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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2009. El rostro del Fürher, de Walt DisneyWalt Disney es, como McDonalds o Microsoft, uno de los símbolos de la economía norteamericana. No podía ser de otra forma: desde el mito del joven que con un puñado de dólares funda una de las empresas más poderosas del planeta hasta la moralidad que se desprende de todas sus películas. Una moralidad que, por cierto, se ha puesto en entredicho en numerosas ocasiones por secuencias que hacen referencia explícita a contenidos de carácter sexual, aunque eso es otra historia. Aparte de estos elementos anecdóticos, los dibujos de Disney han sabido envejecer con solera porque siempre han estado muy apegados a su tiempo. La Segunda Guerra Mundial no podía ser, por supuesto, una excepción. Al margen de la inocencia que se presupone a este tipo de dibujos infantiles los estudios de animación de Disney produjeron un puñado de películas dirigidas para formar a las juventudes y a los futuros soldados y para elevar la moral de las tropas.
Uno de estos curiosos cortos es el titulado Der Fuehrer´s Face (El rostro del Fürher), en el que un explotado pato Donald trabaja para el ejército nazi. Todo desde un punto de vista humorístico, que casi roza lo superficial sino fuera por la dura crítica que se extrae de la cinta. Todo lo que aparece apunta hacia los horrores del régimen alemán: las marchas estúpidas y descerebradas, la obligación de obedecer a la autoridad bajo pena de castigo, la vida miserable de la población o el absurdo de un alienante y repetitivo trabajo armamentístico. Tras una culminación surrealista un final absolutamente patriótico, en el que un Donald con la bandera norteamericana por pijama besa la estatua de la libertad, con todo lo que eso representa. Domingo, 10 de Mayo de 2009 21:14. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 1 comentario. La conquista del aire, de Belén Gopegui![]() La conquista del aire, de Belén Gopegui Existe un refrán inglés atribuido a Sir Winston Churchill que dice algo así como: «si a los veinte años no eres de izquierdas no tienes corazón; si a los cuarenta años no eres de derecha no tienes cabeza» Son conocidos los casos de intelectuales españoles que han cambiado de chaqueta política, militando en su juventud en la izquierda para pasar en madurez a la derecha, casos como el de Ramiro de Maeztu o la polémica y discutida evolución ideológica de Manuel Machado, y más modernamente el grupo de autores que aparecen en el libro Por qué dejé de ser de izquierdas, entre los que se encuentra, por su repercusión mediática y por lo radical de su actitud, Federico Jiménez Losantos. Esa evolución de pensamiento en el transcurrir de veinte años es perfectamente coherente, en cuanto que el ser humano va experimentando una progresiva carga de responsabilidades que le obligan a poner los pies en el suelo. Este proceso es precisamente, aún por encima de la amistad y de las dificultades por las que puede atravesar tangencialmente, el tema que Belén Gopegui describe con una exactitud milimétrica en La conquista del aire.
Como he dicho, el argumento parece centrarse en el triangulo amistoso que conforman Carlos, Marta y Santiago. Los tres amigos permanecen en el mismo plano, hasta que Carlos altera la jerarquía quedando por debajo de Marta y de Santiago al pedirles cuatro millones de pesetas a cada uno para levantar de la ruina la pequeña empresa informática que ha fundado recientemente. Este acontecimiento supondrá una especie de reacción en cadena que pondrá en funcionamiento a todos los personajes de la novela ─y no sólo a los tres amigos─, condicionando sus relaciones en todos los niveles: parejas, amantes, amigos, compañeros de trabajo, conocidos. Las decisiones de todos, la de pedir dinero y la de prestarlo, se verán expuestas en la palestra pública, enjuiciadas bajo la mirada de quienes les rodean. Y serán estas decisiones las que jueguen un papel fundamental en la interacción entre los personajes, las causas últimas de la ruptura entre Carlos y Ainhoa o entre Marta y Guillermo.
Aunque detrás del hecho de prestar y de recibir dinero se encuentra al motor central del libro: la conciencia de pertenecer a una determinada clase social y a una ideología o a otra, la conciencia de permanecer fiel a los principios o de haberlos traicionado. Para Santiago prestar cuatro millones supone perder todos sus ahorros, hipotecar su tranquilidad, quedarse con las manos vacías ante cualquier imprevisto. El acto de prestar el dinero es casi un movimiento reflejo, que corresponde al de Marta, no a la iniciativa propia. Lo que tortura a Santiago es que dejó el dinero a Carlos no porque quisiera, sino para quedar bien. La incomodidad de Marta es la contraria: es la impotencia de tenerlo todo, de pertenecer a una familia bien, y de no poder arriesgar como Santiago, de no poder sacrificarse a favor de la amistad. Pero el personaje que se encuentra en el vértice, en solitario, expuesto a las opiniones del resto de personajes, y con la responsabilidad de responder a todos y cada uno de ellos, de devolver el préstamo y de levantar Jard, es Carlos. Así describe Belén su soledad: «Desde la dichosa operación amigos, el tiempo se le había convertido en un examen, y pensar hacia delante significaba pensar en qué respuestas debería dar a las preguntas de Ainhoa, de Lucas, de Esteban, Rodrigo y Daniel, de los proveedores, de los talleres, de Santiago y de Marta. Le habían relegado a la soledad de ser el único responsable»
De alguna manera Jard simboliza la amistad: su crisis obliga a Carlos a pedir el préstamo, a poner a sus amigos en una situación comprometida; su recuperación se celebra con una fiesta que reúne al grupo completo de amigos; su venta culmina con un enfriamiento de la amistad. Ese encuentro de amigos es una recuperación parcial del paraíso perdido, de los viejos tiempos en que los cuatro amigos se reunían para discutir de política, economía, sociedad o justicia. En esta reunión se plantea una de las claves fundamentales del libro: todos manifiestan pertenecer a una clase social medio-alta, todos admiten vivir de forma desahogada, plantearse el sistema social y criticarlo, y limpiar sus conciencias con una ideología de izquierdas. Y es que la juventud ha pasado, con todos sus sueños y fantasías, se han llenado de responsabilidades, se han convertido en ciudadanos de provecho, con un trabajo remunerado, un alquiler o una hipoteca, una familia y facturas que pagar. Ya no pueden permitirse el lujo de vivir de sueños, se han dado cuenta de que la realidad les impone un estilo de vida bien distinto al que ellos hubieran imaginado. Esa revolución con la que soñaron se ha convertido en una moto nueva, en un cargo fijo o en una buena boda: «Haz, señor, de la historia un viento favorable y más cercano»
Y el trabajo es la manifestación más palpable de esa ruptura con los sueños, de esa pérdida de libertad. Precisamente para romper con esa falta de libertad, para conquistarla, es por lo que Carlos, el más idealista de los tres, decide abandonar su trabajo en la multinacional y fundar Jard. La pequeña empresa informática supone no tener jefes, ser completamente autónomo, trabajar por y para uno mismo, ser el responsable de lo que se produce, superar, en definitiva, la alienación. Es eso precisamente lo que Ainhoa piensa que Carlos quiere conseguir con Jard: «Él no buscaba en Jard, como decía, sólo un lugar de trabajo razonable; buscaba también una forma de quedar limpio, un sitio donde ser perfecto» Marta y Santiago, en cambio, no demuestran tener el mismo valor que Carlos. Marta se siente responsable de trabajar para un gobierno con el que no siempre está de acuerdo y Santiago se ve a sí mismo como un mercenario, incapaz de dedicarse a lo que realmente le apasiona. Lo que sienten por Carlos es admiración y envidia. Pero esa autonomía que Carlos parece haber conquistado con Jard es ilusoria: cuando más libre debiera estar es precisamente cuando más se ha atado, cuando tiene que responder al préstamo de sus amigos y a sus compañeros de Jard.
Vender Jard se convierte para Carlos en algo más que perder esa autonomía o en algo más que la tranquilidad de tener un sueldo fijo, de trabajar para alguien y no tener que preocuparse más por el dinero. La venta de Jard deja expuestos a Esteban y a Rodrigo, que son los trabajadores que salen más perjudicados. La devolución del dinero se produce en unas circunstancias frías, a través de un sobre y un seco mensaje. El distanciamiento se debe a que Carlos considera que a Marta y a Santiago el dinero ya no les corre prisa, ya no lo necesitan de forma inmediata. Pero él se ve obligado a vender, para devolver la deuda, para descansar, para sentirse aliviado. Decide sacrificar su libertad, su dinero ─vendiendo sus acciones por cero─ y su sentido de lo justo ─exponiendo a Esteban y a Rodrigo al despido─. Carlos no aceptara este sacrificio sin sentir que su amistad con Santiago y Marta quedará resentida para siempre.
Al margen de la historia lo más de La conquista del aire es el estilo de Belén Gopegui. Su prosa es de una densidad a ratos oscura, a ratos brillante. Su ampuloso estilo convierte la lectura casi en una lucha en la que más que una actitud activa es necesario la entrega total, y aún así deja un sabor a secreto no conquistado. El tono general del libro hace pensar que más que la lucha y la conquista de Carlos Maceda el título hace referencia a Belén Gopegui y a su búsqueda de párrafos cargados de una turbia significación. De una lectura atenta se desprende que tras cada palabra, tras ese estilo deliberadamente agotador, no hay mucho más que aire, el intento de conquistar una técnica que mezcla a partes iguales el monólogo interior de los personajes y la reflexión entrometida de un narrador poco natural. No es sólo que la misma historia pudiera haberse contado en la mitad de páginas, es también que pudiera haberse contado mejor.
A mano derecha, según se va al cieloPorque una de las canciones más importantes de mi vida la recuerdo a través de tu voz. Adiós maestro, sigue cantando tus males por celestiales. Amistades provechosasDice un dicho popular: «es conveniente tener amigos hasta en el infierno» Y es que una buena amistad puede hacer milagros a la hora de promocionar a un escritor, independientemente de su valía artística. Algo así como ocurre en los grandes premios literarios, que son un círculo cerrado en el que ganadores y jurado comparten copa y confidencias antes y después del fallo. Que si pásame ese manuscrito que le eche un vistazo, que si mira este manuscrito lo bien construido que está, etc. Esta situación es la que Juan Palomo comenta con humor en un artículo de El Cultural.
De vez en cuando salgo de caza por aquello de no dejar a Bermejo como el único furtivo. Sin adjetivos: el 31 de marzo Espido Freire conquistó el premio Llanes de viajes, dotado con 30.000 euros, gracias a un jurado del que formaba parte el novelista Fernando Marías. Mario Benedetti, desexiliado de la vida![]() Mario Benedetti Conocer la muerte de Mario Benedetti me ha dejado el regusto amargo de saber que alguien que aún tenía mucho que decir callará para siempre ─quizá porque la manriqueña vida de la fama no consuela al difunto de una certeza tan aplastante como la muerte─ No he podido evitar recordar lo importante que ha sido Benedetti en la formación de mi gusto poético.
Ciertos prejuicios estúpidamente clasistas me impidieron llegar a conocer a Mario Benedetti en su momento: es un poeta tan reconocido entre el pueblo que suele gustar a aquellos que no son muy aficionados a la poesía (lo cual resulta una solemne tontería de argumento). Más tarde, mi conocimiento de Benedetti, a diferencia de muchos de sus lectores, no llega a través de Joan Manuel Serrat. A Benedetti lo leí por primera vez en una antología raída de schopenhauriano título que me dejó un amigo y compañero de la carrera, El amor, las mujeres y la vida ─el cambio de palabra no es casual, Benedetti resulta ser un Schopenhauer a la inversa─. Una antología que, por cierto, leí conmocionado, sorprendido ante un uso del lenguaje poético y de los temas que nunca antes había visto en poeta alguno.
Nada hay que no pueda ser poetizado, ninguna palabra que quede excluida de antemano. Con un uso del lenguaje muy ingenioso, que tiene mucho de quevedesco, las expresiones más coloquiales y los juegos de palabras son útiles a través de su pluma para describir el amor en toda su amplitud. Porque es cierto que Benedetti es el poeta comprometido, el poeta del desexilio, el poeta prófugo de Uruguay y de Argentina, el poeta refugiado en Cuba, pero ante todo es para mí el poeta del amor y de las mujeres. Después llegarían las canciones de Serrat: «Hagamos un trato», «Los formales y el frío», «Pies hermosos» o «Una mujer desnuda y en lo oscuro» A estos poemas añadiría, además, en una antología completamente personal ─pero seguro que compartida con muchos lectores─ las inevitables «No te salves» y «Táctica y estrategia», «El amor es un centro», y en clave política el primero y humorístico el segundo «Despabílate amor» y «Soneto (no tan) arbitrario» En fin, descanse en paz. Lunes, 18 de Mayo de 2009 21:55. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Las partículas elementales, de Michel Houellebecq![]() Las partículas elementales de Michel Houellebecq Si fue Ampliación del campo de batalla el libro, primero discreto y más tarde de culto, que dio a conocer a este escritor francés de mediana edad, no saborearía las mieles del éxito hasta la publicación de Las partículas elementales, una obra que le catapultaría directamente a los manuales de historia de la literatura, y en definitiva, a boca de todos, odiado por muchos y adorado por otros tantos. Las comparaciones que se hacen entre Michel Houellebecq y Salman Rushdie se deben más a comentarios puntuales dentro de la obra de Houellebecq ─que por otra parte no deja títere con cabeza en occidente y en buena parte de oriente─, a un halo de malditismo polémico íntimamente relacionado con la intransigencia que demuestran ciertos sectores, puntalizo que más o menos amplios, de la religión musulmana. Aunque el objeto de este comentario no sea la comparación entre ambos autores, quiero dejar claro que Las partículas elementales o Plataforma son libros de muy distinto calado al de Los versos satánicos.
El inicio de Las partículas elementales es devastador, prácticamente apocalíptico, porque se anuncia el final de una vieja era y el comienzo de una nueva, lo que Houellebecq llama «mutación metafísica». Este tipo de cambios extremadamente extraños afectan prácticamente al conjunto de la Humanidad y aparecen en sociedades debilitadas y en declive para dar paso a un nuevo sistema social. Como ejemplo se pone el cristianismo, y con toda seguridad un buen marxista añadiría el capitalismo. Este es, sin más rodeos, el cambio social que Houellebecq se propone describir, la mutación en la que participa el propio Michel ─me refiero al Djezinski, el protagonista del libro, no a Houellebecq─. Si el libro cumple o no con la declaración de intenciones y si sale airosamente de un proyecto tan ambicioso es algo que comentaré más adelante después de haberme detenido en algunos aspectos del libro.
Houellebecq escribe algo muy a lo Ampliación del campo de batalla, pero con algunos matices más desarrollados. La línea seguida por el autor más francés es tan similar en ambos libros que, como ya he dicho en alguna ocasión, se podría considerar que Las partículas elementales es una “ampliación de Ampliación del campo de batalla”. La dualidad de personajes vuelve a repetirse ─parece ser que a Houellebecq le va eso de expresarse a través de binomios─. En esta ocasión el innombrable protagonista de Ampliación del campo de batalla y su alter ego el fracasado Tisserand se convierten en dos hermanos, Michel y Bruno. Los rasgos son tan parecidos que hay un sospechoso tufo a autoplagio complaciente. Michel, que no deja de tener una parte de autobiográfico del propio Houellebecq, es un personaje a medio camino entre la depresión y la desesperación, un ser anodino que no materializa el suicidio por pereza, casi ajeno a los sentimientos, un ente asexuado, incapaz de sentir mayor placer que el de dormir acompañado. Un ser que dice mucho de la Humanidad, vamos. Pero Bruno no se queda atrás ni mucho menos. Más bien situado al otro lado, es el polo opuesto de la vida, condenado a un exceso de humanidad, a un ardor ─en el sentido más sexual de la palabra─ constante y continuo que le lleva a la masturbación permanente. Bruno, como Tisserand, es un símbolo del fracaso social, que proviene de una infancia traumática y que da como resultado una personalidad desviada (que conste que utilizo esta palabra intencionalmente).
Se trata de la reutilización de una técnica que ya había aplicado con cierto éxito en Ampliación del campo de batalla. La Humanidad queda, por decirlo de alguna manera, condensada en Michel y en Bruno, que son los dos extremos. Entre ambos podría encontrarme perfectamente yo, escritor, y usted, lector. Con un pensamiento postmedieval se podría llegar a la conclusión de que Houellebecq trata de dar una lección moral, un puñetazo en medio del estómago que indica que los extremos son perjudiciales y que hay que tender al siempre aristotélico justo medio. Pero, por supuesto, esta interpretación sería demasiado sencilla para un libro que ha cosechado tantos éxitos y levantado tantas pasiones. ¿Crítica a la sociedad contemporánea entonces? También de eso hay mucho en Las partículas elementales, aunque una vez más parece una lectura demasiado simple.
Houellebecq hace en Las partículas elementales una detallada radiografía de la sociedad heredera del Mayo del 68, hito del que arranca la supuesta liberación sexual de la que es sin dudarlo hijo nuestro tiempo. La visión del escritor maldito es violenta y desmitificadora hasta los tuétanos, rompiendo la idea común de la liberación sexual como conquista social, comunitaria, a favor del individualismo más egoísta, iniciando lo que da en llamar una sociedad «erótico-publicitaria» en la que absolutamente todo se organiza en torno al deseo, hasta prácticamente devorar la vida de los hombres. Este es el deseo feroz que atenaza y obsesiona a Bruno, el eje vertebrador de su vida y su único objetivo en el mundo. Esta sociedad, con un nuevo sistema jerárquico descrito en Ampliación del campo de batalla, en el que el sistema económico capitalista compite con un sistema sexual, es la gran culpable de la perversión de sus miembros.
No deja de resultar curioso que Bruno aparezca en su infancia como un niño con «algo muy puro y muy dulce, anterior a cualquier sexualidad, a cualquier consumo erótico». Este niño acabará como un individuo contaminado por el consumo erótico, cuya meta principal en la vida y casi exclusiva es erótica, muy a pesar suyo. La forma en que se materializa esta contaminación resulta escalofriante y pone de manifiesto la vieja máxima hobbiana del homo lupus hominis. La infancia no se presenta como el territorio de la inocencia perdida, sino más bien al contrario. Es precisamente en esta edad cuando la jerarquía social de los hombres se identifica más con la de los animales: «A la mayoría de los chicos, sobre todo cuando forman pandillas, les gusta infligir humillaciones y torturas a los seres más débiles. Al principio de la adolescencia, sobre todo, el salvajismo alcanza proporciones inauditas […] Esta tendencia alcanza el máximo en las sociedades humanas primitivas, y entre los niños y adolescentes en las sociedades desarrolladas» Como resultado final, cuando este deseo sexual se vea mermado, Bruno siente una especie de alivio, en cierto modo un descanso o una tregua final. Pero ante todo no hay que perder de vista que en cierto momento se dice explícitamente que «Bruno era un buen representante de su época»
Esa obsesión con la sexualidad se relaciona, por supuesto, con la juventud y con el paso del tiempo, algo que se conjuga y resume en la siguiente frase: «llegará un momento en que la suma de los placeres que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores» Y hay que reconocer que en este aspecto Houellebecq tiene bastante razón: la época y la civilización actual es con diferencia la que más se ha preocupado por el paso del tiempo de cuantas han existido en el mundo. La explicación no puede ser más sencilla: perdida la fe en lo ultraterrenal, la muerte se contempla y se entiende en toda su magnitud como la desaparición del ser. La creencia única en los bienes terrenales ─cuyo símbolo más representativo es la juventud─ nos hace aferrarnos a ellos con uñas y dientes. No cabe duda de que esta vacuidad metafísica ha dado un nuevo cariz a la concepción que la Humanidad tiene de la vida y de la muerte.
La crisis de Occidente no es tampoco ni mucho menos un tema original, aunque quizá sí lo sea la vuelta de tuerca que se le ha dado al enfoque. La sensación general es de acabamiento repentino y de camino sin retorno, como si todo fuera a acabar muy mal a consecuencia del deseo: «las sociedades occidentales resbalaban hacia una zona oscura» Las relaciones sociales se ven profundamente degradadas, no sólo en cuanto al entrometimiento del componente sexual en su jerarquía, algo que da como resultado un cóctel difícil de digerir al describir a las estrellas de rock como la cima absoluta de esa jerarquía, equiparando esta circunstancia con la divinización de los faraones en el antiguo Egipto. Por otra parte, los personajes son la prueba palpable de la desestructuración del concepto de familia. Los padres no están dispuestos a perder sus bienes materiales, su juventud y su sexualidad sacrificándose por sus hijos, como ocurre con los padres de Michel y de Bruno o como ocurre con el propio Bruno y con su hijo. Lo que Bruno siente por su hijo es una especie de complejo de Edipo a la inversa, es decir, no puede soportar que algún día pueda ser sustituido por él, que algún día él fuera joven, que tuviera éxito en una vida que para él había sido sólo fracaso.
El único asidero que mantiene esta sociedad en crisis es el de la racionalidad, por encima de la humanidad. La necesidad de certezas racionales ha condicionado el devenir de Occidente, por encima de cualquier apasionamiento artístico, filosófico, político o incluso religioso. En este sentido es donde para Houellebecq no tiene cabida el Islam en el mundo, al que califica en uno de esos fragmentos que han dado fama a Las partículas elementales de obra polémica como «la más estúpida, la más falsa y la más oscurantista de todas las religiones» Michel, como un buen representante de esta necesidad de certezas racionales, no participa de la humanidad, se encuentra situado al margen, incapaz de experimentar más sentimientos que el de la compasión, y por supuesto incapacitado para amar. Entregado por completo a una vida intelectual únicamente encuentra consuelo en las ecuaciones matemáticas, en esas certezas racionales.
La solución que se predice en Las partículas elementales van de la mano del nuevo milenio, como si misteriosamente se anunciara una nueva época para la civilización. Para ello se utiliza la figura de Aldous Huxley en un doble sentido. Por una parte se indica su última novela, La isla, como una de las fuentes iniciadoras del movimiento New Age ─¿qué es sino “nueva era”?─ y por otra parte se resuelve el final del libro muy a lo Un mundo feliz. Huxley es al mismo tiempo la causa de esa crisis sexual y la solución, en dos obras que tienen muchos puntos en común, ya que en ambas se presentan dos sociedades utópicas con una organización tremendamente compleja. La mentalidad de Michel anuncia a voces a la sociedad futurista de Un mundo feliz: «Cuando se descifrara del todo el código genético (y eso sólo era cuestión de meses), la humanidad estaría en condiciones de controlar su propia evolución biológica; la sexualidad aparecería entonces como lo que realmente es: una función inútil, peligrosa y regresiva»
Ese «mundo feliz» que anunciara Huxley es en lo que acaba convirtiéndose la civilización occidental en Las partículas elementales por obra y gracia de Michel. Este final de ciencia-ficción se entiende como crítica a una situación que está cada vez más presente en nuestra sociedad ─¿tan raro nos suenan términos como los de «niños probeta» o «bebés a la carta»?─ pero no está acorde con el tono general de la novela, lo que podría llevar, y en más de un caso lo habrá hecho, a malos entendidos en su interpretación. Un final algo confuso para un libro que por si no fuera poco tiene una lectura dura y difícil, casi aguardentosa. Lo positivo es quizá que Houellebecq tiene palos para todos: la derecha, la izquierda y el centro. No hay casi nada representativo de la sociedad actual que quede fuera de su mirada crítica. Independientemente de su valor estético, hay que reconocer el valor de los escritores y de las obras que saben azuzar e incomodar a las clases sociales acomodadas.
«Pasatiempo», de Mario BenedettiCuando éramos niños
Con motivo del fallecimiento de Ángel González publiqué dos de sus poemas relacionados con la muerte: «Muerte en el olvido» y «Muerte en la tarde» No he querido dejar de hacer lo mismo con Benedetti, algo que no es precisamente tan sencillo en un poeta que mayormente ha cantado a la vida y al amor, que en definitiva es una prolongación de la vida. Pero este vacío se debe más a un concepto de la poesía que tiene algo de whitmaniano que a una carencia simple y llana. Lo que no quiere decir que Benedetti sea incapaz de sacar el jugo de uno de los temas universales por excelencia, algo que demuestra sobradamente en «Pasatiempo», uno de sus poemas más archiconocidos.
El título del poema es uno de esos aciertos a lo Benedetti con un juego de palabras implícito. El poema trata sobre el paso del tiempo, un tema que sirve al poeta uruguayo para condensar ambas palabras en una única expresión cuya banalidad choca con la sensación desconsolada que produce su lectura. Esta antítesis sirve a Benedetti además de “pasatiempo” lingüístico como ironía, que es quizá la única herramienta válida con la que el hombre pueda enfrentarse a algo tan serio como la muerte.
Que un poema consiga resumir lo más elemental de una vida en veinte versos demuestra que tras de las palabras se encuentra un genio del lenguaje. Algo así es lo que Benedetti consigue en «Pasatiempo», un auténtico prodigio de condensación lingüística. El poema se compone de cuatro estrofas, cada una de ellas dedicadas a una de las cuatro edades representativas del hombre: infancia, adolescencia, madurez ─identificada en una breve pincelada con el matrimonio─ y vejez. La construcción es paralelística ─lo que incide en mostrar la evolución del hombre─, basada en la perspectiva del ser humano en cada una de esas etapas de la vida.
Para hacer hincapié en la subjetividad del ser humano se han tomado tres elementos, que asimismo vertebran cada estrofa: la vejez, un objeto cuyas dimensiones cambian según la edad ─no en vano un océano─ y la muerte. El tope de la vejez va cambiando según la edad, hasta que se produce la coincidencia en los sesenta años. Lo que Benedetti ha pretendido indicar que es ésta la edad a partir de la cual el hombre empieza a plantearse seriamente la posibilidad de morir, cuando empieza a contemplarlo como una posibilidad real. Asistimos al nacimiento de una realidad en cuatro estados distintos: desde la no existencia, pasando por la palabra y la realidad ajena, para finalizar en la propia experiencia. Parece ser éste el momento en que el hombre está en posesión de la verdad, como si la verdad fuera la muerte, que había habitado dentro de la vida desde el primer momento, desde el instante primero del nacimiento. Al mismo tiempo, el punto de vista que se tiene del mundo también pasa por distintos estados, creciendo con el hombre y con su experiencia: el océano pasa de charco a estanque, después a lago y por fin se vuelve lo que es, océano. La elección del agua no es casual, ya que desde antiguo se ha relacionado de alguna manera este elemento con la muerte, desde el mundo clásico, en cuya muerte se hacía necesario atravesar un mar ─el Aqueronte─ o bien en la más medieval interpretación manriqueña de las vidas como ríos y la mar como la muerte.
En fin, no deja de ser sorprendente y al mismo tiempo reconfortante que aún puedan existir enfoques originales para temas que el hombre ha estado tratando desde el principio de los tiempos. Es eso lo que hace a un buen poeta. La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson![]() La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson La mala literatura para jóvenes es aquella que nace con fecha de caducidad, que sólo pueden leer los jóvenes y que una vez han crecido se pasa como el arroz. La buena, en cambio, puede ser leída en cualquier momento de la vida, en la juventud, en la madurez, en la vejez, que no se pasa. Si bien es cierto que no es lo mismo leer un libro a los quince que a los treinta. Cada libro, lo que se percibe de él evidentemente, cambia en cada lectura, sin necesidad de que hayan transcurrido años de una a otra. La buena literatura para jóvenes no es aquella que está escrita para jóvenes ─no los tratemos como a tontos, que diría C. S. Lewis─ sino aquella que es recomendable leer en la juventud porque aporta elementos fundamentales y enriquecedores en ese inevitable proceso que es el ir creciendo. Volver a leer un libro que conocimos en nuestra infancia tiene algo de profano, como arrancar el sello que esconde un momento fundacional de nuestras vidas, y sin embargo, es siempre preferible a leer un libro que pudo habernos marcado y no lo hizo porque no lo conocimos en su momento. Hablar de La isla del tesoro desde mi perspectiva adulta tiene, efectivamente, algo de profano, y aún siendo así no puedo dejar de hacerlo.
Una de esas perspectivas de adulto más completas, porque no pierden de vista la mirada infantil, es la de Roberto Cotroneo en esa entrañable carta a su hijo titulada Si una mañana de verano un niño. En este libro Cotroneo ofrece su particular visión de varios libros, relacionados con la adolescencia y con el proceso de crecimiento y de maduración. Además de dedicar un capítulo a La isla del tesoro, se detiene en El guardián entre el centeno, Tierra baldía y El malogrado de Thomas Bernhard. Cotroneo se detiene a describir dos aspectos concretos pero imprescindibles de la obra de Stevenson. En líneas generales La isla del tesoro ─como El guardián entre el centeno─ es la descripción del proceso de maduración de un niño, que acaba convirtiéndose en un adulto y asumiendo las responsabilidades que exige la nueva condición. Para Cotroneo dos de los aspectos más importantes del crecimiento de Jim son la distinción entre el bien y el mal ─no siempre evidente en el libro─ y lo terrible de asumir la realidad de las aventuras, que en algunas ocasiones pueden poner la vida en peligro.
Cuando comienza La isla del tesoro Jim está de lleno en la infancia. La irrupción del viejo marinero en la posada de sus padres hace que la maldad verdadera entre por completo en la vida de Jim. Desde la perspectiva del niño Jim contempla a esos peligrosos marineros con horror, llegando a poblar todos ellos sus pesadillas, y especialmente aquel que tiene una sola pierna. El ciego se describe precisamente con ese horror infantil: «Parecía encorvado por la edad o el cansancio, y su amplio y viejo gabán marino, raído y con un capuchón a la espalda, le daba un aspecto miserable y deforme […] Le tendí la diestra, y la horrible y melosa criatura sin vista la agarró alñ instante con la suya, como en una tenaza […] No había oído nunca una voz tan cruel, fría y repugnante como la del ciego» Más adelante Jim empezará a desconfiar de esos maniqueísmos, se dará cuenta de que el bien y el mal no siempre son lo que parecen. Tras la muerte del viejo marinero que pobló de pesadillas su imaginación infantil, Jim no puede sentir más que compasión, e incluso derrama unas lágrimas.
Con la muerte del viejo marinero se abre el proceso de maduración de Jim, sobre todo al plantearse la posibilidad del viaje para buscar el tesoro del viejo pirata Flint. Para Jim es una oportunidad de vivir aventuras ─«soñando estupendas y afortunadas aventuras por mares desconocidos y tierras lejanas»─, pero simbólicamente puede entenderse como un viaje iniciático que hará que Jim abandone para siempre la infancia y que finalmente recabe en la edad adulta: «jamás llegué a imaginar nada que fuese tan sorprendente y trágico como luego resultaron mis aventuras de veras» Para iniciar este viaje iniciático Jim debe cortar por completo los lazos con su madre, algo así como le ocurría a Lázaro de Tormes: el hidalgo le prohibe explícitamente pasar más de una noche con su madre antes del viaje. Jim es consciente de la importancia de lo que está en juego y de lo que ha perdido tras despedirse de su madre: «Poco después doblamos un recodo, y toda mi infancia desapareció ante mis ojos…» Aún más, al poco tiempo de zarpar, ya en el barco y rodeado de marineros, Jim piensa en su infancia como si fuera algo ya muy lejano: «en seguida comenzó a entonar aquella rara canción, que tantas veces yo había oído en mi infancia»
Como descripción breve y acertada de Long John Silver me quedo con la de Malos y malditos de Fernando Savater, que además tiene la ventaja de ser un libro escrito para niños, por aquello que decía antes de las visiones infantiles. Su personalidad es compleja y al mismo tiempo contradictoria. De ser el protagonista de las pesadillas de Jim pasa al polo opuesto, como humilde cocinero, antiguo héroe de guerra mutilado, viejo lobo de mar, desagradable de aspecto, recio y rudo, pero de total confianza. Jim, totalmente admirado con el viejo pirata, no puede quedar más impresionado con Silver, algo así como si fuera un modelo a imitar: «Tiene mucha lectura, mucha instrucción, y cuando quiere habla como un libro. Además, es el hombre más valiente del mundo, un león, ¡una fiera! Yo le he visto luchar solo y sin armas contra cuatro hombres, y romperles a todos la crisma […] La tripulación en masa le respetaba e incluso le obedecía; Silver sabía hablar a cada uno según su carácter y hacer favores a todos. Conmigo se mostraba invariablemente afectuoso»
Después de que Jim, oculto en el barril de ron, escuchara la conjura de los piratas para amotinarse, asesinar al médico, al hidalgo y al capitán, y hacerse con el tesoro de Flint, conoce la verdadera cara de Silver, que le infunde una mezcla de temor y repugnancia. En ese momento se da cuenta de que tiene en sus manos la responsabilidad de salvar la vida de sus compañeros de aventuras. Ésta es la causa de que Jim crezca de golpe, la causa de que al salir del barril sea ya un adulto que ha asumido plenamente sus obligaciones. Se produce un fuerte choque entre lo que Jim proyectaba de su imaginación sobre el mundo y la realidad del propio mundo; la aventura no es ya lo que parecía en un principio, e incluso la isla, que en un primer momento se dibujaba en su imaginación como un paraíso lleno de intensas emociones, aparece en la aplastante realidad como «un paraje húmedo y malsano, infestado de fiebres»
El acontecimiento definitivo que acaba separando a Jim de su infancia para siempre es, como bien señala Cotroneo, la experiencia real y empírica de la muerte. Silver hace las veces de sacerdote en un auténtico rito de iniciación, que incluye el sacrificio humano de un inocente. Hasta el momento las fanfarronadas de Silver no iban más allá de las palabras, ahora demuestra que es capaz de asesinar a sangre fría, que es el monstruo que él mismo había descrito. Jim, en un primer momento, sucumbe al pánico: «En aquel instante mis ojos se nublaron y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor […] Me parecía mentira que se acabase de cometer un crimen, allí mismo, y una vida humana hubiese sido segada ante mis propios ojos» Ya no se trata de esos miedos infantiles que poblaban sus noches de pesadilla. Esta vez el pirata cojo se ha materializado ante él. Esta vez el horror es real.
Si antes había experimentado la muerte como algo ajeno, aunque cercano, ya en el fortín, cuando se produce el asalto de los piratas, la posibilidad de morir es algo inminente. En este asalto se cristaliza todo lo que se ha venido insinuando: a partir de la masacre Jim será otro. Más adelante, con la conquista del barco, Jim siente la muerte entre sus propias manos, esta vez como ejecutor. La lucha por la supervivencia le lleva a matar a Hands. A estas alturas Jim ya será capaz de pensar de un modo bien distinto al Jim del principio: «La frecuencia de nuestras trágicas aventuras había embotado mi terror por los difuntos»; y más adelante dirá a Silver: «ya me voy acostumbrando a mirar cara a cara a la muerte»
El Silver con el que se reencuentra Jim en el fortín parece ser de nuevo el primero, el apacible cocinero que destacaba por su rectitud, esta vez al mando de un puñado de piratas sin escrúpulos. No sólo vuelve hacer de maestro ─y de padre─ para Jim, sino que está dispuesto a protegerlo de sus compañeros de correrías, aún a riesgo de poner su propia vida en peligro: «Ese muchacho es de lo mejor que yo he visto en mi vida, y más valiente que todos los cobardes juntos que me están oyendo. Creo que él me estima en algo; pero yo le quiero más a él. Conque, ojo alerta, ¡al primero que lo toque, le rompo la crisma!» Stevenson deja en el aire el origen de ese cariño que Silver siente hacia Jim; tal vez el viejo pirata cojo se siente identificado con el muchacho, tal vez lo ve como la única forma de salir con vida de esta aventura ─la amistad se forja en una tremenda frase que dice «hemos de vivir o de perecer juntos»─. Lo cierto es que Jim le corresponde como un auténtico caballero, y tras haber dado su palabra de mantenerse a su lado y de protegerlo en todo momento lo hace. Una vez más la visión que tiene Jim de Silver cambia: «yo estuve un largo rato mirándole con profunda lástima […] Ese hombre rarísimo varía, por sí solo, cien veces más que todos los piratas juntos» Esta curiosa amistad es precisamente el eje que utiliza Savater en su descripción de Silver, para quien «quizá el pirata quería ser adolescente o quizá el niño quería ser pirata»
El único inconveniente que puede tener La isla del tesoro, sobre todo para llegar a los jóvenes de hoy, es el abuso del lenguaje técnico de marineros, algo así como le ocurre a Moby Dick de Meville. A lo largo de varios capítulos, aquellos en los que Jim consigue recuperar el barco, se utilizan esos tecnicismos que dificultan la lectura de los profanos en la materia. Salvo esta excepción, la historia que cuenta Stevenson, a pesar de tener un aroma a antiguo, por lo de la historia de los piratas, no ha perdido ni un ápice de vigencia. Los conflictos de Jim, en clave simbólica, son los mismos que inquietan hoy a nuestros adolescentes.
La carretera, de Cormac McCarthy![]() La carretera de Cormac McCarthy Hay libros que al leerlos, a partir de una página determinada, se convierten en un elemento determinante e inseparable en la vida del lector. Libros que marcan de por vida. A los que da gusto volver, que se leen y releen una y otra vez, encontrando siempre matices nuevos. Así es como empieza la inmensa mayoría de las críticas que he leído sobre La carretera de Cormac McCarthy. El libro que ganara el premio Pulitzer en 2007 se ha convertido en un auténtico clásico ─además de venderse como un bestseller─, un libro de culto que posiblemente llegue a ser uno de los pilares de la literatura del siglo XXI. McCarthy ha convertido uno de los temas más comunes en el cine y la literatura de serie B (que ha dado obras en la línea de Soy leyenda de Richard Matheson o más modernamente Guerra Mundial Z y Apocalipsis Zombie) en un complejo y completo tratado sobre el ser humano y sobre la sociedad, al más puro estilo de Las partículas elementales de Houellebeq. En ambos se muestra la decadencia del mundo, de las relaciones sociales, a través de un futuro utópico, que en Houellebeq tiene mucho de huxleyano. Dos libros que nacen de la desestructuración posmodernista de la sociedad, pero con distintos matices, y por encima de todo, con una prosa radicalmente opuesta. Si la de Houellebecq está llena de florituras intelectuales, la de McCarthy es parca, austera, directa, contundente y sencilla, no por ello menos lírica.
La carretera se abre con un inicio perturbador, que envuelve a toda la obra con un halo onírico que prácticamente nos transporta al infierno de El jardín de las delicias de El Bosco. En mitad de una pesadilla un ser lovecraftiano nos anuncia el fin del mundo. Cuando el protagonista, el hombre ─que los personajes se nombren como «hombre» y «niño» da una idea del plano simbólico de la obra─, se despierta, lo hace en mitad de un páramo desértico en el que la nota característica es la falta de color: «todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos […] Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color […] viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno» Y si los días son oscuros, las noches tienen una negrura en la que es imposible ver nada, «una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar» Ese paisaje lleno de polvo y ceniza por todas partes, con ciudades quemadas y deshabitadas, es la descripción de un mundo decadente y en descomposición.
Toda la secuencia que se reproduce a continuación de la pesadilla es un prodigio in media res. En pocas pinceladas se describe la devastación de un mundo, sin ofrecer ninguna información, ni al comienzo ni a lo largo de la novela. Más adelante el niño preguntará a su padre qué ha pasado, a lo que éste responderá: «¿Qué pasó? No lo sé exactamente. Es una buena pregunta» El único dato que se ofrece es que ha habido tormentas de fuego que han destruido la superficie del planeta, lo que hace pensar en una apocalipsis nuclear. A McCarthy no le interesan tanto los motivos como los resultados. Y el resultado, además de todo lo descrito, es el enfriamiento de la superficie, «un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida» Para huir de ese frío se plantea la necesidad de viajar hacia el sur, que se llega a identificar con el paraíso perdido, un mundo donde todo es como antaño, un mundo en el que existieran otros niños.
La necesidad de viajar hacia el sur es uno de los ejes fundamentales de La carretera, una novela que muestra el proceso de maduración de un niño, sometido a un viaje iniciático. En este sentido, la obra tiene varios puntos en común con La isla del tesoro, e incluso puede identificarse, en parte, al niño con Jim, sobre todo en cuanto al descubrimiento de la muerte ─convertida en algo cotidiano─ y de la maldad humana. En la utopía de La carretera las relaciones sociales que se establecen entre individuos se ven alteradas por completo. El concepto aristotélico de hombre como animal político ha sido bruscamente sustituido por una concepción hobbesiana. En este caso, además, la máxima del hombre como lobo para el hombre, se ha convertido en una realidad brutalmente escalofriante, debido a que la escasez de alimentos ha obligado a una gran parte de los supervivientes a realizar prácticas caníbales. Ésta es la descripción que hace McCarthy en pocas palabras del nuevo mundo: «El mundo al poco tiempo poblado mayormente por hombres que se comían a tus hijos ante tus propios ojos y las ciudades en poder de bandas de atezados saqueadores que abrían túneles en las ruinas y salían reptando de los escombros blancos de dientes y ojos con bolsas de malla repletas de latas chamuscadas y anónimos como compradores salidos de los economatos del infierno»
El individualismo es la nueva creencia de una sociedad en la que sus componentes se relacionan a través del miedo y de la desconfianza. La nueva Humanidad se ha vaciado de toda humanidad en favor de la supervivencia, ya que sentir compasión puede equivaler a morir irremediablemente. Esta situación lleva a los protagonistas a la continua huida, al rechazo absoluto de otros seres humanos. En varias ocasiones el hombre utiliza una visión maniqueísta del mundo, autoproclamándose como abanderado de los buenos, aunque lo cierto es que las fronteras entre el bien y el mal no parecen tan evidentes, y los que supuestamente son los buenos no actúan como tales, sino siempre en beneficio propio. Esta sociedad se sustenta sobre el horror, conformando un mundo que recuerda a la pesadilla que abre el libro. Muchas descripciones tienen la misma perplejidad surrealista que El Bosco: «Acurrucados junto a la pared del fondo había hombres y mujeres desnudos, todos tratando de ocultarse, protegiéndose el rostro con las manos. En el colchón yacía un hombre al que le faltaban las dos piernas hasta la cadera, los muñones quemados y ennegrecidos. El olor era insoportable»
El único elemento del mundo que se mantiene constante e inalterable es la carretera. Tal es su importancia ─que dé título a la novela no es anecdótico─ que puede considerarse como el tercer gran personaje del libro. La carretera es una metáfora con múltiples interpretaciones, que marca el camino a seguir y del que no hay que desviarse, pero que también simboliza lo poco que hay en el mundo que seguirá existiendo siempre sin cambiar nunca. No importa lo que ocurra, porque las carreteras siempre estarán ahí, porque «no hay nada para arrancarlas»
La estructura del libro se construye a partir de un entramado de recurrencias y repeticiones. El tiempo narrativo se vuelve tan lento que llega a anularse en una especie de bucle absurdo ─que recuerda al mito de Sísifo─ que atrapa a los personajes y los condena a repetir una y otra vez los mismos actos. Las escasas referencias al pasado, en forma de recuerdos de momentos infantiles del hombre, sirven para acentuar la estructura paralelística en la que se repite con su hijo lo que el hombre vivió de pequeño con su padre: «El chico de pie a su lado. Como él mismo había estado junto a su propio padre un invierno de hacía muchos años» Por lo demás, la sucesión temporal se limita al más puro presente: no hay pasado porque se desconoce lo que ha ocurrido en el mundo y tampoco parece muy fiable el futuro, debido a la fragilidad de la vida. A pesar de esta clara apuesta por el presente McCarthy deja abierta la posibilidad de un futuro.
Aunque la impresión superficial lleve a pensar que McCarthy ensaya un estudio humano sobre el nihilismo, existe una vaga religiosidad que deja un resquicio abierto para la esperanza. Esta religiosidad se basa en su hijo, del que el hombre piensa que «si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca» En varias ocasiones el hombre pone en duda esta esperanza, llegando a pensar incluso que es preferible la muerte a la supervivencia; se trata en todo caso de la muerte y de la supervivencia propia, porque sabe que ante todo tiene que proteger a ese niño que es el guardián y el responsable de la escasa humanidad que queda en el mundo, un niño bueno y confiado a pesar de haber nacido y de haberse criado en un entorno hostil. Esta es la esperanza, simbolizada en el niño, que cierra La carretera, la esperanza de que todavía es posible que el hombre reconstruya su presente, que vuelva a levantar su futuro.
Renuevo el dominio www.lpds.esYa ha pasado un año desde que me acogiera a la promoción del programa Jóvenes en red, que ofrecía un dominio .es gratuito durante un año. Durante varios días, después de que me llegara la factura de la renovación, me he estado pensando si pagarla o no. No es que la factura sea una fortuna, pero como la bitácora la he mantenido en Blogia, y el dominio .es lo único que hace es un redireccionamiento a la antigua dirección, el que lo tenga es algo más anecdótico que útil (ya que yo mismo pongo la dirección de Blogia en lugar del dominio .es cuando quiero entrar en la bitácora). Lo decidí así en su momento por pura vanidad, pensando que si cambio la dirección perderé la inmensa mayoría de las visitas, que no de lectores. Al mismo tiempo estoy esperando que Blogia incorpore un sistema para incluir las bitácoras en dominios, al estilo de Blogspot.
El principal motivo por el que he decidido renovar el dominio es que parece que Yahoo! va a cerrar Geocities, que es el hosting gratuito donde tengo metida la plantilla de la bitácora y algunos archivos complementarios. Para guardarme las espaldas me quedo con un hosting de pago, no vaya a ser que me vea después sin nada. Ahora que lo he renovado afianzo el dominio, aunque de momento sigo trabajando en Blogia como he hecho hasta ahora. Miércoles, 27 de Mayo de 2009 19:19. # Esta piedra. Tema: Nihil humani a me alieno puto Hay 2 comentarios. |
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2004 - 2009 La piedra de Sísifo - IBSN 0-000-0000-13 La piedra de Sísifo es obra de Alejandro Gamero Parra. Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Términos y condiciones generales. Hospedaje Web por Blogia.
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