La piedra de Sísifo
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Cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna

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     Que un escritor cumpla años no me resulta un acontecimiento tan celebrado como para dedicarle una entrada. Hoy, sin embargo, al abrir Google me encuentro con un simpático dibujo caligráfico dedicado a Ramón Gómez de la Serna como logo del buscador. Al principio me pareció extraño: aunque no recuerdo la fecha exacta de su nacimiento las cuentas no me salen y me sobran algunos años para festejar el centenario de su nacimiento. Efectivamente, después de pulsar sobre su imagen descubro que tal día como hoy cumpliría 121 añitos.

 

     Entiendo que se utilice la página principal de Google para celebrar centenarios, pero dedicarla al cumpleaños de Gómez de la Serna me parece un acto digno del más puro ramonismo que ha desencadenado a su vez una serie de actos ramonianos en masa. Hoy, por un día, en las páginas más dispar(at)es se ve el nombre de Ramón Gómez de la Serna: de informática, de videojuegos, de posicionamiento, de gestión empresarial, y hasta de cocina (por lo visto mejora el posicionamiento en Google). Eso sí, la acompañamos del correspondiente enlace a la entrada de Wikipedia, que no habremos leído ni una sola línea de Gómez de la Serna pero cultos somos como el que más y todo lo que hay que saber está en la Wikipedia.

 

     Tal variopinta diversidad ha dado lugar a entradas como la siguiente: «Hoy día del Cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna vamos a hablar sobre su vida y obra, así como sobre el Aniversario de la muerte de Ramón Gómez de la Serna hace 46 años. También vamos a explicar cómo Google acorta las URLs ». Aunque, como Google ha puesto «Cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna» en lugar de poner «Aniversario del nacimiento de Ramón Gómez de la Serna», la más divertida es aquella en la que alguien, en el colmo del ramonismo, ha comentado (el pobre no tuvo tiempo de consultar la Wikipedia): «¡Felicidades! ¡Qué cumplas muchos más!»

Viernes, 03 de Julio de 2009 17:58. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto No hay comentarios. Comentar.


El mundo es un pañuelo, de David Lodge

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El mundo es un pañuelo de David Lodge

     Parece mentira que por fin haya leído la recomendación que alguien me propusiera hace ya más de tres años (en este caso Meritxellgris en su bitácora). Como larga es la ignorancia, de David Lodge no sabía absolutamente nada hasta hace unos días. Parece mentira que de un novelista y crítico literario tan importante en el panorama de las letras inglesas lo único que conociera, y de oídas, es su novela El mundo es un pañuelo. No era tanto mi interés por David Lodge como el comentario de Merixellgris lo que me llevó a leer el libro. Ella hablaba de un encuentro casual durante la preparación de oposiciones con un libro que hacía «hilarantes descripciones de ese mundo ridículo de las zancadillas y los tejemanejes del mundo universitario» No soy de los que piensan que cada libro tiene su edad: leí La isla del tesoro con una edad considerable y me pareció un libro magnífico. De todos modos, sí es cierto que el libro de Lodge es preferible leerlo en edad universitaria, sobre todo por lo que tiene de crítica e ironía, una actitud con la que me identifico plenamente en mis años universitarios.

 

     David Lodge describe un mundo cerrado, de profesores universitarios, más volcados en recorrer el mundo dando conferencias refritas basadas en ideas sobadas que dedicados a la verdadera investigación. El objetivo común es liberarse de la carga horaria universitaria a través de la edición de estudios subvencionados por becas, cada vez más generosas y sustanciosas, que permitan el ascenso a nuevos cargos y justifiquen las ausencias universitarias con dilatados permisos sabáticos. En este complejo cosmos cada profesor, cada estudioso, se posiciona, como si fuera un astro celeste, asumiendo un rol que va desde el éxito más arrollador hasta el fracaso más estrepitoso. El primer caso se materializa en la persona de Arthur Kingfisher, conocido como «el rey de los teóricos de la literatura» Frente a él Philip Swallow se dibuja como una parodia del estudioso fracasado por empeñarse en elegir un tema anacrónico, pasado de moda. Sin embargo, son precisamente los tejemanejes del mundo académico los que permiten que un desconocido Philip Swallow salte a primera línea de la crítica, utilizado casi como arma arrojadiza.

 

     La zancadilla, latente y velada, sale a la luz cuando es conocida la panacea crítica, la existencia de una cuantiosa beca por parte de la UNESCO que permitirá a su benefactor mantener una vida bastante acomodada. A partir de ese momento se inicia una carrera en la que el juego sucio será la única salida para llegar primero a la meta. Con este fin, un prestigioso crítico literario, Ruyard Parkinson, usa el libro de Philip Swallow para atacar al profesor Morris Zapp ―amigo de Swallow―. Morris, a su vez, aprovecha el plagio del profesor von Turpitz para desprestigiarlo, a pesar de que él mismo admite el autoplagio usando la misma ponencia, ligeramente adaptada, en varios congresos ―«pretendo ofrecerla en toda Europa este verano» llega a decir―. Más adelante Morris no duda en menospreciar a Swallow tildándole de papanatas cuando ve amenazado su puesto en la beca de la UNESCO. Aunque el ser más amargadamente envidioso del libro es el profesor Robin Dempsey, solitario y oscuro, abocado a contarle sus penas a un programa de ordenador que simula inteligencia artificial: «[Phillip Swallow] es para mí como un compendio de las injusticias de la vida, en Rummidge consiguió la plaza de profesor que me hubiera correspondido a mí. Después obtuvo la cátedra allí por pura chiripa. Ahora está teniendo un gran éxito con ese patético libro suyo sobre Hazlitt». Los desencuentros no se circunscriben al mundo de la crítica, sino que alcanzan también a los escritores, como ocurre entre Ronald Frobisher y Ruyard Parkinson.

 

     Este mundo académico no se circunscribe a la universidad sino más bien a todo el complejo entramado de conferencias y congresos que a lo largo del planeta conforman la línea de pensamiento teórico de la crítica literaria. Estos congresos pueden ser un fracaso, por escasez de medios y por falta de grandes estrellas de la profesión, o pueden ser un éxito, como el de la MLA, que congrega en Nueva York a miles de personas, a cualquier estudioso que se precie de ser alguien medianamente importante en el mundo de la crítica. Independientemente del grado del éxito, estos congresos sirven más para poner en movimiento las relaciones entre profesores y conferenciantes que para hacer avanzar y actualizar los estudios teóricos. Como describe Lodge con humor, el programa de conferencias es lo menos importante: «Tomemos una copa, cenemos juntos, desayunemos los dos. Es esta clase de contacto, desde luego, la verdadera raison d´être de un congreso, y no el programa de comunicaciones y conferencias que ostensiblemente ha congregado a los participantes, pero que la mayoría de estos juzgan intolerablemente aburrido». Ante semejante panorama Lodge despliega un humor cínico que no deja títere con cabeza.

 

     En este contexto, o más bien a la par, puesto que las dos historias se desarrollan paralelas en lugar de servir de telón de fondo, el joven profesor universitario Persse McGarrigle se enamora de la bella y misteriosa Angélica, a la que perseguirá por el mundo entero, de congreso en congreso. He aquí el gran fallo de El mundo es el pañuelo: este enamorazido estudioso de la influencia de Shakespeare en T. S. Eliot, de una formación intelectual pobre como él mismo admite diciendo que nunca ha estado en el ajo, resulta ser un personajillo antipático con el que el lector difícilmente podrá identificarse. Por una parte es una especie de timorato religioso que pretende preservar su virginidad intacta hasta el matrimonio; por otra, no duda en sacrificar su fe y sus creencias en aras de una relación sexual con Angélica, como finalmente hace. Su doble moralidad y su inocencia rozan la impertinencia: «sus conocimientos acerca del acto sexual eran totalmente literarios y más bien vagos en lo referente a su mecánica». La construcción de este personaje, sin embargo, nada tiene de inocencia; antes responde al programa novelístico de un escritor que tiene mucho de crítico literario en una novela sobre crítica literaria.

 

     El personaje de Persse McGarrigle responde perfectamente a la construcción maniqueísta de personajes de las novelas de caballerías ―como el Amadís de Gaula― y del ciclo artúrico, en el que los buenos son buenísimos y los malos malísimos. Persse simboliza las bondades del caballero andante sometido a un viaje iniciático, por lo demás evidente, cuyo eje central es la búsqueda de un objeto, entendido como actante ―el personaje de Angélica―. Angélica simboliza el Grial, y una vez que Persse la posee se cierra un ciclo, en el cual el sexo desempeña una función ritual: «Persse se sentía diez años mayor y también más sabio. Había comido savia dulce y bebido la leche del paraíso. Nada podría volver a ser lo mismo». Lodge manifiesta claramente este paralelismo comparando a los eruditos con caballeros andantes de la antigüedad, en busca de la aventura y de la gloria. Pero en ese mundo caballeresco las reglas se han invertido: el código de honor ha sido sustituido por el de la zancadilla y la puñalada. Lodge enfoca esta inversión desde la perspectiva del humor, que esta presente en casi todas las páginas del libro. Es el humor el origen de un personaje como Arthur Kingfisher, una referencia evidente al rey Arturo, pero cuya traducción literal sería la de «martín pescador».

 

     La sangre de crítico que corre por las venas de Lodge le obliga a hacer referencia continua a las numerosas teorías literarias del momento. En varias ocasiones se menciona el estructuralismo, el formalismo ruso ―cuyo concepto de desautomatización se aplica a las relaciones de pareja y a la atracción sexual― y el deconstruccionismo de Jacques Derrida. Muchos de los críticos que aparecen en el libro representan a una escuela teórica concreta, como ocurre en la conferencia de la MLA titulada «La función de la crítica»: Philip Swallow representa la visión historicista y romántica, Michel Tardieu la estructuralista, Siegfried von Turpitz la teoría de la recepción y Fulvia Morgana la corriente materialista y marxista. Como consecuencia de tal batiburrillo de corrientes teóricas, Arthur Kingfisher llega a la conclusión, gracias a Persse, de que lo importante en el mundo de la crítica es la oposición y la controversia, en lugar de la verdad; no se pretende convencer con argumentos, porque si así fuera se acabaría el debate, que es algo que beneficia a la crítica.

 

     Como novela El mundo es un pañuelo es menos perfecto que como crítica al mundo académico. Los encuentros casuales al estilo de la novela bizantina o ese final de inocente comedia shakesperiana son fallos que se perdonan a favor de ese fino sentido del humor, muy inglés por otra parte. Un proceso de desintoxicación del mundo universitario ideal para universitarios. En definitiva, una descripción certera, por lo que tiene de caricaturesco, más recomendada para profesores que para alumnos.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Martes, 07 de Julio de 2009 16:27. # Esta piedra. Tema: Ex libris Hay 2 comentarios.


Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig

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Manual de literatura para caníbales de Rafael Reig

     Leandro Fernández de Moratín representó en las tablas la correctísima e ilustradísima obra El sí de las niñas en 1806, un año antes de que Goethe escribiera su Fausto. Dos de las obras más representativas del realismo y del simbolismo fueron escritas en 1957: Madame Bovary de Flaubert y Las flores del mal de Baudelaire. El modernismo comienza cuando Rubén Darío publica en 1888 Azul, aunque un año antes Benito Pérez Galdós escribe la gran obra realista Fortunata y Jacinta, y dos años antes Émile Zola había escrito Germinal, su gran obra naturalista. En el 96 el modernismo estalla en toda su cursilería con Prosas profanas, un año antes de que Mallarmé escriba Un lance de dados no suprimirá el azar, la obra de la que beberán todas las vanguardias de principios de siglo. Un año después, en 1898, Vicente Blasco Ibáñez se empeñará en escribir el realismo costumbrista de La barraca. Un acontecimiento lleno de polémica fue la entrega del Premio Nobel de Literatura a José Echegaray en 1904. Al año siguiente se funda formalmente el cubismo. No hay que perder de vista que los movimientos artísticos no son entidades que permanezcan en compartimentos estancos, aisladas unas de otras. Cada movimiento artístico es la respuesta a un conglomerado de circunstancias (históricas, sociales, políticas, económicas, etc.) que cristaliza en una serie de obras a través de determinados individuos ―en los que se mezcla genialidad y herencia histórica―. En el paso de un movimiento a otro se dan una serie de complejos mecanismos, evoluciones, pasos intermedios, trasvases, oposiciones y maduraciones. La existencia de precursores y de epígonos es una consecuencia lógica, lo que en la práctica se traduce en que unos movimientos se pisen con otros.

 

     Rafael Reig ofrece precisamente en Manual de literatura para caníbales el punto de vista de los epígonos. A través de un personalísimo recorrido de dos siglos por la Historia de la Literatura Reig describirá los continuos fracasos literarios de los miembros de la familia Belinchón, que siempre se mantendrán un paso por detrás de las tendencias vigentes: cuando triunfe el modernismo se empeñarán en ser neoclásicos, románticos cuando lo que se lleve sea el realismo, realistas en plena generación del 98, noventayochistas en las vanguardias o vanguardistas cuando lo que domine sea el realismo social de posguerra. Los Belinchones, quizá cegados por sus ansias de triunfar o quizá condenados por una maldición al fracaso, son incapaces de adaptarse a las modas del momento, lo que produce la burla y el desprecio de sus congéneres literarios y los aboca desde una vocación escritora al más absoluto desprecio por las letras.

 

     En Manual de literatura para caníbales Reig juega con la ficción y la realidad. En esta ocasión fácilmente se puede afirmar que la ficción supera a la realidad: los acontecimientos reales más rocambolescos protagonizados por escritores se presentan con naturalidad, haciendo incluso que las desproporcionadas invenciones de Reig pasen desapercibidas. En la Introducción se parte de un planteamiento inicial que tiende a la seriedad y a la sistematicidad de un manual de Historia de la Literatura al uso, con todas sus partes, sus temas, sus epígrafes e incluso sus apartados finales con ejercicios prácticos y recomendaciones bibliográficas. Se trata en realidad una parodia de los manuales: bajo esa estructura cerrada  se descubre una novela, con la única salvedad de que sus personajes, al ser escritores de renombre, tienen esa mezcla de ficción y de realidad. Entre burlas y veras se van ensartando anécdotas que hacen las delicias del lector.

 

     El curioso destinatario de este manual, planteado como un «resumen divulgativo del panorama histórico de la literatura canibal entre 1808 y 2008», pone sobre la pista de la peculiar visión de la literatura que se ofrece en el libro. Para Reig novelistas y poetas son siempre caníbales, porque «se devoran unos a otros» y porque «en general, no leen los libros: se los comen». Más adelante dirá: «La Historia de la Literatura no es más que un bestiario, un recuento de animales feroces que se devoran unos a otros». Sólo así se explica que cada movimiento se identifique con un animal, según sea su actitud y su manera de trabajar, que aniquila y devora al anterior. Los ornitorrincos simbolizan a los románticos, por ser algo nunca visto, completamente distinto a todo lo anterior, por iniciar la modernidad. Los paquidermos realistas, con su lenta masticación del mundo, fueron pisando con facilidad a los ornitorrincos. Los albatros del modernismo ―en honor al genial poema de Baudelaire― sobrevolaban las manadas de paquidermos y les arrancaban trozos de carne a picotazos. Las termitas del 98, con su trabajo silencioso y conjunto, fueron masticando todo lo anterior para aposentarse del trono de la literatura. Los alciones del 27, bajo el mando de Ortega y Gasset, digirieron todo lo anterior ―desde Góngora a Juan Ramón Jiménez―. Tras la guerra civil en el panorama español sólo quedaron aves de rapiña, cernícalos a las órdenes del régimen y águilas indomables pero ocultas. Poco podían hacer estas aves contra las anacondas del boom hispanoamericano, con ese abrazo que lo trituraba todo, sin ningún depredador posible. Así es como Rafael Reig elabora este manual para caníbales.

 

     Por encima de estas similitudes literarias, Reig hace planteamientos sólidos y serios para explicar el paso de un movimiento a otro. Con el paso del tiempo el Romanticismo se había gastado, se había convertido en un lenguaje cerrado en el que sólo se permitía un puñado de temas y un uso de palabras muy concreto, alejado por completo de los usos corrientes. Por otra parte, con la renovación burguesa del siglo XIX se replantea el papel del escritor en la sociedad y el escritor pasa de ser un «bufón» o un «adorno» a salir del circuito social, lo que obliga a los escritores a defender el arte por el arte: «un poeta romántico podía luchar por la libertad de los pueblos oprimidos, como Byron o Espronceda, y hasta hacerse diputado si le daba la gana. El poeta modernista, en cambio, será un cero a la izquierda, una criatura de otro universo, un exiliado entre los hombres, incomprendido, objeto de burlas, incapaz para la vida práctica, igual que el albatros en tierra». La vida bohemia se explica como un intento por ofrecer, además del poema, la propia carne y sangre, de inmolarse a sí mismo, con la excentricidad, las drogas, el alcohol, la mendicidad, etc.

 

     Para explicar el paso al arte moderno deshumanizado del que hablaba Ortega Reig hace referencia a Pierre Bourdieu y su libro El sentido práctico, en el que desarrolla el concepto del capital simbólico. Esto es lo que permite entender que el valor de una obra no dependa de su valor real sino de la percepción que se tenga y del consenso social al que se haya llegado. Se trata de un concepto fundamental para comprender y explicar la fijación del canon literario moderno. Con mucha gracia dice uno de los personajes que representan el poder fáctico a la sombra: «¿Usted cree que alguien distingue un Picasso de los garabatos de mi sobrina de cinco años? Por supuesto que no, pero eso da lo mismo. Hay unos mandarines, que sancionan a Picasso como valioso y a mi sobrina, en cambio, no. Y eso nos conviene a todos. ¿Por qué? Mire usted, ayer adquirí diez Picassos. Son diez churros, Ortega, se lo garantizo, pero ¿sabe usted lo que pueden valer dentro de cincuenta años?».

 

     Para entender esta oscilación de movimientos basta explicar la Historia de la Literatura como la doble opción entre ars, res, docere por una parte, e ingenium, verba, delectare por otra. Es el enfrentamiento que provoca simbólicamente en el último capítulo la guerra civil literaria, conocida como guerra de las “Dos Marías”, por ser los representantes de cada bando Fernando Marías y Javier Marías. El primero ―con la bandera de la república― defiende una literatura de argumento dirigida al gran público; el segundo, como representante de la monarquía, partidario del vanguardismo y de la inmensa minoría. El resultado de la contienda será tan devastador que el editor de turno sentenciará con rotundidad: «La literatura es demasiado importante como para dejarla en manos de escritores». A partir de ese momento la literatura se transforma en un producto, el resultado de una cadena de montaje en la que cada escritor se ha especializado en un aspecto concreto.

 

     La nota más característica del libro es su humor irreverente y desmitificador. Reig apenas deja títere con cabeza en el panorama literario, aunque los hay que salen mejor y peor parados. Se ensaña especialmente con Zorrilla, con Ortega y Gasset, con Azorín, con Camilo José Cela y con Javier Marías, escritores que aparecen llenos de envidia y de soberbia, dispuestos a conseguir el éxito a cualquier precio. Aunque las descripciones que hace de Zorrilla y de Ortega y Gasset caen demasiado en lo caricaturesco, no puedo dejar de mencionar la caracterización ―bastante acertada― que hace de Azorín y de Cela con un par de pinceladas. De Azorín dice lo siguiente:

 

«Azorín había tomado en secreto otra decisión más importante aún: escribir siempre igual, siempre, siempre, siempre, tratara de lo que tratara […] aquel tic, aquella monomanía, esa martingala, acabaría convertida en lo que no habría más remedio que calificar como “un personalísimo estilo” […] A partir de entonces todo lo repite tres veces con distintas palabras y comienza a utilizar expresiones indescifrables, que él llama “terruñeras”. Dice sin parar cosas como “artesa”, “heñir”, “chotacabras” o “lamelibranquio”. Nadie sabe nunca a qué narices se refiere. Sus amigos ya casi no le soportan».

 

     En cambio, a Cela lo describe de esta manera:

 

«Tenía un humor bronco y cuartelero, decía tcaos, se tiraba pedos, se reía de los paralíticos y de los lisiados, se comía doce huevos seguidos, se iba de putas para ahorrar dinero, porque aseguraba entre risotadas que, echando cuentas, eran las mujeres que salían más baratas, y hablaba sin parar de caca, culo, pedo, pis, del cipote de Archidona y de izas, rabizas y colipoterras. Insultaba a quien se le pusiera por delante, pero, como buen “lejía”, sentía un respeto reverencial por las instituciones y abstracciones: incluso ya de anciano, cuando se hablaba del rey, de la Constitución o del Nobel, se cuadraba con la misma emoción marcial que un legionario al que le mencionan su patria, su santa madre o la Virgen María».

 

     Otros escritores que no se salvan de la quema son Espronceda, Bécquer ―«no se lean las Leyendas, si ya se ha hecho la primera comunión»―, Rubén Darío―eternamente borracho y mujeriego―, Amado Nervo ―el poeta más cursi de todos―, Valle-Inclán ―”feo, católico y sentimental” como su alter ego el marqués de Bradomín―  Federico García Lorca ―con su necesidad constante de ser el centro de atención― o Juan Goytisolo. Aunque a veces cae en el insulto fácil, el que hace referencia directa y explícita a defectos físicos, Reig , como experto que es en «exclamaciones rotundas o insultos contundentes», hace descripciones llenas de una ironía hilarante, que sólo en muy pocas ocasiones resulta abusiva.

 

     Aparte de los silencios significativos ―¿por qué no se dice nada de Juan Ramón Jiménez o de Rafael Alberti?―, Reig demuestra tener predilección por los narradores del boom, que son los que salen mejor parados, con la excepción de Carlos Fuentes. El más admirado de todos ellos es Gabriel García Márquez, hasta tal punto que Manual de literatura para caníbales puede entenderse como un homenaje al autor colombiano. Tras una aparición a lo Enoch Soames de Max Beerbohm, que también tiene mucho de doble borgiano anunciando el futuro, Reig hace un paralelismo constante con Cien años de Soledad. La historia de la familia Belinchón se perfila de alguna manera a la sombra de los Buendía: aparece Melquíades que entrega un manuscrito insoluble que va pasando de padres a hijos, hasta que finalmente nace el niño con la cola de cerdo, momento en el que el manuscrito se descifra y se da fin a la obra y a la familia.

 

     Con esta novela Rafael Reig ofrece una visión de la Historia de la Literatura que tiene mucho de ajuste de cuentas, desde un punto de vista irreverente y desmitificador. Los guiños y las referencias constantes, el sentido del humor entre irónico y sarcástico, convierten Manual de literatura para caníbales en un hito imprescindible para cualquier lector con apetencias medianamente clásicas. El único fallo que comete Rafael Reig es el de no saber mantener el tono a lo largo de toda la novela: los momentos francamente hilarantes se entremezclan con otros intrascendentales que aportan muy poco y que hacen la lectura más lenta. Fallos que se perdonan a la vista de fragmentos que deslumbran gracias al despiadado y descarnado canibalismo de su pluma.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Jueves, 09 de Julio de 2009 23:23. # Esta piedra. Tema: Ex libris No hay comentarios. Comentar.


De vacaciones entrecomilladas

     Las circunstancias me obligan a hacer un alto en La piedra de Sísifo durante los meses de julio y agosto. Por tercer año consecutivo me toca ponerme de mudanzas durante el mes de julio. La llevo ya muy avanzada, y seguro que dentro de un par de días estoy viviendo en mi nuevo hogar. El caso es que, aunque ya he hecho todas las gestiones con respecto al teléfono y a la conexión a Internet, las cosas de palacio van despacio, y mucho me temo que esté todo lo que queda de mes sin poder conectarme. A esto hay que sumarle que para agosto tengo planeados un par de viajes que me mantendrán alejado de casa. Vacaciones, en parte forzosas, que me mantendrán alejado de La piedra de Sísifo, no así de la lectura y de la escritura.

 

     Sin más, deseo a todos mis lectores unas felices, desahogadas y viajeras vacaciones. Nos vemos en agosto, a la vuelta de la esquina, o esperemos que no tan pronto.

Sábado, 11 de Julio de 2009 10:01. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 1 comentario.






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