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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2009. Ya llega primavera, ya llega Cosmopoética![]() Como cada año, la cita entre poetas de todo el mundo y gentes amantes del género poético va camino de repetirse en la ciudad que acabará convirtiéndose en Capital Europea de la Cultura en 2016. Sexta edición ya, y cada vez más consolidado este encuentro que se ha convertido en un referente literario a nivel mundial. Con las dos consignas clásicas, interacción e interculturalidad, los eventos de Cosmopoética tratan de acercar la poesía al pueblo, ofreciendo una perspectiva más global que incluye música, teatro, cine o fotografía.
De momento, en el Cosmoprograma no se especifican los escritores que participarán, aunque se da un detalle pormenorizado de cada uno de los eventos, la mayor parte de ellos, los de todos los años ─los talleres o los exitosos ciclos de Trovadores o de Noctámbulos─. De todos modos, sí se sabe que entre los participantes se encuentran algunos tan prestigiosos como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1997 Álvaro Mutis o el francés Michel Houellebecq.
No sé si este año me será posible acercarme a Córdoba. Si como yo tienen problemas de tiempo o de desplazamiento, no hay ya excusa para perderse Cosmopoética 2009, ya que en su página web se ha creado www.cosmopoetica.tv, un portal que recopila los eventos más significativos ordenados cronológicamente. Aquí además podrán encontrar algunos de los actos de Cosmopoética 2008 que no tienen desperdicio.
Dicho todo lo anterior, nos vemos en Córdoba. Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago![]() Ensayo sobre la ceguera de José Saramago Borges se refiere en numerosas ocasiones cuando habla de Moby Dick de Melville al terror por lo blanco, un temor que, como él mismo dice, ya estaría anunciado en Poe. No deja de ser curioso que el escritor que poco a poco fue perdiendo la vista, no de inmediato, sino más bien como una luz que va apagándose, llenándose de tinieblas, señalara con tanto entusiasmo ese horror blanco encarnado en la figura de la ballena feroz, el mismo blanco que cubrirá la visión de los personajes que pueblan el mundo de Ensayo sobre la ceguera. ¿Casualidad o referencia borgiana por parte de Saramago? Más bien me inclino por la segunda opción, visto que no sería la primera referencia borgiana en la obra del escritor portugués, que trató el tema del doble, uno de los símbolos borgianos por excelencia, en su obra El hombre duplicado.
Y es que esta ceguera no es una simple ausencia de luz, no cubre la apariencia de los seres y las cosas bajo con un velo negro; más bien al contrario, es pura luz, una «blancura insondable» y resplandeciente, «como el sol dentro de la niebla» Más adelante se describirá con no poca ironía como vivir «en el interior de una gloria luminosa», una descripción casi mística que tendrá mucho que ver con el tratamiento que se hace en el libro de los elementos religiosos. Baste para describir finalmente la naturaleza de la ceguera una frase pronunciada por el primer ciego, un hombre que iba conduciendo, que paró en un semáforo en rojo, y que antes de que el disco se pusiera en verde ya estaba privado del sentido de la vista: «Se me ha metido por los ojos adentro un mar de leche» Baste esta frase para dar una idea del carácter denso y espeso de esta ceguera, de la opresión que supone estar sometido a ella.
Este primer ciego visita a un oftalmólogo que es incapaz de encontrar la causa de la ceguera. Tras minuciosos exámenes médicos los ojos se revelan «en perfecto estado, sin la menor lesión, reciente o antigua, de origen o adquirida» Pero el verdadero problema de esta ceguera no es su origen desconocido sino su alto grado de contagio, su tendencia a expandirse entre la población como un simple resfriado. Poco a poco el mundo va cayendo en la ceguera, sin que ninguna precaución posible pueda evitarlo. El oftalmólogo esbozará una especie de explicación que establece la causa no en los ojos, no en lo físico, sino en el cerebro: «los ojos no son más que unas lentes, como un objetivo, es el cerebro quien realmente ve, igual que en una película la imagen aparece, y si esos canales se han atascado, como dice aquí el señor, Eso es lo mismo que un carburador, si la gasolina no consigue llegar, el motor no trabaja y el coche no anda» Pero las explicaciones médicas pronto quedan a un lado, dando lugar a otro tipo de explicaciones mágicas o supersticiosas, que atribuirán el contagio al contacto visual, como si de un mal de ojo se tratara.
En ningún momento en toda la obra se menciona ni un solo nombre, los personajes no interesan tanto como individuos cuanto como entidades caracterizadas por un único atributo distintivo. Así, los personajes que desfilarán por Ensayo sobre la ceguera aparecerán mencionados como «el primer ciego», «la mujer del primer ciego», «el médico», «la mujer del médico», «la chica de las gafas oscuras», «el viejo de la venda en el ojo», «el niño estrábico», «el ladrón» o «el farmacéutico» No es que no se den detalles psicológicos que permitan la construcción de personajes sólidos, es que probablemente la posible psicología de la obra está subordinada al carácter simbólico. Aunque los personajes son verosímiles, es evidente que en muchas ocasiones es el propio Saramago el que habla a través de ellos, en una serie de conversaciones sobre la ceguera y sobre la condición humana que no tienen desperdicio. Lo que Saramago ha pretendido con este heterogéneo grupo de siete personajes es englobar a todas las actitudes posibles de la Humanidad ante un mismo acontecimiento. En este grupo los hay de todas las edades, los hay creyentes ─el primer ciego y su mujer─ y descreídos ─el viejo de la venda─, los hay liberales ─la chica de las gafas negras─ y conservadores ─el primer ciego─, los hay valientes ─la mujer del médico─ y cobardes ─el primer ciego─. Es por eso que seguramente no interesa a Saramago profundizar más en la psicología de los personajes, porque de haberlo hecho, habría restado universalidad a la trama. De este modo, todos podemos vernos reflejados en alguno de los personajes, todos habríamos optado por uno de los caminos que cada uno abrió ante una misma situación.
Otra razón más hay para no utilizar los nombres de los personajes, un motivo que explica el médico y que está relacionado con el proceso que el mundo va a sufrir desde sus raíces a partir de que la ceguera se ha extendido a toda la población: «pronto empezaremos a no saber quiénes somos, ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres, y para qué, ningún perro reconoce a otro perro por el nombre que le pusieron, identifica por el olor y por él se da a identifica, nosotros aquí somos como otra raza de perros, nos conocemos por la manera de ladrar, por la manera de hablar, lo demás, rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera» La comparación que hace el médico entre los ciegos y los perros no es ni mucho menos azarosa, ya que a medida que la ceguera va consolidándose los personajes van perdiendo sus conexiones con la humanidad, el hombre va dejando de ser cada vez menos hombre y se produce un proceso de animalización que le lleva a cometer los más nefastos crímenes a favor de sus instintos más primitivos. Primero se dejan llevar por la avaricia, a pesar de que es evidente que el dinero ha dejado de tener cualquier valor en el nuevo mundo; más adelante la única moneda que quedará para comerciar será de carácter sexual. Como perros salvajes, el impuesto establecido para los ciegos que quieren comer es la violación más ignominiosa.
La descripción que se hace del mundo de ciegos, a través de los ojos de la mujer del médico, resulta desoladora: «Andan por ahí, sin saber qué hacer, vagan por las calles, pero nunca mucho tiempo, andar o estar parado viene a ser lo mismo para ellos, salvo encontrar comida no tienen otros objetivos, la música se ha acabado» Los ciegos se comportan como fantasmas, vinculados por todos sus sentidos, excepto por el de la vista, a un mundo en el que parecen no poblar; obligados a moverse constantemente en busca de alimentos; incapacitados para regresar a sus viviendas, por no conocer el camino de vuelta; perdidos de familiares y amigos. Los protagonistas son conscientes de que son los ojos sanos de la mujer del médico los que les unen a lo poco de Humanidad que queda en el mundo. Unos ojos, que, por cierto, desean ser ciegos en más de una ocasión.
La presión a la que está sometida la mujer del médico va in crescendo a lo largo de Ensayo sobre la ceguera, primero obligada a ocultar la salud de sus ojos y más tarde con seis personas a su cargo, dependientes absolutos de ella. Tener ojos en un mundo de ciegos no es tan ventajoso como podría parecer en un principio; obliga a contemplar al detalle cómo el ser humano se va convirtiendo en un animal ─sin lavarse, haciendo sus necesidades en cualquier lugar─, cómo el mundo se va destruyendo, hasta arrancar la fuerte imprecación de la mujer a su marido: «Si pudieras ver tú lo que yo estoy obligada a ver, querrías ser ciego» Este ver si ser vista acaba pesando en la conciencia de la mujer del médico, como una especie de espionaje secreto, algo que le resulta moralmente reprochable, «súbitamente indigno, obsceno» Pero al cabo se siente obligada a guardar el secreto, por miedo a convertirse en sierva de todos, o incluso en esclava de unos pocos. Cuando los vínculos que unen al grupo son lo suficientemente fuertes, cuando ya todo está perdido, ya nada se puede hacer, la mujer del médico confiesa la certeza de su visión.
Por último, es necesario no perder de vista en ningún momento el carácter simbólico y filosófico de la novela. El narrador se introduce en numerosas ocasiones en la historia, opinando y ofreciendo reflexiones, aunque éstas provienen en su mayor parte de los diálogos entre los personajes. Sorprende a veces la finura del pensamiento de los protagonistas, discutiendo sobre la causa y la naturaleza de la ceguera. La mujer del médico, siempre desde el punto de vista de la persona no ciega, atribuye primero la ceguera al miedo y más adelante a la falta de esperanza. Para la chica de las gafas oscuras la ceguera y la muerte se igualan en el hombre: «estamos ya muertos, estamos ciegos porque estamos muertos, o, si prefieres que lo diga de otra manera, estamos muertos porque estamos ciegos, da lo mismo» A lo que la mujer del médico responde que la ceguera blanca es una ceguera de sentimientos, unos sentimientos que nacieron de los ojos y que necesariamente ya no pueden ser los mismos, privados ya de la vista. Su conclusión final parece establecer el origen de la ceguera en un motivo mucho más simbólico y abstracto: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven»
Una ceguera que el lector puede someter a múltiples interpretaciones. Independientemente del símbolo que se elija, Ensayo sobre la ceguera se perfila como una sublime descripción del ser humano, su apego a algo tan connatural a él que no se echa en falta a menos que desaparezca, la vista. Una reflexión, en definitiva, sobre cómo el hombre puede dejar de ser hombre, sobre el sutil nexo que une al ser humano a su humanidad. Un libro lleno de simbolismo que no dejará indiferente a nadie.
Rabieta de un lector caprichoso![]() Infame portadilla de Ensayo sobre la ceguera Últimamente estoy siguiendo un orden de lectura bastante caprichoso. Digo caprichoso porque el año pasado, con el Reto 2008, estaba obligado a sistematizar mis lecturas, pero este año el Reto 2009 da mayor libertad en ese sentido. Hacía tiempo que quería leer Ensayo sobre la ceguera de Saramago, pero hasta ahora no había encontrado el empujón definitivo que me pusiera el libro en las manos. En ese sentido tengo que reconocer que ese empujón último ha sido la película A ciegas, ha sido la necesidad de haber leído el libro antes de ver la película, de valorar la adaptación, y por qué no, de leer de una vez Ensayo sobre la ceguera.
Con esta intención me dirigí a la librería que suelo frecuentar en Huelva y pedí la edición de bolsillo de Punto de lectura, que al fin y al cabo para leer un libro tanto da edición de lujo o barata. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la librera puso en mis manos un libro cuya portada era idéntica a la de la película A ciegas, con los personajes en fila india, cada uno posando su mano sobre el hombro del que le precede, con una frase en letras bien grandes debajo del título que reza «La novela que ha dado origen a la película A CIEGAS». Sorprendido pregunté si no era posible un libro que tuviera la portadilla antigua, esa en la que a una mujer que se le escapan dos columnas de niebla negra y densa desde los ojos. La respuesta fue que no se sabía, que de momento los libros nuevos ─los viejos se habían agotado, se ve que no soy muy original eligiendo mis lecturas─ iban a seguir llegando con esta portada, que más adelante cuando se pasara un poco la fiebre de la película quizá se volviera al formato antiguo o a otro nuevo.
Entiendo que la venta de un libro sea ante todo una cuestión de marketing, pero hay algunas cosas que no entiendo en este asunto. No entiendo, primero, cómo es posible que el libro aparezca con la portadilla de la imagen de la película tanto tiempo antes de su estreno, cuando todavía no se sabe si la película será un éxito o un fracaso, si en lugar de darle publicidad se la robará. Pero lo que, por encima de todo, no logro entender es en qué mente cabe utilizar una forma de publicidad en la que parece que es el libro el que se basa en la película, para un autor que es premio Nobel, para un libro que por sí sólo es lo bastante conocido y prestigioso como para necesitar un referente audiovisual.
Pero no me lo tengan demasiado en cuenta. Al fin y al cabo, sólo se trata de una portadilla. Ya saben lo que dice la cultura popular, que en estos casos es la tira de sabia, que lo importante está en el interior. Son caprichos de un lector caprichoso. Largo es el arte![]() Cent mille millards de poèmes de Raymond Queneau Dice una máxima popular que «lo bueno, si breve, dos veces bueno» El pueblo dixit, aunque como casi siempre hay que matizar largamente esta verdad entrecomillada, sobre todo si hablamos de arte, un ámbito donde no es necesariamente dos veces bueno lo breve, como tampoco lo es lo extenso. Enjuiciar estéticamente una obra ha de basarse en criterios cualitativos, nunca cuantitativos. Es decir, que una obra tiene la extensión que debe tener, ni más ni menos: el contenido requiere una única y exclusiva forma de expresión que de cambiar un ápice supondría desbaratar la construcción artística, arrancar del castillo uno de sus naipes y exponerlo al súbito quebrantamiento.
El problema cuantitativo, que no es en realidad tal problema ─porque es evidente que abrir un debate ante semejante cuestión sería estúpido─, aparece cuando un artista pretende que su obra alcance fama mundial no tanto por su valor intrínseco como por la espectacularidad que la rodea. Nada nuevo bajo el sol, el arte moderno al cabo. Pero esta escasa forma de arte moderno, llamativo por su carácter hiperbólico y pantagruélico, comete un error de base suponiendo que lo más sorprendente es lo más grande, como si lo más grande fuera lo más artístico. «El tamaño no es lo que importa», viene a refrendar de nuevo la sabiduría popular con no poca picarona gracia.
Y para muestra cuatro botones, ejemplos que representan a tres artes distintos, cine, música y literatura. Me limito a comentar estas obras, evitando cualquier juicio de valor que nos llevara a la pregunta de si verdaderamente se trata de arte o no.
La película más extensa del mundo:
La película más larga de la historia del cine hasta 1986 fue la mítica Lo que el viento se llevó con 293 minutos. Sin embargo, este mismo año se supera la duración de esta película con creces con un experimento que en principio estaba pensado para trabajar con el insomnio y que recibe el nombre de The Cure for Insomnia (La cura contra el insomnio). Esta película tiene la friolera de 5.220 minutos, es decir, 87 horas (tres días y quince horas). Con un bajísimo presupuesto, un único actor ─el artista y poeta Lee Groban─ y un argumento no puede ser más sencillo, pues este personaje aparece leyendo un poema suyo de 4.080 páginas, con algunos cortes en los que aparecen fragmentos de películas pornográficas y de videoclips de heavy metal. Está dirigida por John Henry Timmis IV y sólo se ha proyectado sin cortes una vez, el día de su estreno, en el Art Institute Of Chicago en Illinois.
La canción más extensa del mundo:
En este caso la obra de arte parece haber batido un record insuperable, ya que esta canción, titulada Longplayer, pretende tener una duración de mil años. El proyecto, desarrollado por Jem Finer, comenzó el 1 de enero del 2000 y no finalizará hasta el 31 de diciembre del 2999. En estos mil años la canción, interpretada desde el faro de Trinity Bouy Wharf (Londres) a partir del golpeteo de unos palos de madera en una serie de cuencos tibetanos fabricados con distintos materiales, no se repetirá jamás. Se supone que se puede escuchar la pieza a través de Internet en su página web.
El libro más extenso del mundo:
Que el libro más largo del mundo tenga diez páginas suena a tongo o a relato borgiano. No se trata del libro de arena, sino de un invento que el escritor y patafísico francés Raymond Queneau presentara en 1960 con el nombre de Cent mille millards de poèmes. La explicación es más sencilla de lo que parece: cada página contiene un soneto y cada verso está cortado en tiras, de tal forma que sea posible combinar los versos de cada poema. El número total de combinaciones sería de 10 elevado a 14, es decir, de cien billones de poemas distintos. Serían necesarios varios millones de años de lectura constante para leer todas las combinaciones posibles, para explotar todas las lecturas posibles de un libro de diez páginas.
El poema más extenso del mundo:
La expresión «el poema más largo del mundo» puede interpretarse de forma literal cuando se observa que, expuesto a lo largo, ocupa una extensión de casi un kilómetro. Los 994,10 metros de poema, colocados sobre un circuito de automóviles en Champier (sur de Francia) son obra del autor francés Patrick Huet, que con el título de «Parcelas de esperanza en el eco de este mundo», se permite además hacer el juego de crear con su obra un acróstico con los treinta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para aquellos que se dejen impresionar por las cifras comentaré que tiene 7.547 versos, que pesa 110 kilos, que fue escrito durante un mes y medio empleando diez horas diarias y que necesitó la tinta de 160 rotuladores. Lunes, 23 de Marzo de 2009 20:08. # Esta piedra. Ars longa vita brevis No hay comentarios. Comentar. Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq![]() Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq Borges dijo en numerosas entrevistas que toda su obra estaba de alguna manera secretamente anunciada y contenida en su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires. Este vaticinio de completitud en la primera obra no es tan extraño como podría parecer, y desde luego es algo que se cumple en el caso de Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq. No podrá decirse, sin embargo, que en Houellebecq ese anuncio de completitud sea secreto ni mucho menos. Los símbolos, los elementos que le han consagrado como una de las figuras fundamentales y más célebres del malditismo contemporáneo están presentes en Ampliación del campo de batalla, y volverá a repetirse, con distintos matices en obras posteriores, como en Las partículas elementales.
Lo que Houellebecq plantea en Ampliación del campo de batalla, y por extensión en toda su obra, es una revisión del tema existencialista y nihilista, adaptado a nuestros días. Para ello recurrirá a la primera persona, a un personaje de nombre desconocido, un ingeniero informático que trabaja en un París que poco tiene que ver con la famosa ciudad de las luces ─más bien descrito como un entorno siniestro─ y que ronda la treintena y que se siente devastado por una profunda depresión que no es otra que la decadencia de la sociedad en la que se ve obligado a vivir. El paralelismo entre este personaje y el Michel de Las partículas elementales es evidente: ambos son hombres de ciencia, alienados con su trabajo, aislados interiormente, incapaces de comunicarse con el mundo, inútiles en el terreno sexual por simple desidia, por falta de interés; en definitiva, devorados por un hastío del mundo que se manifiesta en la más absoluta incapacidad para sobrellevar la vida. Al mismo tiempo, se plantea la dualidad por oposición a través del personaje de Tisserand, un individuo patético, obsesionado con el sexo e incapacitado para mantener relaciones debido al rechazo social que causa su fealdad. Este Tisserand se desarrollará posteriormente en Bruno, aunque el lazo que une a ambos personajes se estrecha, pasando de ser compañeros de trabajo a hermanos. Bien podría decirse que Las partículas elementales son una «ampliación de Ampliación del campo de batalla», reelaborado, con una construcción más sólida.
El hastío hacia todas «las cosas de este mundo» va apareciendo progresivamente ─en cierto momento recordará que «ha habido ciertos momentos en que tenías una vida»─, ya casi desde la primera página del libro. Uno de los personajes, un sacerdote amigo del protagonista, considera a este antihéroe como un símbolo del agotamiento vital que padece la civilización, algo que parece confirmar él mismo al ser consciente de estar privado de interés por la sexualidad, por las ambiciones o por cualquier tipo de distracciones. En este estado de ánimo, con estas palabras se describe el malestar del personaje: «Siento que se están rompiendo cosas dentro de mí, como paredes de cristal que estallan. Ando como un león enjaulado, rabioso, necesito actuar, pero no puedo hacer nada, porque todas las tentativas me parecen condenadas al fracaso de antemano. Fracaso, fracaso por todas partes. Sólo el suicidio resplandece en lo alto, inaccesible»
El suicidio se plantea como una opción real ─parece que fumar se ha convertido en el único sentido de la vida, en la única forma de expresar la libertad─, pero tampoco parece dispuesto a llevarlo a cabo. La vida se entiende desde el punto de vista del absurdo, como un estado transitorio vacío y carente de significado, algo que se describe como cruzar a nado un río sin que haya orilla al otro lado, sin destino, sin un lugar al que llegar y en que descansar. A pesar de este nihilismo no se enfoca la muerte con temor, y cuando el personaje siente que está a punto de morir no es miedo lo que siente. De este sentimiento existencialista de la vida, denominado oficialmente depresión no puede escapar ni con la ayuda de profesionales, de psicólogos o de psiquiatras. No hay solución posible.
Parece que este lamentable estado vital proviene de la incapacidad del personaje para relacionarse con el resto del mundo, lo que le produce una infinita sensación de soledad que le lleva a hacer la siguiente afirmación: «en realidad no hay nada que impida el regreso, cada vez más frecuente, de esos momentos en que tu absoluta soledad, la sensación de vacuidad universal, el presentimiento de que tu vida se acerca a un desastre doloroso y definitivo, se conjugan para hundirte en un estado de verdadero sufrimiento»
El origen de esta soledad habría que buscarlo en la sensación inexplicable que le invade de ser distinto a los demás, «sin por ello poder precisar la naturaleza de esta diferencia» Parece que ha tratado desesperadamente de vivir según la norma, según lo que las leyes tácitas de la sociedad dictan para estar dentro de la normalidad. Esta norma le produce una sensación de vacuidad, una sed, una insuficiencia que debe llenar con algo más. Así es como decide abandonar el campo de la norma y entrar en el campo de batalla, pasar al otro lado, romper la posible armonía que podría unirle al mundo y comenzar a ver a la sociedad, a los seres humanos, como una entidad extraña, ajena a sí mismo. La depresión comienza cuando la soledad le resulta «dolorosamente tangible»
Para el personaje es evidente que se ha producido una progresiva desaparición de las relaciones humanas que han acabado reduciéndose a un anodino intercambio de información, algo que recuerda al procedimiento que siguen las computadoras a partir de su lenguaje de unos y ceros. Los sentimientos, cualquier atisbo de humanidad, quedan completamente apartados de lo que parece más bien una transacción económica. Tanto es así que deja de existir para él mundo, y así, cuando cae al suelo de la discoteca nadie es consciente de su existencia y comienzan a pisotearle, un hecho que produce en el personaje una violencia insoportable, la necesidad de cortar las piernas a hachazos. No importa lo que el personaje haga, podría cortarse las venas en plena calle sin que nadie moviera un dedo por impedirlo o masturbarse en el metro sin que nadie le dirigiera una sola mirada. Completamente aislado, «como si una película transparente, inviolable y perfecta te protegiera del mundo»
Esta misantropía no se limita al género humano, sino que se extiende a todo el mundo en general: «No me gusta este mundo. Definitivamente, no me gusta. La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar» Durante unos instantes parece que podrá existir una redención, parece que podrá producirse una epifanía y que al fin encontrará la paz ansiada; pero el abismo que le separa del mundo es infranqueable, no hay salvación posible: el mundo es un infierno dantesco en el que no cabe la esperanza; la angustia es completa, al describir el cuerpo como un elemento aislante, una cárcel, o en definitiva, como un habitáculo sin ventanas, sin conexiones ni comunicaciones con el mundo: «siento la piel como una frontera, y el mundo exterior como un aplastamiento. La sensación de separación es total; desde ahora estoy prisionero en mí mismo»
Pero para entender las repercusiones de esta misantropía en el personaje hay que conocer su concepción de la sexualidad como sistema de jerarquía social que hunde sus raíces en el liberalismo sexual ─una idea a la que vuelve en Las partículas elementales─: «Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la “ley del mercado” […] En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad» La castración que se autoimpone el personaje parece ser una negación a participar en este sistema que parece más un intercambio de información, una transacción económica que la expresión del amor o la búsqueda del mero placer. En este mundo en que la sexualidad tiene un carácter tan marcadamente jerarquizador existe una dualidad de dominios: uno masculino, basado en el dinero y en el miedo; y otro femenino, cuyo motor es la seducción y el sexo.
La sexualidad es un elemento que hace que el personaje sea consciente del paso del tiempo, de que ha ido progresivamente abandonando el periodo de juventud, de que el mundo es limitado. La primera reacción sería una mezcla de envidia y resentimiento envenenados con odio hacia aquellos que son ahora jóvenes. Finalmente todo se calma, el odio deja paso a la espera de la muerte, a la amargura. Y esta es precisamente la palabra que el protagonista elige para resumir el estado en que se encuentra nuestra civilización en estos momentos: «Ninguna civilización, ninguna época han sido capaces de desarrollar en los hombres tal cantidad de amargura. Desde este punto de vista, vivimos tiempos sin precedentes. Si hubiera que resumir el estado mental contemporáneo en una palabra, elegiría, sin dudarlo, amargura»
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