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DEDICADO A ROSA... «Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubbert Das» El Bosco
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Ut pictura poesis. «Lluvia», de Miguel D´orsLluvia. Lluvia que llega de muy lejos. Su oscura llamada en mis cristales, insistente. Llueve. Por las difusas calles rumorosas me alejo; me pierdo en otras lluvias que lentamente caen en mi pasado: viejas rúas de piedra y lluvia, clases de Historia y lluvia, campanadas de lluvia sobre mi infancia… Llueve en mi ventana; aquélla, esta ventana. Lluvia, tibia lluvia que por el trasfondo del tiempo acompaña mi vida poniéndole esta música gris y lenta… Esta tarde la lluvia y yo escribimos a medias estos versos. Miguel D´ors, Ciclo superior de ignorancia
Una de las grandes herencias de la poesía romántica es la estrecha vinculación entre paisaje y alma del poeta, que se enlazan en sagradas nupcias, una misteriosa comunión que Antonio Machado supo manejar con gran maestría. El mundo es como es a los ojos del poeta, o lo que es lo mismo, el poeta no es sino una proyección del mundo, un fantasma o un mero decorado de fondo. Todo se alía a favor del amor y del odio: el sol, la luna, la tierra, el agua, la vegetación. Eso somos, al cabo. Una aglutinación de mundo en un punto, y eso es la poesía, mundo y más mundo. ¿La lluvia? No es sólo agua que cae, sin más sentido. En la caída está precisamente la clave, sospecho. La lluvia, como actante, es uno de los grandes “inventos” de la poesía moderna, que centra su melancolía, entre otros elementos, en ella y en las tardes de domingo. De esta melancolía y del convencimiento de que la lluvia forma parte indeleble de los pequeños momentos de la vida parte Miguel D´ors para elaborar un poema sencillo al mismo tiempo que efectivo en su ritmo. ¿Acaso alguien no se ha instalado alguna vez en una ventana para ver caer la lluvia de la calle? ¿Acaso no lo ha hecho cualquier niño? Precisamente un mismo acto une dos momentos, pasado y presente, fundidos en un único momento, con una música de acompañamiento, que podrá tener su tristeza ─no lo niego─, pero que desde luego es inmensamente relajante. Y esta lluvia, que tiene sabor a magdalena proustiana, es símbolo del paso del tiempo, de lo que cambiamos y de lo poco que cambia el mundo. Pero lo espléndido del poema es, como he dicho, su ritmo entrecortado y la estratégica situación de las palabras. Aunque la construcción se consigue mediante heptasílabos, la disposición gráfica, que trae aparejada un determinado tipo de entonación, tiende a romper esos heptasílabos en dos hemistiquios en algunos casos. La palabra «lluvia» y sus derivados cobran protagonismo, ya sea a través de la fragmentación del verso o con encabalgamientos abruptos; al tiempo que la enumeración insistente genera un monotonía muy sugerente. El efecto conseguido es el de un goteo, un ritmo parcelado que no es difícil de identificar con el sonido de la lluvia. Miguel D´ors consigue en este texto uno de los mayores objetivos a los que puede aspirar un poema: que se produzca una imagen sonora, a través de una correspondencia entre forma y contenido. Sólo queda alabar el acierto del cierre epigramático en unos versos que aportan una nueva dimensión al poema, pues lo convierten en una reflexión metapoética que va más allá de la simple contemplación del paisaje, algo por supuesto netamente moderno. Cosmopoética 2008![]() Ya está disponible el programa de Cosmopoética 2008, el festival que reúne a poetas de todo el mundo en Córdoba y que cuenta con dos propósitos principales: acercar y difundir la poesía entre los ciudadanos ─incluso entre los más reacios─ y mostrar los vínculos entre el arte poético y las otras artes. El programa de este año me parece un poco más flojo que el del año pasado, pero igualmente merece la pena hacer una escapadita, aunque sólo sea para disfrutar de una ciudad que al margen de festivales está llena de poesía. Y si además se tiene la oportunidad de conocer a algunos poetas, miel sobre ojuelas. «Muerte en la tarde», de Ángel GonzálezDe los cientos de muertes que me habitan, ...y nadie me levanta.
Ángel González, Áspero mundo
Aún a riesgo de parecer reiterativo no puedo dejar de poner hoy otro poema de Ángel González cuyo protagonista vuelve a ser la muerte. Escribir sobre la muerte puede que no tenga mucho de particular, porque junto al amor son los temas más universalmente tratados en la Historia de la literatura; como tampoco tiene nada de particular leer a un poeta muerto que escribe sobre la muerte ─evidente es que al final todos los poetas acaban muriendo─. Sin embargo, uno no puede evitar un estremecimiento al leer «Muerte en la tarde», el mismo tipo de estremecimiento que se siente al leer Así pasen cinco años de García Lorca, por lo que tienen de premonitorio. El poema empieza con dos versos rotundos, epigramáticos, que sorprenden y al mismo tiempo aturden. El tratamiento que hace Ángel González de la muerte en estos dos versos y en todo el conjunto no tiene nada de original en cuanto a contenidos, y vuelve a aparecer en otras composiciones, como por ejemplo en el célebre final de su «Cumpleaños», cuando dice también con brevedad: «Para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho». El tema ─el tempus irremediabile fugit─ se remonta a las Geórgicas de Virgilio, pero el enfoque de la vida como sucesión de muertes es en realidad plenamente barroco y tendrá su exponente más perfecto en el oscuro y atormentado quevedismo metafísico, representado en grado sumo por el verso final del poema que empieza «¡Ah de la vida!» cuando Quevedo concluye que somos al cabo «presentes sucesiones de difunto». Otros autores recogerán el tema, adaptándolo a los nuevos tiempos, como ese hermosísimo poema de Cesare Pavese «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Sin embargo, la efectividad de Ángel González se basa en su capacidad de concentración y en la genialidad de sus imágenes, herencia de Quevedo. Como he dicho, cada poeta adapta el poema a sus circunstancias vitales, y Ángel González no es una excepción. Nótese el peso que tiene en el texto la poesía de la experiencia, que en Áspero mundo ocupa un lugar fundamental. El atardecer machadiano pasa a situarse en un entorno urbano, con sus objetos característicos: las calles, los edificios, las farolas. Además, la reflexión metafísica se empaña con detalles nimios, como el del comerciante que pregona sus mercancías en la calle. Pero la ciudad se convierte al anochecer en una especie de infierno de cenizas y sus habitantes en sombras, condenadas a la soledad. Y finalmente aparece la falta de esperanza, algo tan habitual en su poesía que incluso llega a inspirarle el título de su siguiente libro ─Sin esperanza, con convencimiento─, y que recuerda inevitablemente al infierno dantesco en cuya entrada figuraba la advertencia «Abandonad toda esperanza». Precisamente ese sabor final que deja el poema, entre amargo y tenebroso, dibuja la imagen de un ser condenado al infierno. Ahora que el poema se ha convertido en una triste realidad para Ángel González, sólo queda esperar que allá donde esté, si es que está en alguna parte, haya podido esquivar esa dolorosa región de la desesperanza. Por cierto, una curiosidad rítmica. Al leer en voz alta el poema hay algo que puede sonar extraño si no se pone especial atención: el verso «sombras sin dejar huellas, hombres que pasan» aparentemente es dodecasilábico. Esto podría parecer un fallo dentro de una composición de ritmo endecasilábico, y habría que pensar en una lectura de pentasílabo seguido de un heptasílabo. Pero lo curioso es que este falso dodecasílabo es el verso número doce empezando por el principio y por el final, quedando justo a la mitad del poema. ¿Casualidad o intencionalidad? «Muerte en el olvido», de Ángel GonzálezComo era de esperar hoy un aluvión de artículos se hacen eco en toda la presa de la muerte del poeta Ángel González, y como uno es del montón y no puedo referirme a la grandeza de su persona y a su fiel sentido de la amistad con un buen puñado de anécdotas íntimas como suele hacerse en estos casos, haré lo que más me gusta: leer poesía y hablar sobre ella. Además, como lo prometido es deuda, he elegido un poema que me parece adecuado con la situación, lo cual no es muy difícil teniendo en cuenta que la muerte es uno de sus grandes temas. Ángel González, algo enemigo de la crítica formalista, atacaba el exceso de rigor interpretativo con la siguiente frase: «Soy el primero en reconocer que lo que no diga el poema, lo que no se vea en el poema, no puede añadirse a posteriori y en prosa». En mi opinión, aunque «es cierto que la lectura es cosa del lector», no cualquier lectura es igualmente lícita. Si hubiera que establecer grados, la interpretación del autor es la más válida de todas, no por ello la única, porque es la que más se acerca a la intención original con que fue escrito el poema. Sin embargo, la interpretación no debiera interferir en la sensación acústica que produce la lectura del poema ─lo que comúnmente se llama el sentimiento─. Déjenme que trampee el sentido original de un poema para adaptarlo a las circunstancias. Es evidente que «Muerte en el olvido» se trata de una composición de tema amoroso, que se vale de uno de los grandes tópicos de la poesía de amor, que se ha repetido con variantes prácticamente desde el discurso de los andróginos de Aristófanes de El banquete de Platón ─un espléndido libro sobre el tema es el de La transformación de los amantes de Guillermo Serés─. El tratamiento que hace Ángel González es muy original, con resonancias que recuerdan a Pedro Salinas en el uso del verso corto y entrecortado y en la efectividad de los pronombres y de los posesivos, utilizados en casi todos los versos. El verbo, como en Salinas, también juega un papel fundamental, situado en muchos casos estratégicamente al final del verso para lograr encabalgamientos bruscos que dan al poema ese ritmo entrecortado. Por cierto que el ritmo es casi el único inconveniente que se le podría poner al poema, con tendencia al endecasilábico, o bien todos endecasilábicos, aunque en algunos versos hay que hacer sinaléfas que dificultan la lectura. No es difícil someter este poema a un proceso de relectura como el que Borges hizo con Pierre Menard. Mi propuesta es sustituir el concepto de la amada por el del lector. La vida de la que Ángel habla se convierte entonces en esa tercera vía a la que se refería Jorge Manrique en sus coplas, la vida de la fama. Pero no la fama banal y pasajera, sino la fama asentada sobre la memoria de los siglos, la fama inscrita con letras mayúsculas en la Historia de la literatura. Porque el poeta vive en su poesía, pero nada es la poesía si no existe quien la lea; luego el poeta necesita lectores para vivir. Y en esa vida que es la fama la grandeza del poeta consiste en mostrarnos nuestra propia grandeza: la poesía no inventa, sino que descubre lo que permanecía dormido en todos y cada uno de nosotros. Y si en el poema somos capaces de reconocer altura, limpieza, inteligencia, sencillez, ternura o bondad es porque somos altos, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y bondadosos. Berkeley había dicho que el sabor de la manzana no está en la manzana misma ni en la boca del que la come, sino en el contacto entre la fruta y el paladar. Borges se refirió en numerosas ocasiones a la hipótesis de Berkeley para plantear su concepto de la poesía, el mismo que yo he propuesto para el poema de Ángel González. En el conjunto de ensayos que recoge en su Arte poética dice Borges: «un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras ─o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos─ surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo». No dejemos, pues, que Ángel González muera. Mantengámoslo vivo siempre en su poesía.
Yo sé que existo Ángel González, Áspero mundo
«Muerte en el olvido» - Recitado por Ángel González Domingo, 13 de Enero de 2008 17:55. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. «Requiem», de Rafael Alberti (inédito)![]() El joven Rafael Alberti, en su casa La Gallarda, durante su exilio en Uruguay en 1947 Babelia dedica esta semana un número casi monográfico al grupo poético del 27 ─¿cómo es posible que siga perpetuando un término tan poco exacto como el de generación?─ para celebrar el 80º aniversario de su aparición. Siempre me ha parecido curioso este tipo de aniversarios, porque uno puede perfectamente saber qué año, qué mes, que día y qué hora es el aniversario del nacimiento o de la muerte de este o aquel escritor, pero encajar algo tan complejo para lo que ni siquiera existe consenso en su nomenclatura en una fecha concreta parece la típica falacia simplista de libro de texto. De acuerdo, si existe la obligación de elegir una fecha escojamos la del 16 de diciembre de 1927, pero siempre a sabiendas de que el 27 es mucho más que el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla. Lo que es el 27 ya se venía fraguando muchos años antes y aún se prolongaría años después, por lo menos hasta el comienzo de la Guerra Civil. De todos modos, no crean que estoy en contra de este tipo de celebraciones, sino más bien todo lo contrario, siempre y cuando sirvan para resucitar la quizá demasiado adormilada memoria con propuestas como las del Babelia de esta semana. Pocas veces se podrá decir que un Babelia es magnífico en casi todas sus páginas, salvo por alguna entrevista a un desagradable personajillo literario. No todos los artículos tienen la misma profundidad ni la misma agudeza, por supuesto. Frente al superficial tratamiento que hace José Manuel Caballero Bonald, que no va más allá de las cuatro obviedades clásicas y generales de siempre, me quedo con un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el anciano Alberti. Muñoz Molina habla de la impostura y de la máscara de sí mismo, en esa necesidad de rendir fidelidad a los rasgos de la propia identidad, que el artista se ve obligado a interpretar a partir de cierta edad. A partir del caso más evidente, Borges, habla de un Alberti obligado a reiterar los rasgos del personaje que había ido creando con el paso de los años. Aunque Muñoz Molina dé con el dardo en la diana, su texto provoca cierta sonrisa porque parece escrito desde el orgulloso resentimiento del joven que no fue invitado a entrar en el círculo de amistades del viejo vate gaditano y recibió el que quizá es el peor de los tratos: la fría indiferencia. Tampoco tienen desperdicio los artículos de Jesús Ruiz Mantilla, Ian Gibson, Luis Muñoz o Javier Rodríguez Marcos.
Y es que la gran estrella en esta ocasión, de entre todos los integrantes del 27, es Rafael Alberti, del que se publican tres poemas inéditos, como se hiciera no hace mucho en esta misma publicación con Federico García Lorca o, salvando las distancias, con Julio Cortázar. Los tres textos son una prueba evidente de lo que Ricardo Gullón llamó las «alegrías y sombras de Rafael Alberti»: dos de ellos se encuadran en la etapa de Marinero en tierra y de El alba del alhelí y el tercero en la de Sermones y moradas. Aunque según Beatriz Hernanz, la estudiosa que los ha sacado a la luz, en el segundo de ellos, titulado «Ingenuidad», está prefigurada casi la totalidad de la obra del futuro Alberti es bajo mi punto de vista el más prescindible de los tres. El poema vinculado a Sermones y moradas que empieza «Es una frente la que hoy pide auxilio» es deslumbrante a ratos, con versos y giros que recuerdan al desolador Lorca de Poeta en Nueva York. Este poema, en apariencia escrito por un poeta maduro, fue seguramente descartado por su exceso de irreverencia religiosa que hubiera levantado las críticas de más de uno en la España de la época. El poema titulado «Requiem» evoca al joven pintor Alberti paseando por el museo del Prado y copiando incansablemente a los grandes maestros de la pintura. Es un poema de luminosidad apagada, en penumbra, entristecido por el recuerdo del cuerpo amado, por la pérdida. Se va dibujando a dibujando a pinceladas, que bien podrían ser las de Giotto o Piero Della Francesca o bien las del Greco o Zurbarán, un cuadro en el que se adivina la figura de Cristo. Las referencias al color, a la luminosidad y a la mística son abrumadoras ─«de color siglo XIII y muy viejo…»─. Este aspecto culto se une al popularismo de Marinero en tierra a través de continuas exclamaciones, interjecciones, repeticiones, interrupciones y un verso rápido, veloz, como un pincel sobre un lienzo. «RÉQUIEM» Aquí... aquí... donde tú estuviste Donde estuvo ya inmóvil tu cuerpo... Aquí... aquí... a esta luz amarga De color siglo XIII y muy viejo... Quiero hacer este verso Triste, Muy triste Como rayo de luna sobre el Campo Muerto Me encuentro. ¡Y ahora sí que estoy solo! Unas luces enfermas de color ceniciento..., Un Cristo..., Unas flores mustias de blancor enfermo... ¡como cuando estaba ya inmóvil tu cuerpo! ¡Tu cuerpo! : largo y abultado como las estatuas del Renacimiento. ; y la túnica humilde... de pliegues helénicos... ; y tus manos místicas... ¡Oh, las ascéticas manos de los muertos! ¡Oh, el color, el color de los muertos! : Color de llanura cuando ya hace frío... Color de este verso. Aquí... aquí: ¡Como aquella noche! Me acuerdo de mi juramento,... Que te hice temblando... temblando... Al oído... ¡ya sin eco! Y ahora: Quiero Renovar "aquello"... Y seguir siendo bueno, Muy bueno... Aquí, aquí, donde tu estuviste... ; Donde estuvo ya inmóvil tu cuerpo... Aquí... aquí...: a esta luz amarga De color siglo XIII y muy viejo...: Hice Este verso. Julio MCMXX III «La trompeta», de Ángel González(Louis Armstrong) ¡Qué hermoso era el sonido de la trompeta Cuando el músico contuvo el aliento Y el aire de todo el Universo Entró por aquel tubo ya libre de obstáculos!
Qué bello resultaba el estremecimiento producido por el roce de los huracanes contra el metal, de cálidos vientos del Sur, y luego del helado austral, que dio la vuelta al mundo.
El viento solano llegó lleno de luz salpicando de sol y de verano. El siroco dejó un poco de arena, y el mistral era casi silencio, igual que los alisios.
Pero escuchad, escuchad todavía el ramalazo, la poderosa ráfaga y deja sobre la piel la húmeda caricia del salitre.
Un grito agudo interrumpió la melodía.
El artista, extrañado, agitó su instrumento, y cayó al suelo, yerta, rota, una brillante y negra golondrina. Ángel González, Tratado de urbanismo
Hasta hace un momento he estado dudando en escoger entre este poema de Ángel González o su otro poema «Revelación». Aunque «Revelación» es más profundo y sincero, finalmente me he decidido por «La trompeta» como réplica a un poema sobre Charlie Parker que puse hace bastante tiempo escrito por Miguel D´ors y titulado «Bird» ─poema que es necesariamente superior a «La trompeta»─. También parece tener «Revelación» un vínculo más directo con la «Oda a Francisco Salinas» de Fray Luis de León, que en «La trompeta» se convierte en una auténtica cosmogonía del aire. Todos los vientos, provenientes de los cuatro puntos de la Tierra se concentran en la trompeta de Louis para ser expulsados en un movimiento circular que los retorna al lugar de origen. Ese movimiento concéntrico supone una mezcla de opuestos que desborda al oyente en el más puro sentido místico de la palabra: luz y oscuridad, ruido y silencio, norte y sur, frío y calor ─como aquella trompeta sola, de fuego, de Francisco Brines quemándonos la vida, «o acaso era de hielo»─. La referencia más evidente en una primera lectura del poema es ese maravilloso texto padre de todos los cronopios titulado «Louis, enormísimo cronopio» ─algo parecido intenté hacer con Charlie Parker─. Tanto el relato cortaziano como el poema de Ángel González muestran una visión todopoderosa y mágica de Louis Armstrong. Cortazar plantea la posibilidad de que el soplo divino hubiera sido obra de Louis, «el hombre hubiese salido mucho mejor», un mundo de cronopios. También en Cortázar aparecen referencias a la mística, como por ejemplo en la imposibilidad de describir la realidad a través del lenguaje, cuando se describe a Louis «flotando en una continua despedida de algo que no se sabe lo que es». La melodía de Louis es interrumpido por un grito agudo, lo que recuerda al llanto de la trompeta de Celaya, que en García Lorca no es sino el llanto de la guitarra aguijoneada por cinco puñales. El contierto se detiene para que Louis agite su trompeta y ¡zas! Ángel González nos golpea con un misterioso y hermoso final sobre el que no diré nada para que cada cual lo interprete a su manera. Domingo, 25 de Noviembre de 2007 13:54. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Crónica cosmopoética III: Dómingo 22 de abrilEl domingo se repetía por la mañana la lectura en la feria del libro, esta vez con Jesús Aguado, Ana Blandiana, Juana Castro, Antonio Cisneros, Stefan Hertmans y Jaime Siles. Íbamos sobre todo para ver a Jaime Siles, ya que el día anterior no lo habíamos podido ver en la Fundación Gala debido a la falta de tiempo y al agotamiento ante la lectura del incansable Gabriela Frasca. Creo que Siles puso el dedo sobre la llaga de algo que no se ha podido ver mucho en Cosmopoética: el toque culturalista y formalista propio de un filólogo y profesor de universidad, algo que supone un respiro ante tanta divagación metafísica y existencial. Como no podía ser de otra forma, nos deleitó con la forma más clásica, el soneto, que exige una estructura y una selección de palabras muy concreta. La contrapartida es que en un primer contacto con el poema, y más a través del medio oral, es difícil captar plenamente el significado, aunque por suerte antes de recitar cada poema explicaba su contenido, lo que permitía que se pudiera disfrutar más de la musicalidad. El recital fue en general muy agradable y conectó bien con el público porque la mayor parte de los poetas eligieron un mismo tema: el amor. Como descubrimiento personal debo señalar a Jesús Aguado, cuyos poemas oscilaron entre la angustia existencial y el más puro humor surrealista, siempre desde un punto de vista entrañable. Es un poeta que no conocía y que desde luego merece la pena. Por otro lado, tendría que señalar como totalmente prescindibles a Juana Castro y a Antonio Cisneros. El segundo de ellos me ha parecido de lo más aburrido que he visto en Cosmopoética, que ya es decir. Blandiana recitó un primer poema magistral, de esos que te ponen los vellos de punta, en el que describía cómo sería la vida si se naciera siendo viejos y se muriera como bebés. El resto de sus poemas eran correctos pero no conseguían destacar. La anécdota fue una frase de Ida Vitale, que estaba sentada detrás de nosotros, en la que comentó que probablemente todos los asistentes a la lectura debían ser poetas. Este sencillo y profundo comentario, que no pudo menos que causarme la risa en aquel momento, es en realidad muy significativo en cuanto al lugar que ocupa la poesía dentro de la sociedad, en abierto contraste con el propósito de Carlos Pardo y de Juan Antonio Bernier, los coordinadores de Cosmopoética, de “democratizar” el gusto por la lectura de poesía. Aunque nos pese hay que admitir que la poesía se reduce al fin y al cabo a un pequeño núcleo cerrado y endogámico.
Tras esta lectura nos despedimos de Cosmopoética, con la aflicción de no poder asistir por motivos de tiempo a la lectura de clausura, en la que participaban figuras tan importantes como Carlos Edmundo de Ory, Pablo García Baena o Ida Vitale. Con todo, nos llevamos un buen sabor de boca de Córdoba y de Cosmopoética en estos tres días en los que prácticamente no ha habido tiempo para descansar. Aunque hemos tenido que soportar momentos absurdos o soporíferos, en general ha sido una expericiencia muy positiva y enriquecedora. Independientemente de que no esté de acuerdo con el propósito de los coordinadores de Cosmopoética, no me cabe la menor duda del valor de este evento, que sirve para fomentar la lectura de poesía, aunque sea en círculos reducidos, el diálogo y la reflexión entre poetas sobre su labor creadora. Crónica cosmopoética II: Sábado 21 de abril Íbamos con tiempo suficiente a la lectura que tendría lugar a las doce y media en el patio del ayuntamiento de la feria del libro. De esta forma, podríamos pasear tranquilamente por la feria del libro haciendo tiempo hasta que empezara el evento. Pasamos por delante de una exposición organizada para Cosmopoética y como fuera que íbamos pronto decidimos entrar a echar un vistazo. La exposición en cuestión tenía por título “Metáforas en[caja]das” y era obra de un tal Goval, alguien a quien no conozco pero que debe ser muy importante, teniendo en cuenta que no se menciona en ninguna parte su nombre o apellidos ―después he podido saber que se llama José Gómez Valera―. La exposición forma parte de un ciclo llamado “Poesía de los ojos” que pone en relación la poesía con diversos artes plásticos como la pintura, la escultura o el cine. En ella se pueden contemplar una serie de “artefactos poéticos” que muestran dentro de cajas objetos cotidianos que se han manipulado y descontextualizado para despertar el extrañamiento del espectador, al modo de los clásicos ready-mades. Utilizando como eje el humor y la ironía critica la sociedad actual, la época del franquismo, la política exterior estadounidense o simplemente las relaciones humanas. Algunas de ellas tienen su gracia, o incluso dan que pensar, pero es inevitable pensar que el abismo que separa a la poesía de esta forma de expresión es insondable. La mera inclusión de estos ejercicios de reflexión en el territorio del arte ya podría ser cuestionable, ofreciendo un debate que permanece abierto, como se ha podido comprobar en la feria de ARCO. Domingo, 29 de Abril de 2007 01:47. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. Crónica cosmopoética I: Viernes 20 de abrilDebíamos llegar el viernes a Córdoba a las siete y media para ver a la lectura de poesía de las ocho en el colegio de arquitectos. No había sido posible asistir a ninguno de los actos anteriores, algunos de ellos muy sugerentes, por motivos de trabajo. Desgraciadamente no quedaba más remedio que prescindir de la conferencia de apertura, de los 40 minutos con Sabina, de las distintas lecturas en la universidad o de la mesa redonda sobre la posibilidad de traducir poesía ―una cuestión ésta última no baladí debido al peso que la poesía en lengua no española tiene en el evento―. Con todo, no fue posible llegar a tiempo el viernes a la lectura, y como resultado de la media hora de retraso nos perdimos la lectura de Claribel Alegría, que tenía que irse urgentemente. Cuando llegamos estaba leyendo José Luis Amaro. He de confesar ―quien me conozca lo sabe― que el mayor interés de esta lectura era Luis Alberto de Cuenca, y afortunadamente llegamos a tiempo, porque el orden estipulado era por estricta sucesión alfabética. Mientras los demás recitaban Luis Alberto permanecía con los ojos cerrados, dormitando o tal vez paladeando la poesía de sus compañeros con ese regusto a veces dulce y a veces amargo que los versos dejan en el oído. Cuando le tocó el turno, después de Miguel Casado, Luis Alberto pasó a leer sus poemas como un rayo, sin detenerse a comentar o a introducir los poemas como hacen otros poetas, como queriendo aprovechar al máximo sus diez minutos. No era necesario una introducción, porque Luis Alberto leyó algunos de sus poemas más conocidos: «Amour fou», «La malcasada», «El desayuno», «Cuando pienso en los viejos amigos» o «In illo tempore». Abrir el libro no era más que un viejo ritual: como vate ciego Luis Alberto recitaba con los ojos cerrados versos conocidos como la palma de sus manos. Lo más destacable en esta lectura aparte de Luis Alberto de Cuenca fueron los poemas de Joan Margarit, cuya voz grave y profunda llenó toda la instancia, conmoviéndonos como ninguno de los poetas presentes había sabido hacer. Además, hay que puntualizar el acierto de Judith Herzberg, poeta holandesa, que optó por leer principalmente traducciones, reservando los poemas en su lengua original para casos muy concretos, y siempre después de la traducción. De esta forma, es posible captar la musicalidad después del sentido, al tiempo que no se cansa al público con largos y tediosos recitados en un idioma que únicamente entiende su autora ―más le hubiera valido a más de un poeta extranjero tomar ejemplo de ella―. La siguiente cita tenía lugar a las diez de la noche en el palacio de Orive. Una vez más llegamos tarde, pero no tan tarde como para presenciar el bochornoso espectáculo de Matías Ávalos. Al llegar nos obsequiaron con una fotocopia en la que aparecía dibujado un ser aberrante con un parecido muy sospechoso al extraterrestre de la película Predator. En el dibujo de este ser, llamado dislocador, se especificaban las distintas partes de su cuerpo, sus bombonas generadoras de apariencia, sus filtros de salida y entrada y su depósito molecular, como si fuera una página arrancada de un libro de anatomía. Matías Ávalos recitó una serie de poemas dedicados al dislocador y a otro ser también de invención suya llamado simulador. Por supuesto, estos poemas sin título, que carecían de pies y cabeza, resultaban irritantes y molestos, porque nos recordaban la infinidad de cosas mejores que se podían hacer en aquel momento. Si bien es cierto que la poesía rompe con la lógica y el “sentido común” del lengua cotidiano, también hay que decir que la poesía es algo más que juntar palabras, como la pintura es algo más que juntar colores, teniendo en cuenta además que los poemas carecían incluso de musicalidad. A pesar de todo soportamos a este retacillo de Ory ―Carlos Edmundo―, que diría Lope de Vega, para después escuchar a Joan Baptista Humet, que recitó algunas de sus canciones. Sin embargo, estábamos ya tan irritados por el espectáculo de Matías Ávalos que decidimos irnos y dejar la poesía para el día siguiente, prescindiendo también de la sesión trasnochada que tendría lugar a las doce en La Pérgola. Preferíamos ir frescos sobre seguro a la sesión del día siguiente por la mañana en la feria del libro. Aunque a la lectura en el colegio de arquitectos había asistido una cantidad de público considerable fue muy superior el número de asistentes al palacio de Orive, demostrando así que lo que consigue enganchar al público no es tanto la poesía como la música. En este sentido es fácil comprender que los eventos que tengan un mayor éxito sean la sesión de trovadores o la sesión de trasnoche, en donde poesía y música se dan la mano. «Matzhevá», de Jorge Valdés Díaz-VélezQue no nos ciegue el pasaje de las Confesiones en el que San Agustín relata su sorpresa al encontrar a San Ambrosio leyendo en silencio en una celda de Milán. La lectura es, en el fondo, un acto enmascarado de diálogo que funciona en dos direcciones. Por una parte, este diálogo es unilateral con aquellos que nos precedieron en el tiempo y que acumularon sabiduría a lo largo de sus vidas, aplicando los versos que Quevedo escribió en el pueblo Torre de Juan Abad: retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos. Por otra parte, hay un diálogo bilateral en el sentido machadiano de conversar con el hombre que siempre va con uno mismo. En ese primer sentido escribe Jorge Valdés Díaz-Vélez el poema «Matzhevá», donde una única frase permite conectar dos siglos de historia, convirtiendo un acto que en principio puede parecer individual e incluso solitario en un puente al margen del tiempo, en una puerta que une pasado y futuro. A través de un juego de espejos, de una mise en abîme, el protagonista del poema, que es un lector, se convierte en escritor, haciendo que el que lee sea un lector en segundo grado. Esta voz poética creadora y lectora se convierte en parte de la lectura, en una llamada a futuros lectores y en una advertencia que nos recuerda que escritura y lectura están separados por una tenue frontera que puede ser atravesada en cualquier momento. Aquí les dejo con el poema de Jorge Valdés Díaz-Vélez: «Matzhevá» En un libro de mi padre, leo Jorge Valdés Díaz-Vélez, «Matzhevá» Otros poemas sobre libros: «Un lector», de Jorge Luis Borges «Libros», de Luis Alberto de Cuenca «Los otros libros», de Emilio Ruiz Parra «Oda al libro», de Pablo Neruda Cosmopoética 2007
Porque allá donde se encuentre la poesía acudirán poetas, una vez más, como cada año, Córdoba se convierte en el punto de encuentro de poetas del mundo entero. Así se configura Cosmopoética 2007, con una programación que desde luego no tiene desperdicio. Un magnífico regalo que les recomiendo para celebrar el día del libro. Sábado, 14 de Abril de 2007 19:39. # Esta piedra. Tema: Ut pictura poesis No hay comentarios. Comentar. La otraTú no eres quien crees que eres. Eres otra, otra que es más extraña y más profunda. Cuando te beso no te beso a ti, beso a la otra que eres tú y que vive perdida entre tus besos, y al tocarte toco a aquella que nadie ha conocido, la misteriosa, la que amasa vientos en las profundidades de un suspiro. Es la otra la que habla cuando callas, es la que dice lo que tú no dices, lo que nunca dirás, y es la que sueña si acaso tú te olvidas de soñar. Sí, busco a esa que eres y no eres, y a la que siendo a punto estás de ser. La busco en el calor de las mañanas de verano, en la leña de unos labios, en lo oscuro de un cuerpo complaciente, en la tierra bendita de unos ojos, en el destello de un abrazo hirviente, incluso la busqué dentro de ti. Pero siempre he sabido la verdad: sé que no lograré encontrarla nunca, porque cuando la encuentre serás otra.
De divina eloquentiaAmo besar tu cuerpo conjugado en primera persona del plural, lleno de verbo tras la unión carnal, de verbo y de lucero conquistado.
Amo sobrepasar tu predicado, en un beso que no es gramatical, suspendido, pequeño, intemporal, sin futuro, presente, ni pasado.
Y después de llenar de conjunciones el espacio que apenas nos separa, y que apenas separa luz y día,
amo crear brillantes oraciones con tu carne de estrella limpia y clara y tu sabor a pan del mediodía.
(De El incendio del vino) «Un lector», Jorge Luis BorgesQue otros se jacten de las páginas que han escrito; | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||