas que se desarrollan en la granja y que tienen entre los kikuyus funciones sociales, amistosas y tradicionales. Precisamente uno de los momentos más hermosos del libro se produce en el «gnoma» que los ancianos hacen en honor a Karen en su despedida.
Porque a pesar de que estructuralmente no sea una novela bien construida, Memorias de África está rebosante de momentos de gran lirismo. La figura de los nativos se recubre con una especie de belleza mística, como si sólo ellos tuvieran acceso a lo que nos está negado a los civilizados europeos, un contacto más directo e íntimo con la tierra, una sabiduría que no está en los libros. Detrás de su sencillez hay una verdad telúrica, como ocurre en el fervor absoluto que se tiene por la palabra escrita, a la que se le otorga un carácter sagrado y mágico, equiparando cualquier verdad a la del Evangelio; o como ocurre con la concepción que se tiene de la mujer, que es el supremo valor de la vida en torno al cual gira todo pero al mismo tiempo necesitan pertenecer a algún varón. Se trata en muchos casos de un pensamiento mítico tendente a la simbolización, que incluso «te pueden transformar en un símbolo». Pero esta belleza no reside únicamente en el modo de entender la vida que tienen los nativos, sino también en las expresiones que utiliza; así por ejemplo, describen la muerte con la siguiente frase: «Un gato se había levantado y abandonado la habitación».
La cuarta parte es la más fragmentaria de todas: son pequeñas historias inconexas, que en muchos casos poco o nada tienen que ver con el relato principal. Algunas de ellas, sin embargo, suponen algunos de los momentos más deslumbrantes del libro. Es el caso, por ejemplo, de un fragmento titulado «El loro», que no tienen absolutamente ninguna relación con la trama del libro. Sólo por los pequeños fragmentos como éste merece la pena leer el libro.
El loro
Un viejo armador danés recordaba los días de su juventud y cómo una vez, cuando tenía dieciséis años, se pasó una noche en un burdel de Singapur. Había ido con los marineros del barco de su padre y se sentó a charlar con una anciana china. Cuando ella oyó decir que era nativo de un país muy lejano trajo un viejo loro, que era suyo. Contó que hacía mucho, mucho tiempo, se lo había regalado un noble inglés que había sido su amante en su juventud. El muchacho pensó que el loro podía tener hasta cien años. Podía decir frases en todos los idiomas del mundo, aprendidas en la atmósfera cosmopolita de la casa. Pero el amante de la mujer china le había enseñado una frase antes de regalárselo, que ella no entendía, ni ningún visitante le había podido decir qué significaba. Así que llevaba muchos años preguntándolo. Pero como el muchacho era de tan lejos quizá fuera en su idioma y pudiera traducir la frase. El muchacho se quedó profunda, extrañamente conmovido por la sugerencia. Cuando miró al loro y pensó que podía oír danés en aquel terrible pico estuvo a punto de marcharse corriendo de la casa. Sólo se quedó por ayudar a la anciana china. Pero cuando ella hizo que el loro dijera su frase, resultó ser griego clásico. El pájaro dijo sus palabras muy lentamente y el muchacho sabía el griego suficiente como para reconocerlas; eran unos versos de Safo:
La luna y las Pléyades se han puesto, Y medianoche es pasada, Y las horas huyen, huyen, Y yo estoy echada, sola.
La anciana, cuando él le tradujo los versos, chascó los labios e hizo girar sus ojos rasgados. Le pidió que se lo dijera otra vez y movió la cabeza.
Fernando Pessoa y Blade Runner![]() Al leer ese delicioso y profundamente lírico relato que es «Los últimos tres días de Fernando Pessoa», en el que Antonio Tabucchi, una de las máximas autoridades en el poeta portugués, describe en tono manriqueño los últimos momentos de Pessoa, su muerte tranquila y sosegada, la despedida de sus múltiples heterónimos, no exenta de fina ironía, no he podido evitar recordar aquella famosa frase del replicante Roy Batty que pasará eternamente a la historia del cine cuando dijo en Blade Runner aquello de:
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Recrea Tabucchi el monónolo final de Pessoa ─monónolo con António Mora─ de la siguiente manera:
Es hora de dejar este teatro de imágenes que llamamos nuestra vida, si supiera las cosas que he visto con los anteojos del alma, he visto los contrafuertes de Orión, allí arriba en el espacio infinito, he caminado con estos pies terrestres por la Cruz del Sur, he atravesado noches infinitas como un cometa luciente, los espacios intelestelares de la imaginación, la voluptuosidad y el miedo, y he sido hombre, mujer, anciano, niña, he sido las multitudes de las grandes avenidas de las capitales de Occidente, he sido el plácido Buda de Oriente de quien envidiamos la calma y la sabiduría, he sido yo mismo y los otros, todos los otros que podía ser, he conocido honores y deshonores, entusiasmos y desalientos, he cruzado ríos e inaccesibles montañas, he mirado plácidos rebaños y he recibido en la cabeza el sol y la lluvia, he sido una hembra en celo, he sido el gato que juega en la calle, he sido el sol y la luna, y todo porque la vida no basta. Pero ahora basta, mi querido António Mora, vivir mi vida ha sido vivir miles de vidas, estoy cansado, mi vela se ha consumido.
Aparte de las semejanzas más evidentes, la referencia a Orión, el uso de la forma verbal «he visto», el tono elegíaco y la situación a las puertas de la muerte, el texto de Blanne Runner es más espectacular, como un fuego de artificio, pero el de Tabucchi, por la voz de Pessoa, es más profundo e inquietante. En pocas líneas se expone la filosofía de Pessoa, la cuestión de la identidad y la necesidad de usar heterónimos. La idea, bastante borgiana, es que quien ha sido un hombre ha sido todos los hombres, el que ha vivido ha sido vida, ha sido todo lo vivo.
Pero no sé si me interesa tanto el texto en sí como el procedimiento mental por el cual una sola página consigue que dos puntos completamente inconexos queden enlazados con una solidez no más pequeña que la que une, por ejemplo, a Kafka con todo lo kafkiano. O magnum mysterium de Tomás Luis de VictoriaDentro de la escuela polifónica católica del Renacimiento tres astros brillan con luz propia: Orlando di Lasso, Giovanni Pierluigi da Palestrina y Tomás Luis de Victoria. De los tres, un flamenco, un italiano y un español respectivamente, sólo el último, discípulo de Palestrina, se dedicó por completo a lo religioso. Su obra, no muy profusa, se basa en temas del gregoriano. Se podría establecer una correspondencia entre el misticismo de Victoria en música y el de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús en literatura. De alguna manera se pueden percibir esos vínculos, uno siente que está ante el mismo hecho artístico, la sensación es equivalente a la que se puede tener tras la lectura del Cántico espiritual o de Noche oscura del alma.
Este fragmento corresponde a su misa O magnum mysterium. Es extraño pensar que se trata de música contemporánea de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega o Góngora; pensar que se está escuchando en este mismo momento lo que ellos pudieron escuchar en vida. La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez![]() La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez La idea original de La barraca, publicada en 1898 como novela folletinesca en el periódico El Pueblo, tiene su origen en un cuento breve titulado Venganza morisca que Vicente Blasco Ibáñez había escrito tres años antes a partir de una experiencia real. Posteriormente apareció como un volumen independiente, pero sería sobre todo a partir de las ediciones y traducciones al francés que cobraría fama. El éxito de la novela se debe sobre todo a la habilidad de Blasco Ibáñez para proyectar una serie de elementos y conflictos a una dimensión universal partiendo de un entorno y unos personajes localistas, muy cerrados y limitados. Si bien es cierto que el lector necesita conocer un mínimo las estructuras socioeconómicas de la Valencia huertana de fines del siglo XIX, pronto se da cuenta de que la historia va más allá del mero localismo comarcal. Lo que se percibe en la lectura de La barraca es la lucha pesimista del individuo contra el entorno, el odio macerado de la incultura y la avaricia y en niveles más profundos la lucha revolucionaria contra corrupción y las injusticias sociales y a favor del cambio en los medios de producción. Porque al fin y el cabo, Blasco Ibáñez había adquirido un compromiso político para con los más necesitados, a favor de la república y de la revolución, que le había llevado incluso a poner en práctica un modelo de sociedad socialista.
La historia sigue una estructura bastante tradicional, con un único salto temporal en el segundo capítulo para explicar los hechos sucedidos en relación con la barraca. El primer capítulo supone una presentación de los personajes principales, mientras que a partir del tercero la trama se desarrolla siguiendo un orden cronológico lineal. Todo empieza con el pobre y viejo tío Barret, con cinco hijas y ningún hijo, que es incapaz de cosechar por sí solo la barraca completa. Las deudas se van acumulando, al igual que las mensualidades, hasta que finalmente el avaricioso arrendatario don Salvador decide expropiarle. Aparece la figura de don Salvador caricaturizada, al igual que la de todos los señoritos, dibujado como estereotipo sin ningún tipo de profundización psicológica ─más bien recuerda a los típicos malvados de novelas folletinescas, con su sombrero largo y embozados en una capa negra, al estilo de las novelas de Rocambole─. Ante él, el tío Barret es un personaje débil, también estereotipo del campesino sometido de forma pasiva y obediente al yugo del señor. Pero, ya sin nada, en un acto de locura decide matar a don Salvador, crimen que provoca que dé con sus huesos en la cárcel, donde acaba muriendo. Este acto de rebeldía individual es asumido por la huerta, auténtico personaje colectivo al estilo del coro en la tragedia griega, más que como un símbolo de la lucha contra la sociedad de clases como una cobarde excusa para amedrentar a los dueños de la tierra. Es lo que Pimentó confesará, borracho, en la taberna de Copa: las tierras del tío Barret deben permanecer yermas, pero no por solidaridad con él, ni siquiera porque la huerta tenga la obligación de proteger y cuidar a sus miembros, sino por puro egoísmo y avaricia, ya que de esa forma se libra de pagar el arrendamiento de sus tierras.
En este contexto sucio y perverso aparece Batiste con su familia. Se trata de un personaje con el que el lector se va encariñando, porque va conociendo poco a poco su pasado difícil, a la aventura, en los caminos, siempre trabajando como un animal para sacar adelante a los suyos, por los que estaría dispuesto a dar la vida. Es evidente que Batiste, como individuo fuera de la sociedad, encarna los valores del campesino honesto, trabajador y humilde. No tiene la cobardía del tío Barret ni está dispuesto a humillarse ante las injusticias como él, pero tampoco tiene el carácter pendenciero y desfasado de Pimentó. Su predisposición en la huerta es llevarse bien con todo el mundo, y pone todo de su parte para que así sea; sin embargo, la huerta rechaza les rechaza, les tilda de gitanos, porque suponen una molestia y un peligro contra ese miedo que utilizan con los arrendatarios. En poco tiempo Batiste consigue hacer de su barraca la más hermosa de toda la huerta, superando con creces a la del tío Barret, lo que acrecienta las iras y las envidias de sus vecinos. La situación se hace insostenible: «El odio silencioso y reconcentrado le seguía su camino. Apartábanse las mujeres, frunciendo los labios, sin dignarse a saludarlo, como es costumbre en la huerta. Los hombres que trabajaban en los campos cercanos al camino llamábanse uno a otros con expresiones insolentes que indirectamente iban dirigidas a Batiste, y los chicuelo».
La tensión va subiendo poco a poco, hasta alcanzar su punto climático con la muerte de su hijo, el pequeño Pascualet, a causa de unas fiebres provocadas porque sus compañeros del colegio lo lanzaron a una acequia ponzoñosa y tragó mucho barro. Después de este incidente la huerta parece replegarse, arrepentirse, y tender la mano por primera vez a Batiste y su familia. Pero este paréntesis dura poco, y Pimentó, enemigo moral de Batiste, precipita el final en un duelo que acaba con su vida. Como consecuencia, la barraca de Batiste es incendiada, y la familia al completo se ve obligada a salir al camino con lo puesto, a empezar de nuevo desde cero en otro lugar.
Frente a las virtudes de Batiste aparece por encima de la huerta como claro antagonista Pimentó. Es significativo que el héroe de la huerta sea un personaje vago, borracho, pendenciero y charlatán. Ante la actitud desafiante de Batiste todos los huertanos acuden a Pimentó, que queda establecido como vengador de la injuria provocada al tío Barret y guardián de sus tierras. Los oscuros motivos que generan ese interés, indicados anteriormente, los expone él mismo en mitad de una borrachera. Durante gran parte de la obra parece que Pimentó es un fanfarrón, al estilo del miles gloriosus de Plauto, que no irá más allá de decir cuatro bravuconadas por el miedo a correr la misma suerte que el tío Barret. Pero a medida que avanza la historia, y de forma muy sutil, se empieza a percibir que el personaje está dispuesto a ir mucho más allá, hasta las últimas consecuencias.
Sin embargo, y a pesar de todo lo indicado, el personaje de Pimentó no es un estereotipo, es un personaje con altibajos, con profundidad psicológica, lo que le convierte en uno de los más ricos e interesantes de toda la obra. En varias ocasiones se cuestiona sobre su actitud ante Batiste. Tras la muerte de Pascualet se debate con estas palabras: «Ya no era el Pimentó de otros tiempos; empezaba a conocerse. Hasta llegó a sospechar si todo lo que llevaba contra Batiste y su familia era un crimen. Hubo un momento en que llegó a despreciarse. ¡Vaya una hazaña de hombre la suya!... Todas las perrerías de él y los demás vecinos sólo habían servido para quitar la vida de un pobre chicuelo». Al fin y al cabo, don Joaquín, el maestro, hace una descripción de los huertanos que bien podría ponerse en labios de Blasco Ibáñez: «Créame a mí, que los conozco bien: en el fondo son buena gente. Muy brutos, eso sí, capaces de las mayores barbaridades, pero con un corazón que se conmueve ante el infortunio y les hace ocultar las garras… ¡Pobre gente! ¿Qué culpa tienen si nacieron para vivir como bestias y nadie los saca de su condición? […] Aquí lo que se necesita es instrucción». En relación con esta descripción, de esta manera se describe lo que Pimentó hace cuando se siente mal: «y siguiendo su costumbre en los días negros, cuando alguna inquietud fruncía su entrecejo, se fue a la taberna, buscando los consuelos que guardaba Copa en su famosa bota del rincón».
Existen además dentro de la historia una serie de personajes intermedios, que no se sitúan ni dentro ni fuera de la huerta, sino integrados pero funcionando al mismo tiempo al margen de ella, movidos por otras leyes distintas. Se trata del maestro don Joaquín y su mujer, y del tío Tomba y su sobrino Tonet. Los dos primeros simbolizan la educación, el progreso y la civilización, condenados en un entorno embrutecido e ignorante a vivir como mendigos, a través de limosnas, implorando una paga que no siempre llega. Su vida es más miserable que la del más pobre de los huertanos, lo cual es indicativo del lugar que ocupa la cultura dentro de la huerta. Por otra parte, el tío Tomba es una especie de Tiresias moderno, profeta pastor, anciano y ciego, que trata de advertir a Batiste sobre su futuro. «Creme fill meu: ¡te portarán desgrasia!», le advierte en más de una ocasión, pero el huertano hace oídos sordos. Por último, Tonet, el sobrino del tío Tomba, es prácticamente el único personaje que ofrece un amistoso saludo y un afectuoso trato a la familia de Batiste, lo que hace que el labrador se encariñe rápidamente de él. Detrás de esa amabilidad se esconde el amor de Tonet hacia Roseta, la hija de Batiste, un amor que bien podría considerarse de novela folletinesca y que ayuda a poner en pie una acción secundaria que alterna con la principal y que sirve para dosificar la tensión.
El movimiento oscilatorio entre la universalidad y el localismo de la historia se percibe de forma muy evidente en el uso que hace Blasco Ibáñez del lenguaje. El escritor valenciano no quiere traicionar sus raíces: no es creíble que los personajes se expresen en castellano; sin embargo, utilizar el valenciano en los diálogos tendría como resultado una difusión mucho menor de la obra. Para conciliar estas dos necesidades Blasco Ibáñez busca una solución intermedia: los diálogos se mantendrán efectivamente en valenciano, pero se verán reducidos al mínimo, siendo sustituidos en la mayor parte de los casos por el estilo indirecto libre, en el que sí era coherente el uso del castellano. El estilo directo quedará reducido a palabras sueltas o a frases de fácil comprensión por parte de un lector castellano. Por tanto, el narrador omnisciente se convierte en una figura fundamental dentro de la acción, como intermediario entre los personajes y el lector. Esta técnica es la que Blasco Ibáñez utilizará en todo el ciclo de novelas valencianas.
La barraca, por tanto, trasciende la consideración de mero panfleto político revolucionario. Es una pesimista radiografía sobre la miseria y el odio humano, sobre cómo puede llevar a la destrucción de los hombres. Es la trágica historia de un hombre abocado a la perdición, condenado a padecer las iras de aquellos contra los que nada ha hecho. Si bien es patente la influencia de Zola, no se puede hablar de un naturalismo en sentido estricto sino más bien de un uso técnico, en la descripción de ambientes sórdidos y descarnados, llenos de incultura y pobreza. El hombre solo, independientemente del entorno en el que haya nacido, tiene derecho a medrar, y eso es precisamente lo que Batiste y su familia persiguen al salir de la barraca chamuscada, con paso incierto pero resignados a empezar otra vida.
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