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La piedra de Sísifo
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2010.


Tengo ganas de ti, de Federico Moccia

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Tengo ganas de ti de Federico Moccia

     Desde hace algún tiempo se ha venido extendiendo como plaga bíblica la romántica costumbre de sellar un amor inmortal cerrando un candado sobre un puente y arrojando la llave al agua, incluso virtualmente. Por desgracia, se ha demostrado que una vez roto el amor los candados siguen en su sitio si nadie lo remedia. La polémica está servida: en algunos casos los candados han sido incluso retirados, no porque su masificación ―y es que hasta el más tonto puede ser un romántico de toma pan y moja― sea antiestética sino porque el peso de los centenares de minúsculas estructuras metálicas han llegado a desestabilizar algún puente. Detrás de esta moda, nacido en el romano puente de Milvio, se encuentran un libro y un escritor: Tengo ganas de ti de Federico Moccia. Los editores, que rápidamente han visto el cielo abierto con este negocio, se han apresurado a denominar este atentado contra el buen gusto como «fenómeno Moccia», un término que bien puede describir el impacto que los libros de Moccia han causado en ciertos sectores de la población lectora con tendencias al sentimentalismo pueril.

 

     Tengo ganas de ti es la segunda parte del también exitoso Tres metros sobre el cielo. Como tal cumple con los viejos rituales de toda buena continuación: repite los elementos y esquemas que hicieron triunfar la primera parte con una pequeña variación, mínima pero sustancial para que el autor no pueda ser acusado de escribir dos veces la misma novela. Step vuelve a Roma después de una pausa de dos años en los que ha viajado a Estados Unidos para darle algún sentido a su vida, estudiar algún curso de diseño gráfico y madurar de paso. Prácticamente se ha reinventado al personaje: al regresar ya no es el Step alocado ―y casi delincuente― de Tres metros sobre el cielo. De él se podría esperar que hubiera sentado la cabeza, como efectivamente hace, pero al mismo tiempo ha adoptado un sentimiento de superioridad que le lleva a situarse por encima de todo el mundo, principalmente de su hermano, un personaje débil y sin ningún fundamento.

 

     Con el paso del tiempo Step se ha convertido en una auténtica leyenda en las calles de Roma, no se sabe muy bien si por los actos de vandalismo o por aquel graffiti del primer libro que rezaba «a tres metros sobre el cielo». Lo cierto es que poco le falta para tener que firmar autógrafos: le reconocen constantemente, las chicas siguen admirándole y suspirando por sus huesos, todos parecen alegrarse de que haya vuelto. Parece el retorno de un héroe de pies a cabeza antes que la vuelta de un delincuente de tres al cuarto. No deja de ser curioso este reconocimiento, una vez más en la línea Moccia.

 

     Babi, por otra parte, tiene un papel meramente anecdótico en el libro. También ha madurado, pero en sentido inverso al de Step. Atrás ha quedado aquel famoso discurso que le suelta a su madre al final de Tres metros sobre el cielo acerca de la hipocresía y de la autenticidad en el amor. Babi se ha convertido irremediablemente en una mala copia de su madre, con sus egoísmos y sus defectos. Una buena parte de la novela gravita en torno a la antigua Babi, al recuerdo e incluso a la esperanza; pero cuando se produce el reencuentro Step se da cuenta de que Babi no es ya la persona de la que se enamoró. Y si anecdótica es la presencia de Babi, solo fundamental en el desenlace del libro, postiza y artificial es la trama que protagoniza su familia, con novio despechado, padre burlador, madre burlada y hermana embarazada. Al respecto de esta, parece que, después de todo, el señor Moccia no podía pasar sin la moralina de este tipo de lecturas juveniles, el típico discursito de las drogas en la juventud y de los embarazos indeseados. Una historia que enlazada a modo de entremés sirve para distraer la atención de la verdadera trama central y de paso sirve para añadirle unas cuantas páginas innecesarias más al libro.

 

     La sustituta de Babi es una joven llamada Gin. En principio parece muchísimo más espabilada que su predecesora. La historia amorosa, más o menos, vuelve a repetirse casi palabra por palabra: comienza con una relación tensa de atracción sexual para acabar en el tradicional enamoramiento de novios formales. Los diálogos, en este caso, se llenan de suspicacias a la altura del más avispado guionista de monólogos cómicos que los convierten en verdaderos duelos de ingenio. Tanta broma ocurrente llega a cargar en muchos momentos, porque es evidente que van en detrimento de la naturalidad y de la verosimilitud. La relación, por su parte, va por los cauces lógicos y normales, como en el primer libro.

 

     La historia de la madre de Step, aquel despropósito absurdo de la primera parte, por fin se resuelve definitivamente. Hace falta su muerte para que Step reconozca en ella al fin a una persona de carne y hueso antes que a una especie de sacerdotisa vestal. Es necesario que Step caiga en el mismo error que su madre, que tropiece con la infidelidad, para que se dé cuenta de que hasta el ser más perfecto y maravilloso tiene derecho a equivocarse alguna vez y que cuando eso pasa debe afrontar las consecuencias antes que esconder la cabeza bajo la tierra.

 

     Una de las escasas novedades de este insípido libro es el punto de vista del narrador. Con un atrevimiento inaudito para este tipo de literatura, que tiende sistemáticamente a la tercera persona, Moccia ha optado por un narrador polifónico que entremezcla las voces y los puntos de vista de los personajes principales. Este cambio de narrador, además, no se produce entre capítulos, sino de un párrafo al siguiente, convirtiéndose en la novedad más interesante del libro. La necesidad, sin embargo, de mantener intacta la sorpresa final, lleva a veces al narrador, cuando Gin toma la palabra, a vaguedades e imprecisiones. Esta sorpresa se desvela, cómo no podía ser de otra forma, con el viejo procedimiento del manuscrito hallado, en este caso el diario de la protagonista femenina. Step además tiene el acierto de leer los párrafos exactos y de completar la lectura de lo necesario cuando Gin le arrebata violentamente el diario de las manos.

 

     Más de lo mismo con cambio de título y de nombre de la protagonista. Por otro lado, es evidente que eso es precisamente lo que demandan los lectores y lo que vende. Un libro que hará las delicias de todos aquellos que se crean lo suficientemente románticos como para cerrar un candado en un puente y arrojar la llave al agua. Y por suerte para ellos, con un final lo suficientemente abierto como para presagiar una tercera parte, porque es evidente que la historia ha nacido con vocación de trilogía o aún de saga. Es muy probable que Moccia no esté dispuesto a abandonar el filón sin haberlo explotado hasta la saciedad, algo así como lo que acaba de hacer con Perdona si te llamo amor. Aunque también es verdad que cada vez es más descarado y le importa menos que lo acusen de autoplagio: la segunda parte de Persona si te llamo amor tiene por título Perdona pero quiero casarme. ¿Cómo llamará a la tercera parte de Tengo ganas de ti? ¿A tres metros sobre el cielo tengo ganas de ti quizá?

Sábado, 02 de Enero de 2010 19:52. # Esta piedra. Ex libris Hay 3 comentarios.


Regala cultura

     A falta de pocos días para que lleguen los Reyes Magos los hay aún que no tienen sus regalos listos ―como yo, por ejemplo―. Aprovechando el tirón de las fiestas navideñas el Ministerio de Cultura ha presentado una campaña en la que se destaca el valor de la cultura como regalo, algo así como un bien de consumo más que se monta al carro de las fechas más comerciales del año. Una campaña que por cierto, a pesar de ser llamativa, que para algo puede pagar creativos el Ministerio, ha pasado sin demasiada pena ni gloria, quizá por su brevedad, del 17 de diciembre al 5 de enero.

 

     El icono de la campaña es un regalo envuelto con un papel lleno de palabras, una especie de guiño simbólico a la cultura. Por encima del eslogan principal, «Estas Navidades regala cultura», aparece otro más confuso, «La cultura es algo que lo envuelve todo», que hace referencia a ese papel que puede envolver cualquier cosa. Este último eslogan en los anuncios no queda muy claro, y hay que recurrir a la página en la que el Ministerio de Cultura presenta la campaña para encontrar una explicación: «La cultura es algo que está presente en nuestras vidas de diferentes maneras: a través de la música que nos acompaña en el coche, o de una película que nos viene a la cabeza cuando una situación nos recuerda a una escena de esa película, o de un pasaje de un libro que de repente coincide con algo que ocurre en la vida real...». Una curiosa definición de cultura, bastante amplia y englobadora, difusa e imprecisa al fin y al cabo, en la que entra prácticamente todo. Si no lo he entendido mal para el Ministerio de Cultura todo es cultura.

 

     La campaña se desarrolla a través de cuatro anuncios que apelan a la sensibilidad y que están dedicados a la música, el cine, las artes escénicas y la literatura ―este último es el que acompaña el artículo―. La estrategia ha sido, en consonancia con el eslogan, presentar la cultura en muy estrecha relación con los ámbitos y detalles de la vida cotidiana. No deja de ser curioso que no se haya hecho un anuncio sobre los videojuegos, ya que se consideran parte de la cultura, algo que en cualquier caso debería ser matizable, ya que es evidente que tampoco todos los libros son necesariamente cultura.

 

     En otras circunstancias esta campaña publicitaria me habría parecido una magnífica idea pero los últimos movimientos del Ministerio de Cultura me hacen sospechar de ella. En primer lugar se mercantiliza la cultura ―algo que en principio no es negativo porque genera riqueza― sobre todo a través de la compra por Internet. En segundo, la base de la campaña es la defensa del sistema comercial de la cultura que ha demostrado sobradamente estar obsoleto. Nada más lejos de mi intención es llevar la contraria a esta campaña: cualquiera que me conozca sabrá que mi regalo preferido es un libro. Simplemente me gustaría constatar la hipocresía de un Ministerio que sigue anteponiendo el derecho de unos pocos a los de la mayoría, que trata de mantener a flote un barco que se va a pique.

 

     Que sirvan estas pocas palabras para dar alguna idea de regalo, independientemente de la opinión que me merezca la campaña publicitaria y los que la organizan. Sólo espero que el Ministerio no quiera decir «Regala nuestra cultura» cuando simplemente dice «Regala cultura».

Domingo, 03 de Enero de 2010 00:04. # Esta piedra. Nihil humani a me alieno puto Hay 2 comentarios.


Bibliófilo de bolsillo: mi nuevo blog

     Desde el primer momento en que empecé con La piedra de Sísifo tenía más o menos claro lo que buscaba. En aquella época las bitácoras aún no estaban tan de moda y nunca fui del todo consciente de estar haciendo una. Como explico en la presentación, este espacio nace de un intento fallido de hacer una revista universitaria años atrás. Evidentemente, por formación, tiendo a incidir más en ciertos temas, pero nunca quise limitarme a escribir sobre libros o a publicar mis propios textos literarios. La piedra de Sísifo está enfocada de forma que pueda hablar de todo aquello que me interesa y más, aunque salta a la vista que siento predilección por la literatura.

 

     Ahora, por primera vez en todo este tiempo, se me ha planteado un tema que ya no tiene espacio en esta bitácora. Últimamente siento que la expresión letraherido es más cierta que nunca, y poco a poco ―o mucho a mucho― me he ido obsesionando por los libros en su materialidad física. Y de eso trata precisamente mi nuevo espacio, de bibliofilia, del libro como objeto de colección, como entidad física casi sagrada (un capricho por cierto bastante caro pero muy satisfactorio). Aunque he dedicado una buena parte de La piedra de Sísifo a la literatura, y en ocasiones me he centrado en los libros, es un tema que definitivamente no tiene cabida aquí, sobre todo por dos motivos. Por una parte es un aspecto demasiado específico que choca con el carácter general del blog, y por otra el tono que pretendo utilizar es muy distinto, más cercano y coloquial.

 

     No tengo ni que decir que aquí seguiré escribiendo con la misma regularidad que antes, tanto o tan poco, dependiendo de lo mucho o nada que tenga que decir. Mi nuevo blog, ese sí, lo tomaré con mucha más calma, escribiendo cuando me apetezca, sin ningún tipo de presión.

 

     Si les interesa la bibliofilia no dejen de visitarlo. La dirección es la siguiente: http://biblioaprendiz.blogspot.com/

Domingo, 10 de Enero de 2010 14:31. # Esta piedra. Nihil humani a me alieno puto No hay comentarios. Comentar.


«La máquina de escribir», de Leroy Anderson

     A principios del siglo XX el hombre se siente tan abrumado por los progresos de la tecnología y de las ciencias que tiene una especie de empacho en el que las máquinas van invadiendo incluso los ámbitos más puramente humanos. Este progresivo interés acaba cuajando en las vanguardias, y sólo así puede explicarse que en el futurismo Marinetti diga que un automóvil es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Estos primeros tanteos y tonteos entre arte y tecnología son por supuesto bastante rudimentarios, algo postizos. En la mayor parte de los casos les faltaba la perspectiva necesaria para conciliar ambos mundos con naturalidad.

 

     En 1950 Leroy Anderson, un compositor norteamericano iniciado en la famosa Boston Pops Orchesta ―de la que llegaría a ser director― y que saltó a la fama con su «Jazz Pizzicato», conseguía algo que muy pocos han logrado: la armonía perfecta entre música clásica y tecnología. Introducir una máquina de escribir en una pieza clásica era una apuesta arriesgada que finalmente dio como resultado una melodía inclasificable, pero que ha pasado definitivamente a la memoria musical colectiva de todos. Esta composición se hizo famosa a partir de un divertido gag de Jerry Lewis en la que aparece tocando alocadamente una máquina de escribir al son de la melodía ―repetida en varias ocasiones, la escena es de Lío en los grandes almacenes―. Lo más sorprendente es sin duda el solo que hacen las teclas de la máquina, junto con el timbre característico al final de la línea y el rodillo volviendo al comienzo.

 

     Otra de las piezas que se han ganado un hueco en la historia de la música clásica y que es un prodigio de armonía es «El reloj sincopado», en el que se puede escuchar el tic-tac y la alarma del reloj.

Martes, 12 de Enero de 2010 20:08. # Esta piedra. De auditu Hay 1 comentario.


Los editores españoles van a equivocarse con el ebook

     Que los ebooks han revolucionado el mundo de las editoriales y de las librerías es algo tan evidente que habría que estar ciego para no verlo. Podrán gustar más o menos, podemos ser más prácticos ―que es lo que se estila en los días que vivimos― o más clásicos. Las ventajas del ebook son indudables en el momento en que el espacio que es ocupado por un libro es ahora ocupado por miles de libros. Todavía es pronto para verlo, pero qué duda cabe de que en unos años la situación en el mundo de los libros será muy parecida a la que tenemos hoy en día con la música. No falta mucho para que los lectores electrónicos sean tan comunes como los mp4. Y cómo no, al igual que ha ocurrido con la música, el mercado español se empeña en no ponerse al día, a pesar de que otros mercados están marcando muy claramente cuál es el camino a seguir. Al final vendrán los llantos y los lamentos, las librerías cerradas y las protestas al gobierno. Al final, como siempre, seremos los usuarios, los lectores, los que tendremos que resolver la papeleta a unos productores ―escritores, editores, distribuidores, libreros― torpes e incompetentes. No se trata de abandonar el formato tradicional del papel, se trata de no volver los ojos ante la innovación del ebook.

 

     Aquí les dejo enlazado un artículo que ofrece un panorama muy completo sobre la posición que el mundo del libro español ha adoptado ante las nuevas tecnologías.

Miércoles, 13 de Enero de 2010 18:09. # Esta piedra. Ex libris Hay 9 comentarios.


La tierra del tiempo perdido, de José María Merino

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La tierra del tiempo perdido de José María Merino

     Al año siguiente de publicar El oro de los sueños José María Merino escribió una continuación que de alguna manera el final de la primera parte ya anunciaba. El tema de la conquista de América había dado juego a Merino, cómo no, para relatar y describir la sed de riquezas de los españoles y los desmanes de los soldados cristianos ante los indios. Una visión no demasiado original, pero con el encanto suficiente de adaptar un momento histórico a los moldes de la novela juvenil, con las peripecias y aventuras del protagonista adolescente. Sin embargo, sin ser una novela brillante, esta segunda parte no está ni de lejos a la altura de la primera. Más bien parece como una especie de relleno, de preparación, de momento intermedio entre El oro de los sueños y la tercera parte de la trilogía, Las lágrimas del sol.

 

     La construcción de la novela en algunos momentos no pasa de ser un autoplagio de la primera parte. Así al principio, en los primeros capítulos, que describen la llegada del padrino en busca del joven y la zozobra que le produce a Miguel y a su familia la propuesta de ir en busca de aventuras ―un episodio que resultará conocido a los que hayan leído la primera parte―. En esta ocasión, sin embargo, la trama es más difusa y las aventuras menos claras. Miguel acompañará a su padrino en condición de secretario, para que este reciba un importante cargo administrativo. Las verdaderas aventuras irán surgiendo a lo largo del viaje, de forma casual, alargándolo en el tiempo, al igual que con Ulises, de tal manera que parece que nunca lograrán llegar a su destino.

 

     El mestizaje de Miguel vuelve a ser un elemento importante dentro de la novela. La vieja Micaela ya señala desde el comienzo cierta predestinación a causa de ese mestizaje cuando dice que la sangre cristiana de Miguel le lleva a la aventura, a recorrer tierras lejanas. El mismo Miguel tiene una idea clara de lo que implica ese metizaje en su persona: «De mi madre india me viene una gran facilidad para la ensoñación y para la quietud; pero sin duda la sangre española de mi padre aflora en esos impulsos de alejarme y descubrir y conocer tierras diferentes de las mías». Esta mezcla de sangres, además de aportar riqueza a su personalidad, es fuente de un importante desarraigo en ocasiones, como cuando necesita salvar la vida del padrino y se da cuenta de que con sus pobres conocimientos no sabe cuáles son las hierbas que sanan, de que la única herencia que le queda de su pasado indio es la lengua. En el proceso de maduración de Miguel la aceptación de su sangre india será un factor fundamental, porque hasta el momento en que necesita hacer uso de esos conocimientos, admite haberlos menospreciado frente a las costumbres que provenían de España.

 

     Una vez que Miguel ha asumido su condición intermedia está listo para convertirse en el puente de unión entre ambos mundos. Para conseguirlo Miguel, eterno escribano, acepta el trabajo de traducir los ancestrales conocimientos de los indios a la lengua española. Pocos cristianos podrían haber hecho ese trabajo sin considerarlo pecaminoso, pero Miguel se da cuenta de que es posible conciliar ambos mundos: «aquellos relatos me recordaban las creencias de las gentes de mi madre […] y yo no he encontrado en ellas nada diabólico ni pecaminoso». Tanta importancia tiene este proceso de maduración que Miguel conoce el amor, y en ese mismo momento ya está preparado para repetir los pasos de su padre. Su deseo truncado es el de poner fin a sus aventuras y vivir apaciblemente junto a los indios, con su vida sencilla y sus costumbres ancestrales.

 

     Relacionado con este mestizaje está también la mezcla de magia y realidad. No puede ser de otra manera, puesto que la magia entra en el libro a través del amuleto de oro que regala a Miguel su abuelo indio. Uno de los pasajes más hermosos del libro está lleno de esta magia, cuando el capitán del primer barco en el que Miguel viaja cree haber capturado una sirena que no es más que un león marino. Al final se verá obligado a admitir su error de una manera muy quijotesca: «No era una sirena. ¿No lo visteis? No era sino un encantamiento, un hechizo». Y es que La tierra del tiempo perdido es muy quijotesco en algunos momentos, e incluso no falta la discusión sobre las fantasías de los libros de caballerías y su censura.

 

     La avaricia vuelve a ser la gran protagonista del libro. Nada si nadie está a salvo de ella, ni el padrino de Miguel. Toda la mesura y discreción del padrino en la primera parte se convierte en ínfulas y soberbia en el momento en el que se le ofrece un cargo importante. Miguel presencia ese cambio atónito: «Yo me sentía bastante sorprendido de que mi padrino, un hombre que nunca había manifestado tales ambiciones mundanas, hubiese sufrido tal mudanza». La avaricia desmedida hace que Miguel se tope con los resultados más crueles de la guerra: pueblos incendiados, mujeres y niños sacrificados, cuerpos profanados. Y es que en esta novela se adelanta el gran mal de la tercera parte, los propios cristianos. Miguel se topa con un capitán que es sanguinario no sólo con los indios, sino también con los propios cristianos. La situación que se describe sobre Perú al final del libro es casi un preludio a Las lágrimas del sol: «enredado en una terrible contienda entre españoles, pero donde, antes de la conquista, regían la vida de todos los señores Incas, gobernando su inmenso imperio con grande orden y, como dicen, sin que el más pequeño de sus súbditos tuviese ocasión de carecer de los alimentos necesarios para mitigar el hambre».

 

     Sobre queda destacar uno de los aspectos más interesantes del libro, la grafomanía de Miguel. Si en un principio retoma la escritura abandonada al acabar la primera parte es por propia iniciativa, reconociendo que «escribir es labor muy gustosa». Más adelante la escritura tomará un valor prácticamente vital para Miguel. Luis Landero recuerda con sorpresa en Entrelíneas: El cuento o la vida que en Las mil y una noches narrar bien un cuento podía ser fundamental para que un rey te salvara la vida. Algo así ocurre en La tierra del tiempo perdido, que Miguel y sus compañeros salvan sus vidas gracias a sus narraciones escritas. La escritura deja de ser una labor gustosa para convertirse en una necesidad de vida o muerte. El pirata advierte a Miguel que «no hay escritura inocente. La más verdadera relación de sucesos lleva en sí el partido del escribano». La relación de Miguel tiene el valor del testimonio de una época, de las injusticias infligidas a un pueblo, representa un documento histórico que ofrece la visión de los vencidos.

 

     Aunque José María Merino completa algunos temas que había iniciado con El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido no aporta demasiado a la Trilogía del mestizaje, porque es más de lo mismo por momentos. Su lectura no es imprescindible para entender Las lágrimas del sol, aunque desde luego sí aporta una visión más global del proceso de maduración de Miguel. Es una pena que Merino no haya sabido dar más peso y solidez a un libro que, como su título, pudiera dar a entender que el lector se adentra en la tierra del tiempo perdido.

Jueves, 14 de Enero de 2010 18:40. # Esta piedra. Ex libris Hay 3 comentarios.


Reto 2010: un reto con carácter

     Como viene siendo habitual por estas fechas desde hace dos años, se ha puesto en marcha el Reto 2010 se Meribelgica. Hacía ya unos días que venía funcionando extraoficialmente, pero he querido esperar a que la página web estuviera terminada y en funcionamiento para transmitir la información.

 

     Este año el reto consiste en crear un calendario teniendo en cuenta el número de caracteres de cada título de los libros que se leen. Hay que leer 29 libros en total. Los 25 primeros deben cumplir el requisito de que el título tenga 1 carácter, 2 caracteres, 3, 4… y así sucesivamente hasta llegar al título de 25 caracteres ―el orden no importa―. El número de caracteres se irá sumando y así el calendario irá avanzando. Los cuatro libros restantes son cuatro recomendaciones de algún lector (una idea que funcionó muy bien en el Reto 2009). Cada uno de estos libros suman 10 caracteres, de forma que el total de la suma cubre los 365 días del año (1 + 2 + 3 + 4… + 25 + 40). Existen además tres comodines para usarlos en lugar de algún título difícil de encontrar. Como es normal, el reto finaliza el 31 de diciembre a medianoche.

 

     No sé si mi explicación del Reto 2010 habrá sido suficientemente clara. Si algún posible participante se ha quedado con la duda le invito a que visite la página de instrucciones del reto y la de preguntas frecuentes. Es necesario registrarse en la página para que se vayan contando los libros.

 

     Yo por mi parte no he podido ponerme todavía manos a la obra porque ha dado la casualidad de que el libro que estoy leyendo tiene 26 caracteres justos (El Evangelio según Jesucristo de Saramago). Sin embargo, muchas de las lecturas que tenía planeadas para este año me encajan a la perfección. Creo que el reto es lo suficientemente permeable como para adaptar las lecturas personales.

 

     En fin, feliz lectura a todos los participantes.

Lunes, 18 de Enero de 2010 21:15. # Esta piedra. Ex libris Hay 3 comentarios.


Escribir es un tic, de Francesco Piccolo

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Escribir es un tic de Francesco Piccolo

     Dámaso Alonso describió la literatura ―y por extensión el arte― como un abismo ante el cual el crítico sólo puede acercarse al límite lo más posible para asomarse a un fondo que nunca podrá vislumbrar por completo, del que no podrá desentrañar del todo el misterio que esconde. Claro está que el método usado por Dámaso Alonso, la estilística, puramente inmanentista, no es el único camino para desvelar parcialmente, y hasta donde es posible, ese misterio. En el extremo opuesto, bastante superado pero no por ello menos valioso, el método biográfico también tiene algunas luces que aportar para alumbrar ese fondo. La vida de los artistas, de los escritores, dependiendo de cada caso, puede desvelar mucho o poco sobre su obra, y no debe ser una aproximación descartada de antemano.

 

     Por ejemplo, el camino biográfico emprendido por Francesco Piccolo en su librito Escribir es un tic desvela conclusiones muy acertadas sobre el arte de la escritura. El ensayo parte de la necesidad particular de investigar de primera mano qué entienden y cómo entienden los escritores su oficio, a través de sus propios testimonios, para intentar de esa forma, a partir del método imitativo, llegar a ser un verdadero escritor. Como resultado, una estructura compuesta casi por acumulación: durante años Francesco Piccolo estuvo recopilando materiales sobre los métodos empleados por los escritores que finalmente decidió unificar bajo la unidad de un libro, dotando al conjunto de la coherencia de un hilo conductor, las profundas reflexiones del propio Piccolo en cuanto a la labor del escritor se refiere. Su objetivo principal es desmitificar el oficio de escritor, liberarlo de la dictadura de la inspiración, que presenta a los autores como seres casi divinos, bohemios de vida desordenada que en un arranque de genialidad alcanzan la inmensidad de una obra de arte; antes al contrario, «presenta la escritura como un oficio comprensible, que requiere esfuerzo y constancia, igual que cualquier otro». Pero esta desmitificación es en su justa medida: no se anula la inspiración, se indica que por sí sola no es suficiente, que en todo gran escritor se produce una «combinación original de devoción sagrada y de mentalidad de empleado».

 

     El resultado es un libro pintoresco y entretenido, lleno de anécdotas que lejos de cansar pueden despertar el interés de lectores, de escritores y de aspirantes a escritor. Con un estilo sencillo y conciso, Piccolo va engarzando unas anécdotas con otras, en una nómina de escritores que sin ser totalizadora está lejos del nacionalismo simplista. Es cierto que los escritores italianos abundan pero no son los únicos. Quizá el fallo de Piccolo, que él mismo llega a reconocer, es la falta de criterio estético, que le lleva a incluir a escritores de un valor muy desigual. Se lamenta, por ejemplo, de haber mencionado a Isabel Allende, cuyos métodos carecen de importancia al ser una escritora que está fuera de su órbita de interés. Con la misma intención de agilizar la lectura y para evitar que la abundancia de fuentes entorpezcan la linealidad del texto, Piccolo incluye al final del libro un pequeño apéndice explicando brevemente quién es cada escritor e incluyendo la fuente de donde ha tomado la cita. Una última aportación a la frescura del libro son las ilustraciones de Anthony Garner, todo un lujo en el que caricaturiza a veintiséis escritores  haciendo que cada uno adopte la forma de la primera letra de su primer apellido ―un maravilloso juego que confirma el sentido lúdico del libro―.

 

     Piccolo defiende la existencia del oficio de escritor como tal, un trabajo al que se puede llegar de distintas formas ―a veces incluso para conseguir dinero―, pero cuyos comienzos suelen ser de carácter vocacional, como ocurre con Truman Capote, que desde los doce años tiene claro que desea ser escritor, sin importarle sacrificar todo lo demás para conseguirlo. Lo habitual, desde luego, es que la escritura sea un trabajo que no reporte los suficientes beneficios económicos para vivir y que los escritores se ven obligados a buscar otras fuentes de ingresos. Los ejemplos más paradigmáticos son los oficinistas Kafka y Pessoa, aunque es corriente que, seguido por el trabajo editorial, los escritores tengan como oficio secundario la enseñanza ―a pesar de Juan Marsé, que tuvo oficios poco relacionados con las letras―. Piccolo menciona a Umberto Eco y a Antonio Tabucchi, pero la lista podría ser interminable añadiendo a Antonio Machado, a Borges, a muchos miembros del grupo poético del 27, o a novelistas actuales como Luis Landero.

 

     La espina dorsal de Escribir es un tic es la tesis de que detrás de todo escritor existe un método particular que le permite canalizar y controlar la creatividad. Dentro de esta metodología cada escritor elabora sus horarios de creatividad ―algo muy poco inspirador― en función de responsabilidades laborales, familiares o de gustos personales. Parece ser que lo importante, más que el número de horas que se dedique a la escritura, es la fidelidad con este horario, que debe cumplirse con rigurosidad cada día, como dijo Flaubert, «trabaja pacientemente todos los días el mismo número de horas». Más allá de esto, para gustos los colores: «Dostoievski escribía día y noche, en cambio T. S. Eliot de diez a una», mientras que Paul Valéry de cuatro a siete de la mañana. El ritmo también puede ser muy distinto: de las treinta o cuarenta páginas diarias de Sartre al método de Hemingway, que también seguirá Gabriel García Márquez, de no abandonar la escritura hasta no saber cómo continuar la historia al día siguiente para evitar el pánico al papel en blanco. En lo que sí suelen coincidir los escritores es en el concepto de escritura como reescritura, que diría Flaubert. Para García Márquez «un libro no se termina, se abandona», lo que se demuestra en el hecho de que su agente literario casi tenga que quitarle sus manuscritos a la fuerza; Raymond Carver afirma que puede llegar a hacer hasta treinta redacciones de un relato.

 

     Dentro de los métodos que suele emplear cada escritor desempeñan un papel fundamental los rituales, que permiten interpretar el proceso de creación como una actividad enteramente personal. A veces tienen mucho de absurdo, como la manía de García Márquez de escribir con un mono de mecánico, la necesidad de Tabucchi de escribir en un tipo de cuaderno que ya no se encuentra en Italia y que le lleva a viajar hasta Lisboa para comprarlo, o el encierro de Balzac día y noche sin probar alcohol ni sexo aunque saturado de café; otras veces son ritos más comprensibles, como por ejemplo, la costumbre de Eliot de leer a su familia lo que había escrito durante el día para pedirles opinión. Desde luego, lo que da valor al rito y lo conforma como tal, es la rutina, la necesidad de repetir una y otra vez las condiciones que en el pasado propiciaron el flujo de la creatividad. Es común, como le ocurre a Marguerite Duras, que los escritores necesiten utilizar y tener presentes siempre los mismos elementos, el mismo cuarto, la misma silla, la misma mesa o la misma ventana.

 

     Aunque en eso del mismo cuarto hay disparidad de opiniones: hay escritores que se inspiran en el bullicio de un café y otros que necesitan la tranquilidad de su estudio. La cafetería tiene el prestigio de ser un símbolo del mundo bohemio de los años dorados de París, con Hemingway como su gran representante. Muchos son los escritores que están ya ligados para siempre a un café: Tomasi di Lampedusa, Larra, González Ruano, Gómez de la Serna o Sartre (que empezó a frecuentar por la calefacción). De hecho, a Dickens la compañía no sólo no le molesta sino que le ayuda a trabajar. En el polo opuesto Henry James y su necesidad de soledad absoluta para trabajar. También es proverbial la obsesión de Juan Ramón Jiménez, que le llevó a insonorizar las paredes de su estudio. Es posible que algunos de estos escritores caseros conviertan su hogar en verdaderos museos llenos de reliquias y objetos curiosos, como ocurre con Pío Baroja o con la casa de Isla Negra de Neruda ―y por supuesto con Gómez de la Serna―.

 

     Una manía en la que también se detiene Piccolo es en el instrumento principal de la escritura, ya sea pluma, máquina de escribir u ordenador. Parece que éste último ha desbancado a la máquina de escribir por su practicidad, según Piccolo esencialmente basada en la posibilidad de llevar a cabo algo hasta entonces impensable: el montaje; sin embargo, muchos escritores se resistían o se resisten a abandonar la máquina de escribir a favor del ordenador, como Don DeLillo, para quien el sonido de las teclas de una máquina de escribir tiene un carácter simbólico y mágico. También la pluma tiene su componente mágico, porque parece que conecta al creador y a su creación de forma más directa. En palabras de García Márquez, a pesar de todo gran fanático del ordenador: «Los escritores que escriben a mano, más de los que creemos, defienden su sistema aduciendo que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo silencioso y continuo de la tinta hace las veces de una arteria inagotable».

 

     Un magnífico paseo por los entresijos más curiosos de la literatura de la mano de sus creadores. Al fin y al cabo, una lección digna de aprender, porque, como concluye Piccolo, «si quieren escribir han de saber que hace falta método: elijan uno de los que han encontrado aquí, o invéntenlo». Independientemente del método elegido hay que tener en cuenta que, con mayor o menor importancia de la inspiración, «se debe reservar a la escritura un espacio diario».

Miércoles, 20 de Enero de 2010 21:08. # Esta piedra. Ex libris Hay 4 comentarios.


Epitafio de un despistado

     Aquella mañana amaneció muerto porque se olvidó de cómo respirar

Sábado, 23 de Enero de 2010 19:01. # Esta piedra. Sui generis Hay 1 comentario.


El poeta danés, de Torill Kove

     El poeta danés es un corto de Torill Kove, narrado por Liv Ullman ―una actriz familiar para los seguidores de Bergman―, que narra la búsqueda de inspiración de un poeta, Kasper Jorgensen. Esta búsqueda le llevará a un viaje, que en definitiva simboliza el de cualquier poeta que busca inspiración, a través del amor y de la felicidad, del recuerdo y del dolor. El punto de vista es optimista: por una parte, los grandes escritores, aquellos que inspiran a los que empiezan, algún día quizá se conviertan en grandes escritores que inspiran a otros; por otra parte, a diferencia de lo que normalmente se piensa, el artista está más preparado para recibir la inspiración cuando es feliz.

 

     Al mismo tiempo se reflexiona sobre todas aquellos acontecimientos, grandes o pequeños, que poco a poco van tejiendo esa trama de sucesos encadenados que es el mundo, una red en la que nada tiene sentido si no se tiene en cuenta todo lo que ha ocurrido detrás. Tiempos cíclicos y azares que siguen el camino del fatum, el de las causas y los efectos.

 

     Con un dibujo muy sencillo, pero al mismo tiempo atractivo, porque transmite dulzura y lirismo, este corto ha cosechado grandes éxitos. Ganó un Oscar al mejor corto de animación en 2007, y todavía no conozco a nadie que lo haya visto y que no le haya gustado.

 

     Juzguen ustedes mismos.

Domingo, 24 de Enero de 2010 12:35. # Esta piedra. Extra tempora fia lux Hay 5 comentarios.


El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago

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El Evangelio según Jesucristo de José Saramago

     Sin necesidad de hacer un recuento textual es evidente que Jesucristo es uno de los temas que más páginas ha generado en la historia de la Humanidad. Se podría pensar que todo o casi todo se ha dicho ya, lo que hace que ser original en esta cuestión sea un verdadero reto para un escritor. Después de la escandalosa visión que ofrece Nikos Kazantzakis en 1951 en La última tentación de Cristo ―definitivamente popularizada por el filme de Martin Scorsese― parecía aún más difícil polemizar sin caer rotundamente en el mal gusto. En 1991 José Saramago había asumido este riesgo y estaba listo para sacar al mercado su propia versión de los hechos, El Evangelio según Jesucristo. La diferencia entre la novela de Kazantzakis y la de Saramago es tanta como la que hay entre una reescritura y una relectura. El escritor griego monta su historia prácticamente desde la nada, mientras que el portugués parte de una versión muy cercana a los evangelios canónicos para aportar su  rompedor punto de vista en detalles específicos pero fundamentales sobre la vida de Jesús. Es difícil juzgar cuál de los dos tratamientos es más polémico.

 

     Lo que interesa a Saramago es el componente humano que hay detrás de la historia y de la vida de Jesús. Con este punto de partida se entiende por qué en el conjunto de la novela dedica más espacio a completar precisamente los huecos que los cuatro Evangelios habían dejado: se centra fundamentalmente en los momentos previos al nacimiento de Jesús y en todas sus vivencias hasta que se produce la anunciación de que es el Hijo de Dios. A Saramago le interesa menos el lado divino que el humano, e incluso una vez que ha sido proclamado como Hijo de Dios es la humanidad del personaje lo que llama la atención, un rasgo que le lleva incluso al extremo de oponerse a su Padre.

 

     José, el otro padre de Jesús, no es sólo un postizo que hace las veces de padre mientras que Dios no se hace cargo de su Hijo. Su condición de padre, absolutamente negada en el Nuevo Testamento, se pone en duda varias veces a lo largo de la novela. Parece que en la concepción de María ni siquiera Dios tiene la certeza absoluta de ser el padre de Jesús. Ya, al empezar el libro, se describe una polémica relación sexual entre José y María, lo que pone en duda la virginidad de la Virgen y supone una versión que indudablemente está más apegada a la realidad. También Jesús reconocerá en varios momentos una doble paternidad: no parece dispuesto a rechazar completamente a José como su padre. Además, existe una especie de tiempo cíclico ―un paganismo que va contra el tiempo lineal cristiano― que reafirma la idea de la paternidad de José, una tendencia a que, de alguna manera, lo vivido por José se repita en Jesús.

 

     El papel de José es fundamental en la historia. Su drama arranca en Belén, cuando escucha a dos soldados planeando el asesinato de todos los bebés del pueblo, a causa del temor de Herodes a ser destronado. José, en lugar de avisar en Belén de lo que iba a ocurrir, huye a la cueva donde estaban María y Jesús recién nacido, para ocultarse de la masacre. El horror y la culpa de las muertes de esos niños atormentarán a José el resto de su vida, a través de violentas pesadillas en las que él mismo viaja a Belén con soldados romanos para matar a su hijo Jesús. Un ángel hablará con María sobre la actuación de José y pondrá de manifiesto, con escalofriantes palabras, la culpabilidad de su marido: «no hay perdón para este crimen, antes sería perdonado Herodes que tu marido, antes se perdonará a un traidor que a un renegado». Lo más sorprendente, más incluso que este crimen se haya cometido a causa de una fatalidad impuesta por Dios ―que así lo quiso―, es que Jesús herede la culpa del padre, que el ángel diga que «la sombra de la culpa de José oscurece ya la frente de tu hijo».

 

     Quizá si José hubiera escuchado las palabras del ángel, si hubiera sabido que no había redención posible, que hiciera lo que hiciera tendría que cargar el resto de su vida con la culpa de Belén, no habría ido al pueblo de al lado en busca de su vecino Ananías, herido como rebelde del pueblo judío contra los romanos, para traerlo de vuelta a casa. Allí cree encontrar esa redención inexistente, pero una vez más pierde la oportunidad de salvar a un joven herido cuando descubre que le han robado el burro y que no es posible volver a casa. La muerte de José es como una especie de ironía dramática que pone de manifiesto la relación paterno-filial entre José y Jesús y señala el tiempo cíclico que romperá Jesús con su linealidad. José muere crucificado, a los treinta y tres años, acusado de ser un rebelde judío que lucha contra el pueblo romano sin que esta acusación sea cierta. Años más tarde Jesús morirá en las mismas circunstancias.

 

     Hay otro elemento que puede llevar a pensar en la relación de José y Jesús como en la de un padre y un hijo. El ángel había dicho a María que los hijos heredan las culpas y los pecados de los padres, algo que se cumple a la muerte de José. Jesús comienza a tener violentas pesadillas en las que su padre viene a Belén con soldados romanos para asesinarle. Después de que María confiese a Jesús el verdadero origen de esas pesadillas y de que el niño sea conocedor de la culpa de su padre decide marcharse de casa, dando comienzo a la peregrinación que convertirá a Jesús en el Hijo de Dios.

 

     Después de visitar Belén, lugar donde dio comienzo la tragedia, Jesús pasa a trabajar en el rebaño de un extraño pastor, un ser que parece en un primer momento un ángel y que más tarde se muestra como el Diablo. Este individuo, conocido como Pastor, después de haber pedido a Jesús que lleve el rebaño a pastar diciéndole que es lo más importante que hará en su vida, pone el dedo en la llaga sobre la que quizá sea la cuestión fundamental del libro. Pastor dice a Jesús: «no me gustaría verme en la piel de un dios que al mismo tiempo guía la mano del puñal asesino y ofrece el cuello que va a ser cortado». Pastor introduce la duda en Jesús en lo que respecta al precepto judío de sacrificar un cordero para la Pascua. Para Jesús resulta inexplicable que «Dios se sienta feliz en esta carnicería, siendo, como dicen que es, padre común de los hombres y de las bestias». Más adelante, cuando Jesús se encuentre con Dios por primera vez, se verá obligado a sacrificar ese mismo cordero que años atrás había salvado, y será con la sangre de ese sacrificio con lo que se firme la alianza entre Padre e Hijo. El pago que exige Dios sólo puede sellarse con sangre.

 

     En su revelación final Jesús mantiene durante cuarenta días una conversación con Dios y con el Diablo. Es en ese momento cuando le será descubierto cuál es el propósito de su vida y qué se espera de él como Hijo de Dios. Lo que Dios pretende es ampliar su campo de influencia, que no sea sólo una raza, la judía, la que crea en Él, sino el mundo entero. Razones poco claras le llevan a declarar que él mismo no puede llevar a cabo esa misión, a pesar de su poder ilimitado, sino que necesita una ayuda en la tierra. El papel que va a jugar Jesús en los planes divinos es el mártir, sacrificado brutalmente por la causa divina. Jesús, atónito, pide explicaciones a Dios sobre el futuro y durante varias páginas, la divinidad hace una enumeración de los mártires más importantes de la Iglesia cristiana y su violenta aniquilación. Jesús se da por fin cuenta que las muertes de los niños de Belén fueron, no porque José no hizo nada, y ni siquiera porque Dios no hiciera nada, sino porque así lo quiso el Padre. El sacrificio humano que exigía el plan divino era desorbitado, sobre todo para que cayera sobre los hombros de su sola persona, ya que Dios demuestra no tener el menor atisbo de culpabilidad. Jesús trata de romper su alianza con Dios, trata de elegir a José como padre, de vivir como un hombre cualquiera; sin embargo, ya se ha convertido en el cordero de Dios y los designios divinos son inapelables. El sacrificio exigido por Dios va más allá de la vida de su Hijo: «se edificará la asamblea de que te he hablado, pero sus cimientos, para quedar bien firmes, tendrán que ser excavados en la carne, y estar compuestos de un cemento de renuncias, lágrimas, dolores, torturas, de todas las muertes imaginables hoy y otras que sólo en el futuro serán conocidas».

 

     El Diablo está presente en esta conversación, junto a Dios, como dos viejos amigos conocidos. Lo cierto es que la postura que toma el Diablo en toda la novela es bastante ambigua. Uno junto a otro, en la barca, frente a Jesús, parecían casi gemelos, salvo por las barbas de Dios y porque el Diablo parecía más joven. Este parecido casi idéntico nos lleva a pensar en las dos caras de una misma moneda, en el Bien y en el Mal, en la necesidad de que exista uno para que el otro pueda existir. Al Diablo también le interesa que Jesús sacrifique su vida por Dios porque al propagar la religión también estará propagando al mismo tiempo su poder. Pero un giro sorprendente ilumina el personaje diabólico: se muestra arrepentido ante Dios y le pide que le perdone para evitar el sacrificio de Jesús, de todos los mártires y, en definitiva, para que se acabe el Mal en el mundo. No queda del todo claro si este arrepentimiento es sincero o si es una jugarreta para acabar con Dios, que se niega a volver a aceptar al ángel caído con las siguientes palabras: «este Bien que yo soy no existiría sin ese Mal que tú eres, un Bien que tuviese que existir sin ti sería inconcebible […] si tú acabas, yo acabo, para que yo sea el Bien, es necesario que tú sigas siendo el Mal, si el Diablo no vive como Diablo, Dios no vive como Dios, la muerte del uno sería la muerte del otro». Esta sorprendente respuesta lleva necesariamente al lector a colocar a Dios y al Diablo en el mismo plano, y plantea el silogismo de una existencia previa a la presente en la que el Diablo fuese uno de los ángeles favoritos de Dios.

 

     Sea como fuere, Jesús no tiene otra opción más que seguir al pie de la letra el mandato divino. Aunque en principio acaba aceptando las órdenes del Padre, porque es evidente que no le queda más remedio, tras la muerte de Lázaro ―a quien no resucita por expreso deseo de María Magdalena― se da cuenta de lo vano que son sus milagros, un simple aplazamiento de la decadencia inevitable, del dolor irremediable. Aunque todavía más pesa en su conciencia la muerte de Juan el Bautista, el primero de todos los que habrán de morir por su causa. Después de explicar a los doce cuáles son los designios divinos y el final atroz que espera a cada uno de ellos decide hacer un último intento de oponerse a Dios. Con la ayuda de Judas Iscariote, el único discípulo que se ofrece a entregarlo ―como ocurre en «Tres versiones de Judas» de Borges el apostol es también un mártir―, Jesús se presenta ante los romanos no como el Hijo de Dios sino como el Hijo del Hombre y como Rey de los Judíos. Y como tal es crucificado.

 

     Sin embargo, al intentar oponerse a Dios lo que está haciendo es en realidad cumplir su proyecto. La trágica muerte de Jesús, crucificado como Rey de los Judíos, es precisamente el detonante que Dios quería para que el cristianismo se extendiera por el mundo entero. Jesús, antes de morir, se da cuenta de lo inútil que han sido sus esfuerzos: «entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde los principios para morir así». A la vista de esta nueva interpretación de la vida de Jesús Saramago se permite alterar las conocidas últimas palabras del mártir, que en este caso gritará al cielo: «Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo».

 

     Mención aparte merece la relación de Jesús con María Magdalena. Él llega a la casa de ella como un joven confuso y desamparado que no tiene dónde ir. Dios se le ha aparecido y le ha revelado que tiene designios reservados para su persona. Nadie cree al joven Jesús, su familia le ha dado la espalda, y sólo encuentra refugio en esa antigua prostituta que le ha jurado amor eterno, que le ha garantizado que le seguirá al fin del mundo y vaya donde vaya, que le ha afirmado que cree en su palabra, que sabe que realmente ha visto a Dios. Jesús conoce con María Magdalena los placeres de la carne, y es justo que así sea, porque al fin y al cabo el nazareno, por mucho Hijo de Dios que sea, es un hombre, y como tal debe estar sometido al pecado y a la carne. María renuncia a su condición de prostituta y se entrega completamente a Jesús, a partir de ese momento vivirán como marido y mujer, sin llegar a serlo nunca. María Magdalena es la única persona a la que Jesús le cuenta absolutamente todo, tanto que le conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo.

 

     La visión de Saramago, polémica por lo que tiene de desmitificadora ―no faltará quien la tache de sacrílega o de blasfema―, es independiente de la fe que cada uno tenga. Es un complemento necesario a los Evangelios canónicos, porque es difícil concebir la fe sin ningún atisbo de duda. Si incluso Jesús manifiesta duda en el Nuevo Testamento, si antes de morir dijo aquella frase de «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», ¿qué derecho tiene el creyente a demostrar una fe inquebrantable? Que sirva el libro de Saramago como fisura necesaria para el que cree y como documento que demuestra la humanidad y la bondad de Jesús para el que no cree.

Martes, 26 de Enero de 2010 17:58. # Esta piedra. Ex libris Hay 4 comentarios.


Cien reseñas

     Este es el número de reseñas que he publicado en La piedra de Sísifo contando con la última desde que empecé con la página. Una cifra que por supuesto no pasa de tener un valor meramente simbólico pero que al mismo tiempo es significativo de todo el trabajo e ilusión que hay detrás de esta bitácora.

 

     A pesar de que, como ya me han comentado alguna vez, la reseña no es el tipo de texto más adecuado para el formato de la bitácora, que debería tender hacia la brevedad y el dinamismo ―o incluso el fragmentarismo― para facilitar la lectura. No es ni ha sido nunca mi intención hacer una bitácora al uso.

 

     Por otra parte, la reseña cumple perfectamente con un doble objetivo literario: ejercito mi escritura y construyo una especie de diario de lecturas que me resulta perfecto para rellenar las lagunas que el tiempo va dejando en la memoria y condensar mi punto de vista sobre aquellos libros leídos hace tiempo.

 

     En fin, quede ahí el número, y que algún día sean cien más.

Miércoles, 27 de Enero de 2010 18:54. # Esta piedra. Nihil humani a me alieno puto Hay 6 comentarios.


Sófocles y Shakespeare en la Biblioteca de Alejandría

     La verdad es que la comparación que Carl Sagan hace entre Sófocles y Shakespeare al hablar de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría me ha puesto los vellos de punta.

 

     El vídeo es un fragmento de la serie Cosmos, concretamente el capítulo 11 “¿Quién habla en nombre de la tierra?”. Lo descubrí en Rincón del Bibliotecario.

Jueves, 28 de Enero de 2010 17:59. # Esta piedra. Ex libris No hay comentarios. Comentar.


Jubilación a los 67

     Desde que el hombre es hombre, es decir, desde que tiene conciencia de la muerte, se ha planteado la inmortalidad como el más preciado de los tesoros. ¿Qué es el Gilgamesh, el primer libro de la Humanidad, el primero del que se tiene constancia, sino la búsqueda enfermiza y obsesiva de la inmortalidad? Dejando a un lado ese temor a la inmortalidad ―tan borgiano por otra parte―, todos o casi todos hemos soñado con ser inmortales. Pero en la inmortalidad hay necesariamente un punto de egoísmo: nuestra inmortalidad implica necesariamente la mortalidad del resto del mundo. Porque un mundo en el que todos somos inmortales es un mundo abocado en poco tiempo al más terrible caos, un mundo que agotaría rápidamente sus bienes, un mundo en el que tarde o temprano no habría espacio para todos. Pensar, por otra parte, en la inmortalidad de unos pocos nos llevaría a una sociedad de castas parecida a los struldbruggs de la isla de Luggnagg en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

 

    La propuesta de ampliar la edad de cotización, de retrasar la jubilación hasta los 67 años, recuerda fatalmente al argumento de Las intermitencias de la muerte de Saramago. Dentro de los límites de un país imaginario el escritor portugués experimenta con una sociedad en la que la muerte ha desaparecido y todos sus individuos son inmortales. Inmortales sí, pero no eternamente jóvenes ―una vez más como los struldbruggs―: el país se ve envejecido a pasos de gigante y la euforia inicial se convierte pronto en el temor de que una escasa población activa no pueda mantener a una población inmortalmente envejecida.

 

     Lo de Saramago es una exageración, pero el problema viene a ser el mismo en esencia si lo aplicamos a la edad de jubilación que hay actualmente en España. Nuestro país ha ido, y va en estos momentos, progresivamente envejeciendo. Según el INE dentro de cuarenta años la población española tendrá el doble de mayores de 64 años, es decir, un 31,9% de la población (con una esperanza de vida de 84,3 años en varones y 89,9 años en mujeres). Esto quiere decir que, si sumamos a ese sector de población el de los menores de 16 años, que a mediados del siglo XXI uno de cada dos españoles no será laboralmente activo, o lo que es lo mismo, que el 50% de la población tendrá que mantener al otro 50% de la población además de a sí mismo. De seguir así estaremos una situación insostenible para el Estado.

 

     Esta estadística contrasta con la elaborada por el CIS, en la que se indica que seis de cada diez españoles están en contra de retrasar la edad de jubilación y de aumentar los años de cotización. Para estas personas es un fastidio llegar a los 65 años y todavía tener que trabajar tres años más. Su punto de vista es el egoísta: piensan sólo en el bienestar propio y no en si el Estado tiene posibilidades para mantenerlos en un futuro. Es el mismo punto de vista que el de aquel que desea ser inmortal y que necesita que los demás sean mortales. Si fueran buenos ciudadanos y quisieran lo mejor para el Estado aceptarían la jubilación a los 67 años y aún a los 70 si hiciera falta.

 

     Yo, en cambio, debo ser un mal ciudadano porque me quiero jubilar a los 65 ―o antes si es posible―. ¡Ah!, y también me gustaría ser inmortal.

Viernes, 29 de Enero de 2010 16:08. # Esta piedra. In continenti Hay 6 comentarios.


Muere J. D. Salinger

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J. D. Salinger

     Que un autor del siglo XX se haga famoso con una sola novela es un caso extraño, que esta fama le acompañe en vida, no como a John Kennedy Toole, es aún más extraño. Conocer la obra de Salinger es casi tan fácil como leer El guardián entre el centeno y casi tan difícil como rastrear las influencias del escritor norteamericano en decenas de escritores posteriores. La novela de Salinger va más allá de la última página, continúa en otras novelas. Su obra, por breve, es inabarcable.

 

     Esta curiosa circunstancia no debe llamar la atención en alguien cuya vida puede resumirse con el adjetivo “extraño”, sobre todo a raíz de la biografía publicada por su hija Margaret en el 2000 (El guardián de los sueños). Mucho ha dado que hablar Salinger a lo largo de su vida, tanto por lo menos como para hacer una buena película, algo mejor y más justo que Descubriendo a Forrester.

 

     Con su muerte, quizá más que en vida, Salinger dará que hablar. Tiempo al tiempo. Desde que publicara El guardián entre el centeno en 1951 el autor siguió escribiendo sin que uno sólo de sus textos, a excepción de algunos relatos cortos, haya aparecido en el mercado editorial. Está claro que Salinger, como Thomas Pynchon, jamás quiso en vida notoriedad o riqueza, pero ahora, muerto, el filón de sus libros inéditos es incuestionable.

 

     Veremos cuánto tiempo pasa antes de que se publiquen las obras póstumas e inéditas de Salinger.

 

 

     Noticia en El País

Sábado, 30 de Enero de 2010 20:11. # Esta piedra. Ex libris Hay 6 comentarios.






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