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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Sui generis. Disquisiciones del mundo al revés![]() En el mundo al revés todo es exactamente igual. Pongamos por caso un objeto sencillo y común en las cocinas de nuestros hogares derechos: las cebollas. En lugar hacer llorar provocan risa, que es lo que la gente hace cuando está alegre, o sea, triste, como por ejemplo cuando un desconocido nace en un accidente de tráfico porque el coche que le conducía iba demasiado lento, todo ello en lugar de morir. Otro buen ejemplo serían las estaciones del año. Los inviernos son calurosos pero la gente se abriga igual, porque el calor con poca ropa y el frío con mucha son insoportables. Algo curioso del mundo al revés es que las diferencias sociales y económicas no se han conseguido erradicar: los inmensamente ricos son inmensamente pobres, pero resulta que para vivir con penurias, es decir, acomodadamente, hay que ser pobre. Eso sí, nadie ayuda a los que se pasan el día comiendo o tienen casa, lo cual es desalentador bajo nuestra perspectiva. Por otra parte, aunque se pueda pensar que el sistema político del mundo al revés es satisfactorio, nada más lejos de la realidad: el gobierno del pueblo sobre unos pocos políticos es profundamente anticorruptivo ─porque las ansias de ser pobre, al cabo, son las mismas─, lo cual, a la larga, es muy perjudicial. Por último, la alimentación es un punto que se suele pasar por alto cuando se habla del mundo al revés porque seguramente es un aspecto que puede resultar escandaloso o incluso escatológico a nuestro punto de vista derecho. Lo más inquietante, sin embargo, son las paradojas que se crean: difícilmente se puede entender, por ejemplo, cómo una puerta cerrada pueda pasar a través de una persona. Pero vamos, que a pesar de esas paradojas, como absolutamente todo es al revés al final todo acaba siendo lo mismo y nada es distinto. Miércoles, 09 de Enero de 2008 20:25. # Esta piedra. Tema: Sui generis No hay comentarios. Comentar. Posible solución a la burbuja inmobiliariaPiso céntrico alquila inquilino en perfectas condiciones. Con licenciatura en derecho e ingresos mensuales generosos. Limpio y de trato agradable. Disponible a partir de mayo. Precio a convenir. La invención del poeta
A lo largo de mi vida me he topado frecuentemente con gente que opina que los poetas son unos personajillos bastante inútiles. Componer versos es algo que parece muy inocente e inofensivo en un mundo que padece el terrorismo, la injusticia, la pobreza, las bombas atómicas o el SIDA. Y tal vez tengan razón, porque seguramente no veremos por los cielos a un poeta enfundado en un vistoso traje de colores y una capa, armado con papel y pluma, recorriendo el mundo y repartiendo justicia con la certeza de sus versos. Es hermoso, aún a riesgo de creer en una mentira, pensar que la poesía es un arma cargada de futuro, que algún día levantará los cimientos del mundo, sosteniendo sobre su coraza el duro peso del desconsuelo. Las escasas personas que han tenido fe en la poesía han profesado una confianza egoísta, viendo en la poesía una forma de engrandecimiento del alma, y en definitiva, de crecimiento personal. Tanto unos como otros tienen en realidad un pensamiento afín. Aquel que espera de la poesía el regalo individual no es demasiado diferente del que desconfía o desdeña a los poetas. Creedme, porque en una ocasión contemplé el milagro de ver a un verdadero poeta obrando. Su nombre poco importa. Lo verdaderamente importante en esta historia es lo que hizo con la sola y llana palabra. Creedme, porque lo he visto. Poco a poco fue tomando conciencia del poder que encerraba la cadencia de sus versos. Con ellos causó amor y odio, que son los vértices entre los que oscila todo ser humano, el armazón que otorga y que arranca la vida. Pero lo más fabuloso aún estaba por ocurrir. Ante todo es importante que no hagáis caso a los libros de historia o de geografía. Los historiadores y los geógrafos tienen una mentalidad científica incapaz de aceptar la magia que encierra la poesía. Ellos intentarán convenceros de que el mundo es de tal y cual forma porque existe una lógica basada en las leyes de la física. Pero la poesía destruye esas leyes y acuña las suyas propias. La poesía es libertad y creación, no únicamente en el papel o en el alma del lector, sino también en el mundo real. Y he aquí, el poeta de nuestra historia, que cargado de convencimiento y de fe se trasladó a vivir a un desierto. Sé que es difícil que me creáis, pero sabed que no me dirijo a todos, sino sólo a aquellos que tienen la capacidad de escucharme. Como decía, el poeta se trasladó a un inhóspito desierto, que debía ser semejante a aquel en el que dicen que Jesús pasó cuarenta días con sus cuarenta noches. Nada ni nadie osaba existir en él de no ser por la tierra yerma y las piedras, negras como el carbón. Era un lugar inhabitable incluso para las alimañas más despreciables. El sol azotaba con su fusta como sobre el lomo del infierno, quemando el aire y el aliento de la arena. Sí, allí fue el poeta a vivir. Y entonces se obró el milagro. Con el brillo de su poesía hizo que de entre los granos de arena se alzaran briznas de hierba verde y fresca, madreselvas, jazmínes, rosales, dientes de león y ortigas. En un instante el suelo quedó cubierto por una frondosa y húmeda capa de vegetación que amenazaba con devorar todo rastro yermo. El tiempo se suavizó y una bocanada de mar sediento arrebató un pedazo de tierra al desierto alumbrando así la playa, que quedó coronada de espuma y de estrellas de mar. Al momento todo quedó barnizado en una tibia fragancia de caracolas y polen. El poeta, impresionado y satisfecho con su obra, construyó una casa en la frontera con el mar, que fue llenando con tesoros recogidos en sus viajes por todo el mundo. Tal vez no me creáis, pero yo lo vi todo con mis propios ojos. El único recuerdo que quedó del desierto fueron las piedras negras como el carbón agonizando en los labios del mar. Y aunque he dicho que los nombres poco importan, lo cierto es que el poeta bautizó a su hogar, en honor a esas piedras, con el nombre de Isla Negra. Diatriba contra las cartas de amor¡Malditas sean todas las cartas de amor del mundo! Desde la del joven mocoso con puño tembloroso, de atormentado suplicio, y con la «dulce mía, te quiero», hasta la del escritor laureado que ganó el último premio con su pluma serena y con su «traje trémulo de hidromiel de los domingos». Sí, porque detrás de toda carta de amor, en sus esquinas, hay un Horacio perdido en la sombra que no acaba de encontrar a su Maga, aunque el Pont des Arts sea el Barrio Gótico, o el Paseo de Colón, o las Ramblas, o Triana, o la calle Sierpes; una amada que suplica ser esposa, que escapó de su casa a medianoche, y busca a su Amado en las majadas. Porque toda carta de amor es el grito desgarrado de un cuerpo aguillotinado, una súplica a instancias superiores, el cordero inútilmente sacrificado en el ara de la justicia poética, ante ese dios descuidado que no se percató de que tú y yo éramos uno y nos hizo en dos mitades. Y aquí me tienes, náufrago de mi desesperación, mandando botellas con aire, antaño llenas de Marguax, condenado a la isla desierta de tu ausencia, sin ropa y sin palabras que me cubran, porque mis labios quedaron anclados al último beso, y ahora están desnudos en ese no saber qué decir que nadie espera del poeta y que siempre lo acosa como un remordimiento en traje de noche. Sí, noches, cuántas noches pandémicas al teléfono desgranadas gajo a gajo elucubrando el sexo de los ángeles, colando camellos encendidos por ojos de agujas y entrando al Reino de los Cielos con las bocas llenas de manzana pecaminosa. Que si sed, agua, que si diamante, minero, que si llave, puerta. ¡Temblaban los hilos con sacudidas de olas! Y una descarga invisible levantaba la tierra que pisamos –porque pisamos la misma tierra–. Satisfecha Urania, yo te contaba todo aquello de John Donne, que si somos compás, que si hay un travesaño subterráneo que une tu centro con el mío, que si un mosquito me picó la otra noche, atravesó todo el país y te picó a ti también uniendo nuestras sangres. Ya sabes. Tú asentías; sin embargo, sospecho que conocías mi táctica, oculta tras un bies de suspiro agridulce. He intentado ser un pequeño dios haciendo florecer rosas en mis versos para ti, pero la sola palabra es sola palabra, y la carne un relámpago aleixandrino entre dos oscuridades que nos atraviesa y nos hiende de por vida. Porque la única forma de matar las noches hambrientas es el pan a manos llenas, el cuerpo que se encuentra a sí mismo, y ebrio se alza, celebrándolo. Tú lo sabes. Yo lo sé. Es inútil el engaño que nos cubre de perezas, que apenas nos salva de vivir arrancados de lo mismo. Sólo te pido que aceptes el truco de momento. Ya somos algo: somos un seremos. Si el espacio nos separa, el tiempo nos une. Aunque tú quieras más: quieres la certeza de una hora, para ser feliz desde una hora antes, para agitarte y preparar tu corazón a la dicha. Perdona si aún no te la di, perdona mis descuidos y torpezas. Ahora ya lo sabes: malditas sean todas las cartas de amor del mundo, porque en ellas hay algo pérfido, un agujero secreto donde el viejo griego recuerda que no hay Poros sin Penía, amo sin odi; donde vive y muere Lope, desmayado y furioso, cobarde y valiente. Si todo lo tengo porque te tengo, todo me falta porque me faltas. Ojalá pudiera sacrificar el escaso oro de mis versos por tenerte a mi lado. ¿Crees que soy un mal poeta? Si estuvieras a mi lado no tendría que escribir esta dichosa carta: la viviríamos. Pero no temas: el día llegará en que las cartas las escriba con mis labios.
Muchas gracias por todo... La negrura![]() Lunes 8 de junio del año 632 d.C.: El silencio se extendía solemne a través de la cálida noche, sólo roto por la triste balada de una cigarra. Susurros con olor a templo viejo acompañaban a la melancólica melodía. Apenas eran perceptibles. Sólo pues, había silencio. -El Profeta ha muerto –lloró A´isa en la puerta de la casa ante las miradas atónitas de los fieles. No dijo nada más sobre su muerte ni sobre su última revelación: silencio. Estupideces a medianoche![]() Bouvard y Pécuchet BOUVARD: ¡Joder, Pécuchet!, ¡cuánto tiempo sin verte!, pero dime, ¿qué es de tu vida? PÉCUCHET: Pues estoy bastante jodido, para qué te voy a mentir. BOUVARD: ¿Pero qué te pasa, hombre? PÉCUCHET: Nada, que estaba haciendo un cursillo de monopangloto en fascículos por correspondencia y me he dado cuenta de que soy semi-inteligente. BOUVARD: ¡Cuernoempanza!, lo siento mucho, Pécuchet, ¿se lo has dicho ya a tu familia? PÉCUCHET: No me atrevo a hacerlo... ¡tengo miedo de que me echen de casa!, ¡ojalá fuera tan gilipollas como tú! BOUVARD: Pero hombre, eso no es fácil. Son muchos años de estudiar patafísica y sus derivaciones intrínsecas. PÉCUCHET: No sabes lo que te envidio, Bouvard. Me gustaría tener un cerebro unicelular y procariótico, como el tuyo. Pero no todos tenemos la suerte de ser tan imbéciles. BOUVARD: A ver si puedo hacer algo por ti. ¿Has leído últimamente a Pauline Gagne? Es que me he hecho filoantropófago, como mi padre Ubú. PÉCUCHET: La verdad es que me he pasado a Sacher Masoch. Me he dado cuenta de que la autocomplacencia sodomita en formato estándar me proporciona grandes ventajas en mis momentos de ocio. BOUVARD: ¡Oh!, pero eso es perfecto. Dime, ¿alguna vez has pensado en donar tu hipotálamo a la filoantropofagia? Creo que podría hacer un gran bien a la Humanidad, y al mismo tiempo la operación te reportaría placenteros beneficios en el meato uretral. PÉCUCHET: ¡Pues no lo había pensado!, pero creo que tienes razón... ¡trato hecho!, que os aproveche mi hipotálamo. A ver si así consigo ser un poco más idiota. BOUVARD: Una cosa más, amigo Pécuchet. PÉCUCHET: Dime, gran amigo. BOUVARD: ¿Qué te parecería donar también tu órgano viril a la filoantropofagia? Es que como no hago nada en esta puta vida porque soy vago, mi familia pasa hambre. PÉCUCHET: Ya veo, Bouvard, que no eras tan gilipollas como parecías. Más bien me parece que se te está empezando a ver el plumero. BOUVARD: Me has pillado, Pécuchet. Es que tu semi-inteligencia es demasiado para mi absoluta estupidez de ameba. PÉCUCHET: Bueno, no te preocupes. Búscate un buen látigo con pinchos del cinco y ya hablaremos. BOUVARD: Muchas gracias, Pécuchet. Venga, cuando lo tenga iré a tu casa. Hasta luego. PÉCUCHET: De nada, hombre, para eso estamos los amigos. Nos vemos luego, un abrazo. Reflexiones de semáforo![]() Nada, por más prisa que me he dado no he podido cruzar la calzada, y ahora tengo que quedarme en la isleta del centro, esperando a que el semáforo se vuelva poner en verde para terminar de cruzar. A mi lado izquierdo hay un chico joven que no aparta la vista de su teléfono móvil, tal vez esté escribiendo un mensaje. A mi derecha hay, en cambio, una mujer mayor, que sostiene dos bolsas de la compra, una en cada mano. Yo también tengo una de las manos ocupada, porque sostengo un pequeño libro de pocas páginas. Su nombre es Todo más claro, un libro que de vez en cuando hojeo en los semáforos. En ese mismo momento, mientras espero, no puedo evitar preguntarme en qué pensará la gente durante el minuto o minuto y medio en que el semáforo está en rojo y están esperando para pasar. Aunque me doy cuenta en seguida de que es una pregunta estúpida, porque no hay mucha diferencia entre preguntarse eso y preguntarse qué piensa el género humano cuando hace el amor o cuando come una tarta de manzana. Las respuestas serán diferentes en cada caso. Pero fíjese en la situación: aquí estoy, en mitad de la calzada, siendo rodeado por filas de coches que cruzan veloces a ambos lados, y esperando a que un artefacto alargado cambie de color y me indique que puedo seguir mi camino adelante sin miedo a morir atropellado, como en “Hombre en la orilla” de Salinas. ¿Acaso alguien se ha detenido alguna vez a plantearse semejante situación? No creo que sea una cuestión baladí ni mucho menos, porque si alguien cruzara con el semáforo en rojo pondría su vida en peligro. Es mucho lo que hay en juego para pensar que la situación sea vana. Y sin embargo, nadie suele detenerse a reflexionar sobre ello durante el minuto o minuto y medio en que espera a que el semáforo dé su visto bueno para continuar el camino. Una cosa es evidente: si el semáforo está en rojo significa prohibición, y por lo tanto hay que detenerse –probablemente por asociación con el color de la sangre–; si el semáforo está en verde el camino es seguro y se puede seguir adelante sin miedo. Esta convención de signos no es más que un sencillo sistema sausseriano de oposiciones binarias. Nada más fácil. O es blanco o es negro, o es día o es noche, o es vida o es muerte. Estructuralismo puro, la misma historia de siempre. Ahora bien, por un momento imagino que estoy en algún lejano o extraño país, en donde los semáforos que se ponen rojos indican que se puede seguir adelante y los semáforos que se ponen verdes que hay que detenerse. Si estuviera en un país de tales condiciones mi vida correría serio peligro, como correría peligro la vida de uno de sus habitantes en mi propio país. Luego se puede decir que debo mi vida a una luz, que va marcando mi camino; pero esta luz no es más que una convención, algo decidido por todos y de todos conocido. Supongo que nadie se ha detenido nunca en tales reflexiones porque es tan evidente que parecen innecesarias. Sin embargo, me pongo a imaginar por un momento que aquello que me rodea no son coches que cruzan a toda velocidad, sino otro tipo de cosas que también pasan a gran velocidad, y que pueden atropellarme, hacerme daño y poner mi vida en peligro. No importa tanto la forma material como el efecto que pueden tener sobre mí. En ese caso los coches podrían ser sustituidos por otro tipo de peligros, como el miedo, el dolor, el odio, la soledad, la desesperanza, o la angustia. En realidad sospecho que es así cómo funciona el ser humano, viviendo en una pequeña porción de espacio, mientras todos estos peligros le acechan, pasando a gran velocidad por ambos lados. Pero queremos pasar, avanzar, no queremos estancarnos siempre en el mismo sitio, porque hay que seguir viviendo. Y sin embargo ahí está ese peligro, continuo y constante, y nosotros al borde del peligro, necesitando dar el paso, y sin saber cuándo será el momento propicio en que los peligros cesen y el camino sea seguro. Es ahí precisamente donde entra en juego el semáforo. Y ya no parece tan simple el funcionamiento de las luces rojas y de las luces verdes, porque nos damos cuenta de que cuando los peligros dejan de ser coches ya no es tan fácil distinguir cuáles son las luces rojas y cuáles las verdes. Si antes era evidente, porque la convención nos decía que la luz verde indicaba seguir adelante y la lógica nos decía cuál era la luz verde, ahora ya no contamos con esas útiles herramientas. Parece que ya no hay convenciones ni lógicas posibles que nos señalen cuándo podemos cruzar sin peligro. Y he aquí que cada persona tiene que forjar sus propias convenciones y buscar sus propias luces, que pueden ser una religión, un modo hedonista de entender la vida, el arte, los pequeños detalles, la familia, los amigos, o la persona que amas. Todos son luces verdes y luces rojas. Cruzar la calzada significa entonces llegar al próximo semáforo, y así sucesivamente, acercándonos cada vez más al final del camino, en donde nos aguarda la felicidad y la paz. A pesar de que se muestra obvio que los semáforos son un símbolo del ser humano en el mundo, no es fácil interpretar ese jeroglífico lumínico, distinguir las luces rojas de las verdes. Esto es lo que pienso durante el minuto o minuto y medio en el que espero a que el semáforo se vuelva a poner en verde y me indique que ya puedo seguir adelante. Y ahí está de nuevo la luz verde, que corta el hilo de mis pensamientos como a golpe de cuchilla. Y ya no hay que pensar, sino sólo seguir adelante, mientras los coches, los peligros, permanecen detenidos, y yo voy cruzando frente a ellos, inmune y victorioso, con una luz verde que me va brillando en la mano, una luz cuyo nombre es Todo más claro, y creo que voy recitando unos versos que me he aprendido de memoria del “Hombre en la orilla”. Pobre Julieta![]() Romeo y Julieta de Dicksee A veces, las historias que conocemos no son como las conocemos. Sólo a veces. Entonces pueden cambiar y ser otras historias. Cuando esto pasa hay que tomarlas rápidamente, antes de que vuelvan a su estado original. Así comprendemos mejor por qué son tal como son. Allí estabas, triste, ojerosa, con un trozo de alma entre las palmas de tus manos, apenas cogida a pellizcos, apenas entre un puñado de suspiros débiles. Allí estabas. Y era como si no estuvieras, como si nunca hubieras estado. Tus rodillas besaban la tierra, y sus besos caían, enterrados en tu pena. Mirabas hacia arriba, donde estaba él. Aquella noche, después de cientos de años, fue diferente a las demás. Por primera vez, después de repetir el mismo ritual de dolor y muertes cada noche, condenados al sacrificio eterno, por primera vez, la contienda entre Romeo y Paris se alargó un par de minutos. Cuando Paris cayó muerto, y Romeo se disponía a beber la terrible ponzoña, los gritos de Fray Lorenzo le advirtieron de que Julieta estaba con vida. Y Romeo no bebió, por primera vez en cientos de años, por primera noche, Romeo vivió. Así fue como cambió la historia, por única vez. Durante años el carácter de Romeo fue cambiando, tan poco a poco, que cuando te quisiste dar cuenta, Julieta, hacía años que no escuchabas una sola palabra de amor. Romeo ya no era más el peregrino perdido que se arrepentía en tus labios con besos santos, ya no era más la rosa de nombre Montesco, ni el rayo en mitad de la noche. Antes hubierais estado toda la noche despidiéndoos, hasta el amanecer, y ahora que amanecíais juntos, ya no había despedidas. El rubor de tus mejillas se fue apagando lentamente, y te sumiste en una profunda melancolía. Antes habías jurado que no podías contar el caudal de tu tesoro, y ahora jurarías que no hay tal tesoro. Después de todo, entonces no tenías más que catorce años, y ahora eras una fruta madura. —No llores más, pequeña y dulce estrella —la voz era suave y profunda—. Ya sabéis cuánto os amo. Os he dado una única oportunidad, pero no voy a dejar que os consumáis en la tristeza. Es momento de volver a la noche eterna, en que ambos morís y perpetuáis vuestro amor en la memoria de todos los ardientes enamorados adolescentes. Es momento de crear el mito y la magia. La vida real es muy dura para vosotros, dejad que haga mi magia y volváis a la noche eterna. Aquella noche, Romeo bebió la ponzoña antes de que Fray Lorenzo llegara. Al despertar, te encontraste con un manto de espadas ensangrentadas, venenos y cadáveres. Lloraste amargamente sobre el cuerpo de Romeo. ¡Oh, cuánto lo querías!, ¡oh, qué felices podríais haber llegado a ser juntos! Pero la muerte cruel te lo arrancaba de entre los brazos. Besaste el poso de sus labios, apurando la última gota de veneno, y después clavaste la daga en tu pecho, para que tu corazón dejara de latir por Romeo. Habías olvidado el milagro. Y ahora, una noche más, estabais muerto, y vuestro amor vivo para la eternidad. Ya habías olvidado que así es como debía y debe ser; que ese es el precio que hay que pagar por llamarse Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.
Casablanca El noveno verso, a modo de poética![]() Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido. Venir te va a venir. Hagas lo que hagas. No importa si te acabas de levantar, si estás charlando con un amigo, si son la cuatro de la madrugada, si estás escuchando la Solemne Obertura 1812 de Tchaikosky o si estás entregado a los labios de la mujer que amas. Nada importa. Porque venir te va a venir. Y entonces lo dejarás todo. Todo por eso que no sabes qué es, y que acaso nunca sea. Dejarás a un lado el desayuno, pedirás a tu amigo que se calle, te levantarás en plena noche, o te apartarás de los labios amados –ella debe de estar acostumbrada sin duda a tus excentricidades y es por eso que te ama–. Lo que viene tal vez pueda ser algo grande. Quizá sea una nueva falsa alarma, algo sin importancia. Pero también puede ocurrir que no, y no puedes correr ese riesgo. El ritmo de la Solemne Obertura 1812 va despertando poco a poco, se va haciendo cada vez más vivo y veloz. Llevas tres meses pensando en ese poema, dándole vueltas a la forma. Poco a poco ese fantasma de versos omnipresentes se ha ido colando por todos los rincones de tu vida hasta ocuparlo todo. Ahora no puedes dejar de pensar en él. Te quedaste atascado en el octavo verso, y no habías encontrado forma posible de seguirlo. A lo largo de estos tres meses tal vez hayan pasado cientos de versos por tu cabeza. Muchos de ellos tuvieron osadías de tinta y papel, otros se quedaron en vagas ideas. Pero ninguno era el exacto, ninguno de ellos era la llave: no eran lo que querías decir. Después de tres meses ese poema se había convertido en una obsesión, en un reto, en una metáfora de ti mismo, buscándote, intentando saber quién eres. Ya era más que una cuestión de honor acabar el poema, era una necesidad. Eres de los que piensa que a la inspiración hay que conquistarla, que las Musas no son unas prostitutas, y no se venden a cualquiera. A veces incluso llegaste a jugar a los dados con el lenguaje, quizá pensando que el azar te daría lo que tú no habías sido capaz de encontrar. Pero nada funcionaba. No aparecía el noveno verso, el poema no podía seguir; y a pesar de todo, jamás te rendiste. En autobuses, en el metro, mientras comías, antes de dormir y después de despertar, caminando por la calle, viendo la televisión, conversando con otras personas. Ese poema siempre estaba presente, como una amenaza, como un deseo, como una forma abstracta a la que había que darle nombre. ¿Es esa la locura del poeta? El poema poco a poco se va apoderando de tu vida, como una amante celosa, te va asfixiando. Y tú no puedes hacer nada. A pesar de todo, lo amas, lo deseas. Lo reconoces como tu hijo, tal vez imperfecto, inacabado. Te está llamando, ¿no lo oyes? Pero esa mañana de domingo pasa algo. Mientras la Solemne Obertura 1812 crece, se vuelve violenta e inmensa, un destello te atraviesa las sienes. Crees haber visto algo, pero todavía no eres capaz de comprenderlo, o tal vez no estás preparado para hacerlo. Luchas con el lenguaje, en una batalla campal, temiendo que pudiera ser otro de esos cientos espejismos que te engañaron en estos tres meses. En el fondo sabes que no te queda otra alternativa, más te vale arriesgar. Y entonces, de un doloroso parto, nace. Al principio no lo comprendes del todo, como tampoco comprendía Kipling a veces lo que escribía, pero ya es demasiado tarde. Tus labios ya lo pronunciaron. Ya salió de ti, ya no es tuyo. Y ya se está perdiendo en el aire. No puedes creerlo. Eso que acabas de decir era lo que durante tres meses había ocupado horas y horas en tu pensamiento. Es el noveno verso. Suena a joven, a misterioso, a profundo. Sabes, o tienes la certeza, de que nadie antes lo dijo, que es la primera vez que esas palabras se unieron para decir lo que dicen, lo que querías que dijeran. No sabes de dónde viene, de dónde salió, ni si alguien te lo dijo; pero sabes que has conquistado a las Musas, a fuerza de lágrimas, de sangre y de tiempo. Albricias. Todo se abre y se cierra. El principio y el fin en fa sostenido. Pero qué grande es todo, qué maravilla. Un cáliz rebosante que te espera. No soy digno de ti. Como las estrellas del cielo, el mismo misterio y la misma luz. Aleluya: la epifanía. Como hacer el amor en guíglico. Al fin has encontrado tu Grial. De fondo, la Solemne Obertura 1812 alcanza su momento sublime. El nacimiento del noveno verso se acompaña de trompetas épicas, de bombas, de aviones y tambores guerreros. Como había dicho Pedro Salinas, y todo se pobló / de carne y de banderas. Y lo recibes como al hijo pródigo, con amor, y más que con amor, con idolatría. Y saltas de alegría, y cantas, y lloras, y casi te desmayas. Por fin lo tienes. Es lo mejor que te ha pasado en toda tu vida. Las bombas caen y tu verso suena, el noveno verso, el perfecto —otro hubiera sido una mentira o una máscara—, el que dice lo que sentías. Jamás habías sido tan feliz. La Solemne Obertura 1812 suena para ti, para tu verso, para darle la bienvenida al mundo. Y el noveno verso suena, y suena, y suena; y tú sientes la dicha de ser Creador. Acaso sea vanidad, pero intuyo que pocas personas han sentido alguna vez algo parecido. |
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