La piedra de Sísifo
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La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

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La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

     La insoportable levedad del ser ha pasado a la historia de la literatura como una novela filosófica, algo que en una primera lectura no parece tan evidente, no porque no se perciba la filosofía sino porque en la superficie el pensamiento filosófico que transmite es muy simple, y se hace necesario “escarbar” en el contenido para encontrar mayor enjundia, lo que hace que la novela tenga sus dificultades.

 

     El eje central de la obra es la compleja relación amorosa que se produce entre Tomás y Teresa, a partir de la que se derivan varias teorías sobre el amor y las relaciones de pareja. Por encima de todas ellas se perfila con gran fuerza y nitidez el pensamiento de Tomás, que es quien lleva las riendas de la pareja. Tomás, partiendo de la separación platónica entre el amor pandémico y el amor celeste, es incapaz de abandonar su intensa vida erótica en favor de Teresa, puesto que para él «hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias». Para Tomás el verdadero amor se manifiesta en el deseo de dormir juntos, en el acto que compartir la cama, que es lo que enerva el placer de Tomás, por encima del acto amoroso. No sólo es que Tomás no quisiera o no pudiera abandonar a sus amistades eróticas, sino que dentro de su concepción del amor hacer tal cosa le parece absolutamente innecesario. En Tomás se vislumbra el encuentro entre dos mundos que Sabina, su amante preferida, describe como el enfrentamiento entre el libertino y el enamorado romántico ─ambos polos irreconciliables representados por Sabina y Teresa respectivamente─.

 

     Teresa, conocedora de las infidelidades de Tomás, se esfuerza por comprender la levedad y la divertida intrascendencia de su concepto de sexualidad y amor físico. Primero a través de una leve coquetería que no deja de ser muy forzada y después acudiendo a la casa de un ingeniero, Teresa se propone comprobar si es cierto que el amor y la sexualidad son dos cosas distintas. Aunque se propone no traspasar el límite del contacto físico, Teresa finalmente se entrega, y de esa forma comprueba que sí existe una división entre cuerpo y alma, que es posible entregar el cuerpo mientras que el alma permanece intacta. Sin embargo, se da cuenta de que la teoría de Tomás no es cierta: «la mujer no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no puede resistirse a la mujer cuya alma es sensible a su voz». De ahí que el temor de Teresa se acreciente y que no se apacigüe hasta que consigue retirar a Tomás de la ciudad. Es el momento en que por fin Teresa logra imponerse a Tomás.

 

     Porque la relación de Tomás y Teresa es al cabo un choque de fuerzas, que casi podrían interpretarse como una confrontación entre poder y debilidad, entre pesadez y levedad. En esta confrontación Tomás es demasiado fuerte y Teresa demasiado débil, lo que implica que no congenien ─no por sus comportamientos o la inestabilidad de sus sentimientos─. A pesar de ello, Teresa utiliza su debilidad de forma agresiva, para que Tomás vaya abandonando progresivamente su fuerza, hasta quedar en su regazo, confinado en un pequeño pueblo del campo apartado del mundo. Para demostrar el amor de Tomás, Teresa le va arrastrando, haciendo que le siga, a lugares cada vez más inferiores ─de Zurich a Praga y de Praga al campo─ hasta llegar al sitio del que ya no se puede salir. Pero es precisamente en el campo donde Tomás encuentra la felicidad en la sencillez y en el tiempo circular de la rutina. Teresa lo ha conseguido: se han igualado, ya no hay uno más fuerte que el otro, sino que ambos son débiles.

 

     Teresa, después de haber comprobado la invalidez de la teoría de Tomás y agobiada por los celos, desarrolla una de las formas de pensamiento más atractivas del libro: el amor que siente por Karenin, el perro, es mejor que el que le une a Tomás ─que no mayor─. Esto es así porque la bondad del hombre únicamente se puede manifestar con aquellos que no representan ninguna fuerza, con los que están a su merced, es decir, con los animales. De la siguiente manera describe la perfección del amor que Teresa siente por Karenin: «Es un amor desinteresado: Teresa no quiere nada de Karenin. Ni siquiera le pide amor. Jamás se ha planteado los interrogantes que torturan a las parejas humanas:¿me ama?, ¿ha amado a alguien más que a mí?, ¿me ama más de lo que yo le amo a él? […] Y algo más: Teresa aceptó a Karenin tal como era, no pretendía transformarlo a su imagen y semejanza, estaba de antemano de acuerdo con su mundo canino, no pretendía quitárselo, no tenía celos de sus aventuras secretas […] Y luego: el amor hacia el perro es voluntario, nadie la fuerza a él». Por ello, el amor entre un hombre y un perro se considera como un idilio; y así se explica el sueño que tiene Teresa en el que Tomás se convierte en un conejo y ella llora de felicidad ─simboliza la pérdida de fuerza y la conversión en animal─.

 

     De forma paralela y paradójica se describe la relación entre Sabina y Franz. Éste último se puede considerar claramente como el antagonista de Tomás: si Tomás es la fuerza Franz es la debilidad ─independientemente de su fortaleza física─, si Tomás considera que la base del amor es dormir juntos Franz no siente nada hacia su mujer, Marie-Claude, con la que únicamente comparte cama. Franz no es más que un soñador romántico, que trata de crear un territorio de pureza para Sabina, motivo por el que no puede hacer el amor en Ginebra, su ciudad, la ciudad que pertenecía a Marie-Claude. Para Sabina Tomás es un excelente amante porque no concibe el amor físico sin violencia y Franz, que busca en las mujeres la idea platónica de su madre, por su bondad, carece de la fuerza para darle órdenes como Tomás. Para Franz amar significaba renunciar a la fuerza y esta actitud lo descalificaba en la vida erótica de Sabina. Precisamente cuando Marie-Claude deja de recordarle a su madre y deja de parecerle un ser dulce al que hay que defender decide confesarle su infidelidad con Sabina. Esta decisión empero no agrada a Sabina, que considera que cuando el amor se hace público se convierte en una carga, así que finalmente decide abandonarlo.

 

     Pero a Franz le pasa lo mismo que a Tomás, que en un primer momento piensa que es capaz de vivir sin Sabina ─la suplanta por una nueva amante─ para darse cuenta después de que es incapaz de dejar de pensar en ella, lo que representa una infidelidad muy inocente para con su nueva amante, como hecha a medida. Él siempre tendrá la sensación de que el conjunto de casualidades que regula el mundo está organizado por Sabina, que secretamente le vigila desde alguna parte. Y ese es el pensamiento que le lleva a participar en la Gran Marcha organizada por intelectuales de todo el mundo para reivindicar a Vietnam, que había invadido Camboya, que deje entrar en el país a médicos para que puedan tratar a la población ─después de descubrir el gran teatro que todo ello supone encuentra la muerte─. Sabina, en cambio, siente después de haber abandonado a Franz el drama de la insoportable levedad. Para ella la traición es un deber, igual que para Tomás lo es la sexualidad.

 

     Uno de los puntos clave de La insoportable levedad del ser es la crítica desoladora que Kundera hace del sistema comunista ruso en la República Checa. Un sistema que Tomás sufre con todas sus consecuencias, ya que mandó un artículo en el que atacaba un aspecto del comunismo a un periódico y tuvo que abandonar su prestigioso trabajo como cirujano en un hospital por no querer retractarse y de esa manera rebajar su sentido de la moralidad. Consiguió un trabajo en un ambulatorio de la periferia, en un cargo muy por debajo del que había desempeñado en el hospital, pero después de negarse nuevamente a firmar un artículo de retractación y de amor por la Unión Soviética y el partido comunista renunció a su trabajo y acabó dedicándose a limpiar escaparates. Ni siquiera la intelectualidad checa anticomunista escapa de la mirada crítica, porque llega a caer en los mismos desmanes que el gobierno: también piden a Tomás que firme un texto que él no ha escrito, un texto a favor de la amnistía de los presos políticos. Tomás decide no firmar en parte porque no está de acuerdo con que vaya a ser útil el escrito y en parte para salvaguardar a Teresa, que es lo único que verdaderamente le importa.

 

     La gran teoría política del libro es planteada por Sabina como teoría del kitsch. Partiendo de la consideración de la mierda no como algo inmoral sino metafísico ─aceptación de la mierda como parte de la Creación─, el kitsch consiste en la «negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable». Trasladada esta idea al terreno político, hay que tener en cuenta que lo que identifica al hombre de izquierdas no es tal o cual teoría, sino un conjunto de intuiciones, imágenes, palabras y arquetipos que conforman el kitsch político de lo que podría llamarse la Gran Marcha. La Gran Marcha se configura como un «hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá, a través de todos los obstáculos, porque ha de haber obstáculos si la marcha debe ser una Gran Marcha». La conclusión es que lo que convierte a un hombre en hombre de izquierdas es la capacidad de añadir cualquier teoría a ese kitsch que es la Gran Marcha.

 

     Además de aspectos sentimentales y políticos en La insoportable levedad del ser se desarrollan algunas cuestiones filosóficas sobre la vida y el paso del tiempo que tiñen la obra de un existencialismo con cierta carga de esperanza. Durante toda la novela, en diversos momentos, se desarrolla la contradicción entre peso y levedad, sin que llegue a quedar claro cuál de los dos términos es el positivo y cuál el negativo. Al mismo tiempo se producen trasvases que dificultan aún más la interpretación: Tomás dice disfrutar de «la dulce levedad del ser» cuando Teresa le abandona en Zurich, pero en pocos días esa levedad pasa a convertirse en el peso del arrepentimiento y de la compasión, lo que le obliga a regresar a Praga junto a Teresa. Y aunque las muertes de los personajes son muy simbólicas al respecto ─Tomás y Teresa aplastados por el peso y Sabina queriendo ser incinerada para ser más leve que el aire─, finalmente parece que los polos se invierten y la levedad se llena de una angustia que remite de forma directa al existencialismo: «la vida es leve, insoportablemente leve, porque no se repite, porque sólo ocurre una vez». En cambio, es bajo el peso de la repetición donde reside la felicidad ─y aquí permítanme hacer una referencia a Sísifo, cuyo castigo no se entiende como tal─.

 

     La circularidad del tiempo, su peso, es fundamental dentro del contenido del libro y de su construcción. Al principio se alude a Nietzsche y a su teoría del eterno retorno planteando su inoperancia en una vida única, que es sólo un esbozo irrepetible, condenada a una levedad que planteada de forma consciente se hace insoportable. Pero la estructura es al mismo tiempo circular y al final de la novela se vuelve a Nietzsche, una vez más a la misma desoladora idea: «El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Este es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir». Pero esta vez existe una variante que zanja la cuestión con una solución que deja un camino abierto a la esperanza: Karenin. Los seres humanos conocieron una vez la felicidad del tiempo circular: antes de ser desterrados del Paraíso Adán y Eva vivían en la dicha de la repetición. Pero los animales, con su falta de conciencia del paso del tiempo y su tendencia a repetir hábitos, nunca fueron desterrados del Paraíso, y es por ese motivo que a Karenin se le dedique una parte entera. Karenin no es simplemente un perro, sino que es el símbolo de la circularidad del tiempo y su sonrisa pone en contacto a Tomás y Teresa con ese Paraíso perdido, los aproxima a la idea de felicidad.

 

     En cuanto a la técnica narrativa de Kundera habría que señalar la extrañeza que causa en el lector, ya que el narrador se introduce dentro de la historia a la manera de la novela decimonónica pero dando un paso más. El narrador no tiene ningún inconveniente en mostrar el entramado de artificios que compone la obra, desvelando los motivos y orígenes de algunos de los personajes. Llega a decir de sus propios personajes: «los personajes no nacen como los seres humanos, del cuerpo de su madre, sino de una situación, una frase, una metáfora en la que está depositada, como dentro de una nuez, una posibilidad humana fundamental que el autor cree que nadie ha descubierto aún o sobre la que nadie ha dicho aún nada esencial». Estos comentarios metanarrativos permiten descubrir algunos aspectos del concepto de novela de Kundera al mismo tiempo que crean un nuevo nivel ficcional. El narrador, parcialmente omnisciente, juega con los puntos de vista: narra ya desde la perspectiva de un personaje ya desde la de otro, dando incluso varias versiones de un mismo acontecimiento ─la primera parte corresponde a Tomás y la segunda a Teresa─.

 

     En fin, como novela no cumple con todas las expectativas que se esperan de un libro cuya fama le precede, aunque como libro filosófico se pueden sacar de provecho un puñado de ideas sobre los problemas que afectan a la existencia humana. Quizás haya libros en los que están ideas estén mejor expuestas o más desarrolladas, pero este libro tiene la virtud de expresarlas entrelazándolas con literatura, alcanzando en algunos momentos altísimas cotas de belleza.

 

 

     Este es un libro viajero

Viernes, 05 de Septiembre de 2008 18:34. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 5 comentarios.


Sin destino, de Imre Kertész

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Sin destino de Imre Kertész

     La Segunda Guerra Mundial ha sido uno de los temas que más páginas ha levantado en la segunda mitad del siglo XX, no sólo en tratados científicos e históricos sino también, por supuesto, en novelas ─y se entiende perfectamente en un país en el que la guerra civil se ha convertido en eje central de muchos escritores─. Desde la obra clásica El diario de Ana Frank hasta la ya no menos conocida El niño del pijama de rayas, cada novela ha contribuido con distintos matices a un género que no sería el mismo sin las aportaciones de Imre Kertész en novelas como Sin destino o Liquidación, que suponen un testimonio de primera mano de alguien que fue sufrió la deportación y el confinamiento a campos de concentración en sus propias carnes.

 

     Pero aunque exista un cierto paralelismo entre el protagonista de Sin destino, György Köves, y su autor ─ambos estuvieron en los campos de Auschwitz y de Buchenwald─, no se puede afirmar que la novela sea un relato autobiográfico. Al comenzar el relato György tiene una forma de ser y una percepción de las cosas que recuerda en cierto modo al protagonista de El extranjero. La visión que tiene de los que le rodean aparece deformada bajo el peso de la ironía y tiende a aguzarse seleccionando un elemento del conjunto y exagerándolo. Así, la madre de su madrastra tiene una «cara huesuda, temblorosa y amarillenta»; la hermana de la madrastra «mofletes regordetes, mandíbula movediza y ojos húmedos»; del tío Lajos recuerda «dos manos rechazando cerdo» y del tío Vili una «cabeza calva y rosada»; la abuela ha quedado reducida a dos ojos «como insectos segregando líquidos» y el abuelo a una «minúscula cabeza de pájaro».

 

     A pesar de que van a llevarse a su padre a un campo de trabajos forzados su comportamiento es demasiado frío y egoísta: en varias ocasiones expresa su incomodidad ante el sufrimiento de su madrastra, que no puede evitar sollozar o llorar; e incluso llega a pensar que hubiese preferido que su padre ya no estuviera allí. El episodio de la despedida, del que apenas recuerda detalles, está descrito con el mayor desinterés, ya que el sentimiento más cercano al cariño que su padre despierta en él es la conmiseración, que le lleva a pensar después de abrazarle: «bueno, por lo menos se va con el recuerdo de un bonito día, el pobre».

 

     Tampoco es más favorable la impresión que causa el personaje cuando meses después de la marcha del padre ─y después de haber conocido el amor con una vecina─ es obligado a trabajar en una refinería de petróleo Shell en la isla de Csepel. Ni siquiera el permiso especial para atravesar la frontera de la aduana de que disponía evita que al poco tiempo sea confinado en una fábrica de ladrillos con todos sus compañeros y con multitud de judíos más. A los pocos días decide partir de forma voluntaria para trabajar en Alemania, con la ilusión de iniciar una nueva vida, de ver mundo e incluso de mejorar su situación. Es precisamente la ilusión y la alegría con que lo describe todo la nota predominante en aquellos primeros días, y ni siquiera el viaje en tren, hacinados en un minúsculo vagón como preludio de los horrores por acontecer, logra disipar esa alegría. El destino de ese tren no era más que Auschwitz.

 

     Y esta alegría es la nota predominante en sus primeros momentos en Auschwitz, que le llevan incluso a adoptar una actitud de desconfianza y sospecha ante los judíos que residían en el campo y de confianza ante la pulcritud y la belleza de los soldados alemanes. Sin embargo, desde el primer momento se viven escenas de una crudeza desoladora, rompiéndose familias enteras, separándose mujeres y hombres, para después ser examinados éstos últimos y clasificados en aptos y no aptos para el trabajo. György entra, junto con sus compañeros, en el grupo de los aptos, y posteriormente es conducido a otros barracones donde se desnuda, lo afeitan y se ducha. El primer golpe que le hace tomar conciencia de su situación real es la ropa de preso que se le entrega al salir de las duchas, aunque el golpe definitivo será cuando poco después ve a lo lejos a las mujeres también con las cabezas afeitadas. A partir de este momento comprende que no está de paso en el campo.

 

     Después se suceden una serie de descubrimientos que hacen que se golpee de bruces contra la realidad. La primera comida será bastante generosa en comparación con lo que más adelante tendrá que habituarse a comer: había un plato y una cuchara para cada dos personas, la sopa era incomestible ─algunos llegaron a tirarla, por ser la primera─, el pan parecía estar hecho de barro negro y al masticarlo crujían trocitos de paja y grano y la margarina se parecía a los cubitos de los juguetes de construcción. Pero lo peor fue saber que los compañeros del tren que no resultaron aptos para trabajar fueron conducidos a duchas en las que se expulsó un gas letal y que los cadáveres se quemaban en crematorios que funcionaban de forma constante por todas partes en el campo. Al fin y al cabo, Auschwitz se trataba de un campo de exterminio, muy distinto a los campos de trabajo en los que la vida es más fácil.

 

     Aunque en Auschwitz únicamente permaneció tres días el ritmo narrativo se hace tan lento que da la sensación de que transcurrieran años. Los días los describe como interminables, con dos paseos diarios la distribución de la comida, el recuento vespertino y para finalizar conversaciones con rumores y noticias y distracciones improvisadas como chistes o juegos. La nota característica de Auschwitz para György, por encima de los horrores, es la espera y el aburrimiento de la espera ─en el fondo la espera de que no pasara nada─. Después de Auschwitz es trasladado a Buchenwald, donde la vida es un poco más fácil porque a los presos se les trataba con un poco más de consideración. Por ese motivo, por comparación con Auschwitz, llega a encariñarse de Buchenwald. Sin embargo, allí sólo permanece otros tres días más para ser trasladado de forma definitiva a Zeitz.

 

     En Zeitz György experimenta una nueva forma de desconsuelo: es separado de todos sus amigos y compañeros por el capricho alfabético de los apellidos. A pesar de todo, guarda cierta esperanza bajo la expectativa de que Zeitz es un campo de concentración muy pequeño y pobre, provinciano podría decirse, que carece de crematorio. Allí conoce a un preso llamado Bandi Citrom, que le servirá de mentor y le irá enseñando algunas de las artimañas para hacer su vida más fácil en el campo de concentración. Partiendo de la idea de que «en ninguna otra circunstancia importa tanto llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando preso», lo más importante a tener en cuenta era no abandonarse, lavarse, administrar la comida para tener siempre algo que llevarse a la boca y tratar de escabullirse del trabajo cuanto fuera posible. Pero existe una diferencia fundamental entre Zeitz y los anteriores campos de concentración: en Auschwitz y en Buchenwald había permanecido tres días respectivamente, mientras que Zeitz  era su destino definitivo, el lugar al que estaba condenado de por vida.

 

     Al ver a los presos más antiguos todos dudan si merece la pena el esfuerzo de sobrevivir ─Bandi Citrom observa que al contemplarlos se quitan las ganas de vivir─, ya que se describen como «cuervos frioleros». Gyórgy no será consciente al principio, pero la única forma de lograr la supervivencia pasa por convertirse en uno de esos «cuervos frioleros». Con una perspectiva de tiempo indefinido por delante no se siente capacitado para mantener esa ejemplaridad y se va abandonando: «Ya no trataba de mirar hacia delante pero sólo veía el día siguiente, y éste era como el anterior, exactamente igual, en caso ─por supuesto─ de que siguiera acompañándonos la suerte. Ya no tenía ganas ni fuerzas para nada; cada día me levantaba más cansado: cada día que pasaba soportaba peor el hambre; me movía con más y más dificultad; todo se me volvía una carga, incluso yo mismo». Ese proceso de abandono de uno mismo es un camino de fuera hacia dentro, lo que abandona en principio es todo lo relativo al cuerpo, por lo que éste se degrada rápidamente. A causa del envejecimiento prematuro ─del que se había percatado al encontrarse en el campo con algunos antiguos conocidos─ trata de evitar cualquier contacto con su cuerpo, que cada vez le parece más raro y extraño: «Ya no podía ni verlo sin tener una sensación de desequilibrio, de horror. Con el tiempo dejé de quitarme la ropa y luego dejé de lavarme». El único consuelo que le queda es la vida interior, la imaginación, que no puede encajonarse entre las paredes de una cárcel. No obstante, esa degradación acaba pasando del plano físico al psicológico y moral, lo que afecta a su amistad con Bandi Citrom.

 

     La enfermedad hace mella en él y es trasladado a un hospital donde encuentra algunos momentos de paz y tranquilidad. Como ha quedado incapacitado para trabajar es enviado de vuelta a Buchenwald, a donde llega con un hilo de vida pero con el deseo irrefrenable de seguir viviendo ─así se ha convertido en uno de esos cuervos frioleros que tanto había temido─. En Buchenwald es la enfermedad lo que posiblemente le salve la vida, ya que es enviado a un hospital en el que recibe un trato más humano, llegando a hacer algunas amistades, en especial dos enfermeros llamados Pietka y Bohús ─éste último le entrega comida todas las semanas─. Cuando Gyórgy experimenta una ligera mejoría, pudiendo levantarse y dar paseos, comienzan a escucharse rumores inquietantes y noticias confusas y se perciben cambios inminentes. Durante unos días el caos parece invadir el campo, con órdenes continuas dirigidas a los presos. Fuera del hospital se escuchan disparos como si se estuviera entablando un combate. Y al fin, una voz de mando ordena por los altavoces la retirada del territorio del campo de los soldados de las SS. Horas después una voz indicaba por los altavoces que los presos eran libres, aunque la alegría no fue completa hasta que se comunicó que habría sopa gulash para todos.

 

     Cuando regresa a su hogar descubre que todo ha cambiado: su padre ha muerto en Mauthausen, su madrastra se ha casado con el antiguo administrador de la familia y su madre continúa viva, buscándole. El cierre de la obra es confuso y contradictorio, porque Gyórgy escucha como todos hablan a su alrededor de los horrores de los campos de exterminio sin haber tenido la experiencia de haber estado en ellos. Él no está completamente de acuerdo con ese horror; también siente una cierta nostalgia por aquellos a quienes trató ─Bandi Citrom, Pietka, Bohús─ y por la felicidad que allí experimentó, porque, en definitiva, fue esa felicidad al fin y al cabo lo que le había mantenido con vida, lo que ahora hacía que estuviera en Budapest recordando y reflexionando sobre su destino.

 

 

 

     Éste es un libro viajero

Jueves, 11 de Septiembre de 2008 20:17. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 1 comentario.






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