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La piedra de Sísifo
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2010.

El piloto ciego, de Giovanni Papini

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El piloto ciego de Giovanni Papini

            En el ensayo titulado «Kafka y sus precursores» Borges se refiere a la forma en la que la sombra del escritor checo planea sobre todos aquellos que guardan algunas semejanzas con él, incluyendo, en un alarde de originalidad anacrónica, a aquellos escritores que vivieron y murieron antes de que lo kafkiano fuese kafkiano. De la misma forma, hoy en día podría escribirse  no ya un ensayo sino un libro entero titulado Borges y sus precursores (si es que no existe, a vista de que la bibliografía borgiana es una ingente biblioteca de Babel). Y puesto que Borges tiene unos rasgos tan característicos y lo borgiano están tan bien delimitado, no deja de sorprender cuánto de borgiano tienen algunos de los autores que Borges leyó y que marcaron para siempre su forma de hacer literatura. El intelectual argentino no ocultó ni mucho menos sus influencias, antes al contrario las hizo patentes en infinidad de tributos, convirtiendo la “recreación”, en el sentido más etimológico de la palabra, en un género literario. Precisamente fruto de su admiración reconocida son sus numerosas antologías de reseñas o la colección «Biblioteca personal», en la que publica, entre otros, El espejo que huye de Giovanni Papini.

            La primera vez que leí a Papini fue, precisamente, en esa prodigiosa e imprescindible antología que es Libro de sueños, con un pequeño relato titulado «La última visita del caballero enfermo», sobre la relación entre el autor y la obra, muy en la línea de Unamuno, un autor que tiene mucho en común con Papini, ya que ambos escribían mejor cuanto más enfadados estaban. Pero no fue Borges el camino que me llevó a Papini; antes bien, tuve la suerte de toparme con una de sus grandes obras maestras, por no decir con su gran obra: Gog. Es la expresión más sublime del Papini fantástico y misterioso, ese que es completamente opuesto al denso escritor de Dante vivo o de la Historia de Cristo. Este escritor de contrastes no podía menos que fascinar a Borges, ya que su manejo del relato fantástico es impecable; en Gog tiene la maestría de sacar el jugo poético y grotesco de lo banal y absurdo. En El piloto ciego no se queda atrás: no todos los cuentos están al mismo nivel, pero algunos de ellos nada tienen que envidiar ni de Gog ni de Borges; algunos produjeron una marca indeleble en la escritura del autor argentino.

            Es lo que ocurre, por ejemplo, con el mito del doble, un elemento que pasó a ser uno de los pilares centrales de la poética borgiana. Tal y como si fuera el argumento de «El otro», el esquema se repite como si fuera un espejo, un doble, en el relato de Papini «Dos imágenes en un estanque». Si bien en ambas historias hay un elemento acuático, se utiliza para representar distintos puntos de vista en cuanto al doble: en Papini hay un estanque, símbolo de quietud e inmovilismo; mientras que en Borges es un río, una clara referencia a Heráclito y al cambio. Aunque en ambos relatos el protagonista es el yo más anciano, en Papini se hace hincapié en la imagen congelada, en ese joven que se ha mantenido igual con el paso de los años; sin embargo, Borges se centra en el yo futuro, en el cambio que se produce, en cómo la persona ha dejado de ser la misma. Aunque desde distintos caminos el resultado final es muy similar. Papini mantiene la relación entre el protagonista y el doble un tiempo, lo que da lugar a una determinada visión de la juventud: «después de los primeros días de amables efusiones, empecé a sentir un tedio inexpresable escuchando a mi compañero [...] Me di cuenta, además, hablando largamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ahora ya muertas, de entusiasmos provincianos y hombres que yo ni siquiera recordaba [...] Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado». Borges, sin duda, tiene una opinión muy parecida a la de Papini, pero prefiere dejarlo en el aire: sus protagonistas conciertan una cita al día siguiente, pero ambos mienten y ninguno de los dos se presenta. Pero cuando Borges escribió este relato recogido en El libro de arena ya le había dado una dimensión metaficcional más profunda que la fantástica al tema del doble, algo que llevó a cabo con el pequeño texto «Borges y yo».

            Pero la metaficción no es ajena a Papini. Ya mencioné «La última visita del caballero enfermo», pero en El piloto ciego también hay un experimento narrativo en ese sentido. En «Historia completamente absurda» también se detiene en las relaciones entre autor y obra, y en definitiva, en la mezcla y confusión de ambos mundos. ¿Qué pasaría si encontráramos en libro que relatara nuestra propia vida palabra por palabra, pensamiento por pensamiento, hasta los detalles más íntimos? ¿Qué pasaría si esta historia se presenta como absolutamente ficticia y su protagonista como una entidad imaginaria? Papini lleva a sus personajes a situaciones límite, a callejones sin salida. Y la muerte del autor supone al mismo tiempo la del personaje: «Me parece que ya estoy muerto y que solo espero a que vengan a enterrarme. Siento que ya pertenezco a otro mundo». Son confesiones in extremis, especies de testamentos que legan a la humanidad desasosiego y absurdo.

            Muchos de estos personajes están al margen de la sociedad, como el protagonista de «¿Quién eres?», que de repente pasa para ser un desconocido para familiares, amigos, conocidos y cualesquiera que en algún momento tuvieran alguna relación con su personaje. Sólo cuando se produce este aislamiento inexplicable y radical el ser humano puede reencontrarse consigo mismo. Papini es un constructor de grandes personajes, de individuos solos, con una visión muy particular de la sociedad. El desconocido forzoso acaba sus días con una reflexión que puede expresarse en términos epigramáticos: «me parece que estoy solo; irremediablemente solo, en medio de los hombres, en medio del mundo un alma única en el centro del universo». Es esta la soledad que acompaña a muchos de sus personajes.

            Esta carga filosófica, que aparece siempre como telón de fondo, se manifiesta en algunos relatos con inusitada fuerza. El hilo argumental de algunos cuentos es mínimo, casi una reflexión en voz alta, en diálogo o en monólogo, como ocurre en «¡Todos hemos prometido!», «El reloj parado a las siete» o «Los mudos». La trama en este último relato es una mera excusa, interesante por otra parte, para desarrollar la idea central, que «el mundo no es más que un discurso, un largo y complicado discurso, enorme, oscuro, secular, que espera una respuesta». Esta es otra idea que obsesionaba a Borges, que hizo a lo largo de su obra constantes referencias a Bacon, Emerson o Carlely, autores para los que el mundo es un libro secreto en el que está prohibido leer. Dice Papini que ese discurso, ese libro, es el propio mundo: «El universo es un discurso, es su palabra hecha carne, hecha tierra, hecha planta, hecha sol; es su palabra misteriosa, que desde hace siglos y siglos va del cielo a la tierra sin que ninguno de ustedes la escuche o la comprenda».

            Pero uno de los puntos fuertes en la narrativa de Papini es precisamente la que le hizo trifundar en Gog o en El libro negro: el protagonista y narrador al mismo tiempo se encuentra o se entrevista con un personaje peculiar, demencial, con una locura que, al cabo, dice más de nosotros mismos que nuestra propia cordura. Es lo que ocurre en «El suicida sustituto» pero sobre todo en «Una muerte mental». En este último cuento el personaje quiere poner en práctica un imposible, la forma más original de acabar con su vida: morir a fuerza de pensar constantemente que se está muerto, alcanzar la muerte en vida. Su razonamiento es grotescamente hermoso: «Basta querer morir, pero querer en serio, fuertemente, constantemente y la muerte, poco a poco, se introduce en nosotros y nos penetra, de manera que un solo soplo, después, nos puede derribar más allá [...] Toda la vida está hecha de esfuerzos: no esforzándose nunca más, nunca, por ninguna razón, de ninguna manera, la vida se vacía por sí misma».

            No cabe duda de que Papini, injustamente desconocido, es uno de los grandes escritores del siglo XX. Su influencia en Borges es fundamental, más allá de lo indicado, en muchos otros elementos. Sus libros de relatos, con Gog y El libro negro a la cabeza, son auténticas joyas del género fantástico. Tal vez El piloto ciego no alcance esa perfección porque es más irregular en cuanto a la calidad de los relatos que lo componen, pero sólo por leer alguno de los que se ha señalado ya merece la pena buscar el libro y echarle un vistazo. No es posible seguir sin conocerlo: pocas personalidades tan excepcionales ha habido en la Europa de la época como Giovanni Papini. Y si se le conoce, El piloto ciego no defrauda.

 

     Este es un libro con carácter

Domingo, 19 de Diciembre de 2010 22:11. # Esta piedra. Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster

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Viajes por el Scriptorium de Paul Auster

     Viajes por el Scriptorium es el ejemplo perfecto de cómo una novelita de menos de doscientas páginas puede convertirse en una obra maestra. La trama que Paul Auster ha urdido está milimétricamente diseñada para mantener la tensión y el misterio y así atrapar al lector, que se ve brutalmente trasportado al mundo de la ficción, que se vuelve tan real como la propia realidad. Nada más empezar una especie de Gran Hermano orwelliano, un ojo que todo lo observa y que de todo toma nota, nos describe a un desconocido, que pronto deja de serlo al presentarlo como Míster Blank, recluido en una claustrofóbica habitación, en una situación de la que el personaje sabe en principio tanto como el lector, es decir, nada. Quién es, cómo ha llegado hasta allí o dónde se encuentra son datos que no se revelan hasta las últimas páginas de la novela ―aunque se intuyen―, todos de golpe y sopetón.

     En estas circunstancias Míster Blank va recibiendo una serie de visitas que van aportando con cuentagotas informaciones sobre su pasado, lo que, unido a sus recuerdos, forman un rompecabezas que deberá montar correctamente para conocer su verdadera identidad. Sus recuerdos no van más allá del día en que se despierta, aunque un oscuro fantasma planea sobre su memoria, que «está consumido por un implacable complejo de culpa. Y al mismo tiempo no puede evitar la sensación de ser víctima de una tremenda injusticia».

     El primer personaje con el que se encuentra Míster Blank es al mismo tiempo el más relevante. Se trata de una mujer llamada Anna, que demuestra sentir un cariño especial hacia la persona de Míster Blank, a pesar de que vagamente él recuerda haberle hecho algo horrible, «algo horroroso..., incalificable..., que no tiene perdón». Como ella misma aclara, Míster Blank la envió «a un lugar lleno de peligros, donde reinaba la desesperación, un sitio de muerte y destrucción», aunque a pesar de ello, «ha sacrificado su vida por una causa importante». No mucha más información aporta Anna sobre el pasado de Míster Blank, aunque confirma que Míster Blank está sometido a una especie de tratamiento. La galería de personajes que van visitando al desconocido a continuación confirma que en el pasado se dedicó a enviar, al igual que a Anna, a cientos de personas a misiones peligrosas.

     Una serie de documentos, muchos de ellos de sentido críptico, aportan una valiosa información sobre el oscuro pasado de Míster Blank. Entre esos papeles figuran fotografías de algunos de los personajes que le visitan o fragmentos de ficciones, de esbozos de novelas. Es precisamente este último elemento lo que permite a Auster comenzar a enfocar la novela desde el punto de vista que le interesa, introduciendo la intertextualidad. Una buena parte de Viajes por el Scriptorium es el desarrollo de una novela de ficción. En esta obra dentro de la obra se desarrolla la trama en un futuro utópico que guarda muchas similitudes con el de 1984, lo que en cierta medida da circularidad a la obra, ya que aparece escrita en forma de informe, de la misma manera que Viajes por el Scriptorium aparece también escrita en forma de informe. Auster crea un juego de estilos que va más allá de introducir una novela dentro de la obra: relaciona realidad y ficción, otorgando al primer elemento del binomio un peso menor con respecto al segundo, lo que hace que la novela tenga un atractivo componente onírico. La actitud de Míster Blank ante esta novela incompleta es indicativo del desenlace final: decide continuarla, dando importantes giros a la trama, reflexionando sobre la pertinencia y validez de determinadas acciones de los personajes; y en definitiva, ejerciendo a ojos del lector el oficio de escritor, sin ningún tipo de tapujos.

     Y es que la gran maestría de Auster no es la trama de la novela sino su capacidad para sobredimensionarla, para proyectar sobre ella una simbología que es, en definitiva, toda una revelación sobre el mundo de la escritura. Da un paso más allá del viejo experimento de Pirandello en Seis personajes en busca de autor, o del tosco intento unamuniano de Niebla. Con ojos modernos, los mismos con los que Jostein Gaarder escribiera el Mundo de Sofía, Auster hace un profundo análisis sobre las relaciones entre el autor y sus personajes. Finalmente Míster Blank se revela como álter ego de Auster, algo que se va haciendo patente a medida que los personajes van apareciendo en escena y el lector puede reconocer en ellos a antiguos personajes de otras novelas del escritor norteamericano. En la revelación final uno de ellos confiesa su naturaleza ficticia: «no somos nada, pero la paradoja es que nosotros, seres puramente imaginarios, sobrevivimos a la mente que nos creó, porque una vez arrojados al mundo existiremos hasta el fin de los tiempos, y nuestras historias seguirán contándose incluso después de que hayamos muerto». Es como si Míster Blank tuviera que pagar por las desdichas e injusticias sufridas por esos personajes a causa de Auster. Su rabia es la rabia que tendrían contra el propio Auster. Esta construcción novelística riza la intertextualidad, es un espejo textual con el que Auster trabaja la metaficción, establece un diálogo que da unidad y cohesión a toda su obra.

     Su confinamiento adquiere un carácter simbólico que convierte el castigo en una especie de pesadilla eterna, como si se tratara de una novela de Kafka. Míster Blank, en el poco tiempo en que es dueño de sí mismo y de sus recuerdos, es consciente del absurdo de su situación: «Mañana no recordaré ni una palabra de lo que he dicho hoy. Y usted lo sabe. Lo sé hasta yo, que no sé ni por dónde ando». Está condenado a vivir en «un estado de perpetua incertidumbre», condenado a olvidar cada noche su vida, a recomenzar cada mañana, a construirse a sí mismo cada día. Pocas veces se ha visto un símbolo tan genial de la figura del escritor. Pero al mismo tiempo se sitúa en un plano absurdo, al mismo nivel que la condena impuesta a Sísifo. El habitáculo se convierte en un minúsculo infierno, del que no se puede salir porque no se encuentra en ningún lugar: «mientras permanezca en la habitación con la puerta cerrada y los postigos cerrados en la ventana, jamás morirá, no desaparecerá, nunca será otra cosa que las palabras que estoy escribiendo en su página».

     Pero lo más sorprendente y enigmático del castigo es la confesión que hace uno de los personajes: «todo esto fue idea suya. Sólo hacemos lo que usted nos pidió que hiciéramos». No se trata de que los personajes hayan secuestrado al autor y confinado en una prisión, sino que parece ser que están siguiendo órdenes del propio autor y que él desconoce, lo que no podría ser de otra forma teniendo en cuenta que como antes ficticios carecen de libre albedrío. El propio texto desmiente esa eternidad, y como uno de los personajes confirma, el tiempo del que disponen es limitado. Si el escritor está ha sido encerrado de forma voluntaria y se dedica a desarrollar una novela, parece evidente que Viajes por el Scriptorium es el símbolo del proceso creativo. El confinamiento puede llegar a tener incluso un carácter terapéutico: «Ahora la habitación es su mundo, y cuanto más tiempo dure el tratamiento, más dispuesto estará a aceptar la generosidad de todo cuanto se ha hecho por él». En ese sentido el título es tremendamente esclarecedor. Baste recordar que el scriptorium es el habitáculo existente en los monasterios de la Europa medieval donde el copista elaboraba sus manuscritos. Es un espacio dedicado a la creación. Por otra parte, el concepto de viaje referido al proceso creativo no es original de Auster ni mucho menos.

     En definitiva, Viajes por el Scriptorium es, de alguna manera, la novela que contiene todas las novelas de Auster. Es una especie de balance de toda su producción novelística anterior, por lo que funciona al mismo tiempo como cierre y como inicio de etapa. Para sacarle el máximo jugo lo recomendable es haber leído algunos novelas de Auster, aunque ese puede entender perfectamente sin saber quiénes son los personajes que aparecen. En cualquier caso puede ser una magnífica oportunidad para introducirse en el mundo de Auster.

 

     Este es un libro con carácter

Martes, 21 de Diciembre de 2010 21:11. # Esta piedra. Ex libris Hay 2 comentarios.






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