La piedra de Sísifo
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2009.

Reto 2008 cumplido

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     A finales de enero del año pasado descubrí gracias a Palimp la existencia de un juego titulado Viaje en libro por la Unión Europea en 366 días que consistía en leer un libro de cada uno de los 27 países de la Unión Europea. En aquel momento tenía muchos libros pendientes ─en realidad como siempre─ y mucho trabajo acumulado, así que mi intención inicial era participar y llegar hasta donde llegara, con toda seguridad no al final. El reto no lo empecé en serio hasta junio, así que realmente contaba con casi la mitad del tiempo de lectura. Sin embargo, a medida que iba avanzando me fui ilusionando más y más, y aunque en principio no esperaba poder acabarlo parece que al final sí lo he conseguido.

 

     El Reto me ha dado la posibilidad de leer algunos libros que tenía pendientes desde hace mucho tiempo, como Los viajes de Gulliver, Seda, Como una novela o El Golem; y de conocer algunas obras o autores que me han sorprendido muy gratamente, como por ejemplo Cantos de rechazo de Anise Koltz, Sigfrido de Harry Mulisch o Vacaciones en Carnac de Mika Waltari. Entre los libros que más me han gustado, además de estos últimos, habría que añadir Momo y 1984.

 

     El único inconveniente del Reto es que he tenido llevar hasta el final la lectura de algunos libros que me han resultado insoportables, fundamentalmente Memorias de África de Isak Dinesen, La partida del profesor Martens de Jaan Kross y Seis sombreros para pensar de Edward de Bono. Aún así, ha sido una experiencia muy enriquecedora que volvería a repetir sin ninguna duda. Dentro de unos días aparecerá seguramente el Reto 2009, del que informaré en su momento. Animo a todos aquellos que no hayan participado en el Reto 2008 a que lo hagan en el 2009. Yo, por mi parte, siempre con la prudencia por delante, interaré iniciarlo, aunque no aseguro nada.

 

     A continuación dejo la lista de los libros que he utilizado para el Reto 2008 dispuestos por estricto orden alfabético. Si alguien quiere ver la fecha en que los leí y la puntuación que les he dado que acceda a mi página en el Reto 2008.

 

ALEMANIA: Momo, Michael Ende

AUSTRIA: El golem, Gustav Meyrink

BÉLGICA: La vida de las abejas, Maurice Materlinck

BULGARIA: La lengua absuelta, Elías Canetti

CHIPRE: Otelo, William Shakespeare

DINAMARCA: Memorias de África, Isak Dinesen

ESLOVAQUIA: El último encuentro, Sándor Marái

ESLOVENIA: Alamut, Vladimir Bartol

ESPAÑA: La Barraca, Vicente Blasco Ibáñez

ESTONIA: La partida del profesor Martens, Jaan Kross

FINLANDIA: Vacaciones en Carnac, Mika Waltari

FRANCIA: Como una novela, Daniel Pennac

GRECIA: El tío Petros y la conjetura de Goldbach, Apóstolos Doxiadis

HUNGRÍA: Sin destino, Irme Kertesz

IRLANDA: Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift

ITALIA: Seda, Alessandro Baricco

LETONIA: Los perros de Riga, Henning Mankell

LITUANIA: El valle del Issa, Czeslaw Milosz

LUXEMBURGO: Cantos de rechazo, Anise Koltz

MALTA: Seis sombreros para pensar, Edward De Bono

PAÍSES BAJOS: Sigfrido, Harry Mulisch

POLONIA: En defensa del fervor, Adam Zagajewski

PORTUGAL: El hombre duplicado, José Saramago

REINO UNIDO: 1984, George Orwell

RUMANÍA: Mito y realidad, Mircea Eliade

REPÚBLICA CHECA: La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

SUECIA: La hija del espantapájaros, María Gripe

Viernes, 02 de Enero de 2009 00:53. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Reto 2009: Póker de libros

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     Apenas hace unos días que acabé el Reto 2008 de Meribelgica y ya me he inscrito en el correspondiente para el año 2009. Como el año pasado, me comprometo sólo a participar, pero no prometo que sea capaz de acabarlo „Ÿaunque haré todo lo posible„Ÿ.

 

     De todos modos, este año el reto me parece más abarcable, a pesar de que el número de libros que hay que leer se incrementa hasta treinta y cuatro. El Reto 2009 se plantea como una partida de póker en la que cada carta se representa con un libro leído. En realidad se compone de varios miniretos, de manera que cada lector pueda optar por hacerlo completamente o por realizar solo una parte. La gran ventaja es, por una parte, que esta vez empezaré con más tiempo, y por otra, que hay una mayor libertad en la elección de los libros, que en algunos miniretos entraña cierta subjetividad. Pero para entender perfectamente el funcionamiento, mejor que mi explicación, lean las completas instrucciones con que Meribelgica acompaña al reto.

 

     Una vez más, como el año pasado, emplazo a todos aquellos que me lean a que participen en el Reto 2009. Sólo hay que ver cómo ha crecido el número de participantes desde el Reto 2007 al Reto 2008 para darse cuenta de que con el tiempo acabará convirtiéndose en una actividad consolidada en la red.

Sábado, 03 de Enero de 2009 19:34. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Parecidos literarios razonables

     Al leer El tío Petros y la conjetura de Goldbach y ver la cara de su autor, Apóstolos Doxiadis, me sorprendo del inmenso parecido que hay entre este escritor y otro español, Rafael Reig. Llevado por este parecido razonable me ha parecido curioso buscar otros ejemplos de parecidos físicos dentro del mundillo literario. Aquí les dejo que una selección de lo que me he encontrado; quizá más adelante añada algunos más. Es cierto que algunos se parecen más que otros ─y no faltará quien diga que algún parecido es un puro producto de mi imaginación─, pero creo que no hay ninguno absolutamente arbitrario. Si alguien conoce algún parecido entre escritores que no esté incluido que me lo haga saber.

Apóstolos Doxiadis y Rafael Reig

Arthur Conan Doyle y Thomas Mann

Robert Musil y Albert Boadella

Jean Cocteau y Eduard Punset

Sthendal y Alexander Soljenitsin

José María Arguedas y Luis Cernuda

Isaac Asimov y Francisco Umbral

Antonio Arraíz y Fernando Arrabal

Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias

Arturo Capdevila y Giovanni Papini

Lunes, 05 de Enero de 2009 12:18. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

     Una de las diferencias entre la fantasía y su género fronterizo la ciencia ficción es el tratamiento que se hace en ambos del espacio y del tiempo. El primero supone la creación de un espacio y un tiempo que perfectamente puede ser ex nihilo,  mientras que el segundo parte de la premisa de que la historia se desarrolla en un futuro remoto y quizá en un lejano planeta, eso sí siempre desde el único punto de vista que nos es posible, el del ser humano. Este detalle implica que las leyes de la causalidad sean distintas: a pesar de que el efecto sea exactamente el mismo, en la fantasía las explicaciones pueden ser mágicas pero en la ciencia ficción deben tener un anclaje con la ciencia, aunque sea superficial o postizo. Por este motivo de construcción ficcional existe un ingente número de lectores aficionados a la ciencia ficción que no toleran la fantasía en el sentido tradicional de la palabra y viceversa.

 

     Clasificar las obras de ciencia ficción puede resultar una labor inabarcable, ya que se trata de uno de los géneros que ha triunfado de forma más rotunda en el siglo XX; sin embargo, después de haber leído un buen puñado de obras de este tipo me atrevo a aventurar una clasificación que nada tiene de pretenciosa: por una parte se encuentran las novelas frívolas, de divertimento, que no tienen una mayor pretensión más allá de proporcionar una distracción; por otra, las novelas que utilizan la ciencia ficción para fabular con el futuro, teorizando sobre los distintos caminos por los que puede transitar la Humanidad y sus consecuencias, de tal forma que la época futura se convierte en realidad en un instrumento para criticar el presente. La ciencia ficción es el terreno perfecto para practicar utopías, modelos de sociedades con distintas estructuras, cuyo máximo exponente son 1984 y Un mundo feliz. En Fahrenheit 451 hay algo de esto, aunque el sistema político y social aparece tratado fundamentalmente en función de sus relaciones con la concepción del libro.

 

     La acción se desarrolla en un futuro en el que está prohibido tener libros y hacerlo es un delito que puede ser castigado con la muerte ─fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel─. Recojo uno de los grandes lemas del Gran Hermano de 1984, «la ignorancia es la fuerza», para describir al protagonista, Guy Montag. Es una sociedad superficial y aparentemente apacible, en la que sus miembros, como ocurre con Montag, no se cuestionan por qué está prohibido leer libros ni sienten la curiosidad de saber qué hay en ellos simplemente porque sus conciencias están adormecidas. Existe una amnesia colectiva con respecto a cualquier régimen anterior. Como ocurre en 1984 el mundo parece haber nacido con el nuevo orden, como si siempre hubiera sido así. Eso no implica que aquí o allá puedan surgir esporádicos disidentes, capaces de arriesgar sus vidas por el amor hacia los libros, que quizá guardan un puñado de ellos debajo de la almohada o detrás de un armario, o quizá esconden una de las últimas librerías del mundo en un pequeño sótano oculto por una falsa baldosa. No es el caso desde luego de Clarisse McClellan, la vecina de Montag. No se puede considerar como una disidente ─aunque se ha criado en el seno de una familia sospechosa de poseer y leer libros─, sino que más bien implica una extraña mezcla de inocencia y de curiosidad que parece sacada de ese mundo antiguo que se ha olvidado, una forma de ser peculiar que le lleva a formular a Montag preguntas de indudable imprudencia, como por ejemplo si lee alguna vez los libros que quema o si los bomberos se han dedicado alguna vez a apagar incendios en lugar de provocarlos antes de que las casas fueran a prueba de fuego. Un personaje que no puede compararse con el de Julia de 1984 porque le falta vigor y determinación, aunque precisamente es Clarisse el detonante del cambio de actitud de Montag y el punto de partida del cuestionamiento del estado de las cosas.

 

     Montag, como Winston de 1984 o Rick Deckard de Sueñan los androides con ovejas eléctricas, trabaja para el estado, seguramente porque en los sistemas totalitarios es la única salida decente. Se podría hablar de alienación, condenados a ser una pieza más del engranaje que les sustenta y amenaza al mismo tiempo, en muchos casos impelidos a realizar acciones que van contra sus principios. Montag, por su condición de bombero, tiene acceso a libros y únicamente necesita un pequeño empujón y un desazón insoportable para ceder a la tentación de leer, un acto que tiene en un primer momento más de curiosidad que de disidencia ─recuerda a ese cuento tradicional en el que se le permite a una joven que campe a sus anchas por un castillo a excepción de una habitación, en la que no debe penetrar bajo ningún concepto─. Lo que Montag no sabe, aunque sospecha vagamente, es que el contenido de esos libros le van a cambiar para siempre.

 

     Pero el personaje más fascinante del libro no es Montag, sino su superior Beatty, un malvado digno del libro Malos y malditos de Fernando Savater, un ser que a diferencia del resto parece mantener un vestigio de la memoria ancestral del mundo antiguo. Es un auténtico hombre ilustrado, que puede recitar de memoria a Shakespeare o a Voltaire, que parece haberlo leído todo, conocer páginas y pasajes completos; pero que, convencido de la maldad de los libros, utiliza sus desorbitados conocimientos para emponzoñarlos, infamarlos o aniquilarlos. Se trata de un personaje endiabladamente astuto, que hace las veces de padre para Montag, y demuestra tener una lengua afilada, capaz de desmontar los argumentos de Montag con una demagogia que podría convencerme incluso a mí mismo. El lector se queda atónito ante semejante personaje, porque cuesta creer que haya leído tanto y que albergue tanto odio hacia los libros.

 

     Precisamente es Beatty el que explica a Montag el proceso que siguió la condena sistemática de los libros. El declive del libro comienza con el surgimiento del formato audiovisual, ya sea radio, televisión o fotografía. A continuación, debido a la falta de tiempo y a la rapidez con que se desarrolla la vida, los libros comienzan a condensarse, como ocurre de forma paródica en ese texto breve escrito por Hemingway en 1921 y titulado «Cómo condensar los clásicos», hasta hacerse finalmente innecesarios. Frente a la lectura, que es un acto individual que aisla del mundo e invita a pensar, se impone el deporte, con su espíritu de grupo y su automatismo falto de pensamiento. Al mismo tiempo Beatty plantea el argumento más falaz de todos, el de la eliminación progresiva de libros que podrían herir u ofender a las crecientes minorías, de forma que finalmente quede erradicada cualquier polémica ─«A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo»─. Lo duro, lo terrible, es que la prohibición de la lectura no se propone como una imposición desde el Gobierno, una especie de censura pérfida, sino que es lo que la población quiere y necesita. Beatty explica esta necesidad de la siguiente manera: «Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. […] ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre que leyese mucho? […] Se les dio una nueva misión [a los bomberos], como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores».

 

     Otro argumento para eliminar los libros es que producen dolor, una sensación que debe ser eliminada a toda costa, el mismo motivo por el que se dejan de realizar funerales, se queman los recuerdos, con un fuego que es «brillante y limpio». Es lo que le ocurre por ejemplo cuando Montag lee un poema al grupo de amigas de, Mildred, su esposa, cuya lectura provoca una inmensa tristeza a su amiga la señora Phelps, que acaba llorando desconsolada para sorpresa y emoción de todos los asistentes. Ante lo sucesido la señora Bowles le reprocha a Montag de la siguiente manera: «¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo». El resultado es que las casas se llenan de murales de televisión, asediados por un sucedáneo de felicidad prefabricada que se convierte en la nueva perfecta y aséptica familia, una entidad capaz de proporcionar el tipo de consuelo artificial que proporcionaba el panel de control de sentimientos en Sueñan los androides con ovejas eléctricas, una seudofamilia que no será sino el estado, tal y como se representa en 1984.

 

     El final del libro trae una de las metáforas más felices, deslumbrantes y triunfadoras de todo el siglo XX: los hombres libros. A pesar de vivir aislados, al margen de la sociedad oficial, la tenencia de papel escrito es un riesgo que se solventa memorizando los libros. Cada persona elige un libro, lo lee, lo memoriza y lo recita una y otra vez, hasta que la identificación entre persona y libro sea absoluta. En ese momento se suprimen los nombres, por innecesarios, y en el nuevo bautismo los miembros de esta secreta sociedad reciben los nombres de los libros que han memorizado, con la misión sagrada de transmitirlos de generación en generación, de procurar la pervivencia de cada joya, no ya escrita, sino, como lo fue primordialmente ─porque la escritura en el fondo es algo accesorio, secundario─, a través del lenguaje. Entre La República de Platón, Marco Aurelio, Darwin, Jonathan Swift o Buda, Montag elige un libro tan significativo como el Eclesiastés. La verdadera cultura queda en manos de vagabundos, «bibliotecas por dentro», que esperan momentos más propicios para salir a la luz, porque mantienen la esperanza de que no sea posible que el hombre viva siempre entre oscuridades; «ustedes no son importantes, no son nadie. Algún día nuestra carga puede ser una ayuda», les dice Granger ─La República─ a sus compañeros, consciente de que el papel que les ha tocado desempeñar sirve a una causa infinitamente superior.

 

     Mi pregunta, imagino que la de todos los lectores de Fahrenheit 451 al cerrar el libro, es qué libro escogería, qué libro es lo suficientemente importante como para memorizarlo, para convertirme en él, para que mi individualidad deje de tener importancia y se rinda a fines más altos. Creo imaginarlo, pero a esta pregunta responderé en otra ocasión.

 

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Miércoles, 07 de Enero de 2009 18:29. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 4 comentarios.


Apocalipsis Zombie, de Manuel Loureiro

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Apocalipsis Z de Manuel Loureiro

     Una de mis aficiones hasta ahora nunca confesada ─entre otras a las que no haré referencia─ es el cine de terror de serie B, esas típicas peliculuchas de bajo presupuesto que abundan en monstruos de goma y sangre de tomate. Y especialmente disfruto con el cine de zombies, que creo conocer bastante bien, porque no hay una sola película que no haya visto. Más de uno quizá se sorprenda o se pregunte cómo es posible que pueda tener tan mal gusto o tanta falta de escrúpulos por disfrutar viendo cómo seres humanos devoran a bocados las vísceras de otros seres humanos. Desde luego, si hay una explicación, ni yo la tengo ni esa es la intención de esta entrada.

 

     Más bien quería comunicar el hallazgo hecho a través de Un hombre sentado en una silla de una entretenida novela de zombies que se puede leer a través de internet. La entrada de Portorosa es bastante antigua, pero la tenía almacenada para cuando tuviera tiempo disponible. De hecho, esta novela ya la había visto mucho tiempo antes, pero no pude prestarle mayor atención precisamente por falta de tiempo. La novela en cuestión se llama Apocalipsis Zombie y no es más que la descripción de cómo el fenómeno zombie irrumpe en el mundo, desbastándolo y levantando sus cimientos, la lucha frenética de un puñado de personajes empeñados en sobrevivir a cualquier precio, la locura del hombre expuesto a situaciones límites. Todos los ingredientes exigibles en una buena historia de zombies, vamos. Con dos descubrimientos fundamentales: la acción se desarrolla en España ─concretamente en Galicia─ y el protagonista no es el típico héroe triunfador al que nos ha acostumbrado el género de factura norteamericana, sino que es un tipejo “normal y corriente”, con un poco de suerte y de sentido común; un ser humano, en definitiva.

 

     Como aviso a los sibaritas del estilo hay que decir se nota a leguas que la novela está escrita a la carrera, no sólo sin repasar ni corregir, sino carente por completo de cualquier tipo de intención ortográfica o gramatical. Los descuidos son frecuentes casi en cada párrafo y las tildes brillan por su ausencia. Si a este inconveniente se le añaden algunas incoherencias narrativas ─el formato de diario que va evolucionando hacia un narrador en primera persona omnisciente, aún cuando en algunas ocasiones resulta poco creíble que se escriba un diario─ debiera ser suficiente para mantener alejados a los escrupulosos del estilo. Sin embargo, a pesar de que es un aspecto que valoro profundamente en la literatura, merece la pena leer Apocalipsis Zombie, porque el autor ha sabido dosificar la intriga con gran maestría ─sí, no tengo inconveniente en usar esta palabra─, de forma que la novela se lee prácticamente sin respirar y de un tirón. En cada entrada se alcanza un punto climático que se rompe y no se resuelve hasta la siguiente (con lo que también hay que decir que he tenido suerte al leerla del tirón y no tener que esperar que vaya publicando). No sin motivo ha acabado siendo una novela con miles de seguidores en la red.

 

     Lo que más me ha fastidiado ha sido que al llegar a un punto bastante avanzado de la novela he descubierto que finalmente su autor, Manuel Loureiro ─un abogado gallego al igual que el protagonista del libro─, ha conseguido publicarla en papel en la editorial Dolmen a un precio bastante módico con el nombre de Apocalipsis Z. Como apenas me quedaba ya libro por leer y no podía esperar a ir a la librería lo he terminado acabando. Ahora no creo que me compre el libro, porque creo que no aporta nada nuevo, excepto alguna que otra revisión ortográfica y gramatical, pero si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo desde el principio lo habría hecho sin duda.

 

     Una última advertencia tengo que hacer para que después nadie me venga con quejas. La novela está completamente acabada, pero hay una segunda parte titulada Los días oscuros que retoma el hilo justamente donde lo dejó la primera, hasta tal punto que leídos seguidos se pierde la noción de continuación y parece la misma novela. Esta segunda parte no está terminada ni parece que vaya a estarlo en mucho tiempo, porque parece ser que el autor anda en paradero desconocido. El final es por tanto un corte abrupto en un momento bastante climático que en realidad no es un final. Avisados están, y aún así recomiendo muchísimo su lectura a aquellos a los que les guste el tema zombie.

 

     Si a pesar de mis intentos comerciales alguien quiere leer la novela por Internet puede hacerlo desde la siguiente página en adelante: Apocalipsis Zombie.

Martes, 13 de Enero de 2009 21:47. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 2 comentarios.


La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay

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La llave de Sarah de Tatiana de Rosnay

     Últimamente se habla mucho de la memoria histórica, que es un tema que de alguna manera siempre ha estado presente, porque al fin y al cabo, sólo olvidan quienes quieren olvidar. Polémicas aparte ─y es que esa no es la intención de este escrito─, hay un elemento que jamás cederá a las presiones de aquellos que esconden sus vergüenzas detrás de una acérrima defensa del olvido: la literatura. Simplemente comprueben, si es que pueden, cuántos libros se han escrito sobre la guerra civil. Y si hablamos de la Segunda Guerra Mundial la cifra se multiplica escandalosamente, porque son más los países que entran en juego. Sólo limitándonos a la literatura de ficción ya se podría hablar de cifras difícilmente manejables. Y es que la novela histórica, que tan de moda se ha puesto en los últimos años, además de templarios y oscuras órdenes religiosas usa este tema como una constante que se repite en un gran número de novelas. He de confesar que no frecuento demasiado este tipo de novelas, pero al mismo tiempo reconozco que hacen un importante servicio a la memoria histórica, siempre y cuando se trate de novelas bien documentadas cuya ficción no falsee por completo la historia.

 

     Algo así podría decir de La llave de Sarah. Es una novela histórica al uso, con todos los elementos recurrentes y los tópicos del género, hasta el punto de resultar un tanto previsible. Pero el servicio que presta a la memoria histórica permite que se le pueda perdonar la torpeza narrativa y que su lectura resulte cuanto menos más entretenida que un estudio histórico. Porque el episodio que sustenta y supone el punto de partida de La llave de Sarah es posiblemente el acontecimiento francés más oscuro de la Segunda Guerra Mundial: la Redada del Velódromo de Invierno. Con el apoyo del gobierno de Vichy, la policía francesa detuvo a más de doce mil judíos, entre ellos más de cuatro mil niños, y los condujo a varios campos de concentración ─Drancy, Beaune-la-Rolande, Pithiviers─ o al Velódromo de Invierno, donde permanecieron sin agua ni alimentos durante cinco días, hasta que finalmente fueron conducidos a Auschwitz donde fueron exterminados. La policía francesa únicamente tenía órdenes de detener a los adultos, pero el arresto incluyó a niños de entre dos y doce años. Como consecuencia, fueron separados de sus padres durante tres días, y posteriormente enviados también a Auschwitz, en donde fueron ejecutados sin ningún tipo de selección.

 

     La novela de Rosnay se centra en la historia de la pequeña Sarah, una niña de once años que vivió los horrores de aquel macabro acontecimiento pero que consiguió escapar del Velódromo, aunque tuvo que vivir el resto de su vida con la huella de aquella experiencia. Rosnay no se anda por las ramas y describe sin pelos en la lengua ni tapujos, con toda la crudeza inimaginable, la situación que vivieron esos niños, desde la óptica de una de sus protagonistas. Hay pasajes que resultan más fuertes que los descritos en Sin destino, que habla de la supervivencia en Auschwitz, quizá porque en este caso los protagonistas son niños pequeños, separados de sus padres, desorientados y confusos. La misma Sarah, que en un primer momento percibe la situación con toda la inocencia de un niño ─y es eso lo que la lleva a encerrar a su hermano en el armario─ se ve obligada a madurar en cuestión de horas. Resulta curioso comprobar cómo los papeles de Sarah y de su madre se invierten: la niña asume el rol de adulto, mientras que el adulto experimenta una regresión. Sarah, rodeada de una multitud de niños desamparados, tiene que ejercer de madre, cuidándolos, contándoles cuentos, o simplemente expresándoles cariño.

 

     Uno de los aspectos más sorprendentes de La llave de Sarah es la postura tomada por una gran parte del pueblo francés. Es cierto que las circunstancias históricas eran otras, que los franceses vivían entre el miedo y la propaganda alemana, pero eso parece insuficiente para explicar determinadas actitudes. Sarah muestra su confianza en varias ocasiones sustentada sobre el hecho de que la policía es francesa y no alemana; sin embargo, esa policía se muestra inflexible e implacable hasta tal punto que se percibe un exceso de celo con respecto a las órdenes alemanas: la forma en que tratan a los judíos es la misma que la de los nazis. El pueblo llano, salvo en contadas ocasiones, prefiere vivir mirando hacia otro lado, posiblemente para no meterse en problemas ─y ayudar a un judío podía traer muy graves consecuencias─. El verdadero problema es averiguar si este mirar hacia otro lado es desconocimiento verdadero, miedo o simplemente indiferencia. Muchos testimonios se decantarán por la primera opción.

 

     Es normal que el pueblo francés sienta vergüenza de este episodio y prefiera evitar hablar de ello, un sentimiento que aún hoy en día sigue siendo muy frecuente en Alemania. Esto es lo que Julia Jarmond, una periodista norteamericana afincada en París, es lo que se encuentra a lo largo de su investigación sobre la Redada del Velódromo para un artículo periodístico. A su alrededor todos prefieren olvidar, no remover viejas heridas que nada pueden aportar al presente salvo dolor. La búsqueda de Julia será precisamente un buceo en las profundidades de la memoria, hasta desenterrar oscuros secretos que de otra forma hubieran permanecido ocultos. La memoria histórica, como algo más que acontecimientos que homenajear en actos oficiales, supone una forma de redención. Obsesionará a Julia hasta marcar su vida para siempre y creará un torbellino que arrastrará a toda su familia y que lo cambiará todo.

 

     La historia se plantea en principio de forma paralelística. Los capítulos que cuentan la historia de Sarah se alternan con los de Julia. La estructura no puede ser más tópica: la novela se sitúa en la actualidad, en donde un personaje va realizando unas pesquisas para descubrir la verdad de un acontecimiento histórico. Las dos tramas, planteadas en un primer momento como independientes y paralelas, van encontrando puntos de unión hasta que se funden definitivamente en la historia de Julia, que podría considerarse como la verdadera protagonista del libro.

 

     La vida de Julia, condicionada, eso sí, fuertemente por la de Sarah, resulta un aderezo al uso que posiblemente sobra en el libro. Su crisis matrimonial, el fantasma de la vejez, la llegada de un bebé y la posibilidad de abortar, la dificultad en sus relaciones con la cultura francesa… todo ello está relacionado con Sarah pero al mismo tiempo dispersa la atención de la historia central sin que consiga su objetivo del todo ─que por supuesto es tratar de mostrarnos como el pasado puede condicionar nuestro presente─. Hay paralelismos simbólicos muy significativos, como por ejemplo el hacer coincidir el día de conmemoración de la redada con el día elegido para abortar o el llamar Sarah a su nueva hija. De alguna manera se intenta transmitir un mensaje de esperanza en la vida que suena algo manido, como si la verdadera Sarah se hubiese conseguido perpetuar en la hija de Julia, como si finalmente todo el horror del holocausto fuese vencido con el nacimiento de un niño.

     Mucho se sabe sobre el papel que jugaron determinados países frente al holocausto. Francia esté quizás en el polo opuesto. Libros como el de Tatiana de Rosnay ayudan a recordar que el holocausto se llevó a cabo con el consentimiento de determinados gobiernos que, si bien cumplían órdenes, quizá debieron haberse mostrado más compasivos. Parece mentira que un episodio tan espeluznante como el que se describe en este libro haya acontecido en ese gigante cultural, bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad que es París. Nunca olvidemos el pasado, que nos sirva de reflexión, acaso con la esperanza de no volver a caer en la misma piedra. Zakhor, Al Tichkah.

 

 

     Este libro es una carta de póker

Viernes, 16 de Enero de 2009 19:09. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


El oro de los sueños, de José María Merino

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El oro de los sueños de José María Merino

     El descubrimiento de América es uno de esos acontecimientos históricos que ha hecho correr ríos de tinta en la literatura ─aún cuando se puede afirmar con rotundidad que ya se ha escrito sobre casi todo─, desde la obra que inaugura el género, los Diarios de Cristóbal Colón, hasta las visiones más completas y distanciadas, como la que aparece en algunos libros de García Márquez. Encontrar en las puertas del siglo XXI una novela que ofrezca una perspectiva novedosa resulta un hallazgo sorprendente y valioso. La obra que José María Merino ha escrito sobre este acontecimiento histórico, si bien no merece encontrarse entre esos hitos, no deja de ser significativa por tener la peculiaridad de estar dirigida fundamentalmente a adolescentes. Merino, más conocido como autor de cuentos y microrrelatos (del que ya he reseñado aquí mismo Cuentos del libro de la noche) en su ciclo americano sigue  algunos de los patrones de la literatura para jóvenes: los protagonistas son adolescentes, las aventuras se suceden a un ritmo trepidante y las obras se componen formando un ciclo, en este caso una trilogía, Las crónicas mestizas.

 

     Lo cierto es que el término mestizo le viene que ni pintado al ciclo, porque eso es precisamente su protagonista, Miguel: un hijo de un conquistador español y de una indígena. El viejo binomio de civilización y barbarie, que se ha ido repitiendo hasta la saciedad en las obras americanas, vuelve a aparecer, recurrente en cada página, en cada palabra, gesto o pensamiento del pequeño Miguel. Esta dualidad se manifiesta prácticamente a cada paso de Miguel, que en muchas ocasiones Miguel se siente confuso, indeciso sobre qué parte de la balanza inclinarse. En apariencia está decididamente del lado de los conquistadores, porque esa es la sociedad en la que se ha criado, pero secretamente su sangre pugna por comprender a los asustados indígenas, y su determinación llega a quebrarse en muchos momentos.

 

     El abuelo de Miguel, más apegado a la tierra y a las tradiciones indígenas que su nieto, expresa la naturaleza de esta verdad con las palabras más certeras y brillantes: «Tú verdaderamente eres de los dos [mundos], de ambas harinas estás amasado. Las dos sangres cruzan tus venas, ambas baten en tu corazón. Eres de la estirpe de los hijos del Sol, y de nuestra estirpe, que viene del maíz. No puedes dejar de pertenecer a ambos. Estar así constituido no es común, ni fácil: mas debes obligarte a que nunca se pierda en ti el equilibrio de las partes». Para el abuelo de Miguel ya todo está decidido, porque al ser indígena se ve obligado a pertenecer al «tiempo viejo» y a vivir en «este tiempo que estamos viviendo», a aparentar ser cristiano y a rendir culto secreto a los primitivos ídolos prohibidos.

 

     El camino inverso al del abuelo de Miguel es el que sigue su padre, que aparentemente ha muerto defendiendo heroicamente a la cruz cristiana, pero que en realidad ha cedido lo que de civilización tenía a la aparente barbarie, con la diferencia de que en este segundo caso la entrega es hasta cierto punto voluntaria. El padre de Miguel ha entregado todo lo que tenía de civilizado para dejar paso a un hombre completamente nuevo, según sus palabras: «Durante mucho tiempo, no pude regresar. Luego, algo murió dentro de mí, algo nació. Ya no soy aquel hombre, Miguel». No, ya no es el padre de Miguel, sino el cacique de un poblado indígena que ha roto todos sus lazos de unión con el tiempo anterior y se ha adaptado de nuevo al «tiempo viejo». En este caso, el triunfo de la barbarie frente a la civilización es más que evidente.

 

     El último personaje que representa este binomio, quizá desde la perspectiva más trágica, es el pequeño Ginés. Se trata del indígena más puro, el intermediario más cercano a la barbarie, con conocimiento en diversas lenguas primitivas que le permiten actuar de interprete. A tal punto llega esa cercanía con la tierra que llega a traicionar a los suyos, a los hijos del sol, por los recuerdos que tenía de su infancia. Sin embargo, finalmente triunfa en este caso la civilización, porque después de convivir con ellos un día descubre que ese no es el mundo al que pertenece, y decide volver al campamento, con los suyos ─los remordimientos por la traición le acompañarán durante mucho tiempo─. Así pues, cada uno de estos intermediarios tiene que vivir con el peso de ambos extremos, hasta que finalmente se decantan por uno o por otro.

 

     Desde un punto de vista más superficial, el enfrentamiento entre civilización y barbarie, entre conquistadores e indígenas, será brutal. La explicación de la actitud hostil que adoptan los indígenas ante la llegada de los conquistadores la da uno de los tripulantes: «Ya pasaron por aquí los descubridores. Éstos no son aquellos indios que encontró don Cristóbal Colón, tan mansos, que le llevaban, con amor, de comer y de beber». Efectivamente, se puede comprobar fácilmente en qué momento de la conquista americana nos encontramos a través de la evolución de la figura del buen salvaje, que Colón describiera en sus Diarios. Los indígenas que se encuentran Miguel y sus compañeros de aventuras ya han tenido contacto con otros conquistadores, y con toda probabilidad algún desencuentro les ha vuelto hostiles. A partir del desembarco comenzará una serie de enfrentamientos que irán mermando las tropas conquistadoras hasta dejar un puñado de supervivientes. Los pocos indígenas pacíficos que los conquistadores se encuentren a su paso se volverán en su contra por las consecuencias de su desmedida sed de oro.

 

     Sí hay algo que es común a los Diarios de Colón: la descripción mítica y casi mágica que se hace del espacio. Cuando se describen unos pescados, por ejemplo, se alude a su enormidad desproporcionada, y de uno de ellos en concreto Miguel cuenta que «tenía el labio superior en forma de pala, tan largo como un tercio de su cuerpo». Esta concepción mágica del mundo, comprensible por otra parte porque los personajes se encuentran en un entorno completamente nuevo, se ve además alimentada por elementos paganos que provienen de la parte indígena. En varias ocasiones Miguel cree ver «signos y presagios de lo que va a ocurrir», ya sea un calamar gigante o el Fuego de San Telmo que aparece sobre los mástiles de su barco. El mismo Fray Bernardino, representante máximo del cristianismo en el libro, participa en estos funestos augurios con un presagio que profetiza el resultado final de la expedición.

 

     Este presagio de fray Bernardino hace precisamente referencia al tema central de El oro de los sueños, que es la desquiciada avaricia de los hombres, la cual le lleva a emprender empresas abocadas desde el primer momento al fracaso, cegados absolutamente ante las consecuencias de sus actos. Fray Bernardino dirá sobre la avaricia y la sed de oro de los hombres: «Es esa enfermedad del oro. Les roe las entrañas como un cáncer. Bajo su signo se hacen lobos feroces. La imaginación de ese brillo les vuelve la vigilia ensoñación y quimera». El oro ─no la curiosidad exploradora o la necesidad de colonizar nuevas tierras o de convertir a paganos─ es la causa fundamental de que se organice la expedición; el oro es, asimismo, la causa del fracaso de la expedición y la causa de la hostilidad de los indios. Por supuesto, los indígenas, ajenos a la imperiosa necesidad del oro, no entienden por qué esos «hijos del sol» son capaces de las mayores barbaridades para conseguir el metal precioso. La cacica del supuesto gran reino de Yupaha describe con auténtico terror la obsesión por el oro de los conquistadores, una obsesión que acaba derivando en locura: «Sólo soñaba oro, oro, y todo el oro de su sueño se iba vertiendo en el mundo como la avalancha de una riada. Era terrible el dios de aquel hombre […] Aquel hombre estaba preso de alguna desventurada maldición, que le hacía ver como verdaderas las sombras de su fiebre».

 

     Es precisamente la locura que afecta a fray Bavón cuando conoce el tesoro descubierto por Miguel y Juan. La frase pronunciada por el clérigo en su descubrimiento hace que las palabras de la cacica tengan más sentido que nunca, ya que fray Bavón compara el metal dorado con Dios, en una frase que es claramente sacrílega: «Es oro cierto, tan puro como la hostia bendita». Efectivamente, el oro como nuevo ídolo ─con inconfundibles resonancias bíblicas─ sustituye al antiguo dios cristiano, que deja de tener valor. En pocos minutos la locura de fray Bavón se hace evidente a los ojos de Miguel: «En la contemplación y manoseo del tesoro se mantuvo entretenido bastante tiempo. Hablaba para sí, con murmullo ininteligible. De pronto salió de su arrobo y nos miró, y yo recordé aquellas palabras de fray Bernardino, mi buen maestro de latín, cuando me dijo que el oro volvía lobos feroces a los conquistadores. Pues en los ojos y en las muecas de fray Bavón había un brillo fiero».

 

     Esa avaricia, esa infinita sed de oro, que acaba desembocando en locura ciega, resulta destructiva. Demetrio Valladolid y sus hombres por una parte y fray Bavón por otra son los ejemplos perfectos. Únicamente aquellos que se mantienen al margen del oro, relativamente inmunizados, consiguen sobrevivir. Finalmente el tesoro descubierto se reparte entre cada uno de los mermados expedicionarios. Para Miguel, sin embargo, el tesoro es lo de menos: sólo piensa en su madre y en su familia ─tanto es así que le entrega la gema que previamente le había dado fray Bavón antes de morir─. En definitiva, no es el oro lo que desvela los sueños de Miguel: la aventura ha resultado ser un viaje iniciático que le ha convertido en adulto. La niñez ha quedado atrás y él, lleno de nuevos conocimientos y experiencias, nunca volverá a ser el mismo (como ocurre en tantos libros de adolescentes, La isla del tesoro por citar uno de los más paradigmáticos).

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Martes, 20 de Enero de 2009 18:39. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Guerra Mundial Z, de Max Brooks

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Guerra Mundial Z de Max Brooks

     No hace mucho tiempo confesaba mi pasión por el cine de zombies a raíz de una novela publicada por Internet a modo de bitácora con el título de Apocalipsis Zombie. Hoy vuelvo a mencionar una vez más el tema para hablar de una novela bastante reciente que se ha convertido en un bestseller, quizá no tanto en España como en Estados Unidos, un país donde las películas de Georges A. Romero forman parte de la cultura popular. Me refiero a Guerra Mundial Z, escrita por Max Brooks, que es hijo de ese genio del humor que es Mel Brooks y que anteriormente había publicado un libro que se convirtió en todo un hito, Zombi: Guía de supervivencia: Protección completa contra los muertos vivientes (publicada en la editorial Berenice). Los planteamientos de ambos libros se alejan del esquema novelístico tradicional ─de lo que Apocalipsis Z pecaba en excesp─ y se presentan en forma o bien de ensayo o bien de informe.

 

     Precisamente esto último es Guerra Mundial Z: un informe encargado a Max Brooks por las Naciones Unidas sobre la «Plaga Andante», más conocida como Guerra Mundial Z. La acción se desarrolla en una sociedad postapocalíptica, partiendo de la premisa de que ya se ha desarrollado la guerra contra los zombies, un conflicto que casi extingue a la Humanidad y que destruye el mundo tal y como lo conocemos para dar paso a otro nuevo mundo que trata de recuperarse a duras penas. En ese nuevo mundo Max Brooks va recopilando testimonios de todo el planeta al tiempo que los va ordenando para construir una visión cronológico de cómo se desarrollo el conflicto desde la aparición de los primeros casos hasta el desenlace de la guerra a favor de los vivos, pasando por el «Gran Pánico» o el desarrollo de la guerra.

 

     Lo novedoso del libro de Brooks es que aprovecha un tema en principio tan superficial como el de los zombies ─y digo superficial por el tratamiento que se le ha venido dando─ para hacer una poderosa crítica social contra los sistemas políticos actuales, y especialmente contra el estadounidense. La forma en que este gobierno gestiona la crisis, la manera en que encubre los primeros casos, los minimiza y cómo posteriormente manipula a la sociedad para hacerles pensar de una determinada manera consigue poner los vellos de punta por cuanto puede aplicarse a situaciones muy actuales y que nada tienen que ver con la ciencia ficción del Apocalipsis zombie. Sólo cuando el problema se ha vuelto ya inmanejable, sólo cuando la situación se desborda, entonces los gobernantes de turno recogen sus bártulos, seguramente para ocultarse en la seguridad de algún búnker en las entrañas de la tierra.

 

     Pero hasta el último momento, mientras quedara un resquicio de esperanza, estaban en juego unos votantes que llevarían a afirmar a un personaje del libro lo siguiente: «En política, te centras en las necesidades de tu base de poder. Si los mantienes contentos, ellos te mantienen en tu despacho». ¿De qué hubiera servido contar toda la verdad? Únicamente habría producido protestas, disturbios, daños en la propiedad privada que no hubieran solucionado nada, sólo acelerado y agravado el problema. Con todo el cinismo del mundo este mismo político confiesa: «¿Se puede solucionar la pobreza? ¿Se puede solucionar el crimen? ¿Se pueden solucionar las enfermedades, el desempleo, la guerra o cualquier otro herpes social? Claro que no. Sólo puedes intentar que sean lo bastante manejables para que la gente siga con su vida».

 

     En la base de toda batalla, por debajo de cualquier guerra, lo que permite que gane uno u otro bando es el miedo: «la verdadera batalla no consiste en matar, ni siquiera en herir al otro, sino en asustarlo lo suficiente para que lo deje. Acabar con la moral del contrario, eso es lo que intenta cualquier ejército que quiera triunfar». Sin embargo, en la guerra contra los zombies el ser humano se encuentra con un adversario incapaz de sentir miedo. No importa a cuántos zombies se mate, no importa a qué torturas se les someta ni la potencia de las armas que se utilicen: jamás sentirán miedo, biológicamente son incapaces de hacerlo. Y este es precisamente el punto flaco del ser humano.

 

     Del miedo se dice en el libro que es «la mercancía más valiosa del universo». Basta encender la televisión para comprobar que lo que vende la gente es miedo, miedo de «vivir sin sus productos», «miedo a envejecer, miedo a la soledad, miedo a la pobreza, miedo al fracaso… El miedo es la emoción más básica que tenemos, es primitiva». Y por supuesto, en una sociedad que se derrumba a causa del miedo siempre surgen buitres dispuestos a sacar su tajada con el miedo de los demás. Así se entiende que la prensa y los medios de comunicación colaboraran con los gobiernos para acallar la crisis y minimizar los daños. Al ser propiedad de algunas de las empresas más grandes del mundo, sus compañías se habrían hundido si una ola de pánico hubiese golpeado la bolsa.

 

     Pero el precio que la Humanidad tiene que pagar por vencer la Guerra Mundial Z es demasiado alto, tan alto que no está claro que sea precisamente una victoria. Porque para sobrevivir el ser humano se ve obligado a sacrificar el que probablemente sea su bien más preciado: su humanidad. Todas las sociedades del mundo aplican en menor o mayor medida el llamado plan Redeker, que consiste en abandonar a los más débiles a su fortuna, en seleccionar cuidadosamente a la población que se salva según unos parámetros médicos, intelectuales o monetarios. Los abandonados no se convierten sólo en una presa fácil para los zombies, sino que se utilizan como un cebo, como medida de distracción, mientras que el resto de los supervivientes pueda reorganizar un plan de defensa y ataque. El mundo fue salvado por un tipo que se describe como un individuo que «creyó que el defecto fundamental de la humanidad era la emoción» y que predicaba que «la primera víctima del conflicto tiene que ser nuestro sentimentalismo». La descripción de la guerra es en muchos casos un detallado análisis de cómo se fue perdiendo esa humanidad, de cómo fueron abandonados o asesinados decenas de miles de personas. Son actos que en algunos casos llegan al canibalismo, lo cual encierra la ironía de convertirnos en uno de ellos para sobrevivir.

 

     Aunque el conflicto descrito por Max Brooks sea el de un hipotético mundo dominado por los zombies, la respuesta que los seres humanos adoptan ante la guerra sí tiene un sabor a universal. El hecho de que el enemigo sea zombie implica que la guerra tenga unas particularidades muy concretas ─la más importante y decisiva es que supone el primer conflicto realmente mundial de la historia del hombre─, pero las reacciones son semejantes a las producidas ante cualquier guerra. El auténtico enemigo no eran los zombies, «el enemigo era la ignorancia; las mentiras, las supersticiones, la mala información y la desinformación. A veces no había información ninguna. La ignorancia mató a miles de millones de personas y provocó la Guerra Zombi». Unas palabras que no pueden ser más acertadas y actuales; un libro, en definitiva, para reflexionar sobre los instintos que mueven a los hombres en tiempos de guerra.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Sábado, 24 de Enero de 2009 17:25. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Cuando un niño no lee...

     A través de La maldición de Sísifo descubro este entrañable anuncio que sirve como magnífico acicate en el fomento de la lectura de los más pequeños. Y es que cuando un niño no lee, la imaginación desaparece…

Domingo, 25 de Enero de 2009 21:55. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 1 comentario.


Diario, de Ana Frank

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Diario de Ana Frank

     Los que llevamos ya algunos años en este mundo cibernético hemos ido viendo con el paso del tiempo cómo ha ido evolucionando el concepto de «diario» gracias a las tecnologías. La introspección quizá siga siendo la misma, pero la intimidad connatural al género se ha visto disminuida a través de la existencia de plataformas como las bitácoras o las páginas web personales. La difusión de la mayor parte de estos diarios es tan poco significativa que realmente es fútil hablar la pérdida de intimidad; pero no nos confundamos, en muchas ocasiones los diarios ─y epistolarios─ de insignes escritores son realizados con plena conciencia de una futura publicación. Algo así ocurre con el Diario de Ana Frank, posiblemente el diario por antonomasia, el único que da título a una obra que necesita el acompañamiento del nombre de su autora como si fuera una extensión del título.

 

     Sobre el Diario de Ana Frank se han escrito una cantidad desbordante de páginas, lo que convierte a esta obra es un libro prácticamente inabordable en una breve reseña. Sin embargo, intentaré añadir algunas palabras a esa montaña bibliográfica que no serán sino una lectura bastante personal de este libro que se ha convertido en un símbolo de la historia reciente. Un símbolo que en ocasiones amenaza con aplastar y sofocar a la propia obra: muchas gentes a lo largo de todo el mundo han convertido este diario en lo que no es, en la representación del Holocausto nazi, como si la tragedia de Ana Frank fuera la de millones de judíos de la Europa nazi. No es que la historia de Ana Frank no sea representativa ni tampoco que su destino final no sea el de todas esas víctimas del Holocausto, pero no hay que olvidar que ─y aquí recojo palabras textuales de Miep Gies, aparecidas en la biografía de Ana Frank de Melissa Müller y que yo recojo de la wikipedia─ «la vida y la muerte de Ana era su propio destino, un destino individual que se repitió seis millones de veces. Ana no puede, y no debe, representar a los muchos individuos a los que los nazis robaron sus vidas… Pero su destino nos ayuda a aceptar la inmensa pérdida que sufrió el mundo por culpa del Holocausto»

 

     Lo que hace que Ana Frank se identifique con el pueblo judío es su trágico final, pero el desarrollo de su Diario la cuestión judía, las opiniones sobre política, los sentimientos que en ella provocaba el Holocausto no siempre está presente. Es cierto que estos elementos se manifiestan en el Diario, pero por encima de ellos, el Diario es una obra que describe el paso de una joven de la niñez a la adolescencia y de la adolescencia a la madurez en unas circunstancias extremas.

 

     De hecho, la evolución que sufre Ana Frank a lo largo del tiempo es más que visible a través de sus entradas: al principio observa al mundo como una entidad permanentemente hostil ─aún salvando a su padre en las ocasiones en que no da la razón a su hermana Margot─, reservando palabras de extremada dureza para su madre, su hermana, los señores Van Daan, o Dussel, el último inquilino; más adelante sabrá desarrollar una cierta comprensión y empatía que la llevará a un entendimiento con su madre o con la señora Van Daan. Es cierto que Ana nunca sintió un vínculo de unión significativo hacia su madre, y esta circunstancia llegó a torturarla, consciente de sus necesidades afectivas incompletas. Después de haber superado parcialmente su desbordada pasión amorosa hacia Peter, cuyo punto álgido es tremendamente adolescente, y aún después de haber escrito una carta tremendamente dura dirigida a su padre, Ana empieza a demostrar una madurez que se vio obligada a asumir antes de tiempo a causa de sus circunstancias. En un ambiente tan hostil no había lugar para una niña.

 

     Sobre esa evolución Ana escribe lo siguiente en los días finales del Diario: «Cuando me pongo a pensar en la vida que llevaba en 1942, todo me parece tan irreal. Esa vida de gloria la vivía una Ana Frank muy distinta de la Ana que aquí se ha vuelto tan juiciosa. Una vida de gloria, eso es lo que era. Un admirador en cada esquina, una veintena de amigas y conocidas, la favorita de la mayoría de los profesores, consentida por papá y mamá, muchas golosinas, dinero suficiente… […] Veo a esa Ana Frank como a una niña graciosa, divertida, pero superficial, que no tiene nada que ver conmigo […] Ahora examino mi propia vida y me doy cuenta de que al menos una fase ha concluido irreversiblemente: la edad escolar, tan libre de preocupaciones y problemas, que nunca volverá. Ya ni siquiera la echo en falta: la he superado. Ya no puedo hacer solamente tonterías; una pequeña parte en mí siempre conserva su seriedad» La duplicidad o la contradicción entre esa «niña graciosa, divertida, pero superficial» y esa nueva seriedad es una de las obsesiones más importantes de la última Ana. No es sino el resultado del paso de la adolescencia a la madurez, la búsqueda de su propia personalidad, las contradicciones de un carácter que está en plena formación.

 

     A tal punto llega su madurez que en las últimas entradas da la sensación de ser una persona completamente nueva. Su introspección se intensifica sobre todo en torno al tema de la libertad y de la propia personalidad. Ana demostró tener siempre un penoso concepto de sí misma: su carácter activo y extrovertido y su tendencia a hablar y a hacer bromas constantemente ─una forma de ser que le hizo “triunfar” en su clase─ le valió más de un reproche dentro de la casa por parte de su madre y de la señora Van Daan. Ana llega a aceptar a regañadientes que esa es su forma de ser, pero al mismo tiempo se da cuenta de que ese temperamento sólo le acarrea problemas. En las últimas entradas reflexiona sobre la existencia de dos Anas, una “buena” y otra “mala”. La “buena” era una Ana seria, reflexiva, introspectiva e introvertida; la Ana “mala”, en cambio, era la joven inquieta, extrovertida y bromista a la que todos reprochaban su comportamiento. Ella deseaba ser la Ana “buena”, pero los demás se lo impiden, lo que implica que siempre acabe ganando su parte superficial, por miedo a que encuentren su lado oculto como ridículo o sentimental. Ni siquiera ante Peter puede mostrar ese lado oculto, ya que él tampoco le ofrece la confianza que necesita, y únicamente cuando está sola, y en su Diario, puede mostrar esa cara.

 

     En cuanto al tema de la libertad también se produce una evolución muy significativa. En los primeros días Ana escribe que no le desagrada estar escondida, que si siente «como si estuviera pasando unas vacaciones en una pensión muy curiosa» Pero pronto cambia su impresión sobre la necesidad de permanecer encerrados y ocultos: «Me angustia más de lo que puedo expresar el que nunca podamos salir fuera, y tengo mucho miedo de que nos descubran y nos fusilen» Más adelante escribe unas bellísimas palabras que son un grito lleno de desesperación por el mundo que ha perdido con el encierro: «deambulo por las habitaciones, bajando y subiendo las escaleras, y me da la sensación de ser un pájaro enjaulado al que le han arrancado las alas violentamente, y que en la más absoluta penumbra choca contra los barrotes de su estrecha jaula al querer volar. Oigo una voz dentro de mí que me grita: ¡Sal fuera, al aire, a reír! Ya ni le contesto; me tumbo en uno de los divanes y duermo para acortar el tiempo, el silencio, y también el miedo atroz, ya que es imposible matarlos» En las últimas entradas, con la llegada de la primavera, las alusiones a la Naturaleza se multiplican: Ana tiene una apabullante necesidad de respirar aire puro, hasta el punto de que sus pensamientos sobre la Naturaleza rozan una especie de panteísmo bucólico.

 

     Pero si alguien pretende conocer de primera mano la penosa situación de los judíos en la Europa nazi se equivoca al pensar que el Diario de Ana Frank pueda ofrecer una información detallada. El punto de vista de Ana es el de una adolescente enclaustrada, y como tal tiene reducidos conocimientos sobre la situación de los judíos. Sus informaciones se limitan al puñado de personas que les protegen y que están en contacto con el exterior y a las sesiones diarias de radio ─exclusivamente inglesas, con la prohibición de escuchar cadenas alemanas─. En el Diario no aparecen detalles excesivamente degradantes, al estilo de novelas como Sin destino de Irme Kerstész. Ana llega a decir, por ejemplo: «El ambiente de la población no puede ser bueno; todo el mundo tiene hambre, la ración semanal no alcanza ni para dos días, salvo en el caso del sucedáneo del café. La invasión se hace esperar, a los homjbres se los llavan a Alemania a trabajar, los niños caen enfermos o están desnutridos, todo el mundo tiene la ropa y los zapatos en mal estado» En varias entradas Ana ofrece información sobre el exterior, pero no es esa la tendencia del Diario. Finalmente Ana tuvo que conocer la realidad del Holocausto en primera mano: pasó por Auschwitz y acabó sus días en Bergen-Belsen, donde murió a consecuencia de una epidemia de tifus. Pero eso, evidentemente, ya no es materia del Diario.

 

     No voy a entrar en polémicas sobre la publicación del Diario ni daré pábulo a aquellos insignificantes que se empeñan en negar su veracidad o en negar la existencia de Ana Frank, que curiosamente son los mismos que niegan la existencia del Holocausto ─e incluso hay algún ignorante que aceptando el Holocausto niega que Hitler fuera consciente de su existencia─. Lo que pone los vellos de punta al leer el Diario, lo que resulta demoledor para la conciencia, es la frustración de comprobar el final de una joven que tantas esperanzas tenía puesta en sí misma, que había hecho tantos planes con su vida, que quería convertirse en una famosa escritora, que llegó a escribir palabras como éstas: «No quiero haber vivido para nada, como la mayoría de las personas. ¡Quiero seguir viviendo, aun después de muerta! Y por eso le agradezco tanto a Dios que me haya dado desde que nací la oportunidad de instruirme y de escribir, o sea, de expresar todo lo que llevo dentro de mí. Cuando escribo se me pasa todo, mis penas desaparecen, mi valentía revive. Pero entonces surge la gran pregunta: ¿podré escribir algo grande algún día? ¿Llegaré algún día a ser periodista o escritora? ¡Espero que sí, ay, pero tanto que sí! Porque al escribir puedo plasmarlo todo: mis ideas, mis ideales y mis fantasías»

 

     El único consuelo que queda después de leer el Diario es que Ana consiguió finalmente lo que se proponía: seguir viviendo aún después de muerta, vivir en la memoria colectiva de la Humanidad, vivir en una Fundación que tanto ha trabajado por fomentar el diálogo entre culturas, religiones y razas; al fin y al cabo, convertirse en escritora, no sólo por su Diario, sino también por esa deliciosa colección de relatos titulada Cuentos del escondite secreto.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Martes, 27 de Enero de 2009 23:16. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 1 comentario.


La escafandra y la mariposa, de Jean-Dominique Bauby

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La escafandra y la mariposa de Jean-Dominique Bauby

     Hace algunos años conocí a través de Cierzo la existencia de un libro titulado La escafandra y la mariposa que me dejó completamente perturbado. María Dubón, con la brevedad y lucidez que caracterizan sus entradas, dejó por escrito en apenas dos esbozos la historia de Jean-Dominique Bauby, el autor del libro. Una historia que en un primer momento me dejó conmocionado y que dio como resultado un libro cuya lectura he ido postergando, hasta olvidarlo incluso, pero que finalmente he recordado y que se ha vuelto tan ineludible que ya no me ha resultado posible seguir retrasándola.

 

     Lo que María Dubón comentó en aquel momento fue que Jean-Dominque Bauby sufrió en 1995, a los 44 años, un problema cardiovascular que le provocó una parálisis de todo su cuerpo ─locked-in syndrome o “síndrome de cautiverio”─, con excepción de una única parte: su párpado izquierdo. Este elemento se convirtió en una único contacto con el mundo, en la única forma de certificar al exterior que dentro de ese cuerpo inerte aún sobrevivía un ser humano consciente. Y fue precisamente a través de ese ojo, a través del parpadeo, la forma en que Bauby volvió a hablar con el mundo. El método, sencillo pero lento y laborioso: una ordenación alfabética con un criterio estadístico y un pestañeo al llegar a la letra indicada permitía ir anotándolas en un papel y uniéndolas en palabras, frases o páginas. Y precisamente uno de esos mensajes, tal vez el más largo y complicado ─ya que tenía que componerlo, revisarlo y memorizarlo para después dictarlo─ y quién sabe si el más bello o el más emotivo, es este pequeño librito titulado La escafandra y la mariposa.

 

     Creo que el primer referente que puede venir a la cabeza con la lectura del libro es Ramón Sampedro, abriendo un posible debate sobre la eutanasia. No se confundan: la relación es meramente personal. En La escafandra y la mariposa en ningún momento se plantea la eutanasia, y Bauby demuestra una increíble entereza al no pensar ni una sola vez en la posibilidad de morir ─y si lo hizo no fue ese el tono que quiso darle al libro─. Más bien al contrario: La escafandra y la mariposa, por encima de todo, está llena de ganas de vivir, de tirar adelante. Por supuesto, no todos los momentos son alegres, pero es esa mezcla de tristeza, de aceptación, de humor y de ironía lo que deja impactado. Lo que Bauby demuestra es que una persona en las mismas circunstancias que Sampedro puede tener una visión y una perspectiva del mundo y de sus circunstancias totalmente distintas.

 

     La escafandra y la mariposa enlaza cotidianidad con trascendentalidad. A partir de acontecimientos habituales en la vida de Bauby, como por ejemplo las visitas de familiares o amigos, los paseos, los ejercicios de ortofonía, una fotografía o el tedio de los domingos,  reflexiona sobre su nueva condición y todo lo que conlleva. Especialmente tierno y dramático es el capítulo en que describe la visita de sus hijos pequeños, la impotencia que siente al tener a su hijo frente a sí y no poder darle un abrazo. La única vía de escape que Bauby encuentra ante estas dolorosas situaciones es refugiarse bien en sus recuerdos, bien en los sueños, bien en su imaginación. Es ahí donde la mariposa consigue vencer a la escafandra, es el consuelo que mantiene su cordura. Es el recuerdo unido a la imaginación lo que le permite revivir los más suculentos manjares, independientemente de la sonda que tiene introducida en su estómago: «Puedo sentarme a la mesa a cualquier hora. Si es en el restaurante, no necesito conserva. Si cocino, siempre me sale bien. El bourguignon resulta untoso, el buey en gelatina, translúcido, y la tarda de albaricoque con el punto justo de acidez. Según mi estado de ánimo, me regalo con una docena de caracoles, una choucroute garnie y una botella de gewurtztraminer de vendimia tardía, con matices dorados, o me limito a degustar un simple huevo pasado por agua, mojándolo con tiritas de pan previamente untadas de mantequillas salada. ¡Qué delicia! La yema me acaricia el paladar y la garganta con largos regueros tibios. Y los trastornos digestivos brillan por su ausencia» El único consuelo material que le queda es el de los pequeños detalles, «la indolencia de un domingo lluvioso, un niño que llora antes de dormirse», y sobre todo el olor a grasa quemada de las patatas fritas.

 

     El libro fue un éxito tanto de crítica como de público. La casualidad quiso que Bauby viviera el tiempo suficiente para escribir y ver publicado su libro, ya que falleció pocos días después de la publicación del libro. Él, sin embargo, antes de morir conoció ese éxito, supo que al fin consiguió la forma de comunicarse con el mundo que tanto anhelaba, haciendo realidad las últimas palabras de su libro: «¿Existen en el cosmos llaves que puedan abrir mi escafandra? ¿Una línea de metro sin final? ¿Una moneda lo bastante fuerte para comprar mi libertad? Hay que buscar en otra parte. Allá voy» Toda una lección para aquellos que atraviesen por una crisis.

 

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Jueves, 29 de Enero de 2009 21:43. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 3 comentarios.






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