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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2010. Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas![]() Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas A veces los caminos que llevan a una novela son inescrutables. ¿Quién me diría a mí que acabaría conociendo la obra de Reinaldo Arenas ―del que sólo había oído hablar por la película de Schnabel, Antes que anochezca― a través de la colección de “Guías del escritor” de Silvia Adela Kohan? Uno de los textos ejemplares que aparece en el manual de escritura me recordó a un fragmento del Kafka oscuro e irracional de los Cuadernos en octavo. Lo que dije entonces sobre él, sin haber leído Celestino antes del alba, lo sigo manteniendo después de su lectura: un fragmento tan deslumbrante como este justificaría leer una mala novela de mil páginas. Hace un tiempo salí del cuarto para ir al excusado y a mitad del camino me tropecé con una araña gigante que tenía la cabeza de mujer, y que lloraba a lágrima viva. Yo me asusté muchísimo cuando la vi, pero como vi que lloraba, me dije: es una persona. Y me fui acercando poco a poco. -¿Qué quieres? -le dije yo, casi sin temblar. Entonces ella, moviendo todas sus patas, me dijo: -¡Que mates a mis hijos! Ya hace una semana que los traigo a cuestas y me están traspasando las tripas. Yo miré para el lomo de la araña con cabeza de mujer y pude ver un grupo formado por arañitas de muchos tamaños que se movían sin parar y clavaban, furiosas, sus patas en la espalda de la madre, que lloraba y lloraba sin poder hacer nada. «Ven para que comas», me dijeron las arañitas, y siguieron escarbando con las patas. Y como de verdad yo sentía deseos de subirme sobre la araña y empezar a comer: lo único que pude hacer, para salvarme, fue echar a correr hasta la casa y acostarme, sin haber ido al excusado, aunque ya no me hacía falta, pues se me habían ido los deseos. La novela, la primera obra de Reinaldo Arenas, es la única que fue publicada en La Habana, tras haber obtenido el primer premio en un concurso nacional en el que alejo Carpentier formaba parte del jurado. Esta primera edición cubana se agotó en una semana, pero pese a su éxito, o quizá por eso, jamás se volvió a autorizar la publicación de una obra de Arenas en Cuba. Esta prohibición se debe más al papel que Arenas jugó en la revolución cubana, a favor en un primer momento y decididamente en contra más tarde, que a la propia novela en sí, que carece de referencias al régimen de Fidel Castro, no así en obras posteriores, como en Otra vez el mar. La obra de Arenas, en cualquier caso, puede ser escandalosa por motivos bien distintos a los políticos. Pocas veces un fragmento condensa tan bien el sentir general de una novela como el que me hizo descubrir Celestino antes del alba. Ese surrealismo que hace que el protagonista se encuentre con una araña gigante con cabeza de mujer al levantarse a orinar, esa violencia cuando la araña le pide que mate a todos sus hijos porque le están haciendo daño, ese deseo por parte del personaje de subirse a lomos de la araña para unirse al festín con las crías. Es una forma, como otra cualquiera, de condensar todo lo que es Celestino antes del alba. Reinaldo Arenas la describió como «una defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo contaminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia». Sólo queda añadir que son más de doscientas páginas de lo mismo: un encadenamiento de situaciones demenciales, grotescamente oníricas, más propias un infierno del Bosco que de un realismo mágico intensificado por mil. El mismo protagonista lo dice al comienzo: «Esta casa siempre ha sido un infierno». La muerte no afecta a los personajes y sin embargo es una presencia inmensa y constante que los amenaza a cada instante. Nada más empezar la novela la madre del protagonista se arroja al pozo una y otra vez, condenada a repetir la misma muerte, y al mismo tiempo nunca llega a hacerlo. Todos los personajes de la casa de Celestino mueren en un momento u otro, y todos vuelven a la acción como si nada hubiera pasado. La muerte prácticamente queda equiparada al sueño, y despertar es entonces volver a la vida. Se encuentran en un plano difuso entre la vida y la muerte, un mundo que se conecta con otros mundos y al que acceden seres sobrenaturales como fantasmas, brujas, duendes y otros espíritus. En uno de los momentos finales de la obra alguien dice al protagonista que está condenado a la eternidad, aunque eso es en realidad cierto desde la primera página. De cualquier otra manera no es posible concebir que estén más de cien años sin probar bocado, acostumbrados a vivir del aire. En este infierno el elemento constante es la violencia, cuyo episodio más intenso es cuando la familia se come el cuerpo del abuelo recién muerto, como si fueran perros salvajes. Los personajes son destructivos unos con otros. En el centro de este torbellino está el abuelo, con su hacha, eternamente enfrentado a Celestino, culpable de la muerte de todos sus primos. No en vano se dice en un momento «mamá y abuelo […] se pasan el día tratándonos de matar de veinte maneras distintas». La madre, sin embargo, tiene una doble cara, como si debajo de esa capa de violencia se escondiera una segunda madre cariñosa y comprensiva, que lleva al protagonista a pensar «yo sé que ella es buena y me quiere». El único personaje que se mantiene siempre al margen de esta violencia es Celestino. Él y su primo, que hace de narrador y de protagonista de la historia, se hacen hermano de sangre. Este narrador no se salva de la violencia, ya que está permanentemente planeando la muerte de sus abuelos. Incluso los elementos más apacibles del paisaje participan de esa violencia, y es por eso que es posible que dos pedazos de nubes choquen entre ellas y salten en pedazos que caigan sobre la casa, destruyéndola y aplastando a todos sus habitantes. Celestino, ese personaje puro hacia el que todos proyectan su odio, podría considerarse en realidad como un alter ego de Reinaldo Arenas. Su vocación, lo único que se le da bien, es ser poeta. Escribe sin cesar en todas las superficies que encuentra, y finalmente en los troncos de los árboles. Nada puede hacerlo despertar del trance poético en que cae cuando escribe, ni los truenos que revienten sobre su cabeza, ni el abuelo con el hacha. Aunque ninguno de los personajes sabe leer todos sospechan que hay algo perverso en la dedicación de poeta. El abuelo se dedica incansablemente a talar los árboles en los que Celestino ha escrito, y esa condición de poeta hace que sean la vergüenza de todo el vecindario. Sólo el primo de Celestino parece comprender su vocación poética, aunque tampoco sabe leer, pero tiene la capacidad de intuir lo maravilloso de su escritura. Una escritura que no acaba nunca porque nunca ha llegado a empezar de verdad. Ante tanto surrealismo encadenado la dimensión onírica adquiere una función importantísima. Los primos dicen, en uno de sus bailes sobre el techo de la casa: «piensa menos, sueña más, y duerme». Más adelante esos mismos primos, convertidos ya en coro de niños muertos afirmarán: «Ya no sé distinguir entre lo que veo y lo que imagino ver». Las visiones son una forma de interpretar la realidad que da cierta coherencia a todo lo que ocurre en la historia. El narrador se plantea el carácter de estas visiones, que en alguna ocasión atribuye al hambre y en otras a la soledad: «A mí no me gusta vivir tan lejos de la gente, pues se pasa uno la vida entera viendo visiones. Y lo peor es que nunca se puede decir si son visiones o no lo son, porque no hay más nadie por todo este lugar. Y solamente estamos nosotros para verlas». Pero todo lo que pueda decirse de Celestino antes del alba son tan sólo detalles entresacados de una lectura tremendamente personal. Se trata de una novela de la que es difícil decir algo y afinar en el sentido en que todo lo que ocurre es muy interpretable. Su lectura es quizá demasiado difícil, porque el sentido hay que interpretarlo de forma general. Carece de una encadenación de consecuencias y de efectos y de una secuencia verosímil, seguramente porque su referencia no es el mundo real, sino que crea su propio mundo ficticio, con sus propias normas, tan ajenas a nuestro mundo real que necesariamente tienen que chocar. Un libro que no dejará indiferente a nadie, un libro que se odia, tanto como se odia a Celestino ―también por lo incomprensiblñe de su escritura―, o se ama. Al fin y al cabo, una buena dosis de surrealismo en vena, muy necesaria para el mundo pragmático y lógico que nos ha tocado vivir. Un reto para cualquier lector en cada una de sus páginas.
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad![]() El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad Entre febrero y abril de 1899 Joseph Conrad publica por entregas la novela que, a partir de 1902 pasará a ser, en forma de libro, El corazón de las tinieblas, la obra quizá más conocido de este escritor aventurero, polaco de nacimiento aunque de nacionalidad británica. Y digo aventurero no sólo porque desde su nacimiento en 1857 pasara por lugares tan dispares como Siberia, Ucrania o Marsella, hasta que finalmente se instala de forma definitiva en Inglaterra en 1896, sino porque las vivencias que se relatan en El corazón de las tinieblas se basan de alguna forma en experiencias personales del autor, que fue oficial de la marina mercante británica, que recorrió los mares en nombre de su país, y que finalmente pasó seis meses en el Congo, colonia belga de Lepoldo II.
Y si es posible afirmar que hay una correspondencia entre la vida y la obra de Conrad, con más razón será necesario pensar que ese protagonista de vuelta de todo, el viejo marino Charlie Marlow, es en realidad un alter ego de Conrad. Su insaciable sed de aventuras le hace embarcarse en un viaje al centro de África que bien puede considerarse, casi al pie de la letra, como un descenso a los infiernos. Se trata de un vieja al horror, pero también de un viaje psicológico hacia el autoconocimiento y hacia la síntesis de la esencia humana en su estado más animalizado. Cuando Marlow firma el contrato para trabajar en pleno corazón de África parece que haya firmado un pacto con el propio Mefistófeles por valor de su alma: el edificio se compara con una casa «en el reino de la muerte», las secretarias con «viejas hilanderas de lana negra», el marinero, al firmar, siente que «había algo fatídico en esa atmósfera».
Y ese descenso a los infiernos se confirma en palabras del propio Marlow, que al llegar a su destino afirma que tuvo «la sensación de haber puesto el pie en algún tenebroso círculo del infierno». Y es que la descripción que se hace en varias páginas de la situación de los nativos negros no puede ser más penosa, muy similar a la que muchos años después haría sobre Auschwitz Imre Kertész en Sin destino: más que seres humanos son «sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían confusamente en la tiniebla verdosa». Y si los negros adoptan el rol de almas en penas, qué duda cabe el papel que puedan desempeñar los blancos en esta grotesca representación. Sólo un demonio podría ser autor de semejante barbarie, y sólo un demonio podría tolerarla ―de hecho, uno de los personajes se describe como Mefistófeles―. El director de la compañía advierte a Marlow que cualquiera que emprenda este viaje debería carecer de entrañas, debería estar desposeído de cualquier aliento humano. De otra forma, el cambio psicológico es inevitable: al final uno acaba perdiendo la humanidad y se acaba convirtiendo en un interesante experimento científico.
Aunque lo lógico es pensar que Conrad hace en esta obra una crítica feroz al colonialismo su postura es bastante más compleja. Nos situamos en un contexto histórico en el que aún está muy reciente el reparto europeo del continente africano, que se formalizó en 1884 en la Conferencia de Berlín. Europa hizo este reparto enmascarando sus intereses económicos con un aura de misión redentora. Oficialmente se debía liberar al atrasado continente de sus costumbres bárbaras, con una actitud civilizadora que pronto se reveló como más bárbara que la de los propios nativos. Gran parte de los colonos sometió a los pueblos nativos a situaciones de auténtica esclavitud, cuya consecuencia se deja ver casi hasta nuestros días. Sólo muy poco a poco los europeos van abriendo los ojos ante tales desmanes, una actitud que culminará con obras como La decadencia de occidente de Spengler y con acercamientos por parte de la intelectualidad europea al primitivismo y a la inocencia de las culturas africanas. Sin embargo, la visión de Conrad todavía no tiene la suficiente amplitud como para dejar a un lado una perspectiva que hoy en día se podría calificar, sin ambages, de racismo puro y duro. Si bien es cierto que todo el género humano sale malparado como balance general de El corazón de las tinieblas ―no es que los blancos hagan un mejor papel―, los negros aparecen animalizados hasta un extremo aberrante. La existencia de un componente racista en la obra de Conrad ha sido sin duda un punto que ha originado interesantes estudios y fructíferos debates, pero no se puede perder de vista que Conrad es hijo de su tiempo.
El ambiente en ese mundo de tinieblas queda desdibujado, como una pesadilla grotesca que carezca de correspondencia con la realidad. Marlow dice no haber visto nunca nada tan irreal, su narración se vuelve incoherente por momentos, como si tratara de relatar un sueño medio olvidado. Una vez allí acude a la búsqueda de un personaje misterioso, un tal Kurtz, del que poco se dice al principio. En estas remonta un río ―cuyo nombre no se indica pero que debe tratarse del río Congo― que parece llevarle al corazón del corazón de la tierra. Se trata de un viaje a los inicios de la creación, tal vez en otra existencia, un recorrido directo hacia el corazón de las tinieblas. Unas tinieblas de selva ante las cuales el individuo solo no puede dejar de sentirse insignificante y perdido. La tierra deja de parecer la tierra, los marinos son incapaces de comprender lo que les rodea, carecen de noción temporal en este mundo cuasi prehistórico. Como se ve, existe una progresión que recuerda rápidamente a los anillos del infierno dantesco, como si cada vez se acercaran más a ese centro de las tinieblas.
Conforme se van acercando al señor Kurtz, este personaje ―al que se le dedica un tercio de la novela― va progresivamente perfilándose y tomando fuerza, hasta adquirir unas proporciones prácticamente monumentales. Antes incluso de que aparezca se le describe con estas palabras: «Había ocupado un alto sitial entre los demonios de la tierra». Esa atracción que sienten todos los personajes hacia Kurtz, que es lo que le ha convertido en un dios entre los nativos, es tan fuerte que Marlow no puede mantenerse al margen. En este sentido no puede dejar de recordar al personaje de Domingo de El hombre que fue jueves de Chesterton. Kurtz ha conseguido doblegar a la selva en todo su salvajismo dominando todas las tribus, haciéndose con el control del país. Pero esa proeza le ha llevado a la más absoluta locura, que es precisamente lo que lleva a dudar de su victoria: es difícil saber si la selva ha quedado llena de su alma o si es su alma la que tiene la selva dentro. Pero lo cierto es que este personaje odia la selva y sin embargo no puede marcharse; se presenta como salvador y al mismo tiempo es la ruina de toda la región.
Si El corazón de las tinieblas es un juego de luces y sombras, un viaje desde la luminosa Londres ―no tan luminosa tras la experiencia― a las tinieblas del centro de África, Kurtz representa el centro vivo de esas tinieblas, «la suya era una oscuridad impenetrable». El personaje adquiere unas dimensiones simbólicas que sin llegar al mesianismo del Domingo chestertoniano ―aunque sí hay en él algo de mesíanico― tiene mucho de mítico y de alegórico sobre lo más oscuro de la condición humana. No otro puede ser su final sino el que se condensa en esas palabras últimas, que son quizá la esencia de toda la obra: «¡Ah, el horror! ¡El horror!».
Si bien es cierto que la obra de Conrad ha sabido envejecer mejor que la de otros autores ―póngase el caso de Chesterton― la visión que ofrece en El corazón de las tinieblas ha perdido hoy parte de su oscuridad original. Se mantiene en gran medida lo demencial, lo grotesco, lo tremendo, pero suavizado por una sensibilidad europea ―y por extensión occidental― que se ha encallecido a fuerza de barbarie. A pesar de ello, como se ha indicado, muchos de sus pasajes mantienen tanta actualidad que podrían insertarse sin problemas en la narrativa de Kertész. Un relato oscuro que todavía puede dar mucho juego, con revisiones oscuras como la de Francis Ford Coppola, que parte del relato de Conrad para aplicar la historia al conflicto de Vietnam En Apocalypse Now. Y es que podrán pasar siglos, o incluso milenios, pero la oscuridad del ser humano se mantendrá intacta, el corazón de las tinieblas inalterable.
Sincero adiós a Saramago![]() José Saramago El reciente fallecimiento de Saramago me llena de pesar, no sólo porque se haya muerto uno de los más grandes intelectuales del mundo, sino porque, ante todo, se muere uno de los escritores que más me ha marcado y que más admiro. A Saramago lo leí tarde, lo que no impidió que se convirtiera en uno de mis escritores fetiches. Uno de sus primeros textos que cayó en mis manos fue un artículo de opinión titulado «De las piedras de David a los tanques de Goliat», publicado en El País en abril de 2002. Aquí, como representante del Parlamento Internacional de Escritores, de visita en Palestina, hace una radiografía irónica del conflicto con Israel bajo la perspectiva del antiguo mito de David y Goliat. Toda la monstruosidad y la bestialidad de Goliat, toda la astucia de David, están ahora del bando judío; las hondas y las piedras quedan al otro lado, enfrentadas a tanques y bombarderos. Menciono este artículo porque, independientemente de las filias y fobias políticas, es muy significativo de la trayectoria de Saramago. El compromiso social y político ha ido siempre por delante de una persona que ha sido descrito por quienes le conocen como austero y sencillo. De hecho, su última aparición pública fue en un acto de apoyo a la activista saharaui Aminatu Haidar. Fue su visión crítica de la realidad, especialmente punzante en lo que a religiones se refiere, lo que le granjeó la figura casi de disidente político. En todas sus novelas aparece de alguna u otra manera ese ataque a la religiosidad, sobre todo al cristianismo y al judaísmo, pero fue El evangelio según Jesucristo el libro más abiertamente anticatólico, aquel que le valió el enfrentamiento con el gobierno de su país y le llevó a salir por la puerta de atrás para instalarse casi definitivamente en Lanzarote, donde ahora ha muerto. Cruel e inevitable destino el de algunos escritores, el de Oscar Wilde por ejemplo, repudiados en vida y reivindicados en muerte. Las lecturas de Saramago, desde hace algunos años, las voy alargando en el tiempo con una deleitosa morosidad, temeroso de que alguna vez termine de leer todo lo escrito por el autor portugués. Sus libros, por un capricho prácticamente autoimpuesto, llegan a mis manos en unas circunstancias muy concretas, convertidos en compañeros infatigables de cuantos viajes hago. Así, El hombre duplicado me trae a la memoria una navidad en Barcelona, El ensayo sobre la ceguera unos luminosos y brillantes días de descanso malagueño, El evangelio según Jesucristo un paseo por Lisboa, El viaje del elefante una incansable semana en Londres ―y próximamente Caín en Marruecos―. Saramago no puede más que traerme buenos recuerdos, porque sus libros permanecen unidos a fuego con experiencias vitales llenas de belleza e intensidad. Ahora que ha muerto seguiré leyéndolo, con el temor de que algún día agote todos sus escritos, con la esperanza de la relectura, con el temor de que algún día agote todos los lugares, con la esperanza de los reviajes. Muchísimo más podría decir sobre su estilo inconfundible, sobre la profundidad de su visión. Queden estas pocas palabras como un pobre tributo, que otros sabrán decir mucho más y mejor en estos días inciertos. |
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