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El defensor, de Pedro Salinas

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El defensor de Pedro Salinas

     Aunque la voz más conocida de Pedro Salinas sea la del poeta amoroso, autor del inmortal ciclo compuesto por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento, dejando a un lado su faceta menos conocida de novelista ―con La bomba increíble―, no dejan de ser aportaciones interesantes y relevantes en el campo de la crítica literaria sus incursiones en el género ensayístico, una labor que ha dado como resultado los dos libros monumentales Jorge Manrique o tradición y originalidad y La poesía de Rubén Darío. También bajo la forma del ensayo, un cauce que Juan Marichal no dudará en describir hablando de Salinas como «cortada a su medida», el poeta madrileño recoge bajo un mismo título, El defensor, varios temas que quedan reflejados en el subtítulo: Elogio y vindicación de la correspondencia epistolar, de la lectura, las minorías literarias, los viejos analfabetos y el lenguaje. A pesar de que pueda parecer un libro heterogéneo a primera vista un tono muy parecido al de Todo más claro da unidad al conjunto, la preocupación por la progresiva maquinización de la vida, «por el riesgo en que se ven hoy día algunas formas tradicionales de la vida del espíritu», en palabras del propio Salinas.

 

     Lo que lleva a Salinas a defender la correspondencia es la conciencia de la carta como una especie de espejo que da el reflejo del que la escribe; es decir, un método de introspección, como una forma del ser humano para conocerse mejor a sí mismo a través del lenguaje. Y no sólo por lo que se dice y por cómo se dice, sino incluso por la letra a través de la cual se dice; porque existe en Salinas la seguridad de que la letra es una «forma cristalizada de ademán, un prisma que refleja muchas luces interiores de la persona» ―de ahí la superioridad de la mano a la máquina de escribir―. Partiendo de estos presupuestos, su defensa epistolar comienza con una especie de historia de la correspondencia, cuya aparición, hace cuatro mil años en la antigua Babilonia, es comparada en un alarde de entusiasmo con el descubrimiento de la rueda. Este recorrido va desde el monopolio masculino y eclesiástico de la Edad Media hasta la democratización del correo en el siglo XIX con la disminución del analfabetismo y la creación del sello postal. En este recorrido se pueden distinguir dos tipos de cartas, públicas y privadas, según la intención con que fueron escritas ―y teniendo en cuenta que una carta privada puede acabar convirtiéndose en pública―.

 

     En ese terreno resbaladizo entre la privacidad y la no privacidad hay que considerar detenidamente las relaciones entre la literatura y el género puramente epistolar. Cuando la carta pierde su carácter privado, cuando tiene una intención claramente literaria, es como si perdiera parte de su esencia para convertirse en un producto distinto. Según Salinas, «literatura, los sentimientos exhibidos indiferentemente, delante de todos. Correspondencia, un sentir íntimo, participado por uno o unos pocos, los que quiera el autor. Aquélla, lo impúdico», ésta, lo pudoroso». Precisamente en este pudor del que habla Salinas demuestra cierto machismo de época, la consideración de que esa tendencia a la intimidad es un «rasgo psicológicamente femenino», una tesis que argumenta aportando conocidos casos de autoras de epistolarios desde la Edad Media.

 

     Dejando a un lado la correspondencia, un tema en el que Salinas deja entrever unas ideas más tradicionales, las reflexiones que hace sobre la lectura son de lo más brillante del conjunto. Partiendo de una cita de Marginalia de Edgar Allan Poe, en la que el poeta se lamenta de la apabullante multiplicación de los libros en todas las ramas del conocimiento, Salinas se pregunta cómo es posible que un ser humano normal pueda leer tantos libros en el corto tiempo de de que dispone en una vida. No se trata de un pensamiento novedoso, según se confirma con la máxima latina del ars longa vita brevis, pero adquiere nuevas dimensiones para el hombre contemporáneo, inmerso en una sociedad que está saturada de informaciones. Dejando a un lado que hoy en día se escriben más libros que en cualquier época pasada ―gracias a las mejoras en el mundo editorial―, el hombre es más consciente que nunca de la cantidad de libros que se publican. Lo que hay que tener claro, antes que enfrentarse al problema de lleno, es que el hombre que se da por vencido antes de empezar, aquel que afirma no tener tiempo para leer, no es tiempo de lo que no dispone, sino de ganas. Leer es una actividad que una función muy variable, que va desde la tediosa instrucción al mero pasatiempo.

 

     Las alternativas que Salinas baraja para vencer a ese monstruo gigantesco en que se convierte el libro ―por la vastedad de sus dimensiones ante lo minúsculo de la vida― son en su mayor parte defectuosas por unos u otros motivos. Aumentar la velocidad de lectura, por ejemplo, olvida que el verdadero tiempo de lectura es muy variable dependiendo de un conjunto de circunstancias que no son medibles ―el lector, el autor, el tema, las circunstancias de espacio y tiempo, etc.―. Aunque la solución más peculiar es la de resumir los libros, una idea que parodia Hemingway con el Quijote, olvidando de esa manera que son algo más que meros portadores de argumentos, que la literatura se obtiene a partir de la unión indivisible entre forma y contenido, una unión que no puede verse reducida a mero contenido. Una versión de estos resúmenes, algo que ya no parece tan descabellado, serían las reseñas que aparecen por doquier, sobre todo en revistas especializadas. El problema no está en la reseña en sí sino en como se utilice: no debe sustituir en ningún caso al libro, antes debe ser una invitación a la lectura o al descarte. El problema que se deriva del enjuiciamiento de los libros en las reseñas fue ya señalado por Virgina Woolf, que parte de criterios a veces demasiado personales a veces demasiado comerciales: una misma obra puede ser valorada muy positiva y muy negativamente al mismo tiempo, lo que «confunde al lector y le desmoraliza» según Salinas.

 

     La solución pasa por cambiar radicalmente la concepción que se tiene de la lectura en la época actual. Lo importante no es tanto la cantidad como la calidad de lo que se lee. Si como dijo Quevedo, han de ser «pocos, pero doctos libros juntos», es preferible recurrir a los clásicos, que han sobrevivido al examen de los siglos, antes que a las últimas novedades, por mucho que descartar este tipo de lecturas suponga no estar al día. Salinas hace un retrato bastante certero de aquellos que se empeñan en leer todas las novedades: «Se ha colado tan sutilmente por todos los resquicios de nuestra sociedad la idea de la moda, y de lo obligatorio de sus mandatos, que lo que quieren leer el mayor número de gentes es el libro de moda, para poder hacer buen papel en sociedad y denotar a las claras que se es moderno». El problema, no podía ser otro, es el de elaborar una lista de clásicos, de libros que merecen ser leídos, que deben pasar a formar parte del canon, en definitiva. Salinas entiende la elaboración de un canon como «el viaje planeado de una vuelta al mundo», con su itinerario y sus señalizaciones ―lo que supone el ahorro de trabajo―. A este ataque contra la noción del canon se une un aspecto del que peca Harold Bloom ―el gran defensor del canon― en su libro El canon occidental: la importancia absoluta de la literatura inglesa por encima de las literaturas de otros países, incluyendo la española, y la ausencia de géneros como la poesía y el ensayo en comparación con la novela. Además de la dificultad para definir el concepto de clásico, una noción que debe ser fluida y viva, Salinas señala la dificultad del canon para cubrir las necesidades de cada lector, atendiendo a tres parámetros: nacionalidad, edad y sexo. De esta manera, el canon tendría que particularizarse tanto que habría que hablar de un canon distinto para cada individuo.

 

     La única solución que cabe para Salinas parte de admitir la imposibilidad de leerlo todo y la necesidad de seleccionar, de elegir y de dejar a un lado lecturas. El canon, antes que punto de partida, debe convertirse en destino final del viaje. Algunos de los aspectos que se deben tener en cuenta son la educación y la creación de un espacio de lectura personalizado, un ámbito en el que juegan un papel fundamental el silencio, la soledad e incluso la luz. Del triunfo o fracaso de todos estos factores dependerá la división que hace Salinas, citada de forma reiterada, entre leedores ―la inmensa mayoría― y lectores ―los verdaderos―.

 

     Otro de los puntos claves de El defensor es el elogio que Salinas hace de las minorías literarias. Su defensa de las minorías comienza con la distinción de Van Wyck Brooks entre literatura primaria ―la superior por volver su cara a la vida― y literatura de minorías ―la que Salinas defiende―. Los términos de esta división, empero, están llenos de ambigüedad y de indeterminación. Van Wyck Brooks utiliza una serie de características enumeradas por Bouvier: «Sus obras van en contra de una santa tradición nacional; son inmorales; son oscuras, bárbaras, ininteligibles; lo que sus autores quieren es llamar la atención con sus excentricidades». A estas características Van Wyck Brooks añade que «no expresan a su época, carecen del sentido de época». La situación del escritor es infinitamente más compleja que la enunciada por Van Wyck Brooks, en él existe la lucha de una dualidad entre la mayoría y la minoría, algo así como el enfrentamiento entre la necesidad de ser entendido por todos y de utilizar un lenguaje alejado del común. Precisamente a la descripción de esa tierra de nadie dedica Luis García Montero su ensayo Los dueños del vacío. La descalificación que Salinas hace de Van Wyck Brooks merece pasar a la historia de las falacias del criterio estético: «Por una extensión del principio político de que todos los hombres son iguales al nacer, se sostiene que todos los hombres son iguales en su capacidad de pronunciar un juicio sobre la Divina Comedia o las novelas de Sherlock Holmes, treinta o cuarenta años después de nacer».

 

     A raíz de esa defensa de las minorías Salinas se plantea el nacimiento del bestseller ―ya mencionado en mi artículo «Morfología del bestseller»― a partir del siglo XIX, con la mejora en la difusión del libro, en la educación y en el periodismo. Con el bestseller el valor cuantitativo cobra importancia por encima del cualitativo: el libro pasa a entenderse como una mercancía, como un objeto de mercado, llegando a la conclusión de que «el libro que más se vende es el mejor». El procedimiento de valor, descrito por Salinas, es el siguiente: «Se lanza al mercado la novela X. Y se espera. No mucho. A los pocos días empiezan a llegar a la casa editorial las notas de venta de las librerías. Se suman. Y de la relación entre los resultados y el número de días públicos que tenga el libro se alza radiante, con seguridad solar, el juicio sobre el libro». De esta forma se sustituye la labor que antes era acometida por una minoría especializada por la dictadura de una mayoría no especializada. La función de la minoría es la de preservar la cultura, las ideas, los movimientos artísticos, como ocurre en la antigüedad clásica, en la Edad Media, en las cortes provenzales, en el humanismo o en los salones franceses del siglo XVIII. Como reconoce Dewey, las ideas valiosas nacen de las minorías ―aunque sea de uno― para pasar a la mayoría.

 

     En la última parte de El defensor, en el elogio a los viejos analfabetos y al lenguaje, Salinas ofrece dos puntos de vista distintos sobre la educación. En su defensa de los viejos analfabetos Salinas distingue entre el clásico, el que no sabe leer, y lo que él llama el neoanalfabeto, es decir, un «analfabeto que sabe leer». Como producto de la educación moderna, el neoanalfabeto es un individuo que aparece como hombre de acción, práctico, confiado en el progreso y en la técnica. Aún cabe distinguir a los neoanalfabetos parciales, que son aquellos que, eligiendo el camino de la especialización, se niegan a leer cualquier cosa que esté fuera de su reducido ámbito de conocimiento. Dentro del sistema educativo, la lucha contra el analfabetismo debe ser algo más que la reducción del número de personas que no saben leer y escribir, antes bien, debe cobrar una nueva dimensión al tener en cuenta la existencia de estos neoanalfabetos.

 

     Por otra parte, en la defensa del lenguaje Salinas, tras una reflexión bastante abstracta y teórica sobre las relaciones entre el lenguaje y el ser humano y entre el lenguaje y el pensamiento, defiende la necesidad de que todo país adopte una política del lenguaje, basada en tres líneas de acción: la aceptación de una norma lingüística, la educación lingüística basada en autores clásicos y la rehabilitación y dignificación del teatro. Porque en definitiva, «no habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje».

 

     Es posible que El defensor tenga fragmentos que no hayan envejecido tan bien como la poesía amorosa de Salinas, pero lo que llama ante todo la atención de este conjunto de ensayos no es su carácter específico y científico sino su amor sincero y apasionado hacia todo lo que defiende, hacia el lenguaje en general, y hacia sus vertientes, ya sea la lectura, la escritura de correspondencia o las minorías literarias. Lo que de verdad hace valiosos estos textos es que Salinas hable más desde el corazón que desde la razón. Y precisamente por eso sorprende cuánta razón puede llegar a tener en sus reflexiones.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Martes, 08 de Septiembre de 2009 11:45. # Esta piedra. Ex libris Hay 1 comentario.


Estudios sobre el amor, de José Ortega y Gasset

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Estudios sobre el amor de José Ortega Gasset

     El amor, la pasión quizá más humano y más universal, ha ocupado un capítulo fundamental en los esquemas de pensamiento de muchos filósofos, ya desde la Antigüedad Clásica, desde el atormentado Catulo y su apasionado «odi et amo» hasta el que es uno de los tratados amorosos más profundos y simbólicos de toda la Humanidad, El asno de oro de Apuleyo, una obra que según Grimal bebe directamente del Fedro platónico. La historia de Eros y Psique ―de un platonismo aplastante―, de cómo el Amor es sometido a pruebas para alcanzar la inmortalidad, con resurrección incluida, es analizada por Octavio Paz en La doble llama, incluida su revisión en el Ulises de Joyce. La vuelta de tuerca se produce en Provenza en los siglos XI y XII, como señala Denis de Rougemont en su libro L´Amour et l´Occident. Desde entonces mucho ha evolucionado la concepción del amor occidental, y aún hoy sigue haciéndolo. Los textos de Ortega y Gasset, escritos en la primera veintena del siglo XX, no han envejecido del todo bien: han perdido cierta vigencia con el paso de los años y no van más allá de ser meros testimonios de la realidad histórica de una época.

 

     Para acometer el estudio de una parcela tan amplia de la naturaleza humana como es el amor Ortega comienza acotando la materia con una definición del amor. En primer lugar, es necesario distinguir causa y consecuencia: amor no es exactamente aquello que produce el amor. Aunque es evidente que el deseo presupone la existencia del amor, no coinciden plenamente, antes bien, el primero es consecuencia del segundo. El deseo, a diferencia del amor, tiene un carácter puntual, casi explosivo se podría decir, que desaparece cuando se ve satisfecho, mientras que el amor es insatisfacción eterna, una «gravitación hacia lo amado», en palabras de Ortega, «una emanación continua, una irradiación psíquica que del amante va a lo amado». La dirección del movimiento también es distinta en cada caso: en el deseo va desde el objeto hacia el sujeto ―centrípeto― y en el amor desde el sujeto al objeto ―centrífugo―.

 

     En el sentido de esta dirección el amor coincide con el odio, unas raíces comunes que ya fueron entrevistas por Catulo. La diferencia es que en el odio ese ir hacia el objeto se convierte en un «ir contra el objeto», lo que al mismo tiempo produce un movimiento de rechazo que resulta ciertamente contradictorio. La definición que hace Ortega del amor no deja de estar llena de belleza: «Amar una cosa es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende a uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente».

 

     Una vez que ha delimitado el objeto de estudio Ortega dedica un largo ensayo a refutar el conocido concepto de cristalización de Stendhal, según el cual «nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor». De esta forma, la propuesta de Stendhal más que de una teoría sobre el amor se trataría de una teoría sobre el desamor, sobre el fracaso amoroso, al entender el amor como un error por esencia, algo que está destinado a deshacerse antes de nacer. La descalificación que hacer Ortega de la cristalización cae en el absurdo, ya que se ceba sobre la persona de Stendhal, a quien acusa de carecer por completo de la experiencia práctica del amor, al no haber amado nunca ni haber sido amado ―en realidad estaba enamorado del amor, algo así como lo que ocurre con el Augusto Pérez de Niebla―.

 

     Ortega hace una concesión al concepto de cristalización al distinguir entre amor y enamoramiento. Para Ortega el enamoramiento ocupa un lugar más bajo con respecto al amor, «un estado inferior de espíritu, una especie de imbecilidad transitoria». Incluso llega a hablar de «amor de enamoramiento», cuando otro ser nos produce una ilusión y nos sentimos absorbidos por él. En ese sentido cabe pensar que esa cristalización de que habla Stendhal se produce no con el amor sino con el enamoramiento. El amor en Ortega llega a alcanzar la naturaleza de don, reservado a unas pocas almas sensibles y preparadas, es «un hecho poco frecuente y un sentimiento que sólo ciertas almas pueden llegar a sentir».

 

     Este tipo de amor, por supuesto, va más allá de la belleza o de la perfección física. La diferencia con el instinto sexual es que este tiende a satisfacer el deseo con un número indefinido de objetos, mientras que el amor tiende hacia un único objeto, hacia un exclusivismo en el que la fidelidad es un rasgo imprescindible. Es posible que una persona conozca el amor varias veces a lo largo de su vida, pero siempre es recurrente en «el mismo tipo de feminidad», y cuando no es así es porque se ha producido un cambio sustancial en su vida que ha derivado en un nuevo modo de sentir la vida ―a una nueva personalidad le corresponde un nuevo tipo de mujer―. El amor se entiende como autoconocimiento, en la persona amada nos vemos reflejados, lo que nos permite saber cómo somos, o cómo es el conjunto de una sociedad o de una época.

 

     Como bien dice Palimp sobre el libro, uno de los aspectos en el que más ha envejecido Estudios sobre el amor es en la consideración machista que hay de la mujer, producto de la forma de pensar de una determinada época. En el ensayo titulado «Paisaje con una corza al fondo» Ortega propone que los hombres tienden a enamorarse de mujeres que poseen rasgos equivalentes. Sin embargo, ponr el caso del capitán Nelson y de sir William Hamilton, ambos hombres de gran carácter, enamorados de lady Hamilton, una mujer cuya máxima virtud es la belleza física. Un alter ego de Ortega, llamado Olmedo, le advierte que los hombres sabios se enamoran de las mujeres guapas y tontas, de lo que él llama «las corzas». No sólo hace referencia al supuesto «instinto de ocultación, de encubrimiento» de la mujer ―«una muchacha de quince primaveras suele tener ya más cantidad de secretos que un viejo, y una mujer de treinta años guarda más arcanos que un jefe de Estado»―, sino que arremete contra el papel que desempeña la mujer en la sociedad con unos términos que huelen a rancio. De ellas llega a decir que «el hombre va a la mujer como a una fiesta y a un frenesí, como a un éxtasis que rompa la monotonía de la existencia, y encuentra casi siempre un ser que sólo es feliz ocupado en faenas cotidianas, sea en zurcir la ropa blanca, sea en acudir al dancing» y también que «tal vez su papel en la mecánica de la historia es ser una fuerza retardatoria frente a la turbulenta inquietud, al afán de cambio y avance que brota del alma masculina […] la tendencia general de los temores femeninos parece resuelta a mantener la especie dentro de los límites mediocres, a evitar la selección en el sentido de lo óptimo, a procurar que el hombre no llegue nunca a ser semidiós o arcángel».

 

     Para no descartar Estudios sobre el amor a la vista de las palabras anteriores, hay que tener en cuenta que los ensayos de Ortega son el producto de una forma de pensar que hace en la España de los años veinte, y hay que considerar que a pesar de esas desacertadas ideas, algunas de sus consideraciones acerca del amor sí pueden considerarse correctas. Estudios sobre el amor, a pesar de que como conjunto de ensayos tiene una cierta coherencia temática y temporal ―incluso lineal en el caso de algunos―, carece de la sistematicidad de un tratado como El arte de amar de Erich Fromm o de la belleza y amplitud del bellísimo libro La doble llama de Octavio Paz. Ortega, empeñado en hacer estudios científicos sobre el amor, no acierta en el enfoque, que cae más en consideraciones particulares y subjetivas que en un acercamiento verdaderamente riguroso.

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Jueves, 10 de Septiembre de 2009 16:55. # Esta piedra. Ex libris Hay 1 comentario.


Firmin, de Sam Savage

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Firmin de Sam Savage

     Es curioso cuando te acercas a un libro con una idea preconcebida sobre lo que vas a encontrar, una idea que te has formado a partir de lo que has escuchado y leído sobre ese libro,  y de dos plumazos te rompe todos los esquemas. Quiero decir, no empezaré a hablar de Firmin diciendo que es una historia de amor por la lectura, y ni siquiera diré que es una historia de amor por los libros. Por lo menos, no al uso, que es lo que se suele decir de este libro. Incluso diría que el famoso amor de Firmin por los libros es circunstancial. De haber nacido en una pastelería el amor de Firmin por los libros bien hubiera sido amor por los pasteles, de haber nacido en un taller por los coches. Por encima de los libros ―que no digo yo que no jueguen un papel fundamental en la historia― Firmin es el drama de un personaje marginal, que no se acepta a sí mismo ―que sea rata o que sea hombre también es circunstancial― y que no encuentra su sitio en el mundo porque probablemente no lo tiene. Los libros son lo más inmediato, la válvula de escape, la gigantesca válvula de escape que le abre las puertas a un mundo en el que no necesita huir del rechazo y de la exclusión, el mundo de la imaginación.

 

     Firmin siente repulsión por su naturaleza de rata y todo lo que conlleva. Se compara constantemente con los seres humanos y sabe cuáles son sus limitaciones, su incapacidad para reír o llorar, para gesticular palabras ―«no soportaba la idea de pasar el resto de mis días en silencio»―. Sus intentos por superar las incapacidades, como el de usar la máquina de escribir o el de aprender el lenguaje de signos, sólo sirven para resaltar aún más la tragedia de esas limitaciones. Uno de los momentos claves en la toma de conciencia de su naturaleza se produce cuando Firmin ve su reflejo en el espejo. Hasta ese momento el asco que había sentido hacia su familia, su madre y sus hermanos, no se reflejaba en sí mismo porque se refugiaba en un sentimiento aristocrático que le hacía ver a sus familiares como inferiores. Ante el espejo se da cuenta de que es tan monstruoso como su madre y sus hermanos. Por eso, en la medida de lo posible, siempre evitará reflejarse en los espejos.

 

     Esta falta de autoestima tan fulminante es lo que lleva a Firmin a refugiarse en los libros, y sobre todo en la imaginación. A través de la ensoñación Firmin puede verse a sí mismo como un ser humano, con todos aquellos atributos que la naturaleza le negó. La descripción de este proceso no podría ser más rotunda: «mis sueños lo contienen todo; es decir: todo, menos al monstruo del espejo». Pero esta imaginación es un arma de doble filo, porque es un consuelo a la realidad, no la propia realidad. Después de su ensoñación Firmin tiene que volver al mundo real, a su odiosa vida de rata. Para hacer menos traumático el paso de la imaginación a la realidad Firmin comienza a deformar el mundo según sus sueños, lo que le lleva, por ejemplo, a idealizar a Norman, el librero. Ya en su madurez, después de varios desengaños, Firmin sabe lo peligroso que es la ensoñación: «Toda la vida he llevado encima, como una losa que me inutilizada para casi todo, una monstruosa imaginación». Pero ya es demasiado tarde para él: al coquetear tanto tiempo con la imaginación empieza a ser incapaz de diferenciar los recuerdos reales de los inventados. Cada vez más, Firmin va perdiendo el sentido de la realidad.

 

     En cuanto al amor de Firmin por los libros, no deja de ser significativo que nazca de la devoración literal, convertida en un goce para los sentidos más cercano a la gula que al placer intelectual. Con el tiempo aprende a identificar cada autor ―y aún cada palabra― con un sabor peculiar. Este hambre de libros le lleva a leer cada vez más y a comer cada vez menos, hasta conformarse con los márgenes. Sin embargo, su primer amor por los libros es físico antes que espiritual: desde su nacimiento Firmin está escindido entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el interior y el exterior, entre libros Pembroke y el cine Rialto, entre Norman y Jerry. Firmin tiene una estructura binaria basada en las oposiciones, con la propia rata en el centro, como eje vertebrador, que no llega a inclinarse claramente hacia ninguno de los dos lados.

 

     Su conocimiento primero del mundo es puramente libresco, lo que le da una visión sesgada y reducida ―a pesar de la riqueza contenida en los libros― que no se corresponde con la enormidad que le espera fuera de la librería. Los que en el resto de las ratas es instinto natural, la necesidad de salir en busca de alimentos, en Firmin es conciencia de la peligrosidad de ese mundo. En palabras de la rata intelectual: «Todo, en el exterior, estaba pensado para inflingirnos un daño mortal, siempre. Nuestras posibilidades de cumplir el primer año de vida eran prácticamente nulas. De hecho, bien podía declarársenos muertos, en aplicación a las estadísticas». Consciente de esta peligrosidad, Firmin decide renunciar al mundo exterior, e incluso a la comida más allá de lo estrictamente necesario, para refugiarse en la confortabilidad de la librería y de sus libros.

 

     La balanza, sin embargo, no se inclina rotundamente del lado de la librería y de la intelectualidad. Cuando Firmin conoce el cine Rialto se activa en él el instinto animal, aunque con una desviación bastante significativa. En el cine Rialto, que se transforma a partir de las doce de la noche en un cine porno, Firmin descubre lo que llamará las Beldades ―ese mayúsculo contrapuesto al libresco, a los Grandes―. La aversión que siente Firmin hacia su propia raza y sus deseos de ser humano le llevan a poner las miras de su apetito sexual no en sus congéneres sino en las actrices que aparecen en las películas del cine Rialto. Firmin es tan consciente de esa atracción que se declara como un pervertido o un «fenómeno de feria». El Rialto llevará a Firmin a tener un conocimiento nocturno del mundo, y años después, cuando conozca el mundo a la luz del día, le parecerá más pequeño y más horrible.

 

     Esa bipolaridad entre lo apolíneo y lo dionisíaco también está presente en los dos humanos que más influencia tienen en la vida de Firmin. El primero es Norman, el dueño de la librería, la representación más perfecta ―por idealizada― del mundo libresco, un ser que tenía el don de saber cuál era el mejor libro para cada persona con un vistazo rápido. Desde su escondite Firmin soñaba con encontrarse con Norman como humano, con entablar una relación de amistad con él o incluso con trabajar para él en la librería: «En mi sueño, me nombraba aprendiz suyo. Y yo ascendía rápidamente, desde el último peldaño, a la categoría de dependiente principal». La cabeza de Norman, sin embargo, tiene una forma que hace presagiar un lado oscuro y malicioso, como efectivamente se confirma cuando el librero intenta envenenar a la rata cuando la descubre. Tras este desengaño Firmin es un poco más consciente de lo perjudicial que es su tendencia a idealizar el mundo: «el Norman que yo había conocido y amado había resultado no existir, no ser más que una imaginación mía, producto de un enorme malentendido del que no podía echarle la culpa a nadie más que a mí».

 

     Tras el desengaño de Norman, Firmin entra en contacto con el escritor Jerry Magoon. Jerry, que es el primer escritor que Firmin conoce, no se corresponde tampoco con la idea tópica que la rata tenía sobre los escritores. Con Jerry Firmin abandona su etapa burguesa para entregarse por completo al desenfreno de lo dionisíaco, la vida desordenada, las borracheras, el trasnochar, una vida casi de mendicidad. Aunque Jerry parece tratar a Firmin con mucho cariño, esta vez el proceso de maduración del personaje evita que vuelva a idealizar al humano. Firmin observa a Jerry desde la lejanía, sabiendo que el escritor no lo considera como algo más que una graciosa mascota. Las enseñanzas de Jerry son muy distintas a las de Norman: «me enseñó mucho sobre jazz, sobre improvisación y variantes y cosas así, y luego yo lo metí todo en mi música».

 

     El proceso de maduración de Firmin va acompañado de una progresiva decadencia del espacio, del barrio, de la librería, del cine. La librería, por ejemplo, no es la misma en los felices años de su juventud que al volver a ella después de haber convivido con Jerry: el amor por Norman se ha convertido en odio, el negocio está casi muerto, cada vez hay menos libros y cada vez están más polvorientos. Cada vez pasa menos tiempo en ella porque le deprime. De hecho, ese amor por los libros también se degrada, se va transformando en un amargo desengaño, que es como un estar de vuelta de todo. Es algo muy parecido al spleen de Baudelaire que ya no encuentra consuelo ni siquiera en la literatura: «Me pesaba como una losa el aburrimiento. La vida me aburría, la literatura me aburría, la propia muerte me aburría». El derribo de la librería se corresponde con el desmoronamiento moral de Firmin. Nada, ni los libros ni la imaginación, podrán redimirlo de la dolorosa existencia nihilista. Como en una resumen de toda su vida, Firmin concluye con una lapidaria ―y contradictoria― sentencia: «La vida de las ratas es corta y está llena de dolor; llena de dolor, pero se acaba pronto; y, sin embargo, se nos antoja larga mientras dura».

 

 

 

     Este libro es una carta de póker

Sábado, 12 de Septiembre de 2009 12:31. # Esta piedra. Ex libris No hay comentarios. Comentar.






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