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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2010. Adiós a las armas, de Ernest Hemingway![]() Adiós a las armas de Ernest Hemingway Podrá cuestionarse si Adiós a las armas es la mejor novela de Hemingway, pese a El viejo y el mar, pero desde luego, no cabe duda de que consolidó la fama de un incipiente escritor que hasta entonces había alcanzado cierta popularidad por su juventud bohemia y parisina ―como miembro, al igual que Fitzgerald, de la «generación perdida»― y por un libro que fue fruto de su profunda admiración hacia España, Fiesta. De hecho, Fiesta ―y algunos de sus primeros cuentos― no era sino una preparación de Adiós a las armas y uno de los primeros pasos de un camino hacia la construcción de un estilo muy personal, que daría como resultado Por quién doblan las campanas, y del gigantesco mito que fue Hemingway. Adiós a las armas es precisamente el contrapunto a la imagen clásica de Hemingway: ese fornido y áspero tipo que es al mismo tiempo soldado y periodista. Como dice Javier Reverte, «esa imagen suya de valeroso escritor amante de la guerra ha animado durante generaciones a un buen número de periodistas a emularle». No es difícil hacer la identificación entre el propio Hemingway y Frederick Henry, el protagonista de Adiós a las armas, debido al componente fuertemente autobiográfico de la obra: ambos eran de origen norteamericano, fueron conductores de ambulancias en el ejército italiano, consiguieron la Medalla de Plata al Valor, sufrieron heridas en las piernas y en una rodilla y fueron ingresados en un hospital en Milán donde vivieron una historia de amor con una enfermera. El desenlace trágico también les une, aunque de distinto modo: frente al desenlace de Adiós a las armas, Hemingway fue despechado y finalmente repudió a su enfermera. Hay otro acontecimiento que los separa ligeramente: durante la contienda que les hirió Hemingway transportó a hombros a uno de sus compañeros heridos, mientras que en el caso de Frederick él es el transportado. Este detalle aparentemente insignificante sirve para reforzar la idea de la desconfianza del protagonista en el reconocimiento en hazañas bélicas a través de la condecoración. Baste recordar la frivolidad de Rinaldi, que manifiesta que para conseguir una Medalla de Plata al Valor no es necesario hacer grandes heroicidades. Hemingway basa este grito antibelicista en el desarrollo paralelo de la oposición entre el amor y la guerra. La historia se produce en la Italia de la Primera Guerra Mundial. Frederick es un personaje con un acentuado sentido de la justicia y valores sólidos, identificables con los del típico héroe norteamericano, y por supuesto con el propio Hemingway. Sus motivaciones para participar en la guerra en un ejército, el italiano, que no es el suyo no quedan claras, pero parece que se mueve por la necesidad de colaborar a la creación de un mundo mejor. Su situación excepcional, con la que seguramente Hemingway se identificó, llama la atención de los soldados italianos, que no comprenden que un extranjero venga a luchar en una guerra que no es la suya. Frederick parte de una concepción del amor que se podría tachar de machista, y es que ya se sabe que la mujer nunca sale bien parada del mundo de Hemingway, tan brusco y violento, lleno de guerras o de enfrentamientos con la naturaleza. Hemingway dice de Frederick a los primeros días de conocer a la que más adelante será su amada Catherine Bartkley: «Empezaba a notar esa dificultad, tan masculina, de permanecer mucho tiempo con una mujer en los brazos». La intención primera de Frederick no es enamorarse sino jugar con Catherine un tiempo, hasta que se cansara de ella. Sin embargo, después de que Frederick conozca el infierno de la guerra, después de que un obús le hiera gravemente en una de las escenas más violentas de Hemingway, parece predispuesto al amor. Al reencontrarse con Catherine en el hospital se produce un auténtico flechazo: «Cuando la vi comprendí que estaba enamorado de ella. Todo mi ser se transformó». Lo cierto es que es difícil saber si la transformación se produce después de enamorarse o si en realidad se enamora porque previamente ya se había transformado en el campo de batalla al conocer de cerca de la muerte. En un contexto de muerte y destrucción Frederick y Catherine levantan un oasis secreto, con mil pequeños modos de amarse a escondidas. Es quizá el amor lo que redime a Frederick. Cuando se produce la retirada del ejército italiano su vida corre peligro en varias ocasiones; todos aquellos que le rodean van poco a poco desapareciendo, sólo él aguanta, sólo es capaz de sobreponerse a todos los peligros, porque el deseo de reencontrarse con Catherine es más grande que cualquier cosa que pueda pasarle y la necesidad de tener una vida en común a salvo les da la fuerza necesaria para huir de Italia. Es una concepción del amor con un fuerte componente platónico al tiempo que cristiano e incluso místico. Hay un deseo de unión tan fuerte que en algún momento recuerda al verso de San Juan de la Cruz «amada en el Amado transformada» y que Guillermo Serés desarrolla en su ensayo La transformación de los amantes. Cuando Catherine expresa «te deseo tanto que me gustaría ser tú mismo», Frederick no duda en contestarle «lo eres. Los dos somos uno». Tan fuerte es ese amor que Frederick acaba odiando al fruto de su unión, a su hijo, por poner en peligro la vida de Catherine. Sin embargo, como se intuía desde un principio debido al carácter autobiográfico, la relación no puede dejar de tener un desenlace con tintes trágicos. La derrota contamina el libro en cada una de sus páginas, en cada palabra. Los personajes del libro, no sólo Frederick, sirven a Hemingway para exponer su propia teoría sobre las guerras. El pesimismo es absoluto: la guerra no acabará aunque uno de los adversarios cese de luchar, porque es algo que no termina nunca, porque en definitiva, «la guerra no se gana con la victoria». Y es que derrota o victoria son para Hemingway conceptos relativos: en una balanza el platillo no se inclinaría hacia ninguno de los dos lados porque tienen el mismo peso. El hecho de participar en una guerra implica estar vencido desde el principio, implica dejarse manipular por aquellos que tienen el poder, implica verse obligados a luchar bajo amenazas de represalias. La retirada es lo verdaderamente importante, por encima de la victoria o de la derrota. La postura de Hemingway en Adiós a las armas es la diametralmente opuesta a la que César Vallejo expone en su poema «Masa» de España, aparta de mí este cáliz. La fraternidad del género humano es un engaño, la salvación última está en el individualismo. Es cierto que Frederick se va encontrando en su camino con algunas personas que le tienden la mano para ayudarle, pero en general todos le han dado la espalda. En la retirada el ejército en el que luchó se vuelve tan peligroso como el enemigo, todo se vuelve hostil como resultado de la guerra. El único consuelo que encuentra Frederick es Catherine, pero deben mantener en secreto su relación para evitar que el mundo les haga daño. La renuncia final de la guerra se hace a título personal, en boca del propio Frederick: «Tenía un periódico pero no lo leía, pues no quería saber nada más de la guerra. Quería olvidar la guerra. Había hecho una paz aparte». En consonancia con el valor testimonial de la obra de Hemingway, Adiós a las armas es una de las descripciones más certeras y descarnadas de la Primera Guerra Mundial, extensible por supuesto a cualquier conflicto bélico. Al mismo tiempo, dentro de la producción de Hemingway es una pieza angular: desde Fiesta, donde también encontramos al soldado periodista que tiene un romance con una enfermera, hasta Por quién doblan las campanas, cuyo protagonista Robert Jordan, tiene muchísimo de Frederick Henry. No hay que olvidar que la intención de Hemingway era ofrecer una visión del siglo XX desde una perspectiva bélica: en Adiós a las armas se refleja la Primera Guerra Mundial, en Por quién doblan las campanas se describe la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial es el objeto de una novela que se vio truncada a causa de su muerte (de su suicidio). Si una buena parte de la historia del siglo XX se ha escrito con sangre porque en él han transcurrido las mayores guerras que ha conocido la Humanidad, Hemingway, como testigo de primera mano de esos acontecimientos, es una lectura imprescindible, tanto en sus novelas como en sus artículos periodísticos, para conocer bien los errores que se han cometido y así poder evitarlos en el futuro.
Historia de un sueño![]() Lo primero que sintió al despertar, mucho antes de abrir los ojos, fue una sensación abrumadora de cansancio y una absoluta satisfacción. Sí, se sentía cansada, como después de un largo viaje, pero un viaje reconfortante, en compañía de buenos e inquebrantables amigos. Antes incluso de abrir los ojos los últimos días pasaron de forma fugaz ante su mente: sólo unos pocos conocerían el papel que había desempeñado en la salvación del mundo.
Reconfortada en este pensamiento, que tenía más de sincera alegría que de secreta vanidad, se desperezó y abrió los ojos. Durante unos breves segundos permaneció todavía embriagada por la felicidad, sin poder ─o no querer─ asimilar lo que sus entrecerrados ojos contemplaban. De forma vertiginosa pasó de la confusión al pánico, palpando todo lo que había a su alrededor, con una leve esperanza de que todo fuera producto de su imaginación. Pero no lo era: la hierba fresca y acogedora se había convertido en un duro, roto y sucio colchón, el anfiteatro era ahora una oscura habitación llena de literas, con dos discretas ventanas enrejadas al fondo. Lo último que recordaba era haberse recostado sobre la hierba con todos sus amigos, después de haber cantado durante horas. De ellos no había ni rastro.
Trató de pensar que alguien podría haberla llevado hasta aquel lugar, aprovechando su profundo e imperturbable sueño a causa del agotamiento. Trató de imaginar mil formas para sacarla a escondidas de entre sus amigos, para transportarla, mil motivos. No podían ser ellos, evidentemente, porque ya no existían. Pronto recordó, y al hacerlo, se vio a sí misma intentando engañarse, intentando buscar una explicación que justificase que todo lo que había vivido en los últimos días no había sido un sueño. Pero ya era en vano: el anfiteatro nunca había existido, sino sólo aquel infernal hospicio en el que azotaban a los niños a todas horas y del que, en realidad, nunca había conseguido escapar. Tampoco sus amigos, Paolo, Máximo, Blanco, la niña María y su hermanito Dedé, Claudio, los demás niños, Nino el tabernero y Liliana su mujer habían existido nunca. Pero lo más doloroso fue admitir que Gigi Cicerone y Beppo Barrendero eran sólo dos viejos y rotos muñecazos de trapo, que ni siquiera tenían ojos. Allí estaban, sí, a su lado, pero inertes y vacíos de vida.
Afuera sentía el ruido de la lluvia, y dentro, todavía en la cama, la pequeña lloraba con impotencia, reconociendo que todo había sido un sueño, que nunca había seguido a Casiopea, que no había conocido al Maestro Hora, que las flores horarias eran únicamente un estúpido invento de su imaginación desbordada. Pronto llegaría esa violenta mujer, y habría que levantarse a desayunar un poco de leche mohosa con pan duro, y recibiría su tanda diaria de golpes por cualquier minucia. Y a ella sólo le quedaría seguir fantaseando con que se escapaba, con que conocía a muchos amigos, o con que vivía grandes aventuras; algo, la imaginación, que nadie podría arrebatarle nunca. Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio![]() Industrias y andanzas de Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio A pulso hemos conquistado los españoles el tópico de que la picaresca sea un rasgo característico de nuestro carácter. Dejando a un lado las verdades y mentiras que se esconden en cualquier tópico, lo cierto es que el género picaresco es genuinamente español y que ha arraigado y ha condicionado nuestras letras. ¿Se puede entender la picaresca, en un amplio sentido, como el comienzo definitivo de una literatura propiamente española? Bien es cierto que la novela idealista no pasaba de ser una copia de modelos europeos, como también lo es que ese germen picaresco con tendencia realista, que nace con La Celestina, que se consolida con el Lazarillo y que se sublima con el Quijote es la inauguración oficial de la narrativa española. Su importancia llega hasta tal punto que autoridades consagradas en la materia, aunque ya algo desfasadas, como Menéndez Pidal, no dudan en afirmar que lo característico de la literatura española es ese realismo, frente a otras literaturas, como la inglesa, con tendencia a lo fantástico, lo que explica la clara predilección de Borges hacia esta última. Sea o no cierta esta idea, el realismo y la picaresca son tendencias cruciales para entender la literatura española desde el siglo XV hasta nuestros días. Una tendencia que estaría más que justificada en el caso de la literatura de posguerra. Tras los escarceos vanguardistas el camino de la rehumanización iniciado en los años 30 se consolida definitivamente con el fuerte impacto que produjo la Guerra Civil. La contienda añade un componente siniestro y macabro que deriva en un género fugaz que algunos han dado en llamar tremendismo y que bebe, además de la picaresca, del humor negro quevedesco, del naturalismo de Zola, del esperpento vallinclanesco y del francés Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Celine. La obra que quizá represente con más fidelidad este tipo de literatura es La familia de Pascual Duarte, aunque lógicamente Cela se pone del lado de la mano que le da de comer, del régimen. Tanta importancia tiene la picaresca en Cela que dos años después de publicar este libro escribiría Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes. A finales de la década de los 40 el tremendismo está prácticamente liquidado, con una nómina más bien pobre en títulos y en calidad. Un año antes de que Cela escribiera La colmena ―realismo al estilo de Manhattan Transfer― un escritor nobel se estrenaba con una obra primeriza. En sintonía con la obra de Cela, Rafael Sánchez Ferlosio titulaba su primera novela con el nombre de Industrias y andanzas de Alfanhuí. Aunque obviamente influenciado por la picaresca Sánchez Ferlosio se desmarca del realismo imperante con un estilo y un enfoque tremendamente original. La mezcla de realidad y fantasía dio como resultado una novela que no pasó desapercibida a nadie. Estas mixturas, al fin y al cabo, no eran del todo nuevas, ya del cruce entre picaresca y relato lucianesco había nacido un Lazarillo de Tormes que se había convertido en pez. Muchas veces se ha hablado del libro de Ferlosio como el antecedente penínsular del realismo mágico, aunque se debe recordar que García Márquez no publicaría su magna obra, Cien años de soledad, hasta dieciséis años después. Es por eso que, aunque llena de fantasía, no se puede interpretar del mismo modo en que se haría con una novela del realismo mágico. En estas últimas lo maravilloso se integra perfectamente en el mundo, forma parte de los mecanismos vitales de la naturaleza, mientras que en la novela de Ferlosio se entiende como algo ajeno al mundo, algo desconocido y por lo tanto peligroso, algo que debe ser destruido. Alfanhuí, ese niño que está en contacto directo con lo maravilloso, causa pronto el rechazo de todos, y es expulsado de la escuela por aprender un alfabeto secreto y alejado de la familia. Del mismo modo, cuando se hace pública la magia del maestro taxidermista se dice «por toda Guadalajara corría ya una voz de escándalo y espanto» que lleva a los habitantes del pueblo a irrumpir en su casa acusándole de brujo y a prenderle fuego. El choque entre realidad y fantasía es brutal, y antes que sorpresa causa horror, como si no fuera posible la armonía, más allá del propio Alfanhuí. La influencia del Lazarillo en el Alfanhuí de Ferlosio es evidente. El protagonista es un joven de familia humilde que pronto se aleja de sus padres para recorrer el mundo, un niño que va creciendo, que va adquiriendo sabiduría, gracias al conocimiento que le transmiten distintos maestros con los que se va encontrando. Se trata de un proceso de aprendizaje que hace una clara referencia al rito de iniciación del joven que se convierte en adulto y del neófito que se convierte en sabio. Juan Villegas en su estudio La estructura mítica del héroe establece tres etapas en la formación del héroe que bien pueden aplicarse a Alfanhuí. En primer lugar, el personaje se da cuenta de la insatisfacción y se despierta a una nueva vida, a través de la figura del gallo como primer maestro. Este gallo pone en contacto al niño con lo mítico y lo maravilloso, el despertar se simboliza con un anochecer y un amanecer. A partir de ese momento el personaje abandona su ambiente familiar e inicia un viaje iniciático, interior y exterior, en el que es sometido a diversas pruebas, conoce a distintos maestros y también a enemigos. En el momento final, el héroe, ya en pleno poder del conocimiento, se ha transformado en un nuevo ser, ha cumplido su objetivo y ha alcanzado una especie de estado de gracia, que es lo que le ocurre cuando se dedica a cuidar los bueyes, algo así como el Siddharta de Hesse que encuentra la paz no a través de los largos años de abstinencia y meditación sino por el sencillo oficio de barquero. En la novela de Ferlosio lo maravilloso y lo real se entrelazan en distintos grados, de forma que se produce una evolución que va del primero al segundo. Existen tres partes bien diferenciadas, cada una de ellas con su correspondiente título. En la primera parte la fantasía y la magia están muy presentes en la vida de Alfanhuí, en su primera infancia ―con escenas que anuncian el Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas― y más tarde en casa del taxidermista brujo. En la segunda parte se produce la convivencia de ambos mundos, de manera cada vez menos armoniosa, para dar paso a una tercera parte en la que la realidad es la que está más presente. Esta relación entre fantasía y realidad está representada por un personaje central en cada una de las partes: primero es el taxidermista brujo que bautiza al niño ―bautismo del héroe― y juntos desafían las leyes de la realidad; a continuación aparece el señor don Zana, un monigote de madera, un ser irreal, que sin embargo está perfectamente integrado dentro de la realidad; por último, la abuela de Alfanhuí, un personaje completamente real. Ese triunfo de la realidad se manifiesta simbólicamente cuando Alfanhuí decide destruir el elemento irreal, cuando acaba con don Zana: «Alfanhuí golpeaba con furia y don Zana se destrozaba en astillas. Al fin quedaron en las manos de Alfanhuí tan sólo los zapatos de color corinto». Esta actitud de Alfanhuí se puede entender como el paso definitivo para abandonar el infantil mundo de las fantasías y su entrada en el mundo de la lógica de los adultos. Para llevar a cabo esa mezcla de realidad y fantasía Ferlosio utiliza la hibridación, una técnica que años más tarde se exprimirá en aras del realismo mágico. Existen personajes que son fruto exclusivo de este proceso, como ocurre con don Zana o con la criada del taxidermista, que se describe en estos términos: «se movía sobre una table de cuatro ruedas de madera y estaba disecada, pero sonreía de vez en cuando». También se produce la unión entre el arte y la naturaleza, como en el clavicordio que era una colmena, de tal forma que «los panales estaban construidos sobre el arpa, a lo largo de sus cuerdas». De alguna manera, todos los experimentos que realizan maestro y alumno van encaminados a lograr la hibridación perfecta, algo que finalmente consiguen en la mezcla que hacen de pájaros y de árbol. Una vez alcanzada la meta Alfanhuí ya sabe cuanto debe saber y se puede alejar de su maestro. Otro de los elementos que llama la atención en la novela de Ferlosio es el color. En todas las descripciones abunda el color ―por ejemplo, «tenía la piel blanca como su luz»―, como también está presente en los experimentos de Alfanhuí y su maestro, sobre todo en el episodio en el que el niño desciende a las raíces del árbol y tintan sus hojas. Puede adquirir un valor simbólico y críptico, como ocurre cuando Alfanhuí se convierte en oficial y acto seguido «el maestro le dio la mano y le regaló un lagarto de bronce verde». Así mismo, la falta de color, el blanco, está asociado a la muerte ―es la asociación clásica, anterior a la del negro y el luto―. Cuando se produce la muerte del maestro éste dice: «Me voy al reino de lo blanco, donde se juntan los colores de todas las cosas, Alfanhuí». El arco iris, en cambio, la unión armónica de todos los colores, simboliza la adquisición de la sabiduría, algo que no ocurre hasta el final de la novela, aunque en los momentos finales del libro la sabiduría se corresponde con el color verde, el verde de las hierbas de la herboristería en la que trabaja Alfanhuí. Como se verá, poco tiene que ver este proceso de aprendizaje con el que años antes llevaría a cabo Cela con Pascual Duarte. La interpretación que hace Ferlosio del género picaresco es muy libre, tomando todo lo que le interesa para dar una visión muy personal que en el panorama de las letras españolas del momento resultó tremendamente novedosa y refrescante. Unos años más tarde volvería a sorprender a todos dando el puntillazo definitivo al realismo social con la novela más realista que quizá se haya escrito en español, El Jarama. Muchas novelas se escribirán aún dentro de la corriente, no todas ellas bien conocidas, pero el realismo tenía ya contados sus días para dar paso a la experimentación en la década de los 60.
Versión monterrosiana de «Historia de un sueño»Cuando despertó los hombres grises ya no estaban allí |
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