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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2010. Con seis años a cuesta![]() Aprovecho el aniversario de La piedra de Sísifo para escribir una entrada cortita, aunque con fundamento. Seis años lleva ya este proyecto en marcha, con sus altibajos, como no podía ser de otra forma. Para la ocasión he estado repasando algunas de las entradas cumpleañeras de años anteriores para ver qué suelo decir en días como estos y compruebo ―con escasa sorpresa― lo imposible que es dejar de soltar siempre el mismo puñado de tópicos. Como cada ocho de octubre, hago balance de lo escrito y de lo leído durante el año y descubro, para mi satisfacción, que siempre me parece insuficiente. No, no he dejado de escribir, aunque la última entrada publicada fuera de hace más de un mes, pero ya se sabe que septiembre es para los docentes, parafraseando a Eliot, el mes más cruel. Aunque aparcado, tengo pendiente el Reto de Meribelgica, no lo olvido. Me va a costar trabajo, pero no quiero dejar de intentarlo. Además, próximamente tengo la intención de empezar un nuevo proyecto que me va a dejar todavía con menos tiempo, algo de lo que todavía no quiero hablar porque no hay nada en firme. Esto no quiere decir que vaya a abandonar la escritura ni mucho menos, sino más bien al contrario, la potenciaría enormemente. De todos modos, sí quiero reiterar un año más, a fuerza de ser ya manido, mi intención de escribir más a menudo de ahora en adelante. En fin, un saludo a todos los lectores y mis agradecimientos por su infinita paciencia. Viernes, 08 de Octubre de 2010 20:57. # Esta piedra. Nihil humani a me alieno puto Hay 2 comentarios. Todos los nombres, de José Saramago![]() Todos los nombres de José Saramago En 1997 Saramago publica Todos los nombres, una novela que de alguna manera cierra una etapa en la producción del escritor portugués, puesto que se trata de la última obra escrita antes de la concesión del premio Nobel, que sería uno de los mayores reconocimientos públicos a toda su producción hasta ese momento. Y es que las dos novelas anteriores a Todos los nombres no pudieron pasar menos desapercibidas: con El Evangelio según Jesucristo de 1991 Saramago levantó tantas ampollas que se enemistó con una buena parte de su país natal ―y le valió el autoexilio―, y con Ensayo sobre la ceguera de 1995 acababa por consolidarse como uno de los mayores escritores de la segunda mitad del siglo XX y, por supuesto, como el más importante escritor portugués vivo. A pesar de las grandezas que pueda haber en Todos los nombres, le tocaba a esta novela jugar un papel secundario, rellenando un hueco entre dos de las grandes obras maestras de Saramago: Ensayo sobre la ceguera y La caverna. Si bien es cierto que no llega a la altura de ambas, Todos los nombres es por sí misma una de las mejores novelas de Saramago, que quizá empezó a perder algo de fuelle después de El hombre duplicado, una novela con la que Todos los nombres tiene mucho que ver, por cómo se desarrolla la intriga a la manera policiaca de pesquisas que se van resolviendo. Si ya se ha convertido en tópico social la visión del funcionario como parásito impertinente y vago que vive asueto del Estado, Saramago aporta una visión fresca, desde un punto de vista que si bien no es excesivamente original por lo mucho que tiene de peyorativo, sí vale como crítica al exceso de tecnocratización al que tienden los estados modernos. De sobra es sabido que uno de los toques distintivos de Saramago es el humor irónico e incisivo. Pero en esta ocasión, sorprendentemente, las tintas no se cargan ni contra la Iglesia ni contra la religión, una constante a la que tiene bastante acostumbrados a sus lectores. El objeto de burla, en cambio, pasa a ser, por tanto, la administración pública, con sus rígidas normas y sus absurdas imposiciones. Para llevar a cabo esta crítica Saramago elige como protagonista a un anodino funcionario, miembro de una Conservaduría General del Registro Civil, del que tan sólo se conoce su nombre, don José ―ni tan siquiera el apellido―. Como funcionario que es, don José responde a la perfección al prototipo de individuo de vida gris y anodina. El «don» que precede a su nombre no indica una consideración especial, es un mero accesorio que no le otorga dignidad alguna frente a sus compañeros y superiores. Su trabajo es prácticamente toda su vida, la única parcela de vida personal que tiene es un pasatiempo que consiste en coleccionar noticias sobre gente famosa. Su único pecado, escamotear un puñado de certificados de nacimiento el tiempo suficiente para hacer la copia y así engrosar el material de su colección, para lo cual tiene que luchar contra sí mismo, contra la «amedrentada naturaleza con que vino al mundo». Sin embargo, un certificado de nacimiento de una mujer desconocida, que se traspapela y pasa a las manos de don José, algo tan simple y sencillo, hace que su vida pase a ser otra, «y otra persona esa persona». A partir de ese momento don José inicia una carrera en busca de la identidad de esa mujer que le llevará a evolucionar a extremos que nunca pudo imaginar. Don José no duda en amenazar a una anciana ―la primera victoria de su vida― para conseguir sus objetivos, haciendo evidente aquello de que «llegando la ocasión, hasta los buenos pueden volverse duros». Aumentar el espacio y el tiempo de dedicación a su vida privada hace que don José realice su trabajo con dejadez y desidia, un nuevo comportamiento que no puede escapar a los ojos del Conservador. La evolución, el crecimiento del personaje, se hace más patente a través de la construcción de escenas paralelas: primero don José asaltando la Conservaduría y más adelante asaltando el colegio de la desconocida. Y don José, consciente de ese cambio, se siente más don José que nunca: «No parezco yo, pensó, y probablemente nunca lo había sido tanto». El momento culminante en la evolución del personaje será la actualización del mito del héroe que se forja bajando a los infiernos: don José, transformado en un Orfeo moderno, baja a los infiernos de los archivos de los muertos para rescatar la ficha de su mujer desconocida. El motivo de esta búsqueda no queda claro lo suficientemente claro en ningún momento y debe ser intuido por el lector. Don José mismo no es consciente de qué fuerza es la que le lleva a copiar, sin pensarlo, la ficha de la desconocida. La respuesta parece darla Saramago utilizando un recurso que es muy suyo: un monólogo interior con la forma de diálogo con una especie de alter ego o narrador omnisciente o, incluso, con un objeto inanimado. Así, don José, en la cama, reflexiona mirando el techo, prácticamente conversando con él, que el motivo oculto tal vez pueda ser el amor, algo que confirma cuando se le ocurre pasar la noche en la casa de la desconocida. Pero entender que la motivación de don José sea puramente amorosa resulta muy empobrecedor para la trama; no sólo es una búsqueda del amor, es también la búsqueda de uno mismo, es la necesidad de hacer algo con su vida, como si al acabar con ella don José ya no supiera qué objetivos darle a su vida después de haber conocido la emoción de perseguir una meta. Por eso rechaza los atajos y los caminos fáciles, como usar la guía telefónica para llamar a la desconocida desde un primer momento. Es por eso que el último paso es el más difícil de dar, porque «don José quiere y no quiere, desea y teme lo que desea, toda su vida ha sido así». Si la trama principal se centra en la figura de don José, el espacio físico donde desempeña su trabajo, con todos sus entresijos y tejemanejes, adquiere la importancia de un personaje coral y, por qué no decirlo, mastodóntico y anticuado. La distribución de este espacio atiende a una rígida jerarquía, que más que a estados del bienestar recuerdan a los inflexibles estamentos piramidales de la Europa medieval. En esta microsociedad el Conservador representa una autoridad que es paralela a la de un rey que habla en nombre de la divinidad. Basta una frase, una palabra, para que se pongan en marcha los mecanismos de fidelidad absoluta. Esto permite al Conservador hablar con la seguridad y «la certeza de que cualquier orden salida de su boca sería cumplida con el máximo rigor y el máximo escrúpulo». Tan estamental es la jerarquía que cada «grupo social» no puede comunicarse más que con los que inmediatamente les sigue o preceden. En la única regla que orquesta la distribución de las tareas Saramago concentra toda la malicia complaciente de su crítica: «los elementos de cada categoría tienen el deber de ejecutar todo el trabajo que les sea posible, de modo que una mínima parte pase a la categoría siguiente». De esta forma, la Conservaduría se convierte en una especie de red humana que filtra todo el trabajo para que el Conservador quede libre de cualquier obligación que no sea la de mantener la vigilancia sobre sus empleados, a la manera de un dios contemplativo. En ese espacio, en la Conservaduría, se archivan todos los nacimientos y defunciones que se producen. De ahí precisamente el título de la novela Todos los nombres, ya que en los archivos de la Conservaduría, al anotarse todos los nacimientos y todas las defunciones, existen todos esos nombres a los que alude el título del libro. De hecho, esta aclaración, que no se hace hasta los últimos momentos de la trama, se intuye prácticamente desde el principio. Es evidente que Saramago, sino de forma consciente sí inconsciente, ha utilizado el símbolo, ya borgeano a fuerza del uso, del mundo como biblioteca y de la biblioteca como laberinto. Al contener todos los nombres es evidente que es una interpretación en papel del mundo, del mismo modo que el mapa a escala que mejor representa el mundo es el propio mundo. En el episodio en que don José se atreve a adentrarse de noche y a oscuras por los lóbregos pasillos del archivo de los muertos se describe de esta manera: «una red compleja de caminos y veredas, donde a cada momento surgen los obstáctulos y callejones sin salida». La organización de un espacio de estas características, por supuesto, sobrepasa todo lo humanamente posible, incluso para el todopoderoso Conservador ―sobre todo en la parte de los muertos, que superan a la de los vivos con creces―. De ahí que la tendencia al caos y al desorden sea inevitable, como ocurre por ejemplo en la disposición del archivo de los muertos más antiguos junto al archivo de los vivos. La equivalencia con el laberinto se hace patente en el uso del hilo de Ariadna, un complemento imprescindible para el valiente funcionario que se atreva a adentrarse en el laberinto de los muertos. Sin embargo, y aún cuando es imposible mantener un control absoluto sobre los documentos que están en los archivos, don José no tiene ningún empacho en afirmar, desde la más profunda lealtad y confianza, que el Conservador, a modo de dios, «se sabe de corrido todos los nombres que existen y existirán, todos los nombres y todos los apellidos […] podría decirle cómo se llamarán todas las que van a nacer de aquí hasta el fin del mundo». De ahí que la visión que tiene el Conservador sea más global y compleja que la de don José. Su descabellada idea de unir el archivo de los muertos con el de los vivos se basa en la idea, también muy borgeana, de la unión inseparable entre vida y muerte. A tal poder llega la Conservaduría, tal es la correspondencia con el mundo real, que eliminar un certificado de nacimiento supone destruir a un hombre, hacer que jamás haya existido, de la misma manera que haciendo lo propio con uno de defunción se puede conseguir engañar a la muerte o incluso alcanzar la inmortalidad. La correspondencia entre don José y Orfeo es total, burocráticamente puede devolverle la vida a la desconocida, de esta manera se revisa un mito clásico desde la óptica de un humor muy actual. El Conservador queda envuelto en un halo de omnipotencia que, unido al simbolismo final, recuerda al personaje de Jueves y al final de la novela El hombre que fue Jueves de Chesterton.
Tifón, de Joseph Conrad![]() Tifón de Joseph Conrad Al leer Océano mar no es difícil comprobar que Baricco ha leído a Conrad y que ha querido hacer algunos pequeños homenajes. ¿Por qué utiliza sino el italiano el nombre de Almayer para bautizar la famosa posada de Océano mar si no es como guiño a La locura de Almayer de Conrad? Si bien Baricco es muy distinto a Conrad en algunos aspectos ―una prosa menos densa y más insinuante―, en otros tienen importantes puntos en común. El más claro es la concepción ambivalente del mar, su doble interpretación como elemento benigno y maligno, destructor y purificador. En Conrad no podía ser de otra manera: el mar es una constante a lo largo de su obra que no es sino reflejo de una obsesión de raíz puramente biográfica. Sus vivencias como marinero bien pudieron enseñarle esa doble cara del mar. Sin embargo, Baricco alcanza unas cotas de perfección en Océano mar que Conrad, a pesar de intentarlo en Tifón, no logra alcanzar. Y es que el naufragio de Océano mar, ese episodio magistral que da sentido a toda la novela, es por sí solo muy superior a toda esa novelita que es Tifón y que es un intento por describir con pelos y señales el poder destructor del mar. Pero que no esté a la altura de no quiere decir ni mucho menos que no sea una obra valiosa. Si a Baricco hay que reconocerle, ante todo, la construcción de Adams, Conrad no se queda atrás en la creación de personajes con alma propia. Un par de años antes de publicar Tifón Conrad había escrito una de sus grandes obras maestras, El corazón de las tinieblas, en donde demostró su habilidad narrativa en el grandioso personaje de Kurtz, equiparable al Jueves chestertoniano. En Tifón el personaje estrella es el capitán MacWhirr. No es extraño que Conrad juegue al gato y al ratón con sus personajes ―ya lo hizo con Kurtz―, lo que MacWhirr dará de sí no se intuye para nada en su presentación: «no presentaba ninguna característica especial de firmeza o estupidez; carecía totalmente de rasgos pronunciados; era sencillamente ordinaria, impasiva e impertérrita». De hecho, el único aspecto que se destaca en su carácter es la timidez, y sin embargo, todos los barcos en los que comandó se caracterizaban por la paz y la armonía. Es un hombre justo, sencillo, que desconoce los desconsuelos de la vida, lo injusta que puede ser en todas sus formas, incluyendo la de mar, a pesar de dedicarle su vida en cuerpo alma. Capaz de mantener la calma aún en medio de un tifón, la conclusión final a la que llega Jukes es la siguiente: «Yo creo que se salió muy bien parado del asunto, para ser un hombre tan estúpido». Un personaje ambiguo donde los haya, muy conradiano. Pero los mejores momentos de la novela de Conrad son, como no podía ser de otra manera, las descripciones que hace del tifón. Por una parte destaca la oscuridad, tanto dentro como fuera del barco, una negrura que también está muy presente en El corazón de las tinieblas, ya desde el título. A pesar de ser de noche y en mitad del mar, con la tenue iluminación de las estrellas, la oscuridad del tifón se impone a la del propio cielo y lo oscurece: «una repentina oscuridad descendió sobre la noche, cayendo ante su vista como algo palpable». Por otra, la violencia colosal del mar: «Fue algo formidable y veloz, como si un frasco lleno de furia se hubiese hecho añicos repentinamente», o como si «todo el mar de China» intentara subir al barco. Pero el tifón no sólo es un simple fenómeno atmosférico, también explota dentro de muchos de los hombres que van en el barco. Uno de los objetivos del viaje era trasladar un gigantesco grupo de trabajadores chinos y todas sus posesiones, que son hacinados como animales en las bodegas del barco. Sorprendentemente, cuando el tifón pone en peligro sus desdichadas vidas, se activa lo más miserable de la condición humana. Los continuos vaivenes del barco hacen que sus pertenencias se mezclen y confundan, lo que origina una auténtica batalla campal en la que los marineros no se ven capaces de mediar sin ningún peligro. Desgraciadamente, el comportamiento que Conrad describe es muy habitual en el ser humano: cuando hay grandes desgracias ―terremotos, huracanes, inundaciones, etc.― siempre aparecen desquiciados a los que no les importa poner en peligro sus vidas para aprovecharse de la situación. MacWhirr, a pesar de que se había presentado como un personaje insignificante, demuestra estar por encima de las bajas pasiones e instaura la justicia, primero poniendo fin a los enfrentamientos y más tarde con un reparto equitativo de los bienes entre sus propietarios legítimos. Es evidente que Tifón es una obra menor ―sólo hay que ver su reducida extensión― dentro de la producción de Conrad, a la sombra de grandes novelas como El corazón de las tinieblas o El agente secreto. Sin embargo, es un escalón más a tener en cuenta en la construcción de la visión marítima de Conrad, además de ser un estudio ―eso sí, no demasiado profundo― de cómo se activan las pasiones humanas en las situaciones extremas.
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