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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Ars longa vita brevis. Poniendo límites y demás protestas![]() Natividad, la inconsciente protagonista Los límites entre el arte y el no arte es una de las cuestiones más dolorosamente punzantes de la dichosa modernidad. Pero en esta ocasión no voy a plantearme por qué un puñado de latas llenas de mierda se veneran como a una especie de ídolo fálico en el centro Georges Pompidu, en la TATE Gallery o en el MOMA. Con anterioridad he expresado la opinión que me merece el arte moderno, en dos artículos titulados «Verborrea crítica» y «El traje nuevo del emperador», el primero sobre Joan Miró y el segundo sobre la feria de ARCO. Las opiniones expresadas en aquel entonces permanecen ahora vigentes con fuerza inusitada. Otro tema no menos inquietante es el de las relaciones existentes entre la moralidad y el arte. El romanticismo, primer gran movimiento intelectual y artístico de la modernidad, rompe la unión que se había considerado hasta ese momento como las dos caras de una misma moneda: el bien y la belleza. A partir de ese momento pasa a formar parte del arte lo truculento, lo macabro o lo desagradable. Esta nueva vinculación se exacerba con autores como Théophile Gautier u Oscar Wilde y llega al clímax con Baudelaire y los decadentistas, hasta dar a caer con sus huesos en el expresionismo o en un sembrado Francis Bacon. Este es el recorrido que hace precisamente Umberto Eco en su Historia de la fealdad. Hasta aquí dos temas referentes al arte moderno, ligados entre sí pero independientes al mismo tiempo. ¿Qué ocurre cuando estos dos aspectos se consideran al mismo tiempo en una obra de arte? ¿Qué ocurriría si el título de esa famosa obra de Thomas de Quincey, El asesinato considerado como una de las bellas artes, se tomara al pie de la letra? (precisamente de Quincey plantea una estética del asesinato y Chesterton ya había dicho con su habitual humor: «El criminal es el artista; el detective, el crítico»). Poner límites al arte debería ser en este caso una cuestión de sentido común. La mayoría de nosotros somos capaces de percibir que no es posible realizar los actos más atroces y viles en nombre del arte; que no se puede robar, violar o asesinar y considerar estos hechos como obras de arte, por más que puedan generar determinadas sensaciones ─y una de las perspectivas más comunes del arte moderno parte y se basa en las sensaciones producidas por las obras─. Sé que esto que acabo de decir puede sonar a barbaridad porque sale de los parámetros de la normalidad, pero no es menos cierto que no todo el mundo se encuentra dentro de estos parámetros. Todo esto viene a cuento por la famosa y polémica obra de Guillermo Vargas Habacuc, que ató un perro en una galería de arte en Managua hasta dejarlo morir de hambre y sed. El animal murió después de haber padecido el sufrimiento de una muerte lenta y atroz ante la mirada impertérrita de los espectadores, posiblemente cegados por el prestigio que adquieren las obras que se exhiben en una galería de arte ─la ignorancia puede ser también cobarde─. La historia desde luego no está muy clara, y a poco que busquen información podrán comprobar que hay versiones contradictorias sobre la veracidad de esta obra de arte, por lo que, por si las moscas, conviene ponerla en cuarentena. De todos modos, verdadera o falsa, la idea no es ni mucho menos original, y recuerda a la mariposa de Peter Brook, que fue quemada viva al final de su monólogo, o a la polémica creada en torno a un vídeo expuesto por el museo Reina Sofía y realizado por Jordi Benito ─un perturbado que se ha hecho famoso por sus desagradables obras─ en el que se mostraba explícitamente el maltrato de vacas. Al igual que Habacuc, Benito causó en su momento un rechazo que finalmente desembocó en una denuncia interpuesta al Reina Sofía por parte de Amnistía Animal Comunidad de Madrid. Pues bien, parece ser que la Bienal Centroamericana de Honduras 2008 ha invitado al señor Habacuc a repetir su innombrable hazaña para deleite de un pequeño grupo de retorcidos críticos e indignación del resto de mundo. Hace algún tiempo llegó a mi correo electrónico una propuesta de recogida de firmas para boicotear la presencia de Habacuc en esta Bienal. Si no publiqué antes la información fue porque, aunque esté plenamente de acuerdo, considero que el poder de las firmas electrónicas es muy reducido. Sin embargo, a pesar de ser así, hacerlo sólo lleva unos pocos minutos y tiene la capacidad de dejar la conciencia más tranquila. Les animo a firmar contra este emponzoñado concepto del arte. Que se ate a sí mismo hasta morirse de hambre; que se hagan daño a sí mismos si quieren, como el famoso Shoot de Chris Burden ─y maldita la puntería─, pero que nos dejen en paz a los demás.
“Flower power”, de Bernie Boston![]() "Flower power", de Bernie Boston, 1967 No ocurre muy a menudo, pero a veces hay fotografías que sobrepasan lo puramente artístico o lo testimonial y se convierten en un icono. Ocurre por ejemplo con la famosa fotografía “El beso” de Doisneau, que se ha popularizado como símbolo del París bohemio y romántico de los años 50. Otra fotografía marcaría la década siguiente e incluso una buena parte de los 70, convirtiéndose en la bandera de decenas de miles de personas y en una de las explicaciones más explícitas al movimiento hippie. Me estoy refiriendo a “Flower power” de Bernie Boston, fallecido recientemente, que ha pasado a la historia de la fotografía fundamentalmente por este magnífico trabajo. Sería largo y complejo explicar las causas del surgimiento del fenómeno hippie, aunque la tendencia pacifista se explica fundamentalmente como reacción contra la guerra del Vietnam que tiene lugar entre el 58 y el 75. Muchos de sus valores se derivaban de la Generación Beat, concepto acuñado por Jack Kerouac y otros escritores norteamericanos. Precisamente fue Allen Ginsberg, poeta que provenía de la Generación Beat pero que se integra plenamente en el movimiento hippie, el que acuña el término flower power, que triunfa plenamente y se convierte en la seña de identidad de una buena parte de los hippies. Una de las actividades del flower power consistía en regalar flores a las autoridades o introducirlas en sus armas en las manifestaciones pacíficas. Y precisamente ese es el nombre que Boston eligió para su fotografía, documento gráfico de una fuerza impactante. La fotografía tiene un plano ligeramente picado, ya que Boston estaba situado sobre un muro en la entrada del Pentágono. En la fotografía se observa a un grupo de policías de la Guardia Nacional encañonando a unos pocos manifestantes pacifistas a los que han cercado. El reparto que se hace del espacio es tremendamente sugerente: la policía llena la imagen, mientras que los manifestantes quedan relegados, casi avasallados, en uno de los laterales. La zona central la ocupa un joven que está poniendo flores en los cañones de las armas, al tiempo que uno de los policías parece tomar la flor, posiblemente para quitarla. Lo verdaderamente importante es el gesto en sí, más incluso que sus protagonistas, cuyos rostros apenas se pueden vislumbrar, ya sea bien por la perspectiva bien por los casos que cubren sus cabezas. La fotografía de Boston pasó inadvertida en un primer momento ─«prácticamente la sepultaron», confesaría él mismo en una entrevista─ publicada en un discreto lugar del Washintong Star. La perseverancia de Boston, sin embargo, descubrió la fotografía, que empezó a recopilar premios hasta convertirse en candidata de los Premios Pulitzer en 1967, el mismo año en que fue tomada. A partir de ese momento, y casi de forma automática, pasó a convertirse en un símbolo hippie, testimonio fundamental para conocer un periodo de la historia reciente de Norteamérica. Lo que se siente hoy en día al observar la fotografía es en gran medida una mezcla de melancolía e impotencia, al pensar que en Estados Unidos apenas quedan hoy en día unos resquicios anecdóticos del espíritu crítico antibelicista que en el fondo sostenía toda la parafernalia hippie. Únicamente hay que ver las reacciones ante uno y otro Vietnam. Martes, 05 de Febrero de 2008 16:03. # Esta piedra. Tema: Ars longa vita brevis No hay comentarios. Comentar. Verborrea crítica![]() Blue Star, de Joan Miró, 1927 No deja de ser sorprendente que una de las definiciones y descripciones más certeras y completas que se han hecho sobre el arte contemporáneo permanezca vigente ochenta y tres años después de que fuera formulada en 1925. Por supuesto me refiero a La deshumanización del arte de Ortega y Gasset. Lo verdaderamente curioso es que se pueda aplicar el adjetivo moderno a algo que es tanto de principios del siglo pasado como de anteayer. Curioso y absurdo, porque destapa una situación de anquilosamiento en un concepto del arte que se enmascara en la excusa pueril de la originalidad y del todo vale. Afortunadamente no todo el monte es orégano, y existen artistas que han elegido derroteros muy distintos. En La deshumanización del arte Ortega se refería a ese arte apolíneo dirigido a una selecta minoría especializada, una noción alejada de la inmediatez de lo figurativo que requería la intercesión del intelecto para su comprensión y posterior admiración. De ahí que el arte de las vanguardias venga refrendado por un fuerte aparato teórico, que en muchos casos es incluso superior a su puesta en práctica ─como podría ocurrir con el creacionismo de Vicente Huidobro─. La relación entre el espectador y la obra y su carácter minoritario es muy coherente en la sistematización de Ortega: un espectador que no esté preparado y que no entienda la obra tiende a rechazarla por miedo a que la comprensión de la obra esté por encima de él; por el contrario, si ese mismo espectador logra aprehender el sentido de la obra a través de un arduo proceso intelectual, sólo al alcance de unos pocos, se sentirá satisfecho consigo mismo, tanto más cuanto más difícil sea acceder a la obra y más se demuestre su capacidad intelectual, en un puro acto de onanismo mental. En este sentido se podría decir que las obras de arte más complejas son al mismo tiempo las que reportan una mayor satisfacción en la posesión de su significado. Sin embargo, opino que cuando la explicación entorpece a la obra en sí misma, al simple acto de contemplación, que por supuesto tiene mucho de intuitivo, el proceso de recepción de la obra pierde eficacia. El arte, al fin y al cabo, debe producir sensaciones, y no es recomendable reducirlo siempre a estímulos intelectuales. Las dos caras de la moneda se pueden ejemplificar en una misma obra: en Marcel Duchamp o el castillo de la pureza Octavio Paz logra poner en pie una justificación convincente para los ready-mades ─desde luego a mí me lo parece─ pero cuando se refiere al gran protagonista del libro, el Gran Vidrio, la explicación se carga de una densa erudición metafísica ─y a ratos sospechosamente vacía─ que hacen que su lectura sea insoportable, algo que por desgracia abunda en los suplementos culturales. Otro ejemplo, mucho más práctico y cercano, para explicar lo que quiero decir es la situación ocurrida en ARCO el año pasado, cuando un programa de televisión consiguió introducir y exponer un cuadro hecho por niños en la feria, ante un asombrado público que hacía las más profundas ─y ridículas─ disquisiciones en torno a la gestación y a la simbología de la obra, que por supuesto no tenía otro sentido sino el meramente lúdico. Ya entonces escribí un artículo titulado «El traje nuevo del emperador» en el que denunciaba las tropelías que se llevan a cabo entre una pléyade crítica endogámica y un pueblo llano vanidoso y cateto que se deja llevar por unas ínfulas que le conducen a la más absoluta estulticia. Pero volvamos a los felices años veinte, o más concretamente a 1927, cuando se fraguó la obra de arte a la que hoy quiero referirme. Hace no mucho tiempo leía una noticia en El País sobre la venta de un cuadro de Joan Miró llamado Blue Star por 11,6 millones de euros, cifra que supone todo un record y que supera ampliamente las expectativas depositadas por la casa de subastas en el cuadro. No voy a entrar a enjuiciar la transacción económica, ni tampoco el valor o el sentido de la obra, que para algo están los expertos, que seguramente sabrán infinitamente más que el común de los mortales. Lo que me ha llamado la atención ha sido el fragmento de la noticia donde se trata de dar cuenta de la importancia de este lienzo dentro del conjunto de la producción de Miró, un texto que transcribo a continuación: «La tela de Miró tiene algo de resumen o apunte de todo lo que el artista catalán va a realizar en esa época, con todos los elementos clásicos de su vocabulario. Es un momento mágico, en que estrellas y pies se encuentran alegremente con pequeños trazos que simbolizan el apetito y la curiosidad sexual del pintor. “Ahí están reunidas, excepcionalmente, la representación de la figura humana y los signos cósmicos. Y todo en una sola imagen”, había dicho él mismo de la obra. »Alberto Giacometti resumía lo que significa el trabajo de Miró en estos años diciendo que “es el símbolo de la libertad. Nunca había viso nada tan aéreo, tan suelto, tan ligero. En cierta manera, podía decirse que era perfecto. Miró no podía poner un punto sin que éste aterrizara en el lugar preciso. Era tan auténticamente pintor que le bastaba con distribuir tres manchas de color sobre una tela para que ésta existiera y fuera cuadro”.» Leo varias veces el fragmento y contemplo atónito el lienzo. Entiendo las palabras, pues están escritas en español, pero no logro crear un vínculo entre ellas y el cuadro que miro, con la consabida pregunta de «¿seré tonto que no comprendo tan sesuda interpretación?». Lo único que me resulta evidente es que un crítico no debería explicar una obra de arte utilizando símbolos, porque en ese caso habría que echar mano de otro crítico que nos explique lo que quiso decir el primero. Ahora entiendo mejor que nunca a Ortega: es la frustración intelectual lo que nos lleva a rechazar una obra de arte que no comprendemos. O eso o la intuición de que la explicación es un añadido a posteriori por los críticos de turno ─y el propio artista en el caso de Miró─, un postizo corroborado por un público y un mercado complacientes. Juzguen ustedes. Picasso y las mujeres, de Paula Izquierdo![]() Picasso y las mujeres, de Paula Izquierdo Desde siempre me ha interesado enormemente la relación que existe entre el artista y su obra. Los casos más llamativos son aquellos en los que se produce una disonancia entre ambos, cuando un hombre pequeño, egoísta, inepto, autodestructivo, es capaz de crear una obra que le supera y le sublima. Freud sí tenía bastante clara la naturaleza de esta relación, y resolvía la cuestión de un plumazo identificando al artista con un neurótico y a la obra de arte como una manifestación de un complejo sexual oculto en el subconsciente y originado en la infancia. Lo cierto es que vuelvo una y otra vez a los mismos ejemplos: Charlie Parker muerto por sobredosis a los 34 años ─y la ineptitud de su doble cortaziano Johnny Carter de «El perseguidor» en Las armas secretas─ o la impostura surrealista de Dalí y de muchos de sus compañeros de generación ─Emilio Valdivielso estudia además del caso de Dalí los de Lorca, Buñuel, Falla, Sánchez Mejías en El drama oculto─. Un precioso y profundo tratamiento del tema se puede encontrar en Muerte en Venecia, de Thomas Mann; pero Miguel D´ors tiene la maestría de sintetizar la cuestión en un único sintagma con el que cierra «Bird», uno de sus mejores poemas: «esplendor de la rosa / y el estiércol». Y Picasso, icono de la modernidad por excelencia, no sólo no se escapa de esta dicotomía, sino que representa uno de sus ejemplos más evidentes. En alguna ocasión he mostrado mi desconfianza hacia el anticuado positivismo comteniano, que pretende desentrañar la obra de arte a través de una suerte de pesquisas biográficas que cifran el origen del objeto artístico en algún acontecimiento significativo en la vida de su autor o en una personalidad peculiar. Por otra parte, el rígido formalismo tampoco parece exento de peligros, pues hay críticos que en un exceso de soberbio retoricismo son proclives a anular al autor y a entronizar sus propias interpretaciones invalidando las demás ─y ya se sabe que no vemos el mundo como es, sino como somos─. Lo ideal sería una especie de justo medio aristotélico, más cercano al formalismo que al positivismo para ser exacto. Ahora bien, también hay excepciones, y Picasso se ha merecido a pulso ser una de ellas, porque en el caso del pintor malagueño vida y obra se funden con tanta intensidad que no se puede entender una sin la otra, y sobre todo en lo que a su relación con las mujeres se refiere. Así se entiende lo que John Richardson y Douglas Cooper llamaron «la ley de Dora». Richardson lo define de la siguiente manera: «cuando Picasso cambiaba de mujer, cambiaba también todo lo demás: el estilo que caracterizaba a la nueva compañera, la casa o piso que compartían, el poeta que le servía de musa complementaria, la tertulia que le proporcionaba apoyo y comprensión…, hasta el perro que apenas se alejaba de su lado». A esta lista yo añadiría sin duda su obra, que iba evolucionando al mismo tiempo que sus relaciones amorosas. Cuando Picasso está enamorado su pintura es pletórica, exuberante, con frecuencia figurativa, o bien se llena de mensajes amorosos; cuando su relación se empieza a tambalear sus modelos se deforman, adquieren una imagen grotesca, agresiva, vulgar o patética. Su pintura es un reflejo fiel de lo que siente y piensa en cada momento. Paula Izquierdo describe esta actitud con gran acierto: «todas las mujeres, en un primer momento, produjeron en él un entusiasmo creativo, casi febril. Fueron objeto de su arte, de su búsqueda permanente. Las pintó compulsivamente […] A través de los rostros de sus mujeres se lee el estadio por el que pasaba la relación, los sentimientos que éstas le inspiraban, en qué estado de ánimo se encontraba, cuán feliz o desgraciado le hacía. Cuando la relación se iba deteriorando la imagen pictórica de la amante se desfiguraba, se transformaba, dejaba de ser digna de ser mirada con asombro para ser vista con estupor, cuando no con cierta sensación de dolor, de malestar atormentado y, por fin, de repugnancia. Generalmente las fisonomías femeninas se desfiguraban distorsionándose, incluso se rompían, a medida que la relación se prolongaba, y, por tanto, comenzaba a agotarse el amor». Cada vez que una relación se rompe y comienza otra nueva se percibe un cambio brusco: sus obras se llenan de una nueva esperanza y una renovada vitalidad. Porque precisamente en eso consiste uno de los rasgos más innovadores de Picasso ─sus mil caras─, una capacidad para romper con todo lo anterior y consigo mismo que Brassaï describió de la siguiente manera: «Cada vez que hace tabla rasa es definitivo, irremediable. ¡Es su fuerza! La clave de su juventud. Como una serpiente que muda, deja su piel vieja detrás de él y empieza una nueva vida en otro lugar […] Después de una ruptura, jamás volverá la cabeza atrás. Más prodigiosa que su memoria, es su facultad de olvido». Picasso tenía una personalidad muy compleja: era machista, misógino, celoso, posesivo, tiránico, con una fuerte personalidad que anulaba a todos cuantos le rodeaban. Este carácter repercutió en la vida amorosa del artista en una sucesión de mujeres que prácticamente se engarzaban unas con otras. En el fondo Picasso se rebela como una figura con fuertes carencias afectivas, un temperamento necesitaba constantemente amar y ser amado, aún cuando tuviera que recurrir a prostitutas en el caso de ser necesario. Sería imposible hacer un cómputo total de las amantes que tuvo a lo largo de sus 92 años de vida, aunque las biografías que se han escrito sobre él suelen reconocer aproximadamente el mismo número de parejas oficiales. En el libro de Paula Izquierdo, Picasso y las mujeres, aparecen un total de doce relaciones, añadiendo además un capítulo especial a su madre, cuya influencia es fundamental en los primeros años del pintor, que se crió en un entorno principalmente femenino, junto a dos hermanas. La importancia de estas doce relaciones es desigual en la vida de Picasso, y en algunos casos no dura más que unos meses. Su relación más duradera fue la última, Jacqueline Roque, su segunda esposa, con la que permaneció hasta su muerte durante casi veinte años. Parece que Picasso tenga la necesidad de amar y de causar sufrimiento al mismo tiempo. Su actitud de desprecio absoluto hacia la mujer se refleja en frase como «las mujeres son máquinas para sufrir» o «las mujeres deben ser pasivas y sumisas». A través de su arte lograba sus conquistas amorosas, que desempeñaban plácidamente el papel de musas, retratadas hasta la saciedad. Cuando el pintor se cansaba de ellas, lo que ocurría inevitablemente, necesitaba buscar desesperadamente otra nueva relación. Así describe Paula Izquierdo este comportamiento: «Hay algo de antropófago en los retratos que hace de forma casi compulsiva. Como si necesitara exorcizar sus sentimientos. Aprehender a la mujer amada a través de su pintura, poseerla hasta el agotamiento». En efecto, parecía como si devorase a sus amantes, como si les arrancara la vida a sorbos para dejarla gota a gota plasmada definitivamente en sus lienzos. De esta forma las iba erosionando hasta el hastío e incluso el desprecio. Finalmente la fatalidad parece adueñarse de todos aquellos que rodean al poeta: Fernande Olivier murió sola y olvidada por todos, Eva Gouel murió de cáncer, Olga Koklova ─su primera esposa─ acabó completamente desquiciada debido a su obsesión por Picasso, Marie Thérèse se ahorca dos años después de la muerte de Picasso, Dora Maar también acabó trastornada y con arrebatos místicos, Jacqueline Roque se suicida con un tiro en la sien años después de la muerte del pintor, su hijo Paulo muere por una cirrosis producida por la ingesta desenfrenada y continua de alcohol y su nieto Pablito también termina suicidándose. Sólo Françoise Gilot pareció mostrar una personalidad lo bastante fuerte como para escapar a la vorágine picassiana. Aunque en casi todas sus amantes hay algo que llame la atención, posiblemente sean Dora Maar y Françoise Gilot las que más destaquen. Curiosamente ambas ejercieron de artistas ─Dora dedicada a la fotografía y Françoise a la pintura─ y tuvieron que verse reducidas a crear bajo la inmensa sombra del pintor malagueño. También son las que destacan intelectualmente dentro del prototipo de mujeres que solía frecuentar Picasso, y las únicas que podrían resultar estimulantes en este aspecto para él. En el caso de Jacqueline Roque uno siente una especial antipatía hacia su figura, porque entró con una sorprendente docilidad dentro del juego de Picasso, aguantando humillaciones y desprecios, llamando monseñor al pintor o besándole las manos. También se retrata como el personaje mezquino que enterró a Picasso en vida, aislándolo del mundo en su castillo de Notre-Dame-de-Vie, y apartándolo de su familia, de los hijos de sus anteriores relaciones y de sus nietos ─en el fondo culpable del suicidio de Pablito─. El recorrido biográfico de Paula Izquierdo tiene su originalidad en el hecho de que la figura de Picasso pasa por vez primera a un segundo plano, sin dejar de ser permanentemente omnipresente, y el foco de atención se centra en sus compañeras sentimentales. No pretende ser una obra totalizadora ni mucho menos: se ofrecen unas pocas pinceladas de cada mujer, de ellas sólo interesa lo tocante a Picasso. El uso de las citas es profuso, principalmente de dos libros: Conversaciones con Picasso de Brassaï y Picasso. Una biografía de John Richardson. Además, el libro aparece acompañado de numerosas fotografías y láminas en las que aparecen algunas de las imágenes más conocidas de las amantes de Picasso ─el único fallo es la escasez de documentación pictórica, por otra parte comprensible en una obra de tales características─. En definitiva, Picasso y las mujeres se perfila como un libro desde el que acercarse a la vida y a la obra del pintor malagueño desde una perspectiva pretendidamente distinta, que en el fondo es el acercamiento biográfico de siempre, porque es imposible referirse a la vida de Picasso sin mencionar a las mujeres que participan en ella. Por cierto, para complementar esta lectura puede resultar interesante acercarse al documental titulado Picasso y sus mujeres. La intensa relación entre su obra y su vida amorosa. La coincidencia de títulos es menos casual de lo que parece, ya que Paula Izquierdo es una de las guionistas del documental. Durante una hora aproximadamente se hace un recorrido por una nómina más reducida pero evidentemente más completa desde un punto de vista pictórico y visual. El único inconveniente es su estructura, un tanto irritante, con unos personajes ficticios que sobreactúan y unas conversaciones forzadas que introducen datos del pintor casi con un calzador. El traje nuevo del emperadorUn irreverente acto realizado en ARCO por un programa de televisión pone de manifiesto que el emperador se pasea completamente desnudo. Este significativo hecho debe suscitar la reflexión en el público tanto iniciado como profano al arte moderno. Es muy posible que una buena parte de este arte poco a poco se haya venido convirtiendo en ese traje del emperador, que no es traje porque va desnudo. Los diseñadores de alta costura no pueden menos que darse palmaditas en la espalda, alabando las maravillas del tejido o de la costura de ese traje vacío, porque se encuentran dentro del juego de las vanidades. También entre los críticos de arte existen vanidades intelectuales, y mientras tanto el pueblo llano, émulo de la pléyade crítica, asiente en silencio o se atreve a opinar, no siempre desde el punto de vista de la subjetividad, sino desde el enjuiciamiento de las calidades artísticas. Sólo así se pueden explicar hechos como el ocurrido en ARCO. Los juicios estéticos ofrecidos por el gran público ante un cuadro realizado en una guardería por niños de entre tres y cuatro años causan la más estrepitosa risa ―otra cuestión risible es cómo se consiguió introducir la manualidad de unos niños en una Feria Internacional de Arte Contemporáneo, pero ese es otro tema―. Los hay que consideran el cuadro lleno de angustia, los que opinan que es el resultado de la búsqueda de un camino, y los que la consideran la obra de un autor maduro, por todo el trabajo y reflexión que se puede intuir detrás. Todas estas interpretaciones, viables en cualquier obra de arte “seria”, se vuelven ridículas ante este producto lúdico e infantil. Pero no importa que la interpretación esté en las antípodas del origen, porque se ha extendido en el campo de la teoría estética la peligrosa convicción de que el receptor es el auténtico creador de la obra, a través de un proceso de recreación. Peligroso porque entonces poco importa que el emperador lleve o no traje, sino que es suficiente con que uno mismo crea que lo lleva; y cuando ese uno mismo tiene un reconocido prestigio profesional se verá secundado de forma automática y unánime por aquellos cuyo criterio se basa en nadar a favor de la corriente, alimentando así la mentira y desvirtuando el sentido de la palabra Arte. No pretendo descalificar rotundamente ARCO, pero no hay que olvidar que en el Arte existe una jerarquía estética, cuyos parámetros no se basan en lo puramente económico. El debate teórico se ha venido centrando principalmente en dilucidar si algunas obras son arte o no, por situarse en un peligroso límite, cuando una posible solución podría ser presuponer que efectivamente se trata de arte y desviar la cuestión al hecho de si son o no obras de calidad. No hay que olvidar que en todas las épocas el número de artistas ha sido ingente, pero detrás ―o delante― de las grandes obras maestras siempre han existido obras de segunda, tercera o incluso cuarta fila. Afortunadamente la historia actúa como filtro, cribando todo aquello que es digno de ser olvidado. Sin embargo, el proceso de democratización del arte que se ha venido extendiendo en el arte en los últimos tiempos, resultado de su adaptación a las leyes del mercado, no hace sino potenciar esas obras secundarias. Parece que no es suficiente con que el gran público admire el arte, también hay que conseguir que se convierta en coleccionista de arte. El coste de un producto que ya de por sí debía ser valioso por único, se ha abaratado, siendo posible conseguir una obra de arte por el módico precio de 150 euros. De esta forma, ARCO queda convertida en una especie de IKEA de las galerías de arte particulares. La idea en sí de la feria ya esconde algo de perversidad, porque sugiera la imagen de un mercadillo de saldo ―supermercado del arte he leído en más de una ocasión― en el que los artistas tratan de vender su producto al mejor postor, adecuándose a las leyes de la oferta y la demanda. De hecho, cuando los medios se han referido al éxito de la feria, en pocos casos se ha hablado en términos de calidad; en cambio, la crítica se centra en el 15% que han subido las ventas con respecto a la edición anterior. Esta democratización del arte constituye además una incoherencia, puesto que choca frontalmente con unas formas crípticas, heredadas del arte de minorías de principios del siglo XX: el sentimiento de rechazo de que hablaba Ortega en La deshumanización del arte se ha ido sustituyendo progresivamente por una aceptación resignada y silenciosa, que lleva al público a valorar de forma positiva obras que no entiende. El problema de la mayor parte del arte que presenta ARCO es que se encuentra anquilosado dentro del mismo discurso que hace un siglo, cuando la obra se planteaba como una necesaria ruptura con toda la tradición anterior y como una búsqueda a toda costa de la originalidad. La necesidad de conseguir un arte que cause provocación es incluso anterior al nacimiento de las vanguardias. Originalidad y provocación, los dos caminos principales por los que transita el arte de ARCO, son insuficientes para crear grandes obras o simplemente para crear arte. No, el arte debe ser otra cosa. Acaso, en una época en la que casi cualquier cosa puede convertirse en obra de arte, haya que hablar en términos de perdurabilidad y de diálogo con el pasado ―la tradición―, el presente y el futuro ―como herencia―. A pesar de todo ello, hay que reconocer que es posible que entre tanta paja exista algún valioso grano que pueda perdurar en la memoria de las futuras generaciones. Sólo con eso la feria ya habrá tenido sentido, habrá sido útil y necesaria. Miércoles, 21 de Febrero de 2007 19:51. # Esta piedra. Tema: Ars longa vita brevis Hay 10 comentarios. Elliott Erwitt en el Prado![]() Elliott Erwitt - Museo del Prado, Madrid 1995 Si hace algún tiempo teníamos la ocasión de acompañar a a Willy Ronis un Domingo en el Louvre, en esta ocasión les propongo seguir a Elliott Erwitt en una visita al museo del Prado. Y es que este fotógrafo ha sabido intuir mejor que ninguno que el museo es un espacio artístico que ofrece mucho juego en cuanto a situaciones: permite la conjunción de dos artes, la reflexión estética y social sobre el hecho artístico y la socialización en un lugar de confluencias entre personas con distintos intereses, no siempre culturales. A este respecto Erwitt dijo: «la gente visita museos por motivos que no tienen nada que ver con lo que los museos contienen. Son lugares donde se ejerce la sociabilidad. Puesto que hay que estar en alguna parte, más vale estar en un lugar donde haya aire acondicionado y calefacción». Por ese motivo en la obra de Erwitt, además de los perros, el museo tiene un lugar destacado, como se ha podido comprobar recientemente en la exposición titulada Museum Watching que hace poco se ha realizado en Barcelona. Pero más importante en Erwitt que los museos es el humor optimista y la ironía amable que le permite desentrañar diversos aspectos de la condición humana. Si bien no deja a un lado por completo la vertiente seria, a través del tratamiento jocoso Erwitt consigue revelar el absurdo de situaciones presentes en la vida cotidiana. Ya sean hombres discutiendo sobre el sentido de lienzos en blanco o la fotografía seleccionada y que se puede entender como una profunda e interesante visión sobre el arte por muchos motivos. Es prácticamente imposible que esta foto sin nombre -Erwitt no suele titular sus obras, sino que únicamente ofrece el lugar y la fecha- no nos arranque al menos una leve sonrisa, independientemente de ideologías sexistas. Ese es precisamente uno de los grandes aciertos de la fotografía: a pesar de que tiene un contenido claramente sexista, no se puede atribuir a ninguno de los dos lados de la balanza. Erwitt consigue un tratamiento "neutro", capaz de hacer sonreír a todos por igual. Aunque Erwitt asegura no preparar de antemano las situaciones cómicas, es difícil creer que la disposición de la imagen sea producto del azar. La fotografía queda dividida en dos partes, con un fondo simétrico, que se descompensa en el plano de los personajes. Cuando la mirada se acerca en un primer momento a la imagen, la visión se dirige casi necesariamente al lado derecho, a la parte masculina, atraída por la aglomeración de hombres, expectante por ver qué hay detrás. Una vez se ha comprobado miramos la parte izquierda, y entonces comprendemos el sentido de la situación. Ese debía ser el reparto y no otro. Si hubiera situado un grupo de mujeres y un hombre, o dos grupos con el mismo número de personas el efecto no habría sido el mismo. Por eso, detrás del tratamiento lúdico de la situación debe haber necesariamente algo más: no olvidemos que estamos en un museo, que el arte está siendo captado mediante una visión artística, arte a través de arte, fundidos en un único producto. Tras la comicidad de la escena, Erwitt ofrece una reflexión acerca de los dos modos posibles de contemplar el arte y como consecuencia de los dos tipos de productos estéticos y de receptores posibles. Los papeles de lector macho y de lector hembra de Cortázar se invierten en Erwitt, pero como en Cortázar, en Erwitt también sería un error interpretar necesariamente a los lectores macho con hombres y a los lectores hembra con mujeres. Los hombres de la fotografía se agrupan en manada, como animales, devorando la forma de La maja desnuda con la mirada; mientras que la mujer, en un acto solitario y reflexivo, es capaz de ver el fondo de La maja vestida, más allá de su ropa. En el primer caso, la recepción del arte es más instintiva y hedonista, en el segundo es un desciframiento intelectual, algo mucho más profundo y rico, y cuyos precedentes casi se podrían rastrear en La deshumanización del arte de Ortega. Teniendo en cuenta esta interpretación, se podría incluso decir, salvando las distancias, que La maja desnuda es el best seller y La maja vestida el arte de minorías, de elites intelectuales. Por supuesto todo esto puede no estar presente en la fotografía, pero desde luego la sonrisa que ha provocado sí es tangible. Ahora que cada cual decida. "Domingo en el Louvre", de Willy Ronis![]() Domingo en el Louvre, Willy Ronis No imagino cuál debió ser la impresión de Felipe IV y de Mariana de Austria cuando, al entrar en la habitación en la que Velázquez aguardaba con el lienzo final de Las Meninas, se vieron reflejados en el espejo de la composición. El cuadro no era simplemente un cuadro, sino una especie de ventana que recogía la imagen exacta de lo que verían los reyes al entrar en la habitación. De esta forma, Velázquez consigue pintar algo que queda fuera del cuadro: sus espectadores. Estos quedarán implicados con la obra para siempre. El rey debió quedar fascinado con ese juego de espacios y dimensiones; la leyenda es de sobra conocida: el mismo Felipe IV pintó a Velázquez en el lienzo de Las Meninas la cruz de la Orden de Santiago a título póstumo después de que éste hubiera muerto. Hoy en día, cuando nos situamos frente a Las Meninas, estamos en la misma posición en la que un día estuvieron los reyes. Así, podemos convertirnos en Felipe IV y Mariana de Austria, quedando nosotros mismos también implicados con el cuadro. De alguna forma, se podría decir que Velázquez ha conseguido introducirnos en su obra, pintarnos detrás de la imagen que se ve en el espejo. Pocas obras han logrado con tanto acierto este complicadísimo hallazgo. Pero no es Velázquez a quien quiero referirme. Me gustaría hablar de una de las fotografías que más admiro y alabo. Se trata de “Domingo en el Louvre”, de Willy Ronis. Este prestigioso fotógrafo toma una escena relativamente cotidiana, un paseo por el Louvre, para llenarla de un lirismo mágico. El cuadro elegido, La coronación de Napoleón de Jacques Louis David, no podía haber sido desde luego más acertado. La técnica que utiliza, la superposición de planos, había sido utilizada anteriormente y volvería a usarse después con magníficos resultados por fotógrafos de la talla de Doisneau. Ronis consigue la interrelación perfecta entre dos artes, la pintura y la fotografía, a través de una espectacular mise en abyme: nosotros miramos a los visitantes del Louvre, que miran a los personajes que dentro del cuadro de David contemplan la coronación de Napoleón. El procedimiento de muñecas rusas nos introduce en un laberinto donde, después de abrir una puerta tras otra, dos disciplinas artísticas se mezclan y confunden. Los visitantes del Louvre participan del cuadro de David del mismo modo que éste se ha colado de lleno en su realidad. Detrás de la foto de Ronis subyace una defensa de la búsqueda de lo maravilloso en lo cotidiano, al tiempo que una proyección del arte sobre la vida. No ha olvidado Ronis un toque de humor que confirma el efecto óptico. La mirada se centra necesariamente en la mujer que, en primer plano, está de espaldas, ajena al cuadro. Tal vez mire otra obra de arte, poco importa, porque en realidad parece admirar la suntuosidad de la catedral de Notre Dame, o tal vez ande perdida, sin comprender aún cómo pudo llegar hasta allí. El arte la atrapó a través del objetivo de Willy Ronis. El París fantasmal de Eugène Atget![]() Eugène Atget Es Eugène Atget (1857-1927) una de esas personas que nace con vocación de artista y logra plasmar sus inquietudes por los caminos menos esperados. No en vano viajó por el mundo intentando ser marino, actor y ya París pintor. Por desgracia no logró triunfar en ninguno de estos oficios, y finalmente tuvo que conformarse con un destino más humilde y silencioso, que le convertiría en pionero de uno de los artes más representativos del siglo XX: la fotografía. ![]() Rue de l’Hotel de Ville, Paris, 1921, Eugène Atget De esta forma trabajó desde 1898 hasta 1927, año en que muere, documentando a pintores como Braque, Utrillo, Derain o Vlaminck. Lo que interesaba a estos pintores fundamentalmente era el paisaje típicamente francés o elementos concretos del mismo, siempre libre de toda presencia humana. Para evitar estas presencias Atget tomaba sus fotografías a tempranas horas de la mañana, antes de que el bullicio de París comenzara a despertar. Por ese motivo la presencia humana en la obra de Atget es muy escasa, si bien no nula. Pero cuando aparece el ser humano, éste tiene un contorno borroso, poco preciso y definido, fundiéndose casi con el paisaje de fondo. Atget no se dedicó únicamente de documentar los lugares más turísticos, sino que recorre uno a uno los barrios de París. Hizo una cantidad de fotos descomunal –tanto es así que en 1968 el MOMA de Nueva York adquiere 10000 de sus negativos–. ![]() Rue de l’Abreuvoir and rue des Saules, 1988 ![]() Rue de l’Abreuvoir and rue des Saules, 1925, Eugène Atget Se podría pensar que esta ausencia humana en la obra de Atget la convierte en un documento frío y aséptico de la realidad del momento. Muchos de los ambientes de finales del siglo XIX que fotografía Atget están desapareciendo poco a poco en vida del fotógrafo. Así mismo lo documentan sus propias fotografías. Es por eso que detrás de su obra hay una mirada nostálgica y melancólica, conmocionada ante el transcurrir del tiempo que devora lentamente el mundo que conocemos. La sensación dramática se acrecienta por esas fantasmales presencias humanas, que al igual que el espacio en el que aparecen, también están condenados a consumirse en el tiempo. ![]() Rue des Nonnains-d´Hyères, 1900, Eugène Atget Fue la famosa fotógrafa Benerice Abbot la que se encargó de difundir el trabajo de Atget. Abbot, que en un primer momento fue alumna de Man Ray, tuvo la oportunidad de conocer a Atget a través de éste –el único retrato que existe de Atget fue una fotografía tomada por Abbot–. A la muerte de Atget, Abbot ofreció a su familia una buena cantidad de dinero a cambio de sus fotografías. Éstos, encantados, aceptaron, y de esta manera casi la totalidad de la obra de Atget fue trasladada a Estados Unidos, en donde la fotógrafa norteamericana se encargó de distribuirla entre los más importantes museos. Como suele ser habitual, el reconocimiento que el artista no consiguió en vida –ni siquiera el reconocimiento a sí mismo– le vino después de la muerte. El reconocimiento en este caso es absoluto: Atget es considerado por muchos como el inventor de la fotografía moderna. ![]() Construcción de la Catedral, Eugène Atget Sábado, 05 de Noviembre de 2005 18:08. # Esta piedra. Tema: Ars longa vita brevis Hay 7 comentarios. Las mil caras de Picasso![]() Autorretratos - Pablo Picasso Desde el arte de la Antigüedad hasta el Romanticismo había predominado una concepción imitativa del arte, fuera, ya directamente de la naturaleza, ya de autores consagrados por la tradición. Este concepto mimético del arte se rompe a partir del pre-romanticismo o Sturm und Drang, y alcanza su culminación en la formulación del Yo elaborada fundamentalmente por Fichte y Schelling. A partir de ese momento, los artistas despreciarán la mera imitación y buscarán nuevos cauces siempre originales. Este es uno de los motivos fundamentales de que Octavio Paz situara en Los hijos del limo el comienzo de la modernidad en el Romanticismo. El individualismo que nace de esa búsqueda constante de originalidad es una forma de pensamiento tremendamente moderna. De Pablo Picasso decía Marcel Duchamp en su obra Escritos, Duchamp du signe: «La principal contribución de Picasso al arte habrá sido partir de cero y mantener esa frescura respecto a todos los nuevos modos de expresión que marcan las diversas épocas de su carrera». Lo que Duchamp admiraba de Picasso es precisamente el rasgo que hizo del pintor malagueño un icono de la modernidad y del arte del siglo XX. Picasso absorbió como una esponja todos los elementos de aquellos autores o movimientos que le interesaban, pero no se limitó a copiarlos, sino que llevó a cabo una reelaboración –otro rasgo profundamente moderno–, después siguió evolucionando hasta dar a luz su propio movimiento, el cubismo, pero ni siquiera se detuvo en éste –y por eso no existe una teoría sistemática del cubismo, como ocurre con otras vanguardias–, sino que su propio dinamismo le llevó a superar esta etapa, siempre en busca de nuevos caminos. El momento en que vive Picasso es imprescindible para comprender su lugar dentro de la modernidad, ya que nace en 1881 y muere en 1973. Vive, por tanto, el triunfo de los impresionistas, las dos Guerras Mundiales, el desarrollo primero de las vanguardias y su posterior descomposición, la guerra civil española, el renacimiento de las vanguardias posterior a los años 50. Definir a Picasso sería describir una de sus caras, pero es imposible aportar una visión conjunta y simplificada sobre la trayectoria del autor. Pasó de la pintura figurativa a la pintura no figurativa, desde el realismo, impresionismo, expresionismo, fauvismo, hasta el protocubismo, cubismo y la abstracción, pasando por el original y bohemio estilo de Toulouse-Lautrec. No existe prácticamente ningún artista de finales del siglo XIX y del siglo XX que no esté en alguno de los lienzos de Picasso. Se entiende que Picasso sea el icono de la modernidad por excelencia. Pero además, consiguió lo que muy pocos han conseguido –o prácticamente ninguno–: se liberó de la influencia que emanaba de su propia obra. Así, mientras otros artistas de menos genio se limitaban a seguir los pasos que él marcaba y a imitar su estilo, él, como pionero, nunca volvió hacia atrás, siempre con la vista al frente. Picasso lleva hasta sus últimas consecuencias el concepto de originalidad, semilla de la modernidad, que se había comenzado a fraguar en el Romanticismo; y es por eso que tiene un destacado lugar en el arte universal como icono del siglo XX. Miércoles, 28 de Septiembre de 2005 20:10. # Esta piedra. Tema: Ars longa vita brevis Hay 4 comentarios. Tabla comparativa según un análisis dalinianoDalí era bastante aficionado a las tablas comparativas entre diversos artistas, incluyéndose a sí mismo. Pese a la buena consideración que tenía sobre su persona, llamada por otros vanidad o egolatría, no hay que dudar de que Dalí se expresa con toda sinceridad. Según su criterio –y la de muchos otros–, no cabe duda de que el genio más grande de todos los tiempos es Velázquez, aumentándose su consideración en el artista con el paso de los años. Y después de Velázquez, para Dalí el gran pintor es Vermeer de Delft. Como tercer gran genio está Rafael, a causa del cual Dalí fue expulsado de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por una impertinencia al jurado –afirmaba saber más de Rafael que ellos tres juntos–. El análisis que hace Dalí permite valorar de forma más exacta a cada uno de los artistas, teniendo en cuenta los aspectos más diversos en torno a la creación. Mondrian queda en un penoso último lugar, algo que podría ser más que discutible, y más aún viniendo de Dalí, que ha llegado a pintar algunos cuadros peores que los mejores de Mondrian, pero por otra parte una opinión comprensible. ![]() Miércoles, 14 de Septiembre de 2005 20:05. # Esta piedra. Tema: Ars longa vita brevis Hay 2 comentarios. Las Cárceles de Piranesi![]() Giovanni Battista Piranesi, Autorretrato Giovanni Battista Piranesi nació en Venecia en 1720 y murió en Roma en 1778. Piranesi ha pasado a la historia fundamentalmente por ser uno de los grandes grabadores de la Italia del siglo XVIII, aunque no hay que olvidar también su faceta de arquitecto, que determinará de forma crucial su producción pictórica. Es lógico que no se le suela recordar como arquitecto, ya que sólo acometió un trabajo: la remodelación de Santa María del Priorato –además del diseño de la Plaza de los Caballeros de Malta–. Más que como arquitecto el papel de Piranesi sería destacable como teórico de la arquitectura. En el momento que le toca vivir a Piranesi se produce una revitalización de la cultura y del arte grecolatino. El tópico de la época consistía en reconocer la superioridad artística y arquitectónica de Grecia por encima de Roma; ya que se suponía que el arte romano no era más que una mera prolongación del arte griego. Esto era lo que sostenían principalmente Winckelmann o Ramsay. Pero frente a los postulados de Winckelmann, Piranesi pretende demostrar exactamente lo contrario: la superioridad del arte y de la arquitectura romana. Para ello Piranesi enlaza la arquitectura romana no con la griega, sino con la etrusca y la egipcia, dotándola de una originalidad propia. Piranesi da forma a sus principios teóricos a través de sus grabados. Rechazar la tradición griega y afiliarse a la etrusca suponía importantes consecuencias arquitectónicas y pictóricas. Así por ejemplo, Piranesi utiliza con profusión sistemas arquitectónicos abovedados y de arquerías. Los elementos griegos quedan ensombrecidos, porque Piranesi elige aquellos rasgos que más le interesan teóricamente y los resalta, dejando a un lado todo aquello que no le interesa. De esta forma consigue ofrecer una imagen no fiel del pasado, sino que nos da su propia versión de la Antigüedad Romana. Esta visión afecta prácticamente a la totalidad de la obra de Piranesi. Una de sus obras imprescindibles es la serie Vetude di Roma, que son 135 estampas elaboradas mediante la técnica del aguafuerte a lo largo de casi treinta años, hasta prácticamente su muerte. En esta obra Piranesi recrea la grandeza de la Roma Imperial, y su derrumbamiento a través del tiempo. En este Vedude –el vetude se convirtió en un género en la época que consistía en paisajes urbanos– aparecen los monumentos más característicos de la iconografía romana. En estos grabados aparece explícito el viejo tema del tempus fugit, reflejado en la piedra ajada y manchada por la vegetación. Al someter la magnificencia romana al paso del tiempo queda resaltado un cierto sabor desesperanzador, a muerte. Todo lo que vemos, incluso las construcciones más descomunales, están sometidas al paso del tiempo, y algún día acabarán desapareciendo. A pesar del aspecto envejecido que presentan las construcciones, sus gradados logran transmitir esa grandeza imperial perdida. Pero el mensaje de Piranesi es aún más devastador en otra de sus obras. En 1740, a la edad de veinte años, Piranesi abandona Venecia y se traslada a Roma. Es como sin el arquitecto necesitara estar en el centro exacto del antiguo imperio para concebir la que seguramente sea su gran obra maestra. En 1745 se publican las Carceri d'invenzione –fechadas en 1742–. En 1761 aparece publicada una segunda versión de esta obra, en la que reelabora imágenes anteriores, y añade dos láminas más a las catorce que componían la primera versión. Esta nueva versión compuesta por dieciséis láminas se caracteriza por una mayor oscuridad. Las cárceles que nos muestra Piranesi en sus grabados son espacios oscuros, claustrofóbicos, angustiosos. El desconsuelo y el desasosiego nos invade ante la mera observación de una obra que parece realizada por una mente excesivamente retorcida. Son espacios dignos del Infierno dantesco, en algún lugar subterráneo, donde la ausencia de aire asfixia y confunde a sus desgraciados moradores. En pleno siglo XVIII Piranesi realiza una obra dejándose llevar por el más puro irrealismo, completamente al margen de la razón, con una arquitectura sobrecargada y confusa, de pasillos y escaleras que no llevan a ninguna parte, o que llevan al punto de partida. El espacio aparece además lleno de extraños objetos: aparatos de tortura, pinchos, cuerdas, cadenas, estatuas, misteriosas tumbas e inscripciones, etc. La arquitectura laberíntica, llena de juegos visuales, recuerda a la de Escher, que seguramente tuvo influencias de Piranesi, como se comprueba constatando las similitudes entre su “Carceri, Plate XIV” y la famosa “Cascada” de Escher. ![]() Carceri d'invenzione, portada de la segunda versión de 1760 A través de la iluminación Piranesi consigue crear un mundo subterráneo e infernal, sobrecogedor, un espacio de muerte y caos. No deja de ser curioso que un año después de la publicación de la primera versión de Las cárceles, en 1746, naciera Francisco de Goya, el Piranesi español en muchos sentidos. En pleno siglo de las luces, las sombras siempre saltan más a la vista. Precisamente se puede utilizar el aforismo goyesco de “el sueño de la razón produce monstruos” para definir a Las cárceles. Piranesi, al igual que Goya más tarde, explorará los lugares más ocultos y oscuros del alma humana. Ambos pintores son pertenecen al arte de lo horroroso y lo macabro, antecedentes directos del expresionismo que encontrará su culminación en el siglo XX, en autores como Francis Bacon. Piranesi utiliza, sin embargo, una técnica puramente romántica. El preromanticismo de Piranesi no es meramente exterior, por la utilización de ruinas antiguas y de lugares solitarios y misteriosos, que más tarde se pondrá de moda en pleno romanticismo. Bacon estudia la oscuridad del alma humana en el propio ser humano, a través del retrato, deformando los rasgos; Piranesi, en cambio, utiliza la técnica romántica de proyectar el alma en el paisaje, en sus sombrías cárceles. A fin de cuentas, la búsqueda expresionista de ambos autores, y la de Goya, tiene un objetivo similar. La figura humana tiene en Piranesi un carácter secundario, siempre para resaltar la pequeñez del hombre y su soledad frente a la desolación. ![]() Carceri, Plate VII Piranesi incluye diversos textos en sus grabados, para orientar la interpretación de los mismos. Así, por ejemplo, utiliza en su “Carcere XVI” dos citas extraídas de la Historia de Roma de Tito Livio, la primera de ellas referida a Ancus Marcius, el primer rey que ordena construir una cárcel en Roma: "ad terrorem increscentis audaciae". La segunda de ellas, también de Tito Livio, está referida al pasaje en que Horacio asesina a su hermana: "infame sceivs s... ri infelici suspe". De esta forma, Piranesi consigue anular parte de la ambigüedad de sus grabados, y dirige la interpretación de los mismos hacia un tipo de justicia romana muy particular. Sobre 1780 aparece publicada una novela de Horace Walpole titulada El castillo de Otranto, en donde la influencia de Piranesi se deja ver en la descripción de un tipo de espacio oscuro, tenebroso, de largos pasillos y escaleras interminables. Esta novela no es otra sino la que inagura el género de la novela gótica. Como se ve, la influencia de Piranesi no es menor en el ámbito de la literatura que en el de la arquitectura o la pintura. Asimismo influye en obras que se encuentran inmersas dentro del género gótico, como en Vathek de William Beckford –profundo admirador piranesiano– o El monje de Matthew Lewis. En realidad se puede decir que prácticamente en todos los grandes maestros del género del terror se encuentran influencias de Piranesi, ya sea en E.T.A Hoffmann, Anne Radcliffe, Percy Byshee Shelley, Lord Byron, Adelbert Von Chamisso, Edgar Allan Poe, Gustavo Adolfo Bécquer, o Theophile Gautier. Especialmente importante es, además, la influencia de Piranesi en De Quincey, que relata en Confesiones de un opiómano inglés cómo su amigo Coleridge le había iniciado en la oscura obra del grabador italiano, a quien presumían bajo el influjo de alguna droga –al igual que ellos mismos trabajaban bajo la influencia del opio–. ![]() Carceri, Plate III Es posible que en la actualidad Piranesi, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo con Goya, sea más recordado por aquellos a los que influyó que por su propia obra. Pero de no haber sido por su genio tal vez no podrían haberse desarrollado tal y como lo han hecho la novela gótica o autores como Escher. Sin embargo, hay que pensar que la grandeza e importancia de Piranesi no reside tanto en aquellos a quienes influyó como en su propia obra, en sus grabados, que varios siglos después de haber sido creados aún nos siguen admirando, desconcertando y turbando. Es por eso que Piranesi se convierte en un autor expresionista imprescindible, alguien que trabaja de cara a las sombras del alma humana, y a quien es necesario visitar para conocer mejor todo lo que permanece oculto en nosotros mismos. El beso en la Place de l'Hotel de Ville de Robert Doisneau![]() El beso en la Place de l'Hotel de Ville de Robert Doisneau Hace unos días Francoise Bornet, la joven protagonista de la fotografía El beso en la Place de l'Hotel de Ville, tomada por Robert Doisneau en 1950 para la revista America’s Life, informó de su intención de sacarla a subasta en agosto a partir de una cantidad en torno a los 15000 y los 20000 euros a través de la casa de subastas Artcurial. Debido a este hecho ha vuelto a saltar una vez más la polémica –insustancial por otra parte– que existe en torno a la fotografía de Doisneau. En 1992 una pareja llamada Jean y Dense Lavergne aseguraron ser los modelos involuntarios protagonistas de El beso y exigían una compensación económica debido a la alta rentabilidad que había producido la fotografía –más de 400000 copias en forma de cartel, postal y otros soportes–. Doisneau, que hasta entonces había guardado el más absoluto silencio con respecto a la fotografía, tuvo que confesar al periódico L´Express la verdadera historia para desenmascarar a los culpables. Parece ser que Doisneau había visto a una joven pareja de estudiantes de arte dramático, Jacques Carteaud y Francoise Bornet, besándose apasionadamente en un café. Doisneau quedó fascinado y pidió a los jóvenes que repitieran el beso frente al ayuntamiento de París. Así Doisneau desenmascarba a Jean y Dense Lavergne, daba los auténticos nombres de los protagonistas, y admitía que la fotografía que es considerada como uno de los iconos del amor espontáneo y universal había sido posada. ![]() Francoise Bornet posando con El beso Muchos fueron los que quedaron decepcionados al saber que detrás de la magia, sencillez y frescura de El beso se encontraba un posado. Recientemente Francoise Bornet –Jacques Carteau, al igual que Doisneau, falleció– he confesado además que aquella relación, símbolo del amor, duró tan sólo ocho meses. No han faltado de nuevo quienes se echen las manos a la cabeza, gritando palabras como engaño, falsedad, mentira o apariencia. Para ellos todo lo que simboliza El beso está muerto, y ese trozo de papel en el que dos actores se dan un fingido beso de ocho meses de anchura en un vaporoso escenario no es más que una bonita mentira en blanco y negro. Se apoyan en estas dos confesiones para invalidar la belleza de El beso, ignorando por completo que el arte, que siempre ha coqueteado con esas mismas palabras que gritan –sobre todo en épocas anticlásicas–, está al margen de todo eso. No dejan de sorprender este tipo de opiniones en una época que se suponía dominada por el espíritu romántico, y aún más lejos, que se suponía hija de las vanguardias –cuyas prolongaciones infinitas aún se extienden hasta el momento justo en que escrito estas líneas–. No es mi intención ni mucho menos poner en entredicho los prepuestos estéticos platónicos y aristotélicos ni la clásica máxima horaciana ut pictura poiesis, porque sería despreciar el arte anterior al romanticismo –el renacimiento o el barroco–, en que sí tenían esa concepción del arte; aunque no hay que olvidar que ese supuesto realismo clásico es el realismo de la idealización. Conocido es el desprecio de Platón hacia el arte, manifestado en el libro X de su República bajo el concepto imitativo de mímesis. Para Platón el arte es una imitación en segundo grado: primero está el creador de las ideas –Dios–, después la imitación de los objetos a partir de esas ideas, y finalmente el artista, imitando a los objetos que imitan a las ideas. Artistóteles tiene una concepción distinta del arte, aunque habla también en la Poética de su carácter imitativo; pero al menos le da una mayor importancia que Platón debido a su tendencia a lo universal. Este pensamiento encuentra su máximo apogeo en el Renacimiento, que es uno de los periodos artísticos más fecundos de la historia del hombre. No es por tanto un pensamiento fácilmente desdeñable. Alexander Gottlieb Baumgarten, fundador del vocablo estética, fue uno de los primeros en señalar el dominio independiente del arte, al margen de la filosofía, la moral o el placer. En esta misma dirección, Karl Philip Moritz, en 1778, en su obra Sobre la imitación plástica de lo bello, afirma que la obra de arte es un microcosmo, un todo perfecto en sí mismo y cuya finalidad es su propia existencia. Pero el hito fundamental en la autonomía del arte es la publicación en 1790 de la Crítica del juicio de Kant. Antonio Banfi, en el prefacio de su edición de la Crítica del juicio, recuerda que para Kant lo característico de la belleza del objeto de arte es la pura contemplación, desarrollando las dos facultades de la estructura del sujeto consciente, el intelecto y la fantasía, independientemente de la existencia empírica del objeto en sí. Esta idea se confirma en autores ya plenamente románticos, como Schelling o Hegel, donde la obra de arte aparece ya como un mundo autónomo, ya que no espejo de la realidad, e incluso superior a la propia realidad, porque la purifica con su armonía–de hecho, la expresión el arte por el arte aparece ya en los círculos de Weimar y Jena, relacionado con los seguidores de Kant y de Schelling–. Esta línea de pensamiento tiene importantes seguidores en Francia, con la filosofía ecléctica, con Cousin y con Jouffroy. Pero su máximo representante es sin duda Théophile Gautier, que tiene repercusiones claras sobre Baudelaire. Tal vez no sea necesario llegar a los extremos del arte por el arte, recordando la famosa frase acuñada por Oscar Wilde en su obra Intentions cuando decía que la estética es superior a la ética. En esta misma obra Wilde hace una afirmación no poco significativa: que el sentimiento del color es más importante, para el desarrollo del invididuo, que el sentimiento de lo verdadero y de lo falso. El avance es claro: el arte por fin se considera definivitamente como un mundo aparte, ajeno a la realidad, e incluso por encima de la realidad. Esta línea de pensamiento tiene una derivación lógica: el arte no figurativo y Mallarmé. En las vanguardias, que nacen con Mallarmé, probablemente se ha llevado a sus límites la desvinculación del arte con la realidad, pero como señaló Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, sería estúpido pensar que es posible conseguir un arte completamente puro, y completamente desvinculado del ser humano, porque en toda obra artística hay un | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||