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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das.» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Ut pictura poesis. Monográfico sobre Luis Alberto de CuencaLa revista hispanoamericana de cultura OtroLunes publica en el número del mes de junio un monográfico sobre el poeta Luis Alberto de Cuenca. Un acercamiento al poeta a través de una ficha bibliográfica, una serie de entrevistas publicadas en diversos medios ―entre ellas una entrevista filmada por la propia revista―, unos pocos escritos del autor, algunos estudios o artículos sobre su obra y numerosas semblanzas realizadas por personajes de la cultura, amigos y escritores ―algunas de ellas breves pero concisas―. Un buen puñado de documentos que ofrecen una visión amplia y completa de uno de los más grandes poetas vivos en nuestros días. Útil tanto como para iniciarse en su poesía como para complementar determinados aspectos. Una joya de número que no hay que perderse bajo ningún concepto. «La fruta corrompida», de Carlos Marzal A Vicente Gallego
Aunque los poemas que voy seleccionando tienen un valor fundamentalmente sentimental ─proporcional al goce estético que producen─, las reflexiones que me suscitan se mueven más en el terreno de lo puramente formal y temático. Que haya elegido «La fruta corrompida» de Carlos Marzal una vez más tiene mucho de personal, porque es un poema que por desgracia relaciono mucho, de forma incidental, con las circunstancias que me ha tocado vivir y que espero superar próximamente. La identificación con el sujeto poético llega a tal extremo que lo releo una y otra vez, sin cansarme del sentido que se va acumulando en las sucesivas lecturas.
Carlos Marzal parte de un tópico que hunde sus raíces en el Barroco y en su particular visión de los bodegones a través del vanitas. Las naturalezas muertas es el tipo de plasmación de un pensamiento obsesivo con el paso del tiempo, con la muerte, con la descomposición de la materia, y con la finitud del mundo, una idea que encuentra su representación literaria en la poesía metafísica y atormentada de Quevedo y pictórica en las calaveras del memento mori, en las flores marchitadas y en la fruta podrida que contrastan con símbolos de riqueza y de poder. Aunque el paso del tiempo no es exactamente el tema que Marzal saca a la palestra con su poema pone sobre aviso en cuanto al sentido metafísico del poema la adjetivación con que acompaña a “desayuno”. Aunque el desayuno no será el momento en que Marzal desarrolle la idea principal, sí le sirve para remarcar el sentido meditativo de todo el texto.
Marzal elabora una estructura paralelística en la que se alternan estrofas anecdóticas y simbólicas con reflexiones metafísicas. La elección de dos momentos del día para representar dos situaciones y dos actitudes distintas no es azarosa. La identificación de los distintos momentos del día ─mañana y noche─ con momentos de la vida del hombre ─juventud y vejez─ tampoco es original. Por otra parte, la reflexión sirve como engarce en la segunda estrofa y como conclusión en la última, introducida por un nuevo verso de unión. Esa segunda estrofa sintetiza las dos actitudes posibles en la vida y abre una brecha a la duda, expresada a través de los puntos suspensivos. Se puede decir que aquí se condensa la vida, el paso del tiempo, el cambio de actitud, la maduración, y en definitiva, el desengaño de la vida ante la muerte.
La primera estrofa se corresponde precisamente a esa juventud, que tiene su culminación en el verano «escolar y salvaje», edad dorada por excelencia del estudiante. Morder una manzana de hueso descompuesto y carne corrompida es una auténtica iniciación en las durezas de la vida para un joven que está abandonando su niñez y que se abre camino en el sendero de la edad adulta. Se trata de una experiencia palpable y empírica de los estragos que causa la muerte en la materia y que causa en el joven la desazón que se desarrollará en la segunda estrofa. Al llegar la noche el gusano se cambia por una cucaracha. Hay una contraposición de elementos rurales, con la fruta y el gusano, y de elementos urbanos, con la cucaracha y el grifo ─la cocina, la luz─, que al fin y al cabo vienen a ser lo mismo en distintos momentos de la vida. El preludio a esa noche, la vida, también aparece dibujada con una metáfora muy barroca, como un sueño, en el que el despertar corresponde a la revelación.
La meditación se concluye en una especie de escepticismo que se complace más en constatar una sensación, la de la cucaracha observando en determinadas situaciones, que en resolver el enigma que cifra la descomposición del mundo ─la muerte─ en un producto del azar o en una metáfora que esconde un destino macabro. Sea cual sea la elección se trata de un oscuro callejón existencialista del que no hay salida, como tampoco lo hay de la muerte. El día, la vida, carga en sus entrañas con la carne podrida, con la muerte, como en el desolador poema de Pavese «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos» Lunes, 01 de Junio de 2009 20:26. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. «Pasatiempo», de Mario BenedettiCuando éramos niños
Con motivo del fallecimiento de Ángel González publiqué dos de sus poemas relacionados con la muerte: «Muerte en el olvido» y «Muerte en la tarde» No he querido dejar de hacer lo mismo con Benedetti, algo que no es precisamente tan sencillo en un poeta que mayormente ha cantado a la vida y al amor, que en definitiva es una prolongación de la vida. Pero este vacío se debe más a un concepto de la poesía que tiene algo de whitmaniano que a una carencia simple y llana. Lo que no quiere decir que Benedetti sea incapaz de sacar el jugo de uno de los temas universales por excelencia, algo que demuestra sobradamente en «Pasatiempo», uno de sus poemas más archiconocidos.
El título del poema es uno de esos aciertos a lo Benedetti con un juego de palabras implícito. El poema trata sobre el paso del tiempo, un tema que sirve al poeta uruguayo para condensar ambas palabras en una única expresión cuya banalidad choca con la sensación desconsolada que produce su lectura. Esta antítesis sirve a Benedetti además de “pasatiempo” lingüístico como ironía, que es quizá la única herramienta válida con la que el hombre pueda enfrentarse a algo tan serio como la muerte.
Que un poema consiga resumir lo más elemental de una vida en veinte versos demuestra que tras de las palabras se encuentra un genio del lenguaje. Algo así es lo que Benedetti consigue en «Pasatiempo», un auténtico prodigio de condensación lingüística. El poema se compone de cuatro estrofas, cada una de ellas dedicadas a una de las cuatro edades representativas del hombre: infancia, adolescencia, madurez ─identificada en una breve pincelada con el matrimonio─ y vejez. La construcción es paralelística ─lo que incide en mostrar la evolución del hombre─, basada en la perspectiva del ser humano en cada una de esas etapas de la vida.
Para hacer hincapié en la subjetividad del ser humano se han tomado tres elementos, que asimismo vertebran cada estrofa: la vejez, un objeto cuyas dimensiones cambian según la edad ─no en vano un océano─ y la muerte. El tope de la vejez va cambiando según la edad, hasta que se produce la coincidencia en los sesenta años. Lo que Benedetti ha pretendido indicar que es ésta la edad a partir de la cual el hombre empieza a plantearse seriamente la posibilidad de morir, cuando empieza a contemplarlo como una posibilidad real. Asistimos al nacimiento de una realidad en cuatro estados distintos: desde la no existencia, pasando por la palabra y la realidad ajena, para finalizar en la propia experiencia. Parece ser éste el momento en que el hombre está en posesión de la verdad, como si la verdad fuera la muerte, que había habitado dentro de la vida desde el primer momento, desde el instante primero del nacimiento. Al mismo tiempo, el punto de vista que se tiene del mundo también pasa por distintos estados, creciendo con el hombre y con su experiencia: el océano pasa de charco a estanque, después a lago y por fin se vuelve lo que es, océano. La elección del agua no es casual, ya que desde antiguo se ha relacionado de alguna manera este elemento con la muerte, desde el mundo clásico, en cuya muerte se hacía necesario atravesar un mar ─el Aqueronte─ o bien en la más medieval interpretación manriqueña de las vidas como ríos y la mar como la muerte.
En fin, no deja de ser sorprendente y al mismo tiempo reconfortante que aún puedan existir enfoques originales para temas que el hombre ha estado tratando desde el principio de los tiempos. Es eso lo que hace a un buen poeta. Mario Benedetti, desexiliado de la vida![]() Mario Benedetti Conocer la muerte de Mario Benedetti me ha dejado el regusto amargo de saber que alguien que aún tenía mucho que decir callará para siempre ─quizá porque la manriqueña vida de la fama no consuela al difunto de una certeza tan aplastante como la muerte─ No he podido evitar recordar lo importante que ha sido Benedetti en la formación de mi gusto poético.
Ciertos prejuicios estúpidamente clasistas me impidieron llegar a conocer a Mario Benedetti en su momento: es un poeta tan reconocido entre el pueblo que suele gustar a aquellos que no son muy aficionados a la poesía (lo cual resulta una solemne tontería de argumento). Más tarde, mi conocimiento de Benedetti, a diferencia de muchos de sus lectores, no llega a través de Joan Manuel Serrat. A Benedetti lo leí por primera vez en una antología raída de schopenhauriano título que me dejó un amigo y compañero de la carrera, El amor, las mujeres y la vida ─el cambio de palabra no es casual, Benedetti resulta ser un Schopenhauer a la inversa─. Una antología que, por cierto, leí conmocionado, sorprendido ante un uso del lenguaje poético y de los temas que nunca antes había visto en poeta alguno.
Nada hay que no pueda ser poetizado, ninguna palabra que quede excluida de antemano. Con un uso del lenguaje muy ingenioso, que tiene mucho de quevedesco, las expresiones más coloquiales y los juegos de palabras son útiles a través de su pluma para describir el amor en toda su amplitud. Porque es cierto que Benedetti es el poeta comprometido, el poeta del desexilio, el poeta prófugo de Uruguay y de Argentina, el poeta refugiado en Cuba, pero ante todo es para mí el poeta del amor y de las mujeres. Después llegarían las canciones de Serrat: «Hagamos un trato», «Los formales y el frío», «Pies hermosos» o «Una mujer desnuda y en lo oscuro» A estos poemas añadiría, además, en una antología completamente personal ─pero seguro que compartida con muchos lectores─ las inevitables «No te salves» y «Táctica y estrategia», «El amor es un centro», y en clave política el primero y humorístico el segundo «Despabílate amor» y «Soneto (no tan) arbitrario» En fin, descanse en paz. Lunes, 18 de Mayo de 2009 21:55. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. «Lluvia», de Miguel D´orsLluvia. Lluvia que llega de muy lejos. Su oscura llamada en mis cristales, insistente. Llueve. Por las difusas calles rumorosas me alejo; me pierdo en otras lluvias que lentamente caen en mi pasado: viejas rúas de piedra y lluvia, clases de Historia y lluvia, campanadas de lluvia sobre mi infancia… Llueve en mi ventana; aquélla, esta ventana. Lluvia, tibia lluvia que por el trasfondo del tiempo acompaña mi vida poniéndole esta música gris y lenta… Esta tarde la lluvia y yo escribimos a medias estos versos. Miguel D´ors, Ciclo superior de ignorancia
Una de las grandes herencias de la poesía romántica es la estrecha vinculación entre paisaje y alma del poeta, que se enlazan en sagradas nupcias, una misteriosa comunión que Antonio Machado supo manejar con gran maestría. El mundo es como es a los ojos del poeta, o lo que es lo mismo, el poeta no es sino una proyección del mundo, un fantasma o un mero decorado de fondo. Todo se alía a favor del amor y del odio: el sol, la luna, la tierra, el agua, la vegetación. Eso somos, al cabo. Una aglutinación de mundo en un punto, y eso es la poesía, mundo y más mundo. ¿La lluvia? No es sólo agua que cae, sin más sentido. En la caída está precisamente la clave, sospecho. La lluvia, como actante, es uno de los grandes “inventos” de la poesía moderna, que centra su melancolía, entre otros elementos, en ella y en las tardes de domingo. De esta melancolía y del convencimiento de que la lluvia forma parte indeleble de los pequeños momentos de la vida parte Miguel D´ors para elaborar un poema sencillo al mismo tiempo que efectivo en su ritmo. ¿Acaso alguien no se ha instalado alguna vez en una ventana para ver caer la lluvia de la calle? ¿Acaso no lo ha hecho cualquier niño? Precisamente un mismo acto une dos momentos, pasado y presente, fundidos en un único momento, con una música de acompañamiento, que podrá tener su tristeza ─no lo niego─, pero que desde luego es inmensamente relajante. Y esta lluvia, que tiene sabor a magdalena proustiana, es símbolo del paso del tiempo, de lo que cambiamos y de lo poco que cambia el mundo. Pero lo espléndido del poema es, como he dicho, su ritmo entrecortado y la estratégica situación de las palabras. Aunque la construcción se consigue mediante heptasílabos, la disposición gráfica, que trae aparejada un determinado tipo de entonación, tiende a romper esos heptasílabos en dos hemistiquios en algunos casos. La palabra «lluvia» y sus derivados cobran protagonismo, ya sea a través de la fragmentación del verso o con encabalgamientos abruptos; al tiempo que la enumeración insistente genera un monotonía muy sugerente. El efecto conseguido es el de un goteo, un ritmo parcelado que no es difícil de identificar con el sonido de la lluvia. Miguel D´ors consigue en este texto uno de los mayores objetivos a los que puede aspirar un poema: que se produzca una imagen sonora, a través de una correspondencia entre forma y contenido. Sólo queda alabar el acierto del cierre epigramático en unos versos que aportan una nueva dimensión al poema, pues lo convierten en una reflexión metapoética que va más allá de la simple contemplación del paisaje, algo por supuesto netamente moderno. Cosmopoética 2008![]() Ya está disponible el programa de Cosmopoética 2008, el festival que reúne a poetas de todo el mundo en Córdoba y que cuenta con dos propósitos principales: acercar y difundir la poesía entre los ciudadanos ─incluso entre los más reacios─ y mostrar los vínculos entre el arte poético y las otras artes. El programa de este año me parece un poco más flojo que el del año pasado, pero igualmente merece la pena hacer una escapadita, aunque sólo sea para disfrutar de una ciudad que al margen de festivales está llena de poesía. Y si además se tiene la oportunidad de conocer a algunos poetas, miel sobre ojuelas. «Muerte en la tarde», de Ángel GonzálezDe los cientos de muertes que me habitan, ...y nadie me levanta.
Ángel González, Áspero mundo
Aún a riesgo de parecer reiterativo no puedo dejar de poner hoy otro poema de Ángel González cuyo protagonista vuelve a ser la muerte. Escribir sobre la muerte puede que no tenga mucho de particular, porque junto al amor son los temas más universalmente tratados en la Historia de la literatura; como tampoco tiene nada de particular leer a un poeta muerto que escribe sobre la muerte ─evidente es que al final todos los poetas acaban muriendo─. Sin embargo, uno no puede evitar un estremecimiento al leer «Muerte en la tarde», el mismo tipo de estremecimiento que se siente al leer Así pasen cinco años de García Lorca, por lo que tienen de premonitorio. El poema empieza con dos versos rotundos, epigramáticos, que sorprenden y al mismo tiempo aturden. El tratamiento que hace Ángel González de la muerte en estos dos versos y en todo el conjunto no tiene nada de original en cuanto a contenidos, y vuelve a aparecer en otras composiciones, como por ejemplo en el célebre final de su «Cumpleaños», cuando dice también con brevedad: «Para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho». El tema ─el tempus irremediabile fugit─ se remonta a las Geórgicas de Virgilio, pero el enfoque de la vida como sucesión de muertes es en realidad plenamente barroco y tendrá su exponente más perfecto en el oscuro y atormentado quevedismo metafísico, representado en grado sumo por el verso final del poema que empieza «¡Ah de la vida!» cuando Quevedo concluye que somos al cabo «presentes sucesiones de difunto». Otros autores recogerán el tema, adaptándolo a los nuevos tiempos, como ese hermosísimo poema de Cesare Pavese «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Sin embargo, la efectividad de Ángel González se basa en su capacidad de concentración y en la genialidad de sus imágenes, herencia de Quevedo. Como he dicho, cada poeta adapta el poema a sus circunstancias vitales, y Ángel González no es una excepción. Nótese el peso que tiene en el texto la poesía de la experiencia, que en Áspero mundo ocupa un lugar fundamental. El atardecer machadiano pasa a situarse en un entorno urbano, con sus objetos característicos: las calles, los edificios, las farolas. Además, la reflexión metafísica se empaña con detalles nimios, como el del comerciante que pregona sus mercancías en la calle. Pero la ciudad se convierte al anochecer en una especie de infierno de cenizas y sus habitantes en sombras, condenadas a la soledad. Y finalmente aparece la falta de esperanza, algo tan habitual en su poesía que incluso llega a inspirarle el título de su siguiente libro ─Sin esperanza, con convencimiento─, y que recuerda inevitablemente al infierno dantesco en cuya entrada figuraba la advertencia «Abandonad toda esperanza». Precisamente ese sabor final que deja el poema, entre amargo y tenebroso, dibuja la imagen de un ser condenado al infierno. Ahora que el poema se ha convertido en una triste realidad para Ángel González, sólo queda esperar que allá donde esté, si es que está en alguna parte, haya podido esquivar esa dolorosa región de la desesperanza. Por cierto, una curiosidad rítmica. Al leer en voz alta el poema hay algo que puede sonar extraño si no se pone especial atención: el verso «sombras sin dejar huellas, hombres que pasan» aparentemente es dodecasilábico. Esto podría parecer un fallo dentro de una composición de ritmo endecasilábico, y habría que pensar en una lectura de pentasílabo seguido de un heptasílabo. Pero lo curioso es que este falso dodecasílabo es el verso número doce empezando por el principio y por el final, quedando justo a la mitad del poema. ¿Casualidad o intencionalidad? «Muerte en el olvido», de Ángel GonzálezComo era de esperar hoy un aluvión de artículos se hacen eco en toda la presa de la muerte del poeta Ángel González, y como uno es del montón y no puedo referirme a la grandeza de su persona y a su fiel sentido de la amistad con un buen puñado de anécdotas íntimas como suele hacerse en estos casos, haré lo que más me gusta: leer poesía y hablar sobre ella. Además, como lo prometido es deuda, he elegido un poema que me parece adecuado con la situación, lo cual no es muy difícil teniendo en cuenta que la muerte es uno de sus grandes temas. Ángel González, algo enemigo de la crítica formalista, atacaba el exceso de rigor interpretativo con la siguiente frase: «Soy el primero en reconocer que lo que no diga el poema, lo que no se vea en el poema, no puede añadirse a posteriori y en prosa». En mi opinión, aunque «es cierto que la lectura es cosa del lector», no cualquier lectura es igualmente lícita. Si hubiera que establecer grados, la interpretación del autor es la más válida de todas, no por ello la única, porque es la que más se acerca a la intención original con que fue escrito el poema. Sin embargo, la interpretación no debiera interferir en la sensación acústica que produce la lectura del poema ─lo que comúnmente se llama el sentimiento─. Déjenme que trampee el sentido original de un poema para adaptarlo a las circunstancias. Es evidente que «Muerte en el olvido» se trata de una composición de tema amoroso, que se vale de uno de los grandes tópicos de la poesía de amor, que se ha repetido con variantes prácticamente desde el discurso de los andróginos de Aristófanes de El banquete de Platón ─un espléndido libro sobre el tema es el de La transformación de los amantes de Guillermo Serés─. El tratamiento que hace Ángel González es muy original, con resonancias que recuerdan a Pedro Salinas en el uso del verso corto y entrecortado y en la efectividad de los pronombres y de los posesivos, utilizados en casi todos los versos. El verbo, como en Salinas, también juega un papel fundamental, situado en muchos casos estratégicamente al final del verso para lograr encabalgamientos bruscos que dan al poema ese ritmo entrecortado. Por cierto que el ritmo es casi el único inconveniente que se le podría poner al poema, con tendencia al endecasilábico, o bien todos endecasilábicos, aunque en algunos versos hay que hacer sinaléfas que dificultan la lectura. No es difícil someter este poema a un proceso de relectura como el que Borges hizo con Pierre Menard. Mi propuesta es sustituir el concepto de la amada por el del lector. La vida de la que Ángel habla se convierte entonces en esa tercera vía a la que se refería Jorge Manrique en sus coplas, la vida de la fama. Pero no la fama banal y pasajera, sino la fama asentada sobre la memoria de los siglos, la fama inscrita con letras mayúsculas en la Historia de la literatura. Porque el poeta vive en su poesía, pero nada es la poesía si no existe quien la lea; luego el poeta necesita lectores para vivir. Y en esa vida que es la fama la grandeza del poeta consiste en mostrarnos nuestra propia grandeza: la poesía no inventa, sino que descubre lo que permanecía dormido en todos y cada uno de nosotros. Y si en el poema somos capaces de reconocer altura, limpieza, inteligencia, sencillez, ternura o bondad es porque somos altos, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y bondadosos. Berkeley había dicho que el sabor de la manzana no está en la manzana misma ni en la boca del que la come, sino en el contacto entre la fruta y el paladar. Borges se refirió en numerosas ocasiones a la hipótesis de Berkeley para plantear su concepto de la poesía, el mismo que yo he propuesto para el poema de Ángel González. En el conjunto de ensayos que recoge en su Arte poética dice Borges: «un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras ─o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos─ surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo». No dejemos, pues, que Ángel González muera. Mantengámoslo vivo siempre en su poesía.
Yo sé que existo Ángel González, Áspero mundo
«Muerte en el olvido» - Recitado por Ángel González Domingo, 13 de Enero de 2008 17:55. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. «Requiem», de Rafael Alberti (inédito)![]() El joven Rafael Alberti, en su casa La Gallarda, durante su exilio en Uruguay en 1947 Babelia dedica esta semana un número casi monográfico al grupo poético del 27 ─¿cómo es posible que siga perpetuando un término tan poco exacto como el de generación?─ para celebrar el 80º aniversario de su aparición. Siempre me ha parecido curioso este tipo de aniversarios, porque uno puede perfectamente saber qué año, qué mes, que día y qué hora es el aniversario del nacimiento o de la muerte de este o aquel escritor, pero encajar algo tan complejo para lo que ni siquiera existe consenso en su nomenclatura en una fecha concreta parece la típica falacia simplista de libro de texto. De acuerdo, si existe la obligación de elegir una fecha escojamos la del 16 de diciembre de 1927, pero siempre a sabiendas de que el 27 es mucho más que el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla. Lo que es el 27 ya se venía fraguando muchos años antes y aún se prolongaría años después, por lo menos hasta el comienzo de la Guerra Civil. De todos modos, no crean que estoy en contra de este tipo de celebraciones, sino más bien todo lo contrario, siempre y cuando sirvan para resucitar la quizá demasiado adormilada memoria con propuestas como las del Babelia de esta semana. Pocas veces se podrá decir que un Babelia es magnífico en casi todas sus páginas, salvo por alguna entrevista a un desagradable personajillo literario. No todos los artículos tienen la misma profundidad ni la misma agudeza, por supuesto. Frente al superficial tratamiento que hace José Manuel Caballero Bonald, que no va más allá de las cuatro obviedades clásicas y generales de siempre, me quedo con un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el anciano Alberti. Muñoz Molina habla de la impostura y de la máscara de sí mismo, en esa necesidad de rendir fidelidad a los rasgos de la propia identidad, que el artista se ve obligado a interpretar a partir de cierta edad. A partir del caso más evidente, Borges, habla de un Alberti obligado a reiterar los rasgos del personaje que había ido creando con el paso de los años. Aunque Muñoz Molina dé con el dardo en la diana, su texto provoca cierta sonrisa porque parece escrito desde el orgulloso resentimiento del joven que no fue invitado a entrar en el círculo de amistades del viejo vate gaditano y recibió el que quizá es el peor de los tratos: la fría indiferencia. Tampoco tienen desperdicio los artículos de Jesús Ruiz Mantilla, Ian Gibson, Luis Muñoz o Javier Rodríguez Marcos.
Y es que la gran estrella en esta ocasión, de entre todos los integrantes del 27, es Rafael Alberti, del que se publican tres poemas inéditos, como se hiciera no hace mucho en esta misma publicación con Federico García Lorca o, salvando las distancias, con Julio Cortázar. Los tres textos son una prueba evidente de lo que Ricardo Gullón llamó las «alegrías y sombras de Rafael Alberti»: dos de ellos se encuadran en la etapa de Marinero en tierra y de El alba del alhelí y el tercero en la de Sermones y moradas. Aunque según Beatriz Hernanz, la estudiosa que los ha sacado a la luz, en el segundo de ellos, titulado «Ingenuidad», está prefigurada casi la totalidad de la obra del futuro Alberti es bajo mi punto de vista el más prescindible de los tres. El poema vinculado a Sermones y moradas que empieza «Es una frente la que hoy pide auxilio» es deslumbrante a ratos, con versos y giros que recuerdan al desolador Lorca de Poeta en Nueva York. Este poema, en apariencia escrito por un poeta maduro, fue seguramente descartado por su exceso de irreverencia religiosa que hubiera levantado las críticas de más de uno en la España de la época. El poema titulado «Requiem» evoca al joven pintor Alberti paseando por el museo del Prado y copiando incansablemente a los grandes maestros de la pintura. Es un poema de luminosidad apagada, en penumbra, entristecido por el recuerdo del cuerpo amado, por la pérdida. Se va dibujando a dibujando a pinceladas, que bien podrían ser las de Giotto o Piero Della Francesca o bien las del Greco o Zurbarán, un cuadro en el que se adivina la figura de Cristo. Las referencias al color, a la luminosidad y a la mística son abrumadoras ─«de color siglo XIII y muy viejo…»─. Este aspecto culto se une al popularismo de Marinero en tierra a través de continuas exclamaciones, interjecciones, repeticiones, interrupciones y un verso rápido, veloz, como un pincel sobre un lienzo. «RÉQUIEM» Aquí... aquí... donde tú estuviste Donde estuvo ya inmóvil tu cuerpo... Aquí... aquí... a esta luz amarga De color siglo XIII y muy viejo... Quiero hacer este verso Triste, Muy triste Como rayo de luna sobre el Campo Muerto Me encuentro. ¡Y ahora sí que estoy solo! Unas luces enfermas de color ceniciento..., Un Cristo..., Unas flores mustias de blancor enfermo... ¡como cuando estaba ya inmóvil tu cuerpo! ¡Tu cuerpo! : largo y abultado como las estatuas del Renacimiento. ; y la túnica humilde... de pliegues helénicos... ; y tus manos místicas... ¡Oh, las ascéticas manos de los muertos! ¡Oh, el color, el color de los muertos! : Color de llanura cuando ya hace frío... Color de este verso. Aquí... aquí: ¡Como aquella noche! Me acuerdo de mi juramento,... Que te hice temblando... temblando... Al oído... ¡ya sin eco! Y ahora: Quiero Renovar "aquello"... Y seguir siendo bueno, Muy bueno... Aquí, aquí, donde tu estuviste... ; Donde estuvo ya inmóvil tu cuerpo... Aquí... aquí...: a esta luz amarga De color siglo XIII y muy viejo...: Hice Este verso. Julio MCMXX III «La trompeta», de Ángel González(Louis Armstrong) ¡Qué hermoso era el sonido de la trompeta Cuando el músico contuvo el aliento Y el aire de todo el Universo Entró por aquel tubo ya libre de obstáculos!
Qué bello resultaba el estremecimiento producido por el roce de los huracanes contra el metal, de cálidos vientos del Sur, y luego del helado austral, que dio la vuelta al mundo.
El viento solano llegó lleno de luz salpicando de sol y de verano. El siroco dejó un poco de arena, y el mistral era casi silencio, igual que los alisios.
Pero escuchad, escuchad todavía el ramalazo, la poderosa ráfaga y deja sobre la piel la húmeda caricia del salitre.
Un grito agudo interrumpió la melodía.
El artista, extrañado, agitó su instrumento, y cayó al suelo, yerta, rota, una brillante y negra golondrina. Ángel González, Tratado de urbanismo
Hasta hace un momento he estado dudando en escoger entre este poema de Ángel González o su otro poema «Revelación». Aunque «Revelación» es más profundo y sincero, finalmente me he decidido por «La trompeta» como réplica a un poema sobre Charlie Parker que puse hace bastante tiempo escrito por Miguel D´ors y titulado «Bird» ─poema que es necesariamente superior a «La trompeta»─. También parece tener «Revelación» un vínculo más directo con la «Oda a Francisco Salinas» de Fray Luis de León, que en «La trompeta» se convierte en una auténtica cosmogonía del aire. Todos los vientos, provenientes de los cuatro puntos de la Tierra se concentran en la trompeta de Louis para ser expulsados en un movimiento circular que los retorna al lugar de origen. Ese movimiento concéntrico supone una mezcla de opuestos que desborda al oyente en el más puro sentido místico de la palabra: luz y oscuridad, ruido y silencio, norte y sur, frío y calor ─como aquella trompeta sola, de fuego, de Francisco Brines quemándonos la vida, «o acaso era de hielo»─. La referencia más evidente en una primera lectura del poema es ese maravilloso texto padre de todos los cronopios titulado «Louis, enormísimo cronopio» ─algo parecido intenté hacer con Charlie Parker─. Tanto el relato cortaziano como el poema de Ángel González muestran una visión todopoderosa y mágica de Louis Armstrong. Cortazar plantea la posibilidad de que el soplo divino hubiera sido obra de Louis, «el hombre hubiese salido mucho mejor», un mundo de cronopios. También en Cortázar aparecen referencias a la mística, como por ejemplo en la imposibilidad de describir la realidad a través del lenguaje, cuando se describe a Louis «flotando en una continua despedida de algo que no se sabe lo que es». La melodía de Louis es interrumpido por un grito agudo, lo que recuerda al llanto de la trompeta de Celaya, que en García Lorca no es sino el llanto de la guitarra aguijoneada por cinco puñales. El contierto se detiene para que Louis agite su trompeta y ¡zas! Ángel González nos golpea con un misterioso y hermoso final sobre el que no diré nada para que cada cual lo interprete a su manera. Domingo, 25 de Noviembre de 2007 13:54. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Crónica cosmopoética III: Dómingo 22 de abrilEl domingo se repetía por la mañana la lectura en la feria del libro, esta vez con Jesús Aguado, Ana Blandiana, Juana Castro, Antonio Cisneros, Stefan Hertmans y Jaime Siles. Íbamos sobre todo para ver a Jaime Siles, ya que el día anterior no lo habíamos podido ver en la Fundación Gala debido a la falta de tiempo y al agotamiento ante la lectura del incansable Gabriela Frasca. Creo que Siles puso el dedo sobre la llaga de algo que no se ha podido ver mucho en Cosmopoética: el toque culturalista y formalista propio de un filólogo y profesor de universidad, algo que supone un respiro ante tanta divagación metafísica y existencial. Como no podía ser de otra forma, nos deleitó con la forma más clásica, el soneto, que exige una estructura y una selección de palabras muy concreta. La contrapartida es que en un primer contacto con el poema, y más a través del medio oral, es difícil captar plenamente el significado, aunque por suerte antes de recitar cada poema explicaba su contenido, lo que permitía que se pudiera disfrutar más de la musicalidad. El recital fue en general muy agradable y conectó bien con el público porque la mayor parte de los poetas eligieron un mismo tema: el amor. Como descubrimiento personal debo señalar a Jesús Aguado, cuyos poemas oscilaron entre la angustia existencial y el más puro humor surrealista, siempre desde un punto de vista entrañable. Es un poeta que no conocía y que desde luego merece la pena. Por otro lado, tendría que señalar como totalmente prescindibles a Juana Castro y a Antonio Cisneros. El segundo de ellos me ha parecido de lo más aburrido que he visto en Cosmopoética, que ya es decir. Blandiana recitó un primer poema magistral, de esos que te ponen los vellos de punta, en el que describía cómo sería la vida si se naciera siendo viejos y se muriera como bebés. El resto de sus poemas eran correctos pero no conseguían destacar. La anécdota fue una frase de Ida Vitale, que estaba sentada detrás de nosotros, en la que comentó que probablemente todos los asistentes a la lectura debían ser poetas. Este sencillo y profundo comentario, que no pudo menos que causarme la risa en aquel momento, es en realidad muy significativo en cuanto al lugar que ocupa la poesía dentro de la sociedad, en abierto contraste con el propósito de Carlos Pardo y de Juan Antonio Bernier, los coordinadores de Cosmopoética, de “democratizar” el gusto por la lectura de poesía. Aunque nos pese hay que admitir que la poesía se reduce al fin y al cabo a un pequeño núcleo cerrado y endogámico.
Tras esta lectura nos despedimos de Cosmopoética, con la aflicción de no poder asistir por motivos de tiempo a la lectura de clausura, en la que participaban figuras tan importantes como Carlos Edmundo de Ory, Pablo García Baena o Ida Vitale. Con todo, nos llevamos un buen sabor de boca de Córdoba y de Cosmopoética en estos tres días en los que prácticamente no ha habido tiempo para descansar. Aunque hemos tenido que soportar momentos absurdos o soporíferos, en general ha sido una expericiencia muy positiva y enriquecedora. Independientemente de que no esté de acuerdo con el propósito de los coordinadores de Cosmopoética, no me cabe la menor duda del valor de este evento, que sirve para fomentar la lectura de poesía, aunque sea en círculos reducidos, el diálogo y la reflexión entre poetas sobre su labor creadora. Crónica cosmopoética II: Sábado 21 de abril Íbamos con tiempo suficiente a la lectura que tendría lugar a las doce y media en el patio del ayuntamiento de la feria del libro. De esta forma, podríamos pasear tranquilamente por la feria del libro haciendo tiempo hasta que empezara el evento. Pasamos por delante de una exposición organizada para Cosmopoética y como fuera que íbamos pronto decidimos entrar a echar un vistazo. La exposición en cuestión tenía por título “Metáforas en[caja]das” y era obra de un tal Goval, alguien a quien no conozco pero que debe ser muy importante, teniendo en cuenta que no se menciona en ninguna parte su nombre o apellidos ―después he podido saber que se llama José Gómez Valera―. La exposición forma parte de un ciclo llamado “Poesía de los ojos” que pone en relación la poesía con diversos artes plásticos como la pintura, la escultura o el cine. En ella se pueden contemplar una serie de “artefactos poéticos” que muestran dentro de cajas objetos cotidianos que se han manipulado y descontextualizado para despertar el extrañamiento del espectador, al modo de los clásicos ready-mades. Utilizando como eje el humor y la ironía critica la sociedad actual, la época del franquismo, la política exterior estadounidense o simplemente las relaciones humanas. Algunas de ellas tienen su gracia, o incluso dan que pensar, pero es inevitable pensar que el abismo que separa a la poesía de esta forma de expresión es insondable. La mera inclusión de estos ejercicios de reflexión en el territorio del arte ya podría ser cuestionable, ofreciendo un debate que permanece abierto, como se ha podido comprobar en la feria de ARCO. Domingo, 29 de Abril de 2007 01:47. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Crónica cosmopoética I: Viernes 20 de abrilDebíamos llegar el viernes a Córdoba a las siete y media para ver a la lectura de poesía de las ocho en el colegio de arquitectos. No había sido posible asistir a ninguno de los actos anteriores, algunos de ellos muy sugerentes, por motivos de trabajo. Desgraciadamente no quedaba más remedio que prescindir de la conferencia de apertura, de los 40 minutos con Sabina, de las distintas lecturas en la universidad o de la mesa redonda sobre la posibilidad de traducir poesía ―una cuestión ésta última no baladí debido al peso que la poesía en lengua no española tiene en el evento―. Con todo, no fue posible llegar a tiempo el viernes a la lectura, y como resultado de la media hora de retraso nos perdimos la lectura de Claribel Alegría, que tenía que irse urgentemente. Cuando llegamos estaba leyendo José Luis Amaro. He de confesar ―quien me conozca lo sabe― que el mayor interés de esta lectura era Luis Alberto de Cuenca, y afortunadamente llegamos a tiempo, porque el orden estipulado era por estricta sucesión alfabética. Mientras los demás recitaban Luis Alberto permanecía con los ojos cerrados, dormitando o tal vez paladeando la poesía de sus compañeros con ese regusto a veces dulce y a veces amargo que los versos dejan en el oído. Cuando le tocó el turno, después de Miguel Casado, Luis Alberto pasó a leer sus poemas como un rayo, sin detenerse a comentar o a introducir los poemas como hacen otros poetas, como queriendo aprovechar al máximo sus diez minutos. No era necesario una introducción, porque Luis Alberto leyó algunos de sus poemas más conocidos: «Amour fou», «La malcasada», «El desayuno», «Cuando pienso en los viejos amigos» o «In illo tempore». Abrir el libro no era más que un viejo ritual: como vate ciego Luis Alberto recitaba con los ojos cerrados versos conocidos como la palma de sus manos. Lo más destacable en esta lectura aparte de Luis Alberto de Cuenca fueron los poemas de Joan Margarit, cuya voz grave y profunda llenó toda la instancia, conmoviéndonos como ninguno de los poetas presentes había sabido hacer. Además, hay que puntualizar el acierto de Judith Herzberg, poeta holandesa, que optó por leer principalmente traducciones, reservando los poemas en su lengua original para casos muy concretos, y siempre después de la traducción. De esta forma, es posible captar la musicalidad después del sentido, al tiempo que no se cansa al público con largos y tediosos recitados en un idioma que únicamente entiende su autora ―más le hubiera valido a más de un poeta extranjero tomar ejemplo de ella―. La siguiente cita tenía lugar a las diez de la noche en el palacio de Orive. Una vez más llegamos tarde, pero no tan tarde como para presenciar el bochornoso espectáculo de Matías Ávalos. Al llegar nos obsequiaron con una fotocopia en la que aparecía dibujado un ser aberrante con un parecido muy sospechoso al extraterrestre de la película Predator. En el dibujo de este ser, llamado dislocador, se especificaban las distintas partes de su cuerpo, sus bombonas generadoras de apariencia, sus filtros de salida y entrada y su depósito molecular, como si fuera una página arrancada de un libro de anatomía. Matías Ávalos recitó una serie de poemas dedicados al dislocador y a otro ser también de invención suya llamado simulador. Por supuesto, estos poemas sin título, que carecían de pies y cabeza, resultaban irritantes y molestos, porque nos recordaban la infinidad de cosas mejores que se podían hacer en aquel momento. Si bien es cierto que la poesía rompe con la lógica y el “sentido común” del lengua cotidiano, también hay que decir que la poesía es algo más que juntar palabras, como la pintura es algo más que juntar colores, teniendo en cuenta además que los poemas carecían incluso de musicalidad. A pesar de todo soportamos a este retacillo de Ory ―Carlos Edmundo―, que diría Lope de Vega, para después escuchar a Joan Baptista Humet, que recitó algunas de sus canciones. Sin embargo, estábamos ya tan irritados por el espectáculo de Matías Ávalos que decidimos irnos y dejar la poesía para el día siguiente, prescindiendo también de la sesión trasnochada que tendría lugar a las doce en La Pérgola. Preferíamos ir frescos sobre seguro a la sesión del día siguiente por la mañana en la feria del libro. Aunque a la lectura en el colegio de arquitectos había asistido una cantidad de público considerable fue muy superior el número de asistentes al palacio de Orive, demostrando así que lo que consigue enganchar al público no es tanto la poesía como la música. En este sentido es fácil comprender que los eventos que tengan un mayor éxito sean la sesión de trovadores o la sesión de trasnoche, en donde poesía y música se dan la mano. «Matzhevá», de Jorge Valdés Díaz-VélezQue no nos ciegue el pasaje de las Confesiones en el que San Agustín relata su sorpresa al encontrar a San Ambrosio leyendo en silencio en una celda de Milán. La lectura es, en el fondo, un acto enmascarado de diálogo que funciona en dos direcciones. Por una parte, este diálogo es unilateral con aquellos que nos precedieron en el tiempo y que acumularon sabiduría a lo largo de sus vidas, aplicando los versos que Quevedo escribió en el pueblo Torre de Juan Abad: retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos. Por otra parte, hay un diálogo bilateral en el sentido machadiano de conversar con el hombre que siempre va con uno mismo. En ese primer sentido escribe Jorge Valdés Díaz-Vélez el poema «Matzhevá», donde una única frase permite conectar dos siglos de historia, convirtiendo un acto que en principio puede parecer individual e incluso solitario en un puente al margen del tiempo, en una puerta que une pasado y futuro. A través de un juego de espejos, de una mise en abîme, el protagonista del poema, que es un lector, se convierte en escritor, haciendo que el que lee sea un lector en segundo grado. Esta voz poética creadora y lectora se convierte en parte de la lectura, en una llamada a futuros lectores y en una advertencia que nos recuerda que escritura y lectura están separados por una tenue frontera que puede ser atravesada en cualquier momento. Aquí les dejo con el poema de Jorge Valdés Díaz-Vélez: «Matzhevá» En un libro de mi padre, leo Jorge Valdés Díaz-Vélez, «Matzhevá» Otros poemas sobre libros: «Un lector», de Jorge Luis Borges «Libros», de Luis Alberto de Cuenca «Los otros libros», de Emilio Ruiz Parra «Oda al libro», de Pablo Neruda Cosmopoética 2007
Porque allá donde se encuentre la poesía acudirán poetas, una vez más, como cada año, Córdoba se convierte en el punto de encuentro de poetas del mundo entero. Así se configura Cosmopoética 2007, con una programación que desde luego no tiene desperdicio. Un magnífico regalo que les recomiendo para celebrar el día del libro. Sábado, 14 de Abril de 2007 19:39. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. La otraTú no eres quien crees que eres. Eres otra, otra que es más extraña y más profunda. Cuando te beso no te beso a ti, beso a la otra que eres tú y que vive perdida entre tus besos, y al tocarte toco a aquella que nadie ha conocido, la misteriosa, la que amasa vientos en las profundidades de un suspiro. Es la otra la que habla cuando callas, es la que dice lo que tú no dices, lo que nunca dirás, y es la que sueña si acaso tú te olvidas de soñar. Sí, busco a esa que eres y no eres, y a la que siendo a punto estás de ser. La busco en el calor de las mañanas de verano, en la leña de unos labios, en lo oscuro de un cuerpo complaciente, en la tierra bendita de unos ojos, en el destello de un abrazo hirviente, incluso la busqué dentro de ti. Pero siempre he sabido la verdad: sé que no lograré encontrarla nunca, porque cuando la encuentre serás otra.
De divina eloquentiaAmo besar tu cuerpo conjugado en primera persona del plural, lleno de verbo tras la unión carnal, de verbo y de lucero conquistado.
Amo sobrepasar tu predicado, en un beso que no es gramatical, suspendido, pequeño, intemporal, sin futuro, presente, ni pasado.
Y después de llenar de conjunciones el espacio que apenas nos separa, y que apenas separa luz y día,
amo crear brillantes oraciones con tu carne de estrella limpia y clara y tu sabor a pan del mediodía.
(De El incendio del vino) «Un lector», Jorge Luis BorgesQue otros se jacten de las páginas que han escrito; Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, 1969.
Pero la figura de Borges no aúna simplemente a un espléndido escritor y lector. Es un verdadero humanista, posiblemente uno de los últimos, en una época en la que hay tanta información que nos desborda. Como los humanistas del siglo XVI, Borges era un profundo conocedor del latín y de las posibilidades de la lengua romance, lo que demuestra en un estilo sencillo pero esencial y preciso, con una profunda conciencia de las etimologías de cada palabra. Su pasión por el lenguaje le llevó no sólo a escribir relatos, poesía, crítica, reseñas, prólogos, ensayos, etc., sino también a estudiar anglosajón antiguo o a admirar con devoción las viejas sagas, Snorri Sturluson o a Sigurd -tal vez no parezcan obras muy cercanas al lector común, pero como demostró el propio Borges, y como demostraron otros como Julio Martínez Mesanza o Tolkien, el espíritu épico es intemporal-. Este poema supone una auténtica síntesis biográfica en la que el vate argentino destaca cómo el destino, a modo de ironía dramática, lo relegó a una perpetua dormienda. En una ocasión escribí: «En 1955 la lenta ceguera obliga a Borges a apartarse definitivamente de la letra escrita, aunque seguirá cultivando con gran dominio la conversación, siguiendo las enseñanzas de su amigo y maestro Macedonio Fernández, y como también había hecho Sócrates. Homero y Milton también fueron ciegos. Ya en esas fechas Borges habría formado una conciencia literaria madura, y a pesar de que no pudo volver a leer, se refugio en la soledad secreta del recuerdo, siguiendo los pasos de Funes el memorioso, uno de sus personajes». Además del refugio en la memoria, son bien conocidas las veladas en que visitantes, conocidos y amigos leían pasajes a Borges, que fue el único modo que tuvo de no perder por completo el contacto con la palabra de papel. No parece que el optimismo con el que Borges afronta su ceguera sea una fachada superficial -baste recordar el título de la obra Elogio de la sombra-, a pesar de apartarlo de aquello que seguramente más amaba. El poema se cierra con una reflexión digna de un Gilgamesh de vuelta de todo, que mezcla a partes iguales secretum iter y ars longa vita brevis. Es cierto que la tarea es ilimitada, que nunca se podrá desvelar el misterio del universo, que incluso el más sabio de los hombres muere como aprendiz, pero no por ello debemos abandonarnos a la desesperación o al desengaño vital. El esfuerzo no es vano, ni aún cuando el final sea, como pensaba Borges, un eterno dormitar. Por eso, permítanme que sobre el escritor, el lector, el filólogo o el sabio, admire ante todo en Borges una actitud frente a la vida y frente al conocimiento con la que me identifico plenamente.
Otros poemas sobre libros: «Libros», de Luis Alberto de Cuenca. «Los otros libros», de Emilio Ruiz Parra. «Oda al libro», de Pablo Neruda. Extraña espumaTus labios dieron luz a las palomas, que creyeron ser besos y volaron, y batieron el polvo de sus alas, por encima del oro y del pan, siguiendo los caminos de otros besos, que se perdieron en algún lugar.
números de teléfono secretos, trozos de piel mojada con el cielo, y tardes amasadas con otoños, allí, entre guitarras y silencios, donde juegan los besos que no acaban de brillar. Y buscaba nuestro beso, cortado en un patrón de viento y fuego, con brillo de manzanas estrelladas.
porque besarnos es buscar el beso, y buscar no queriendo encontrar nunca, porque si se le encuentra se le mata.
Biblioteca quijotesca: «Don Quijote trasterrado», de José Hierro (A Eulalio Ferrer, viejo amigo, He aquí el reverso del tapiz. La vida José Hierro, «Agenda»
Hierro utiliza el símbolo clásico del hilo como transcurrir del tiempo, que nos hace pensar en las viejas Parcas, que controlaban con sus manos las vidas de los mortales. Pero el uso que hace Hierro de esta imagen es bastante innovador, ya que presenta el «reverso del tapiz», aquello que nadie conoce ni ha visto nunca. El poeta se sitúa en una posición privilegiada en la que, como una especie de mensajero divino, puede alumbrar el camino del resto de humanos que carecen del don, en una concepción platónica del oficio poético. La verdad que comunica el poeta es la siguiente: aunque parezca que el tiempo avance y que el mundo progresa, en realidad formamos parte del mismo tapiz, y nuestro tiempo se construye con la misma rueca. Y es que el mundo no ha cambiado tanto como parece. Efectivamente, ha pasado el tiempo, y la Mancha, que en el Quijote recordamos como una extensión o un páramo de interminables caminos, hoy se ha llenado de flamboyanes; sin embargo, continúa anocheciendo de la misma forma –expresado magníficamente en ese verso «Sangra el ocaso por la misma herida» que además se adapta perfectamente al desengaño del poema– y el catolicismo, relacionado con las supersticiones, sigue tratando de imponer sus criterios. Para quemar libros ya no son necesarias las hogueras o el fuego: hoy en día los libros arden con la palabra, con la palabra condenadora de lo que va contra la ortodoxia de la Iglesia, que ataca a esos libros que, al igual que los antiguos caballeros andantes, llenan la cabeza del vulgo de extrañas y peligrosas ideas. Finalmente se produce la identificación con don Quijote, al igual que ocurría con León Felipe. Es por eso que el poeta se sitúa en un plano ajeno a la realidad, en el plano de los ideales caballerescos, del sueño o de la duermevela. Tal vez no sea posible actuar, porque intentarlo no produce más que golpes contra el muro de la realidad, pero siempre nos quedará el sueño. Y eso es precisamente lo que hace Hierro: soñar, identificar ese futuro mejor, esa tierra más propicia, con la Dulcinea de don Quijote, con esa hermosa doncella a la que el caballero siempre trató de complacer, aunque tal vez sospechara en el fondo de su corazón que en realidad no tenía existencia verdadera en el mundo real. Porque en verdad, en los ideales, como en las doncellas, no importa la existencia real o no, mientras que lleven al hombre a las grandes hazañas quijotescas. ¿Qué puedo decir sobre el ritmo del poema que no se oiga en los propios labios de José Hierro? El soneto se corresponde más a una reflexión profundamente meditada que a un sentimiento desgarrado, como en el caso de León Felipe. He aquí la principal diferencia que apuntaba entre ambos poemas, y también con respecto al de Gabriel Celaya. El impulso poético que los alimenta es distinto en cada caso. Sin embargo, Hierro consigue construir un endecasílabo sonoro, gracias sin duda a la proliferación del ritmo sáfico y al uso de ciertas palabras ajenas al español peninsular, y que sitúan necesariamente el poema en un contexto muy diferente al de la vieja península. Por último, también habría que señalar alguna que otra deficiencia, como en el caso del verso «Ayer, de cal y de viento sin brida», que no parece encajar con el resto del poema de ninguna de las maneras. Domingo, 05 de Febrero de 2006 16:33. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Rosa Meditativa![]() Rosa Meditativa, Salvador Dalí
Nos hallamos camino de lo Bello. Tú, incesante, buscabas en el viento, en la tierra, en el fuego. Yo, sediento, en Virgilio, en Platón, en Apuleyo.
Aquel alba sentimos un destello a lo Claudio Rodríguez. El aliento se nos llenó de vientre y nacimiento. Nunca comprenderemos qué fue aquello.
Te convertirte en llama, en rosa, en cielo, en horizonte, y todo bajo el peso de mi boca. Mordiendo tu tristeza
conseguí arrebatarte el desconsuelo. Duró un instante, lo que dura un beso, y los dos encontramos la Belleza.
(De El incendio del vino)
Tal vez no sea el mejor de mis poemas formalmente, pero desde luego, y a pesar de que siempre me he mostrado en contra de ello, es uno de los poemas que más dice sobre mi persona, en ese juego inevitable de intentar ocultarme detrás de lo que escribo sin conseguirlo en muchas ocasiones. Quizá no haya un solo verso que no contenga una referencia más o menos velada, aunque esta confesión no tiene por objeto descubrirlas, sino poner de manifiesto la inquietud que me produce autobiografiarme en mis poemas. Es por ello que lo aprecio especialmente; sin embargo, como todos, es susceptible de ser modificado.
Conferencias de Poética y Poesía de la Fundación Juan MarchNormalmente no recomiendo un texto sin antes haberlo leído o escuchado. Las razones me parecen evidentes: me gusta siempre hacer algún breve comentario y justificar el porqué de mi recomendación. Esta vez, sin embargo, me veo obligado a hacer una penosa excepción. La falta de tiempo me impide escuchar el ciclo completo de conferencias de Poética y Poesía que ofrece la Fundación Juan March. Hacía tiempo que conocía su existencia, y quería esperar a tener tiempo para poder escucharlas todas, pero viendo que esto no será posible he preferido recomendarla ya. Desde luego no hace falta que las escuche para estar convencido de la calidad de éstas, avaladas por el conocimiento, el genio y la experiencia de unos magníficos conferenciantes. No soy de los que piensan que un poeta pueda desvelar ningún misterio ni que contenga el secreto de su obra, pero siempre me he interesado profundamente por las poéticas y por lo que los poetas tenían que decir acerca de su propia poesía. Esto es lo que encontraremos en este ciclo de conferencias, en autores como Antonio Colinas, Antonio Carvajal, Guillermo Carnero, Álvaro Valverde, Carlos Marzal, Luis Alberto de Cuenca, Eloy Sánchez Rosillo, Julio Martínez Mesanza y próximamente Luis García Montero. Además, cada conferencia trae sus "extras": una lectura de poemas a cargo de sus autores. De todos modos, daré mis impresiones sobre la única conferencia que he escuchado, que por supuesto es, La alegre brisa de la literatura de Luis Alberto de Cuenca. Cada conferencia se divida en dos partes: en la primera parte Antonio Gallego estudia un aspecto concreto -la música- a lo largo de toda la obra del poeta, y en la segunda parte el poeta esboza una poética o intento de poética. En el caso de Luis Alberto de Cuenca, el estudio de los aspectos musicales por parte de Antonio Gallego parece traído por los pelos, puesto que las referencias que Luis Alberto hace a la música a lo largo de su obra no son determinantes sino puntuales; sin embargo, algún elemento tenía que buscar Gallego para establecer una conexión entre todos los conferenciantes. A pesar de ello recomiendo escucharlo, porque cualquier punto de vista sobre la obra de Luis Alberto puede resultar enriquecedora. Sobre la poética que traza Luis Alberto de Cuenca en la segunda parte de la conferencia, uno podría sentirse algo defraudado en un primer momento. De un intelectual de la talla de Luis Alberto de Cuenca, con amplios conocimientos humanísticos, filológicos, clásicos, de teoría de la literatura, parece esperarse una poética bien sistematizada y perfectamente elaborada. Sin embargo, se declara incapaz de hacer una poética y utiliza el tiempo de la conferencia para contar cómo nació en él el germen de la poesía, una historia, por otra parte, más deliciosa e interesante que una poética en el sentido más estricto. La conferencia de Luis Alberto hace reflexionar sobre dos tipos de poetas que existen: los que hacen poéticas -a la manera de Ángel González, recogidas recientemente en un tomo bajo el título La poesía y sus circunstancias- y los que no hacen poéticas -como podría ser el propio Luis Alberto-. A los primeros les apasiona hablar sobre su poesía; los segundos, en cambio, corren el riesgo de frivolizar con el concepto de poesía, como es el caso de las poéticas de la famosa antología de los Novísimos de Castellet. Luis Alberto consigue no caer en esta vaciedad y consigue transmitir, sin teorizar sobre su poesía, su amor hacia la literatura. Por último decir que echo en falta en estas conferencias a una serie de poetas que me parecen fundamentales. Sobre todo a Ángel González -que como ya he dicho tan aficionado es a confeccionar poéticas y a teorizar sobre su poesía-, a Pere Gimferrer y a Miguel D´ors. Otras ausencias notables son Luis Antonio de Villena, Francisco Bejarano, Fernando Ortiz, Jon Juaristi o Benítez Reyes, por señalar a algunos. De todos modos, el trabajo de la Fundación Juan March es impecable. Aquí dejo el enlace. Desgraciadamente creo que no es posible grabar las conferencias en el disco duro, o al menos no he encontrado la manera de hacerlo. Si alguien sabe cómo hacerlo le agradecería que me mandara un mensaje explicándomelo. Gracias. Biblioteca quijotesca: «Vencidos...», de León FelipeVencidos... - Joan Manuel Serrat
Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar... Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura, y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar... va cargado de amargura... que allá encontró sepultura su amoroso batallar... va cargado de amargura... que allá «quedó su ventura» en la playa de Barcino, frente al mar... Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar... va cargado de amargura... va, vencido, el caballero de retorno a su lugar. Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura en horas de desaliento así te miro pasar... y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura y llévame a tu lugar; hazme un sitio en tu montura caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar. Ponme a la grupa contigo, caballero del honor, ponme a la grupa contigo y llévame a ser contigo pastor. Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar...
León Felipe, «Vencidos...», Versos y oraciones de caminante (I, 1920)
Lo último que podría haber imaginado Cervantes cuando creó su hidalgo manchego fue que iba a acoger en su criatura tantas y tan diversas lecturas. De cuantas interpretaciones se le ha dado al Caballero de la Triste Figura, una de las más impresionantes es verlo enarbolar los colores de la bandera republicana, ascendido a símbolo universal de los vencidos. Con frecuencia se suele afirmar que la poesía política y de circunstancias es un mero documento histórico escrito al calor de los acontecimientos, que sin embargo se apaga cuando el hecho que la avivó desaparece. Esta interpretación de la poesía social, demagógicamente usada por los novísimos, resulta simplificadora en exceso. Aunque es cierto que algo tiene esta idea de verdad, no se debe olvidar la existencia de grandes poemas sociales. Los mismos que argumentan la pobreza de esta poesía advertirán que utilizar a don Quijote en esta causa significa politizarlo. Nada más lejos de la realidad: no importa el sentido originario que pretendiera darle Cervantes a su hidalgo, en función de la ambigüedad de William Empson o de la plurisignificación de Philip Wheelwright, es posible llenar al personaje de sentidos que no estaban previstos. He aquí la grandeza de las obras maestras. Don Quijote se convirtió en símbolo de aquellos que habían luchado por unos ideales justos, pero que finalmente habían sido derrotados. Como el hidalgo llevaba en su sangre la condena de un destino de vencido, todos los vencidos del mundo tienen dentro un trocido de don Quijote. Muchos de los poetas sociales aprovecharon esta materia prima para elaborar sus grandes cantos a la derrota -y de paso volver sobre el viejo tema de España, cuya herida había abierto la generación del 98-. De entre todos ellos, Gabriel Celaya, José Hierro, León Felipe, éste último escribió uno de los poemas más celebres y celebrados sobre el tema. Por supuesto me refiero a «Vencidos...». El momento que se escoge es el perfecto: don Quijote ha sido derrotado en Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna en Barcelona, y vuelve hacia su pueblo despojado de su honor. Es este, junto con el momento final de la muerte de don Quijote, uno de los pasajes más patéticos y dramáticos del libro. El paisaje también está presente en el poema de José Hierro «Don Quijote trasterrado», pero el punto de vista que ofrece cada poeta no puede ser más distinto. También es muy diferente al enfoque que le da Celaya en su poema «A Sancho Panza». León Felipe se ha «materializado» en el poema para acompañar a don Quijote en su amargura, estableciendo un diálogo entre el poeta y el ideal. En el poema de Felipe no hay reproches ni críticas, sólo dolor, en una conversación de hermano con hermano. Por eso es uno de los enfoques más humanos que se han hecho sobre el tema. Queda la duda de si el poema se abre a cierta esperanza en un posible futuro de pastor, pero el bucolismo de la imagen y el conocimiento del final de don Quijote, nos lleva a pensar que se trate de una amarga ironía. La estrofa elegida por Felipe tiene reminiscencias de romance, por el uso del ritmo octosilábico y repeticiones en forma de estribillo, pero la disposición de la rima, en este caso consonante, sigue los criterios del poeta. El ritmo, similar al que utiliza Celaya -Celaya desde luego no podría haber usado otro-, es más acertado para el tema que el endecasilábico de José Hierro. LibrosQué sería de mí sin vosotros, tiranos y, a la vez, embajadores de la imaginación, verdugos del deseo y, al mismo tiempo, mensajeros suyos, libros llenos de cosas deplorables y de cosas sublimes, a los que odiar o por los que morir. Luis Alberto de Cuenca, Por fuertes y fronteras En las antípodas de la "Oda al libro" de Neruda, escribe Luis Alberto este apasionado poema en defensa de los libros. El tono sublime que alcanzan estos versos se debe a la destreza de su autor mezclando elementos intelectuales y épicos. Pocos poetas dominan o han dominado esta técnica tan bien como Luis Alberto de Cuenca, que la convierte en una constante a lo largo de toda su obra: sólo él podría haber escrito un poema tan sobrecogedor como “Gilgamesh”, que mezcla en unos pocos versos estos dos componentes con una reflexión sobre la inmortalidad. En el fondo épico de estas palabras parece vislumbrarse apenas una maravillosa referencia encubierta a otro poema por el que Luis Alberto de Cuenca confesó una profunda admiración –y no puede ser de otra forma–. Me refiero al poema "De amicitia" de Julio Martínez Mesanza, uno de los mayores cantos a la amistad que se han escrito nunca. La estructura de ambos poemas, basada en oposiciones, invita a relacionarlos. Además, los puntos en común en cuanto a la temática son evidentes. Si Mesanza estaba dispuesto a luchar hasta la muerte para defender a sus amigos, aunque éstos fueran dignos de odio, Luis Alberto no hará menos por los libros. A la luz de esta intertextualidad la amistad que se establece con los libros no es menos épica que la del poema de Mesanza. La concisión y la exactitud también son características que aparecen con frecuencia en la obra de Luis Alberto. Este poema es precisamente prueba de ello: consigue deslumbrarnos con unas pocas palabras, tomadas de la lengua cotidiana, sin utilizar metáforas audaces. Los dos últimos versos son un espléndido cierre, no sólo por su especial concentración, sino porque suponen un corte brusco en el punto más climático del poema. El único inconveniente que se puede poner al poema es el ritmo del primer verso, que no encaja en el conjunto. Este inexplicable descuido no disminuye, sin embargo, la calidad del poema ni la grandeza de la idea que expresa. Los otros libros![]() Emilio Ruiz Parra recibiendo el premio No hace mucho ha sido fallado el premio del XXXV Certamen Poético Vicente Aleixandre. A aquellos que no lo conozcan les diré que es un jugoso premio que convoca la Cadena Cope y Obra Social Caja Madrid que consiste en 3000 euros para un único poema de menos de cincuenta versos. También hay un segundo y un tercer premio de 1500 y de 900 euros respectivamente. Es un premio nada desdeñable si se considera la extensión de los trabajos en relación con las cuantías. Este año el ganador ha sido el poeta Emilio Ruiz Parra, con su poema titulado “Los otros libros”. Lo transcribo a continuación: Los otros libros - Natividad Mistral Confieso que los libros han terminado siendo mi peor enemigo. Me asaltaron la casa, y han llegado a hacerla inhabitable. Comenzaron apareciendo mansamente: yo mismo los traía, bajo el brazo, amoroso, y los dejaba encima de la mesa, para después: para la cena, para el desayuno... Los colocaba, en pie o tumbados, en aquellas, entonces, pequeñas librerías. Pero fueron creciendo. Desbordaron su " habitat" exigiéndome más y más estantes. y hoy viven –creo que viven la mayor parte de ellos– en los lugares más insólitos: en la cómoda antigua, en la mesilla de noche, y aun debajo de la cama aunque no estén allí escondiendo vergüenzas o un culposo abandono. Simplemente esperan. Ayer quedé transido al abrir el piano: sus dientes marfileños, hechos a la armonía, asustados, rugieron y castañetearon porque un libro, que en ellos dormitaba, voló hacia mí, sorprendido por la luz, saltándome a los ojos. Me confieso impotente- ¡ay!- para defenderme, para echarlos de casa, pues los amo. Pero han ido creciendo, hasta quitarme el aire. ¿Qué puedo hacer, si están en ellos la palabra hecha aliento, la memoria, el aire otro, en fin, que hace que ponga en pie cada mañana el alma con mis huesos? Habré de colocar los anaqueles en donde las estrellas, y mis libros en ellos dispuestos para abrirse y entregarse, sumisos como siempre, pero sin peso, sin táctil presencia. Sí, perderé su cálida compañía, y mis ojos no podrán convivir con la policromía de sus fidelidades. Mas seguirán siendo los odres de la palabra. Emilio Ruiz Parra El poema es muy correcto en su desarrollo, pero yo no puedo dejar de preguntarme, ¿valen de verdad 3000 euros estos versos? Por supuesto no estoy hablando de una cuestión monetaria. Quiero decir, aunque la idea es interesante y no está demasiado mal plasmada, parece que le falta esa chispa de grandeza que se busca en las obras premiadas. Para empezar el ritmo es bastante confuso: no se empieza a captar hasta la tercera o cuarta lectura al menos, y aún entonces hay problemas que sigo sin poder resolver. No seré tan desconfiado como para pensar que el ganador del XXXV Certamen Poético Vicente Aleixandre haya cometido fallos rítmicos, pero en este poema hay desde luego versos que no me encajan. Ya de por sí me parece algo incómodo utilizar heptasílabos y endecasílabos en un mismo verso (“dispuestos para abrirse y entregarse, sumisos como siempre”), pero hacer hasta tres hemistiquios en un verso me parece demasiado rebuscado (me refiero a “no podrán convivir con la policromía de sus fidelidades”). Aunque esto es más bien una cuestión de gustos propios, y en la poesía también hay modas. Puede pasar la sinéresis de “creo” (“y hoy viven –creo que viven la mayor parte de ellos–“), aunque me parece que en este caso el hiato suena infinitamente mejor, pero hay versos que chirrían al oído independientemente de cómo se lean. En “encima de la mesa, para después”: la única opción es hacer un hemistiquio y dividir el verso en heptasílabo y pentasílabo. Seguramente es la solución elegida por el autor, pero no me parece lo más adecuado entre dos endecasílabos, porque da la sensación de verso de doce sílabas. Más inexplicable me parece el caso de “los colocaba, en pie o tumbados”: me siento incapaz de imaginar cuál es la lectura de este verso. Pero el verso más sorprendente es “pero sin peso, sin táctil presencia”, porque no hay licencia métrica que justifique un acento en séptima sílaba. Por otra parte la imagen de los dientes marfileños del piano castañeteando me parece poco afortunada porque parece directamente tomada de las Prosas profanas, y eso ya está bastante superado. A su favor diré que los libros como odres de la palabra me parece una imagen sublime, aunque la ruptura del sintagma le quita bastante fuerza (además la conjunción “mas” no encaja con el tono del poema y su utilización se evidencia por necesidades métricas). En fin, el poema desarrolla un tema interesante, pero tiene fallos inexplicables desde mi punto de vista suficientes como para que no hubiera ganado el premio. No voy a cometer la ligereza de decir que yo tenga poemas mejores, pero si lo comparo con otro poema que toque el mismo tema, por ejemplo, con “Libros” de Luis Alberto de Cuenca –que por cierto era miembro del jurado en este premio– el texto de Emilio Ruiz no da la talla. Los que me conocen saben mi admiración por Luis Alberto de Cuenca, pero tengo que decir en este caso que su poema “Libros” también comete un error bastante grave, que ya comentaré en otro momento. No voy a detenerme en el segundo y tercer premio, ni tampoco en el XIII Premio Conmemorativo Luis Rosales para poetas mejores de treinta años –que se convoca de forma paralela al Vicente Aleixandre– porque la opinión que me merecen los poemas premiados es muy similar a la que acabo de dar sobre “Los otros libros” de Emilio Ruiz. Y eso ya sería extenderme demasiado. Quien quiera leer el resto de poemas puede hacerlo en http://www.cope.es/ De mudanzasYa tengo las maletas preparadas, también el corazón he empaquetado en una de las cajas que hay al fondo (espero no olvidar ninguna cosa). Cuando apago la luz y abro la puerta pienso que nadie volverá a esta casa y salgo andando hacia mi nuevo hogar. . Y qué feliz me siento por mudarme a tu cuerpo, que me hayas hecho un hueco. Sólo traigo unos cuantos trastos viejos y unos cuantos poemas mal escritos. Prometí no formar mucho alboroto y ocuparte un pequeño rinconcito. Y qué feliz me siento por pagarte el alquiler de besos que me has puesto (aquí tengo el calor que necesito para vivir, para soñar contigo). Seré de los vecinos que te adoran al pedirte una pizca de tu sal; seré de los amantes que van dentro, espero no pesarte demasiado. - (De El incendio del vino) The day afterSin ti, sin ti, sin ti, con tu partida deborándome el alma, las botellas tiradas por el suelo y el tabaco convirtiendo la alcoba en un infierno, solo y sin afeitar, solo en la cama que fue anoche tu reino, con las manos vacías de tu cuerpo y con los ojos heridos por la luz de tu recuerdo. Luis Alberto de Cuenca, Por fuertes y fronteras, 1996. - Sólo un poeta de la talla de Luis Alberto de Cuenca lograría condensar tal grado de belleza en ocho versos que por otra parte son un prodigio de técnica al servicio de una estructura impecable, pero aparentemente desorganizada. El poema se abre con una desgarradora repetición «sin ti» que condensa toda la intensidad del poema al remitir inmediatamente al nevermore del estribillo del “Cuervo” de Edgar Allan Poe. El ambiente a Poe se verá reforzado además por la mención de la alcoba y de la cama. Así, desde el primer momento, el poeta plantea, con la partida, la posibilidad, como en el poema de Poe, de la muerte de la amada, pero dejando siempre el beneficio de la duda mediante un ambiguo tratamiento. Con unas pocas palabras, «botellas» –que no una–, «tabaco», «infierno», Luis Alberto consigue construir una ambientación completamente cerrada y agobiante, para en el último verso dar un giro brusco, un ráfaga de luz que nos golpea directamente en la cara, como si se abrieran las ventanas por completo dejando al descubierto toda la claridad del día. Para ello utiliza Luis Alberto una expresión propia de la mística, y que por supuesto encontramos en San Juan de la Cruz, en su «Llama de amor viva», que «dulcemente hiere», decía él. Frente a lo convencional del giro, el contraste con el marco anterior deslumbra por su belleza llena de sencillez. Luis Alberto ha preferido prescindir de forma de verbales que comprometan al protagonista de la historia. No ocurre nada. Se limita a describir una situación y a transmitir una angustia. Sin embargo, los gerundios consiguen un gran dinamismo. La estructura es uno de los puntos más valiosos del poema. Al igual que en el “Cuervo” de Poe –cuya elaboración desgranó el autor en “La filosofía de la composición”, en Arte poética–, Luis Alberto no deja nada al azar. Lo que más impresiona probablemente en una lectura en voz alta son los constantes encabalgamientos abruptos. Así consigue crear un ritmo entrecortado, casi jadeante, como si al personaje le costase la misma vida expresarse, o como si el espacio entre verso y verso se llenara de suspiros. El sistema de emcabalgamientos se rompe a la mitad del poema, para crear dos partes bien diferenciadas. En la primera parte la atención se centra en el ambiente y en la segunda parte en el propio personaje. Así lo indican las últimas palabras de cada verso, que debido a su posición dentro del verso quedan resaltadas semánticamente. En la estructura del poema los versos se agrupan claramente de dos en dos –la estructura de octava real ha sido deliberadamente olvidada–, quedando el primero relacionado con el último, de forma que la composición queda perfectamente cerrada. En el centro del poema, quedan pues, agrupados los dos versos de mayor dramatismo. Es un ejemplo perfecto de que con un escaso número de versos, ocho, un vocabulario sin pretensiones excesivamente poéticas, y con imágenes llenas de sencillez, aunque sin olvidar una estructura fuertemente trabada, se puede conseguir elaborar un texto lleno de la belleza más desgarradora. París a medianoche en tus labios![]() En muchas de las fotos de Doisneau (y no sólo en «Baiser blottot Paris») o de Brassai; en algún viejo disco de Yves Montand, de Jacques Brel, de Edith Piaf, «Les ennuis, les changrins s´effacent, heureux, heureux à en mourir. Quand il me prend dans ses bras...»; en algunas palabras del capítulo primero de Rayuela, de Cortázar (che, ese pibe sí que amó París), donde Horacio camina el Pont des Arts en busca de la Maga o de su sombra; siempre en los lienzos de Toulouse-Lautrec, el que dormía con las prostitutas del Moulin Rouge, y consiguió ser libre; en el Montmatre de Utrillo, en invierno; en el barrio Latino, en sus artistas; en los grandiosos bailes de Gene Kelly y Leslie Caron, juntos en París; en las películas de Jacques Tati, todo alegría y todo pura luz; allí encuentro tus labios de Marguax, que son como el París de Casablanca, quiero decir, de ensueño y lejanos, siempre lejanos. - (De El incendio del vino) - Nota mental: El crítico ruso Mijail Bajtin concibió dos variantes de un mismo concepto que cambiaron por completo el punto de vista de la literatura y del arte en general, el dialogismo y la polifonía, intertextualidad al fin y al cabo, pero con nombres más hermosos. Si Bajtin hablaba de los textos como de una red de textos, cuya culminación es Rayuela, qué mejor que hacer hablar a distintos ámbitos artísticos entre sí, como bien supieron hacer algunos poetas a partir de los novísimos. Así intenté recoger esa importante lección. Invitación al día¡Venid todos a verla abrir los ojos!, que para un hombre solo es demasiado amanecer. Venid a ver lo cierto que puede ser el día en su mirada. Dejad atrás la noche, caminantes, si estáis solos, cansados o perdidos (hace tiempo yo fui como vosotros). Pero ahora os invito a recorrer por la lumbre del cielo y de la tierra, os invito a cantar, a levantar las bocas suplicando por llenaros de amor de vida y trigo celestial. Recordad que nacisteis a la dicha, y olvidad la manzana del pecado. Venid todos a verla abrir los ojos: es justo que comparta tanto bien con vosotros, hermanos de mi sangre. Y cuando comprendáis que sois felices, no lloréis, ni tengáis ningún temor, porque el favor del día no se acaba mientras que no haya sueño en esos ojos, y aún cuando duerman, siempre han de volver. - (De El incendio del vino) BIRD (Cuestiones de poética)Le escucho en “Night and Day”. Su música de oro llega a esta tarde desde el otro lado del mundo, el tiempo y el muro de la muerte (“Recorded in New York, March 25, 1952”) Y con alas de ensueño me transporta a una extraña alegría, serena sin embargo, de la que todas las palabras quedan demasiado lejos. (Fray Luis tuvo que conformarse con llamarla “mar de dulzura”). Ahora mientras van apagándose los últimos aplausos –el disco ha conservado un difuso rumor de copas, movimientos de abrigos y sombreros de gente que ya salen, impregnadas de humo– pienso en todas las cosas que esa Belleza tiene tras el telón de fondo: pienso en aquellas noches despedazadas, pienso en aquel hombre póstumo –sólo treinta y un años–, en sus dientes de perra rabiosa en Camarillo State Hospital, pienso en las albas podridas de alcoholes y heroína en que regresaría del Infierno al Infierno por torvos callejones de gatos –la lluvia gris desafinando sobre los cubos de basura–. Y me pregunto Por el enigma que une esos extremos –“Night and Day”–, su existencia, que escruto con los ojos de la memoria: tallo que enlaza el indecible esplendor de la rosa y el estiércol. Miguel D´ors, La imagen de su cara, 1994. - La simbología clásica, así en Homero o en Hesíodo, nos presenta al artista presa de un estado febril de ensoñación, arrebatado por las Musas, poseso y poseído. Platón, en la misma línea, concibe en el Fedro la creación poética como un estado de locura divina –la opinión que merecen los artistas a Platón oscila, porque en la República los había despreciado–. Cuando Platón habla de locura no se refiere ciertamente a una patología, sino a una bendición, a un don, que comunica al poeta con lo trascendental. A lo largo de la Edad Media y del Renacimiento se mantienen de alguna forma las teorías platónicas sobre el artista, más o menos cristianizadas, como ocurre con Marsilio Ficino en el siglo XV, autor neoplatónico que sustituye a las musas por el Dios cristiano. El siglo XVIII no desdeña completamente el origen irracional del arte. Uno de los defensores más importantes del genio, en parte irracional, es Diderot, que dedica un artículo completo a estas cuestiones en su Enciclopedia. Tampoco se puede olvidar en Inglaterra a Hogarth, con su Análisis de la belleza, de 1753, que defiende la libertad creadora del genio. A medida que el Romanticismo vaya cobrando fuerza la teoría del genio irá adquiriendo importancia. Hacia 1770 es reivindicada en Alemania por el Sturm und Drang, movimiento que sirve de germen del Romanticismo. Autores como Shelley, Schelling o Schlegel comienzan ha hablar de imaginación, de inconsciente, de sueños o de libertad total. Uno de sus máximos defensores en Inglaterra es Coleridge. Con Coleridge se comienza a introducir un elemento, que probablemente siempre estuvo presente en el arte, pero del que no se suele hablar: las drogas. Coleridge reconoce que escribió su largo poema inconcluso Kubla Khan bajo la influencia del opio, en un estado de soñolencia. Uno de los autores más interesados en explorar este aspecto artístico es Baudelaire con sus Paraísos artificiales, expresión tomada de Thomas de Quincey, otro opiómano y amigo de Coleridge. La búsqueda artística en las drogas alcanzará su mayor expresión a finales del siglo XIX y principios del XX, pero es una práctica que llega hasta nuestros días. Así es como empieza la oscuridad del genio poético y sus relaciones con la autodestrucción. Otra teoría que participa en esta consideración oscura y marcada del artista es la de Sigmund Freud. Para Freud el artista no es más que un neurótico, y la obra de arte es la manifestación material de un complejo de tipo sexual que permanece en el subconsciente y que tiene su origen en la infancia del artista. Este es el análisis que hace Emilio Valdivielso en El drama oculto, autor psicoanalista que trata de estudiar las patologías de grandes genios como Buñuel, Lorca, Dalí, Falla y Sánchez Mejías. Efectivamente en todos estos autores existen diversos traumas infantiles, pero el punto débil de la teoría psicoanalítica es que no explica por qué algunos son capaces de convertir esos complejos en materia artística y otros no. Carl Jung habla, por su parte, del inconsciente colectivo, y Jean-Paul Weber, con su teoría del análisis temático, trata de perfilar el complejo freudiano, que ya no reside únicamente en el subconsciente, sino que también puede permanecer en la parte consciente. Más prudente es Charles Mauron con su método psicocrítico, que estudia el complejo freudiano, pero teniendo en cuenta que en el acto creador siempre hay algo más. Pero lo cierto es que todos estos intentos de estudiar la naturaleza del genio artístico nunca conseguirán explicar qué es lo que hace, como dice Miguel D´ors, que se enlacen la rosa y el estiércol. En el caso de autores como Lautreamont o Gerard de Nerval es evidente; algo en su interior los impulsaba hacia la autodestrucción. A Charlie Parker también le impulsaba esa misma fuerza destructora. Las drogas acabaron con su vida a la edad de 34 años, y su amigo inseparable Dizzy Gillespie no pudo hacer nada por salvarle. Ciertamente no es la misma fuerza autodestructora que dirige a Dalí, gran gallina de los huevos de oro; pero no deja de ser curioso cómo de las manos de un cretino, un neurótico o un drogadicto –o de un ser humano decadente, como reflexiona Thomas Mann en Muerte en Venecia pueden salir las obras de arte más grandes de toda la Humanidad. Es necesario leer “El perseguidor” –en Las armas secretas– de Julio Cortázar para darse cuenta del estado en que se encontraba Charlie Parker –o Johnny Carter, como Cortázar le llama –, completamente inepto e inútil para todo lo que no fuera tocar su saxo, y a veces incluso para eso. Y sin embargo, a pesar de su vida fracasada en todos los sentidos, es un genio que ha pasado a la historia del arte, como uno de los grandes. Así ocurre con otros tantos. A pesar de todos los intentos de explicar el misterio, nadie podrá saber nunca por qué se unen los dos polos opuestos, por qué la grandeza artística y la decadencia vital de genios como Charlie Parker o Dalí. Es algo que nos seguiremos preguntando siempre. Sábado, 30 de Julio de 2005 15:41. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Las danzas de la sangrea ti, la del cielo y las esperanzas - - Es vieja la batalla de tu frente, la batalla de sombras y esperanzas. ¿No sientes el bostezo de las lanzas, que es el suspiro del metal valiente? - Dos ejércitos luchan fieramente en esa suave curva de añoranzas. ¿No sientes a la sangre y a sus danzas de arena tibia y de carbón caliente? - Arriba de tus ojos todo es guerra, todo es melancolía de latidos. Aunque calles, la sangre no lo calla: - eternamente luchan cielo y tierra, y no habrá vencedores ni vencidos. Aún se escucha el rumor de la batalla... - - (De El incendio del vino) Sábado, 09 de Julio de 2005 14:09. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Canción del resucitadoHe venido a morir entre tus piernas, allí donde palabras como vida o muerte ya no importan. Es un don más alto el que se oculta tras la carne. El universo tiene el peso y el tamaño de un grano de mostaza en tus caderas, cuando comienzo a desgajar tus muslos como si fuesen piel de una manzana. Entonces nos amamos con desgarro de animales heridos en el bosque, como un cuchillo penetrando el pan, y gimes tu canción de desespero, un himno de bacante enfurecida, que consume la luz de la razón, y enciende la locura de las olas, de ese ir y venir acompasado, en nuestro tálamo de piedra y fuego. Todo se nubla, nada importa ya, y el mundo se descose de su lógica. - Eres la tentación de san Antonio, la rosa de los vientos, y el dragón de san Jorge. - Al fin muero ahogado en tus entrañas, agotado y más limpio de mí mismo. Mi cuerpo cae inerte en la batalla, junto a tu cuerpo palpitante y vivo. Como si no acabaras de matar a un hombre, tú sonríes, o como si no hubieras hecho nada, y dibujas estrellas en mi espalda. Vas dibujándolas utilizando la yema de tus dedos, y con lujuria milagrosa y lenta dándoles forma de palabras viejas... ¡Oh, Lázaro, levántate y camina! Y tu milagro se obra, y resucito, deseoso de morir una vez más al calor de tu cuerpo, entre tus piernas. - (De El incendio del vino) - Nota mental: Debo buscarle un lugar central dentro de la obra a este poema, ya no sólo por la calidad que tiene, a mi modesto juicio, dentro del conjunto, sino por todo lo que significa para mí, y por las puertas que me abrió, y que hoy día están más abiertas que nunca, porque finalmente pude alcanzar el sueño de todo poeta impuro: convertir las palabras en carne. Sobre el Cantar de los cantares![]() Luis Alberto de Cuenca Por algún poema tenía que empezar. Porque tengo la sensación de que tarde o temprano acabaré comentando todos los poemas de Luis Alberto de Cuenca, el poeta más grande, colosal y magnífico que respira en nuestros días -junto a Ángel González, por supuerto-. No voy a detenerme en un estudio pormenorizado de la poesía de Luis Alberto de Cuenca porque podría hacer correr maremotos de tinta, y mi intención no es sino esbozar un breve comentario sobre uno de sus poemas más cautivadores. Porque es en cada poema concreto donde se manifiesta la personalidad artística del poeta, y en el caso de "Sobre el Cantar de los cantares", Luis Alberto está más presente que nunca, o tan presente como siempre. En muchas ocasiones me pregunto cómo es posible que a pesar de estar en desacuerdo con el contenido de un poema no deje de cautivarme. Es lo que me ocurre con la "Oda al libro" de Neruda. Pero en el caso del poema de Luis Alberto es una atracción aún más fuerte. No hay duda de que son circunstancias personales las que crean las redes de filiaciones profundas que hacen que nos sintamos predispuestos a aceptar poemas con determinados temas como propios, que toquen lo más profundo de nuestra sangre. Pero independientemente de ese hecho, hay que admitir que cualquier tema tiene cabida en poesía, y cualquier tema puede ascender al mundo de las esferas que es el arte. El desamor es un tema como otro cualquiera. De hecho, en la lista de temas, probablemente sea el primero. Un día, hace tiempo, juré no venderme a la moneda barata del desamor. No es difícil encender la máquina de poemas tristes y fabricarlos como churros. Lo difícil es ser Walt Whitman y cantarle a la felicidad y a la grandeza del hombre. Por estos motivos debería no gustarme este poema de Luis Alberto de Cuenca, y porque estos suponen un ataque directo con el que sea posiblemente el más grande de los poetas universales: San Juan de la Cruz. Es difícil atacar al Cantar de los cantares y dejar intacto a San Juan, ya que el primero es pilar del segundo. Pero Luis Alberto no da golpes ciegos, sino punzadas certeras, dardos agudos. Sus definiciones condensan toda la poesía del Cantar y de San Juan, en esos versos cargadas de una ironía aplastantemente hermosa: ... Bésame, vamos, / qué bella eres, soy la flor silvestre, / paloma mía, no hay en ti defecto, / despierta, corre, ven, dame tus labios, / enferma estoy de amor, llévame al lecho, / levántate. Versos que sin duda recuerdan a aquella frase cargada de belleza de Miguel Ángel Asturias en su Señor presidente: más dulce que la palabra esposa en el Cantar de los cantares. El rabino Jonatán había ordenado los tres grandes libros sapienciales asimilándolos a las etapas de la vida: la junventud correspone al Cantar, la madurez a los Provervios y el Eclesiastés a la senectud. Parece que Luis Alberto también habla con desengaño del paso del tiempo. A mí, joven, me corresponde el Cantar, camino que yo mismo elegí para mi propia poesía. Pero un día justo, o una noche desapacible, leyendo a Luis Alberto, tuve como diría Borges, una suerte de revelación, en silencio, como cuando suceden todas las grandes cosas. En una noche de esas, que alguna vez convirtió a Blas Pascal. Fue entonces que lo vi claro: no apartar nunca a San Juan de la Cruz, pero seguir el camino marcado por Luis Alberto de Cuenca -porque el camino de San Juan ya había sido recorrido por el propio San Juan y explotado por sus imitadores-, y el de Luis Alberto sin embargo era ancho como el mundo -pronto dará sus frutos la nueva decisión, espero-. Son muchos los que acusan a Luis Alberto de Cuenca de pedante -posiblemente los mismos que acusan a Borges de pedante, pero que ellos no olviden que esta característica está también presente en el inspirado y desordenado Rayuela-, pero para los que amamos la cultura es un placer constante perderse en la red de referencias continuas, en donde todo, incluso el mundo de los cómics tiene cabida. Sólo alguien como Luis Alberto podría hablar del amor a través de la Biblia y del Cantar de los cantares. Tal vez pueda parecer pedante, pero de alguna forma, muchos sentimos que el Luis Alberto maduro se ha despojado de todas aquellas ansias juveniles por mostrar conocimientos -las ansias sobre todo de Elsinore del 72-, y en El bosque y otros poemas toda referencia intertextual forma parte de lo esencial -los ejemplos se multiplican, por citar uno sólo, el poema "Gilgamés y la muerte". A través del Cantar nos habla del amor, y nos hace temblar. Desconfía de su amor vivo y pleno. Porque a través del Cantar habla de sí mismo y del desamor. Y es curioso que en todo el poema las referencias personales se reduzcan a un verso y medio: ... y tú te has ido, / y estoy de mal humor últimamente. Así es Luis Alberto: utiliza la referencia intertextual para hablar de sí mismo, para hablar de la Humanidad, porque como decía Borges, todos los libros son el mismo libro, y el mundo está contenido en todos los libros. Esto hace de Luis Alberto un poema de una modernidad desbordante -alejado del yo puramente romántico-, y haciendo las delicias de Bajtin, Roland Barthes y compañía, que hablaban de un mosaico textual. SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES Cuando leo el Cantar de los cantares pienso: ¿cómo es posible que la dicha -simbólica o real o figurada- tenga que ver con el amor? ¡Qué raro! Imagino que hay veces en la vida en que el deseo nubla los sentidos y apetece fundir dos soledades en una sola y construir el mundo desde el principio, como si la historia no contase y el tiempo y el espacio no estuviesen ahí. Pero esas cosas deben guardarse dentro y no contarlas a todo el mundo en plan "Bésame, vamos, qué bella eres, soy la flor silvestre, paloma mía, no hay en ti defecto, despierta, corre, ven, dame tus labios, enferma estoy de amor, llévame al lecho, levántate" y demás intimidades. El amor positivo, el que nos guía hacia arriba y nos salva del infierno, es siempre una excepción. Si Margarita logró que Fausto no se condenara, eso no significa que ya siempre vaya a ocurrir lo mismo. Margaritas no abundan. Lo corriente es que el amor te sepulte en la sima de la angustia y no que te conduzca al paraíso. Amor es pesadilla, duro fármaco que crea dependencia y sufrimiento. Por eso de los libros sapienciales que ennoblecen la Biblia (y añorando las Biblias de verdad, las que tejieron los viejos pueblos de Mesopotamia y que, ay, no han llegado hasta nosotros) no es el Cantar mi libro favorito. Me gustan más los Psalmos (con ps) Job y el Eclesiastés, por ese orden, libros todos escritos desde el fondo de una fosa, en el zulo de la vida, como mandan los cánones humanos. Será que no soy joven ya, y la muerte va dibujando abismos a mi espalda, y Dios no me hace caso, y tú te has ido, y estoy de mal humor últimamente. Será que cada vez me dice menos el pensamiento judeocristiano. No sé lo que será, pero he leído muy despacio el Cantar; en una nueva y erudita versión, y su lectura me ha servido de poco, más o menos lo mismo que un rumor que no se oye o una luz que se apaga. Luis Alberto de Cuenca, El bosque y otros poemas, 1997. Me basta así![]() Ángel González "Me basta así" es el poema que todos habrías querido escribir, pero no pudimos, porque Ángel González se nos adelantó, como otras tantas veces, y lo escribió de una forma en que nadie más podría haberlo escrito. Decía Vicente Huidobro en su "Arte poética" -sin duda su mejor poema, y tal vez el único- que el poeta es un pequeño dios. Huidobro partía desde un planteamiento muy distinto, el del creacionismo -o cubismo literario-, que consistía en la superioridad del mundo literario con respecto al mundo real, y en la posibilidad del poeta de hacer florecer rosas en sus poemas. No digo que este sea el punto de vista del que parte Ángel González, pero desde luego algo de esto tiene. El paréntesis podría parecer un elemento nerudiano, pero sé por experiencia que ya no se puede hablar de panes y de panaderos sin dar un aire a Neruda. Sin embargo, el estilo de Ángel González está muy lejo de los largos y salmódicos periodos rítmicos de Neruda, aunque sí podría recordar en cierto modo a la rapidez pasmódica de las Odas elementales. Pero Ángel González está muy lejos del exotismo de Neruda. Su estilo es sencillo, de la calle, sin grandes rodeos metafóricos. El lenguaje de Me basta así es común, como es característico de su generación poética, conversacional, como ese entonces que vuelve a retomar la idea anterior. No hay grandes rodeos. No deja de sorprender que con un puñado de palabras comunes consiga alcanzar un texto de tanta grandeza. El paréntesis final tiene un ritmo entrecortado, que sirve de absoluto cierre final. Pocos finales han sido tan afortunados como el de este poema. Debía ser Ángel González, y no otro, el autor de este poema; sólo él hubiera sido y es capaz de concebir la maravilla de la creación amorosa -y poética, porque no hay que olvidar que debajo de la amada de todo poeta se esconde una lectura metapoética, que habla de la creación del poema-. Me basta así - Ángel González ME BASTA ASÍ Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño —de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso—; entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando —luego— callas... (Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta). Ángel González No puedo dejar de poner la versión que hacen del poema el propio Ángel González y Pedro Guerra en ese maravilloso disco lleno de poesía y música que es La palabra en el aire, porque combina la sobriedad del primero con la dulzura melódica del segundo, consiguiendo que este texto alcance aún cotas más altas de belleza artística. Me basta así - Pedro Guerra y Ángel González Heráclito enamoradoEn vano buscas repetir el beso, porque te sabes condenado al fin a morir cada instante en el que vives. No bajarás dos veces a los mismos labios —son fuego, no lo olvides nunca—, y no te volverás a quemar más en los mismos incendios de ese cuerpo. Lo que pasó murió, y ya nada queda, todo fluye y se pierde en la memoria. No busques una boca conocida, no busques: es tu boca la que es otra, tu boca es la que cambia en cada beso. - (De El incendio del vino) - Nota mental: Este poema fue concebido al mismo tiempo como añoranza y como advertencia. Como añoranza pensando en la posibilidad de un Heráclito enamorado, y como advertencia pensando en una aplicación práctica de sus filosofías al amor. En el quinto verso sustituyo en la famosa sentencia heracliana el río por los labios. Todo lo demás es derivación lógica de este pequeño cambio. No hago más que expresar el miedo al cambio en aquella persona que amamos, que esperamos conocer, el miedo a que se transforme en un ser desconocido. Pero lo más terrorífico es el silencioso cambio de uno mismo. Si no podemos conseguir ser los mismos de un segundo a otro, ¿cómo pretenderemos que la persona que amamos lo haga? Todo cambiará, porque cambiaremos, porque estamos cambiando; porque al acabar de leer estas líneas ya eres otro. Oda al libro![]() Pablo Neruda Hoy, Día del Libro, quería recordar una vieja polémica que se va renovando cada cierto tiempo en mi vida. Es la polémica más vieja que el mundo, la batalla entre el arte y la vida, entre la literatura y lo real, entre el conocimiento libresco o el conocimiento vital. Mi admiración es absoluta hacia personas como Menéndez Pidal, Jorge Luis Borges, Dámaso Alonso, o Manuel Alvar, que fueron capaces de sacrificar sus vidas para dejarnos un legado de conocimientos que aún hoy están dando frutos perdurables. Estos hombres pasaron toda su vida en bibliotecas, leyendo, adquiriendo conocimientos, o incluso manejando antiguos manuscritos, en el caso de Pidal. Gracias a su legado libresco somos lo que somos. Pero también es cierto que sacrificaron sus vidas en pos de la literatura. Pidal es tal vez el caso más extremo, aunque bien conocido es el aislamiento de Borges con respecto al mundo, que se parapetaba detrás de su ceguera, quedando dedicado por completo al mundo interior del pensamiento. Arte y vida parecían irreconciliables. Leer es un acto individual, que requiere cierta concentración, y para ello es necesario aislarse del mundo –puesto que desgraciadamente se ha perdido el antiguo hábito de la lectura en grupo, algo característico de una época que por lo demás se considera paradógicamente más iletrada que la actual–. Cuando leemos no podemos relacionarnos con aquellos que nos rodean. Quevedo había dicho: retirado en la paz de estos desiertos, /con pocos, pero doctos libros juntos, /vivo en conversación con los difuntos, /y escucho con mis ojos a los muertos. Conversar con los muertos es olvidar durante esos momentos a los vivos; aislarse del mundo. Para Andrés Amorós no es irreconciliable la vida y la literatura. En su Introducción a la literatura afirma que los libros ofrecen posibilidades que no están en la vida cotidiana de cada día, en cuanto a vivencias y en cuanto a conocimientos. ¿Cómo si no podríamos saber lo que siente y cómo vive un pirata de los mares del sur? Leyendo a Stevenson. De la misma forma que podemos conocer la vida de un agente secreto leyendo a Joseph Conrad, la vida en la Rusia represiva del siglo XIX leyendo a Dostoiewski, o la vida de un mendigo o de un príncipe del lejano Oriente leyendo Las mil y una noches. Por supuesto, Amorós no decía que esta fuera la finalidad última de la literatura, lo cual hubieran criticado C. S. Lewis u Ortega y Gasset –extracto de vida llamaba a este tipo de arte–, pero es una más de sus manifestaciones. Precisamente sobre Las mil y una noches trata ese entrañable texto de Luis Landero llamado El cuento o la vida. Este pequeño y extraño libro, que nos habla de lo que ocurre cuando en una misma persona coincide un profesor de literatura, un escritor y un lector apasionado, como cada una de esas tres dimensiones se integran en el mismo ser, y las diferencias que pueden aportar en cada momento. La hermosas expresión el cuento o la vida se basa en la clásica expresión robinhoodiana de la bolsa o la vida. La visión que da Landero de Las mil y una noches es una de las más maravillosas que he conocido hasta el momento –increíblemente, aunque llegué a Las mil y una noches a través de Borges, fue Landero quien me enseñó su belleza–. Landero habla del poder de la palabra en esta colección de cuentos, del poder de la historia, del cuento, de la literatura. Es cierto que son los cuentos, la literatura al cabo, lo que salva a Sheherezade de la muerte. Pero también fue la literatura lo que podía hacer que un mendigo se convirtiera en rey, ya que un buen cuento podía salvar la vida y dar las mayores fortunas. La disputa entre la literatura y la vida seguirá abierta, como una herida que sangra permanentemente y que jamás encontrará cura. Es en esta herida abierta donde hay que situar la Oda al libro de Pablo Neruda. Es cierto que Neruda es uno de los poetas más vitalistas que jamás hayan existido, muy alejado de la poesía libresca. Neruda en sí era un ser vitalista. Pero también es en parte la imagen que él quiso crear de sí mismo, aunque por supuesto tiene mucho de real. Pero no hay que olvidar que la biblioteca del joven Neruda, la que le sirvió de formación, contaba con libros como Esquilo Sófocles, San Pablo, Ovidio, Dante, Cervantes, Dumas, Defoe, Poe, Wells, etc. A todos ellos leyó y asimiló Neruda. Sin embargo, está claro que es un poeta marcadamente vitalista. He de reconocer que su Oda al libro me deja en la boca un sabor amargo, e incluso se me puede hacer un poema insoportable. Estoy hablando por supuesto de su primera Obra al libro. Su segunda Oda al libro es un manifiesto agradecimiento a este maravilloso objeto. En su primera oda, sin embargo, Neruda se muestra claramente partidario de la vida, llegando a menospreciar y a negar incluso al libro. No pienso que sea necesario llegar a tales extremos. Es extraño lo que siento hacia este poema, porque aunque no esté de acuerdo con su contenido, su forma hace que me parezca un texto magnífico. ODA AL LIBRO Libro, cuando te cierro abro la vida. Escucho entrecortados gritos en los puertos. Los lingotes del cobre cruzan los arenales, bajan a Tocopilla. Es de noche. Entre las islas nuestro océano palpita con sus peces. Toca los pies, los muslos, las costillas calcáreas de mi patria. Toda la noche pega en sus orillas y con la luz del día amanece cantando como si despertara una guitarra. A mí me llama el golpe del océano. A mí me llama el viento, y Rodríguez me llama, José Antonio, recibí un telegrama del sindicato “Mina” y ella, la que yo amo (no les diré su nombre), me espera en Bucalemu. Libro, tú no has podido, empapelarme, no me llenaste de tipografía, de impresiones celestes, no pudiste encuadernar mis ojos, salgo de ti a poblar las arboledas con la ronca familia de mi canto, a trabajar metales encendidos o a comer carne asada junto al fuego en los montes. Amo los libros exploradores, libros con bosque o nieve, profundidad o cielo, pero odio el libro araña en donde el pensamiento fue disponiendo alambre venenoso para que allí se enrede la juvenil y circundante mosca. Libro, déjame libre. Yo no quiero ir vestido de volumen, yo no vengo de un tomo, mis poemas no han comido poemas, devoran apasionados acontecimientos, se nutren de intemperie, extraen alimento de la tierra y de los hombres. Libro, déjame andar por los caminos con polvo en los zapatos y sin mitología: vuelve a tu biblioteca yo me voy por las calles. He aprendido la vida de la vida, el amor lo aprendí de un solo beso, y no pude enseñar a nadie nada sino lo que he vivido, cuanto tuve en común con otros hombres, cuanto luché con ellos: cuanto expresé de todos en mi canto. Pablo Neruda, Odas elementales Vendrá la muerte y tendrá tus ojosVendrá la muerte y tendrá tus ojos esta muerte que nos acompaña desde el alba a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un absurdo defecto. Tus ojos serán una palabra inútil, un grito callado, un silencio. Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh, cara esperanza, aquel día sabremos, también, que eres la vida y eres la nada. Para todos tiene la muerte una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como dejar un vicio, como ver en el espejo asomar un rostro muerto, como escuchar un labio ya cerrado. Mudos, descenderemos al abismo. Cesare Pavese - Siempre llamó mi atención la representación clásica de la muerte, esa que nos muestra constantemente las distintas variantes del viejo tema de las Danzas de la Muerte, con su capulla negra, sus ojos oscuros y profundos y su guadaña afilada, que sirve para cortar el hilo de la vida -¿no es curioso que sea un hilo lo que sostenga la vida?-. Pero imagino que cuando una pobre alma ve acercarse a un tipo vestido de negro con un arma blanca en las manos echa a correr, aunque la vida es ese continuo correr delante de la muerte, hasta que agotados nos dejamos alcanzar. Sin embargo, no me parece lógico que sea la muerte la que venga a buscarnos, o que nos espere al final del camino, como la mar de Manrique. Según Cesare Pavese la muerte siempre ha estado ahí, porque va dentro de nosotros, porque forma parte de nosotros, porque somos nosotros. No hay que imaginarse a ese tipo siniestro, simplemente hay que mirarse al espejo, y veremos la muerte en todo su esplender. Tendrá tus ojos, pero hasta que no venga no sabrás reconocerla. Todo y nada en una misma persona, muerte y vida, la batalla de sombras y esperanzas que decía en uno de mis poemas. Es una muerte distinta e indivual para cada uno, la muerte del espejo, que lucha con la vida, hasta la caída final como en una pieza charlieparkiana, ese descensus ad inferos. Pero nada viene a buscarnos, porque siempre estuvo ahí. ¿Nunca la viste? Acerca tus ojos al espejo tanto que casi toquen la superficie de cristal, y después observa detenidamente. Ahí está, pero no pierdas la esperanza, porque junto a ella está la vida. ¿No ves esa pequeña mancha apenas imperceptible que tiene forma de paloma en fuga? Tal vez esa sea la muerte, ese punto difuso que va creciendo con tentáculos invisibles. Sea como fuere, ahí está. No es necesario buscarla fuera, porque nosotros somos la muerte, al igual que somos la vida, el alfa y el omega. Por cierto, Cesare Pavese se acabó suicidando. Me pregunto si aquellos que se suicidan no llevan la muerte más adentro que los demás... Hoguera de versos“Yo, con mucha humildad, hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura substancia y así deben llegar a tus oídos” Neruda - Quiero hacer versos de madera. Secos. Talados de los sauces de tus labios. Sencillos como versos de Neruda. Quiero besar la luna de tu escarcha helada, y abrazarte desde dentro. Quiero frío en las venas de la noche, sobre la carne dientes del invierno. Quiero arrojar al fuego mis palabras, que te calientes con mis versos secos. Quiero escribir cenizas en tu cuerpo, letra quemada, leña de papel, ofrenda que sublima mi palabra. Porque sólo los versos que calientan son auténticos versos. Tienen sangre. (De El incendio del vino)) - Nota mental: concibo los poemas no como un todo homogéneo, sino de forma independiente, de uno en uno, y olvidándome de todos los que he escrito antes y sin planear los que escribiré después. Pros: la libertad es absoluta y no tengo que preocuparme de lo que ya he dicho; contras: los poemas se parece tal vez demasiado unos a otros, es más fácil repetirse así. Debo seguir profundizando en mi método de escritura para encontrar los pros y los contras, y conseguir escribir como quiero. Poco a poco voy aumentando el apoyo teórico de mis versos, quizá lo acabe escribiendo. SPOON RIVER, EUSKADI Hoy se cumple un año de los atentados de Atocha. Muchas preguntas quedan en el aire, preguntas que jamás serán respondidas. Ésta es una de tantas preguntas, una de las más desoladoras: ¿cómo es posible que unos seres humanos sean capaces de llevar a cabo matanzas de semejantes magnitudes? -matar a un solo ser humano ya es una matanza-, ¿qué hay en ellos de especial que les hace indiferentes al asesinato y al sufrimiento?Nunca habrá una respuesta satisfactora para esta pregunta. De momento, la respuesta más acertada que he encontrado es el conocido Spoon River, Euskadi de Jon Juaristi, que es un prodigio de concisión, ya que resuelve tajantemente esta cuestión en tan solo tres versos, con uno de los finales más cerrados y perfectos que jamás recuerde. Es cierto que Juaristi escribió este poema para referirse a ETA, problema que siempre ha preocupado al escritor y poeta vasco, pero es evidente que se puede aplicar a cualquier grupo terrorista del mundo, porque el terror y el asesinato no entiende de razas ni de culturas. Por eso hoy quería recordar ese maravilloso Spoon river, Euskadi... - SPOON RIVER, EUSKADI ¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, y por qué hemos matado tan estúpidamente? Nuestros padres mintieron: eso es todo. Jon Juaristi, Suma de varia intención, 1987 Buscando mis amoresy déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo. San Juan de la Cruz - Solos, perdidos en la inmensidad de las sábanas, busco tu extraviada carne, adónde te escondiste, amada, gimiendo me has dejado en soledad. - Mis amores busqué en la oscuridad, fatigué cada curva enmarañada, adónde te escondiste en la alborada, que en un pliegue perdí tu claridad. - A zaga de tus huellas te persigo y te hallo sosegada, y me consuelo en el dulce azabache de tu pecho. - Ven, amada, y despósate conmigo, uno seremos en sabroso vuelo, gocémonos pues juntos en el lecho. - (De El incendio del vino) - - Lo cierto es que no sé si he escrito este poema por casualidad o si por fin estoy encontrando lo que hacía tanto tiempo que andaba buscando. De cuantos he escrito, tengo que decir que es uno de mis poemas preferidos, tal vez el que más me guste, porque siento que por fin voy modelando el idioma a mi manera. Los ecos de San Juan de la Cruz son evidentes, pero quería rendir un merecido tributo al que probablemente sea mejor poeta de la lengua castellana, con tan solo un puñado de versos escritos. Hacía tiempo que andaba buscando la forma de darle este toque a mis poemas, y por primera vez lo he conseguido. De momento lo único que puedo hacer es intentar seguir en la misma línea, y tener muy presente siempre al más sublime de los místicos españoles. MasaEs evidente que cuando César Vallejo hablaba de la resurección en su poema "Masa" no se refería precisamente a la resurección de la carne. Pero quizá sea la intención inicial de Vallejo lo menos interesante de este poema, que está considerado por la mayor parte del mundo como el mejor poema de Vallejo, entre ellos Félix Grande. En efecto, hay que situar el poema dentro de un contexto muy determinado, su libro España aparte de mí este cáliz, que tiene unas catacterísticas muy especiales. Este libro se asimismo con las obras de algunos de los más grandes poetas del siglo XX: con Pablo Neruda, Miguel Hernández y Blas de Otero. No es necesario señalar libros como el Canto General de Neruda, Viento del pueblo de Miguel Hernández o los diversos de Blas de Otero, sobre todo en Pido la paz y la palabra. Curiosamente estos cuatro autores tienen una obra que abarca una amplia temática. No voy a desdeñar estas obras ni mucho menos -teniendo en cuenta además que "Masa" aparece en España aparta de mí ese cáliz- pero el amor que siento hacia estos poetas -que es mucho, desde luego- va por otros caminos diferentes. No faltarán voces que se eleven ensalzando las maravillas de estas obras, que probablemente sean también adoradores de Gorki, pero la poesía social de carácter bélico tiene una cierta facilidad para convertirse en folletines de propaganda política. No voy a entrar en la eterna polémica de una poesía social que sacrifica la estética en favor de las ideas, pero esto está más que demostrado. Últimamente me suelo preguntar mucho qué clase de conexión existe entre el fondo y la forma. Tradicionalmente se suele resolver esta cuestión de un plumazo diciendo que fondo y forma son en realidad la misma cosa, inseparables. Ortega hablando de este tema, me parece recordar que en Meditaciones del Quijote, recordaba aquella famosa cita de Flaubert: La forma proviene del fondo como el calor del fuego. Muy atractiva es aquella cita de Oscar Wilde: La estética es superior a la ética, que esconde detrás toda la teoría del arte por el arte. Independientemente de todas estas cuestiones, es evidente que "Masa" supera las tentativas iniciales de Vallejo, y que como suele ocurrir con las grandes obras maestras, sobrepasan a su creador. Esto se debe a la multiplicidad de lecturas que se pueden llevar a cabo de este poema. Para mí "Masa" supone, y en parte también para Vallejo, la solidaridad humana, del mundo entero, capaz de hacer milagros. No hay más que recordar que es precisamente la solidaridad entre los hombres lo que hace que Vallejo evolucione hacia una temática más positiva y deje a un lado todo su primer dolor de Heraldos negros. La grandeza de este poema es la siguiente: no se sustituye exactamente a Dios obrando el milagro de la resurrección por el hombre -no puedo evitar tampoco recordar el poema "Lázaro" de Luis Cernuda, que más de una vez ha logrado arrancarme más de una lágrima, por su desolación y su crudeza, que muestra la resurrección como un acto cruel por parte del Creador, como la más horrible de las torturas-. En "Masa" hay una sustitución en cuanto a la forma, cambiando la palabra Dios por la palabra Hombre, pero en el fondo se está aludiendo al mismo concepto, al conjunto de la Humanidad hermanada, unida en una alianza de amor y respeto. Este poema me llena de esperanza, pensando que la resurrección no es un imposible, y que es algo que podría ocurrir cuando el mundo entero se amara, cuando no hubiera disputas entre los hombres. Esto último sí que parece un auténtico milagro, y no el hecho de que resucite un hombre. Supongo que era lo que Vallejo quería decir, que si se produce el segundo milagro no es imposible que se produzca el primero. Por eso no hay que perder la esperanza, y hay que pensar que el amor y la solidaridad entre los hombres puede obrar el milagro de la resurrección. Y es por eso que ante la desgracia de la pérdida de un ser querido hay que estar más unidos que nunca, porque sólo así ese ser querido conseguirá resucitar, para todos aquellos que lo amen, y se echará a andar de nuevo entre los vivos, aunque sólo podamos verlo en nuestro corazón. MASA Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: "No mueras, ¡te amo tanto!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: "No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: "¡Quédate hermano!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar. César Vallejo, España aparta de mí ese cáliz De amicitia No puedo menos que leer con un fervoroso interés a Julio Martínez Mesanza, por ser uno de los mayores representantes de la poesía épica de nuestros tiempos, costumbre ancestral que se ha ido perdiendo desgraciadamente, como se comprueba en la escasez de poetas épicos del siglo XX. Borges había vaticinado el futuro renacimiento de la épica, y esperemos que así sea en el siglo XXI -si bien es cierto que la épica nos llega hoy en día principalmente a través del cine, de lo que ya trataré en otra ocasión-.Martínez Mesanza es un poeta épico no sólo porque en sus poemas aparezcan caballeros y princesas, batallas y castillos, espadas y caballos, es ante todo un poeta épico por el sentimiento que despierta en sus lectores, por la sublimación que alcanza el espíritu del hombre en sus poemas. De amicitia siempre ha significado para mí una especie de estandarte, un himno a la amistad, por encima de las normas morales, la amistad ante todo, como ley que rige nuestras vidas. Es por eso que este poema, no sólo por su belleza inconmensutable, es especialmente significativo para mí. Es así como expreso mi afecto a todos mis amigos, a los que nunca me abandonaron en el campo de batalla, cuando la sangre estaba caliente en la espada enemiga y los guerreros hervían. Este poema se lo dedico a todos mis amigos, y en especial a aquellos que ahora mismo están pasando por momentos difíciles, porque ya saben que tienen mi incondicional apoyo. DE AMICITIA A José del Río Mons Si tuviese al justo de enemigo, sería la justicia mi enemiga. A tu lado en el campo victorioso y junto a ti estaré cuando el fracaso. Tus palabras tendrán tumba en mi oído. Celebraré el primero tu alegría. Aunque el fraude mi espada no consienta, engañaremos juntos si te place. Saquearemos juntos si lo quieres, aunque mucho la sangre me repugne. Tus rivales ya son rivales míos: mañana el mar inmenso nos espera. Julio Martínez Mesanza, Europa, 1986 Jueves, 24 de Febrero de 2005 19:37. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Homenaje-Sin Título- Tu beso en mi alma de cristal me bate la sangre a espuma y dibuja sobre mí esa pluma que corta mi aliento vital. Ah, desenlace fatal que en bien mi mal convierte, y en él surge de suerte que a tu beso me convida; pues sólo se paga con tu vida el dulce precio de mi muerte. Hannah Elegía a Ramón SijéSupongo que tampoco podía resistirme a poner este poema... (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería.) Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano. . Alimentando lluvias, caracoles Y órganos mi dolor sin instrumento, a las desalentadas amapolas . daré tu corazón por alimento. Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento. . Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. . No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida. . Ando sobre rastrojos de difuntos, y sin calor de nadie y sin consuelo voy de mi corazón a mis asuntos. . .Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo. . No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada. . En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes sedienta de catástrofe y hambrienta . Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes. . Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte . Volverás a mi huerto y a mi higuera: por los altos andamios de mis flores pajareará tu alma colmenera . de angelicales ceras y labores. Volverás al arrullo de las rejas de los enamorados labradores. . Alegrarás la sombra de mis cejas, y tu sangre se irá a cada lado disputando tu novia y las abejas. . Tu corazón, ya terciopelo ajado, llama a un campo de almendras espumosas mi avariciosa voz de enamorado. . A las aladas almas de las rosas... de almendro de nata te requiero,: que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. . (10 de enero de 1936) Miguel Hernández Heraldos negrosPorque en días como éste la vida parece que pierde todo su sentido, porque el dolor se agolpa en la garganta, se mezcla con la saliva, y todo sabe a grumo negro y pegajoso, porque todo es sed y nada es agua. En días como éste uno muere un poco, o mucho, o definitivamente. Seguramente pasen años hasta que vuelva a sentir esto. Porque hay personas que marcan, y que no vuelven, y piensas que todo esto es una jodida mierda, y que todo importa un puto carajo, y las lágrimas se te agolpan en los ojos, y el pecho se te encoje, y todo es una mierda, sí, una mierda, una inmensa mierda del tamaño del mundo, rodeándolo todo, con su jodida inmensidad, y tú en el centro sufriendo, sabiendo que la vida son dos días y que lo que pasa ya no vuelve temiendo perder a aquellos a quienes más quieres, sabiendo que la imagen clásica del hilo es cierto, que la vida es lo más frágil que se ha podido crear, que basta un golpe y todo ha acabado. Porque en días como este todo es horrible, y la mano te tiembla mientras escribes, y no sabes cuándo acabará todo esto, y si acabará, pero sabes que tiene que acabar, porque siempre acaba, y te dan ganas de leer a César Vallejo, o a Baudelaire, o a Rimbaud, o a Lautreamont, con lágrimas, y con la rabia contenida, teniendo la certeza de que todo el dolor que esos poemas concentran es cierto, y que Whitman era un mentiroso. Porque en días como este, lo que puede haber de poeta en mí es menos poeta que nunca, y es mejor dejar que hable el poeta, pero no el César Vallejo de "España aparta de mí ese cáliz" o el César Vallejo de "Masa", no, sólo el César Vallejo de "Heraldos negros". Nunca te olvidaré... te quiero... allí donde estés, descansa en paz... - HERALDOS NEGROS Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé! Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán talvez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! César Vallejo, Heraldos negros Pandémica y CelesteDespués del artículo que he publicado sobre El Banquete de Platón creo que necesariamente había que tratar este maravilloso poema, que es sin lugar a dudas uno de los mejores poemas de Jaime Gil de Biedma. He aquí el texto. Pandémica y Celeste leído por Jaime Gil de Biedma PANDÉMICA Y CELESTE quam magnus numerus Libyssae arenae ....................................... aut quam sidera multa, cum tacet nox, furtiuos hominum uident amores. Catulo, VII Imagínate ahora que tú y yo muy tarde ya en la noche hablemos hombre a hombre, finalmente. Imagínatelo, en una de esas noches memorables de rara comunión, con la botella medio vacía, los ceniceros sucios, y después de agotado el tema de la vida. Que te voy a enseñar un corazón, un corazón infiel, desnudo de cintura para abajo, hipócrita lector -mon semblable,-mon frère! Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo quien me tira del cuerpo a otros cuerpos a ser posiblemente jóvenes: yo persigo también el dulce amor, el tierno amor para dormir al lado y que alegre mi cama al despertarse, cercano como un pájaro. ¡Si yo no puedo desnudarme nunca, si jamás he podido entrar en unos brazos sin sentir -aunque sea nada más que un momento- igual deslumbramiento que a los veinte años ! Para saber de amor, para aprenderle, haber estado solo es necesario. Y es necesario en cuatrocientas noches -con cuatrocientos cuerpos diferentes- haber hecho el amor. Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen. Y por eso me alegro de haberme revolcado sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos, mientras buscaba ese tendón del hombro. Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones... Aquella carretera de montaña y los bien empleados abrazos furtivos y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo, pegados a la tapia, cegados por las luces. O aquel atardecer cerca del río desnudos y riéndonos, de yedra coronados. O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino. Y recuerdos de caras y ciudades apenas conocidas, de cuerpos entrevistos, de escaleras sin luz, de camarotes, de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos, y de infinitas casetas de baños, de fosos de un castillo. Recuerdos de vosotras, sobre todo, oh noches en hoteles de una noche, definitivas noches en pensiones sórdidas, en cuartos recién fríos, noches que devolvéis a vuestros huéspedes un olvidado sabor a sí mismos! La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota, de la langueur goûtée à ce mal d'être deux. Sin despreciar -alegres como fiesta entre semana- las experiencias de promiscuidad. Aunque sepa que nada me valdrían trabajos de amor disperso si no existiese el verdadero amor. Mi amor, íntegra imagen de mi vida, sol de las noches mismas que le robo. Su juventud, la mía, -música de mi fondo- sonríe aún en la imprecisa gracia de cada cuerpo joven, en cada encuentro anónimo, iluminándolo. Dándole un alma. Y no hay muslos hermosos que no me hagan pensar en sus hermosos muslos cuando nos conocimos, antes de ir a la cama. Ni pasión de una noche de dormida que pueda compararla con la pasión que da el conocimiento, los años de experiencia de nuestro amor. Porque en amor también es importante el tiempo, y dulce, de algún modo, verificar con mano melancólica su perceptible paso por un cuerpo -mientras que basta un gesto familiar en los labios, o la ligera palpitación de un miembro, para hacerme sentir la maravilla de aquella gracia antigua, fugaz como un reflejo. Sobre su piel borrosa, cuando pasen más años y al final estemos, quiero aplastar los labios invocando la imagen de su cuerpo y de todos los cuerpos que una vez amé aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo. Para pedir la fuerza de poder vivir sin belleza, sin fuerza y sin deseo, mientras seguimos juntos hasta morir en paz, los dos, como dicen que mueren los que han amado mucho. Jaime Gil de Biedma - Es uno de esos poemas a los que se vuelve constatemente a lo largo de toda la vida, que siempre se tienen muy presentes. La confesión que hace Gil de Biedma en este poema pulsa la mayor parte de las fibras sensibles que pueda albergar un alma, desde la desolación, pasando por la angustia, por la ternura, la compresión, o incluso la felicidad. Pero el tema del poema es el único capaz de tocar tal gama de matices: el amor. Ya lo expresó Lope de Vega, seguramente mejor que nadie, en aquellos versos que decían desmayarse, atreverse, estar furioso, / aspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso..., y Quevedo a su manera más conceptista de es hielo abrasador, es fuego helado / es herida que duele y no se siente.... Pero Gil de Biedma consigue una combinación que nos sorprende por su sinceridad y su originalidad. Ya desde el primer momento declara que es una confesión, en los primeros versos que se hacen tan deliciosos al lector, que hacen que se sienta cómplice de todo el poema, y recuerdan a una de esas maravillosas noches conversando con un amigo agotando el tema de la vida. No podría haber un momento mejor para la confesión tan terrible, tan abrumadura y tan sublime del poeta. Pandémica o Celeste (Urania). Son los dos tipos de amor que existen: el amor del cuerpo y el amor del alma. Platón evidentemente se inclina por la Venus Celeste, por el amor del alma. Pero tal y como lo explica Platón parece insinuar que son dos mundos que no se conectan, que nada tienen que ver, que están al margen el uno del otro. De algún modo, esta concepción del amor ha llegado hasta nuestros días, y aún hoy los que se consideran más "románticos" parecen tener una fe ilimitada en el amor del alma, y olvidarse casi por completo del amor del cuerpo. Pero todavía más tópica es la idea de que a través del amor del alma se puede llegar a alcanzar el amor del cuerpo, es decir, que sólo cuando se está enamorado o se siente amor hacia una persona, sólo entonces es razonable el contacto físico, o sólo entonces es razonable sentir los cuerpos. Biedma ha invertido los términos: al amor del alma le precede el amor del cuerpo. Lo primero es adorar el cuerpo, sentirlo cerca y sentirlo uno; y después ascender a las regiones celestes y conseguir la inmortalidad como lo describía Apuleyo. Pero Biedma no es innovador ni mucho menos. Tal visión nos podría parecer bastante novedosa hoy en día, pero lo que hace en realidad es rescatar una vieja idea platónica. Efectivamente, fue Platón el que dijo que a través del cuerpo se llega a amar el alma. Pero la confesión que está contenida en el poema no es una teorización del amor a la manera platónica, es la necesidad de romper a llorar, de aceptar la necesidad de amar los cuerpos, con la seguridad de que es el verdadero camino para llegar a la inmortalidad que el amor tanto nos prometió. Y ahora viene lo terrible de la confesión... ¿cuatrocientos cuerpos diferentes? ¿Es que acaso pretende decirnos que para encontrar el amor es necesario conocer cuatrocientos cuerpos diferentes? En realidad no hay un número límite, porque son tantos como haga falta. Porque en cada cuerpo que se ama se busca el amor del alma, detrás de cada Pandemo se busca una Celeste, y cada cuerpo aporta algo nuevo al anterior, cada cuerpo nos enseña y nos acerca más al cuerpo amado. ¿O acaso son excusas de un mujeriego? Si se observa atentamente el poema en cada uno de sus detalles (incluyendo el vocabulario que utiliza) salta a la vista que esta idea sería por completo equivocada. Podría extenderme mucho más, pero no sería más que dar mi opinión, parafrasear algo que ya está contenido en el propio poema. Y prefiero no glosar unas palabras tan bellas. Prefiero quedarme con ese maravilloso final, que recuerda al impresionante nox est perpetua una dormienda de Catulo. La salvación de los puentesYa lo sabes, no existen otras formas de llegar a tu cuerpo. Necesito construir puentes que llenen todo el mundo, altos como las torres de un suspiro, uniendo cada cosa con tu cuerpo en raras conexiones invisibles, que entran y salen libres de tu carne, rebosando perfecta arquitectura. - Aunque lo más difícil es cruzar esos hilos de viento destemplado, en peregrinación hasta tu cuerpo con la seguridad de la caricia. - Y cuando nuestras sombras estén juntas, pegados carne a carne nuestros huesos, y muertas las distancias, pensaré que es inmenso el abismo entre nosotros, y que la salvación está en los puentes. - - (De El incendio del vino) Vivir entre trenesLo hermoso de los trenes es que llegan contigo, aunque siempre no es así, cierto que algunas veces van vacíos, que es sólo cuando tú no vas en ellos. Sólo los trenes llenos enamoran y es porque entonces tienen un destino: hacia la comisura de mis labios, rojos como la luz de las heridas, abiertos como un cielo de suspiros, suplicando llenarse en tu llegada. - Lo hermoso de esperar es cuando acaba la espera, y el andén se llena todo de saludos, de abrazos y de besos, y nervioso te busco entre la gente. Y te encuentro cargada de maletas y de esperanzas, pero nada importa cuando la boca se me llena toda de tu boca viajera, que descansa recuperando el tiempo no besado. - - (De El incendio del vino) La épica del besoAmor mío, te ofrezco mi cabeza en un plato: Desayuna... Antonio Carvajal I En tus labios desnudos resucita la épica del beso con espadas, el fuego de las bocas abrasadas, y la gloria, en mis venas, infinita. - El sabor de tu piel de pan me incita a una guerra de lenguas enredadas, a quererte vencer a dentelladas: comerte es la victoria más bendita - (y también las derrotas son felices). Me gusta remover tu suave tierra, y mojarme la boca de tus huesos; - y lo que más me gusta es cuando dices, ganaste la batalla, no la guerra, y tomas la revancha con tus besos. - - II Para nacer desgárrame en un beso, un beso lacerado por el verso, de quien besa y devora el universo, o arranca piel besando sobre el hueso. - Para vivir quemar labios de yeso, volver rota la carne del reverso, invocar en tu lengua el dios perverso, ciego morir besando en cada beso. - Para sentir, un beso acuhillado, de los que hace que el mundo se desangre, un beso que detrás del fuego intuyo. - Muérdeme el alma hasta sentirme amado, que tus dientes dibujen con mi sangre el símbolo inmortal de que soy tuyo. - - (De El incendio del vino) |
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