![]() |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Sui generis. De cómo el lector medita acerca de la utilidad de la televisiónPermítase antes una necesaria revisión a la máxima de lord Byron: «Cuanto más veo la televisión más amo a mis libros». Boomer de natillas![]() Como si el aroma a incienso de vainilla y el Birland 60 de Coltrane no fueran suficiente caldo de cultivo para el estudio productivo, como si la página setenta y cinco del manual de antropología social II se hubiera convertido de golpe y porrazo en el Gilgamesh cuneiforme. Rabioso por no entender lo incompresible del potmodernismo debidamente encapsulado y diseccionado, te retiras hastiado del escritorio, casi chocando con las paredes, dándole vueltas frenéticamente al bolígrafo entre los dedos, cuando no llevándotelo a la boca y chupando como queriendo sacarle humo al plástico, por aquello de que fumar relaja pero tú nunca has fumado. Por distraerte un rato y dejarte de tanta filosofía barata abres uno de los cajones de la cómoda, tan alto que tienes que escalar por los salientes del armario, haciendo a un lado la diana eléctrica y la canasta. Lo sacas de su sitio, como arrancándole un hálito de vida al armario, ese armatoste gigantesco que es casi tan viejo como tú. Al ponerlo sobre la mesa le soplas el polvo de las cumbres y te zambulles de cabeza en recuerdos que han pasado años dormidos, esperando a que un día alguien escalara hasta lo más alto del armario y los rescatara de manos del olvido. Después de hojear algunos libros de texto ─¿por qué nos complicamos ahora tanto las cosas cuando en realidad son tan fáciles como los libros de secundaria?─ esquivas ese diario que siempre pensaste en tirar y que tienes prohibido abrir bajo pena de la vergüenza más rotunda. Chucherías a granel, pequeños tesoros de incalculable valor: viejos tebeos, un trompo, unas canicas, el mando roto de una atari, cuadernos. ¡Pero qué ves en una esquina! Debajo de una concha rota hay un chicle Boomer con sabor a natillas. Casi sin pensarlo, porque de pensarlo no lo habrías hecho, le quitas el envoltorio y te lo metes en la boca, como con gula y como con miedo de que una mano vaya a salir de las sombras y te lo arranque en el último momento. Lo que viene después deja en pañales a la magdalena de Proust. No es goma arábiga lo que se moldea entre tus dientes, no es el sabor a natillas, son recuerdos en vena lo que te electriza el paladar y te baja dándote calambrazos por todo el cuerpo. Ese sabor a natillas no te lleva a la secundaria, aún antes, te lleva a tu propia prehistoria, a una nebulosa de recuerdos infantiles, el patio de un colegio, el momento más feliz del día, pues estaba vetado comer chicles en clase. Un recuerdo va tirando de otros, como lastrado. A veces lo más pequeño es capaz de cambiar el mundo, y a veces un chicle de natillas puede hacer que recuerdes caras olvidadas, nombres y apellidos, historias de vida, anécdotas, juegos, secretos inconfesables. ¡Y qué gustazo hacer pompas con un chicle Boomer! Todo aquel que entienda de chicles y de pompas tiene que reconocer que las pompas de ahora no son ya como las de antaño. Aquella pompa bien redondeada, uniforme, con la misma cantidad de chicle por todas partes, capaz de aguantar un vendaval sin reventarse, capaz de inflarse hasta secarle a uno los pulmones. Pero la pregunta no debería ser cuánto hace que no comías un Boomer sino cuánto hace que no veías un Boomer de los de entonces. Recuerdas el infausto lavado de cara que les hizo la marca después del fin de la peseta: le cambiaron el clásico envoltorio de papel por uno de plástico de vivos colores, los fabricaron más pequeños, les subieron el precio, y lo que es peor, nunca volvieron a saber igual. Fueron los chicles de tu infancia, del día a día, no como los Bubbaloo, que estaban reservados para ocasiones especiales porque eran los chicles de los ricos. Los Boomer costaban un duro, los Bubbaloo el doble, aunque estaban rellenos de una exquisitez líquida que se te reventaba en la boca y te dejaba un regusto de ambrosía. En realidad, si te paras a pensar, mientras mascas, hacía años que no veías un chicle Boomer de los antiguos. Casi se te atraganta el chicle cuando el pensamiento, sólo presentido al principio, cobra después plenamente forma. Se te ha venido a la cabeza un capítulo de La carretera de McCarthy. En un mundo apocalíptico, reducido a cenizas, donde ya no queda nada, en el que todo, incluido los chicles Boomer, ha sido destruido, el padre se encuentra en una tienda, en una máquina de bebidas, una botella de Cocacola, seguramente la última botella de Cocacola del mundo, y se la regala amorosamente a su hijo, que ni siquiera sabía qué era la Cocacola porque cuando él nació ya había dejado de existir. Te das cuenta de que esa masa moldeable que pierde rápidamente sabor en tu boca es como la última botella de Cocacola de un mundo apocalíptico. Es el único fallo que tenían los chicles Boomer, que el sabor se les pasa como un relámpago entre dos oscuridades. Todavía antes de que aquello que masticas se convierta en una masa de plástico insípida y dura, el sabor a natillas ha arrastrado a otros sabores y durante un instante te ha venido el recuerdo del Boomer de melón, el de sandía, el de fresa ácida, el de Cocacola, el de regaliz, el de menta y el de hierbabuena e incluso te vino el sabor del kilométrico, ese chicle que no medía un kilómetro pero que cuando te lo metías entero en la boca sí sentías como si masticaras un kilómetro en toda su longitud. Ni tampoco se farda igual delante de los amigos diciendo que te estás comiendo un maxiroll que diciendo que tienes un kilométrico entero en la boca. En fin, es sólo un instante, porque el Boomer de natillas ya no sabe a nada. ¿Será posible que ya no existan los antiguos Boomer? Corres a Internet, la fuente de las fuentes, y ves que no eres el único que se ha preguntado sobre la existencia de los Boomer. Muchos dicen que aún existen, pero se refieren a los nuevos, esas falsas imitaciones con sus trajes nuevos y llamativos y sus sabores apócrifos, no a los de siempre. En un foro te encuentras que un tipo vio uno de natillas auténtico en Buenos Aires y hay otro que vende un Boomer de regaliz por una burrada de pesos. ¿Ha merecido la pena por un puñado de recuerdos beberte la última Cocacola del mundo o tendrías que haberla compartido generosamente con alguien importante? Pero la pregunta es otra en realidad: ¿hay alguien lo suficientemente valioso en el mundo como para merecer un Boomer de natillas? ¿Lo habrías compartido tú? El problema ético de Jasid NagarDespués de visitar la Gran Sinagoga de Budapest fuimos a una cafetería cercana para tomarnos un descanso. Era un garito acogedor, tenía un aire vintage con fotografías de Robert Capa, Elliott Erwitt y Henri Cartier-Bresson y música de fondo de Django Reinhardt. ¿Qué más se puede pedir? Mientras esperábamos las bebidas nos llamó mucho la atención un rabino que había en la mesa de al lado, quizá porque no estamos acostumbrados a ver a este tipo de personajes más que en películas. Estaba hablando en inglés con un joven. No podía decirse que fuese una discusión, pero era evidente que el chico estaba nervioso, hacía aspavientos y hablaba con un tono de voz inusualmente alto. Fue lo curioso de la situación lo que, después de una mirada furtiva y cómplice, nos hizo callarnos y poner el oído en la conversación que tenían. Parece ser que estaban discutiendo sobre una noticia que había en un periódico que tenían abierto sobre la mesa. En el momento no lo entendí bien, pero parecía ser sobre un tipo que habían condenado a muerte y ejecutado en Estados Unidos por haber envenenado a su bebé. Ya por la tarde estuve buscando información y la historia me dejó sin palabras. Cuando el tipo murió su mujer estaba embarazada de un segundo hijo. Al nacer el niño volvió a caer enfermo como su hermano, y al repetir los análisis quedó demostrado que en lugar de envenenamiento se trataba de una rarísima enfermedad genética. Sin duda fue esa equivocación la que dio más relevancia a la noticia, porque decenas de presos son condenados a muerte y ejecutados todos los años en Estados Unidos y nada se dice sobre ello en la prensa. El chico hablaba rápido y entrecortado, haciendo constantes referencias a la ley de Dios, aludiendo a la prohibición de que un hombre quite a otro hombre la vida bajo cualquier circunstancia, y lamentando que en muchos casos la ley y la ética vayan por caminos divergentes. El rabino, que había escuchado toda la perorata casi sin pronunciar una palabra, le dijo al chico que, aun estando en lo cierto, no somos frías máquinas diseñadas para aplicar la palabra de Dios, que somos seres humanos, sometidos a pasiones que sobrepasan el estricto sometimiento a un puñado de leyes morales. El joven insistió en la universalidad de esas mismas leyes y en la obligación que tenemos todos de cumplirlas. El rabino permaneció unos instantes callado, como pensativo. Al cabo de unos segundos le preguntó al chico si conocía el problema ético de Jasid Nagar. El joven contestó que no. El rabino le explicó que se trataba de una vieja historia —según dijo era real— que demuestra que en determinadas circunstancias un buen hombre puede llegar a asesinar a otro hombre, o incluso a un inocente, a un bebé. El chico sonrió e hizo una referencia a Abraham y a Isaac, a Job, y a cómo Dios puede ponernos a prueba, a la necesidad de cumplir su palabra, aunque desde nuestra limitada finitud no podamos entender la totalidad del plan divino. El rabino le respondió que no era de eso de lo que hablaba, sino de algo mucho más mundano, algo como lo que le ocurrió a Jasid Nagar. Llegado a este punto voy a intentar transcribir lo más fielmente posible las palabras del rabino. No pretendo recoger todos los detalles ni dar una formulación exacta a la historia, simplemente quiero dejar testimonio del contenido. —Jasid Nagar era un buen hombre, todo lo bueno que puede ser un hombre hasta que se demuestra que no lo es. Era un buen amigo, un buen vecino, un buen marido, un buen padre, e incluso un buen carpintero, porque este era el oficio que ejercía. Llevaba una vida sencilla, no sin ciertas estrecheces económicas, con su mujer y sus dos hijos, una niña de cuatro años a la que quería con toda su alma y un niño de diez que era el orgullo de su casa, porque desde pequeño había demostrado dotes para tomarle el relevo en la carpintería. Sin ambiciones, su familia era, al cabo, su consuelo. Jasid Nagar tenía cuarenta y tres años y había vivido toda su vida en una cochambrosa callecita en un humilde barrio de Varsovia. »Pero meses después de que Alemania invadiera Polonia, las autoridades alemanas, que eran ahora las que tenían el control de la ciudad, comenzaron a reubicar a la población judía en lo que terminaría siendo conocido como el Gueto de Varsovia. Jasid Nagar, que amaba a su familia más que a nada en el mundo, tuvo que verlos sometidos a penosas condiciones de vida, rodeados de miseria y podredumbre. En la época de las deportaciones al campo de Treblinka, y aun después, cuando el gueto presentó batalla a los nazis, Jasid Nagar hubiera defendido a los suyos con su propia vida. Poco importaba que tuviera un carácter pacífico, que fuera contra sus principios o que estuviera muerto de miedo; no dudó ni un segundo en empuñar su viejo rifle y en disparar contra los alemanes. Hubiera hecho cualquier cosa por su familia. »Pero ya sabemos cómo acabó el Gueto de Varsovia: en 1943 los alemanes consiguen entrar en el gueto y lo arrasan a sangre y fuego. Los judíos, agotados, enfermos, desesperados, se ocultan entre los escombros como ratas agonizantes. Previendo lo que estaba por llegar cientos de judíos habían trabajado durante meses construyendo refugios, búnkers, sótanos y todo tipo de escondites camuflados en el subsuelo. Esto, por supuesto, era sabido por las autoridades alemanas, que escudriñaron meticulosamente cada rincón del gueto. »He aquí Jasid Nagar y toda su familia en uno de los refugios. Aún no lo sabe, pero ha llegado el momento más difícil de toda su vida. Quiere sobrevivir, pero por encima de todo, quiere que sus hijos sobrevivan. A cualquier precio. Todavía no lo sabe, pero dentro de unos minutos deseará haber muerto en el cerco del gueto, deseará no haber bajado al refugio, no tener que elegir. Jasid Nagar y su familia no son los únicos judíos que hay escondidos en el refugio. Otras familias y la suya misma conforman este retrato grotesco de la desesperación humana. Hay ancianos, hombres, mujeres, adolescentes, niños pequeños, bebés... Uno de esos bebés, en brazos de su madre, está junto a Jasid Nagar y su familia. El pequeño está enfermo, tiene hambre, y seguramente no ha dormido bien en los últimos días. El caso es que empieza a llorar. Y he aquí el dilema ético que se le plantea a Jasid Nagar: si el bebé no se calla no tendrán la más mínima oportunidad de sobrevivir, los soldados acabarán encontrándolos y los matarán a todos. Como un relámpago fulminante la idea atraviesa a Jasid Nagar: la única posibilidad es asfixiar al bebé, quizá matar antes a la madre, que podría ponerse a gritar. Son unos segundos y sin embargo, Jasid Nagar es perfectamente consciente del problema en su conjunto. En uno de los platillos de la balanza están el bebé y su madre, en el otro el resto del refugio, incluyendo a su familia, a sus hijos de cuatro y diez años. Si los alemanes los encuentran todos estarán muertos, incluyendo al bebé y a la madre; si se sacrifican el resto puede tener una posibilidad de sobrevivir. ¿Pero es lícito sacrificar a un inocente en bien de la comunidad? Lo último que tal vez Jasid Nagar pudo pensar antes de tomar la decisión fue que matar al niño y a la madre no era una garantía de supervivencia, que si a pesar de manchar sus manos con sangre inocente los descubrían, lo cual era muy probable, habría tenido que cargar con una culpabilidad demasiado pesada para sus débiles hombros. Aquí detuvo el rabino su narración e hizo una pausa solemne. El interlocutor, que había escuchado con gran atención, formuló la pregunta que seguramente todos tenemos ahora mismo en mente: —¿Pero qué fue lo que hizo finalmente Jasid Nagar? La respuesta del rabino nos dejó atónitos. —Lo cierto es que el final de la historia no se conoce, y seguramente es así como debe ser. Se sabe sin embargo que, independientemente de lo que hiciera Jasid Nagar, los alemanes encontraron el refugio, que apresaron a su familia y que los enviaron a Treblinka. Pero la verdadera pregunta que deberías haberte hecho no es qué hizo Jasid Nagar, sino qué hubieras hecho tú en su lugar. El joven farfulló que era una situación muy complicada, que era muy difícil dar una respuesta sin vivirla, pero que en todo caso él creía que no hubiera sido capaz de matar al bebé. Sin embargo, al decirlo hubo un cambio en su actitud. Permanecieron en silencio un rato y al volver a hablar cambiaron radicalmente de tema. Como nos habíamos terminado el café y la conversación perdió todo interés pagamos la cuenta y nos fuimos. Al salir de la cafetería sólo podía pensar en una cosa: «¿Y tú qué hubieras hecho?». LXXXVDentro de poco se cumpliría un año desde que la había conocido. Aún recuerda prolijos detalles del encuentro fortuito y del café de soslayo. Poco más al principio: un par de choques desamparados, diálogos de metro y ascensor. Con el tiempo se fue escamoteando al intermediario, al amigo de un amigo. Fue entonces cuando empezaron las conversaciones noctívagas, de desahogo canalla entre vasos de tubo. El sexo no llegó hasta el séptimo mes, en un acuerdo mutuo de no llegar a mayores. Pero nunca había sido su fuerte cumplir los acuerdos. Todo comenzó con una vaga inquietud noctámbula, una ensoñación insistente que repetía sus ojos en una galería espejada, y que pasó a un sabor agrio de estómago lleno y cabeza nublada. En poco tiempo el recuerdo de su mirada fue llenándole las entrañas y las horas de un sudor frío y espeso. Definitivamente había pasado a mayores.
Intentó evitarla, olvidarla, pero durante días no pudo pensar en nada que no fuera aquella mirada cobriza, anaranjada a ratos. Con el pensamiento saturado como estaba decidió que algo debía hacer, a pesar de ese terror abisal que se le agolpaba como un nudo en mitad de la garganta. Tenía pánico porque nunca había hecho nada por el estilo y no sabía si sería capaz. Sin embargo, sentía que tenía que hacerlo, o acabaría consumiéndose como un fósforo gastado. Por momentos pensó en idear un arduo plan para que nada quedara en el aire, pero en el fondo sabía que este tipo de cosas es mejor hacerlas en caliente, no vaya a ser que te entre el pánico y te eches atrás.
Conocía bien su lugar de trabajo y qué horarios tenía, así que esperó durante horas bajo un portal sucio que olía a meados rancios. Finalmente apareció por la puerta del hotel. No se vieron hasta estar casi frente a frente. Tragó un esputo que se le vino a los labios y que le dejó un sabor amargo. A continuación sacó un cuchillo que solía utilizar para cortar el pan y que traía oculto entre los pliegues de la ropa. Con él le rebanó el cuello en un solo tajo. No tenía sentido huir: los numerosos testigos darían buena cuenta de su identidad. Los coches de policía no son tan incómodos como había pensado. Por fin ha aclarado su mente y puede pensar en otra cosa distinta a aquellos ojos. Una vasta serenidad se ha apostado en su pecho: ha conseguido arrancar del mundo el prurito de aquella mirada. Lo que aún no puede entender es cómo es posible que un ser humano haya podido acumular tanto odio hacia otro ser humano y que no se le hayan reventado las entrañas en una baba negra y pestilente. Versión monterrosiana de «Historia de un sueño»Cuando despertó los hombres grises ya no estaban allí Historia de un sueño![]() Lo primero que sintió al despertar, mucho antes de abrir los ojos, fue una sensación abrumadora de cansancio y una absoluta satisfacción. Sí, se sentía cansada, como después de un largo viaje, pero un viaje reconfortante, en compañía de buenos e inquebrantables amigos. Antes incluso de abrir los ojos los últimos días pasaron de forma fugaz ante su mente: sólo unos pocos conocerían el papel que había desempeñado en la salvación del mundo.
Reconfortada en este pensamiento, que tenía más de sincera alegría que de secreta vanidad, se desperezó y abrió los ojos. Durante unos breves segundos permaneció todavía embriagada por la felicidad, sin poder ─o no querer─ asimilar lo que sus entrecerrados ojos contemplaban. De forma vertiginosa pasó de la confusión al pánico, palpando todo lo que había a su alrededor, con una leve esperanza de que todo fuera producto de su imaginación. Pero no lo era: la hierba fresca y acogedora se había convertido en un duro, roto y sucio colchón, el anfiteatro era ahora una oscura habitación llena de literas, con dos discretas ventanas enrejadas al fondo. Lo último que recordaba era haberse recostado sobre la hierba con todos sus amigos, después de haber cantado durante horas. De ellos no había ni rastro.
Trató de pensar que alguien podría haberla llevado hasta aquel lugar, aprovechando su profundo e imperturbable sueño a causa del agotamiento. Trató de imaginar mil formas para sacarla a escondidas de entre sus amigos, para transportarla, mil motivos. No podían ser ellos, evidentemente, porque ya no existían. Pronto recordó, y al hacerlo, se vio a sí misma intentando engañarse, intentando buscar una explicación que justificase que todo lo que había vivido en los últimos días no había sido un sueño. Pero ya era en vano: el anfiteatro nunca había existido, sino sólo aquel infernal hospicio en el que azotaban a los niños a todas horas y del que, en realidad, nunca había conseguido escapar. Tampoco sus amigos, Paolo, Máximo, Blanco, la niña María y su hermanito Dedé, Claudio, los demás niños, Nino el tabernero y Liliana su mujer habían existido nunca. Pero lo más doloroso fue admitir que Gigi Cicerone y Beppo Barrendero eran sólo dos viejos y rotos muñecazos de trapo, que ni siquiera tenían ojos. Allí estaban, sí, a su lado, pero inertes y vacíos de vida.
Afuera sentía el ruido de la lluvia, y dentro, todavía en la cama, la pequeña lloraba con impotencia, reconociendo que todo había sido un sueño, que nunca había seguido a Casiopea, que no había conocido al Maestro Hora, que las flores horarias eran únicamente un estúpido invento de su imaginación desbordada. Pronto llegaría esa violenta mujer, y habría que levantarse a desayunar un poco de leche mohosa con pan duro, y recibiría su tanda diaria de golpes por cualquier minucia. Y a ella sólo le quedaría seguir fantaseando con que se escapaba, con que conocía a muchos amigos, o con que vivía grandes aventuras; algo, la imaginación, que nadie podría arrebatarle nunca. El regreso de Aminatou HaidarNo hace mucho que Aminatou Haidar volvió a Marruecos. Su estado físico era lamentable, después de poco más de un mes en penosas condiciones. Los médicos, sin embargo, dieron su visto bueno para que el viaje se produjera lo antes posible ―como si su regreso equivaliera a quitarse un problema de encima―.
No, Aminatou no estaba en buenas condiciones. El viaje en patera la había dejado exhausta. Y al llegar a España el panorama no era ni mucho menos el que le habían vendido: un mes ocultándose, moviéndose a hurtadillas, con el miedo de ser localizada, de ser reconocida, de que algún policía la parara y le pidiera los papeles que no tenía, descubriendo así que había entrado en España ilegalmente. Porque viajar en patera, arriesgar su vida en una embarcación casi de papel, exponerse a acabar ahogada en algún punto del mar Mediterráneo, es algo que sólo pueden saber aquellos que han conocido de verdad la desesperación. Por no hablar de su estado psicológico: perder en el viaje a su marido y a su hijo de quince años, dejar en Marruecos a un hijo de seis años con la promesa infructuosa del futuro mejor, o llegar a un país desconocido, acompañada de un puñado de famélicos desconocidos, que sólo comparten con ella el dolor de la pérdida y del desarraigo. No conocer el idioma y tener que huir, no rendirse jamás. Tanto esfuerzo, tanto sacrificio y tanto dolor para que al final un pastor la denuncie y acabe en manos de un par de guardias civiles.
Efectivamente, la Aminatou Haidar de la que habla este relato no es la activista saharaui conocida internacionalmente. Nadie, aparte de un par de funcionarios de aduanas, sabe cuál es su nombre en España, y aún ellos no han podido evitar la extraña sensación de que aquella mujer anónima tenía el mismo nombre de otra que había aparecido en las noticias de todo el mundo. Su trágica historia nunca aparecerá en las noticias, más allá de la simple cifra estadística anual. Su cara no aparecerá en carteles ni en camisetas con frases reivindicativas. Ningún político reconocido internacionalmente moverá un dedo por ella, la ONU no se planteará jamás si su situación crea un conflicto humanitario. No habrá intelectuales que escriban manifiestos a favor de ella, ni se crearán plataformas que se movilicen por sus derechos. No representará jamás un problema ni para España ni para Marruecos, por lo que el funcionario de turno no vendrá jamás a ofrecerle la nacionalidad. Nunca se convertirá en un símbolo de la libertad, ni siquiera de la injusticia o de los derechos humanitarios.
De hecho, la única coincidencia entre nuestra Aminatou Haidar y la famosa activista, aparte del país de origen, es el nombre. Nunca ha luchado por los derechos de su pueblo ni por la libertad del Sahara. Si acaso ha pretendido mejorar la situación precaria de su familia, de sus padres, de sus hermanos, de su marido o de sus hijos. No por eso se le puede acusar de egoísmo, como mucho, de supervivencia.
Pero la diferencia que más llama la atención entre las dos Aminatous es que una deseaba con todas sus fuerzas quedarse en España y la otra volver a su país. Lo verdaderamente curioso es que un mismo final, un idéntico titular, recoja dos historias tan distintas. Microrrelato (o nanonovela) histórico-romántico-policiaco de ciencia ficción y de terror―La desintegré por amor ―confesó el monstruo a Julio César
Aquí les dejo la última de las tres nanonovelas que podía aparecer y que aparece publicada en ImaginARTE por un momento. Biografía de Neil AmstrongPisando la Luna recordó que de niño soñaba con volar.
Una vez más, pueden verla en ImaginARTE… por un momento. Puerta con espejoLlamaron a la puerta. Fue a abrir. Era él mismo.
Hace poco dedicaba una entrada a la página ImaginARTE… por un momento y su propuesta de nanonovelas ―o novelas en diez palabras―. De las tres nanonovelas que he enviado han seleccionado la de arriba para su publicación en la página. De las tres no es la que más me gustaba, pero tampoco la que menos.
En este enlace pueden consultar todas las nanonovelas que están dentro del proyecto de momento. ImaginARTE por un momento… Nano DeconstrucciónHace unos días me llegó un correo de la bitácora ImaginARTE por un momento en el que me proponían participar en un experimento creativo. Antes incluso de ver en qué consiste el experimento abro la bitácora y le echo un vistazo al conjunto. Lo cierto es que es una de esas páginas con un concepto trasnochado de la vanguardia, con manifiestos y todo, lo que le da un puntito retro que me parece atractivo. Pero no puedo dejar de mostrarme susceptible ante su punto de partida: creación artística al alcance de todos, independientemente de las capacidades y talentos personales. El punto de llegada, sin embargo, más asequible: potenciar la creatividad antes que pasar a la historia del arte.
Parece que se irán proponiendo una serie de experimentos orientados a desarrollar y potenciar la creatividad. Sólo por esto ya merece la pena participar. El primero, una nano novela, que no es ni más ni menos que una historia desarrollada con un máximo de diez palabras, sin incluir el título. Vamos, lo que ha sido toda la vida un microrrelato, pero más micro todavía, algo así como el famoso prodigio de Monterroso «Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Lo de novela es para cerrar un tipo de estructura ―con planteamiento, desarrollo y desenlace― que deja fuera las frases ingeniosas sin historia, los aforismos o las greguerías.
Puede que parezca una tontería, pero me he sentado un rato y se me han ocurrido bastantes ideas que ya iré publicando por aquí (está funcionando lo de la creatividad). Se pueden enviar un máximo de tres nano novelas, que aparecerán publicadas en la bitácora de ImaginARTE por un momento. Para más información, consulten este enlace, en el que explican paso a paso cómo construir una nano novela, desde una historia más larga hasta llegar a una frase original y ocurrente de diez palabras como máximo. Disquisiciones del mundo al revés![]() En el mundo al revés todo es exactamente igual. Pongamos por caso un objeto sencillo y común en las cocinas de nuestros hogares derechos: las cebollas. En lugar hacer llorar provocan risa, que es lo que la gente hace cuando está alegre, o sea, triste, como por ejemplo cuando un desconocido nace en un accidente de tráfico porque el coche que le conducía iba demasiado lento, todo ello en lugar de morir. Otro buen ejemplo serían las estaciones del año. Los inviernos son calurosos pero la gente se abriga igual, porque el calor con poca ropa y el frío con mucha son insoportables. Algo curioso del mundo al revés es que las diferencias sociales y económicas no se han conseguido erradicar: los inmensamente ricos son inmensamente pobres, pero resulta que para vivir con penurias, es decir, acomodadamente, hay que ser pobre. Eso sí, nadie ayuda a los que se pasan el día comiendo o tienen casa, lo cual es desalentador bajo nuestra perspectiva. Por otra parte, aunque se pueda pensar que el sistema político del mundo al revés es satisfactorio, nada más lejos de la realidad: el gobierno del pueblo sobre unos pocos políticos es profundamente anticorruptivo ─porque las ansias de ser pobre, al cabo, son las mismas─, lo cual, a la larga, es muy perjudicial. Por último, la alimentación es un punto que se suele pasar por alto cuando se habla del mundo al revés porque seguramente es un aspecto que puede resultar escandaloso o incluso escatológico a nuestro punto de vista derecho. Lo más inquietante, sin embargo, son las paradojas que se crean: difícilmente se puede entender, por ejemplo, cómo una puerta cerrada pueda pasar a través de una persona. Pero vamos, que a pesar de esas paradojas, como absolutamente todo es al revés al final todo acaba siendo lo mismo y nada es distinto. Posible solución a la burbuja inmobiliariaPiso céntrico alquila inquilino en perfectas condiciones. Con licenciatura en derecho e ingresos mensuales generosos. Limpio y de trato agradable. Disponible a partir de mayo. Precio a convenir. La invención del poeta
A lo largo de mi vida me he topado frecuentemente con gente que opina que los poetas son unos personajillos bastante inútiles. Componer versos es algo que parece muy inocente e inofensivo en un mundo que padece el terrorismo, la injusticia, la pobreza, las bombas atómicas o el SIDA. Y tal vez tengan razón, porque seguramente no veremos por los cielos a un poeta enfundado en un vistoso traje de colores y una capa, armado con papel y pluma, recorriendo el mundo y repartiendo justicia con la certeza de sus versos. Es hermoso, aún a riesgo de creer en una mentira, pensar que la poesía es un arma cargada de futuro, que algún día levantará los cimientos del mundo, sosteniendo sobre su coraza el duro peso del desconsuelo. Las escasas personas que han tenido fe en la poesía han profesado una confianza egoísta, viendo en la poesía una forma de engrandecimiento del alma, y en definitiva, de crecimiento personal. Tanto unos como otros tienen en realidad un pensamiento afín. Aquel que espera de la poesía el regalo individual no es demasiado diferente del que desconfía o desdeña a los poetas. Creedme, porque en una ocasión contemplé el milagro de ver a un verdadero poeta obrando. Su nombre poco importa. Lo verdaderamente importante en esta historia es lo que hizo con la sola y llana palabra. Creedme, porque lo he visto. Poco a poco fue tomando conciencia del poder que encerraba la cadencia de sus versos. Con ellos causó amor y odio, que son los vértices entre los que oscila todo ser humano, el armazón que otorga y que arranca la vida. Pero lo más fabuloso aún estaba por ocurrir. Ante todo es importante que no hagáis caso a los libros de historia o de geografía. Los historiadores y los geógrafos tienen una mentalidad científica incapaz de aceptar la magia que encierra la poesía. Ellos intentarán convenceros de que el mundo es de tal y cual forma porque existe una lógica basada en las leyes de la física. Pero la poesía destruye esas leyes y acuña las suyas propias. La poesía es libertad y creación, no únicamente en el papel o en el alma del lector, sino también en el mundo real. Y he aquí, el poeta de nuestra historia, que cargado de convencimiento y de fe se trasladó a vivir a un desierto. Sé que es difícil que me creáis, pero sabed que no me dirijo a todos, sino sólo a aquellos que tienen la capacidad de escucharme. Como decía, el poeta se trasladó a un inhóspito desierto, que debía ser semejante a aquel en el que dicen que Jesús pasó cuarenta días con sus cuarenta noches. Nada ni nadie osaba existir en él de no ser por la tierra yerma y las piedras, negras como el carbón. Era un lugar inhabitable incluso para las alimañas más despreciables. El sol azotaba con su fusta como sobre el lomo del infierno, quemando el aire y el aliento de la arena. Sí, allí fue el poeta a vivir. Y entonces se obró el milagro. Con el brillo de su poesía hizo que de entre los granos de arena se alzaran briznas de hierba verde y fresca, madreselvas, jazmínes, rosales, dientes de león y ortigas. En un instante el suelo quedó cubierto por una frondosa y húmeda capa de vegetación que amenazaba con devorar todo rastro yermo. El tiempo se suavizó y una bocanada de mar sediento arrebató un pedazo de tierra al desierto alumbrando así la playa, que quedó coronada de espuma y de estrellas de mar. Al momento todo quedó barnizado en una tibia fragancia de caracolas y polen. El poeta, impresionado y satisfecho con su obra, construyó una casa en la frontera con el mar, que fue llenando con tesoros recogidos en sus viajes por todo el mundo. Tal vez no me creáis, pero yo lo vi todo con mis propios ojos. El único recuerdo que quedó del desierto fueron las piedras negras como el carbón agonizando en los labios del mar. Y aunque he dicho que los nombres poco importan, lo cierto es que el poeta bautizó a su hogar, en honor a esas piedras, con el nombre de Isla Negra. Diatriba contra las cartas de amor¡Malditas sean todas las cartas de amor del mundo! Desde la del joven mocoso con puño tembloroso, de atormentado suplicio, y con la «dulce mía, te quiero», hasta la del escritor laureado que ganó el último premio con su pluma serena y con su «traje trémulo de hidromiel de los domingos». Sí, porque detrás de toda carta de amor, en sus esquinas, hay un Horacio perdido en la sombra que no acaba de encontrar a su Maga, aunque el Pont des Arts sea el Barrio Gótico, o el Paseo de Colón, o las Ramblas, o Triana, o la calle Sierpes; una amada que suplica ser esposa, que escapó de su casa a medianoche, y busca a su Amado en las majadas. Porque toda carta de amor es el grito desgarrado de un cuerpo aguillotinado, una súplica a instancias superiores, el cordero inútilmente sacrificado en el ara de la justicia poética, ante ese dios descuidado que no se percató de que tú y yo éramos uno y nos hizo en dos mitades. Y aquí me tienes, náufrago de mi desesperación, mandando botellas con aire, antaño llenas de Marguax, condenado a la isla desierta de tu ausencia, sin ropa y sin palabras que me cubran, porque mis labios quedaron anclados al último beso, y ahora están desnudos en ese no saber qué decir que nadie espera del poeta y que siempre lo acosa como un remordimiento en traje de noche. Sí, noches, cuántas noches pandémicas al teléfono desgranadas gajo a gajo elucubrando el sexo de los ángeles, colando camellos encendidos por ojos de agujas y entrando al Reino de los Cielos con las bocas llenas de manzana pecaminosa. Que si sed, agua, que si diamante, minero, que si llave, puerta. ¡Temblaban los hilos con sacudidas de olas! Y una descarga invisible levantaba la tierra que pisamos –porque pisamos la misma tierra–. Satisfecha Urania, yo te contaba todo aquello de John Donne, que si somos compás, que si hay un travesaño subterráneo que une tu centro con el mío, que si un mosquito me picó la otra noche, atravesó todo el país y te picó a ti también uniendo nuestras sangres. Ya sabes. Tú asentías; sin embargo, sospecho que conocías mi táctica, oculta tras un bies de suspiro agridulce. He intentado ser un pequeño dios haciendo florecer rosas en mis versos para ti, pero la sola palabra es sola palabra, y la carne un relámpago aleixandrino entre dos oscuridades que nos atraviesa y nos hiende de por vida. Porque la única forma de matar las noches hambrientas es el pan a manos llenas, el cuerpo que se encuentra a sí mismo, y ebrio se alza, celebrándolo. Tú lo sabes. Yo lo sé. Es inútil el engaño que nos cubre de perezas, que apenas nos salva de vivir arrancados de lo mismo. Sólo te pido que aceptes el truco de momento. Ya somos algo: somos un seremos. Si el espacio nos separa, el tiempo nos une. Aunque tú quieras más: quieres la certeza de una hora, para ser feliz desde una hora antes, para agitarte y preparar tu corazón a la dicha. Perdona si aún no te la di, perdona mis descuidos y torpezas. Ahora ya lo sabes: malditas sean todas las cartas de amor del mundo, porque en ellas hay algo pérfido, un agujero secreto donde el viejo griego recuerda que no hay Poros sin Penía, amo sin odi; donde vive y muere Lope, desmayado y furioso, cobarde y valiente. Si todo lo tengo porque te tengo, todo me falta porque me faltas. Ojalá pudiera sacrificar el escaso oro de mis versos por tenerte a mi lado. ¿Crees que soy un mal poeta? Si estuvieras a mi lado no tendría que escribir esta dichosa carta: la viviríamos. Pero no temas: el día llegará en que las cartas las escriba con mis labios.
Muchas gracias por todo... La negrura![]() Lunes 8 de junio del año 632 d.C.: El silencio se extendía solemne a través de la cálida noche, sólo roto por la triste balada de una cigarra. Susurros con olor a templo viejo acompañaban a la melancólica melodía. Apenas eran perceptibles. Sólo pues, había silencio. -El Profeta ha muerto –lloró A´isa en la puerta de la casa ante las miradas atónitas de los fieles. No dijo nada más sobre su muerte ni sobre su última revelación: silencio. Estupideces a medianoche![]() Bouvard y Pécuchet BOUVARD: ¡Joder, Pécuchet!, ¡cuánto tiempo sin verte!, pero dime, ¿qué es de tu vida? PÉCUCHET: Pues estoy bastante jodido, para qué te voy a mentir. BOUVARD: ¿Pero qué te pasa, hombre? PÉCUCHET: Nada, que estaba haciendo un cursillo de monopangloto en fascículos por correspondencia y me he dado cuenta de que soy semi-inteligente. BOUVARD: ¡Cuernoempanza!, lo siento mucho, Pécuchet, ¿se lo has dicho ya a tu familia? PÉCUCHET: No me atrevo a hacerlo... ¡tengo miedo de que me echen de casa!, ¡ojalá fuera tan gilipollas como tú! BOUVARD: Pero hombre, eso no es fácil. Son muchos años de estudiar patafísica y sus derivaciones intrínsecas. PÉCUCHET: No sabes lo que te envidio, Bouvard. Me gustaría tener un cerebro unicelular y procariótico, como el tuyo. Pero no todos tenemos la suerte de ser tan imbéciles. BOUVARD: A ver si puedo hacer algo por ti. ¿Has leído últimamente a Pauline Gagne? Es que me he hecho filoantropófago, como mi padre Ubú. PÉCUCHET: La verdad es que me he pasado a Sacher Masoch. Me he dado cuenta de que la autocomplacencia sodomita en formato estándar me proporciona grandes ventajas en mis momentos de ocio. BOUVARD: ¡Oh!, pero eso es perfecto. Dime, ¿alguna vez has pensado en donar tu hipotálamo a la filoantropofagia? Creo que podría hacer un gran bien a la Humanidad, y al mismo tiempo la operación te reportaría placenteros beneficios en el meato uretral. PÉCUCHET: ¡Pues no lo había pensado!, pero creo que tienes razón... ¡trato hecho!, que os aproveche mi hipotálamo. A ver si así consigo ser un poco más idiota. BOUVARD: Una cosa más, amigo Pécuchet. PÉCUCHET: Dime, gran amigo. BOUVARD: ¿Qué te parecería donar también tu órgano viril a la filoantropofagia? Es que como no hago nada en esta puta vida porque soy vago, mi familia pasa hambre. PÉCUCHET: Ya veo, Bouvard, que no eras tan gilipollas como parecías. Más bien me parece que se te está empezando a ver el plumero. BOUVARD: Me has pillado, Pécuchet. Es que tu semi-inteligencia es demasiado para mi absoluta estupidez de ameba. PÉCUCHET: Bueno, no te preocupes. Búscate un buen látigo con pinchos del cinco y ya hablaremos. BOUVARD: Muchas gracias, Pécuchet. Venga, cuando lo tenga iré a tu casa. Hasta luego. PÉCUCHET: De nada, hombre, para eso estamos los amigos. Nos vemos luego, un abrazo. Reflexiones de semáforo![]() Nada, por más prisa que me he dado no he podido cruzar la calzada, y ahora tengo que quedarme en la isleta del centro, esperando a que el semáforo se vuelva poner en verde para terminar de cruzar. A mi lado izquierdo hay un chico joven que no aparta la vista de su teléfono móvil, tal vez esté escribiendo un mensaje. A mi derecha hay, en cambio, una mujer mayor, que sostiene dos bolsas de la compra, una en cada mano. Yo también tengo una de las manos ocupada, porque sostengo un pequeño libro de pocas páginas. Su nombre es Todo más claro, un libro que de vez en cuando hojeo en los semáforos. En ese mismo momento, mientras espero, no puedo evitar preguntarme en qué pensará la gente durante el minuto o minuto y medio en que el semáforo está en rojo y están esperando para pasar. Aunque me doy cuenta en seguida de que es una pregunta estúpida, porque no hay mucha diferencia entre preguntarse eso y preguntarse qué piensa el género humano cuando hace el amor o cuando come una tarta de manzana. Las respuestas serán diferentes en cada caso. Pero fíjese en la situación: aquí estoy, en mitad de la calzada, siendo rodeado por filas de coches que cruzan veloces a ambos lados, y esperando a que un artefacto alargado cambie de color y me indique que puedo seguir mi camino adelante sin miedo a morir atropellado, como en “Hombre en la orilla” de Salinas. ¿Acaso alguien se ha detenido alguna vez a plantearse semejante situación? No creo que sea una cuestión baladí ni mucho menos, porque si alguien cruzara con el semáforo en rojo pondría su vida en peligro. Es mucho lo que hay en juego para pensar que la situación sea vana. Y sin embargo, nadie suele detenerse a reflexionar sobre ello durante el minuto o minuto y medio en que espera a que el semáforo dé su visto bueno para continuar el camino. Una cosa es evidente: si el semáforo está en rojo significa prohibición, y por lo tanto hay que detenerse –probablemente por asociación con el color de la sangre–; si el semáforo está en verde el camino es seguro y se puede seguir adelante sin miedo. Esta convención de signos no es más que un sencillo sistema sausseriano de oposiciones binarias. Nada más fácil. O es blanco o es negro, o es día o es noche, o es vida o es muerte. Estructuralismo puro, la misma historia de siempre. Ahora bien, por un momento imagino que estoy en algún lejano o extraño país, en donde los semáforos que se ponen rojos indican que se puede seguir adelante y los semáforos que se ponen verdes que hay que detenerse. Si estuviera en un país de tales condiciones mi vida correría serio peligro, como correría peligro la vida de uno de sus habitantes en mi propio país. Luego se puede decir que debo mi vida a una luz, que va marcando mi camino; pero esta luz no es más que una convención, algo decidido por todos y de todos conocido. Supongo que nadie se ha detenido nunca en tales reflexiones porque es tan evidente que parecen innecesarias. Sin embargo, me pongo a imaginar por un momento que aquello que me rodea no son coches que cruzan a toda velocidad, sino otro tipo de cosas que también pasan a gran velocidad, y que pueden atropellarme, hacerme daño y poner mi vida en peligro. No importa tanto la forma material como el efecto que pueden tener sobre mí. En ese caso los coches podrían ser sustituidos por otro tipo de peligros, como el miedo, el dolor, el odio, la soledad, la desesperanza, o la angustia. En realidad sospecho que es así cómo funciona el ser humano, viviendo en una pequeña porción de espacio, mientras todos estos peligros le acechan, pasando a gran velocidad por ambos lados. Pero queremos pasar, avanzar, no queremos estancarnos siempre en el mismo sitio, porque hay que seguir viviendo. Y sin embargo ahí está ese peligro, continuo y constante, y nosotros al borde del peligro, necesitando dar el paso, y sin saber cuándo será el momento propicio en que los peligros cesen y el camino sea seguro. Es ahí precisamente donde entra en juego el semáforo. Y ya no parece tan simple el funcionamiento de las luces rojas y de las luces verdes, porque nos damos cuenta de que cuando los peligros dejan de ser coches ya no es tan fácil distinguir cuáles son las luces rojas y cuáles las verdes. Si antes era evidente, porque la convención nos decía que la luz verde indicaba seguir adelante y la lógica nos decía cuál era la luz verde, ahora ya no contamos con esas útiles herramientas. Parece que ya no hay convenciones ni lógicas posibles que nos señalen cuándo podemos cruzar sin peligro. Y he aquí que cada persona tiene que forjar sus propias convenciones y buscar sus propias luces, que pueden ser una religión, un modo hedonista de entender la vida, el arte, los pequeños detalles, la familia, los amigos, o la persona que amas. Todos son luces verdes y luces rojas. Cruzar la calzada significa entonces llegar al próximo semáforo, y así sucesivamente, acercándonos cada vez más al final del camino, en donde nos aguarda la felicidad y la paz. A pesar de que se muestra obvio que los semáforos son un símbolo del ser humano en el mundo, no es fácil interpretar ese jeroglífico lumínico, distinguir las luces rojas de las verdes. Esto es lo que pienso durante el minuto o minuto y medio en el que espero a que el semáforo se vuelva a poner en verde y me indique que ya puedo seguir adelante. Y ahí está de nuevo la luz verde, que corta el hilo de mis pensamientos como a golpe de cuchilla. Y ya no hay que pensar, sino sólo seguir adelante, mientras los coches, los peligros, permanecen detenidos, y yo voy cruzando frente a ellos, inmune y victorioso, con una luz verde que me va brillando en la mano, una luz cuyo nombre es Todo más claro, y creo que voy recitando unos versos que me he aprendido de memoria del “Hombre en la orilla”. Pobre Julieta![]() Romeo y Julieta de Dicksee A veces, las historias que conocemos no son como las conocemos. Sólo a veces. Entonces pueden cambiar y ser otras historias. Cuando esto pasa hay que tomarlas rápidamente, antes de que vuelvan a su estado original. Así comprendemos mejor por qué son tal como son. Allí estabas, triste, ojerosa, con un trozo de alma entre las palmas de tus manos, apenas cogida a pellizcos, apenas entre un puñado de suspiros débiles. Allí estabas. Y era como si no estuvieras, como si nunca hubieras estado. Tus rodillas besaban la tierra, y sus besos caían, enterrados en tu pena. Mirabas hacia arriba, donde estaba él. Aquella noche, después de cientos de años, fue diferente a las demás. Por primera vez, después de repetir el mismo ritual de dolor y muertes cada noche, condenados al sacrificio eterno, por primera vez, la contienda entre Romeo y Paris se alargó un par de minutos. Cuando Paris cayó muerto, y Romeo se disponía a beber la terrible ponzoña, los gritos de Fray Lorenzo le advirtieron de que Julieta estaba con vida. Y Romeo no bebió, por primera vez en cientos de años, por primera noche, Romeo vivió. Así fue como cambió la historia, por única vez. Durante años el carácter de Romeo fue cambiando, tan poco a poco, que cuando te quisiste dar cuenta, Julieta, hacía años que no escuchabas una sola palabra de amor. Romeo ya no era más el peregrino perdido que se arrepentía en tus labios con besos santos, ya no era más la rosa de nombre Montesco, ni el rayo en mitad de la noche. Antes hubierais estado toda la noche despidiéndoos, hasta el amanecer, y ahora que amanecíais juntos, ya no había despedidas. El rubor de tus mejillas se fue apagando lentamente, y te sumiste en una profunda melancolía. Antes habías jurado que no podías contar el caudal de tu tesoro, y ahora jurarías que no hay tal tesoro. Después de todo, entonces no tenías más que catorce años, y ahora eras una fruta madura. —No llores más, pequeña y dulce estrella —la voz era suave y profunda—. Ya sabéis cuánto os amo. Os he dado una única oportunidad, pero no voy a dejar que os consumáis en la tristeza. Es momento de volver a la noche eterna, en que ambos morís y perpetuáis vuestro amor en la memoria de todos los ardientes enamorados adolescentes. Es momento de crear el mito y la magia. La vida real es muy dura para vosotros, dejad que haga mi magia y volváis a la noche eterna. Aquella noche, Romeo bebió la ponzoña antes de que Fray Lorenzo llegara. Al despertar, te encontraste con un manto de espadas ensangrentadas, venenos y cadáveres. Lloraste amargamente sobre el cuerpo de Romeo. ¡Oh, cuánto lo querías!, ¡oh, qué felices podríais haber llegado a ser juntos! Pero la muerte cruel te lo arrancaba de entre los brazos. Besaste el poso de sus labios, apurando la última gota de veneno, y después clavaste la daga en tu pecho, para que tu corazón dejara de latir por Romeo. Habías olvidado el milagro. Y ahora, una noche más, estabais muerto, y vuestro amor vivo para la eternidad. Ya habías olvidado que así es como debía y debe ser; que ese es el precio que hay que pagar por llamarse Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.
Casablanca El noveno verso, a modo de poética![]() Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido. Venir te va a venir. Hagas lo que hagas. No importa si te acabas de levantar, si estás charlando con un amigo, si son la cuatro de la madrugada, si estás escuchando la Solemne Obertura 1812 de Tchaikosky o si estás entregado a los labios de la mujer que amas. Nada importa. Porque venir te va a venir. Y entonces lo dejarás todo. Todo por eso que no sabes qué es, y que acaso nunca sea. Dejarás a un lado el desayuno, pedirás a tu amigo que se calle, te levantarás en plena noche, o te apartarás de los labios amados –ella debe de estar acostumbrada sin duda a tus excentricidades y es por eso que te ama–. Lo que viene tal vez pueda ser algo grande. Quizá sea una nueva falsa alarma, algo sin importancia. Pero también puede ocurrir que no, y no puedes correr ese riesgo. El ritmo de la Solemne Obertura 1812 va despertando poco a poco, se va haciendo cada vez más vivo y veloz. Llevas tres meses pensando en ese poema, dándole vueltas a la forma. Poco a poco ese fantasma de versos omnipresentes se ha ido colando por todos los rincones de tu vida hasta ocuparlo todo. Ahora no puedes dejar de pensar en él. Te quedaste atascado en el octavo verso, y no habías encontrado forma posible de seguirlo. A lo largo de estos tres meses tal vez hayan pasado cientos de versos por tu cabeza. Muchos de ellos tuvieron osadías de tinta y papel, otros se quedaron en vagas ideas. Pero ninguno era el exacto, ninguno de ellos era la llave: no eran lo que querías decir. Después de tres meses ese poema se había convertido en una obsesión, en un reto, en una metáfora de ti mismo, buscándote, intentando saber quién eres. Ya era más que una cuestión de honor acabar el poema, era una necesidad. Eres de los que piensa que a la inspiración hay que conquistarla, que las Musas no son unas prostitutas, y no se venden a cualquiera. A veces incluso llegaste a jugar a los dados con el lenguaje, quizá pensando que el azar te daría lo que tú no habías sido capaz de encontrar. Pero nada funcionaba. No aparecía el noveno verso, el poema no podía seguir; y a pesar de todo, jamás te rendiste. En autobuses, en el metro, mientras comías, antes de dormir y después de despertar, caminando por la calle, viendo la televisión, conversando con otras personas. Ese poema siempre estaba presente, como una amenaza, como un deseo, como una forma abstracta a la que había que darle nombre. ¿Es esa la locura del poeta? El poema poco a poco se va apoderando de tu vida, como una amante celosa, te va asfixiando. Y tú no puedes hacer nada. A pesar de todo, lo amas, lo deseas. Lo reconoces como tu hijo, tal vez imperfecto, inacabado. Te está llamando, ¿no lo oyes? Pero esa mañana de domingo pasa algo. Mientras la Solemne Obertura 1812 crece, se vuelve violenta e inmensa, un destello te atraviesa las sienes. Crees haber visto algo, pero todavía no eres capaz de comprenderlo, o tal vez no estás preparado para hacerlo. Luchas con el lenguaje, en una batalla campal, temiendo que pudiera ser otro de esos cientos espejismos que te engañaron en estos tres meses. En el fondo sabes que no te queda otra alternativa, más te vale arriesgar. Y entonces, de un doloroso parto, nace. Al principio no lo comprendes del todo, como tampoco comprendía Kipling a veces lo que escribía, pero ya es demasiado tarde. Tus labios ya lo pronunciaron. Ya salió de ti, ya no es tuyo. Y ya se está perdiendo en el aire. No puedes creerlo. Eso que acabas de decir era lo que durante tres meses había ocupado horas y horas en tu pensamiento. Es el noveno verso. Suena a joven, a misterioso, a profundo. Sabes, o tienes la certeza, de que nadie antes lo dijo, que es la primera vez que esas palabras se unieron para decir lo que dicen, lo que querías que dijeran. No sabes de dónde viene, de dónde salió, ni si alguien te lo dijo; pero sabes que has conquistado a las Musas, a fuerza de lágrimas, de sangre y de tiempo. Albricias. Todo se abre y se cierra. El principio y el fin en fa sostenido. Pero qué grande es todo, qué maravilla. Un cáliz rebosante que te espera. No soy digno de ti. Como las estrellas del cielo, el mismo misterio y la misma luz. Aleluya: la epifanía. Como hacer el amor en guíglico. Al fin has encontrado tu Grial. De fondo, la Solemne Obertura 1812 alcanza su momento sublime. El nacimiento del noveno verso se acompaña de trompetas épicas, de bombas, de aviones y tambores guerreros. Como había dicho Pedro Salinas, y todo se pobló / de carne y de banderas. Y lo recibes como al hijo pródigo, con amor, y más que con amor, con idolatría. Y saltas de alegría, y cantas, y lloras, y casi te desmayas. Por fin lo tienes. Es lo mejor que te ha pasado en toda tu vida. Las bombas caen y tu verso suena, el noveno verso, el perfecto —otro hubiera sido una mentira o una máscara—, el que dice lo que sentías. Jamás habías sido tan feliz. La Solemne Obertura 1812 suena para ti, para tu verso, para darle la bienvenida al mundo. Y el noveno verso suena, y suena, y suena; y tú sientes la dicha de ser Creador. Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido. |
![]() |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
2004 - 2011 La piedra de Sísifo - IBSN 0-000-0000-13 La piedra de Sísifo es obra de Alejandro Gamero Parra. Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Términos y condiciones generales. Hospedaje Web por Blogia.
|
Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras