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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2008. Como una novela, de Daniel Pennac![]() Como una novela de Daniel Pennac No sé si antes había tenido la oportunidad de hacer esta revelación, pero detesto el fútbol. Alguna vez me he autocastigado intentando imponerme un partido, para investigar qué es lo apasiona a tanta gente. Es inútil: a los pocos minutos caigo en un soporífero aburrimiento. Me cuesta un enorme esfuerzo seguir el juego, me pierdo, mis pensamientos se evaden hacia más altas esferas; en el fondo, no me interesa. Tengo, en cambio, algunos amigos a los que les apasiona este deporte. Más de una vez yo he confesado mis reparos y más de una vez ellos han intentado cantarme las excelencias del balompié. Todo inútil: ni yo me dejo convencer ni ellos ceden. Es como intentar construir un puente entre dos mundos que están a años luz. Y ahora es cuando me toca comparar el fútbol con la lectura ─porque aquí no hay nada gratuito─. Que nadie se escandalice, soy consciente de que ambas aficiones están en planos distintos, pero ni siquiera me voy a plantear qué utilidad puedan tener una u otra. Sin embargo, desde un punto de vista puramente pragmático hay algo en común entre un aficionado a la lectura y un aficionado al fútbol: ambos piensan que los no iniciados son incapaces de apreciar algo que para ellos es apasionante. La única diferencia que encuentro entre unos y otros es que gran parte del género lector está lleno de una soberbia empeñada en que los no lectores comulguen con su religión.
No digo ni mucho menos que no haya que promocionar la lectura; más bien estoy hablando de esa obsesión persecutoria, esa especie de Fahrenheit 451 inverso, que se obstina en colocar un libro en las manos de todo adolescente a cualquier precio. No importa lo que lean, lo importante es que lean, los precios del catálogo del Carrefour si hace falta. Sólo hay que echarle un vistazo a la bibliografía existente sobre la materia: montañas de libros con las metodologías más variadas y a veces más rocambolescas. Papel mojado en su inmensa mayoría, porque es evidente que no existe ni existirá una fórmula mágica para que alguien que no lea le tome el gusto a la lectura. La cuestión es muy delicada: la enseñanza pone en manos de los jóvenes los instrumentos para lograr el aprendizaje, pero quien decide en última instancia es el adolescente. Intentar que lea por narices, obligarle a hacer algo que debería ser por principio placentero puede hacer ─y hace─ que el tiro salga por la culata.
Precisamente una de estas soluciones es lo que Daniel Pennac esboza en su ensayo Como una novela, un libro que se ha convertido en un auténtico punto de referencia para todos los profetas de la palabra escrita, aún cuando precisamente se trata de una desmitificación de la lectura y del libro. La primera frase con la que se abre Como una novela, repetida y citada hasta la saciedad, es muy significativa del punto de vista que adopta Pennac sobre el fomento de la lectura: «El verbo leer no soporta el imperativo». Un poco más adelante remata con una frase no menos epigramática que le hace sacar los pies por completo del reino de la pedagogía: «¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!». Porque nada más lejos de la intención de Pennac es hacer un libro de pedagogía al uso; se percibe claramente que habla desde la intuición, y es al mismo tiempo desde la intuición desde donde hay que interpretar el libro. Como una novela es un puñado de reflexiones, a veces en forma ensayística, a veces como narración, o incluso como aforismos, completamente alejados de cualquier sistematización. Aunque quizá lo que más atraiga del libro sea su desvergonzada ironía, que lleva a afirmar al autor con descaro que a los profesores «no se les puede exigir que canten la gratuidad del aprendizaje intelectual cuando todo, absolutamente todo en la vida escolar ─programas, notas, exámenes, clasificaciones, ciclos, orientaciones, secciones─, afirma la finalidad competitiva de la institución, inducida por el mercado del trabajo».
Partiendo de la no obligatoriedad ─y por tanto gratuidad─ de la lectura, el autor francés escribe una obra con una estructura absolutamente hegeliana, dividida en tres partes, en tesis, antítesis y síntesis. En la primera parte hace una radiografía de la forma en que los jóvenes, niños y adolescentes, afrontan el acto de leer. Es cierto que se ha convertido en un lugar común bastante aceptado que es la sociedad consumista, rápida, inmediata, fácil, principalmente audiovisual, la causante de la fobia que siente la juventud por la lectura ─es difícil competir con la televisión, los ordenadores, los videojuegos o los teléfonos móviles─. Y no es menos lugar común, sobre todo en el sector educativo, que se le eche la culpa a los prehistóricos programas, a la falta de medios, de presupuestos o de personal. Pennac trata de romper con estos tópicos usando como arma la gratuidad, «única moneda del arte». Si la lectura está presidida por el placer de leer será imposible que toda esa avalancha de imágenes pueda competir con el libro.
El principal problema que plantea Pennac con respecto a esa gratuidad es que la traicionamos en el momento en que preguntamos al joven lector por el significado del texto. Leer sin más, sin esperar nada a cambio. «No alzar ninguna muralla de conocimientos preliminares alrededor del libro. No plantear la más mínima pregunta. No encargar el más mínimo trabajo. No añadir ni una palabra a las de las páginas leídas. Ni juicio de valor, ni explicación de vocabulario, ni análisis de texto, ni incitación bibliográfica…». Sin interpretaciones, reflexiones, fichas bibliográficas, tests o demás materiales que desvirtúan al placer de leer a una mera nota, a un simple trámite burocrático para aprobar una asignatura o, en definitiva, a una transacción económica. La propuesta de Pennac, aunque deseable, peca de ser excesivamente utópica. Es evidente que imponer un trabajo complementario crea rechazo, pero no hay que olvidar que la lectura es dentro del sistema educativo un elemento más que debe ser evaluado. Como tampoco hay que olvidar que existe un programa, el de la asignatura de Lengua y Literatura, que es la que siempre lleva sobre sus hombros el peso de la lectura. Si bien es cierto que como dice Pennac, y aún con las inmensa dificultades que eso conlleva, el programa puede ser cubierto a través de la lectura trabajando técnicas de redacción, análisis de textos, comentarios, resúmenes y discusiones. Aunque en un primer momento estas técnicas estén descartadas y sean los propios alumnos los que marquen el ritmo.
Como una novela plantea una distinción entre el rechazo en los niños pequeños que apenas han aprendido los utensilios de la lectura y el de los adolescentes obligados a leer inmensos tochos en un cortísimo periodo de tiempo. El punto de partida es erróneo: la familia. Es cierto, y Pennac así lo indica, que es imprescindible que haya en la familia un mínimo hábito lector ─al fin y al cabo buena parte del aprendizaje se hace por mímesis─, y la costumbre de leer al niño cada noche antes de dormir es la mejor forma de iniciar el contacto con los libros, al tiempo que se estrechan vínculos afectivos. Por desgracia, existen muchas familias sin hábito lector, existen muchos niños que desconocen los cuentos populares porque no hubo nadie que se los leyera. La metodología de Pennac resulta inútil para este tipo de niños.
La clave para Pennac está en la lectura en voz alta. En un aula totalmente desmotivada bastaría con que el profesor decidiera dedicar una buena parte del curso, sino su totalidad, a leer libros en voz alta para que los alumnos descubrieran el placer de leer. Al principio con reservas, poco a poco se irían interesando, al principio por el texto, más tarde por el autor, más adelante por el contexto histórico, el movimiento artístico y demás contenidos que forman parte del programa oficial. Pasar de la lectura placentera a los conocimientos oficiales, nada más y nada menos que de la mano de obras clásicas. Aunque el concepto que tiene Pennac del papel que desempeña la educación con respecto a la lectura es correcto («en el fondo, el deber de educar consiste, al enseñar a los niños a leer, al iniciados en la Literatura, en darles los medios de juzgar libremente si sienten o no la necesidad de los libros»), comete al menos dos errores: creer que unos alumnos poco o nada habituados a la lectura puedan habituarse leyendo a los clásicos y pensar que desde cualquier tipo de lectura se asciende a otras estéticamente superiores, es decir, que el camino se recorre desde las malas hasta las buenas novelas. Defender que la lectura, primero de cualquier novela, después de los clásicos, les enganche y les haga progresivamente autónomos es pecar de inocente.
En la última parte del libro, la correspondiente a la síntesis, Pennac establece la que posiblemente sea la parte más brillante del libro, el decálogo de los derechos del lector. Una vez que se ha desechado la imagen de la lectura como dogma, el lector está preparado para comprender que no es un esclavo del libro, sino más bien al contrario, que el libro es un instrumento y un fin en sí mismo. Tomar conciencia del papel que se ocupa con respecto al libro implica ser conscientes de todo aquello que tenemos derecho a hacer en el acto de lectura. Entre los derechos que describe Pennac se encuentran el de no leer, el de saltarse páginas, el de leer en cualquier lugar, el de no terminar un libro o el leer cualquier cosa. Si todos estos derechos nos los permitimos como lectores maduros, qué no habría que permitirles a los jóvenes si es que queremos que lean.
Como ya había dicho, existen montañas de bibliografías sobre el fomento de la lectura. Sin embargo, Como una novela se ha convertido rápidamente en un libro de referencia imprescindible dentro de la materia. Sólo por el decálogo merece la pena leerlo. Un decálogo que debería estar con letras doradas en la pared de todas las aulas, a la vista de todos alumnos, y sobre todo a la vista de todos los profesores, que son, al fin y al cabo, los culpables de esa sacralización del libro que ha mantenido a los alumnos al margen del puro y simple placer de leer.
Poesía contra política contra periodismo![]() Luis García Montero junto a su esposa, Almudena Grandes, en su comparecencia en el juzgado. Esta mañana de camino al trabajo escucho por la radio que el poeta y profesor Luis García Montero ha decidido abandonar la Universidad de Granada debido al conocido affaire Fortes. Se trata de esa polémica que viene de tiempo ha, que no es sino una expresión debidamente publicitada del típico enfrentamiento universitario entre profesores. El enfrentamiento surgió como surgen siempre, entre bastidores, en esas corralas de vecinos que son a veces los departamentos universitarios, en los que sólo es posible abrirse paso a codazos y puñaladas. Luis García Montero contra José Antonio Fortes, el motivo, también el de siempre entre profesores universitarios, político. Distintas maneras de entender e interpretar la literatura nacidas al calor de distintos posicionamientos políticos. José Antonio Fortes defendía ─y defiende─ en sus clases, en varios artículos y en algún que otro libro que Lorca y Ayala tenían una ideología fascista. El caldo de cultivo estaba servido para que de los ataques “profesionales” se pasara rápidamente a los personales. Ante tales afirmaciones, Luis García Montero arremetió contra Fortes con una columna que es de las que hacen historia periodística titulada «Lorca era un fascista». Fortes, ni corto ni perezoso, interpuso una demanda a García Montero en la que salió victorioso y que tuvo como resultado una indemnización de 3000 euros por injurias públicas.
La cuestión es que por una parte, al leer la columna de García Montero, no puedo evitar pensar que estoy totalmente de acuerdo con todo lo que expone. El mundo universitario está plagado de intelectuales sinvergüenzas que utilizan la tarima de sus clases como altavoz de ideas sin fundamento. Este pensamiento, que bien podría ser extrapolable a todo el mundo universitario, lo voy a ceñir específicamente al terreno literario. No importa la vida del escritor, y ni siquiera su obra, lo único que cuenta es la lectura subjetiva y particular que se haga de la obra; de forma que cualquier autor podrá ser lo que se quiera siempre y cuando las palabras se puedan tergiversar lo suficiente. Muy posiblemente Fortes sea un «perturbado», como dice García Montero, al que habría que prescribir una orden de alejamiento de cualquier ámbito académico. Muy posiblemente Fortes haya hecho mucho daño en la figura de ciertos poetas, llevando al error a sus alumnos ─a los que se hayan dejado engañar, claro está─. Pero de todos modos, hay algo que no acaba de encajarme en todo este asunto.
Como dice García Montero en su columna con una gran ironía, está bien que exista la libertad de expresión, que es lo que le permite al profesor Fortes decir que Lorca era fascista, o si le da la gana que era maricón o vaya usted a saber qué más barbaridades. Es, por cierto, la misma libertad de expresión que le permite a García Montero criticar a Fortes, y a Fortes devolver la crítica, y que funciona como engranaje de todo este peloteo envenenado. El problema es que García Montero, aprovechando una situación privilegiada, como columnista de El País, ha utilizado un medio de expresión que debería servir para informar y para crear opinión como una forma de desahogo chapucero, desatendiendo esa prudencia que el mismo enaltece. La columna de García Montero bien podría ser la rabieta que suelta a otro compañero en la cafetería después de una de esas trifulcas despacheras. De todos modos, la libertad de expresión lo permite, como permite la sociedad democrática que Fortes le ponga una denuncia.
Sin embargo, lo que me ha llamado verdaderamente la atención de todo este asunto es su repercusión mediática. No digo que no lo merezca, pero como en otros tantos casos, se ha machacado públicamente a Fortes en todos los medios de comunicación. La mayor parte de titulares que recogen la noticia hablan de un anónimo profesor universitario que ha denunciado al famosísimo poeta Luis García Montero por defender al famosísimo poeta Federico García Lorca, ambos famosísimos poetas comprometidos con la ideología izquierdista ─más que le pese a Fortes─. Están todos los ingredientes para que Fortes se convierta en una especie de Sauron malvado dispuesto a destruir las bucólicas tierras de la poesía. Todos los artículos recogen las palabras de García Montero, pero el malvado Sauron casi siempre queda silenciado. David contra Goliat. Con todos los visos de tragedia, porque finalmente García Montero pierde y abandona la Universidad, aunque salga por la puerta grande como los buenos toreros.
No se confundan, que un servidor no simpatiza con las tierras de Mordor, sino más bien al contrario. García Montero es una leyenda viva, y con toda la razón del mundo. Conocerlo, o simplemente leerlo, es suficiente para saber que pasará a la historia de la Literatura con mayúsculas, porque de hecho ya forma parte de esa historia en una parte del siglo XX. Es lo que tiene que un don nadie se enfrente a una leyenda viva, aunque, como en este caso, el don nadie sea un inepto ─o un «perturbado»─ y la leyenda tenga la razón de su parte. El único objetivo de esta reflexión, aparte de solidarizarme con ese gigantesco poeta granadino, es señalar la curiosa forma en que funciona la propaganda ideológica en los medios de comunicación. Les invito a que hagan la prueba: comprueben y comparen el tratamiento que se hace de la noticia en varios medios. Parecen elaborados por el típico escritor empeñado en que al final de la novela gane inevitablemente el bueno. Miércoles, 12 de Noviembre de 2008 20:58. # Esta piedra. Tema: In continenti No hay comentarios. Comentar. Los perros de Riga, de Henning Mankell![]() Los perros de Riga de Henning Mankell Con la novela policíaca no estoy precisamente en mi género. Pero no piensen que soy de la opinión de que este tipo de obras no van más allá del frívolo entretenimiento. Ni mucho menos. Lo mío es simple y pura dejadez, una pereza que se mezcla las más veces con una pizca de falta de interés. Vamos, que si no leo novela negra es simplemente porque tengo otros libros que leer u otras cosas que hacer, lo cual no impide ni mucho menos que pueda leer alguna de vez en cuando y que me pueda entretener o gustar ─porque gusto y entretenimiento no siempre van parejos─. Algo así es lo que me ha ocurrido con Los perros de Riga. Me ha entretenido, en muchos momentos incluso me ha absorbido, pero no ha conseguido ir más allá, y ni siquiera sé si pretendía tal cosa.
Henning Mankell ha dividido su obra en dos partes complementarias pero casi diametralmente opuestas. La verdadera novela Los perros de Riga sólo es la segunda parte, la primera casi podría considerarse como atrezzo, o más bien un punto de partida dilatado, que desencadena la verdadera trama central. El punto de unión de ambas partes son dos agentes de policía, el uno sueco y el otro letón, y un misterio por resolver que poco a poco va creciendo hasta alcanzar magnitudes monstruosas. La novela utiliza ese viejo truco policiaco de plantear un crimen que sirve como pretexto para otro crimen encubierto, en una red de mentiras y sospechas en donde nada ni nadie son lo que parecen ni dicen ser. El lector, como los propios personajes, duda hasta el último momento prácticamente de todo y de todos. Se puede decir, sin lugar a dudas, que Henning Mankell consigue lo que debe ser una novela policíaca.
El protagonista es un policía ─el sueco─ llamado Kurt Wallander, que siente que su vida se desmorona por momentos. Las relaciones con su familia dejan mucho que desear, siempre organizadas en torno a la incomunicación: apenas tiene tiempo para su padre, está separado de su mujer y a su hija, que vive en Estocolmo, la ve y la llama por teléfono de tanto en tanto. Él parece ser el eje central de esa incomunicación, conectando tres generaciones distintas, ya que se relaciona con su hija de la misma forma con que lo hace su padre con él mismo. La inseguridad está presente en todos los ámbitos de su vida, y especialmente en el laboral.
Su trabajo como policía se ve constantemente cuestionado por su padre, y es en parte la apatía y en parte este cuestionamiento lo que hace que Wallander se replantee en varias ocasiones abandonar su trabajo. Esa apatía se fundamenta en la sensación de que las cosas ya no son lo que eran cuando empezó a trabajar, en que el crimen cada vez se había vuelto más brutal y que exigía un nuevo tipo de policía. Una apatía que se tiñe de desengaño, casi de desesperación, porque en el cuerpo de policía no todo marcha como él quisiera, porque en realidad «ni él mismo sabía cómo funcionaba la policía de su propio país». Más adelante se preguntará: «¿Cómo se puede ser policía cuando ya nada es lo que aparenta ser, cuando ya nada encaja?» El último caso le llevará a una situación extrema que le hará reflexionar sobre su trabajo en la policía y le hará tomar una determinación en su vida.
Ese punto de partida que mencionaba no es sino el asesinato de dos individuos que aparecen dentro de un bote flotando en la costa. A partir de ese momento se desencadenará una frenética investigación que llevará a Wallander hasta el corazón de la misma Letonia. Una investigación en la que Mankell posiblemente se excede, puesto que las conclusiones a las que van llegando los policías pasan a un segundo plano o incluso se invalidan en la segunda parte. Una vez que esos dos desconocidos cadáveres son identificados como dos conocidos delincuentes letones, el caso deja de estar en manos de Suecia y se transfiere al estado del este. En ese momento entrará en juego el policía letón, el mayor Liepa, que será la otra pieza clave de todo el engranaje. Liepa, del que se ofrecen apenas pinceladas en un primer momento, se perfila como el extremo completamente opuesto a Wallander. A pesar de su aspecto frágil, Liepa no muestra la menor duda acerca de la utilidad del trabajo que desempeña, al tiempo que mantiene una secreta cruzada por lo que él considera justo. Es normal que Wallander sintiera cierta envidia hacia la forma de ser del policía letón. Y precisamente la evolución que Wallander sigue va por el camino que Liepa ha abierto.
Wallander se ve obligado a viajar hasta Letonia para continuar el caso. El primer encuentro con la derruida Letonia supone un impacto, por cuanto se trata de un mundo completamente distinto a todo lo que él conoce. Aquí es donde el libro empieza a despertar verdadero interés, porque a la trama policíaca hay que añadirle unas gotas de crítica social y política. Los perros de Riga no es ni mucho menos una radiografía de la situación de los Estados del este, pero si apunta algunos trazos al desmoronamiento de la maquinaria comunista. Los Estados comunistas, abocados a su disolución, aparecen simbolizados como barcos averiados. Antes incluso de que Wallander ponga un pie en Riga, el mayor Liepa hace una interesante comparación entre Suecia y Letonia: «La diferencia que hay entre nuestros dos países al mismo tiempo es su similitud: los dos son pobres, si bien la pobreza tiene distintas cara. A nosotros nos falta su abundancia y su libertad de elección, mientras que aquí, me parece intuir, son pobres en el sentido de que no tienen que luchar por la supervivencia, lucha que, para mí, tiene una dimensión religiosa». La primera impresión de Wallander después de haber aterrizado es sin embargo la de un país que ha sido siempre «víctima de las luchas de diferentes potencias». Más adelante, tras conocer los métodos de actuación de la policía letona, se preguntará si existen límites entre lo que está permitido y lo que no en una dictadura.
Una vez que Wallander entre en el círculo de mentiras y conspiraciones quedará atrapado, acaso para siempre. Se verá obligado a decidir si se deja llevar por su responsabilidad como policía ─y por el miedo─ o si decide emprender personalmente una aventura al margen de la legalidad que hará que su vida se ponga en peligro. Ni que decir tiene que Wallander necesita la segunda opción para llenar ese gigantesco hueco en que se ha convertido su vida. De esta forma se verá envuelto en una trama donde nada es lo que parece y donde no es posible confiar en nadie: «Las mentiras se solapaban entre sí, y lo que había ocurrido en realidad, las causas de lo sucedido no podían salir a la luz». La sospecha recae en todos los personajes, en especial en los superiores el coronel Murniers y el coronel Putnis. Wallander llega a la conclusión de que uno de los dos o bien los dos podría estar envuelto en una conspiración a nivel nacional, algo que hasta los últimos momentos de la novela no se adivina, como es natural.
Podría extenderme largo y tendido sobre Los perros de Riga, pero al ser una novela policíaca no deseo revelar más detalles acerca de su trama. Únicamente me voy a quedar con un momento y con una frase: Wallander brindando con Murniers y con Putnis por el encarcelamiento de un hombre al que sabía inocente y pensando «Estoy brindando con uno de los peores criminales a los que jamás me he acercado. Sólo que no sé quién es de los dos». Por supuesto, sus sospechas acabarían confirmándose.
Vacaciones en Carnac, de Mika Waltari![]() Vacaciones en Carnac de Mika Waltari Existen novelas cuyo contenido se puede resumir en un puñado de líneas, de páginas si se quiere. Pasa con gran parte de la novela negra, con Los perros de Riga, por poner como ejemplo un libro que he leído recientemente. Otras novelas, en cambio, se perciben como algo más, mucho más a veces, que un argumento, y es prácticamente imposible dar cuenta de ellas en una encorsetada síntesis, a cuyas formas escapan como escurridizas anguilas. Cualquier intento de glosar estas novelas está destinado al fracaso: nada hay que añadir que no esté dentro de la propia novela. Todo lo que no sea la novela en sí misma no hace justicia al original. Y de hecho, no hace falta un argumento sólido para construir una novela de tales características.
Es lo que ocurre por ejemplo con Muerte en Venecia de Thomas Mann, y también es lo que pasa con Vacaciones en Carnac de Mika Waltari. No por casualidad existen importantes similitudes entre ambas obras: son novelas muy breves en las que el protagonista es un hombre de considerable edad ─en Vacaciones en Carnac habría que considerar la edad mental─ que estando de vacaciones en un lugar exótico se enamora a través de un flechazo de una persona inalcanzable que les llevan hasta la locura y la obsesión hasta que, siendo definitivamente rechazados ─y ahí es donde discrepan las dos novelas─, se precipita su fin. Ambas novelas abundan en pasajes reflexivos de gran enjundia filosófica o moral y en largas y plásticas descripciones del entorno. Dicho así parece que tanto Muerte en Venecia como Vacaciones en Carnac sean novelas leves, ligeritas, con el eterno argumento del amor no correspondido como eje central. Nada más lejos de la realidad.
Vacaciones en Carnac, como Muerte en Venecia, tiene un algo grado de simbolización en sus personajes, que no representan tanto a un individuo concreto y material como a una actitud o un impulso vital. El drama que se esconde tras las líneas de Vacaciones en Carnac se esconde uno de los enfrentamientos más antiguos del mundo desde el nacimiento de la primera organización civilizada: la pugna entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Cada una de estas formas de entender la vida está representada por un personaje dentro del libro, de tal forma que el conflicto amoroso alcanza proporciones universales. El tiempo, pero sobre todo el espacio, también habrá que interpretarlos desde un punto de vista simbólico.
El protagonista, del que ni siquiera se ofrece el nombre ─conscientemente escamoteado─, es un joven finlandés que vive una temporada en el París de los años veinte dedicado por completo a sus estudios. Este joven estudiante representa lo apolíneo en su forma más pura. Convencido plenamente en la utilidad del conocimiento y de las ciencias, se entrega de forma incansable a un arduo estudio que no tiene descanso. Su carácter es tan reservado e introvertido que carece por completo de amistades. De esta manera se describe a sí mismo: «Un goce secreto o una satisfacción secreta me han producido siempre una dicha más intensa que los placeres compartidos. También he sabido apechugar a solas con mis pesares sin necesidad de solicitar la fría compasión o el apretón de manos fingidamente cálido de los demás. Como resultado de todo ello, la gente me considera un tipo sombrío y poco amistoso. Se ha dicho que, en sociedad, resulto aburrido y melancólico». Su sentido de la moralidad es además muy estricto: aborrece las bebidas alcohólicas, las fiestas, o cualquier expresión gratuita y espontánea que no tuviera por objeto algo trascendental.
A continuación informa de que aquel verano en París su comportamiento no era exactamente el mismo, por motivos completamente comprensibles: el desconocimiento del idioma en un país extranjero le hacía depender demasiado de los demás. Sin embargo, hay algo más que no encaja en todo el puzzle y que apenas se deja entrever; y es que no deja de ser curioso el hecho de que con esa personalidad habitara en el Barrio Latino, un ambiente absolutamente propenso a todo lo contrario, a la vida disoluta y bohemia. Aunque no mencione nada al respecto en esta cuestión, no se trata de un dato baladí, sino que es un detalle que alcanza plenamente significado en los momentos finales de la novela. A pesar de todo, y como el protagonista de Muerte en Venecia, tiene una especie de inquietud vaga e imprecisa, apenas esbozada, que es lo que le lleva a emprender el viaje a Carnac, por intercesión de un amigo de su difunto padre que le envía como regalo una considerable suma de dinero para que se tome unas vacaciones.
Debido a su afición por todo lo antiguo, algo muy común en la sensibilidad apolínea, decide viajar a las ruinas de Carnac, en Bretaña, que «eran el monumento megalítico más famoso del mundo, después de Stonehenge, en Inglaterra». Sin embargo, el lugar que ha elegido no es el más adecuado para su perspectiva del mundo, ya que en Carnac se encontrará con una serie de misteriosas, primigenias y telúricas construcciones que escapan a cualquier intento de sistematización científica ─las explicaciones científicas sobre su origen son múltiples y todas insatisfactorias─. Aquí aparece ya el primer ataque frontal de lo apolíneo hacia lo dionisíaco: el joven en ningún momento se plantea las vacaciones como un merecido tiempo de descanso de toda actividad mental, sino que se dirige a Carnac acaso con el secreto propósito de estudiar y desvelar la representación simbólica más palpable de los albores ─dionisíacos─ de la humanidad. Con esa idea en la cabeza sale del hotel, observando al resto de turistas con una especie de orgullo de casta intelectual, pensando que ellos se dirigen como borregos sin ningún tipo de interés intelectual hacia la playa mientras que él va a desentrañar los secretos del mundo visitando los monolitos. Así mismo, se recrea en el autorechazo, signo de distinción que le alza por encima de la plebe vulgar.
Lo que el joven protagonista de Vacaciones en Carnac emprenderá en ese momento será un viaje iniciático que le conducirá a lo más profundo de lo primitivo, lo mágico, y en definitiva, inexplicable desde un punto de vista científico. Antes de llegar a los monolitos se cruza con un grupo de niños que danzan y cantan en una extraña lengua. En ese momento uno de los niños entrega le entrega una flor, de la que posteriormente supo que atraía la desgracia. Precisamente se puede entender este episodio como un baile ritual que desarma el lado apolíneo del protagonista y lo deja indefenso ante lo dionisíaco, un ritual que se representa con la flor. En la descripción que hace de las ruinas de Carnac pareciera que las piedras aún estaban calientes y húmedas de la sangre vertida sobre ellas en los misteriosos rituales celebrados en ellas, unos rituales que reunían a gentes de todo el contiente: «Alrededor de aquellas piedras que habían sobrevivido a los siglos, se había encontrado carbón procedente de la leña que había ardido en los sacrificios ofrecidos a los dioses dos mil años atrás». Más adelante describirá los megalitos como «un campo de gigantes o un ejército de amenazadores guardianes de piedra», lo que da una idea de la hostilidad del lugar para con los extraños.
En ese momento se produce la culminación de su viaje: el descubrimiento entre los monolitos de una voluptuosa joven tomando el sol. El golpe que se da contra uno de los monolitos reafirma la idea de guardianes y al mismo tiempo no deja de tener algo de anticipatorio. Esta joven, llamada Fine, que está acompañando a su padre ─un arqueólogo que estudia las ruinas de Carnac─ dejará una viva impresión en el protagonista, que no tardará en darse cuenta de que se ha enamorado de ella. Sorprende ─o no tanto─ la velocidad con que cae rendido a los pies de la bella Fine. Se puede hablar de un flechazo, ya que apenas cruza dos palabras con ella, lo cual vuelve a recordar al Aschenbach de Muerte en Venecia, con la diferencia de que Waltari no profundiza tanto en la naturaleza del sentimiento amoroso ni reflexiona sobre su origen y sus relaciones con la Belleza. El pequeño Tadzio tampoco tiene nada que ver con la hermosa Fine. Es difícil determinar si el amor de Vacaciones en Carnac es espiritual o carnal, algo que en Muerte en Venecia es muy evidente. En este sentido Waltari es más ambiguo que Mann, pero al mismo tiempo su novela es menos rotunda.
La cuestión es que el protagonista siente el amor, por primera vez. Se trata de un complicado trance, ya que él nunca ha estado enamorado, y en su mente cuadriculada y científica no había cabida para el amor. Con una mezcla de ansiedad y de curiosidad decide prolongar su estancia en Carnac para propiciar más encuentros con la joven. Su carácter racional y apolíneo se niega a aceptar que el amor sea el motivo para prolongar su estancia y trata de inventar excusas de carácter científico ─el estudio de los monolitos─ que ni él mismo cree: «de pronto, me di cuenta de que, en realidad, lo único que me retenía en Carnac era el deseo de volver a ver a la muchacha a la que por azar había visto semidesnuda tomando el sol».
Desde un primer momento Fine se revela como un ser lleno de tanto misterio como los monolitos. Aunque su cuerpo era el de una niña, en sus ojos se podía comprobar «una expresión dura y llena de experiencia, como si estuviesen ya cansados de ser testigos de las debilidades de los hombres y de los caprichos de la pasión». Durante un paseo, en la visita a las catacumbas del monte Saint Michel, en la oscuridad y la soledad de las grutas, se besaron con apasionamiento. Este encuentro erótico, que para el protagonista tiene el carácter de primer beso, surte en él el efecto de una descarga eléctrica que le hace replantearse desde los cimientos su actitud para con la vida: «Cuando rocé sus labios con los míos por primera vez y con gran sorpresa por mi parte se entreabrieron, se desató en mí un peligroso poder cuya existencia yo ignoraba, y sentí que era capaz de arrojar una antorcha encendida contra los polvorientos estantes de la más preciosa biblioteca». Más adelante, reflexionando sobre su propio estado, en lugar de afrontar el amor con «una actitud seria y responsable», siente deseos de ser malo, de beber una botella de vino o de besar a una mujer. No cabe duda de que el amor gana por completo la batalla al intelectualismo, lo dionisíaco a lo apolíneo. Y ni siquiera en los libros puede encontrar refugio: «el rostro burlón de Fine van Brooklyn me miraba traicionero desde la páginas del libro».
¿Pero quién es y qué pretende esa Fine van Brooklyn? Es la representación palpable más pura de todo lo dionisíaco. A grandes rasgos se podría equiparar con la Estela de Grandes esperanzas de Dickens, pero Fine queda descrita casi como una hija de los monolitos, la manifestación física de todo lo oscuro y de todo lo primigenio que hay en el mundo. La descripción que le hace su propio padre al protagonista es con diferencia el mejor fragmento del libro: «El fuego no puede quemarla, ni el agua ahogarla. Nunca será vieja y su piel nunca se cubrirá de repugnantes arrugas, porque se le ha concedido el poder de hacer daño a todo el mundo sin poder sufrirlo ella […] Ha sido enviada para probar a los buenos y perder a los malos. Su espíritu es más antiguo que la religión; tan viejo como las colinas que nos rodean y el árbol del conocimiento del bien y del mal que crece en los corazones de los hombres». Se trata del médium que pone en contacto el mal que irradia la tierra con los hombres. Por supuesto, el protagonista piensa en un primer momento que se trata de una estupidez, pero más adelante, una vez ya rotos sus esquemas científicos, se ve obligado a reconocer la veracidad de estas afirmaciones. La imagen que se sugiere con más fuerza para describir a Fine es la de una sirena, un ser endiabladamente hermoso que con su canto atrae a los hombres a su perdición.
Entregado por completo a lo dionisíaco e incapaz de expresarlo a través del amor carnal, el protagonista se entrega al otro elemento dionisíaco, el alcohol. Completamente borracho desciende a lo más profundo de su escala de valores, barajando la posibilidad del asesinato como algo real. A pesar de esa degeneración moral, lo más sorprendente de su situación es la lucidez que llega a alcanzar en tal estado: «Mis pensamientos poseían una claridad y una agudeza hasta entonces no igualadas, y en aquel espacio de tiempo muchos problemas que me habían preocupado me parecieron claros como la luz del día. Desgraciadamente, al día siguiente no me acordaba de nada». Es evidente que lo dionisíaco vence finalmente la batalla. Tal vez pudiera reconstruir su personalidad de entre las ruinas, pero jamás dejará de ser consciente de la importancia de esa aventura en su «desarrollo espiritual e intelectual».
1984, de George Orwell![]() 1984, de George Orwell Resulta tremendamente complejo reducir en unas pocas líneas una de las novelas más completas y complejas de todo el siglo XX. Como ocurre en estos casos, cualquier comentario o crítica que se haga en pocas líneas incurrirá en puntos de vista sesgados y parcelados. No es mi intención, sin embargo, hacer un análisis profundo de la novela, sino resaltar algunos de los aspectos que más llamaron mi atención, y que seguramente coincidirán en muchos casos con lo que suele decirse sobre ella. Mi lectura dejará muchos elementos en el tintero, mucho por afirmar o desmentir. Así sea.
Empezaré describiendo la sociedad en la que se desarrolla la acción: se trata de un estado totalitario en el que la libertad ya no de expresión sino de pensamiento es delito ─de ello se encargará la policía del pensamiento─, una férrea dictadura cimentada sobre unos rígidos pilares: el odio, el miedo, la propaganda y el adoctrinamiento. A George Orwell le interesa situar la acción de la novela en una época no demasiado lejana, en el año 1984 ─que da título a la novela, aunque el original era El último hombre en Europa─ porque en una lectura superficial se adivina que ese estado no es sino el estado comunista ruso. Y dentro de ese gobierno totalitario aparece la figura omnipresente del dictador ─tan omnipresente como podría serlo en el ciclo de novelas de dictadores sudamericanos como en El señor presidente─, un ser mítico que aparece de fondo en las telepantallas, alguien que nadie nunca ha visto en persona, cuya existencia se llega a poner incluso en duda llegado el caso, el Gran Hermano, trasunto de Stalin ─algo evidente en la película de Michael Radford─, como también lo es el rebelde Goldstein ─cuya existencia es también uno de las cuestiones más intrigantes del libro─ de Trotsky.
El origen de esta sociedad totalitaria se explica con todo lujo de detalles en ese apócrifo manual del disidente que es la Teoría y práctica del colectivismo oligárquico atribuido a Goldstein. En él se menciona la confianza que los europeos tenían a principios de siglo, antes de la Primera Guerra Mundial, en el futuro, en el desarrollo de las ciencias y de la tecnología, en su aplicación en la vida práctica y su capacidad para hacerlo todo más sencillo; un futuro como un mundo limpio, ordenado, aséptico, en el que «todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano» ─nefasto futuro, en realidad, pues será el de Un mundo feliz─. Pero un futuro así habría puesto en peligro la sociedad de castas, ya que es la riqueza y la pobreza lo que permite jerarquizar a los ciudadanos. La razón de ser del Partido la expone O´Brien, un personaje parecido a Mustafá Mond de Un mundo feliz o casi tan sublime como el Beatty de Fahrenheit 451, en una de las mejores conversaciones del libro: «el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo […] No la riqueza ni el lujo, ni la logevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro», ya que «el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo» y la función de una dictadura ─como la del proletariado─ no es salvaguardar una revolución sino que la revolución sirve para establecer la dictadura.
Teóricamente es posible plantear una sociedad gobernada por unos pocos en la que la riqueza se distribuye entre la totalidad de sus ciudadanos, pero en la práctica, una sociedad así sería inestable, porque si todos tuvieran el mismo acceso al conocimiento empezarían a pensar por sí mismos y cualquiera podría cuestionar la estructuración del sistema, se percataría de que la distribución del poder es injusta, que unos pocos no tienen el derecho a imponerse sobre la inmensa mayoría. Es necesario imbecilizar a esa inmensa mayoría, prohibirles el acceso al conocimiento, a la educación, porque como dice Goldstein «a la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia».
Y precisamente esa mayoría a la que el Estado pretende idiotizar a toda costa para anularlos son los «proles». La descripción que Orwell hace de los «proles» demuestra la desoladora actualidad que posee el libro, puesto que lo que el refiere en este caso podría aplicarse perfectamente a un sector bastante amplio de la sociedad en nuestros días: «El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya». No hay más que canalizar el malestar, la posibilidad de un incipiente sentimiento de rebeldía en dos frentes: las minucias de la vida corriente, al margen de los grandes males universales, o el enemigo común, independientemente del nombre que tuviera, se llame Eurasia o Asia Oriental. Los extranjeros, ya sean enemigos o aliados, se ven siempre como animales raros, no como compatriotas de especie, como compañeros de penalidades. En la enajenación está la clave del triunfo. El mismo Winston, sin saber hasta qué punto se equivoca, expresaba su esperanza en la prole con una frase que se repite en varias ocasiones: «¡Si había alguna esperanza, radicaba en los proles!».
Pero realmente nada puede esperarse de los proles porque el complejo sistema de propaganda ha conseguido alienarlos con el pasado y con el presente. No se tiene conciencia de que hubiera existido una época anterior a la revolución, un momento que sobrevive sólo en recuerdos vagos e imprecisos, entre los que es difícil tener certezas de verdad o falsedad. Esa ambigüedad puesta en pie por el Partido se aprovecha para difundir una visión del pasado prerrevolucionario como un periodo oscuro denominado Edad Media, de tal forma que se habla por ejemplo de la jus primae nocte como el derecho que tenía todo capitalista de dormir con cualquiera de las mujeres que trabajaban en sus fábricas. El pasado se instrumentaliza y se convierte en una herramienta más al servicio del Partido; no importa que sea cierto o no, lo importante es que sea útil. Es el Ministerio de la Verdad el organismo encargado de falsear y manipular la historia: «Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De ese modo, todas las predicciones hechas por el Partido resultaban acertadas según prueba documental». Este procedimiento de manipulación llevado a cabo por funcionarios al servicio del Partido ─entre los que se encuentra Winston─ se entiende no como la necesidad de falsificar el pasado, sino como una forma de hacer concordar lo ocurrido con lo que el Partido dice que ha ocurrido. Todos aquellos documentos que contradicen de alguna manera al Partido son destruidos en el llamado «agujero de la memoria».
Otro sistema para mantener a raya a los proles es la guerra. En el libro de Goldstein se declara que no existe ninguna guerra, que las bombas lanzadas diariamente sobre Londres son arrojadas por el mismo Gobierno de Oceanía como mecanismo para mantener la sociedad jerarquizada generando pánico y odio hacia el enemigo, al mismo tiempo que se destruye cualquier signo de riqueza o desarrollo. Es por eso que Eurasia y Asia Central se van alternando como enemigos y aliados, sin importar quién desempeñe qué papel, aunque los ciudadanos consideren que el enemigo siempre ha sido el mismo, lo que da lugar a un espeluznante episodio en el que la manipulación de la información llega a su máximo apogeo. Dentro de esta guerra se encuentran los ciudadanos más bajos en la escala social, los que viven en los territorios fronterizos que pasan constantemente de manos de un país a otro y que no pertenecen a nadie. Reducidos poco menos que a condición de esclavos, se les equipara con cualquier materia prima como el carbón o el aceite, y se utilizan como mano de obra en la fabricación de armas.
El principio fundamental del IngSoc ─que encubre el término “socialismo inglés”─, ideología del Partido es que el valor del individuo por sí mismo es nulo, inútil si no se considera integrado dentro de la sociedad. En este sentido, el individuo únicamente puede serlo, puede realizarse, sometiéndose a una colectividad: la realidad no es aquello que se perciba sino lo que el Partido dictamine como realidad. No es por lo tanto una verdad objetiva, externa; es más bien algo que existe sólo en la mente humana, no en la mente concreta de cada ser, que es limitada y puede cometer errores, sino en la mente del Partido, que es colectiva e inmortal. Es lo que O´Brien comenta a Winston: «Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido». El pensamiento se vigilará de muy cerca, incluso desde una policía del pensamiento, y todo lo que vaya en contra del IgnSoc se considerará «crimental». Para conseguir este pensamiento dirigido se plantea la necesidad de reestructurar el lenguaje a través de la «neolengua», que implica una auténtica poda del lenguaje: « Al final todo lo relativo a la bondad podrá expresarse con seis palabras; en realidad una sola ». De esta forma, limitando el lenguaje se consigue limitar el pensamiento, y se llega al pensamiento único, al pensamiento del Partido.
Con este sistema de pensamiento subjetivo es imposible no caer en contradicciones, pero éstas están previstas y son asimiladas por el propio sistema en lo que se conoce como «doblepensar», esto es, «saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión».
El «doblepensamiento» es la única forma de explicar cómo se puede afrontar con normalidad de manipular el pasado a favor de los intereses del Partido, o cómo pueden exisitir unos organismos, los Ministerios, cuyos nombres son exactamente opuestos a la labor que desempeñan: el Ministerio del Amor se encarga de la tortura, el Ministerio de la Paz de mantener una guerra permanente e interminable, el Ministerio de la Abundancia de mantener el nivel de pobreza y el Ministerio de la Verdad de manipular la realidad y la historia. Sólo a través del «doblepensar» se entiende que estando la pornografía prohibida por el Partido hubiera una sección dentro del Ministerio que se encargara de crear clandestinamente novelas que rezumaban pornografía para los «proles» y de venderlas furtivamente como mercancía ilegal mirando hacia otro lado.
La locura y la cordura son estados meramente estadísticos, depende de la mayoría, por lo que el loco es el que utiliza el sentido común, que es la mayor de las herejías, es lo que le ocurre a Winston, que se da cuenta de que «todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo» y anota en su cuaderno el siguiente axioma: «La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro». Así, Winston socava la autoridad del Partido al pensar que «encontrarse en minoría, incluso en minoría de uno solo, no significaba estar loco. Había la verdad y lo que no era verdad, y si uno se aferraba a la verdad incluso contra el mundo entero, no estaba loco.» Pero detrás de Winston se esconde un horrible pasado, al principio apenas insinuado y más tarde mencionado explícitamente. El egoísmo y la maldad del pequeño Winston, impasible ante el sufrimiento y la necesidad de su madre y de su hermana pequeña, condenadas al hambre y a la codicia infame del pequeño, poco nos indica sobre la personalidad del Winston adulto, ya que aparentemente de esa actitud no ha quedado sino un leve recuerdo turbio. La pérdida de la memoria individual es uno más de los precios que paga la sociedad en esa progresiva pérdida de la memoria colectiva.
En un primer momento no se entiende bien por qué debe mantenerse en riguroso secreto la relación entre Winston y Julia. Hasta la segunda parte no se hace la primera referencia a la esposa de Winston, cuya descripción se despacha rápidamente con palabras como ortodoxa y «piensabien». Se relación se refiere como una pequeña ceremonia frígida que ella misma bautiza con el nombre de «nuestro deber para con el Partido». Una vez que se ha explicado este dato se comprenden las excesivas precauciones para evitar que la relación sea pública: la rígida moral del Partido prohíbe que sus miembros tengan relaciones conocidas fueras del matrimonio. No existe el concepto de divorcio, aunque sí el de separación, pues Winston vive solo. La imposibilidad de desvincularse de esa persona ─que no aparece pero cuya existencia es fundamental para entender algunos aspectos─ hace que la relación entre Winston y Julia sea ilegal, y como delito que es, punible, aunque se trate este de un crimen soslayado en una sociedad hipócrita que se fundamenta en las reglas del «doblepensar». La imagen que se ofrece de Julia es en muchas ocasiones ambigua. En un primer momento parece la compañera perfecta de Winston, hermanados por su odio hacia el Partido, mucho más tremendo y exaltado en el caso de la joven. Pero una exaltación al cabo vacía, hueca e incluso pueril, incapaz de ir más allá del grito o de la palabrota, incapaz de una crítica seria, de un análisis profundo o general, limitada a aquellos aspectos en los que el Partido roza con su vida. Es por eso que en una posible comparación entre Julia y la Clarisse McClellan de Fahrenheit 451, sea ésta última infinitamente superior, porque su mera presencia sin más ya es una forma de oponerse al orden establecido. A pesar del amor que pueda existir entre ambos, Winston deja entender en varias ocasiones una leve decepción ante la superficialidad de miras de su compañera, que le lleva por ejemplo a dormirse mientras Winston lee uno de los pasajes más interesantes del libro, algunos fragmentos de la Teoría y práctica del colectivismo oligárquico de Emmanuel Goldstein.
Los traidores al Partido son condenados a la que posiblemente sea la pena más horrible y despiadada que ha podido idear un ser humano, un proceso que supone uno de los momentos más impresionantes de 1984. Winston, ajeno a los procedimientos de tortura del partido expresa su confianza en tales términos: «Confesar no es traicionar. No importa lo que digas o hagas, sino los sentimientos. Si pueden obligarme a dejarte de amar… eso sería la verdadera traición». Sin embargo, el Partido también era consciente de esta gran verdad, sus miembros e ideólogos sabían que «el fondo del corazón, cuyo contenido era un misterio incluso para su dueño, se mantendría siempre inexpugnable». Precisamente para llegar hasta el fondo del corazón de los hombres, sajar y arrancar lo que el propio hombre no es consciente de tener dentro y sembrar la nueva semilla de la fe se pone en funcionamiento un misterioso habitáculo, la temible Habitación 101, personificación las mayores pesadillas del ser humano, un lugar ante el cual es preferible la cadena perpetua, la tortura, la muerte o el asesinato de los seres queridos. No es suficiente con que se reconozca el poder, la grandeza o la validez del Partido, no es suficiente con admitir que dos y dos son cinco siempre que el partido lo diga, la reconversión del espíritu debe ser completamente sincera, y por tanto el ser que nazca de esa reconversión nuevo. Sería más fácil, rápido y económico la muerte inmediata de los traidores, pero como dice Winston, «si podemos sentir que merece la pena seguir siendo humanos, aunque esto no tenga ningún resultado positivo, los habremos derrotado». Y es precisamente esta victoria moral lo que el Partido no puede consentir, ni aún a nivel personal. De tal forma que después de la reconversión los individuos puedan dejarse en libertad sin temor a que vuelvan a incurrir en traición.
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