La piedra de Sísifo
La piedra de Sísifo
DEDICADO A ROSA...

«Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.»
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Extra tempora fia lux.

La cabina, de Antonio Mercero

     A José Luis López Vázquez algunos le recordarán como actor de comedias. Para mí siempre será el protagonista del claustrofóbico corto de Antonio Mercero, La cabina. De tintes kafkianos y surrealistas, la obra de Mercero ofrece una doble lectura, en clave de terror o de ciencia ficción y en clave de crítica social a la opresión del sistema franquista. Mención aparte merece la música, que ayuda enormemente a crear el ambiente angustioso y opresivo. Sencillamente genial.

Martes, 03 de Noviembre de 2009 16:21. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 1 comentario.


Un Barroco de cine

     Que aparezca una versión cinematográfica del Quijote no es un hecho precisamente novedoso ─algún día haré un repaso de todas las adaptaciones que se han hecho─, pero si además añado que el director de este proyecto es Terry Gilliam la cosa cambia. Para los que amamos a Gilliam esta película es un viejo sueño hecho realidad, y para el propio Gilliam es un ajuste de cuentas con el pasado. Casi diez años han pasado desde que Gilliam intentara convertir la novela de Cervantes en una original adaptación titulada The man who killed Don Quixote (El hombre que mató a don Quijote), un rodaje que duró seis días y que fue cancelado porque una serie de desgracias encadenadas hizo imposible llegar al séptimo día ─falta de ensayo de los actores, reducción del presupuesto, inundaciones, hernia discal en el entonces protagonista, error en la elección de las localizaciones─. Como resultado del infructuoso rodaje Keith Fulton y Louis Pepe filmaron el documental Lost in La Mancha. Ahora, después de tantos años, Gilliam retoma el proyecto con una adaptación a su estilo, bastante libre y con la intención de conectar con el público actual.

 

     El otro gran protagonista cinematográfico es Lope de Vega. Una película titulada Lope y dirigida por Andrucha Waddington ─con Alberto Amann como Lope, Pilar López de Ayala como Elena Osorio y Leonor Watling como Isabel de Urbina─ dará vida a un joven que todavía no se ha convertido en el gran Lope de Vega, el autor de comedias más conocido de España. Se trata de una recreación del periodo menos conocido de Lope, «un relato de amor y aventuras », según la productora. Esperemos que el resultado no sea un bodrio a la altura de Miguel y William ─película basada en un hipotético encuentro entre Cervantes y Shakespeare─

 

     La intensa vida de Lope de Vega podrá completarse también por el final, es decir, desde su vejez. Parece ser que Vicente Aranda podría realizar también una película sobre Lope ─entre los protagonistas se baraja a José Luis Gómez o a Imanol Arias─, pero esta vez centrada en su última etapa, en el Lope sacerdote.

 

     Lo cierto es que la vida de Lope de Vega da para muchas películas, y ya era hora de que por fin alguien haya decidido sacarle el jugo. Queda pendiente una película, que también podría dar mucho juego, sobre el enfrentamiento entre Quevedo y Góngora. De momento habrá que conformarse con la fugaz, pero bien caracterizado por Juan Echanove, aparición de Quevedo en Alatriste y la simple alusión a su enfrentamiento con Góngora.

Miércoles, 03 de Junio de 2009 19:42. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 2 comentarios.


Un Dalí “Sin límites

     Lo anunciaba allá por octubre del 2007 y ahora la retomo con la satisfacción de verse cumplida la noticia después de tanto tiempo a la espera. De todos los proyectos fílmicos que se anunciaban sobre la figura de Salvador Dalí el primero que verá la luz será Sin límitesLittle Ashes─, dirigida por Paul Morrison y protagonizada por Robert Pattison en el papel de Dalí, Javier Beltrán en el de Lorca y Matthew McNulty como Buñuel. La polémica está servida, ya que además de desarrollar la amistad y la colaboración entre los tres artistas, la película tratará sin rodeos la relación amorosa entre Lorca y Dalí. Su estreno, el día 8 de mayo. Aprovecho para recomendar encarecidamente que echen un vistazo a la página web de la película, no tiene desperdicio.

Miércoles, 29 de Abril de 2009 16:56. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 2 comentarios.


Cuando un niño no lee...

     A través de La maldición de Sísifo descubro este entrañable anuncio que sirve como magnífico acicate en el fomento de la lectura de los más pequeños. Y es que cuando un niño no lee, la imaginación desaparece…

Domingo, 25 de Enero de 2009 21:55. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 1 comentario.


Mediometraje Fray Juan de la Cruz

     Hace unos días, al hablar de Picasso, me refería a esos casos de discordancias entre la obra y el autor, cuando la vida o el carácter del creador no se corresponden exactamente con su creación o con las sensaciones que genera. Otro caso bastante curioso en este sentido, muy distinto al de Picasso, es San Juan de la Cruz. Su vida y su obra va aparentemente por caminos distintos: en su poesía se experimenta el goce de los sentidos, el triunfo del erotismo amoroso ─consciente o no─, mientras que su vida fue un absoluto abandono del mundo, una absoluta entrega a Dios y un menosprecio hacia su persona. Para profundizar en la vida de San Juan de la Cruz, que no tiene nada que envidiar de los mejores guiones hollywoodienses, y una mayor comprensión de su obra a través de las circunstancias en que fue escrita recomiendo la estimulante biografía escrita por Gerald Brenan sobre el místico y titulada San Juan de la Cruz.

 

     Precisamente el mediometraje Fray Juan de la Cruz, que encontré hace algún tiempo, me parece un magnífico documento porque transmite esa mezcla de melancolía y belleza, la crudeza de los momentos más duros acompañada de una paz desbordante, sustentada principalmente en una música cuidada, en el recitado de sus poemas y en una imagen y fotografía espléndida. El resultado, un film de poco más de 35 minutos de duración, es una auténtica joya que tiene detrás un complicado y largo proceso de creación ─sobre todo en cuanto a la iluminación debido a ciertas localizaciones─, como da buena cuenta de ello el making off que también existe.

 

     Fray Juan de la Cruz se construye a través de un flash-back, partiendo inicialmente del momento final en la vida del religioso. En esos postreros instantes los momentos más significativos de la vida de fray Juan de la Cruz pasan ante sus ojos. El poeta se encuentra sumido en una especie de trance alucinatorio, en el que finalmente se materializa Santa Teresa de Jesús. Precisamente, uno de los momentos más emotivos se corresponde al consuelo que Teresa prodiga a fray Juan en su lecho de muerte.

 

    Quien busque una información certera sobre la vida de San Juan de la Cruz no la encontrará en este mediometraje. Los acontecimientos se mezclan, confunden, ordenan de forma estética, para producir un determinado efecto. Por supuesto que aparece el proceso en el que los carmelitas calzados tomaron preso a fray Juan debido a su condición de calzado, los constantes suplicios y castigos físicos y psicológicos a los que fue sometido, las amonestaciones contra su abandono de los seglares o su entrega absoluta a la vida meditativa o el momento de su encarcelamiento en Toledo. Pero en cambio, el modo en que se produce su huida de la prisión no es exactamente fiel a la realidad, ya que él no salió por la puerta, sino que, al estar en un piso más elevado, construyó una cuerda con mantas y se deslizó desde una ventana hasta el suelo. Sin embargo, sí hay un detalle simbólico que se corresponde con lo ocurrido realmente: en el film fray Juan recita el Cántico espiritual al salir de la prisión, y es cierto que él escribió algunas estrofas de este bello poema durante su encarcelamiento. La poesía desempeña un papel fundamental, y en algunas ocasiones se convierte en la auténtica protagonista del relato.

 

     Sin más, espero que les guste y que perdonen que ponga el vídeo fragmentado en cuatro partes, pero así es como lo encontrado.





Jueves, 07 de Febrero de 2008 19:59. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 1 comentario.


Dalí cinematográfico

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     Parece que cuando un determinado tema se pone de moda en el mundo cinematográfico se produce una avalancha de películas que abordan una misma historia desde distintas perspectivas. En este caso la historia hará las delicias, o levantará las iras, de los aficionados al surrealismo daliniano. Si hace unos días comentaba la existencia de un corto titulado The death of Salvador Dalí, cuyo argumento es el hipotético encuentro ─según versión del propio Dalí─ entre el pintor y el famoso psicoanalista Sigmund Freud, en esta ocasión voy a hacer mención a varios proyectos de películas sobre la vida del genial artista megalomaníaco.

 

     Dejando a un lado 4X100 de György Dobray, hace algunos meses el Times anunciaba el rodaje simultáneo de tres películas sobre Salvador Dalí: Goodbye Dalí, producida por David Permut con Peter O´Toole como protagonista; Dalí, dirigida por Philippe Mora y quizá Johnny Depp en el papel del pintor; y Dalí & I: The Surreal Store, dirigida por Andrew Niccol y Al Pacino dando vida a Dalí. De éste último, que es del que se tienen más datos, porque está basado en el libro homónimo de Stan Lauryssens, se sabe que abarcará un periodo de tiempo comprendido entre los años 60 y los 80 y se centrará en la relación entre el artista y un joven marchante de arte.

 

     Otra de las películas correría a cargo de Simon West con Antonio Banderas como Salvador Dalí. Se ciñe a la historia real huyendo del tono documental, y se centra en la relación amorosa entre Dalí y Gala, aunque con pequeñas licencias que dan al conjunto un leve toque surrealista. Sobre ella ha declarado el director «será una película de fantasía para adultos, como El laberinto del fauno pero sin la violencia o la oscuridad. Será la película que hubiese hecho Dalí, tiene toques surrealistas, incluida una escena musical dentro de un cuadro en la que canta Buñuel».

 

     Por último, posiblemente la más controvertida de todas es Little Ashes, dirigida por el británico Paul Morrison, pues trata de forma directa la relación amorosa entre Federico García Lorca y Salvador Dalí, interpretados por Javier Beltrán y Robert Pattinson respectivamente. La acción se ambienta en los años 20 y parte de la amistad que se forjó en la Residencia de estudiantes entre ambos artistas y el cineasta Luis Buñuel, interpretado por Matthew McNulty. Quizá la más interesante de todas.

 

     Después de ver semejante lista de proyectos lo que realmente me apena es pensar que sean producciones extranjeras ─salvo la última, que es una coproducción con España─ las que profundicen en la figura de uno de los artistas españoles más internacionales. Es inevitable pensar que la dichosa ley del cine es como ponerle una tirita a alguien que se desangra. Mucho tenemos que aprender del cine extranjero. Seamos humildes y reconozcamos nuestros errores.

Martes, 30 de Octubre de 2007 20:07. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux No hay comentarios. Comentar.


The death of Salvador Dalí, de Delaney Bishop

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The death of Salvador Dalí, de Delaney Bishop

     En 1938 se produce en Londres el encuentro entre Sigmund Freud y Salvador Dalí, a instancias de Stefan Zweig y del pintor catalán Edward James. La conversación fue escasa y aún podría decirse que decepcionante. Con todo, el pintor surrealista dejó una impresión admirable en Freud, que era consciente de las dificultades de estudiar los procesos psicológicos en relación con la génesis artística. Con estas breves palabras describe Dalí el encuentro:

       «Contrariamente a mis esperanzas, hablamos poco, pero nos devorábamos mutuamente con la vista. Freud sabía poco de mi, fuera de mi pintura, que admiraba, pero de pronto sentí el antojo de aparecer a sus ojos como una especie de dandi del “intelectualismo universal”.      Supe más adelante que el efecto producido fue exactamente lo contrario.      Antes de partir quería darle una revista donde figuraba un articulo mío sobre la paranoia. Abrí, pues, la revista, en la página de mi texto y le rogué que lo leyera así tenía tiempo para ello. Freud continuó mirándome fijamente sin prestar atención a mi revista. Tratando de interesarle, le expliqué que no se trataba de una diversión surrealista, sino que era realmente un artículo ambiciosamente científico y repetí el título, señalándolo al mismo tiempo con el dedo. Ante su imperturbable indiferencia, mi voz se hizo involuntariamente más aguda y más insistente. Entonces, sin dejar de mirarme con un fijeza en que parecía convergir su ser entero, Freud exclamó, dirigiéndose a Stefan Zweig: “Nunca vi ejemplo más completo de español ¡Qué fanático!”».

     Con anterioridad a este encuentro, Dalí había tratado de visitar al psicoanalista en tres ocasiones en su casa de Viena, invariablemente frustradas porque Freud se encontraba ausente en todas ellas. Sin embargo, otros encuentros, nocturnos y brillantes, se llevaban a cabo en algún lugar un punto más apartado de la realidad. De esta forma tan divertida lo describe Dalí:

       «Mis tres viajes a Viena fueron exactamente como tres gotas de agua, faltas de reflejos que las hicieran brillar. En cada uno de estos viajes hice exactamente lo mismo por la mañana, iba a ver el Vermeer de la colección Czernin, y por la tarde, no iba a visitar a Freud, porque invariablemente me decían que estaba fuera de la ciudad por motivos de salud.      Recuerdo con dulce melancolía haber pasado esas tardes vagando al azar por las calles de la antigua capital de Austria... Al anochecer mantenía largas y cabales conversaciones imaginarias con Freud; hasta me acompaño una vez y permaneció conmigo la noche entera pegado a las cortinas de mi habitación del Hotel Sacher».

     Y en este punto es precisamente donde se sitúa el relato visionario The death of Salvador Dalí escrito y dirigido por Delaney Bishop. Se parte de una hipotética situación, no demasiado descabellada por otra parte: Dalí pide al doctor Freíd que invierta el proceso del psicoanálisis en su persona para ayudarle a encontrar la locura definitiva, para que su genialidad surrealista no expire en un hálito de mediocre normalidad. Así se configura una fantasía demencial por la que van desfilando personalidades estrechamente relacionadas con Salvador Dalí: Gala, André Breton, Paul Eluard y Luis Buñuel. Lamento no poder ofrecerles una versión subtitulada ─porque las voces originales resultan imprescindibles─, pero no creo que tengan una excesiva dificultad para entender y seguir el hilo del diálogo. También me disculpo por la calidad pésima de la imagen.

 



El corto está plagado de guiños a situaciones reales. Por ejemplo, el retrato de Freud que dibuja Dalí y que según Zweig prefirieron no mostrar al doctor porque «presagiaba de una manera clara su inminente muerte»; o simplemente el delicioso y encantador baile con que se abre y cierra la película, que para mí es uno de los grandes momentos. Aquí rescato un vídeo en el que se muestran las cualidades de bailarín del auténtico Dalí, y desde luego no le va a la zaga al fabulado Dalí.


Domingo, 21 de Octubre de 2007 12:34. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 1 comentario.


Casa tomada, de Julio Cortázar

     En una antología de los cuentos que considero de lectura y relectura imprescindible «Casa tomada» de Julio Cortázar tiene un lugar privilegiado. Este sorprendente relato que comienza con estilo realista y acaba cayendo en los abismos fantásticos del mundo cortaziano fue concebido a partir de una desagradable pesadilla nocturna. Lo onírico está, entonces, en la matriz de la narración. El propio Cortázar lo confiesa: «Casa tomada fue una pesadilla. Yo soñé Casa tomada. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo».

 

     Verter en imágenes un texto de semejantes características, como pasa con muchos cuentos del autor argentino, no podía ser menos que una proeza magistral. El ente inquietante y misterioso, auténtico protagonista del cuento, debía quedar lo suficientemente definido como para que la historia no perdiera eficacia, al mismo tiempo que no pasara más allá de la mera sugerencia. Es difícil narrar en imágenes algo que sólo tiene cabida en las palabras.

 

     Hace unos días me he encontrado por casualidad con esta versión del cuento de Cortázar. Sé que hay muchas versiones, casi todas de pésima calidad, pero en este caso los autores han resuelto con mucha destreza la plasmación en imágenes del ente sin perder la tensión narrativa y sin que decaiga el ambiente y perturbador del relato.

 

     Disfruten del vídeo.



Viernes, 05 de Octubre de 2007 18:43. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux No hay comentarios. Comentar.


Mi querido cine mudo: Metrópolis de Fritz Lang

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Metrópolis

     Fritz Lang nace en Viena en el año 1890 y después de estudiar pintura y arquitectura, trabaja, al igual que Murnau, en la compañía del famoso Max Reinhardt. Desde 1917 trabaja en la industria cinematográfica como guionista y va realizando pequeños films de menor calidad en las que Lang va tanteando en las bases de lo que será su lenguaje cinematográfico característico. Así es el caso de El mestizo, Hakakiri, o Las arañas. El éxito le llega sobre todo a partir de 1922 con el rodaje de Dr. Mabuse, el jugador, que popularizaría los malvados característicos de Lang, con claras referencias a El gabinete del doctor Caligari. Tal sería el éxito del Mabuse, que Lang llegaría a hacer dos versiones más de esta película, una a comienzos del cine sonoro y otra al final de su carrera –se puede decir que la carrera de Lang comenzó con Mabuse y acabó con Mabuse–. Este tipo de personaje, carente de escrúpulos y de sentido ético, que aparecerían en algunas de sus grandes producciones: M, el vampiro de Dusseldorff y Metrópolis.

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Fritz Lang

     Al año siguiente, en 1923, Frizt Lang realiza la que probablemente será la mayor de sus obras maestras: Los nibelungos. Lang dividió este largo y grandioso film, para el que contó con un presupuesto bastante desahogado, al igual que en Metrópolis, en dos partes. La primera, titulada La muerte de Sigfrido, aparece en 1923, mientras que la segunda, La venganza de Krimilda aparece al año siguiente. Lo que muestran Los nibelungos es el talento de un director que supo dar el ritmo adecuado a la acción, demorándose o alcanzando un ritmo vertiginoso, dependiendo de lo que las imágenes quieren expresar. Probablemente nadie, excepto Richard Wagner con su Siegfried y su Parsifal, haya conseguido reflejar con la misma intensidad el espíritu germánico. A pesar de que Los nibelungos estaba llamada a ser el orgullo alemán, Lang no sólo no era simpatizante del partido nazi, sino que además tenía antecedentes judíos. De hecho, ya tuvo problemas con M, el vampiro de Dusseldorff, ya que en un primer momento pensó titularla Los asesinos están entre nosotros, pero el ejército nazi no se lo permitió porque se sentía aludido.

     Hasta tal punto llegaron sus desavenencias con el gobierno nazi, que dos años después de rodar M, el vampiro de Dusseldorff, en 1933, decide rechazar la propuesta de Goebbels de hacerse cargo como director de los estudios alemanes y huye a Francia, donde rueda Lilion, y posteriormente a los Estados Unidos. Esta huida producirá la ruptura entre Frizt Lang y su esposa y colaboradora Thea Von Harbou, que sí estaba a favor del nacionalsocialismo. En Estados Unidos Lang rueda más de la mitad de su obra, ya sonoras, haciendo incursiones en distintos géneros, en western, aventura, de espías, bélico, serie negra –que daría como espléndido fruto Los sobornados–. Se suele decir que la etapa americana de Lang no está a la altura de su anterior producción, porque el modo de trabajo en Hollywood es muy diferente: los directores tienen menos libertad y se ven obligados a trabajar mucho más rápido y a conseguir las mayores ganancias posibles. Pero esto ya es otra historia.

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En el rodaje, con 40000 extras

     Todavía en Alemania, en 1926 Lang rueda Metrópolis, una obra colosal, la más cara realizada por los estudios U.F.A. con más de cinco millones de marcos de la época, que utilizaría unos 750 actores de reparto, unos 40.000 extras, durante dos años de rodaje, para concluir en un film que daría inicio al cine de ciencia-ficción –sin contar con las incursiones de George Méliès– y revolucionaría por completo el cine en cuanto al uso sorprendente de efectos especiales. Lang realizaba el guión con la colaboración de Thea Von Harbou. Posteriormente ella realizaría una novela homónima y él el fabuloso film. Si bien en un primer momento la película fue un fracaso de taquilla –lo que supuso la ruina parcial de la U.F.A.– y de crítica: sólo basta recordar que el mismísimo H.G. Wells, padre de la ciencia-ficción, dijo de ella que era tonta, y que Buñuel dijo que parecían «dos películas pegadas a la fuerza». Incluso Lang no estaba demasiado convencido con el resultado que había conseguido. Con el tiempo, y gracias a la reconstrucción del film que hizo el músico Giorgo Moroder en 1984 y sin la cual Metrópolis se habría perdido o no nos habría llegado tal y como nos ha llegado, se ha convertido en una auténtica película de culto y un icono del siglo XX.

     La acción transcurre aproximadamente alrededor del año 2000, en una sociedad utópica gobernada por el orden, la limpieza y la tecnología. Ese mundo está habitado por gentes de una clase social pudiente, que llevan una existencia alegre, tranquila y pacífica, sin ningún tipo de preocupaciones. Pero para que ese mundo exista, es necesario que bajo tierra haya miles de obreros condenados a trabajar noche y día, en condiciones de esclavitud, al servicio de las máquinas. En el fondo de la aparente perfección existe el drama de dos clases sociales completamente opuestas: una de ellas dedicada al descanso y la diversión, otra explotada, miserable y dedicada por completo al trabajo.

     Freder es un joven que vive en la superficie, hijo del acaudalado gobernador Johhan Frederman. Freder, al igual que su familia o amigos, vive libre de preocupaciones, hasta que un día se encuentra con una joven desconocida de aspecto desaliñado. Freder decide seguirla, y así llega al subsuelo, un mundo infernal con referencias dantescas, donde los hombres están alienados, porque no son dueños de sí mismos, sino que están al servicio de su trabajo y de las máquinas, que se asemejan a artefactos de tortura. En ese mundo infernal la joven, llamada María, aparece como una especie de profeta que alienta a los obreros anunciando la llegada de un Salvador que dará fin a la penosa situación en la que se encuentran sometidos. Freder, que observa extasiado el discurso de María, la conoce y se enamora de ella.

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Freder en el subsuelo

     Pero alguien más les está vigilando desde las sombras. Se trata de el malvado científico Rottwang, que, al igual que otros personajes de Lang, como el Dr. Mabuse, carece por completo de escrúpulos. Rottwang, que trabaja para Frederman, lleva algún tiempo intentando diseñar un androide, una máquina que tenga todas las ventajas de un ser humano, pero que sea absolutamente fiel y que trabaje de forma incansable. Rottwang, que conoce la importante labor de María entre los obreros, decide raptarla y suplantarla por el primer androide que ha conseguido crear. Este androide, llamado Futura, es completamente idéntico a María, aunque en un primer momento está bajo el control de Rottwang. Pero tal vez porque Rottwang había cometido algún error o porque su trabajo era demasiado perfecto, Futura se rebela contra su creador y decide actuar con libre albedrío. De esta manera, Futura hostiga a los obreros, utilizando la influencia de María, para que se rebelen contra los moradores de la superficie. No quedan claras cuáles son las intenciones de Futura, pero posiblemente intenta que se produzca el choque frontal entre las dos clases sociales y como resultado la raza humana quede destruida. Esto es lo que consigue parcialmente, desencadenando una situación apocalíptica, que destruye parcialmente la superficie e inunda el mundo subterráneo. Finalmente, cuando los obreros deciden acabar con María, se descubre el engaño de Futura y Frederman, ante la visión del desastre ocurrido a causa de su ambición, decide cambiar de actitud y sellar una alianza entre obreros y empresarios. La profecía de María se ha cumplido y Freder se muestra como el Elegido para acabar con la situación de esclavitud.

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El proletariado de Metrópolis alienado

     Metrópolis plantea la confrontación entre clases sociales a través de una crítica al capitalismo y a sus consecuencias alienantes. La situación que se plantea, llevada a los extremos, será repetida posteriormente hasta la saciedad por el cine de ciencia-ficción con tintes políticos. La situación de cruel injusticia derivará irremediablemente en un intento de revolución que tendrá consecuencias nefastas. Tal y como lo plantea Lang, la revolución del proletariado no es la solución para acabar con las injusticias, sino llevará peligrosamente a unos y a otros a una situación próxima a la destrucción total. Lang consigue resolver el conflicto de la forma menos adecuada, mediante la inclusión del amor. Este final demasiado idealizado se ha granjeado no pocos desprecios por parte de la crítica, porque supone un desenlace pueril para un conflicto tremendamente complejo. No es posible pensar que el hecho de que empresarios y obreros sellen una alianza mediante un simbólico apretón de manos al final de la película aporte soluciones a largo plazo. Si el planteamiento social y político de Metrópolis era de gran calado, la solución que aporta Lang no consigue estar a la altura de las expectativas. Sin embargo, otra cosa no puede esperarse de la Alemania de 1926 –y ya bastante mérito tiene plantear el problema–.

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Un claro antecedente de Tiempos modernos.

     El otro gran tema que trata el film es la amenaza que puede suponer la tecnología en un futuro utópico, al igual que el Tiempos modernos de Charles Chaplin. En el peligro de las utopías futuristas, con crítica política incluida, profundizarían posteriormente tres autores con tres obras consagradas en clásicos que popularizarían el tema: Aldous Huxley con Un mundo feliz (1932), George Orwell con 1984 (1949) y Ray Bradbury con Farenheit 451 (1953) –además de obras del propio Wells, como por ejemplo en un libro que posteriormente se convertirá en un célebre film: La vida futura–. Todos ellos estaban prefigurados en Metrópolis, y de alguna manera bebieron del film alemán. En ese futuro utópico las máquinas están al servicio del ser humano, pero al mismo tiempo, los humanos son esclavos de las máquinas y trabajan para ellas. El subsuelo es un símbolo del infierno, como una cárcel piranesiana, llena de peligrosos artefactos, en la que el propio Freder se ve atrapado. Sin embargo, la aparente armonía se rompe cuando las máquinas se rebelan contra aquellos que las crearon y tratan de buscar su perdición. Cuando el científico Rottwang construye el androide Futura, dotándole de inteligencia artificial, en realidad está jugando a ser Dios. Como resultado de este soberbio e imprudente acto la tecnología toma conciencia de sí misma y pretende destruir a sus competidores humanos. El mensaje que lanza Lang en este sentido tiene unas implicaciones éticas muy claras: hay que tener cuidado con el desarrollo tecnológico.

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Rottwang con la androide Futura

     No cuesta demasiado comprender el porqué del mensaje de Lang si se atiende al contexto histórico. Estamos en 1926, en el período de entreguerras, la sociedad occidental ha perdido la fe en sí misma y en el desarrollo tecnológico, como bien constata uno de los libros más leídos de la época, La decadencia de Occidente de Spengler. Inmerso por completo en esta crisis occidental se haya el expresionismo alemán, que muestra al espectador las lacras y deformidades de una sociedad decadente que podría aspirar a ser mejor. También así se puede comprender la crítica de un Huxley, un Orwell o un Bradbury, a la luz de la Segunda Guerra Mundial, que no hizo sino acrecentar la sensación de decadencia y de crisis.

     Metrópolis trata además de forma paralela y ambigua el tema religioso. No hay planteamientos claros, pero María ejerce la función de profeta y Freder la del elegido, una especie del Mesías libertador. Finalmente la profecía parece cumplirse, por lo que el Destino –o la Providencia– se muestra como un camino inexorable del que no se puede escapar. Pero en Metrópolis, como en las obras más grandiosas de la literatura universal que hablan del destino –Edipo rey de Sófocles y Macbeth de Shakespeare– el Destino sigue extraños y enrevesados caminos, no comprensibles al entendimiento humano. Parece que, para que una nueva ciudad más justa y libre pudiera ser levantada, era necesario arrasar los cimientos de la antigua ciudad.

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María, la profeta

     La estética del film es deudora absoluto del expresionismo alemán que se iniciara en 1919 con El gabinete del doctor Caligari. Metrópolis cumple con la mayor parte de las características del expresionismo alemán, ya sea por los rostros excesivamente maquillados e iluminados de sus personajes, por la hiperbólica caracterización, por la utilización de decorados fantásticos y fantasiosos, por los espacios opresivos y agobiantes, por la inclusión de elementos irracionales y proféticos y por la constante utilización de contraposiciones. Toda Metrópolis se estructura siguiendo parejas de elementos opuestos: el obrero y el empresario, el trabajo y el descanso, la superficie y el subsuelo, la tecnología y el ser humano, María y Futura, el bien y el mal, Freder y Rottwang, la revolución y el diálogo. Pero como ocurre en muchas de las películas del expresionismo alemán, así en Nosferatu, la oposición no es completamente maniqueísta, sino que existe una cierta ambigüedad, representada en el arrepentimiento de Frederman. El espacio, que es todo un prodigio, consigue agobiar al espectador, ya sea en los interiores oscuros y llenos de artefactos mecánicos como en los exteriores llenos de grandes y fríos edificios, con sus formas geométricas y deshumanizadas –las miniaturas son obra de Eugene Shuftan, siguiendo un proceso que posteriormente se exportaría a Estados Unidos–. El efecto que se consigue tanto en exteriores como en interiores es similar, consiguiendo dotar al film de un aire artificial e irreal que era precisamente lo que el expresionismo buscaba con ese tipo de decorados.

     En un primer momento Metrópolis fue concebido como un film de 205 minutos, pero debido a los avatares por los que tuvo que pasar, como muchas de las películas de la época y a los recortes posteriores al estreno –y como también ocurre con Nosferatu– se pierde aproximadamente un cuarto del metraje. La calidad de las copias que sobrevivieron, una vez más al igual que Nosferatu, era muy irregular. En 1984 el músico Giorgio Moroder recopiló todo el material existente, incluyendo todas las copias y fotografías de escenas perdidas, e hizo una nueva versión del film, salvándolo así, posiblemente, del olvido en el que habría caído. La versión restaurada de Moroder, que no incluía el metraje completo de la película a pesar de ser la versión más extensa conocida hasta el momento, se convirtió de inmediato en fuente de polémicas. Moroder se tomó algunas libertades a la hora de hacer su versión que molestaron profundamente a los admiradores de Frizt Lang y del cine mudo. Moroder decidió para su restauración tintar las imágenes de Metrópolis con diferentes colores, dependiendo del lugar donde se desarrollara la acción, ya fuera en la superficie o en el subsuelo. Mediante el virado Moroder conseguía un efecto similar al de algunas de las versiones de Nosferatu. Al mismo tiempo, Moroder encargó la realización de una banda sonora a Pete Bellote, que compuso temas interpretados por artistas rockeros de los años ochenta, como por ejemplo Freddie Mercury; y añadió efectos de sonidos. Lo cierto es que la música desentona con las imágenes, algo que también ocurría con algunas de las versiones de Nosferatu. Esto fue lo que hizo que muchos críticos entraran en cólera y rechazaran la restauración de Moroder, a la que sin embargo, debemos el hecho de que el film se haya conservado hasta nuestros días.

     En el año 2001 una buena parte del metraje perdido y la partitura original de Gottfried Huppertz fueron encontrados por fin. La restauración definitiva era inminente; y ese mismo año corría a cuenta de la Kino Internacional, para celebrar sus 25 años. Kino, en colaboración con la fundación Murnau, restauraron digitalmente el film, gracias al trabajo de la compañía Alpha y Omega. Fue el gran evento cinematográfico del año, exhibida a través de cines, museos y teatros por todo Estados Unidos, porque ahora todos los cinéfilos del mundo podían disfrutar de la que es, sin duda, la versión más fiel al original, incluyendo la música original, y a las intenciones de Lang. Esta versión no contiene desde luego el metraje completo, pero no faltan críticos que advierten que un exceso de metraje puede hacer que el film se haga demasiado lento y pesado, y que tal y como está ahora ya está perfecto.

     La influencia de Metrópolis en el cine posterior de ciencia-ficción es un tema tan complejo que merecería un capítulo aparte. El film fue un auténtico pionero en cuanto al uso de efectos especiales teniendo en cuenta la época en que fue rodada. Abordaría por primera vez en el cine el tema apocalíptico y daría una imagen del futuro que es la que perdurará ya para siempre en las mentes de todos: un futuro brillante y al mismo tiempo oscuro, frío, mecanizado, la megalópolis presidida por el orden, por los altos rascacielos de formas geométricas y línea limpia. Y sin embargo, le resultó imposible a Lang deshacerse de la estética de los años veinte y treinta, que está presente en la película y que hace que sea aún más interesante. Esta es la imagen del futuro que posteriormente adoptará el cine. La primera gran deudora de Metrópolis es Blade Runner de Ridley Scott, que es un auténtico homenaje a la obra de Lang. También se puede rastrear las influencias en otros films más recientes, como El quinto elemento (1997) de Luc Besson o Minority Report (2002) de Steven Spielberg. Pero más sorprendentes son las similitudes con uno de los films más importantes de la última decada: Matrix. Esta ficción basada en un futuro controlado por las máquinas debe no poco a su predecesora Metrópolis. El tema de la creación de inteligencia artificial, de la tecnología que se revela contra sus creadores y tratan de destruirlos, o simplemente la existencia de una profecía, de un Elegido, y de una alianza final resultarán sin duda familiares para todos aquellos que conozcan Matrix.

     Metrópolis se convierte, por tanto, en una película de culto no porque sea una película vieja rodada en 1926, sino porque su estética y las ideas que explora van a marcar de forma definitiva la estética de todo el género de ciencia-ficción. Aunque Metrópolis, como ya se ha indicado, no es simplemente una película de ciencia-ficción, ya que trata importantes cuestiones sociales, políticas, éticas y tecnológicas, que si bien no se resuelven convincentemente, tienen el indudable mérito de ser planteadas.

Sábado, 13 de Mayo de 2006 19:15. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 30 comentarios.


Mi querido cine mudo: El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene

La piedra de Sísifo


El gabinete del doctor Caligari


A pesar de ser El gabinete del doctor Caligari un filme que abrió caminos, que marcó un hito en la historia del cine y que dio comienzo a uno de los periodos cinematográficos más interesantes que han existido, el nombre de su director, Robert Wiene, ha pasado sin pena ni gloria a la historia del cine. Aparte de El gabinete del doctor Caligari, y excepcionalmente de Las manos de Orlac de 1924 –Orlacs Hände–, es relativamente difícil acceder al resto de la filmografía del director alemán nacido en Sachsen en 1880. Y es que a diferencia de los grandes Murnau o Lang, Wiene es el típico director de una sola película, y todo lo que filmó posteriormente no podía estar a la altura de su gran obra maestra. De todos modos, la historia del cine debería ser más condescendiente con uno de los principales fundadores del expresionismo alemán, además de Paul Wegener, y tener en cuenta el resto de su filmografía.

Hay que tener en cuenta además, que el guión de El gabinete del doctor Caligari había pasado durante un tiempo por las manos de Lang, pero finalmente renunció a dirigirlo porque estaba inmerso en el rodaje de la segunda parte del serial Las arañas, y los productores Erich Pommer y Rudof Meinert decidieron recurrir a un director novato y no muy conocido, que venía del mundo del teatro, e hijo del actor Carl Wiene. La intervención de Robert Wiene, que no dudó en manipular el guión original, fue decisiva para convertir El gabinete del doctor Caligari en la gran obra maestra que es, aunque en su época fracasó de forma estrepitosa entre el público alemán, para ser recibida con gran éxito posteriormente en París y Nueva York.

Cuenta Kracauer que El gabinete del doctor Caligari está basado en hechos reales: Hans Hanowitz, guionista checo, se basó en un famoso crimen cometido por un psicópata en la ciudad de Hamburgo. Hanowitz, con la ayuda de Carl Mayer, un joven guionista que también aportó importantes elementos a la trama gracias al recuerdo de un examen psiquiátrico por el que tuvo que pasar durante la guerra. La ideal inicial de Hanowitz y de Mayer era clara: consistía en hacer una hermética alegoría política del momento por el que estaba atravesando Alemania. No hay que olvidar que el momento histórico por el que atraviesa la nación germánica, la república de Weimar, y un periodo económico difícil después de la Primera Guerra Mundial, que propiciará el inevitable ascenso al poder del partido Nacional Socialista, fundado poco tiempo después –precisamente es la misma preocupación que trató de expresar Lang en M, el vampiro de Dusseldorff, film que fue censurado por las autoridades nazis–. El propósito de Hanowitz y Mayer era comprensible, pero se mostraba de forma tan velada que se hacía difícilmente interpretable. Según ambos guionistas el doctor Caligari –toman el nombre del protagonista de Las cartas desconocidas de Stendall– debía simbolizar al gobierno y el sonámbulo Césare al pueblo, de forma que el gobierno, oculto tras una fachada benigna, se dedicara a engañar y a utilizar al pueblo para cometer los crímenes más atroces: la guerra. Los cambios que Wiene introduce en el guión, en la parte inicial y en la parte final, no contentaron demasiado a sus guionistas, pues cambian por completo el sentido alegórico de la obra y consigue darle ese toque maestro que es lo que da sentido y coherencia a la estética expresionista.

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El doctor Caligari dando de comer a su criatura


El film comienza con la conversación de dos hombres en un parque. En ese momento atraviesa la escena una figura espectral de expresión anonadada: la joven Jane –Lil Dagover–. A partir de ese momento, uno de los dos hombres, el más joven, llamado Francis –Frederich Feher–, comenta a su amigo que la joven se trata de su novia y le anuncia que le va a contar la espeluznante historia que él mismo y ella han vivido. Todo comienza en la ciudad de Holstenwall, en el norte de Alemania, cuando una feria ambulante hacia acto de presencia. Un inquietante y desagradable hombre embozado, llamado doctor Caligari –interpretado con gran maestría por Werner Krauss–, acude al ayuntamiento para solicitar el permiso necesario para poder abrir su caseta dentro de la feria. En el ayuntamiento el doctor Caligari recibe el desprecio del funcionario de turno, que al día siguiente aparece asesinado en extrañas circunstancias. (Cualquiera podría pensar que este recurso se debe a una falta de pericia por parte de Wiene, porque al ponerse el relato en boca de Francis, éste no puede narrar hechos en los que no haya participado, a no ser que se los hayan contado, pero todo queda aclarado al final).

Francis, el joven que cuenta la historia, acude a visitar la feria en compañía de su amigo Alan –Hans Hunrich Von Twardowski–. Ambos se quedan perplejos ante el anuncio de una atracción poco común: un hombre llamado Césare –nos deslumbra Conrad Verdt–, que ha pasado toda su vida sonámbulo y que sólo despierta bajo las órdenes de su dueño, el doctor Caligari. En estado de vigilia Césare es capaz de responder a las preguntas del doctor Caligari y de adivinar el futuro. Alan se ofrece voluntario para hacer una demostración práctica y pregunta a Césare cuándo morirá. Éste le anuncia que le queda de vida hasta el amanecer. Después de la sorprendente revelación Francis y Alan deciden volver a sus respectivos hogares. A la mañana siguiente Alan aparece asesinado en circunstancias similares a las del funcionario, corriéndose la voz de la existencia de un asesino en serie. Francis tiene sospechas de que el asesino pudiera ser Césare, y acude a la feria junto con el padre de Jane, que es médico, para inspeccionar al sonámbulo; sin embargo, no encuentran ningún indicio de culpabilidad. Las sospechas de Francis continúan, y se queda vigilando la caravana del doctor Caligari, donde permanece Césare.

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El gabinete del doctor Caligari


Mientras tanto Césare entra en el dormitorio de Jane y la secuestra. Los gritos de ellas alarman a los vecinos, que persiguen a Césare para ayudarla. Acosado por sus perseguidores, Césare decide abandonar a Jane y emprende la huida. Francis no puede dar crédito a la versión de Jane porque estuvo vigilando a Césare en todo momento. Finalmente la policía registra la caravana del doctor Caligari y descubre que en el féretro de Césare sólo hay un muñeco. Caligari trata de huir, pero Francis lo persigue, hasta que llegan a un hospital psiquiátrico. Allí Francis descubre que Caligari es el director del hospital, y con la ayuda de varios empleados encuentra un viejo libro que habla de un místico del siglo XVIII llamado Caligari, que utilizaba a un sonámbulo Césare para cometer crueles crímenes. El cadáver de Césare es encontrado y llevado frente a Caligari, que cuando lo contempla se derrumba. A continuación le colocan una camisa de fuerza y lo encierran.

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Césare intentando raptar a Jane


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Césare abandonando a Jane


Hasta aquí la historia que Francis cuenta a su amigo. En efecto, una historia espeluznante, pero si se hubiera quedado simplemente en esto, la estética de El gabinete del doctor Caligari simplemente tendría pretensiones formales, y no psicológicas, como en efecto tiene. Si se hubiera quedado en esto habría dejado una vaga impresión de desconcierto y de agobio en el espectador, pero no habría sorprendido, y sobre todo no habría justificado racionalmente el porqué de su estética. La escena final es lo que hace de este film, junto con su estética, que sea una de las grandes obras maestras de la historia del cine. En este punto se descubre que Francis y su compañero han estado conversando en realidad en el patio del manicomio. Francis se levanta y se encuentra en uno de los laterales del patio al sonámbulo Césare, que aparentemente estaba muerto. Posteriormente aparece el director del centro, que es el mismísimo Caligari. Cuando Francis ve a Caligari le da un ataque de locura, y los empleados del centro le colocan una camisa de fuerza y le llevan a la misma celda que había ocupado Caligari en la fantasía de Francis. Todo se descubre: la historia de Francis es, efectivamente, la invención de un loco. La intervención de Wiene sobre el guión inicial es el motivo de este inesperado y sorprendente giro argumental en uno de los recursos que ha sido más hábilmente utilizado en la historia del cine: el final doble.

Antes de pasar a valorar la importancia del final, habría que dar un repaso a los puntos clave de la estética del film, que ya había tenido la oportunidad de comentar brevemente en un artículo anterior sobre el Nosferatu de Murnau. Lo primero que llama la atención del espectador en el film son los extraños decorados. Los decorados se encargaron al experto Hermann Warn, que recurre a su vez a dos amigos pintores llamados Walter Reimann y Walter Böhrig. Fue Reimann, seguidor del movimiento expresionista en pintura, el que propuso realizar los decorados sobre tela siguiendo los presupuestos del expresionismo. El resultado es lo que podemos apreciar en El gabinete del doctor Caligari: los encargados del decorado rechazaron cualquier intención de reflejar de forma mimética la realidad y optaron por una representación irreal, con influencias cubistas, y que recuerdan inevitablemente a Francis Bacon –Hermann Warn pone de relieve la estrecha vinculación entre el film y la pintura–. Huyen en todo momento de la curva, mostrando una clara preferencia por la línea recta, los ángulos puntiagudos, en con una arquitectura por completo asimétrica, como se refleja en edificios, puertas, ventanas, chimeneas, etc. El uso de telas como escenarios propicia además la pérdida de profundidad de campo, dando una mayor sensación de estrechamiento y de irrealidad. Así se consigue crear un ambiente amenazador, extraño, opresivo, oscuro, tenebroso, donde los personajes se convierten en víctimas de sus propias circunstancias y de todo lo que les rodea. Este tipo de escenografía remite en realidad a una época del cine en la que la vinculación con el teatro era muy estrecha, llegando incluso a estructurar el film en actos, y como queda también demostrado en un film, también expresionista, pero algo anterior: El Gólem. Esta vinculación con el mundo del teatro no queda simplemente realzada por los escenarios, sino también por movimientos de cámara, de personajes, encuadres, etc. Algún crítico, sin embargo, siguiendo a Jean Cocteau, ha llegado a decir que el decorado cobra un protagonismo tan relevante que incluso llega a perjudicar al film, porque esto, al acerca la obra a la pintura, se consigue en detrimento de la acción, que es lo característico del lenguaje cinematográfico.

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El escenario aporta un ambiente de pesadilla


Pero como se verá más adelante, estos decorados, y todos los extremos estéticos del film no son gratuitos, sino que cumplen una función ligada íntimamente a la trama. Además de los escenarios que transportan al espectador a un espacio interior, cerrado, donde no penetra el aire, otros elementos contribuyen a construir un ambiente irreal y fantasmagórico. Es lo que ocurre con el magnífico contraste de luces y sombras –empleado con mucha pericia gracias a la utilización de espacios interiores–, de tal forma que la luz cae profusamente en aquellos elementos a los que se pretende dar un mayor toque de irrealidad, y especialmente a los rostros de los personajes. El personaje donde se comprueba más fácilmente esta técnica es Jane, que al comienzo y final del film parece una aparición espectral. También se aplica con gran acierto en el personaje de Césare, al conseguir un llamativo contraste con el color oscuro de sus ropas. Pero el manejo que se hace de la luz hace que ésta sea más que un simple elemento decorativo, ya que no se mantiene constante, sino que se incrementa o rebaja según las circunstancias lo soliciten, resaltando de este modo determinadas acciones o emociones de los personajes.

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Juegos de luces y sombras, como posteriormente en Nosferatu


La luz no es el único elemento que incide sobre los personajes. Hay que resaltar también la profusión de maquillaje de la que éstos hacen gala. El maquillaje es imprescindible para la caracterización de cada personaje, ya que se remarcan las facciones: el doctor Caligari aparece transformado en una especie de monstruo horrible, un ser repugnante, que inspira inmediatamente la desconfianza –se percibe fácilmente el efecto del maquillaje si se compara al final del film con el auténtico director del hospital–; Césare aparece con los ojos hundidos en cuencas de pintura negra y sus pestañas han sido alargadas, consiguiendo dar la sensación de muerto viviente; los rasgos de Jane han sido muy suavizados, para dar una sensación etérea, fantasmal y frágil. El vestuario juega un papel igualmente importante: el doctor Caligari aparece con su rostro semicubierto, Césare con su ropa negra, o Jane con su vestido largo y blanco.

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Impresionante caracterización del doctor Caligari


Pero la caracterización de los personajes no sería completa si no se tuvieran en cuenta las expresiones y los movimientos. Las expresiones ayudan a configuar personajes como el doctor Caligari o Césare. De hecho, la maldad del doctor Caligari se consigue gracias al maquillaje y a sus perversas expresiones; y la frialdad de Césare nos transmite la pasividad de un muerto. Los movimientos de los personajes se vuelven irreales debido a que son demasiado exagerados. No sólo se consigue completar la caracterización, sino que sirve además para crear momentos de un dramatismo desgarrador, fundamentalmente con movimientos lentos y dislocados, como cuando se produce el asesinato de Alan, y sobre todo cuando Césare trata de secuestrar a Jane –se percibe a la perfección en el contraste entre el interior de la habitación y la huida del exterior–. Es este movimiento de los personajes, junto con los decorados, lo que transmite con mayor fuerza la sensación de irrealidad.

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Césare, las expresiones participan de la estética


No es, sin embargo, El gabinete del doctor Caligari la primera película que participa de la estética expresionista. En 1913 Paul Wegener y Stellan Rye filmaron una película titulada El estudiante de Praga, y al año siguiente el mismo Wegener, esta vez junto con Henrik Galeen, rodó El Gólem. De hecho, para muchos críticos de cine estos tres son los únicos filmes que pertenecen por derecho propio al movimiento expresionista en cine. Pero esta visión sería demasiado simplificadora, teniendo en cuenta que el expresionismo no es un movimiento completamente delimitado –algunos llegan a hablar incluso del caligarismo, refiriéndose a las características del film que nos ocupa–, sino que estos tres filmes fueron pioneros, y muchos de los elementos que en ellos son caracterizadores, aparecen posteriormente en otros filmes en mayor o menos medida. No cabe ninguna duda de que muchas de estas características encajan en el Nosferatu de Murnau o en el Metrópolis de Lang. De hecho existe un desconocido film aún más expresionista que El gabinete del doctor Caligari llamado Del amanecer hasta la media noche del director Karl Heinz Martín. Karl Heinz profundiza en los aspectos más puramente expresionistas, en lo referente a decoración, mímica, maquillaje, vestuarios, etc. Esta película encontró una muy escasa distribución en su época, ya que no fue exhibida públicamente, sino sólo en pases privados, y reapareció al cabo de unos cuarenta años en Japón, haciendo las delicias de la crítica, que celebraron semejante hallazgo expresionista, toda una joya para los amantes del género y de la estética.

Pero a pesar de existir otros filmes expresionistas, El gabinete del doctor Caligari es único en su género. Al final sabemos que la historia la está contando alguien que está loco. No es sólo meritorio el recurso del doble final –tan usado en el cine hoy en día–, o el relato especular en el que un loco habla de otro loco con una de las primeras representaciones en abismo del cine, o el doble engaño que hizo célebre al cuento XI del Libro del conde Lucanor de Don Juan Manuel –el personaje engaña a su interlocutor al mismo tiempo que engaña al espectador–, sino que, por encima de todo, al final de la obra la estética de lo deforme, de lo irreal, del sin sentido, la estética expresionista al fin y al cabo, cobra plena coherencia al saber que hemos visto el film desde el punto de vista de un demente. A partir de ese momento podemos comprender por qué domina la obra el miedo, la opresión, el sentimiento de angustia y una sensación amenazadora constante. Pocas veces, a lo largo de la historia del cine, se dará la oportunidad de ofrecer la acción desde un punto de vista tan interesante. Al final del film, cuando el relato del joven Francis ha finalizado, se mantiene la estética expresionista en la realidad, dando a entender que la locura es algo contagioso, algo que puede estar presente en el día a día. Lo que se intenta transmitir es el estado de ánimo de una época histórica decepcionada.

Pero volviendo a Del amanecer hasta la media noche, Heinz había elaborado el film a partir de una obra de teatro del mismo nombre de un autor llamado Georg Kaiser. Es por eso que el film guardaba una estrecha vinculación con el mundo del teatro, utilizando perspectivas, puntos de vista, planos y encuadres heredados directamente de la escena dramática. Esta intensa relación es la que encontramos en los dos trabajos anteriores de Wegener ya mencionados: El estudiante de Praga y El Gólem. Y por supuesto, como no podía ser menos, es la concepción que prima en El gabinete del doctor Caligari, aunque con algunas pequeñas concesiones por parte de Wiener. Hay que pensar que estamos en un momento en el que cine, que había nacido en estrecha colaboración con el teatro o incluso dependiendo de él, todavía no había logrado sentar las bases del arte cinematográfico. Sólo a partir de los filmes del gran coloso David W. Griffith el cine encontraría su propio lenguaje a través del juego de planos, y a partir de Einsenstein se aprendería la importancia del montaje, contribuyendo ambos a la independencia del cine con respecto al teatro.

Pero merece la pena mencionar la utilización en El gabinete del doctor Caligari de algunas técnicas que, si bien no eran originales, sirvieron perfectamente a los intereses del film. Abunda el plano general, recurriendo a primeros planos cuando se quiere resaltar de expresión de algún personaje, sobre todo para conseguir un mayor grado de dramatismo o crear un ambiente más siniestro. Estos primeros planos se consiguen con fundidos a negro de todo lo que rodea el punto sobre el que se quiere llamar la atención, rechazando así la técnica de cerrar el encuadre, se consigue crear una atmósfera opresiva y cerrada. A veces logra ser Wiene sorprendente en el uso de perspectivas. Otra técnica que sabe aprovechar Wiene es la sobreimpresión en pantalla, algo que hereda del viejo Geroge Méliès, pero lo que en el pionero no era más que experimentación y pura intención lúdica, en Wiene sirve para mostrar la locura del personaje, llenando obsesivamente toda la pantalla con el nombre “Caligari". Por último, habría que mencionar el juego temporal que se lleva a cabo, no sólo por la utilización del flashback, sino por la inclusión de tramas paralelas, que no reducen el interés en la acción principal.

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Magistrales fundidos a negro y planos angulados que aprovechará Nosferatu


Es necesario hacer un breve apunte sobre la coloración original. El film fue coloreado con tonos verdes, marrones y azules. La intención de estos colores no es gratuita, sino que sirve para remarcar la delicada frontera entre la cordura y la locura, como por ejemplo en la mezcla que se hace entre el verde y el azul en el manicomio para expresar la delicada situación mental del protagonista, consiguiendo así dar pistas sobre la resolución de la trama.

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Coloración original, con tonos azulados


Como ya se ha dicho, El gabinete del doctor Caligari iba a ser dirigida inicialmente por Frizt Lang. Y es que el sello de Lang está presente de alguna forma a lo largo del film. Influenciado por esta obra, años después, en 1931, realizaría la que será uno de los grandes filmes de Lang: M, el vampiro de Düsseldorf. Ya antes en 1922, había realizado su célebra Doctor Mabuse –tan célebre que realizó dos secuelas posteriores–. Tantos el doctor Mabuse como el protagonista de M, el vampiro de Düsseldorf son personajes que beben directamente del doctor Caligari. Son asesinos sin escrúpulos que muestran la peor cara de la sociedad de la época. Ya se indicó más arriba la relación política existente entre El gabinete del doctor Caligari y M, el vampiro de Düsseldorf. Lang supo iniciar con este film el cine negro –y por lo tanto, El gabinete del doctor Caligari está en los inicios de este género–, pero esa es ya otra historia.

El gabinete del doctor Caligari es por tanto, como piedra angular del movimiento expresionista, una película imprescindible para cualquier amante del cine, no sólo por condensar las características técnicas y estéticas de su género y por ser uno de los filmes más representativos de su época, sino por la genialidad de sus planteamientos, por la delicada línea que traza entre la locura y la cordura, ayudándonos a comprendernos mejor, por desarrollarse en espacios interiores –los del alma–, y a comprender el mundo en el que vivimos, que al fin y al cabo no puede verse más que a través de la mirada personal de cada uno."
Sábado, 17 de Septiembre de 2005 20:31. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 9 comentarios.


Mi querido cine mudo: Nosferatu de Murnau

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Nosferatu de Murnau


El expresionismo es una corriente vanguardista cuyos cimientos se anclan en la estética romántica de lo grotesco del siglo XIX y en el decadentismo, en el que habían participado de alguna manera figuras tan importantes como Oscar Wilde o Gautier. El expresionismo, al igual que ocurre con el impresionismo, no es una corriente de vanguardias perfectamente delimitada, puesto que no cumple todos los requisitos propios de estos cortos movimientos. El expresionismo no tiene manifiesto, y por lo tanto, sus presupuestos no están tan delimitados como en el caso del dadaísmo o del futurismo, de tal forma que es fácil que se produzcan diferentes tipos de expresionismos. A grandes rasgos se puede entender el expresionismo más como un punto de vista ante la vida que como un movimiento artístico.

El expresionismo, al igual que ocurre con otros ismos, como el surrealismo, se manifestó en diferentes tipos de arte, principalmente en la literatura, el cine y la pintura. En todas estas manifestaciones artísticas el expresionismo tiene una serie de rasgos comunes: predilección por lo grotesco, lo absurdo, lo feo, lo anormal, lo sobrehumano e infrahumano, lo oscuro, lo lóbrego, lo tétrico, clima asfixiante y opresivo, juego de luces y sombras, pesimismo vital, etc. El expresionismo alemán es poco conocido: el autor que más destaca sin ser propiamente expresionista es Franz Kafka. En pintura tenemos a uno de los genios más grandes del siglo XX y de toda la Humanidad: Francis Bacon. En cine tenemos entre otros a Robert Weine, Paul Wegener, Henrik Galeen, Frizt Lang, Friedrich Wilhelm Murnau, entre otros.

Todos ellos son autores alemanes. Esto se debe a que el expresionismo, a diferencia del impresionismo, es un movimiento que surge con una fuerte vinculación política, y no meramente como superación técnica, que es lo que ocurre con el impresionismo. El expresionismo alemán se desarrolla en un período comprendido entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda. Es una época nefasta para Europa –baste recordar La decadencia de Occidente de Spengler–, y especialmente para Alemania, que debido a su derrota vive en unas condiciones económicas y sociales precarias. Esta pérdida de fe en la Humanidad y en el progreso se ve además respaldada por autores como Schopenhauer, Kierkegaard y Nieztsche –además de Henry Bergson–. En este contexto se entiende perfectamente que surja un movimiento como el expresionismo, aunque como ya se ha indicado, las raíces son anteriores al siglo XX.

La primera película expresionista es El gabinete del doctor Caligari de Robert Weine en 1919. Al iniciar esta película la vertiente fílmica del movimiento las características que se toman para definirlo se toman básicamente de esta película, que para algunos es incluso la única película del expresionismo. La características son las siguientes: profundos contrastes de luces, personajes hipercaracterizados, con una gran profusión de maquillaje –y luz sobre el rostro– y movimientos exagerados, irreales, poco humanos, composición del encuadre muy pictórica, espacios interiores y opresivos –en ocasiones se sustituyen los decorados reales por pinturas–, introducción del elemento irracional, fantástico, onírico, personajes grotescos o perturbados mentales, criminales, asesinos, y una fuerte presencia de la violencia. Estos son los rasgos que están presentes dentro de todas las obras del expresionismo, aunque no todos y no en la misma medida, como ocurre por ejemplo con Nosferatu, una sinfonía de horror.

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Friedrich Wilhelm Murnau


Murnau nace en 1888 en Bielefeld (Alemania) y estudia Filosofía en la universidad de Berlín e Historia del Arte, Literatura y Música en Heidelberg. Su talento destaca a una edad muy temprana, y el famoso Max Reinhadt, que influyó en todo el expresionismo alemán, le concedió una beca de seis años para estudiar arte dramático en su escuela a partir de 1908. A pesar de las oposiciones familiares Murnau participa en la compañía de Reinhadt hasta que estalla la Primera Guerra Mundial y se alista al ejército como piloto. La primera gran película de Murnau es precisamente Nosferatu de 1922, aunque anteriormente ya había rodado títulos como Satanás, Sechnsucht y El castillo de Vogelöd, entre otras –su primera película es Der Knabe in Blau (El muchacho en azul) de 1919.

La producción de Murnau se divide en dos etapas: la primera de ellas se desarrolla en Alemania y guarda una mayor similitud con el mencionado expresionismo alemán; la segunda tiene lugar en Hollywood, y está caracterizada por una búsqueda de nuevas vías expresivas. Esta segunda etapa comienza con una de las obras maestras más hermosas y grandiosas que ha podido dar el cine: Amanecer de 1928 –a la que por supuesto dedicaré un artículo en su debido momento–. De las veinte películas de Murnau se conservan nueve –su estapa americana completa–. Nosferatu podría haber corrido esa misma suerte y haberse perdido para siempre, pero la suerte quiso que se salvara y que llegara hasta nuestros días. La transmisión de Nosferatu ha sido, sin embargo, una de las más maltratadas y es por eso que encontramos tal cantidad de copias diferentes unas de otras.

Para comprender los motivos de que el film estuviera a punto de desaparecer y que se haya mantenido en un estado pésimo de conversación sólo hay que hacer una breve mención a su sinopsis. La acción se desarrolla en Bremen donde un historiador llamado Johan Cavallius informa en su diario de una epidemia de peste sucedida en 1838 y que arrasó con gran parte de la población. El origen de la peste se encuentra en un extraño ser, un vampiro, llegado desde Transilvania y llamado conde Orlock. Además nos cuenta la relación entre Jonathon Harker y su esposa Nina. Jonathon va a visitar al conde Orlock a los Cárpatos, pese a las advertencias de los lugareños de la zona, para formalizar la compra un de castillo en Bremen. En la morada del conde Orlock comienzan a suceder extraños hechos, hasta que finalmente, Jonathon descubre al conde durmiendo en un ataud y se percata de su naturaleza demoníaca. Jonathon consigue huir, pero queda gravemente herido y recluido en un monasterio. Mientras tanto el conde Orlock se dirige a Bremen en un horrible viaje en barco que acaba con la vida de toda la tripulación. El conde llega a Bremen, pero Jonathon también consigue reunirse con su amada Nina. Sin embargo, una extraña epidemia de peste asola la ciudad. Nina descubre que el causante es el vampiro y decide sacrificar su vida para salvar a sus seres queridos. El conde Orlock se dirige a su encuentro, y finalmente acaba con su vida bebiendo toda su sangre. En tal estado de éxtasis, olvida que el amanecer está pronto, y cuando los primeros rayos del día penetran en la habitación el conde se convierte en un puñado de humo.

Resulta evidente que la historia guarda un parecido sospechoso con la famosa historia de Bram Stoker titulada Drácula. El parecido no se limita a la trama, con diferencias notables en el desenlace, sino incluso en los nombres de los personajes: Jonathan y Mina respectivamente. Por supuesto, dependiendo de la versión que tengamos, los nombres de los personajes pueden cambiar. Así Jonathon puede convertirse en Hutter y Nina en Ellen. El parecido es excesivo. Lo mismo debió pensar Florence Stoker, la viuda de Bram Stoker, porque interpuso una demanda a la distribuidora de Nosferatu y al propio Murnau por plagio en 1925. Como consecuencia, todas las copias del film fueron retiradas inmediatamente de Alemania. Pero por suerte, Nosferatu ya se había comenzado a distribuir por Estados Unidos y por otros países de Europa. Fue imposible retirarlo en todos los países, pero debido a la inmensa cantidad de copias no oficiales Nosferatu ha llegado hasta nuestras manos en una gran cantidad de versiones diferentes. Incluso hay una versión poco conocida titulada Die Zwolfte Stundle, estrenada en 1930, que tiene la peculiaridad de ser una versión sonora del film de Murnau, que además añadía escenas desechadas por Murnau –escenas de baile y de misa negra, además de la peculiaridad de cambiar el nombre del conde Orlock a Wollkoff– producida por Waldemar Roger mientras Murnau estaba en Hollywood y sin que éste tuviera conocimiento de ello.

La piedra de Sísifo


Nosferatu


El vampiro que muestra Murnau, en consonancia con el expresionismo, se aleja del vampiro de Stoker en sus rasgos físicos. El vampiro de Nosferatu es un ser horroroso, de craneo deforme, colmillos exageradamente deformes, ojos saltones y mirada amenazadora, zarpas afiladas, e incluso se podría decir que es pestilente. En palabras de Bela Balasz: “es el vampiro atravesado por una ráfaga fría del día del Juicio Final”. Es un vampiro completamente opuesto del que en 1931 interpretará Bela Lugosi en el Drácula de Tod Browning –en Stoker el vampiro está situado en un punto medio, ni tan horrible ni tan elegante–. Aquí podremos ver un vampiro elegante, vestido con un fino traje y un peinado pulcro, de modales refinados, pero con la misma maldad que su primitivo predecesor. La imagen de Bela Lugosi será la que perdurará dentro del cine, hasta el clásico imprescindible de Francis Ford Coppola, que combina ambos esquemas de manera magistral –es uno de sus grandes aciertos–. Ya en Stoker, pero a partir de Bela Lugosi, la figura del vampiro se verá relacionada con vampiros y lobos, animales salvajes, pero que pueden tener cierta elegancia. Murnau opta por las ratas, seres sucios y repugnantes como el propio protagonista, que además ayudan perfectamente a montar la trama de la epidemia. Si bien el vampiro de Murnau dejó de usarse, excepto tributos puntuales a su film, no dejó de ser una referencia constante en el cine de vampiros.

El tema de Drácula, desde Stoker, no deja de ser controvertido, puesto que se plantea la posibilidad de que un ser maléfico pueda enamorarse –ni que decir tiene que tanto Stoker como todos los filmes basados en él no se plantean la posibilidad de que el vampiro pueda tener un lado humano y benévolo, como sí ocurre con los vampiros de Anne Rice, aunque algo de esto encontramos en la versión de Herzog–. En todo caso queda la duda de si verdaderamente se trata de amor o si es simplemente la atracción del cazador por su presa. Esta cuestión es mucho más importante en obras como la de Ford Coppola, donde se pone una atención destacada sobre el erotismo. De todos modos Murnau cambió el final de Stoker en Nosferatu, acentuando también estas dudas. Uno de los motivos por los que se dice que Murnau tiene influencias románticas es precisamente por este final. La joven Nina se convierte en una heroína romántica, puesto que se sacrifica para salvar a sus seres queridos. Pero aún más, el vampiro es destruido como resultado de este sacrificio, planteando así la posibilidad de que éste sienta algo más que la necesidad de la sangre y de la supervivencia. ¿Se podría llegar a pensar que este horrible ser se ha enamorado, ya que está dispuesto a sacrificar su vida para consumar su pasión?, ¿o es simplemente que la avidez del cazador, que es como una bestia salvaje, le lleva a olvidarse de las precauciones para salvaguardar su propia vida?

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¿Nosferatu enamorado?


El problema es que lo que se plantea aquí no es simplemente el mito de la Bella y la Bestia, que por supuesto –y como siempre– no es idea original de Disney, sino que se remonta a un mito clásico, reelaborado posteriormente por Giovanni Straparalo en 1550, y por Gabrielle di Villenueve y Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont en el siglo XVIII. Estamos hablando del mito de Polifemo y Galatea –y no digo que Polifemo no sea capaz de sentir dolor, pues bien lo muestra en su doloroso lamento–, en el que Polifemo destroza a Acis, amante de Galatea, con una piedra por un arranque de celos. Independientemente del concepto que se tenga de los vampiros, Murnau no deja la menor duda de que el suyo es pura maldad. Luego el hecho de plantear que pueda nacer el amor en un monstruo que es sólo maldad no deja de admirarnos y de inquietarnos. “¿Es posible que ocurra algo así?”, es la pregunta que no deja de repetirse cuando el vampiro ya ha desaparecido bajo los rayos del sol. Una de las características del expresionismo alemán es la creación de seres malvados, sin una pizca de benevolencia, ya sean el doctor Caligari, el doctor Mabuse, el científico de Metrópolis o Lola-Lola en El ángel azul. Es por eso que Murnau se aleja en este sentido del esquema expresionista, dejando entrever influencias románticas.

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Nosferatu


Existe otro rasgo en el que Murnau se aleja del esquema expresionista. El expresionismo, sobre todo en El gabinete del doctor Caligari, se ayudaba de espacios cerrados, pequeños y claustrofóbicos para transmitir al espectador la sensación de inquietud y de incomodidad. Y en el caso de que aparecieran espacios exteriores, podrían estar tan sobrecargados que transmitirían igualmente esa inquietud, como ocurre con Metrópolis. Por supuesto Murnau también utiliza este tipo de espacios, sobre todo en los dominios del vampiro, a partir del puente que cruza Jonnathon y que es un símbolo del Aqueronte, paso entre los vivos y los muertos. A partir de ese momento encontramos un espeso bosque, un castillo cuyas puntiagudas torres recuerdan a los colmillos y los dedos del vampiro, y en su interior, habitaciones inquietantes y húmerdas. Pero por otra parte, Murnau decide utilizar los exteriores a la luz del día. La idea de utilizar exteriores hace del film un pionero, puesto que hasta el momento el cine había estado completamente vinculado al teatro –una cámara fija recogía los movimientos de los personajes que salían por los lados–, como ocurre en Der Golem. Al utilizar exteriores y diferentes cambios de planos, Murnau ayuda a crear un lenguaje cinematográfico propio, que se verá plenamente consolidado con David Wark Griffith, uno de los más grandes directores de toda la Humanidad. Utilizar exteriores era especialmente problemático en una película como Nosferatu, puesto que todas las escenas fueron rodadas a plena luz del día –en contra de lo que especula La sombra del vampiro–, e incluso existen versiones en las que aparece el vampiro caminando a plena luz del día. Ya que el vampiro podía ser destruido con la luz natural, Murnau juega con la iluminación y las luces para dar la sensación de noche en pleno día.

Puesto que los medios técnicos de la época resultaban incapaces para que los negativos captaran una escena nocturna iluminada artificialmente se recurrió a la técnica del virado. El virado consistía en teñir el negativo original en sepia para dar la sensación de escena diurna y en azul para dar la sensación de escena nocturna. El virado, perdido casi en su totalidad, fue reconstruido posteriormente siguiendo la versión conservada en la Cinematheque de París. La iluminación del film es probablemente uno de los mayores logros de Murnau, aunque no por eso deja de presentar algunos fallos. A pesar del virado, la iluminación en exteriores nocturnas es excesiva, y Murnau no consigue alcanzar la sensación plena de escenas nocturnas. La oscuridad sólo es plena en el momento en que Nina sale al balcón y en la escena final en que el vampiro muere, con una iluminación progresiva.

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Virado en sepia para las escenas diurnas


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Virado en azul claro para las escenas semioscuras


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Virado en azul oscuro para las escenas nocturnas


La iluminación propia de las películas expresionistas es exagerada, incidiendo particularmente sobre los rostros de los personajes y contribuyendo a desdibujar sus rasgos y a darles un carácter fantasmagórico. Murnau reservó este tipo de iluminación preferentemente para su vampiro, con intención de conseguir un ser mucho más monstruoso e irreal, pero el resto de personajes no aparece iluminado con tanta profusión, para darles un carácter más real, frente a la irrealidad del vampiro. El juego de luces y sombras, utilizado con moderación, es magnífico y aterrador a una vez, sobre todo en la famosa escena en la que el vampiro asciende al aposento de Nina.

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Juegos de luces y sombras


Técnicamente aún hay que señalar algunos rasgos más. El uso de los primeros planos todavía es muy limitado –hasta Griffith no cobrarán auténtica importancia–, pero sin embargo, cumplen una importante función, sobre todo para resaltar los rostros de los personajes. Los movimientos de los personajes son lentos, aunque no tan teatralizados como El gabinete del doctor Caligari. Este ritmo pausado puede causar agobio en el espectador. Sin embargo, Murnau decidió utilizar la cámara rápida para los movimientos del conde, para conferirle así una naturaleza sobrenatural. Murnau se equivocó al utilizar este efecto especial, puesto que el movimiento rápido, a pesar de pretender dar un salto hacia lo irreal, causa una cierta sensación de comicidad en el espectador. Pero hay que pensar ante todo que Murnau estaba exporando todas las posibilidades que tenía a su alcance.

La música original del film estuvo perdida durante muchos años, hasta que Gillian Anderson, experta en música de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos reconstruyó la “banda sonora” original a partir de las partituras de Hans Erdmann tituladas Fantastisch-romantische suitenSuite fantástica-romántica–, de un libro de Erdmann y Becce titulado Allgemeines handbuch der film-musik, y a través de la prensa alemana en la que se hacían revisiones de la premiere. Las partituras de Marschner, por otra parte, ayudaron a reconstruir la obertura. La pieza sonora se completaba con algunas conocidas composiciones de Chopin y con piezas exclusivamente compuestas para rellenar huecos. La versión más apegada a Hans Erdmann es, por supuesto, la de Gillian Anderson –que la reconstruyó en 1994 en un concierto en vivo en Nueva York–, pero también existen otras versiones, como las de James Bernard o la de Timothy Howard. Por desgracia, la versión elegida por Divisa en el DVD no se ajusta completamente a la estética de la película.

Por último, no se pueden dejar de mencionar la versiones posteriores que se hicieron como homenaje a Murnau. La primera de ellas es la versión que Werner Herzog rodó en 1979 titulada Nosferatu, Phantom der Nacht, con Klaus Kinski en el papel de Nosferatu. Esta versión a color y sonora es completamente diferente a la de Murnau, puesto que en ella vemos a un vampiro atormentado por la soledad y por su condición sobrenatural, que simplemente desea amar y morir como un ser humano. Herzog da una vuelta de tuerca al film de Murnau, presentando un vampiro más humanizado, del que nos compadecemos, alejado también del estereotipo de vampiro interpretado por Bela Lugosi. El camino que escoge Herzog no es el del terror, sino el de la belleza, mediante una fotografía exquisita, presente en muchas de sus obras. Sin embargo, el Nosferatu de Herzog es a todas luces inferior al de Murnau, en tanto que ambos abordan un mismo asunto desde diferentes puntos de vista.

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Nosferatu de Herzog


El último gran homenaje a Murnau es La sombra del vampiro, dirigida por E. Elías Merhige. Este film no es exactamente una versión de Nosferatu, ya que nos cuenta en realidad la forma en la que Murnau realizó el rodaje de Nosferatu, con John Malkovich en el papel de Murnau y William Dafoe en el papel de Max Schreck, el actor que interpretó a Nosferatu en el film de Murnau. La sombra del vampiro parte de un viejo mito que circulaba en torno al Nosferatu de Murnau desde su aparición. Este mito consistía en barajar la posibilidad de que Max Schreck no estuviera interpretando ningún papel en el film de Murnau, sino que afectivamente fuera un vampiro de verdad, y que lo que aparece en pantalla no fuera maquillaje, sino su aspecto verdadero. Se solía decir que Max Schreck siempre aparecía maquillado en el plató, que nadie lo veía maquillarse, que interpretaba su papel de vampiro tanto dentro como fuera de plató, y que después de Nosferatu desapareció por completo, no rodando ninguna película más. Esta es la interesante premisa de la que parte La sombra del vampiro, mostrándonos las vicisitudes de Murnau. Por más interesante que pueda sonar esta teoría, se sabe con seguridad que es totalmente falsa, porque como ya se ha dicho, los exteriores de Nosferatu fueron rodados a la luz del día, y además, se sabe que Max Schreck trabajó junto a Max Reinhardt –el gran descubridor de Murnau–. El primer film en que aparece es una versión de El alcalde de Zalamea de Calderón de la Barca rodada en 1920. Posteriormente a Nosferatu, Schreck siempre tuvo pequeños papeles, poco importantes, como actor de reparto, como ocurre en Die Finanzen Des Grossherzogs, dirigida también por Murnau en 1924. Más tarde se instaló en Munich, y continuó participando en algunas películas dentro del movimiento Kammerspiele, aunque son escasas las películas que se han conservado en las que participara. La última de ellas es de 1936, con Die Letzten Vier Von Santa Cruz. Aunque La sombra del vampiro parta de una idea falsa, y cometa algunas incorrecciones –ya se ha dicho que Murnau rodó el film de día–, puede ayudarnos a hacernos una idea de cómo acometió el rodaje de una de sus grandes obras maestras, y de una de las grandes obras maestras de la Humanidad.

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Max Schreck, el actor que interpretó a Nosferatu


Es por todo ello que Nosferatu, aún siendo una película representativa del expresionismo alemán, no se circunscribe únicamente a esta corriente, sino que la sobrepasa, aunque la angustia que se deriva se debe a los elementos expresionistas, desde luego. La trama inquieta y sobrecoge al espectador, con ayuda de los elementos visuales, fundamentalmente juegos de luces, que cautivan al espectador. Es, sin duda, un film imprescindible para cualquier amante del cine mudo, del cine en general, y de los vampiros.
Sábado, 16 de Julio de 2005 16:53. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 4 comentarios.


Mi querido cine mudo: George Méliès, una moderna prehistoria

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Viaje a la luna


Me pregunto qué debieron pensar los treinta y tres asistentes de la primera proyección de cine realizada por los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895 en el Gran Café, en el nº 14 del Boulevard des Capucines cuando vieron a un tren en la pantalla avanzando hacia ellos. Entre esos asistentes había un joven mago de treinta y cuatro años de edad, director del famoso y prestigioso teatro Robert Houdin, llamado George Méliès. Estas son las palabras que Méliès dejó escritas en su diario: "en frente de una pequeña pantalla, similar a las que se usan en proyecciones, y, después de unos minutos, apareció sobre ella una fotografía de la Plaza Bellcour en Lyons. Un poco sorprendido, me volteé y le dije a mi vecino, "¿nos trajeron acá para ver proyecciones?, yo he hecho eso desde hace diez años", pero apenas dije la última palabra un caballo jalando una carreta comenzó a caminar hacia nosotros seguido por otros vehículos y después por un transeúnte. Pronto, por todo el rebusque y el ruido de una calle. Nos sentamos ahí, con nuestras bocas abiertas, sin hablar, llenos de asombro".

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Cartel de la primera proyección de los hermanos Lumiére


Era la primera proyección de cine realizada. Thomas Edison había inventado el cinematógrafo dos años antes, en 1893, pero no le dio importancia alguna. El cinematógrafo, parecido al kinetoscopio, pero en donde las imágenes salían de la caja –la gran ventaja del cinematógrafo es que la pantalla permitía que hubiera más de un espectador al mismo tiempo–, fue patentado por Louis y por Auguste Lumiére. George Méliès quedó tan fascinado por las posibilidades del artefacto que al terminar la proyección pretendió comprárselo al padre de los hermanos Lumiére, Antoine Lumiére, por 10000 francos, una suma más que considerable. La negativa de Antoine Lumiére fue rotunda, ya que según decía, no quería estafar a Méliés con un juguete de fin de siglo que carecía de futuro. George Méliès estaba tan empeñado en adquirir un proyector que finalmente acabó comprando en Londres un aparato similar llamado bioscopio a Robert W. Paul. Finalmente inventó su propio proyector, el kinetógrafo.

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George Méliès


En un principio Méliès proyectaba en su teatro Robert Houdin las películas de Edison y de los hermanos Lumiére; pero pronto se decidió a rodar sus primeras películas, y el 4 de abril de 1896 abrió el primer cine de la historia. Las películas de los hermanos Lumiére no pasaban de ser meros documentales, como la salida de los trabajadores de una fábrica, una jugada de cartas o un tren llegando a una estación. Estos primeros trabajos son simplemente tanteos de las posibilidades que ofrece el cinematógrafo, pero al mismo tiempo, no se plantea la posibilidad de ir más allá del simple juego y de la curiosidad infantil. El gran mérito de Méliès, lo que hace que se le conciba como el padre del cine, es el hecho de plantearse que a través del cine se podía crear ficciones, no ya documentales que reflejaran la realidad, sino historias imaginarias, equiparándose en su uso de la fantasía con otras artes.

Para tal concepción del cine fue decisivo un error ocurrido en 1896 cuando su cámara tomavistas sufre un atasco y se detiene, aunque Méliès sigue rodando. Más tarde, en la proyección de la película, Méliès descubre asombrado el primer efecto especial de la historia del cine. Así describe ese momento en sus memorias: "La cámara que usaba al principio un aparato rudimentario que con frecuencia se dañaba y se negaba a moverse, produjo un día un efecto inesperado cuando estaba fotografiando, prosaicamente, la Plaza de la Ópera. Me tomó un minuto conseguir que la cámara volviera a funcionar, pero durante ese minuto la gente y los carros, por supuesto, se habían movido. Cuando proyecté el film, después de un rato de descanso, de pronto descubrí que un ómnibus se convertía en un coche fúnebre y los hombres se convertían en mujeres. El truco de la substitución había sido descubierto". A partir de ese momento Méliès explora prácticamente todas las posibilidades que ofrece el cinematógrafo en cuanto efectos especiales, consiguiendo unos resultados espectaculares.

En el año 1897 funda en las afueras de París, en Montreuil-sous-Bois, el segundo estudio cinematográfico de toda Europa –el primer había sido el Black María de Edison–. En estos estudios Méliès llega a rodar entre 1896 y 1912más de cuatrocientas películas de ficción. La primera de ellas es la famosa Desaparición de una dama en el Robert Houdin, en donde Méliès actúa en el papel de mago convirtiendo a una actriz, Jeanne D'Alcy, en esqueleto, y después de nuevo en una persona viva. Gracias a Méliès, que era mago, la magia entró en el cine, ya que este artefacto permitía conseguir cualquier efecto visual imaginable, ya fueran transformaciones, desapariciones, cabezas que se inflan hasta explotar, o cabezas que se separan de sus cuerpos, cuerpos que se reconstruyen, viajes a la luna, hombres que vuelan, etc. Todo es posible en un corto de Méliès. Es increíble pensar que películas que se ruedan a finales del siglo XIX y principios del XX tengan tal cantidad de efectos especiales, algunos de ellos de una calidad que no ha sido superada hasta recientemente, con la irrupción de la informática en el cine. Méliès inició una andadura en el cine, el camino de los efectos especiales, que no tuvo una escuela que heredara directamente su estética. Sólo cabe recordar que D. W. Griffith, el genio norteamericano indiscutible de la nueva generación de cineastas, pese a confesar que se lo debía todo a Méliès, no refleja una influencia tan directa en sus filmes, caracterizados por su grandiosidad y su maestría –y es que Griffith revolucionó el cine con sus grandes superproducciones al más puro estílo Hollywood–. Otros conocidos homenajes son los que hacen Charles Chaplin, que lo llamaba alquimista de la luz, o Buster Keaton, que admitía haber querido rodar siempre El hombre orquesta. Las influencias en cada caso también son discutibles.

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Desaparición de una dama en el Robert Houdin


Pero Méliès no se limita a hacer simples trucos de magia, aunque un corto como Ilusionismos pueda sorprender y fascinar a un espectador actual. Desde luego, es uno de los trabajos más puramente de salón de Méliès, pero seguramente ofrece una síntesis mejor que cualquier otro corto de lo que el director parisino pretende hacer con el cine. Una de las grandes aportaciones de Méliès es la introducción del mundo onírico dentro del arte. No hay que olvidar un corto como El sueño del astrónomo, que es un claro preludio de su más famoso Viaje a la luna. En El sueño del astrónomo aparece uno de los grandes elementos de la producción de Méliès, que será una constante a lo largo de toda su obra: el espacio exterior y las estrellas. Es evidente que Méliés no pretende realizar películas con una línea argumental clara, sino simplemente explorar posibilidades y hacer poesía con las imágenes. Él, por su parte, siempre afirmaba que su objetivo principal era entretener al público, y nunca fue consciente de que pudiera recibir el título de artista. No hay que olvidar que estamos a principios del siglo XX, en París. Todavía falta una veintena de años aproximadamente, hasta el año 24, para que los surrealistas, con André Breton a la cabeza, saquen su manifiesto en donde hablan de la importancia del mundo onírico y de lo irracional dentro del arte. Normalmente se suele decir que los surrealistas son los introductores del sueño en el arte, y como un antecedente e influencia clara se señala a Sigmun Freud; pero quedan algo olvidado otros precursores, como pudieron ser Méliés, el Bosco o Pieter Brueghel. También es precursor en cuanto a la utilización de personajes, porque Méliès introduce en sus películas a demonios, vampiros, Faustos, hipnotizadores, insectos, asesinos en serie, suicidas, etc.

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El sueño de un astrónomo


La poesía hecha imágenes hace de El sueño del astrónomo una pieza de incalculable belleza, con imágenes tan celebradas como la de la bailarina en la media luna. Es un viaje hacia lo más profundo de la razón humana, metaforizado en la luna. Poco después Méliés dirigiría su filme más aclamado: Viaje a la luna, una auténtica obra de artesanía, ya que Méliés realizó a mano los trajes de los selenitas. Para comprender lo que supone Viaje a la luna simplemente hay que compararla con una obra maestra de años más tarde de Frizt Lang, La mujer en la luna. Méliès no pretende que su historia tenga un argumento sólido, porque tampoco se lo hubiera permitido el escaso tiempo de duración de la película. Lo que realiza Frizt Lang es un film con un guión maduro y complejo, en el que se reflejan casi todas las miserias del ser humano, especialmente la avaricia y el miedo a la muerte. Pero La mujer en la luna carece de esos efectos visuales que han hecho que Viaje a la luna sea tan aclamada. Es cierto que Viaje a la luna, a la luz de los ojos actuales, es un film tremendamente inocente –aunque La mujer en la luna tampoco carece por completo de esa inocencia–, sobre todo por la escena final del cohete cayendo desde un precipicio de la luna hasta la Tierra. Pero lo que Méliès pretendía era la espectacularidad de las imágenes, como ese momento en que el cohete se estrella en un ojo de la luna, momento que ha pasado a ser el icono representativo del séptimo arte en el ámbito universal.

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Increíbles efectos especiales


Pero Méliès no tenía alma de empresario, necesario para cualquier director y productor de cine, sino que tenía alma de artista; y eso hacía que se gastara grandes sumas de dinero en producciones tal vez poco rentables. A esto hay que unir el hecho de que circularan una gran cantidad de copias piratas de sus películas –una copia pirata de Viaje a la luna llegó a manos del propio Méliès o de Thomas Edison–, y al hecho de que las productoras de Pathé y Gaumont hicieran un mayor número de películas a más bajo coste, resultando altamente rentables. Méliès se negaba a asociarse con las nuevas grandes empresas porque temía perder su libertad creadora. Después de tres años de fracasos y de derrochar dinero en producciones poco rentables tuvo que ofrecerle sus trabajos al estudio de Pathé a cambio de un reducido porcentaje. En el año 1912, trabajando para Pathé, rodó sus cuatro últimas películas, que resultaron ser un fracaso. Detrás del cierre de Star Films, la productora de Méliès hay numerosas causas, tales como sus crecientes deudas, el odio que hacia el sentía Ferdinand Zecca –mano derecha de Pathé–, la pérdida del estudio de Montreuil, la demolición de su querido teatro Robert Houdin, la pérdida de los negativos de la mayoría de sus películas, la llegada de la primera guerra mundial o el fallecimiento de su hermano Gastón y de su esposa Eugéne.

Méliès no se dio por vencido e intentó montar una pequeña compañía de teatro con la ayuda de su hija, pero una vez más volvió a fracasar; y volvió a intentarlo con representaciones de magia. En 1925 se casa con Charlotte Stephanie Faes, mejor conocida como Jeanne D'Alcy, la actriz que protagoniza Desaparición de una dama en el Robert Houdin, y Méliès acaba trabajando a los sesenta y cuatro años en un pequeño kiosco de juguetes de la estación de Montparnasse, y allí se mantuvo en el más absoluto anonimato hasta que en 1928 Léon Druhot, editor del Ciné Journal, descubrió que el anciano que vendía caballos de madera debajo del letrero Confiserie et Jouets era Gorge Méliès. Este periodista sacó a Méliès de su anonimato y lo dio a conocer al mundo entero como pionero del séptimo arte. Méliès daba las gracias, pero seguía sin entender a qué se debían tantos elogios, cuando él simplemente había procurado buscar la forma de entretener al público. Finalmente falleció en 1938, y fue enterrado en el cementerio Pére Lachaise de París. Bajo su estatua de bronce se lee: “George Méliès: creador del espectáculo cinematográfico”.

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George Méliès
Lunes, 18 de Abril de 2005 23:00. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 15 comentarios.


Muerte en Venecia: muerte en Belleza.

death_in_venice_poster.jpegMuerte en Venecia

Fragmento del adagietto de la 5ª sinfonía de Gustav Malher

Muerte en Venecia es una de las obras más grandes que jamás haya existido en la Humanidad, no sólo porque en ella se trate la que tal vez sea la mayor preocupación del ser humano desde el principio de los tiempos, sino porque al pensar en Muerte en Venecia hay que pensar en el sublime diálogo y en la comunión absoluta entre las artes. Porque Muerte en Venecia no es únicamente literatura, es además cine y música. No seré el primero ni el último en señalar esta peculiar unión que se produce en Muerte en Venecia, y como ejemplo conocido sólo hay que citar el magistral estudio de Federico Sopeña. Pero el valor de esta obra no reside en su carácter aglutinador, sino en la grandeza de los tres genios que se unen para articular uno de los mundos más sublimes ideados jamás por el hombre: Thomas Mann, Luchino Visconti y Gustav Malher. Estos tres artistas son los creadores de Muerte en Venecia, aunque el proyecto inicial fuera de Mann. Luchino consiguió lo que en principio parecía imposible: superar la novela de Mann; y además unió para siempre a Malher con Muerte en Venecia.

Lo que consiguió Visconti fue una hazaña titánica. En una primera lectura de Muerte en Venecia saltan a la vista las dificultades de una obra de tales características para ser llevada al cine. Esta obra se desarrolla siguiendo la técnica del monólogo interior, lo que hace que el lector sepa en todo momento lo que está pensando el personaje. Además, es evidente que la obra prácticamente carece de diálogos, salvo en contadas ocasiones. Sólo hay que pensar en la dificultad de llevar a la pantalla una novela con semejante estructura. Visconti era consciente de lo importante que se volvía la imagen, ya que el diálogo se ve considerablemente reducido con respecto a una película normal. Así fue como se enfrentó al inmenso problema de comunicar a través de las imágenes. Y consiguió salir victorioso, puesto que el resultado es inmejorable, incluso superior a la fuente original.

Visconti solventó estos problemas señalados a través de la utilización de dos técnicas. No era fácil expresar la psicología del personaje sin utilizar en ningún momento el monólogo interior, y por eso utilizó dos elementos propios del cine: el flashback y la música. El protagonista, el profesor Aschenbach, interpretado magistralmente por Dick Bogarde, no menciona su estado de ánimo, lo que hace que el personaje sea mucho más ambiguo –como quedará demostrado más adelante, la ambigüedad del filme es mayor que la de la novela, donde todo queda mucho más explícito–. Hay tres momentos claves donde las emociones de Aschenbach sobrecogen al espectador: en el comienzo, en la parte intermedia, y en el final. No son momentos elegidos al azar, sino que responden a una evidente intención estructuradora. Estos tres momentos quedan maravillosamente explicitados por la pluma de Thomas Mann, pero en Visconti se corresponden con tres sacudidas en imagen y sonido. Visconti ha sabido transmitir a través de la imagen de Venecia, pero sobre todo a través del adagietto de Malher. En estos tres intensos momentos el adagietto de Malher nos sobrecoge, nos fascina, nos hace sentir lo que Aschenbach está sintiendo, sentir su alegría al llegar a Venecia, su pena, su angustia, su liberación, nos hace temblar. De alguna forma Visconti intuyó que Malher había compuesto su adagietto para unirse inmortalmente a Muerte en Venecia. Ya no podemos imaginar el uno sin el otro, unidos para siempre, à tout jamais.

La otra técnica que utiliza Visconti es el flashback. Esto realmente se hacía necesario para transmitir la lucha interior del personaje, puesto que el monólogo interior ha quedado desechado. En estos tres flashbacks –que coinciden en número con la utilización del adagietto–, hay un desdoblamiento del personaje principal, del profesor Aschenbach, en un alter ego completamente opuesto, su amigo Alfred, que nos recuerda a la relación entre el pintor Hallward y lord Henry Wotton de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Habría que interpretar este personaje dentro de la línea freudiana, como la lucha eterna que se produce en todo ser humano entre el consciente y el subconsciente, en donde se manifiestan los deseos reprimidos. Así es como se debe entender el enfrentamiento entre estos dos personajes, como el enfrentamiento entre los lados apolíneo y báquico, entre el caballo blanco y el caballo negro platónico. Esta tensión está presente en toda la Humanidad, porque forma parte de la naturaleza humana. Este es uno de los grandes temas de Muerte en Venecia, y seguramente este tema universal hace que la obra sea también universal.

Visconti optó por desechar el primer capítulo del libro. En un principio había rodado esas primeras escenas, con el paseo de Aschenbach por Munich, e incluso las fotos del trabajo indican que Visconti había conseguido grandes resultados visuales. Pero Visconti juzgó que estas primeras secuencias tenían una escasa funcionalidad rítmica, como señala Lino Mucciché. En efecto, el primer capítulo de Muerte en Venecia hace que el ritmo de la novela sea más lento, y en ciertos momentos su lectura se vuelve incluso enojosa, ya que no se comprende dentro del marco temático de la obra. Visconti supo aprovechar la llegada de Aschenbach a Venecia para crear una magnífica obertura, todo un festín para los sentidos. Otro cambio más introducido por Visconti es hacer que el protagonista, Aschenbach, no sea un escritor, sino un compositor. Está claro que Thomas Mann había pensado en Aschenbach como un posible reflejo de sí mismo, una proyección sobre el papel, porque incluso se sabe que Muerte en Venecia está inspirada en una experiencia real de Thomas Mann, y que Tadzio existió realmente. Visconti decide cambiar al personaje y convertirlo en compositor para establecer entre Gustav Malher y Gustav Aschenbach, para conseguir mayor expresividad fílmica, y debido a otras razones –Thomas Mann siguió con interés los últimos momentos de Gustav Malher y no cabe duda de que parcialmente se inspiró en él cuando creó su personaje–.

Se ha relacionado y comparado mucho la Muerte en Venecia de Visconti con El Ángel Azul de Joseph von Sternberg, película que supuso la consagración oficial y universal de Marlene Dietrich. Existe un paralelismo evidente en la temática de las dos obras: sendos hombres de edad madura y reputación respetable sienten una profunda atracción amorosa en contra de los cánones de la sociedad, y ambos se entregan a ella irrefrenablemente. Y por supuesto, también comparten su trágica transformación física, a través del maquillaje, y su solitario final, que en el caso de Aschenbach está prefigurado a través de una ironía trágica en el anciano maquillado que se encuentra en su llegada a Venecia. Pero no se puede comparar la pasión que el profesor Inmanuel Rath siente hacia la cantante de cabaret Lola-Lola con el deseo amoroso que atrae al profesor Aschenbach hacia el joven Tadzio. En un primer acercamiento superficial las similitudes saltan a la vista, ya que la Muerte en Venecia de Visconti es más ambigua que la de Thomas Mann, pero si se tiene en cuenta el texto de Mann es fácil llegar a la conclusión de que su objetivo era llegar más lejos que una simple atracción física; y es precisamente en ese punto donde las dos películas divergen.

Aschenbach significa traducido literalmente “arroyo de cenizas”. La utilización que hace Mann de un nombre parlante sirve para situar desde el primer momento una atmósfera de decadentismo en la obra. La utilización de los flashbacks sirve para marcar la naturaleza doble del personaje, su conflicto interior, pero Aschenbach es en sí mismo un ser apolíneo. Hay un claro paralelismo entre el mito de Penteo y Aschenbach. Ambos decidieron renunciar por completo a los placeres de la vida, al mundo báquico de los sentidos. Esta renuncia lleva a los dos personajes a un descontrol de su lado báquico y a la completa destrucción. Penteo murió a manos de las bacantes, Aschenbach murió embargado por sus sentidos. La muerte los une. Pero a través de este personaje se plantea la cuestión eterna y universal del arte. Muerte en Venecia nos muestra la decadencia de un artista que ha ignorado completamente los sentidos, y que sigue únicamente el camino de la razón. Es un personaje insatisfecho consigo mismo, incompleto; y sus obras, a pesar de tener cierto reconocimiento –reconocimiento que Visconti no acepta–, no pueden ser consideradas como geniales. El planteamiento de Mann es el de un arte apolíneo, intelectual, como algo insatisfactorio.



El profesor Gustav Aschenbach

Aschenbach, al igual que los elefantes, va a morir a un territorio mítico, que se presenta con la forma de Venecia. Es evidente que la ciudad no ha sido elegida al azar por Thomas Mann, sino que buscaba un lugar que fuese símbolo de la belleza para representar mejor esa búsqueda. Pero la belleza de Venecia aparece en la obra de Mann con una violenta decadencia, asediada por la peste. La novela logra crear un ambiente opresivo que Visconti no habría logrado recrear con tanta eficacia como Mann. Además, Visconti –según mi punto de vista– desaprovechó la oportunidad de utilizar la belleza de la ciudad como telón de fondo, que sólo aparece con más esplendor al comienzo del filme. Esta Venecia se convierte en una especie de Infierno bello, en donde Aschenbach, llevado por un gondolero maldito –una especie de Caronte–, queda encadenado, sin la posibilidad de huir, como si fuera un prisionero longjumeauiano, al más puro estilo de Leon Bloy –ya que cuando lo intenta el destino o el azar lo impiden–.



Tadzio

Entonces surge Tadzio, el pequeño efebo, el Bello, el Absoluto Tadzio, el hermoso Björn Andersen. No es necesario decir que Tadzio es el símbolo de la Belleza y de la Verdad platónicas. Quienes hablar de homosexualidad en Muerte en Venecia demuestran un desconocimiento completo de las intenciones iniciales y de las fuentes de Thomas Mann. Si bien es cierto que Visconti consigue mayor ambigüedad, debido a que no utiliza el monólogo interior, y a la falta de referencias que Mann sí hace. El carácter platónico de la obra es evidente, pero incluso dentro de esta evidencia, Mann creyó necesario incluir una referencia directa a Platón, a su diálogo Fedón, para que no hubiera lugar a dudas. Esta referencia la introduce intencionalmente al final de la novela, cuando el conflicto amoroso ha inquietado al lector, y sirve a modo de conclusión, en las últimas páginas. Cabe plantearse si la obra necesita o no este fragmento. Mann lo creyó oportuno, Visconti en cambio no. Es necesario volver al pasaje íntegro para comprender mejor sus implicaciones:

Porque la belleza, Fedón, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y percep-tible. Por eso es el camino de lo sensible, el ca-mino que lleva al artista hacia el espíritu. Pero ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar al-guna vez sabiduría y verdadera dignidad huma-na aquel para quien el camino que lleva al es-píritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que éste es un camino peligroso, un camino de pecado y perdición, que necesariamente lleva al extravío? Porque has de saber que nosotros, los poe-tas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalza-miento es la pasión, y nuestras ansias han de ser de amor. Tal es nuestra gloria y tal es nues-tra vergüenza. ¿Comprendes ahora cómo noso-tros, los poetas, no podemos ser ni sabios ni dignos? ¿Comprendes que necesariamente he-mos de extraviarnos, que hemos de ser necesa-riamente concupiscentes y aventureros de los sentidos? La maestría de nuestro estilo es falsa, fingida e insensata; nuestra gloria y estimación, pura farsa; altamente ridícula, la confianza que el pueblo nos otorga. Empresa desatinada y condenable es querer educar por el arte al pue-blo y a la juventud. ¿Pues cómo habría de ser-vir para educar a alguien aquel en quien alien-ta de un modo innato una tendencia natural e incorregible hacia el abismo? Cierto es que qui-siéramos negarlo y adquirir una actitud de dig-nidad; pero, como quiera que procedamos, ese abismo nos atrae. Así, por ejemplo, renegamos del conocimiento libertador, pues el conoci-miento, Fedón, carece de severidad y discipli-na; es sabio, comprensivo, perdona, no tiene forma ni decoro posibles, simpatiza con el abis-mo; es ya el mismo abismo. Lo rechazamos, pues, con decisión, y en adelante nuestros es-fuerzos se dirigen tan sólo a la belleza; es decir, a la sencillez, a la grandeza y a la nueva disci-plina, a la nueva inocencia y a la forma; pero inocencia y forma, Fedón, conduce a la embria-guez y al deseo, dirigen quizás al espíritu noble hacia el espantoso delito del sentimiento que condena como infame su propia severidad esté-tica; lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo. Y nosotros, los poetas, caemos al abismo porque no podemos emprender el vuelo hacia arriba rectamente, sólo podemos extraviarnos. Ahora me voy, Fedón; quédate tú aquí, y sólo cuando ya hayas dejado de verme, vete también tú.

Platón, Fedón.


El Fedón es el diálogo que relata los últimos momentos antes de que Sócrates se suicidara tomándose la cicuta. Durante estos momentos, el apacible maestro, no desaprovecha la ocasión para instruir a sus alumnos, incluyendo a Fedón, que da nombre al diálogo, en la inmortalidad del alma. En este fragmento Sócrates habla de una de las cuestiones que más interesaban a Platón, la posibilidad de alcanzar la Belleza y la Inmortalidad a través de los sentidos. Sócrates afirma que no es posible, y que por ello el poeta está condenado al abismo, a la perdición, a la muerte. Es ahí donde se sitúa Aschenbach, con su búsqueda de la Belleza y su muerte. Y esta pregunta es lo que hace que Muerte en Venecia sea una obra maestra, porque es la pregunta que ha atormentado a los artistas desde el comienzo de los tiempos. El arte es un ámbito humano que se expresa a través de los sentidos; sin embargo, aunque su manifestación es sensorial, sus sensaciones y emociones se producen en el alma. La gran pregunta es: ¿es posible que el arte conduzca a la Belleza, que nos haga inmortales si nace de los sentidos, que es lo más puramente físico? Esta es la gran pregunta de Muerte en Venecia. Pero además de dar como respuesta un evidente sí, Muerte en Venecia va más allá, planteándose de qué forma se conectan estas dos facetas humanas, lo físico o sensorial –y por lo tanto perecedero–con lo espiritual o inmortal.



Tadzio

Es por eso que no se puede juzgar a la ligera Muerte en Venecia como una obra de carácter erótico. El amor de Aschenbach hacia Tadzio es platónico, no físico, al igual que el amor que Catulo siente hacia el pequeño Juvencio. Así, el poeta latino escribe alguno de los versos más encendidos de la poesía amorosa, como por ejemplo su poema XLVIII: mellitos oculos tuos, Iuuenti, / si quis me sinat usque basiare, / usque ad milia basiem trecenta / nec numquam uidear satur futurus, / non si densior aridis aristis / sit nostrae seges osculationis. Pero no nos podemos dejar confundir con la pasión de estos versos, porque el amor que Catulo siente por Juvencio es un amor del alma, no un amor físico, y así queda demostrado en la advertencia que hace a Aurelio en el poema XV: commendo tibi me ac meos amores, / Aureli, ueniam peto pudentem, / ut, si quicquam animo tuo cupisti, / quod castum expeteres et integellum, / conserues puerum mihi pudice (...) quod si te mala mens furorque uecors / in tantam impulerit, sceleste, culpam, / ut nostrum insidiis caput lacessas, / a tum te miserum malique fati! / quem attractis pedibus patente porta / percurrent raphanique mugilesque. No es prudente simplificar la homosexualidad de la antigüedad clásica, ya que no es equivalente a la de hoy en día, sino que es mucho más compleja. Pero sería muy extenso detenerse ahora en este tema –que queda señalado en El Banquete–, pero hay que decir que en Aschenbach la homosexualidad se plantea en el sentido actual, y en el sentido platónico, lo que lo aleja del concepto de homosexualidad que se tiene hoy en día. Teniendo en cuenta la raíz platónica de la obra y su alejamiento del amor físico, salta a la vista lo que separa a Muerte en Venecia de El Ángel Azul. Aunque esta consideración sólo se puede hacer teniendo en cuenta la obra de Mann, ya que Visconti eliminó cualquier referencia a Platón, haciendo que el fime fuera más ambiguo que el libro, y se pudiera prestar así a un mayor número de interpretaciones homoeróticas.



Tadzio

La interpretación simbólica es la más adecuada. Tadzio se convierte entonces en un símbolo de la Belleza y del Arte y el amor de Aschenbach es una búsqueda de esa Belleza del Arte y de la Inmortalidad. El personaje se había planteado esta búsqueda en un primer momento por el camino de la razón, pero parece que la búsqueda se vuelve infructuosa. Es a través de los sentidos que Aschenbach conoce a Tadzio, y se enamora del ideal de Belleza. No es necesario señalar la frivolidad de una expresión como amor a primera vista, que parece fruto de una mera atracción por las apariencias. Este es el problema capital de Muerte en Venecia. Lo que siente Aschenbach por Tadzio no es atracción física, sino que se enamora de su alma, pero a través de su cuerpo. Esta es precisamente la vía que reconocía Platón: al amor del alma se accede a través del amor al cuerpo. Se puede decir que el amor al cuerpo es un escalón previo para llegar al amor del alma, que es donde se consigue vislumbrar la Belleza. No deja de ser, de todos modos, una cuestión controvertida la de acceder al alma a través del cuerpo, y acceder a la inmortalidad a través de algo tan perecedero como los sentidos. Thomas Mann parecía convencido de esa posibilidad, pero esta será una cuestión que se planteará eternamente el arte, porque es el mayor de todos sus misterios –y en realidad está bien que así sea–.



Encuentro entre Aschenbach y Tadzio

Thomas Mann sí parece creer que a través de los sentidos se acceda a la Belleza, a pesar de esa cita tan aparentemente negativa de Platón. Hay que tener en cuenta la frase del poeta alemán Karl August von Platen: “quien ha contemplado con sus ojos la belleza está ya consagrado a la muerte”. Visconti conocía bien esta frase, y era consciente de sus implicaciones. Esta frase se inserta dentro de una larga tradición, que aparece ya en el Antiguo Testamento. Ahí se dice que contemplar el rostro de Dios conlleva la muerte. El tema de que la contemplación de la Belleza y la Verdad deriva inevitablemente en la muerte también es tratado por Borges en uno de sus mejores relatos, La máscara y el espejo, y en algunos relatos más. También es un tema que aparece en la Primera Elegía de Duino de Rainer María Rilke. Puesto que la contemplación de la Belleza conlleva a la muerte, si el personaje muere, se comprende que pudo vislumbrar finalmente lo que tanto había buscado. La búsqueda que hace el artista de la Belleza es lo que ha preocupado al arte de todas las épocas, y es lo que hace que sea un tema universal. Este problema ya se lo había planteado Horacio –que como siempre se lo había cuestionado todo–, y para él el artista nunca podría alcanzar la Belleza absoluta, de tal forma que Apolo, el artista, estaba eternamente condenado a besar la piedra de su Dafne, pero nunca a poseerla, sino sólo a contemplarla. Y así es precisamente como debe ser, porque si un artista alcanzara la Belleza absoluta, el arte ya dejaría de tener sentido, porque ya no podría ir más allá. El hecho de que sea algo inalcanzable es precisamente lo que posibilita que nunca se agote, que la búsqueda sea constante, en todos los tiempos, y que la preocupación del ser humano le lleve a crear siempre nuevas obras.



Aschenbach persiguiendo a Tadzio por las calles de Venecia

Aschenbach alcanza la Belleza, pero ésta es inefable, y jamás puede ser expresada, porque “quien ha contemplado con sus ojos la belleza está ya consagrado a la muerte”. Sin embargo, una paradoja nos sacude: la decadencia física y anímica del personaje frente a la inmortalidad de su encuentro con la Belleza. El momento final alcanza un patetismo hiperbólico, que hace que nos compadezcamos de Aschenbach, que muere solo, triste y agobiado, con una gota de tinte negro chorreándole por la sien. La duda que nos asediará eternamente es si Aschenbach murió feliz o no. La degradación física del personaje no tiene por qué corresponderse con una degradación moral, y aunque en apariencia el personaje se vuelve un tanto grotesco, en su interior tal vez está experimentando la experiencia más importante que pueda tener un ser humano. La imagen final que prefiere darnos Visconti no es exactamente la misma que la que escribe Thomas Mann: En un instante dado se levantó para encontrar la mirada, pero cayó de bruces, de modo que sus ojos tenían que mirar de abajo arriba, mientras su rostro tomaba la expresión cansada, dulcemente desfallecida, de un adormecimiento profundo. Sin embargo, le parecía que, desde lejos, el pálido y amable mancebo le sonreía y le saludaba. Aschenbach ha caído de bruces, pero ve cómo Tadzio le sonríe desde lejos. El mar es un elemento cargado de simbología en este momento, sobre todo al estar Tadzio en la orilla, señalándole el horizonte, ya que el mar se considera desde la Antigüedad como el origen de la vida y del amor, el lugar de nacimiento de la diosa Afrodita. Parece que Tadzio hace una invitación a Aschenbach a volver a los orígenes de la vida, donde seguramente se esconde la auténtica Verdad. Visconti logra recrear esa Belleza a través de las imágenes y de la música del adagietto de Malher, en el que tal vez sea el momento más sobrecogedor y sublime de la historia del cine.



Final de Muerte en Venecia
Miércoles, 23 de Febrero de 2005 20:47. # Esta piedra. Tema: Extra tempora fia lux Hay 19 comentarios.






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